martes, 2 de abril de 2024

El Santo Sepulcro vacío - LA RESURRECCIÓN de JESÚS

Basílica del Santo Sepulcro - Jerusalén

Para los primeros cristianos, la tumba vacía debió de constituir también un signo esencial

Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y, muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba saliendo el sol.
Y se decían unas a otras: —¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra había sido removida, a pesar de que era muy grande. Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas.
Él les dice: —No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. Pero marchaos y decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como os dijo (Mc 16, 1-7).
Conocemos bien los relatos evangélicos de las apariciones del Señor resucitado: a María Magdalena, a los discípulos de Emaús, a los Once reunidos en el Cenáculo, a Pedro y otros Apóstoles en el mar de Galilea... Esos encuentros con Jesús, que les permitieron testimoniar el acontecimiento real de su Resurrección, estuvieron preparados por el hallazgo del sepulcro vacío.
«Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección (...). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo" (Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8).
Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro» (Catecismo de la Iglesia Católica, 640).
Para los primeros cristianos, la tumba vacía debió de constituir también un signo esencial. Podemos imaginar que se acercarían a ese lugar con veneración, lo contemplarían atónitos y gozosos... A esos fieles siguieron otros y otros, de forma que no se perdió la memoria del sitio ni siquiera cuando el emperador Adriano arrasó Jerusalén, en la primera mitad del siglo II.
Esa tradición late con dramatismo en un relato de Eusebio de Cesarea, en el que describe las obras auspiciadas por Constantino en el año 325 y el descubrimiento de la tumba de Jesús:
«cuando, removido un elemento tras otro, apareció el lugar al fondo de la tierra, entonces, contra toda esperanza, apareció el resto, es decir, el venerado y santísimo testimonio de la resurrección salvífica, y la gruta más santa de todas retomó la misma figura de la resurrección del Salvador.
Efectivamente, después de haber estado sepultada en las tinieblas, volvía de nuevo a la luz, y a todos los que iban a verla les dejaba vislumbrar claramente la historia de las maravillas allí realizadas, atestiguando con obras más sonoras que cualquier voz la resurrección del Salvador» (Eusebio de Cesarea, De vita Constantini, 3, 28).
Los arquitectos de Constantino aislaron la zona de la tumba de Jesús y cortaron la peña donde había sido excavada, de forma que el sepulcro quedó separado en un cubo de piedra. Lo revistieron con un edículo y, tomándolo como centro, proyectaron alrededor un mausoleo de planta circular —la Anástasis—, cubierto por una gran cúpula con óculo. Aunque esta estructura se ha conservado hasta nuestros días, pocos elementos pueden remontarse a la obra original.
La capilla debe su aspecto a una restauración realizada en 1810 por los cristianos ortodoxos griegos, aunque el altar ubicado en el lado posterior, que pertenece a los coptos, data del siglo XII. Además, está apuntalada con travesaños de acero desde la primera mitad del siglo XX, a causa de los daños sufridos durante un terremoto.
Sobre el techo plano del edículo, se levanta una pequeña cúpula de estilo moscovita, sostenida por pequeñas columnas; la fachada se presenta adornada con candeleros y lámparas de aceite; y en los laterales, numerosas inscripciones en griego invitan a todos los pueblos a alabar a Cristo resucitado.

El interior consta de una cámara y una recámara, comunicadas por una abertura baja y estrecha. La cámara mide tres metros y medio de largo por cuatro de ancho, y emula el vestíbulo del hipogeo original, que fue eliminado ya en tiempos de Constantino.
Se llama Capilla del Ángel en recuerdo de la criatura celestial que, sentada sobre la gran piedra que cerraba el sepulcro, se apareció a las mujeres para anunciarles la resurrección. Una parte de esa roca se custodia en el centro de la sala, dentro de un pedestal; hasta la destrucción de la basílica en 1009 por orden de El-Hakim, se había conservado entera.
La furia del sultán alcanzó también a la recámara, que corresponde exactamente a la tumba del Señor, aunque el deterioro fue pronto reparado. El nicho donde José de Arimatea y Nicodemo depusieron el cuerpo de Cristo se encuentra a la derecha, paralelo a la pared, cubierto por losas de mármol.
Ahí, al tercer día resucitó de entre los muertos (Símbolo de los Apóstoles). Se comprende perfectamente la piedad con que los peregrinos entran en este reducido espacio, donde además es posible celebrar la Santa Misa en determinadas horas del día.
Fuera de la Rotonda, en el complejo que los cruzados construyeron sobre los restos del tripórtico y la basílica de cinco naves de Constantino, hay otras capillas. Las más importantes son las del Calvario, que ya se describieron en el artículo anterior; además cabe destacar:
En el lado norte, propiedad de la Custodia de Tierra Santa, el altar de María Magdalena y la capilla del Santísimo Sacramento, que está dedicada a la aparición de Jesús resucitado a su Madre y conserva un fragmento de la columna de la Flagelación; en el centro de la iglesia, ocupando el antiguo coro de los canónigos y abierto solo hacia la Anástasis, el llamado Katholikon, un espacio amplio que depende de la Iglesia ortodoxa griega.
Detrás de este, en el deambulatorio, las capillas que recuerdan los improperios contra Jesús crucificado, la división de sus vestiduras y la lanzada del soldado Longinos; y en un nivel inferior, la de Santa Elena —que pertenece a la Iglesia armenia—, San Vartán —también de los cristianos armenios, donde hay un grafito de un peregrino del siglo II— y la Invención de la Santa Cruz.

Cada espacio tiene su memoria, pero sería prolijo detenerse en todos. Sin embargo, la cripta merece una explicación, pues la tradición sitúa allí un acontecimiento relevante: el hallazgo de la Cruz por santa Elena, la madre de Constantino, quien viajó a Jerusalén poco tiempo antes de morir, hacia el año 327. San Ambrosio lo relata con gran fuerza poética:
«llegó Elena, comenzó a visitar los lugares santos y el Espíritu le inspiró que buscara el madero de la cruz. Se dirigió al Gólgota y dijo: he aquí el lugar de la contienda, ¿dónde está la victoria? Busco el estandarte de la salvación y no lo encuentro. ¿Yo estoy en el trono —dijo— y la Cruz del Señor en el polvo?, ¿yo en medio del oro y el triunfo de Cristo entre las ruinas? (...).
Veo lo que has hecho, diablo, para que fuera sepultada la espada con la que has sido aniquilado. Pero Isaac descombró los pozos que habían obstruido los extranjeros y no permitió que el agua permaneciera escondida.
Apártense pues los escombros, a fin de que aparezca la vida; sea esgrimida la espada con la que ha sido amputada la cabeza del auténtico Goliat (...). ¿Qué has logrado, diablo, con esconder el madero, sino ser vencido una vez más? Te venció María, que engendró al triunfador, que dio a luz sin menoscabo de su virginidad a quien, crucificado, te habría de vencer y, muerto, te sometería.
También hoy serás vencido de modo que una mujer ponga al descubierto tus insidias. Ella, como santa, llevó en su seno al Señor; yo buscaré su cruz. Ella mostró que había nacido; yo, que ha resucitado» (San Ambrosio, De obitu Theodosii, 43-44).
La narración continúa con el hallazgo de tres cruces escondidas en el fondo de una antigua cisterna, que corresponde a la actual capilla de la Invención. La Cruz de Cristo pudo ser reconocida gracias a los restos del titulus, el letrero ordenado por Pilato, que también fue encontrado; un fragmento se conserva en la basílica de la Santa Cruz en Roma. También se recuperaron algunos clavos: uno sirvió para forjar la Corona férrea de los emperadores que se custodia en Monza, un segundo se venera en el Duomo de Milán, y un tercero en la Urbe.
fuente: Primeros Cristianos - Patrística

lunes, 1 de abril de 2024

La piedra del sepulcro

¿Por qué fue movida la piedra del sepulcro por el ángel?, se pregunta Pedro Crisólogo.  Cristo resucitado no tenía necesidad de que la piedra le fuera quitada, como proporcionándole un escape.

La piedra fue removida como un signo para que nosotros creyéramos. Fue quitada en vistas a la fe, puesto que había sido colocada a causa de la maldad.

Oremos para que el ángel descienda ahora, aparte toda la dureza de nuestro corazón, abra nuestros sentidos y manifieste de nuevo a nuestras mentes que Cristo ha resucitado.

De la misma manera en que el cielo es aquel corazón en el que Cristo vive y reina, así también aquel corazón en el que Cristo yace muerto y sepultado es un sepulcro.

Lunes del Angel

“¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6).

Si consideramos por un momento que cada detalle en torno a la Resurrección del Señor está repleto de sentido, no podemos sino darle gracias a Dios, quien envía mensajeros -a sus ángeles- para anunciar las grandezas del plan de salvación. Es a través de ellos como los hombres hemos podido conocer importantes acontecimientos y aspectos de la providencia amorosa del Creador.


La palabra ‘ángel’ procede del latín angĕlus, que a su vez proviene del griego ἄγγελος (ángelos), que quiere decir “mensajero”.

¿Por qué ‘Lunes del Ángel’?

Este día se presta como ocasión propicia para recordar al querido San Juan Pablo II, quien el 4 de abril de 1994, lunes de la Octava de Pascua de aquel año, reflexionó sobre el sentido de esta conmemoración. En su alocución, tras el rezo del Regina Coeli, el Papa Santo dijo:

«¿Por qué se le llama así? Me parece que es acertado ese nombre: ‘Lunes del Ángel’. Conviene dejar un poco de espacio a este ángel, que dijo desde lo más profundo del sepulcro: “Ha resucitado”… Estas palabras —Ha resucitado— eran muy difíciles de pronunciar, de expresar, para una persona humana. También las mujeres que fueron al sepulcro lo encontraron vacío, pero no pudieron decir: Ha resucitado, sólo afirmaron que el sepulcro estaba vacío. El ángel dice más: “No está aquí, ha resucitado”».

El Evangelio de San Mateo es la fuente de donde San Juan Pablo II toma las palabras del ángel del Señor y que reproduce en su discurso. Dice el evangelista:

«El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres: “Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho”» (Mt 28, 5-7).

Mensajeros de la salvación

Es importante recordar que los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Como criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad. Son seres personales e inmortales; carecen de corporalidad y, por estar en presencia de Dios eternamente, superan en perfección a todas las criaturas visibles.

Cristo es el centro y cabeza de los ángeles y estos le obedecen porque aman la voluntad de Dios. Por eso, Dios les encomendó el anuncio de sus designios salvíficos.

Y la Virgen escuchó de boca del ángel: “Alégrate, María”



Desde hoy hasta el final de la cincuentena de Pascua, el día de Pentecostés, se reza la oración del Regina Coeli [Reina del Cielo] en lugar del Ángelus. De manera semejante, vale decir, al concluir el rezo del Santo Rosario, podemos reemplazar la Salve por esta misma oración.

En el año 2009, el Papa Benedicto XVI recordaba que el “Alégrate, María” pronunciado por el ángel resuena como una invitación a la alegría: “Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia, quia surrexit Dominus vere, alleluia”, es decir: “Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor ha resucitado, aleluya”.

Regina Coeli

Reina del cielo alégrate; aleluya.
Porque el Señor a quien has merecido llevar; aleluya.
Ha resucitado según su palabra; aleluya.
Ruega al Señor por nosotros; aleluya.
Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.
Porque verdaderamente ha resucitado el Señor;
aleluya.

Oremos

Oh Dios, que en la gloriosa resurrección de tu Hijo has devuelto la alegría al mundo entero, por intercesión de la Virgen María, concédenos disfrutar de la alegría de la vida eterna. Por Cristo, Nuestro Señor.
Amén.

¿Cómo vivían los Primeros Cristianos la Pascua?

"La celebración de la Pascua se continúa durante el tiempo pascual. Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección al domingo de Pentecostés se celebran con inmensa alegría, como un solo día festivo, más aún, como “un gran domingo”.

Los cincuenta días que transcurren entre el domingo de Resurrección y el domingo de Pentecostés

Concluida la celebración de la Vigilia de la Pascua de Resurrección, comienza el Tiempo de Pascua, que conmemora la Resurrección y glorificación de nuestro Señor Jesucristo, la donación del Espíritu Santo y el comienzo de la actividad de la Iglesia, al tiempo que anticipa en nuestros días la gloria eterna que alcanzará su plenitud en la consumación de los siglos.

El tiempo pascual está formado por la “cincuentena pascual” o cincuenta días que transcurren entre el domingo de Resurrección y el domingo de Pentecostés, y en cierto modo constituyen “un solo y único día festivo”: el gran domingo (SAN ATANASIO, Epist. Fest. 1).

El origen de la cincuentena pascual se confunde con la celebración anual de la Pascua: al principio, la Pascua apareció como una fiesta que se prolongaba durante cincuenta días. A partir del siglo IV d. C. la unidad pascual se fragmentó, cuando comenzaron a celebrarse de modo histórico las acciones salvíficas divinas.

Octava de Pascua

Los ocho primeros días de la cincuentena forman la octava de Pascua, que se celebra como solemnidad del Señor. Esta semana -in albis, como se denomina en el rito romano- surgió en el siglo IV por el deseo de asegurar a los neófitos una catequesis acerca de los divinos misterios que habían experimentado.

El domingo que cierra la semana, el octavo día, constituye el día más solemne del año litúrgico después del domingo de Resurrección. Como explica Benedicto XVI “Hoy domingo concluye la Octava de Pascua, como un único día “hecho por el Señor”, marcado con el distintivo de la Resurrección y por la alegría de los discípulos al ver a Jesús.

Desde la antigüedad este domingo se llama in albis, del nombre latino alba, dado por la vestidura blanca que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua, y que se quitaban después de ocho días” (Homilía 21 Domingo de Pascua, 11.IV.2010)

Pentecostés

La celebración del día conclusivo del Tiempo Pascual, Pentecostésnació a finales del siglo III. Esta fiesta, que en su día conmemoraba la semana de semanas pascual, surgió por influencia de la fiesta judía homónima. En el siglo IV, la fiesta poseía un doble contenido celebrativo: Ascensión del Señor y descenso del Espíritu Santo, como se advierte en los testimonios de la Iglesia de Jerusalén.

Sin embrago, poco a poco, el proceso de historificación litúrgica de los hechos salvíficos de Cristo, llevó a algunas iglesias a dividir la fiesta, celebrando la Ascensión el día cuarenta después de Resurrección.

Por último, en los siglos VII-VIII, la Iglesia romana añadió a la fiesta de Pentecostés una octava, como réplica a la octava de Pascua. El origen de esta institución, que rompe la cincuentena pascual, se encuentra en la necesidad de una catequesis para aquellos que habían sido bautizados en el día de Pentecostés. Esta octava fue suprimida por la reforma del Calendario actualmente en vigor, ya que oscurecía el simbolismo del tiempo de Pascua.

Los textos de la fiesta de la Ascensión recuerdan el hecho histórico de la subida de Cristo a los cielos, a la vez que fundamenta la esperanza en la segunda venida del Señor y la exaltación gloriosa del hombre. La fiesta de Pentecostés, por su parte, muestra la íntima relación entre la Resurrección de Cristo y la venida del Espíritu Santo: todo el tiempo de Pascua es considerado como tiempo del Espíritu.

Queda así remarcado el carácter unitario de toda la celebración pascual (muerte, resurrección, ascensión de Cristo y venida del Paráclito, momentos de un único misterio salvífico divino).

Renovación Bautismal

Los tres primeros domingos se leen los Evangelios de las apariciones del Señor resucitado; mientras el cuarto se reserva a la parábola del Buen Pastor y los restantes al discurso sacerdotal de Cristo después de la Última Cena, tal y como vienen recogidos en el texto de San Juan. Las lecturas no evangélicas dominicales están tomadas del Nuevo Testamento: así, la primera lectura recoge los Hechos de los Apóstoles, mientras la segunda se dedica a la I Epístola de San Pedro, a la I Epístola de San Juan y al Apocalipsis.

De este modo, el Tiempo de Pascua subraya la renovación bautismal de la vida cristiana, en continuidad con la novedad del acontecimientode la Resurrección. La Iglesia se ve a sí misma como presencia ininterrumpida de Cristo, movida por el dinamismo del Espíritu, en camino hacia su verdadera patria, con la segunda y definitiva venida de Cristo.

Durante el tiempo de Pascua, los cristianos recordarán que la vida nueva iniciada con la celebración de los misterios pascuales debe perpetuarse durante toda su existencia. En medio de las circunstancias ordinarias, los fieles descubrirán la presencia del Señor resucitado que les llama a ser testigos y dar testimonio de su paso entre los hombres.

El Tiempo pascual comienza el domingo de Pascua y termina el domingo de Pentecostés. La primera semana constituye la octava de Pascua y se celebra como solemnidad del Señor. En los lugares donde no pueda celebrase en jueves, la Ascensión del Señor se traslada al domingo VII de Pascua. Los domingos de Pascua tienen precedencia sobre todas las fiestas del Señor y solemnidades, que serán trasladadas al lunes siguiente. Durante el tiempo de Pascua se utiliza el color blanco.

1- SAN ATANASIO, Epist. Fest. 1. Cfr. Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario 22; Carta circular sobre las fiestas pascuales (16-1-1988) 100.
2- Cfr. Calendario Romano, Normas universals sobre el año litúrgico y sobre el calendario 24.
3- Cfr. Calendario Romano, Normas universals sobre el año litúrgico y sobre el calendario 25.

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