viernes, 21 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

«Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió»

Sin duda que la dimensión más evidente de la Eucaristía es la de una comida. La Eucaristía nació al atardecer del Jueves santo, en el contexto de la cena pascual. En su misma estructura lleva, pues, inscrito el sentido de la convivialidad: «Tomad, comed (...). Después, cogiendo la copa (...), y se la pasó diciendo: bebed todos de ella» (Mt 26, 26.27). Este aspecto expresa bien la relación de comunión que Dios quiere establecer con nosotros y que nosotros mismos debemos también hacer crecer unos con otros.

De todas maneras no se puede olvidar que la comida eucarística tiene también un sentido primordial, profundamente y ante todo, sacrificial. Cristo, en ella, nos presenta de nuevo el sacrificio llevado a cabo de una vez por todas en el Gólgota. Estando presente en ella como Resucitado, lleva consigo las marcas de su Pasión de la que cada misa es el «memorial», tal como nos lo recuerda la liturgia en la aclamación de después de la consagración: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Señor Jesús...». La Eucaristía, al mismo tiempo que nos hace presente el pasado, nos hace mirar hacia el futuro, hacia el retorno de Cristo al final de los tiempos. Este aspecto «escatológico» da al Sacramento eucarístico una dinámica que pone en marcha la vida cristina y le da el hálito de esperanza.

Todas estas dimensiones de la Eucaristía se juntan en un aspecto que, más que los demás, pone a prueba nuestra fe, a saber, el del misterio de la presencia "real". Nosotros, con toda la tradición de la Iglesia, creemos que Jesús está realmente presente bajo las especies eucarísticas. (...) Es su misma presencia que da a todas las demás dimensiones –comida, memorial de la Pascua, anticipación escatológica- una significación que es mucho más que un puro simbolismo. La Eucaristía es misterio de presencia a través del cual se realiza de manera eminente la promesa de Jesús de quedarse entre nosotros hasta el fin del mundo (Mt 28,20).


San Juan Pablo II (1920-2005)
papa
Carta apostólica «Mane nobiscum Domine», § 15-16

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 6,1-15


Evangelio según San Juan 6,1-15
Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades.

Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos.

Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: "¿Dónde compraremos pan para darles de comer?".

El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.

Felipe le respondió: "Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan".

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:

"Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?".

Jesús le respondió: "Háganlos sentar". Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres.

Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.

Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: "Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada".

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.

Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: "Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo".

Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.


RESONAR DE LA PALABRA

¿Cuántos millones de euros o de dólares harían falta para alimentar a todos los que tienen hambre en el mundo? Ciertamente no demasiados pero no se terminan de poner. Y sigue habiendo mucha gente son saciar su hambre, sin cubierto el mínimo de necesidades naturales. Jesús no solucionó el problema de aquellas gentes. Como mucho dio de comer a unos pocos y un día. Al día siguiente volvieron a sentir la punzada del hambre.

Y, sin embargo, el milagro de la multiplicación de los panes tiene un profundo significado. Nos habla en primer lugar de la compasión de Jesús. El dolor de la gente, el hambre, la miseria, todo eso afecta a Jesús. Su corazón se llena de compasión. Eso vale para entonces y para ahora. Hoy, Jesús sigue estando cerca de todos los que sufren. No puede evitar su dolor. Pero sí puede alargar la mano para acompañar, para compartir, para sentir con. Toda una forma de estar al lado de los demás. Es la forma de estar de Dios. Porque precisamente al estar así es como Jesús nos revela a Dios.

En segundo lugar, la multiplicación de los panes indica que Jesús hace lo que puede. Pero ese poder pasa por compartir lo que se tiene. No es broma. El milagro tiene su punto de partida en la aparición de un chico que fue capaz de abrir su mochila y poner en común lo que tenía. A partir de ahí se produce el milagro. Y hasta sobra. El milagro no nace de cero sino de la capacidad de los que están allí de abrirse a los demás y compartir lo que tienen. En este caso se compartió unos panes y unos peces. He visto en mi vida auténticos milagros que han sido fruto de compartir simplemente un rato, unos minutos, con otra persona. Se ha vencido la soledad y se ha creado un hueco para la sonrisa y la esperanza.

Y, en tercer lugar, el milagro de Jesús produce la abundancia. Es la abundancia del Reino de Dios. Se terminó la penuria, la miseria, la pobreza, la angustia, la muerte. Y nace la esperanza, la vida, el amor, la fraternidad. Los que estaban separados y aislados, pensando cada uno en su hambre, comienzan a levantar la vista y descubren en Jesús al profeta que les abre la puerta a una nueva forma de vivir. Por un momento, al compartir los panes y los peces, lo han experimentado. Igual que nosotros en la Eucaristía experimentamos por un momento que Jesús hecho Eucaristía hace de nosotros una familia. Y podemos seguir comprometidos con el sueño del Reino.

No hacen falta millones de euros. Lo que hace falta es voluntad de compartir y de crear fraternidad como Jesús nos enseñó. Y el milagro se producirá.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

jueves, 20 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

Hemos recibido la indefectible promesa de Vida eterna

La Vida subsistente y verdadera, es el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, que versa sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la Vida eterna. Tenemos que creer, “porque todo es posible a Dios” (Mt 19,26). (…)

Abundan las pruebas de la Vida eterna. A nuestro deseo de obtenerla, responden las divinas Escrituras indicando la forma de llegar. En primer lugar, la Escritura enseña que se llega con la fe: “El que cree en el Hijo tiene la Vida eterna” (Jn 3,36). (…) La Escritura también indica el martirio y la confesión en Cristo: “El que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna” (Jn 12,25). La Vida eterna se adquiere anteponiendo Cristo a riquezas y parientes: “El que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre,… obtendrá como herencia la Vida eterna” (Mt 19,29). Igualmente, al guardar sus mandamientos, “No matarás, no cometerás adulterio,…” (Mt 19,18), tal como responde Jesús a su interlocutor que había preguntado “Maestro, ¿qué obras debo hacer para conseguir la Vida eterna?” (Mt 19,16). Asimismo, teniéndose lejos de las malas obras y sirviendo a Dios, afirma Pablo: “Ustedes están libres de pecado y sometidos a Dios: El fruto de esto es la santidad y su resultado, la Vida eterna” (Rom 6,22).

La búsqueda de la Vida eterna comporta tantos aspectos que los he dejado de lado, a causa de su gran número. En efecto, el Señor misericordioso no ha abierto una o dos puertas, sino numerosas puertas para entrar en la Vida eterna, para que todos y cada uno, según dependa de él, pueda beneficiarse sin dificultad.


San Cirilo de Jerusalén (313-350)
obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia
Catequesis bautismal 29-31 (Les catéchèses, coll. Les Pères dans la foi n° 53-54, Migne, 1993), trad.sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 3,31-36


Evangelio según San Juan 3,31-36
El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo

da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio.

El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.

El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida.

El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos.

El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.


RESONAR DE LA PALABRA

Dar testimonio no es exactamente ir por la calle con una banderola que diga “soy cristiano” o con una cinta en la frente que diga “Yo amo a Jesús”. Todo eso puede estar bien en un determinado momento. Pero la verdad es que Jesús no se colocó ninguna ropa distintiva. No tenemos ninguna información de nada parecido. Lo mismo de los apóstoles. Y lo mismo durante muchos siglos de historia del cristianismo.

Es interesante conocer, por ejemplo, la historia del hábito en la vida religiosa. Lo que empezó siendo una obligación auto-impuesto de vestirse al estilo de los más pobres de la sociedad de su tiempo (benedictinos, franciscanos y tantas otras congregaciones religiosas masculinas y femeninas) se fue convirtiendo en un hábito. Y cuando los pobres fueron cambiando su modo de vestir –no a uno más rico sino simplemente a otro diferente– religiosos y religiosas siguieron apegados a aquellas ropas ya convertidas en “hábito”.

El verdadero testimonio no está en la ropa. Ni siquiera está en la forma de hablar. Hay que recordar la anécdota de Francisco de Asís enviando a dos de sus frailes a evangelizar en tierra de musulmanes y diciéndoles aquello de “Evangelizad siempre y hablad sólo en caso de que sea necesario.” Predicar la buena nueva, dar testimonio de Jesús se hace mucho más con la forma de comportarse, con el estilo de vida que con la palabra. A veces será necesaria la palabra pero siempre habrá que comportarse evangélicamente. Ahí está la clave.

Los apóstoles se sentían testigos ante el pueblo de todo lo que habían visto y oído y procuraban transmitirlo por todos los medios posibles. ¡No había forma de callarlos! Lo intentaron los jefes del pueblo pero no lo consiguieron. Porque el Espíritu de Jesús hervía en su interior y les era imposible no obedecerlo. Gracias a ese testimonio hoy hemos recibido nosotros el tesoro del Evangelio.

Hoy somos nosotros los testigos. Gracias a la mediación de los apóstoles y de tantos otros a lo largo de la historia cristiana hemos creído en el testimonio de Jesús que nos habla y comunica el amor del Padre. Hoy somos nosotros los que tenemos que dar testimonio de ese amor. Con nuestra forma de vivir, de relacionarnos, de comprometernos con la justicia, de estar cerca de los pobres y oprimidos, de reconciliar, de perdonar, de acoger a los marginados, será como demos a entender a todos que el amor de Dios está en nuestros corazones.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

miércoles, 19 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

¡Únase al árbol de la Cruz!

Lo que llevó a Dios a sacarnos de él mismo, de su infinita sabiduría, para que seamos felices y participemos de su felicidad suprema, es la caridad. Cuando el hombre perdió la gracia por su pecado, ese vínculo une y enlaza Dios a la naturaleza humana y lo injerta en nosotros. La vida fue injertada sobre la muerte, estábamos muertos y la unión a Dios nos dio la vida.

Desde que Dios fue así injertado en el hombre, el Hombre-Dios, ardiente de amor, corrió a la muerte ignominiosa de la Cruz. Sobre este árbol quiso ser injertado el Verbo encarnado y fue atado sobre la Cruz por amor y no por los clavos que habrían sido suficientes para retener al Hombre -Dios. El manso Señor subió a ese lugar para enseñarnos la doctrina de la verdad. El alma que la sigue no puede caer en las tinieblas. (…)

No duerma más, padre, usted es una columna débil por usted mismo. Únase al árbol de la Cruz, vincúlese por el amor, con una caridad inefable y sin límites con el Cordero inmolado que versa su sangre de todas las partes de su cuerpo. Que nuestros corazones se rompan, basta de dureza, de negligencia, el tiempo no duerme, él continúa su carrera. Permanezca con Dios por amor y santo deseo y no habrá nada que temer.


Santa Catalina de Siena (1347-1380)
terciaria dominica, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa
Carta 27 al cardenal Jacobo Orsini (Lettres, Téqui, 1976), trad.sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 3,16-21


Evangelio según San Juan 3,16-21
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.

En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.


RESONAR DE LA PALABRA

La conversación de Jesús con Nicodemo debió ser muy interesante. Lo que ha llegado a nosotros son palabras que comunican lo más central de nuestra fe. Si el otro día Jesús nos decía que había que nacer de nuevo, hoy nos recuerda algo que, desgraciadamente, hemos olvidado muchas veces. Tanto que hemos convertido nuestra fe en Dios en una especie de tribunal justiciero ante el que tenemos casi todas las posibilidades de ser condenados.

Sin embargo, Jesús deja claro a Nicodemo que “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él.” Estoy seguro de haber comentado y meditado ya muchas veces este texto. Pero me sigue pareciendo igual de nuevo a mis oídos. Y me sigo produciendo un estremecimiento en el corazón. Ese “tanto amó Dios al mundo” me conmueve, me hace sentirme realmente querido. Más allá de las manifestaciones afectivas hay un signo de amor increíble: Dios se abaja, se hace uno de nosotros, se entrega a sí mismo para que tengamos vida y la tengamos abundante. No hay amor más grande.

Y para los que le siguen dando vueltas al juicio, Jesús también dejó claro que “Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.” El juicio de Dios no es de condenación. Ni siquiera es, como los de nuestro mundo, uno de esos juicios imparciales donde el juez con la ley en la mano dicta sentencia apoyado en los datos objetivos. Nada de eso. El juicio de Dios está hecho de misericordia, de amor, de comprensión, de perdón, de reconciliación. El juicio de Dios no es imparcial sino muy parcial. El juicio de Dios está basado en el prejuicio de mucho amor que nos tiene. El juicio de Dios es de salvación. El juicio de Dios no cierra las puertas de la celda tras nuestro paso sino que nos abre la esperanza a un horizonte de libertad y de vida.

Los apóstoles lo entendieron así. Por eso predicaban con libertad. Y ante su predicación no podían nada ni los grilletes de las prisiones ni los barrotes de las celdas. El pueblo sencillo también lo entendía así y acogía su palabra. Nosotros tenemos que recuperar para nuestro corazón ese “tanto amó Dios al mundo” y escucharlo muchas veces y meditarlo más, hasta que sintamos en lo más profundo de nuestro ser el abrazo cálido del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

martes, 18 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA


“Para que todo el que cree, obtenga por él la vida eterna”

Mi Señor y mi Dios,

me has conducido por un camino oscuro, pedregoso y duro.

A menudo, mis fuerzas parecían querer abandonarme,

ya casi no esperaba ver un día la luz.

Mi corazón se iba petrificando en un sufrimiento profundo,

cuando la claridad de una dulce estrella se levantó a mis ojos.

Fielmente me guió y yo la seguí

con paso tímido primero y más seguro después.

Finalmente llegué delante de la puerta de la Iglesia.

Ella se abrió. Pedí entrar.

Tu bendición me recibe por las palabras de tu sacerdote.

En el interior unas estrellas se suceden,

unas estrellas de flores rojas que me indican el camino hasta ti…

Y tu bondad permite que iluminen mi camino hacia ti.

El misterio que debía guardar escondido en lo profundo de mi corazón,

puedo desde entonces proclamarlo en voz alta:

¡Creo, confieso mi fe!

El sacerdote me conduce hasta las gradas del altar,

inclino la frente,

el agua santa corre sobre mi cabeza.

Señor ¿es posible que alguien pueda renacer

cuando ya ha transcurrido la mitad de su vida? (Jn 3,4).

Tú lo has dicho y para mí se ha hecho realidad.

El peso de las faltas y las penas de mi larga vida me han dejado.

¡De pie, he recibido el manto blanco colocado sobre mi espalda,

símbolo luminoso de la pureza!

Llevé en mi mano el cirio

cuya llama anuncia que arde tu vida santa en mí.

Mi corazón desde entonces se convirtió en el pesebre que espera tu presencia.

¡Por poco tiempo!

María, tu madre, que es también la mía, me ha dado su nombre.

A medianoche deja en mi corazón su hijo recién nacido.

¡Oh! Ningún corazón humano puede concebir

lo que tú preparas a los que te aman (1Cor 2,9).

Tú eres mío desde ahora y ya nunca más te dejaré.

Dondequiera que vaya la ruta de mi vida, tú estás conmigo.

Nada podrá separarme jamás de tu amor (Rom 8,39).


Santa Teresa Benedicta de la Cruz
Edith Stein, (1891-1942), carmelita descalza, mártir, copatrona de Europa
Poema “Noche Santa” (traducido de “Malgré la nuit”, Ad Solem, 2002, 21; sc©Evangelizo.org)

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 3,7b-15


Evangelio según San Juan 3,7b-15
Jesús dijo a Nicodemo: 'Ustedes tienen que renacer de lo alto'.

El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu".

"¿Cómo es posible todo esto?", le volvió a preguntar Nicodemo.

Jesús le respondió: "¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas?

Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.

Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?

Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,

para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.


RESONAR DE LA PALABRA

No debió ser fácil para aquellos primeros discípulos el asimilar todo lo que decía Jesús, todo lo que significaba su figura imponente, sus palabras, la novedad de su forma de comportarse, su manera de hacer presente el amor y la misericordia de Dios. Está claro en los mismos Evangelios que les costó mucho entender a Jesús y el significado revolucionario de su figura y su mensaje. Pero sin ellos no habría llegado a nosotros el testimonio de Jesús.

Hoy, celebrando a los apóstoles Felipe y Santiago, en el contexto del tiempo pascual, celebramos y damos gracias por todos los que formaron la primera comunidad cristiana. Muchos han quedado en el anonimato. Para todos creer en Jesús supuso un cambio importante en su vida. Por una parte su vida se llenó de sentido. La esperanza iluminó sus corazones. Pero, por otra parte, se vieron obligados a cambiar sus valores, su forma de entender la vida, sus relaciones con las demás personas. Desde Jesús todo cobraba un sentido nuevo. Ya no valían los antiguos criterios, los hábitos ni los prejuicios. Se sentían libres de todo lo que antes había supuesto una opresión, normas sin sentido, pesadas leyes difíciles de cumplir. Pero ahora había que elaborar nuevas normas, hacerse con costumbres nuevas. Otros valores reinaban en sus vidas. El Evangelio les daba fuerzas para caminar. Pero ellos tenían que hacer el camino. Es de suponer que sus reuniones para hacer memoria de las palabras y de los hechos de Jesús serían para ellos momentos de iluminación. La Palabra, en aquellos tiempos todavía no escrita, era fuente de sabiduría permanente. Poco a poco fueron alumbrando un nuevo estilo de vida. La Iglesia iba tomando forma. Con errores y equivocaciones, sin duda, pero también con mucha esperanza y mucha ilusión.

Hoy recordamos a Felipe y Santiago. Ellos, y muchos otros, son los fundamentos de nuestra fe. Por ellos tenemos que dar gracias a Dios. Son nuestros padres en la fe. De ellos tenemos que aprender el coraje para enfrentarnos a las situaciones nuevas tratando de dar una respuesta cristiana, de no dejarnos llevar por las costumbres, de ser críticos con nosotros mismos y con nuestra historia, de no dar nada por supuesto y de buscar siempre inspiración en el Evangelio, en Jesús. Para seguir pasando a las futuras generaciones la llama del Evangelio en toda su pureza. Como ellos lo intentaron con todas sus fuerzas.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 


 

lunes, 17 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

Tienen que nacer de lo Alto

La infancia espiritual hecha de pobreza celosamente conservada estaba al alcance de Nicodemo, hombre de renombre entre los judíos. Podía hacerla suya sin suprimir nada de lo exigido por su rango y el ejercicio de sus funciones, sin tomar actitudes o lenguaje infantiles… Debe hacerla suya porque para renacer bajo el soplo del Espíritu, es necesario ser pobre, confiado y dependiente en todo de Dios. O más bien, renacer no es otra cosa que devenir progresivamente un niño.

Mientras que el engendramiento en el orden natural, realizado en el seno de la madre, se desarrolla en una generación progresiva hasta que el niño pueda vivir su independencia en perfección, el engendramiento espiritual se hace en un sentido inverso con una asimilación progresiva hacia la unidad. Separados de Dios por el pecado, somos iluminados por su luz, tomados cada vez más en las relaciones estrechas de su amor. Hasta que devenidos verdaderos niños, seamos inmersos en su seno, viviendo sólo de su vida y Espíritu.

“Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rom 8,14) Son los que por la pobreza espiritual y el desapego de ellos mismos, perdieron sus obras propias y entraron en el seno de Dios en el que sus vidas y movimientos dependen en todo del Espíritu que los engendra. Tal es el sentido y el valor de la infancia espiritual. Perfectamente realizada, es ya la santidad.


Beato María-Eugenio del Niño Jesús (1894-1967)
carmelita, fundador de Nuestra Señora de Vida
La conducta del alma (Je veux voir Dieu, Carmel, 1949), trad.sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 3,1-8


Evangelio según San Juan 3,1-8
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos.

Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: "Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él".

Jesús le respondió: "Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios. "

Nicodemo le preguntó: "¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?".

Jesús le respondió: "Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.

Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu.

No te extrañes de que te haya dicho: 'Ustedes tienen que renacer de lo alto'.

El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu".


RESONAR DE LA PALABRA

Estos días de Pascua celebramos la resurrección de Jesús. Pero también algo más. En torno a la Pascua, en torno a la muerte y resurrección de Jesús, se produce otro acontecimiento enormemente importante: el nacimiento de la iglesia. Los discípulos de Jesús que habían formado grupo en torno a él y que se habían dispersado cuando llegó el momento de la pasión, se vuelven a reunir. Ahora los convoca una experiencia nueva en su vida. No saben muy bien como expresarlo pero sienten, saben, están convencidos, que Jesús está vivo.

Han sentido su presencia en su Galilea natal, allá donde escucharon por primera vez su voz. No es un fantasma. No da miedo. Más bien les ha hecho sentir lo contrario. Se han sentido vivos, muy vivos. Y han sentido en su corazón el recuerdo vivo de todo lo que pasaron con Jesús. Sus palabras se han hecho nuevas en sus mentes y en sus oídos. Ahora todo tiene sentido. Jesús está vivo. Y ellos ya no son como ovejas perdidas en la noche, asustados y atemorizados, buscando cada uno volver a la seguridad de su pueblo natal.

Se han vuelto a reunir, se han mirado a los ojos unos a otros. Y han visto en los ojos de los otros la confirmación de lo que cada uno ha experimentado: Jesús está vivo. La buena nueva del Reino se convierte ahora en una urgencia como no la habían sentido nunca. Jesús está vivo. Es verdad. Se siente como si hubieran nacido a una nueva vida. No tiene sentido volver a la barca y a las redes, ni al telonio, ni a sus antiguas profesiones. Se siente familia en torno a Jesús. Se reúnen para compartir el pan –como hizo Jesús con ellos tantas veces en su vida y sobre todo en aquella última cena que todos recuerdan– y para hacer memoria de sus palabras y de las historias que les contaba. Ahora lo entienden todo mejor.

Así nació la Iglesia. Un grupo de hombres y mujeres sintieron, conocieron, creyeron que Jesús estaba vivo. Y en torno a ese recuerdo y a esa presencia se constituyó la iglesia, la primera comunidad cristiana.

Es posible que Nicodemo estuviese con ellos. Se acordaría de aquella conversación que tuvo una noche con Jesús. Entonces no entendió lo que significa nacer de nuevo. Ahora era diferente. Como si se le hubiese abierto el entendimiento y el corazón de golpe. Jesús estaba vivo. Sentía la presencia fuerte de su Espíritu. Y sentía que aquel Espíritu era para toda la humanidad. A la vez nació la Iglesia y nació la misión. Fue el primer fruto de la Pascua.

Fernando Torres, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

domingo, 16 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA


¡La profundidad de la misericordia divina es ofrecida!

Cantaré la misericordia del Señor,

Por los siglos, delante de todo el pueblo,

Porque es el gran atributo de Dios

Y un milagro incesante para nosotros.

Surges de la Trinidad divina

De un único seno pleno de amor,

La misericordia del Señor se mostrará en el alma

En la plenitud, cuando el velo caerá.

De la fuente de Tu misericordia, oh Señor,

Corre toda felicidad y vida,

Por eso, todas las criaturas y obras

Canten en arrobamiento un canto de misericordia.

La profundidad de la misericordia divina es ofrecida,

Con la vida de Jesús, clavado sobre la cruz,

Pecador, no debes dudar,

Ten confianza en la misericordia, ya que también puedes devenir santo.

Dos fuentes con forma de rayos surgieron

Del Corazón de Jesús,

No para los ángeles, ni querubines, ni serafines,

Sino para la salvación del hombre pecador.


Santa Faustina Kowalska (1905-1938)
religiosa
Pequeño diario (Petit journal, la Miséricorde divine dans mon âme, Parole et Dialogue, 2002)

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 20,19-31


Evangelio según San Juan 20,19-31
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.

Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". El les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré".

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".

Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe".

Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".

Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!".

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.

Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.


RESONAR DE LA PALABRA


RUMOR DE VIDA ENTRE LOS APÓSTOLES

El grupo de los discípulos está en una casa con las puertas cerradas.
Cerrados a la luz, incapaces de asomarse (enfrentarse) a la vida, al «y ahora qué»?.
Atascados en sus recuerdos, tristezas y añoranzas.
Hablando en voz baja cuando fuera imprescindible decir algo, sin mirarse a los ojos.
Incomunicados, aunque estuvieran juntos.
Un fracaso rumiado iba echando raíces amargas en el corazón.
La noche era oscura (por dentro y por fuera), no se esperaban un final así,
un final en el que tenían mucho de qué avergonzarse.
¡Qué mal lo hicimos! ¡Ojalá hubiéramos reaccionado de otra manera!
Se sentían culpables ¡y sin remedio!
No podían ni imaginarse que pudiera llegar una luz nueva, al amanecer del primer día de la semana.
No se habían enterado todavía de que había ocurrido algo inmenso, maravilloso,
esperanzador, que lo cambiaría todo para siempre.

Estar "con las puertas cerradas” es todo un símbolo.
Es estar cerrados al diálogo, dándole vueltas a «lo que me ha pasado a mí»,
a lo que he hecho o lo que me han hecho, cerrados al encuentro con los otros,
no querer saber nada de nada ni de nadie;
cerrados a la reflexión sobre lo que ha pasado sin intentar encontrarle algún sentido.
No saber qué hacer, ni a dónde ir, ni qué decir.

¿No vivimos a veces nuestra vida y nuestra fe como escondidos, con el miedo atenazándonos por dentro,
con la desconfianza ante todo lo que ocurre alrededor?
Motivos no nos faltan:

El miedo que me hagan daño ¡otra vez!, el miedo a que me juzguen mal,
el miedo a volver a ilusionarme y a soñar, para no llevarme un nuevo chasco,
el miedo a quedarme solo, a no tener fuerzas, a fracasar...

¿No nos va dejando la vida un poso de escepticismo y desesperanza?

¡Ah, pero están en un lugar bien significativo! En el Cenáculo.
Allí habían compartido muchas comidas con Jesús, y en especial la Última Cena.
Allí resonaban todavía -aunque sin comprenderlas ni creerlas del todo- las últimas palabras de Jesús:

«No os dejaré solos», «mi paz os doy»,
«tomad y comed», «vosotros sois mis amigos, y doy la vida por vosotros»,
«amaos como yo os he amado», «sed mi cuerpo», «bebeos mi vida»,
«haced lo mismo que yo he hecho, en memoria mía»...

Pero también, como clavadas en el alma, aquellas otras palabras de advertencia:

«Cuando sea herido el pastor, se dispersarán las ovejas». «Uno de vosotros me va a entregar».
«Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces»
«¿no habéis podido velar siquiera una hora conmigo?»

Se sentían tan encerrados y enterrados como su maestro en el sepulcro.
Pero estaban juntos. Aunque faltara alguno, ¡estaban juntos!
Al menos eso todavía les duraba: la unión, el grupo de compañeros
que el Maestro había ido construyendo con tanto esfuerzo.
¡Se tenían unos a otros!

Jesús entra y abre las puertas. Igual que abrió las puertas de su sepulcro.
Y su nueva vida -su Pascua- es contagiosa, se extiende, se reparte, se multiplica.
Si él ha salido de la oscuridad, también la luz tiene que llegar a los suyos.
Si él ya no está encerrado, es porque sabe cómo hacer saltar todos los cerrojos y pestillos.
Y los hace saltar también en el Cenáculo.

A menudo Jesús nos encuentra en el mismo lugar donde le abandonamos.
donde habíamos escuchado atentamente sus palabras,
donde habíamos comido y bebido con Él.
En el lugar donde los hermanos se reúnen y se encuentran.
Y con su luz toca nuestra oscuridad, alivia y da sentido a nuestro sufrimiento,
a la experiencia del fracaso, al desconcierto por lo que nos ha pasado.

Y se pone ahí, en medio, que es donde siempre ha querido estar.
En medio de nuestros fracasos y en medio de la comunidad.
En medio de nuestra vida y de nuestras inquietudes.
No está esperando que le vayamos a buscar.
Es él quien viene, seguramente cuando ni siquiera lo esperábamos, cuando le creíamos perdido para siempre.

Y lo primero que hace es pacificarnos. Hacernos descubrir que no está todo perdido.
Que nuestros errores no son insalvables, si él pone en ellos su misericordia.
Lo tendrá que hacer muchas veces, porque la tristeza, las sombras y el miedo
se adueñan de nosotros muchas veces.
Y al pacificarnos nos hace capaces de pacificar y reconciliar a otros.
El demonio de la violencia y del fracaso no tiene nada que hacer ante su paz.
El círculo vicioso de la venganza y la culpa ha quedado roto,
y gracias a él también nosotros lo podemos romper.
Y ese corazón herido por odios, resentimientos y enemistades puede volver a amar,
y amar más, más fuerte, más intensamente, más generosamente.

Y también perdonar y pedir perdón.
Sorprendente responsabilidad: Dios nos ha perdonado
para que vayamos repartiendo a otros el perdón
porque ese perdón que el Señor nos ofrece tiene también que desbordarse, extenderse.

Todo esto será posible cuando recibamos, como un soplo de aire fresco,
el don de su Espíritu, de Él mismo.
Luego nos hará ver sus llagas, heridas y sufrimientos, que son las señales de su amor:
Esas manos abiertas, llenas de ternura, dispuestas a tomar las nuestras.
Ese costado abierto, por el que se desborda el amor como una fuente inagotable.
Nos invita a tocar las llagas, para que veamos que el dolor puede ser transformado,
y porque no estuvo bien alejarnos mientras él sufría en la cruz.
Nos invita a tocar las llagas, porque sólo palpando con nuestras propias manos
el sufrimiento de los hombres, podremos darnos cuenta
de que siguen abiertas, sangrantes hoy... en el cuerpo de sus hermanos.
PODEMOS PEDIRLE HOY AL RESUCITADO:

Entra Jesús, para que en nuestra comunidad, en nuestras casas,
en nuestras cosas, se empiece a escuchar el rumor de la vida,
para que dejemos de ser tan incrédulos, y nos atrevamos a decir
no que tú eres Dios y Señor, sino «mi Señor y mi Dios».
Contigo en medio, irá cambiando el rostro de cada comunidad, de toda la Iglesia.
Con el Espíritu estaremos dispuestos a salir a la calle, y «armar lío»
Llevaremos en los pies un anuncio misionero, gozoso;
en las manos, dones para repartir e intercambiar gratuitamente;
en los ojos, mucha alegría y atención para descubrir
los pequeños signos y gestos de vida salpican cada día;
con las manos entrelazadas, mucha solidaridad hacia dentro y hacia fuera;
en la boca cantares de alabanza a tu misericordia;
en la mochila, un encargo tuyo: ofrecer alternativas a un mundo injusto;
en el corazón, un susurro de adoración: “Señor nuestro y Dios nuestro”.

Acudiremos al templo todos unidos, celebraremos la fracción del pan
y comeremos juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón.
Así seremos bien vistos de todo el pueblo,
y día tras día el Señor seguirá agregando al grupo a los que se vayan salvando
(aunque siempre nos faltará algún Tomás que anda...
!Dios sabe dónde y hasta que él quiera encontrarle, al octavo día!)

Y nos mirarán todos con mucho agrado,
al ver que nadie pasa necesidades. Y que damos testimonio con mucho valor.
Entonces habremos conseguido la victoria sobre el mundo con nuestra fe en el Resucitado.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

sábado, 15 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

Establecido sobre la roca de la fe en la resurrección

Eres establecido sobre la roca de la fe en la resurrección.

“Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos… Se apareció a Pedro y después a los Doce” (1 Cor 15,20.4). Si no crees en el testimonio único, he aquí doce testigos. Si no tienes fe en los doce, cree en los quinientos: “Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo” (1 Cor 15,6). (…)

Existen muchos testigos de la resurrección del Salvador. La luz de la luna llena, sexta noche de plena luna; la roca de la tumba que lo recibe (…); la piedra que corrieron que ha visto directamente al Señor, testigo directo de la resurrección y yace ahí hasta hoy. También los ángeles de Dios por su presencia son testigos de la resurrección del Hijo único.

Pedro, Juan y Tomás y todos los apóstoles. Los primeros porque corrieron al sepulcro y vieron los lienzos que lo habían envuelto en su sepultura, yacer en el suelo después de la resurrección. Los otros, porque palparon sus manos y pies, contemplaron el lugar de los clavos y todos juntos beneficiaron del soplo del Salvador y recibieron la fuerza del Espíritu Santo con el poder y honor de perdonar los pecados.

Otros testigos: las mujeres que se tomaron de sus pies y contemplaron la importancia del temblor de tierra, el esplendor del ángel y los lienzos que Cristo resucitado se había quitado y había dejado ahí. (…) Testigo también fue Pedro, que sin dudas había renegado tres veces pero al que tras la triple declaración, le fue propuesto apacentar a las ovejas místicas. (…)

Entonces, tienes cantidad de testigos



San Cirilo de Jerusalén (313-350)
obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia
Catequesis bautismal n°14 (Les catéchèses, coll. Les Pères dans la foi n° 53-54, Migne, 1993), trad.sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 16,9-15


Evangelio según San Marcos 16,9-15
Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios.

Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban.

Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado.

Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado.

Entonces les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación."


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

Hoy concluimos la octava de Pascua. Es probable que algunos de vosotros hayáis disfrutado de una semana de descanso, incluso fuera de vuestros hogares o comunidades. Otros, por el contrario, habréis vuelto al trabajo, tras el paréntesis del fin de semana pasado. Las preocupaciones siguen ahí. No desaparecen milagrosamente por el hecho de que un año más hayamos revivido el misterio de la resurrección de Jesús. Pero, ¡cómo cambia todo cuando colocamos la clave verdadera! En la batalla del día a día se nos van colando muchas claves para interpretar nuestra vida: la clave de la competencia, del bienestar, de la prisa, de la revancha, de la comodidad, del resentimiento, de la búsqueda de nosotros mismos. Necesitamos que, de vez en cuando, de manera muy nítida, la liturgia de la Iglesia nos recuerde la única clave que permite dar sentido a todo: la clave del Resucitado. De no ser así, acabaríamos sucumbiendo al poder de seducción de las otras, y, como consecuencia, seguiríamos prisioneros de la ansiedad, de la tristeza, de la falta de horizonte.

En este sábado, Jesús nos regala dos últimos mensajes que se refieren a nuestro compromiso misionero:

Id al mundo entero. Un seguidor de Jesús traspasa los límites del espacio y del tiempo porque empieza a vivir en clave de resurrección. El mandato de ir al mundo entero inaugura en nosotros un talante de apertura universal. La resurrección elimina todas las barreras étnicas, culturales, económicas, religiosas que los hombres hemos construido para acotar este mundo. Pensemos en el significado de estas palabras en este comienzo del tercer milenio, en el que vivimos una etapa de globalización. El mundo entero se ha convertido en la “aldea global”. Esto no significa que tengamos que ir de un sitio para otro, o que estemos todo el día conectados a internet. Significa que hemos tomado conciencia de que todos formamos parte de la red de hijos e hijas de Dios, y de que todo lo que sucede en este mundo tiene que ver conmigo. El mundo entero está concentrado en cada uno de nosotros y en el pequeño mundo de nuestro entorno. La novedad está en contemplar esto con ojos de universalidad. A los ecologistas les gusta decir aquello de “Piensa globalmente y actúa localmente”. Quizá es una manera de traducir la universalidad cristiana que se inaugura con la resurrección de Jesús.

Predicad el evangelio a toda la creación. En este “diálogo de vida” cada vez más amplio, somos invitados a reconocer las huellas del Resucitado dondequiera que se encuentren, sobre todo, en las manos y los pies traspasados. Donde hay una mujer o un hombre que sufre, allí contemplamos el rostro del Cristo que prolonga su pasión. No hay diálogo cuando no hay experiencia que compartir, cuando todo se reduce a un intercambio de frases vacías o de fórmulas protocolarias. La experiencia que nosotros proponemos es la del evangelio de Jesús, porque no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído. La resurrección nos abre a un diálogo universal, pero no a un universo vacío. Hablar de Jesús con el lenguaje de la propia vida es algo a lo que no podemos renunciar.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

viernes, 14 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“Al clarear el día, se presentó Jesús en la orilla del lago...”

Invitados a las bodas del Cordero

revestidos de vestiduras deslumbrantes

Atravesamos el agua del Mar Rojo

cantemos a Cristo que nos abre el camino.

El, cuyo cuerpo glorioso

fue inmolado en aras de la cruz

Ha derramado su sangre por dar vida al mundo

gracias a ella vivimos en su amor.

Protegidos en esta tarde de Pascua

contra el ángel exterminador

Hemos sido arrancados de la esclavitud

y atravesamos las aguas a pie enjuto.

Nuestra Pascua es Cristo

el Cordero inmolado por nuestros pecados

Nos dio su carne como comida

el pan de la pureza y de la sinceridad.

Es víctima realmente digna

por quien el infierno fue aniquilado

Y liberada la tierra entera que yacía en cautiverio

le devuelve los bienes de la vida.

Jesucristo se levanta del sepulcro

vuelve vencedor de los infiernos

Encadenando a los tiranos, echando fuera las tinieblas

y abriendo las puertas celestiales.

Gloria a ti, Cristo, Salvador Nuestro

Triunfador de la muerte

Gloria al Padre y al Espíritu Santo que nos ilumina

por los siglos de los siglos. Amén, Aleluya!


Liturgia latina
Himno de las Vísperas de la octava de Pascua: Ad coenam agni providi

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 21,1-14


Evangelio según San Juan 21,1-14
Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así:

estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.

Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.

Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él.

Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?". Ellos respondieron: "No".

El les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla.

El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.

Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.

Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan.

Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar".

Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.

Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres", porque sabían que era el Señor.

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

¿Qué sintió Pedro cuando en medio de la noche reconoció a Jesús? Su grito ¡Es el Señor! se parece al estremecimiento que nosotros podemos sentir cuando, en la dura brega de la vida, intuimos que el Señor está, aunque no nos habíamos dado cuenta. Está:En las personas que están pendientes de nosotros y cuyo amor sólo se nos hace patente cuando han desaparecido.
En la comunidad cristiana que, con todo el peso de sus limitaciones, nos ofrece el pan de la Palabra y de la Eucaristía.
En los que, sin alardes publicitarios, han comprendido que ya es hora de arrimar el hombro para que se abra camino la justicia.
En los que son fieles a su vocación matrimonial o consagrada sin que nadie lo vaya a saber jamás.
En los que, pudiendo ganar más a base de mentir, se mantienen en la verdad.

Este Señor, que parece un fantasma, pero que es una presencia luminosa en medio de la noche, nos dice hoy:

Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. Seguid faenando, no renunciéis a asumir vuestras responsabilidades. Atreveos a ir un poco más lejos de donde estáis, a responder a algún nuevo desafío. De muy diversas maneras, durante el tiempo pascual, se nos invita a ir siempre más allá, como si la resurrección de Jesús nos proporcionara ese plus de audacia que necesitamos para vivir. La búsqueda constante de lo más fácil, de lo más cómodo, de lo más razonable, es el camino más directo a la tumba, la senda más antipascual, porque es como negarse a aceptar lo que ha sucedido el primer día de la semana.

Traed de los peces que acabáis de coger. Otra vez la llamada a aportar ese poco que ha sido fruto de nuestra búsqueda, de nuestro trabajo. Nuestras solas fuerzas no nos conducen a la experiencia de la vida, pero sin esfuerzo, sin el riesgo de lanzarnos mar adentro, tampoco reconocemos al Señor. Los mensajes de esta primera semana de Pascua combinan siempre el don y la búsqueda, la gracia del Señor que se hace visible y el esfuerzo de sus amigos y amigas que escrutan sus huellas por todas partes.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

jueves, 13 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“Les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras” (Lc 24,45)

¿Dónde encontraremos las palabras de Jesús, estas palabras que deben ser el agua que “se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”? (Jn 4,14). Primero, en el Evangelio. Ahí escuchamos a Jesús, Verbo encarnado, lo vemos revelar lo inefable en palabras humanas, traducir lo invisible en gestos comprensibles para nuestros débiles espíritus. Sólo tenemos que abrir los ojos, disponer nuestro corazón para conocer su claridad y gozarla. (…)

El Antiguo Testamento ya revela que Cristo Jesús “era ayer, tanto como es hoy y será mañana” (cf. Heb 13,8). ¿No está escrito que es de su persona que Moisés ha hablado? ¿No citó frecuentemente las profecías que le conciernen? Los Salmos desbordan de él, al punto de ser, según una bella expresión de Bosuet “un Evangelio de Jesucristo expresado en cantos, afectos, acción de gracias, deseos piadosos” (Elevación sobre los misterios, Xº Semana, 3º elevación).

Cristo nos revela todo el tesoro de la Escritura. En cada una de sus páginas leemos su nombre. Sus páginas son plenas de él, de su persona, perfecciones, gestos. Cada una nos dice su amor incomparable, bondad sin límites, inagotable misericordia, sabiduría inefable. Nos revelan las riquezas insondables de su vida y sufrimientos, los supremos triunfos de su gloria. (…)

Para que esta palabra sea en nosotros “viva y eficaz”, que toque realmente el alma y sea fuente de contemplación y principio de vida, la tenemos que recibir con fe y humildad y con un deseo sincero de conocer a Cristo y unirnos a él para caminar en sus huellas. El conocimiento íntimo y profundo, la percepción sobrenatural y fecunda del sentido de las Sagradas Escrituras es un don del Espíritu, don precioso que Nuestro Señor, Sabiduría eterna, ha comunicado a sus Apóstoles en unas de sus últimas apariciones (Lc 24,45).



Beato Columba Marmion (1858-1923)
abad
La oración monástica (Le Christ Idéal du Moine, DDB, 1936), trad.sc©evangelizo.org