martes, 26 de abril de 2016

RESONAR DE LA PALABRA - 26 ABR 2016

Evangelio según San Juan 14,27-31a. 
Jesús dijo a sus discípulos: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman ! Me han oído decir: 'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean. Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»
RESONAR DE LA PALABRA
Queridos amigos:
Se puede ser santo y sabio. San Isidoro fue el hombre más docto de su tiempo. Había nacido en Cartagena (Murcia) el año 560. Huérfano de padre y madre, fue confiado a su hermano Leandro, quien lo educó admirablemente en la vida cristiana. Adquirió una incomparable erudición logrando dominar el latín, el griego y el hebreo. Se hizo monje, y al final, a la muerte de su hermano, fue nombrado arzobispo de Sevilla.
Colabora con Sisebuto, Sisenando y Suintila, reyes godos, a la estabilidad del reino. Restaura la vida monástica. Anima la vida religiosa en aquel imperio romano-visigodo, siendo algo así como el Primado de aquel reino. Escribió obras importantísimas como la Historia de los godos, vándalos y suevos, Hombres Ilustres, Libro de las Sentencias y, sobre todo, Las Etimologías, que viene a ser como una enciclopedia del saber de aquel tiempo. Murió en Sevilla el 23 de abril del año 636.
San Isidoro de Sevilla sirvió a Dios y a los hombres gobernando, escribiendo, organizando, animando, restaurando. Su vida nos está indicando que se puede ser santo y sabio, ciudadano de la ciudad celeste y ciudadano de la ciudad terrestre, fiel a Dios y fiel al mundo, místico e ilustrado contemplativo y comprometido, orante y gobernante.
Podremos ser cristianos normales o seres vulgares, hombres descreídos o personajes mundanos, pero cuando hemos estado en contacto con los santos nos va a ser muy difícil dudar acerca de la verdad del evangelio, de la realidad de Dios, y de que los santos son excelentes humanos que contribuyen con su presencia y sus obras a la iluminación de este mundo.
comentario publicado por Ciudad Redonda

Buen día, Espíritu Santo!

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
En los que esperan en su misericordia” (Sal 32)
¡Buen día, Espíritu Santo!
Abro la puerta de este día dándote Gracias.
Antes que mis ojos puedan ver la Luz de esta nueva jornada,
Tu Gracia y Tu Mirada ya ésta sobre mí,
Sé que tu Misericordia me visita cada día,
y me entrega, como presente que debe ser resguardado,
el Silencio Amoroso de tu Presencia.
“Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
En los que esperan en su misericordia”
Gracias!
Gracias Padre Eterno por el Don de Tu Hijo,
Éste Cristo Nuestro que has hecho para nosotros
Sabiduría, justicia, santificación y redención.
Que la lucha del día no apague mi clamor:
¡Ven!, ¡Llena!, ¡Sostiene!, ¡Santifica!
¿Qué podemos hacer juntos hoy?


lunes, 25 de abril de 2016

Comprende por que la familia es sagrada

Nadie jamás destruye la fuerza de la familia
por ser ella una institución divina

El Concilio Vaticano II llamó a la familia "Iglesia domestica" (LG, 11) donde Dios reside, es reconocido, amado, adorado y servido; y enseño que: La salvación de la persona y de la sociedad humana están conectadas a la condición feliz de la comunidad conyugal y familiar (GS, 47).
Jesús habita con la familia cristiana, nacida en el Sacramento del Matrimonio. Su presencia en las Bodas de Cana de Galilea significa que el Señor quiere estar en medio de la familia, ayudando a vencer todos tus desafíos.
Familia
Foto: Daniel Mafra/cancionnueva

Desde que Dios desea crear el hombre y la mujer a su imagen y semejanza (Gen 1, 26), Él los quiso en familia. Tal cual el propio Dios que es una Familia en tres Personas Divinas, así también el hombre, creado a imagen de su Creador, debería vivir una familia, en una comunidad de amor,ya que ‘Dios es amor’ (1 Jo 4,8) y el hombre es semejante.

Quien no experimento amor en casa tendrá dificultad para conocerlo  afueraLa familia es el eje de la humanidad, es su piedra angular. El futuro de la sociedad y de la Iglesia pasan inexorablemente por ella. Es allí que los hijos y los padres deben ser felices. Quien no experimento el amor en el seno del hogar tendrá dificultad para conocerlo afuera.

La familia es la comunidad en la cual, desde la infancia, se pueden asimilar los valores morales, en que puede comenzar a honrar a Dios y utilizar correctamente de la libertad. La vida en familia es iniciación para la vida en sociedad (CIC, 2207).

Después de haber creado la mujer de la costilla del hombre (Gen 1, 21), la llevó para él. Este, al verlo, suspiro de alegría: Y que dijo el hombre, "el hueso de mis huesos y la carne de mi carne; ella se llamará mujer… (Gen 1, 23). Después de esta declaración de amor tan profunda – la primera en la historia de la humanidad – Dios, entonces les muestra toda la profundidad de la vida conyugal: Por eso el hombre deja su padre y su madre para unirse a su mujer; y ya no son más que una carne (Gen 1, 24).

Después de crear el hombre y la mujer, Dios les dijo: Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla… (Gen 1, 28).

Este es el plan de Dios para el hombre y para la mujer, juntos, en familia: crecer, multiplicar, llena la tierra, sométanla. Y para eso Dios dio al hombre a la inteligencia para proyectar y las manos para construir su proyecto.

Dios vive en el hogar nacido de un matrimonio
En estas palabras de Dios: "crezcan y multiplíquense" cierra todo el sentido de la vida conyugal y familiar. De esta forma, Dios constituye a la familia humana, a partir de la pareja, para durar para siempre, por eso, ¡La Familia es Sagrada!

Vemos también la dignidad, basada en el amor mutuo, que llevan el hombre y la mujer a abandonar la propia casa paterna, para dedicarse un al otro totalmente. Este amor es tan profundo que de los dos hace uno sola carne, para que puedan juntos realizar un gran proyecto común: la familia.

Por lo tanto podemos ver que sin un matrimonio fuerte y santo, no es posible tener una familia fuerte y santa, según el deseo de corazón de Dios. Todo esto muestra como Dios esta implicado en esta unión absoluta del hombre con la mujer, de donde va a surgir, entonces, la familia. Por eso no hay poder humano que pueda eliminar la presencia de Dios en el matrimonio y en la familia. Dios vive en el hogar de un matrimonio.

Esto nos hace entender que la celebración del Sacramento del Matrimonio es garantía de la presencia de Jesús en el hogar allí naciente. ¡Como es doloroso dar cuenta hoy que muchos jóvenes, nacidos en familias católicas, ya no valorizan más este sacramento y creen, por ignorancia religiosa , que ya no es importante subir al altar para comenzar una familia!

Toda esta reflexión nos lleva a concluir que cada hombre y cada mujer que dejan el padre y la madre para unirse en matrimonio y formar una nueva familia no lo puedan hacer livianamente, pero deben hacerlo solo por un autentico amor, que no es una entrega pasajera, sino una entrega definitiva, absoluta, hasta la muerte.

Marcada por el sello divino, en todos los pueblos, cruzó todos los tiempos y llego entera hasta nosotros, en el siglo XXI. Solo una institución de Dios tiene esta fuerza. Nadie jamás va destruir la fuerza de la familia por ser ella una institución divina.

Profesor Felipe AquinoMaster y Doctor en Ingeniería Mecánica. Recibió el título de Caballero de la Orden de San Gregorio Magno por el Papa Benedicto XVI, es autor de varios libros y presentador de programas de televisión y radio de la comunidad Canción Nueva

Tres peligros en las familias

La alegría del amor en la familia

Amoris Laetitia (La alegría del amor) es el título de la Exhortación Apostólica Pos-sinodal del Papa Francisco. El documento, que tiene nueve capítulos, reúne los resultados de dos Sínodos sobre la Familia realizados en 2014 y 2015.

En este artículo, destacamos tres alertas que se nos presenta, en Amoris Laetitia, sobre los peligros en las familias.
Familia2


Individualismo
Un individualismo exasperado que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por considerar a cada componente de la familia como una isla, haciendo que prevalezca, en ciertos casos, la idea de un sujeto que se construye según sus propios deseos asumidos con carácter absoluto.

Las tensiones inducidas por una cultura individualista exagerada de la posesión y del disfrute generan dentro de las familias dinámicas de intolerancia y agresividad.


Independencia
La libertad para elegir permite proyectar la propia vida y cultivar lo mejor de uno mismo, pero si no tiene objetivos nobles y disciplina personal, degenera en una incapacidad de donarse generosamente.

Si estos riesgos se trasladan al modo de entender la familia, esta puede convertirse en un lugar de paso, al que uno acude cuando le parece conveniente para sí mismo, o donde uno va a reclamar derechos, mientras los vínculos quedan abandonados a la precariedad voluble de los deseos y las circunstancias.


Amor provisorio
Me refiero, por ejemplo, a la velocidad con la que las personas pasan de una relación afectiva a otra. Creen que el amor, como en las redes sociales, se puede conectar o desconectar a gusto del consumidor e incluso bloquear rápidamente.

Pienso también en el temor que despierta la perspectiva de un compromiso permanente, en la obsesión por el tiempo libre, en las relaciones que miden costos y beneficios y se mantienen únicamente si son un medio para remediar la soledad, para tener protección o para recibir algún servicio.

Llama la atención que las rupturas se dan muchas veces en adultos mayores que buscan una especie de «autonomía», y rechazan el ideal de envejecer juntos cuidándose y sosteniéndose.

Aun a riesgo de simplificar, podríamos decir que existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no poder formar una familia porque están privados de oportunidades de futuro.


fuente Canción Nueva portal en español

Liturgia Viva - al atardecer


Siete consejos para un cambio de vida con fe y valentía

La fe y la valentía son necesarias para un gran cambio de vida

La vida ofrece siempre oportunidades de cambio, porque la vida es movimiento, es novedad; e incluso cuando parece que estamos viviendo una rutina, la verdad es que muchas cosas están cambiando, sucediendo y, la mayoría de las veces, envolviéndonos todo el tiempo. Y es bueno que sea así, porque una vida monótona no tiene gracia.
Vivir sin movimiento, sin cambios ni desafíos es como andar por un camino recto sin curvas ni montañas, sin expectativas de contemplar un nuevo paisaje. Todo viajante sabe que los caminos rectos hasta son buenos al principio, pero después cansan. Por supuesto que en la vida existen cambios positivos y otras que no tanto, pero la disposición para adaptarse a ellos sin perder el centro es lo que realmente da sentido a todas las cosas.

Sé que muchas personas, tal vez tú, pasan, en este momento, por pruebas que implican cambios, sea por motivos de desempleo, enfermedades, trabajo, estudio o hasta por la pérdida de alguien querido; pero no conozco una salida mejor para superar los desafíos que vivir cada etapa si esquivarla, sin anticiparse al tiempo y, por encima de todo, asumiendo la verdad que implica el cambio. Ya está probado que la vida nueva que anhelamos pasa, inevitablemente, por las pruebas cotidianas. Es como el oro que, para adquirir el brillo digno de admiración, pasa antes por el fuego que lo purifica. Y el fuego que nos hace “brillar” ciertamente está en los sacrificios y en las renuncias que necesitamos hacer para tener realmente la calidad de vida que anhelamos.

Te de aquí algunos consejos para ti que deseas pasar por los cambios de vida con fe y valentía:

Ore
Ya está probado que una oración sencilla y sincera puede abrir las puertas para que muchas gracias sean derramadas. Por lo tanto, sea cual sea tu realidad hoy, colócate en la presencia de Dios y en oración, confíale a Él tu causa y cree que Él puede y quiere hacer lo mejor para ti.

No te culpes
No puede volar alto el que carga con mucho equipaje, menos aún quien está preso de sentimientos heridos. Necesitamos conservar un recuerdo agradecido de lo que vivimos y fue bueno, y también conservar la lección que los errores nos dejaron, pero sin dar espacios a la nostalgia ni a la culpa. Solamente un corazón libre puede acoger las novedades que la vida ofrece en cada amanecer.

Pide ayuda
No siempre es fácil pedir ayuda pero, a veces, estamos tan perdidos que no logramos dar pasos con nuestras propias fuerzas. Entonces, es necesario tener la humildad de pedir ayuda a las personas que nos aman y tienen la madurez para hacernos ver los hechos más allá de nuestros sentimientos heridos. Para eso, es fundamental vencer el miedo, la vergüenza y el orgullo.

Vivir la verdad
Quien desea ser verdaderamente libre ya sabe que no hay otra salida que vivir la verdad. La Palabra de Dios nos dice: “Conocerán la verdad y la verdad los hará libre” (Juan 8,32). Por lo tanto, no ignores tu dolor ni huyas de las luchas que la vida te da. Encarar los hechos como son realmente, sin detenerse en los “por qué” ni en las comparaciones, colabora con tu sanación interior.

Ten paciencia
Formamos parte de una generación inmediatista, deseamos que todo se resuelva en el momento. ¡Ok! Solo que, gracias a Dios, la naturaleza no entró en la era digital y la vida pide calma para encontrar su lugar en el alma. Entonces, respira profundo y sé paciente contigo mismo. No te exijas a ti la perfección que le pertenece a Dios.

Huye del comodismo
Si deseas una vida nueva, es necesario tener paciencia con uno mismo, pero no te puedes acomodar. Por más que estés herido, la vida continúa llena de colores y belleza, invitándote a vivir. Vivir también es salir de uno mismo compartir lo que se tiene. San Juan Pablo II enseña con sabiduría: “Nadie es tan pobre que no tenga nada para dar, y nadie es tan rico que no tenga nada que recibir”.

Estos son apenas consejos, lo fundamental, es tu disposición en querer realmente cambiar. Entonces, ¡manos a la obra! La simplicidad pueda colaborar mucho con tus nuevas actitudes. Camina de a poco, quitando el peso que colocaste en los hombros y da un paso a la vez, en dirección a Dios que te impulsa. De a poco, verás que ya estás viviendo la vida nueva, simple y feliz que Dios ya te concede.

Dijanira Silva
Misionera de la Comunidad Canción Nueva, actualmente reside en la misión de San Pablo.
fuente Canción Nueva portal en español

El "párroco" de Santa Marta

«Vuestra felicidad no tiene precio y no se negocia; no es un “app” que se descarga en el teléfono móvil: ni siquiera la versión más reciente podrá ayudaros a ser libres y grandes en el amor…. El amor se alimenta de confianza, de respeto y de perdón."


Experiencia de Avivamiento - Día 30

Comencemos nuestra experiencia...
+ En el Nombre del Padre,
+ del Hijo
+ y del Espíritu Santo. Amén.

Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de Tus fieles y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor.
Envía, Señor Tu Espíritu,
todo será creado y renovarás la faz de la tierra.

Oremos:
Oh Dios, que instruiste los corazones de Tus fieles con la luz del Espíritu Santo,
haz que apreciemos rectamente todas las cosas,
según Tu Santo Espíritu
y gocemos de Sus consuelos,
Por Cristo Nuestro Señor.
¡Amén!

Te pedimos, Señor, que esta Palabra se vuelva viva y eficaz
en nuestra vida y no vuelva a Tí, Señor sin producir en nosotros el efecto esperado.

Salmo 73, 25
"¿A quién sino a ti tengo yo en el cielo?
Si estoy contigo, no deseo nada en la tierra.".
El salmista expresa en esta oración cuán rendido su corazón se encuentra a Dios y, principalmente, demuestra la confianza en el poder y en la acción del Señor. Revela que nuestro único bien necesario es Dios Todopoderoso. Vale la pena averiguar qué espacio y grado de importancia el Señor ocupa en nuestra vida.

Hoy es un día importante porque necesitamos asumir esta verdad: Dios está a nuestro lado, a nuestro favor en el Cielo, no es indiferente, está atento a todo lo que vivimos, escucha nuestra oración, nuestro lamento y nuestro clamor. Al asumir eso, le damos espacio para hacer una gran obra en nuestra vida, y esto se vuelve imprescindible. La gran invitación es el de adorar solamente a Dios y tener la plena consciencia de que existe un único y verdadero Señor, y sólo a Él prestaremos culto: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El es accesible y acoge nuestra adoración.
Dios quiere hacer de cada uno de nosotros hombres y  mujeres adoradores.
Quien no adora no va a aguantar este tiempo de prueba que vivimos, en que todo es muy fácil y accesible, en que el pecado es naturalizado y Dios ridiculizado. Tal vez vos y yo tengamos tiempo para hacer muchas cosas durante el día y no ofrecemos ningún espacio para adorar al Señor Dios.
Permitamos que este deseo de Dios crezca en nuestros corazones y que el Espíritu Santo nos lleve a desearlo por encima de todo y de todos. Es el camino que necesitamos recorrer, vivir, buscar y en el perseverar.
Adorar todos los días, colocar a Dios en primer lugar y hacer la sublime experiencia de no desear a nadie más sobre la tierra más allá de Él. Esto nos hará caminar en una libertad muy grande, en felicidad plena, en una experiencia extraordinaria de gracia del Señor.
Somos invitados por Dios a abrirnos a esta gracia y de ella tomar todos los frutos y bendiciones.
Que Dios sea el Todo en nuestra vida, que a El direccionemos todos nuestros afectos y nuestro amor.

Mortificación
Dale un tiempo de tu día a la adoración de Jesús rindiéndote totalmente a Él.

Oración de clamor
Mi Señor y mi Dios, quiero, cada día más, creer que te tengo a Tí de mi lado, y que me sustentas en todos los momentos para no perderme. Tengo Tu presencia conmigo y sé que Te levantas en mi favor, en mi defensa. Quiero apasionarme por Ti otra vez y no quiero que nadie ocupe Tu lugar en mi vida.
Confieso que, en muchos momentos, dejé de desear y adoré falsos dioses y a mi mismo.
La tentación de la idolatría es constante, pero hoy quiero asumir que solo te tengo a Ti, no hay otro.
Quiero adorarte con toda intensidad desde mi corazón, y si todavía existe un espacio en él ocupado por falsos dioses, quiero hoy renunciar para que sea ocupado solamente por Tí, Señor.
Te pido, Espíritu Santo de Dios, que coloques en mi corazón el deseo de adorarte.
Quiero postrarme todos los días en rendición y adoración, quiero vivir para Ti, no permitas que me pierda en los quehaceres y me aparte. 
Sé que la adoración es lo que me hará resistir en los días malos y me ayudará a permanecer fiel hasta el fin. Pues Tu Palabra atestigua que aquel que persevera hasta el fin será salvo. 
Despiértame, Señor, para la adoración  y para colocarte encima de todo y de todos, y que mi mayor decisión y opción sea por Tí.
Sé que hasta el deseo de adorarte viene de Ti, cámbiame, quiero volver al primitivo fervor, a aquel tiempo en que yo sólo tenía ojos para Ti, que buscaba con intensidad, no imponía condiciones, estaba totalmente rendido a Ti.
Sólo Tú, Señor y Dios, eres el Señor que puede hacerme experimentar esta disposición nuevamente.
Te alabo, te adoro, glorifico, exalto, mi Señor y mi todo,
mi esperanza,
mi refugio,
mi torre fuerte.
Quiero decirte que mi corazón se rinde en adoración.
No tengo otro bien más allá de Ti, no hay nada ni nadie que quiera más.
Adorado seas, mi Señor y mi Dios.
Recibe mi alabanza, mi adoración, mi rendición.
Sé adorado y glorificado hoy y siempre.
Amén.
Aleluia!
Gloria a Dios!

Deja al Espíritu Santo llevarte a la experiencia de un gran clamor para,
entonces, poder revelar lo que el tiene para tu vida.
Ora todo lo que puedas en lenguas.

Sobre la base de "Profecia do Avivamento"
p. Roger Luis - Canção Nova.
Adaptación de textos originales en português.


Liturgia Viva - Oración Colecta


Comprendiendo La Palabra

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación»

     El Señor de todas las cosas ha dado a sus apóstoles el poder de proclamar el Evangelio. Y es por ellos que nosotros hemos conocido la verdad, es decir, la enseñanza del Hijo de Dios. Es a ellos a quienes el Señor ha dicho: «El que a vosotros escucha, a mí me escucha; el que os rechaza a mí me rechaza y rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). Porque nosotros no hemos conocido el plan de nuestra salvación por otros sino por aquellos que han hecho llegar el Evangelio hasta nosotros.

     Primeramente ellos predicaron este Evangelio. Después, por voluntad de Dios, nos lo transmitieron en las Escrituras para que llegue a ser «el pilar y el sostén» de nuestra fe (1Tm 3,15). No se puede decir, como lo pretenden algunos que se jactan de ser los correctores de los apóstoles, que éstos predicaron antes de alcanzar el conocimiento perfecto. En efecto, después que nuestro Señor hubo resucitado de entre los muertos y que los apóstoles fueron «revestidos con la fuerza de lo alto» (Lc 24,49) por la venida del Espíritu Santo, fueron llenos de una certeza total respecto de todo y poseyeron el conocimiento perfecto. Entonces se marcharon «hasta los confines de la tierra» (Sl 18,5; Rm 10,18) proclamando la Buena Noticia de los bienes  que nos vienen de Dios y anunciando a los hombres la paz del cielo. De manera que todos por igual y cada uno en particular poseían el Evangelio de Dios.

San Ireneo de Lyon (c. 130-c. 208), obispo, teólogo y mártir 
Contra las herejías, III, 1

RESONAR DE LA PALABRA - 25 ABR 2016

Evangelio según San Marcos 16,15-20.
Entonces les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación."
El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas;
podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán".
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

RESONAR DE LA PALABRA
Queridos amigos:
Hoy celebramos la fiesta de San Marcos Evangelista. A la luz de la Palabra de Dios compartimos una doble reflexión que nos invita a ir a la verdadera raíz de nuestra experiencia de seguimiento de Jesús:
La primera es que la referencia final y única siempre es Dios. Ya nos toquen momentos complicados o situaciones gozosas, Él es quien puede ensalzarnos, animarnos, ponernos en pie en la vida; por eso, vivir con humildad e inclinarnos bajo su poderosa mano nunca es signo de cobardía, sumisión o flojera... ¡al contrario! Cuando somos fuertes y la esperanza ha arraigado en nosotros por dentro, no necesitamos demostrar que nos las arreglamos solitos (cosa, por otro lado, bastante engañosa) y no tenemos miedo a dejarnos en sus manos y en las de los demás, porque nos fiamos y sabemos bien que Dios no olvida en saco roto ni una lágrima, ni un cansancio, ni un agobio nuestro. Todo tiene cabida en el corazón de Dios, que se interesa por nosotros.
La segunda es que esperar todo de Dios, no nos exime de la necesidad de vivir alertas, resistiendo firmes en la fe, intentando, con toda humildad, llevar adelante el encargo recibido del Señor: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. ¡Que bella paradoja poder afirmar que en nuestra vida todo es gracia recibida de la mano de Dios y, que a la vez, Él no tiene otra forma de cambiar el mundo que cooperar con su fuerza confirmando nuestras palabras y acciones! ... ¡Somos un equipo! Y sólo así llegamos, en ciertos momentos, a experimentar que es verdad: que cuando vivimos en su nombre y a su estilo, echamos demonios, tratamos con serpientes, tragamos venenos poderosos... y no nos hacen daño.
Comentario publicado por Ciudad Redonda

Buen día, Espíritu Santo!

Señor,
mi vida entera: mi corazón, mi espíritu y mi cuerpo
grita y clama: ¡ LIBERA !
Libera las potencialidades que dormidas están guardadas,
libera el amor que sembraste,
el perdón que debe ser otorgado y recibido;
la palabra que debe ser dicha,
la palabra que sana, reconstruye, alienta y consuela.
Libera la mirada misericordiosa,
la que abraza y transparenta tu ternura.
Libera la lágrima que limpia y purifica,
la que sana y se vuelve oración.
Libera las manos que acarician y trabajan,
los pies que andan tus caminos,
los que llevan a rincones impensados,
los que se detienen frente al dolor del hermano,
los que se doblan ante el caído,
los que se apuran cuando alguien clama auxilio.
Libera mis sentires más hondos,
mis amores no expresados;
libera lo amarrado al pasado,
lo anclado en el dolor y dame libertad.
la Libertad que en Vos vive,
que en Vos se mueve,
la libertad de Tu Espíritu.
¡Amén!


domingo, 24 de abril de 2016

El "párroco" del mundo


Triunfo sobre la muerte

La resurrección de Jesucristo lo cambia todo

¡Qué traumatizantes fueron esos tres días para los discípulos! El Jueves Santo, en la Última Cena, oyeron que Jesús predecía su muerte.
Luego, en el Jardín de Getsemaní, cuando vieron que arrestaban a Jesús, huyeron de miedo. Más tarde, esa misma noche, Pedro negó tres veces incluso conocer a Cristo y terminó sollozando amargamente al reconocer su cobardía. Por último, el Viernes Santo, presenciaron con impotencia el trauma de ver cómo los romanos flagelaban a su Señor, lo torturaban y lo crucificaban.
¿Qué significaba todo este horror? Que todo lo que se habían imaginado conseguir por ser seguidores de Cristo se desmoronaba ante sus propios ojos y el “Reino de Dios” que Jesús les había anunciado no parecía más que un sueño ilusorio que se esfumaba entre los azotes y los martillazos de los soldados. Luego, llegado el sábado, no atinaron a nada sino a esconderse, con la incierta esperanza de que las autoridades no vinieran a buscarlos a ellos también.
La hora de la muerte. ¿Cómo era posible que todo haya sucedido así? Todo lo que habían visto y oído les aseguraba en forma patente que Dios estaba con Jesús, porque él había realizado su ministerio con pleno éxito durante mucho tiempo: la predicación sobre el amor de Dios y la salvación, los múltiples milagros y la misericordia con que trataba a cuantos acudían a él pidiendo ayuda o sanación. Entonces, ¿por qué Dios le había abandonado en su hora de más extrema necesidad? Desde el primer día en que ellos habían conocido a Jesús, él había dado muestras de poder controlar todas las circunstancias; pero ahora aparentemente “no había podido” evitar la tragedia. Tal vez Jesús no era en realidad aquel que él había dicho ser.
No es difícil imaginar que los discípulos, al ver lo que ahora veían, pensaran que al parecer Jesús no había sido más que un supuesto salvador equivocado o desorientado. En esa época, el pueblo de Israel vivía en un país ocupado por los romanos, sometido a una tiranía corrupta y sofocante, y cuando se dan estas situaciones de presión extrema no es raro que aparezcan supuestos caudillos y “mesías” que prometen un futuro más luminoso. Así sucedió, por ejemplo, como leemos en el Libro de los Hechos, que antes de Jesús había surgido un tal Teudas, autoproclamado profeta, que logró reunir un grupo de unos 400 seguidores, pero cuando lo mataron, todos sus seguidores se dispersaron y el movimiento desapareció. Otro tanto había ocurrido con un tal “Judas, el galileo,” que también reunió un grupo de seguidores, pero éste también falleció y todos sus seguidores se dispersaron (v. Hechos 5, 36. 37).
¿No era acaso posible que los discípulos pensaran que les había sucedido a ellos lo mismo que a los seguidores de esos dos falsos mesías? ¿No era posible que se habían dejado ilusionar por los sueños imposibles de otro hombre, y ahora se esfumaban todas sus esperanzas? A todas vistas, parecía que el pecado y la muerte siempre se imponían sobre la bondad y la pureza, y quién sabe si en realidad encontraban algo de razón en lo que decían aquellos que se mofaban de Cristo en el Calvario: “Salvó a otros y no puede salvarse él mismo” (Mateo 27, 42).
Jesús: liberado de muerte. Pero luego llegó el Domingo de la Resurrección, cuando de repente Jesús se hizo presente glorioso en medio de la pesada penumbra y la decepción de los discípulos. ¡Cristo estaba vivo! Había vuelto a la vida y no sólo la vida anterior: ¡Estaba transformado! ¡Era tanto que no podían creer lo que veían sus ojos! Cristo llevaba aún las marcas de la crucifixión, pero estaba milagrosamente libre de todas aquellas ataduras de la muerte que sofocan la vida, y era capaz de realizar nuevas maravillas, como la pesca milagrosa junto al mar e impartir la misericordia de Dios como lo hizo con Pedro a orillas del Mar de Galilea; podía hacerse presente como lo hizo para los discípulos en Emaús. En realidad, ¡la muerte no tenía la última palabra! ¡Jesús había resucitado a una vida nueva y gloriosa!
El pecado tampoco tenía la última palabra. Cuando vivió en este mundo, a ningún otro hombre lo ofendieron o maltrataron tanto como Jesús, pero aun cuando sufrió lo indecible a manos de sus muchos enemigos y detractores, jamás pidió venganza ni represalia; jamás salió una maldición de sus labios y nunca demostró el más mínimo indicio de resentimiento contra quienes le odiaban o conspiraban para matarlo. Pero tampoco dejó jamás que las amenazas de sus enemigos lo disuadieran de seguir adelante hasta cumplir su misión, ni que las disensiones o la falta de fe de sus discípulos lo desanimaran ni le hicieran lamentar haberlos escogido. Clavado en la cruz, lo único que pidió fue el perdón para quienes le habían crucificado. Ni siquiera la traición de Judas ni la negación de Pedro pudieron enturbiar ni su mente ni su corazón.
El Viernes Santo parecía que el pecado y la muerte habían triunfado, pero esa idea errónea no duró mucho. Apenas tres días más tarde, Jesús resucitado, triunfante y glorioso se presentaba a sus discípulos y sólo tuvo para ellos palabras de perdón, misión y amor: “La paz esté con ustedes…. Como el Padre me ha enviado, así los envío yo” (Juan 20, 19. 21).
Los apóstoles: Transformados por la Resurrección. Este es el mensaje de la Pascua de Resurrección: ¡Cristo ha resucitado y hoy está vivo! Ha derrotado a la muerte y a todas las fuerzas que llevan a la muerte y nos mantienen oprimidos por el miedo a la muerte. Ahora, habiendo resucitado a una vida nueva y gloriosa, Cristo demostraba que la misericordia, la fidelidad y el amor eran las que tenían la última palabra, no la violencia, ni el odio ni la envidia que llevaron a sus enemigos a darle muerte.
Por eso, cuando celebramos la Pascua de la Resurrección, celebramos algo mucho más trascendental que el regreso de Jesús a la vida: ¡Celebramos el hecho cierto de que la muerte ha sido derrotada de una vez por todas y para siempre para todos los que quieran creer en Cristo Jesús, nuestro Señor!
En muchas partes del Libro de los Hechos vemos que los discípulos experimentaron la misma vida victoriosa que Jesús había tenido. Por ejemplo, los vemos anunciando que la resurrección es una promesa para todo el que cree; los vemos saliendo al mundo llenos de confianza y valentía, compartiendo el Evangelio con cuantos iban encontrando por el camino. Incluso cuando las autoridades los arrestaban, los azotaban y los encarcelaban, ellos seguían predicando la buena noticia, pero… ¿Por qué? Porque ya no tenían miedo a la muerte.
Del mismo modo, se ve claramente que las garras del pecado empezaban a perder fuerza en la vida de los discípulos. Cuando eran perseguidos y tratados cruelmente, ellos no cedían al impulso de la venganza. Por el contrario, se esforzaban por librarse del círculo vicioso de la ofensa y venganza que predomina en casi todos los que sufren el daño de otros. En lugar de eso, trataban de perdonar, se reanimaban y mantenían la mirada fija en la misión de construir la Iglesia (Hechos 14, 19-20). Incluso cuando el peligro de la división empezó a cernirse sobre ellos, se cuidaron de no dejarse polarizar en bandos opositores; más bien, se congregaron y oraron juntos, se escucharon unos a otros con respeto y humildad, y le pidieron al Señor que les concediera guía y protección (15, 1-2). En efecto, en lugar de dejar que el orgullo o la preocupación por su propia reputación los llevara a pecar, procuraron tratarse mutuamente con el mismo amor con que Jesús los había tratado a ellos.
Es claro que no siempre lograban resolver sus diferencias con la facilidad o la prontitud que habrían deseado, porque a veces demoraban en encontrar soluciones, pero no cejaban en el esfuerzo de subsanar las dificultades. Muchas veces la persecución y el maltrato con que tropezaban en su apostolado eran sumamente violentos, pero nunca se desanimaron y Dios continuó bendiciendo su abnegado y fiel trabajo.
La promesa es para usted. ¡Qué buen testimonio es para nosotros el de los discípulos! Lo más común es que nosotros valoremos nuestra condición espiritual según lo que hagamos o no hagamos. Si hemos cumplido los mandamientos, nos sentimos satisfechos; si hemos fallado, probablemente nos ponemos a la defensiva y nos disculpamos o nos hundimos en el sentido de culpa. También pensamos de esta manera respecto de quienes hay cerca de nosotros, y tendemos a catalogarlos en grupos de “pecadores” o “justos”. Pero esta forma de pensar no nos lleva más cerca al Señor; por el contrario, con más frecuencia nos aparta de él y del amor que él quiere darnos.
Por supuesto, debemos hacer todo lo posible por cumplir los mandamientos y hacernos un examen de conciencia, y claramente discernir la conducta de otras personas, pero también tenemos que recordar que Jesús lo ha renovado todo y ya nada es igual que antes. El Señor nos ofrece a todos, incluso a nuestros enemigos, una segunda, una tercera y una cuarta oportunidad. Cristo no condena; él salva, y esta ha de ser también nuestra actitud. Tenemos que pedir la gracia y el poder de saber perdonar y no guardar resentimiento, para resolver las diferencias y buscar la paz con todos los demás, aun con aquellos que no nos aprecian.
En cualquier situación de inseguridad o angustia —una enfermedad grave en casa, un fracaso en el trabajo, el desdén o insulto de un vecino— nos parece a veces que sufrimos “una pequeña muerte” que puede quitarnos la paz, aunque todo lo demás vaya bien. Pero cuando nos hemos convencido cada vez más de que Jesús ha triunfado sobre la muerte, todas estas “pequeñas muertes” pierden “el aguijón”, crece nuestra confianza en Cristo y esa confianza nos enseña a caminar confiados, afrontando cada situación con paz, con el rostro en alto y con la idea clara en la mente y el corazón: “¡Soy hijo de la resurrección! ¡La muerte no tiene fuerza contra mí!”
Cuando llegó el Domingo de Pentecostés, Pedro dijo a la muchedumbre: “Esta promesa es para ustedes y para sus hijos, y también para todos los que están lejos; es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar” (Hechos 2, 39). La promesa de la libertad a través del Espíritu Santo es un generoso don que Dios nos concede. El Espíritu Santo quiere ayudarnos de muchas maneras para que entremos en la luz de la libertad que se hace presente cuando la muerte, con todos sus tenebrosos “aliados” y trampas engañosas, quedan completamente desarmados por la acción poderosa de Jesucristo resucitado.
Compartamos la victoria. Esta es la magnífica noticia de la Pascua de la Resurrección: que Jesucristo, nuestro Señor, ha derrotado la muerte. Es cierto que todos tendremos pruebas que pasar y no hay garantía alguna de que siempre saldremos airosos del todo. Pero Dios nunca nos prometió que siempre tendríamos finales felices; nos prometió darnos la gracia y la fuerza necesarias para afrontar cada desafío con paz y confianza en su protección y su generosidad.
Así pues, tenga usted esta promesa siempre presente en su pensamiento. Durante toda la temporada de Pascua reafirme la verdad de que Jesús ha conquistado el pecado y la muerte en favor suyo. Recuerde que el Señor ha despojado a la muerte de todo el poder que tenía sobre usted. Eleve su mirada al Señor resucitado y dígale con plena convicción que usted cree firmemente en su victoria. Si lo hace, verá que surge en su corazón y su mente una alegría más profunda y estable de lo que usted se habría imaginado.
fuente DEVOCIONARIO CATÓLICO LA PALABRA CON NOSOTROS

La paz esté con ustedes

Una promesa y un regalo de Pascua

Cuando Jesús saludó a los apóstoles aquel primer Domingo de Resurrección, pudo haberlo hecho de muchas maneras más espectaculares o altisonantes, pero escogió una sencilla frase: “Paz a ustedes” (Juan 20, 19).
Si leemos este saludo y no lo pensamos mucho, se nos puede pasar por alto lo que nos quiere decir. Recordemos que Cristo acababa de resucitar y así había hecho realidad el plan de Dios para la salvación de toda la humanidad que se venía forjando desde hacía largos siglos. Acababa de destronar al diablo y abrir el cielo para cuantos quisieran creer. Ahora llegaba el momento propicio de que lo vieran en persona sus amigos cercanos; era tiempo de dar a conocer la salvación y la promesa de la resurrección. Por eso, ¿no pensaría usted que el Señor habría dicho algo mucho más importante para marcar la inmensa trascendencia de ese crucial momento? Sí, tal vez, pero no lo hizo. Decidió más bien saludarlos tal como lo había hecho día a día cuando convivía con ellos.
Sin embargo, pese a toda la sencillez o la informalidad, este saludo encierra la esencia del mensaje de la Pascua. Así pues, reflexionemos sobre el don de la paz que Jesús ofreció a sus apóstoles y veamos cómo podemos tener nosotros la misma paz de hoy en adelante.
Paz con Dios. Como vimos en el primer artículo, los apóstoles no estaban gozando precisamente de tranquilidad cuando amaneció el Domingo de la Resurrección. No sólo habían presenciado el arresto y la crucifixión de Jesús, sino que también habían experimentado su propia flaqueza y falta de fe, y en lugar de aferrarse a la promesa del Señor de que resucitaría, se dejaron llevar por el temor y la inseguridad. Habiéndose dispersado cuando arrestaron a Cristo, se sintieron aplastados durante el juicio y la crucifixión, al punto de que después de la muerte de Jesús se fueron a la clandestinidad, temerosos de que las autoridades los arrestaran a ellos también. Desde todos los puntos de vista, le habían fallado al Señor.
Pero cuando Jesús se les apareció, no hizo notar los dolorosos y vergonzosos acontecimientos de los días pasados; ¡ni siquiera los mencionó! Por el contrario, sólo les deseó la paz.
Paz a ustedes. Estas palabras nos traen a la mente lo que Jesús le dijo a la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8, 2-11). Cuando se hubieron retirado los acusadores, Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno; ahora, vete y no vuelvas a pecar” (Juan 8, 10). También nos hacen recordar lo que Jesús le respondió a Pedro cuando éste exclamó: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” (Lucas 5, 8). Cristo no acató la valoración negativa que Pedro hacía de sí mismo ni se puso a repetir una larga relación de los pecados y defectos del pescador. Todo lo que le dijo fue: “No tengas miedo; desde ahora vas a ser pescador de hombres.”
En estos dos casos, como en muchos otros, se ve claramente que lo que más quería Jesús era demostrar que él no había venido al mundo para condenarnos, sino para salvarnos (Juan 3, 17) y no quería que su relación con los discípulos estuviera marcada por la venganza, la represalia ni la cólera. Todo lo que quería, y sigue queriendo, es que todos sus fieles, incluidos nosotros, estemos en paz con él.
Dos clases de paz. ¿Qué nos dicen las palabras “paz a ustedes”? Nos dicen que aunque pequemos muchas veces, y aunque nuestras ofensas sean muy graves, Dios está dispuesto a perdonarnos y librarnos de la culpa. El Señor quiere que experimentemos la paz que emana de la reconciliación con Dios; que sepamos que cada vez que nos acerquemos a su lado, podemos experimentar su paz. Mientras permanezcamos unidos a él, su paz estará con nosotros.
Pero la paz que viene de Jesús no es la misma que encontramos en el mundo (Juan 14, 27). La paz del mundo depende de que las circunstancias sean favorables: que obtengamos lo que queremos, que no haya conflictos, que suceda lo que esperamos y que los problemas sean pocos y manejables. Parece agradable, pero es una paz inestable, porque en cuanto algo sale mal, esta paz del mundo, que depende de las circunstancias, se rompe, se esfuma y nos deja desanimados y malhumorados, frustrados e impotentes.
En cambio, la paz que Jesús nos ofrece nos ayuda a encarar las circunstancias problemáticas con entereza, aunque no desaparezcan la inseguridad, la frustración o la decepción. Nos comunica una confianza apacible, que nos ayuda a guiar nuestros pasos cuando tenemos que tomar decisiones difíciles. Es una paz que no depende de lo que suceda durante el día, sino del amor y el perdón incondicionales del Señor. ¿Por qué? ¡Porque le pertenecemos a Cristo y él nunca nos abandona! ¡Tú también le perteneces a Cristo, querido hermano, y él nunca te abandonará!
Paz con nosotros mismos. Tal vez una reflexión de Pascua con San Pedro nos ayude a vislumbrar la clase de paz que Jesús quiere darnos (Juan 21, 15-19). En la madrugada del Viernes Santo, Pedro, “la Roca de la Iglesia” había negado incluso conocer al Señor. Ahora, allí, a orillas del Mar de Tiberíades, estaba solo con Jesús por primera vez desde la resurrección. Es muy probable que toda clase de pensamientos se arremolinaran en su mente, ninguno positivo. “¿Cómo va a confiar en mí de nuevo Jesús? Mira cómo le fallé. ¡Nunca voy a poder dirigir la Iglesia! ¡Claro que no!”
Pero Jesús echó por tierra toda la maraña de pensamientos de culpabilidad y remordimiento de Pedro haciéndole una simple pregunta: “¿Me amas más que éstos?” (Juan 21, 15), que luego la repitió tres veces, llevando a Pedro a confesar: “Sí, Señor… tú sabes que te quiero” (21, 17).
Jesús no necesitaba oír que Pedro le dijera tres veces que lo quería; era Pedro el que necesitaba repetirlo una y otra vez; tenía que realmente reconocer que a pesar de su cobardía y su negación, él sinceramente amaba al Señor Jesús. Y eso le bastó al Señor. Pedro no tuvo que hacer ningún acto de amarga o dolorosa penitencia para corregir sus acciones, y nosotros tampoco tenemos que hacerlo; no tuvo que encerrarse en un estado de persistente condenación de sí mismo y nosotros tampoco tenemos que hacerlo. Todo lo que necesitaba era descubrir de nuevo que él realmente amaba a Jesús, y nosotros también lo amamos. Cuando Pedro reconoció esto, recibió sanación y finalmente estuvo en paz consigo mismo. Así, libre de toda atadura de culpa o ira por su grave falla, estuvo en condiciones de dirigir la Iglesia como Jesús le había encomendado hacerlo.
Nosotros tampoco somos los discípulos perfectos. Seguramente hay ocasiones en las que decepcionamos al Señor o a un ser querido, incluso varias veces seguidas. Pero tampoco somos solamente la suma de nuestros errores y defectos, ni sólo la suma de nuestros éxitos y logros. Somos aquellos a quienes Dios ama incondicionalmente; somos escogidos por el Señor y estamos destinados al cielo. A Jesús no le interesa pasar revista a todos los pecados pasados que hayamos cometido y tampoco le interesa interrogarnos acerca de las cosas que ahora motivan nuestras acciones. Todo lo que quiere hacer es llevarnos a centrar la atención en el amor que ya le tenemos y encontrar así una vía segura hacia la paz interior. Y mientras más paz experimentemos, más fácil nos parecerá seguir al Señor y cumplir su voluntad.
Paz con los demás. Finalmente, el don de la paz que Jesús nos concede empieza a desbordarse hacia los demás. Después de decirles a los discípulos “la paz esté con ustedes” añadió: “Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes” (Juan 20, 21). Jesús nos envía al mundo y nos pide que tratemos a nuestros semejantes, sin importar quiénes sean, con la misma compasión y el mismo amor con que él nos ha tratado a nosotros. Es una compasión que es capaz de derribar antiguos muros de hostilidad, falta de perdón y prejuicio (Efesios 2, 14); es un amor que nos infunde valor y fuerza para amarnos de verdad los unos a los otros y para trabajar por la reconciliación y la paz con todos.
Precisamente el aspecto que más nos cuesta llevar a cabo en la vida cristiana es probablemente amarnos los unos a los otros y perdonarnos mutuamente. Sabemos lo difícil que es disculpar los errores y faltas de los demás, y demostrar amor sin condiciones ni exigencias, y también sabemos lo difícil que es perdonar las ofensas y el daño que alguien nos ha causado. La reacción humana natural es sentirse dolido, enojarse y tomar represalia, para luego enfrascarse en un sentido de culpa o acumular resentimiento.
La única manera de librarnos de estos nefastos patrones de conducta es dejar que “la paz de Cristo” haga su morada en nuestro corazón (Colosenses 3, 15). Si nos imaginamos lo que Pedro y los demás experimentaron cuando Jesús se presentó ante sus ojos y les ofreció su perdón incondicional y su amistad inquebrantable, descubrimos que se nos ablanda el corazón. Si nos ponemos en su lugar, sabiendo que Jesús nos dice “Tampoco yo te condeno,” encontraremos la gracia necesaria para tratar a los demás de la misma manera.
Las propias experiencias de Pedro y los demás discípulos con Cristo les enseñaron que “el amor perdona muchos pecados” (1 Pedro 4, 8). Si nos dedicamos a vivir demostrando amor y misericordia, pronto descubriremos una nueva y mayor armonía, unidad y amistad con nuestros familiares, amigos y vecinos, y probablemente nos sorprenderemos al descubrir que somos capaces de mantener una paz profunda y constante incluso al alternar con personas que nos incomodan o nos causan problemas.
Paz con ustedes. En la temporada del Adviento esperamos la llegada de Jesús, “el Príncipe de la Paz” (Isaías 9, 6) y en la Navidad escuchamos que los ángeles cantan anunciando: “Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor” (Lucas 2, 14). Al principio de su ministerio, Jesús declaró: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos” (Mateo 5, 9), y en la Última Cena, como regalo de despedida, dijo a sus discípulos: “Les dejo la paz. Les doy mi paz” (Juan 14, 27).
Durante toda su vida, Jesús trabajó incansablemente para quitar los obstáculos con que tropezamos cuando tratamos de experimentar la paz con Dios, la paz interior y la paz con los demás. Luego, llegado el Domingo de la Resurrección, anunció que se había cumplido la promesa. ¡Ya han desaparecido todos los obstáculos para alcanzar la paz! Ahora Jesús está de pie ante nosotros como Salvador clemente y compasivo, no como juez vengativo; está ante nuestros ojos y vemos que nos sonríe y nos ofrece su paz.
Permite, querido hermano, que las palabras del Señor penetren en tu corazón; deja que la verdad que ellas llevan consigo encuentre acogida en su interior. “La paz esté contigo.” Estas palabras son mucho más que un saludo agradable; ¡es una promesa y un regalo que Dios omnipotente te quiere dar a ti! ¡Recíbelo y disfrútalo!
fuente Devocionario Católico la Palabra con nosotros

La Divina Misericordia en mi alma

Extractos del Diario de Santa Maria Faustina Kowalska

Después de la muerte de Santa Faustina, el 5 de octubre de 1938, la devoción a la Divina Misericordia se ha propagado por todo el mundo como “un incendio”, aunque con dificultades. La confianza a la Divina Misericordia fue transmitida a los Estados Unidos por el padre José Jarzebowski, de la Congregación de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.
En vista de que estamos en el Año de la Misericordia, proclamado por el Papa Francisco, nos ha parecido conveniente citar algunos pasajes selectos del Diario de Santa Faustina.
La imagen de Jesús Misericordioso. El esbozo de la imagen le fue revelado a Sor Faustina en la visión del 22 de febrero de 1931 en su celda del convento de Plock (en Polonia). “Al anochecer, estando yo en mi celda – escribe en el Diario – vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. ( …) Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en ti confío (Diario 47). Quiero que esta imagen (…) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia (Diario, 49).
Los elementos más característicos de esta imagen de Cristo son los rayos. El Señor Jesús, preguntado por lo que significaban, explicó: El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (….). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos (Diario, 299). Purifican el alma los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia, mientras que la alimenta plenamente la Eucaristía. Entonces, ambos rayos significan los sacramentos y todas las gracias del Espíritu Santo, cuyo símbolo bíblico es el agua, y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo.
La Fiesta de la Misericordia. El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen: Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia (Diario, 49).
La fiesta no es solamente un día de adoración especial a Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas. Deseo —dijo el Señor Jesús— que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699). Las almas mueren a pesar de mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de mi misericordia. Si no adoran mi misericordia, morirán para siempre (Diario, 965).
La coronilla a la Divina Misericordia. El Señor Jesús dictó esta oración a Sor Faustina entre el 13 y el 14 de septiembre de 1935 en Vilna, como una oración para aplacar la ira divina (véase el Diario, 474-476). Las personas que rezan esta coronilla ofrecen a Dios Padre “el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad” de Jesucristo como propiciación por sus pecados, los pecados de sus familiares y los del mundo entero. Al unirse al sacrificio de Jesús, apelan a este amor con el que Dios Padre ama a Su Hijo y él a todas las personas.
“Por el rezo de esta coronilla —dijo Jesús en otra ocasión— Me acercas la humanidad (Diario, 929). A las almas que recen esta coronilla, mi misericordia las envolverá (…) de vida y especialmente a la hora de la muerte” (Diario, 754).
La Hora de la Misericordia. En octubre de 1937… el Señor Jesús encomendó adorar la hora de su muerte: Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete en mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y, especialmente, para los pobres pecadores, ya que en ese momento, se abrió de par en par para cada alma (Diario, 1572).
El Señor Jesús definió bastante claramente los propios modos de orar de esta forma de culto a la Divina Misericordia. En esa hora —dijo a Sor Faustina— procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan tus deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a mi Corazón que está lleno de misericordia. Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante” (Diario, 1572).
Una oración de Sor Faustina. Oh, mi Jesús, tú eres la vida de mi vida. Tú sabes bien que lo único que deseo es la gloria de tu nombre y que las almas conozcan tu bondad. ¿Por qué las almas te evitan, oh Jesús? No lo entiendo. Oh, si pudiera dividir mi corazón en partículas mínimas y ofrecerte, oh Jesús, cada partícula como un corazón entero para compensarte, aunque parcialmente, por los corazones que no te aman. Te amo, Jesús, con cada gota de mi sangre y la derramaría voluntariamente por ti para darte la prueba de mi amor sincero. Oh Dios, cuanto más te conozco, tanto menos te puedo entender, pero esa incapacidad de comprenderte me permite conocer lo grande que eres, oh Dios. Y esa incapacidad de comprenderte incendia mi corazón hacia ti como una nueva llama, oh Señor. Desde el momento en que me permitiste, oh Jesús, sumergir la mirada de mi alma en ti, descanso y no deseo nada más. He encontrado mi destino en el momento en que mi alma se sumergió en ti, en el único objeto de mi amor. Todo es nada en comparación contigo. (Diario, 57)
Extractos tomados y adaptados del Diario de Santa Faustina Kowalska publicado por los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción, de Stockbridge, MA, Estados Unidos. Versión en línea.
fuente DEVOCIONARIO CATÓLICO LA PALABRA CON NOSOTROS

El martirio de un santo pacifista

La terrible persecución religiosa ocurrida en México

En 1917, durante el gobierno de Venustiano Carranza, se promulgó en México una nueva Constitución Nacional que, por estar inspirada en principios anticlericales, terminó por provocar una era de violenta persecución religiosa, especialmente contra la Iglesia Católica.
En 1926, bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles, la persecución se hizo más abierta y enconada, con la persecución de sacerdotes, la clausura de escuelas privadas y obras de beneficencia, lo que dio lugar a la llamada “Guerra Cristera”, un conflicto armado que se prolongó desde 1926 a 1929, entre el gobierno y milicias de laicos, presbíteros y religiosos católicos que resintieron la aplicación de la legislación y las políticas públicas orientadas a restringir la autonomía de la Iglesia católica.
Uno de los sacerdotes que fue perseguido y martirizado en aquella época fue el padre Cristóbal Magallanes Jara, hoy canonizado por la Iglesia Católica. Cristóbal Magallanes nació el 30 de julio de 1869 en el Municipio de Totatiche, Estado de Jalisco. Sus padres fueron campesinos muy humildes, pero gente muy buena, fervorosa y cristiana. Desde niño tuvo una gran devoción al Santísimo Sacramento, a la Santísima Virgen María y a San José, y rezaba el Santo Rosario todos los días.
Durante sus primeros 19 años vivió en el rancho paterno, desempeñando oficios sencillos, cuidando ovejas, labrando la tierra y fabricando petates. En 1888 ingresó al Seminario Conciliar de Guadalajara, donde se distinguió como alumno aplicado, piadoso y laborioso, al cabo de lo cual fue ordenado sacerdote el 17 de septiembre de 1899.
Ejerció su ministerio durante dos años como capellán de la Escuela de Artes y Oficios del Espíritu Santo, en Guadalajara, y luego fue destinado a la parroquia de Totatiche, su pueblo natal. Allí sirvió como sacerdote y finalmente párroco, cargo que desempeñó durante 22 años.
Predicó entre los indios huicholes en varias misiones populares, uno de cuyos frutos fue la creación de la colonia Azqueltán. Fundó un orfanato, un asilo para ancianos, centros de catecismo, edificó templos y dotó de capillas a los ranchos que quedaban dentro del territorio de su parroquia. Siempre atento a la doctrina social de la Iglesia expuesta en la Encíclica Rerum Novarum, difundió sus enseñanzas y aplicó sus orientaciones.
Desapegado de los bienes materiales, procuró mejorar el nivel de vida de sus paisanos y aliviar sus necesidades, para lo cual estableció escuelas en el pueblo y en las rancherías. Pero su trabajo más importante fue la fundación del Seminario Auxiliar de Totatiche.
Entre 1923 y 1926, cinco de los primeros alumnos del Seminario Auxiliar recibieron la ordenación sacerdotal, por lo cual el padre Magallanes oró diciendo: “Madre Santísima, tú me has concedido ya muchas satisfacciones. Acuérdate que soy pecador y no tengo méritos para el cielo. Mándame ya el sufrimiento, amarguras, tribulaciones y aun el martirio.”
Persecución constitucional. Al desencadenarse la persecución religiosa, el padre Magallanes manifestó claramente sus sentimientos en una carta fechada 11 de septiembre de 1926, en la que le decía a un seminarista del Colegio Pío Latinoamericano: “Pide mucho a Dios que se acelere el día de la libertad de la Iglesia dentro del orden, sin violencias de ninguna especie.”
Pero en Totatiche, el 28 de noviembre de ese mismo año, un grupo se levantó en armas contra la tiranía antirreligiosa del Presidente Calles. El padre Magallanes, eminentemente pacifista, siempre reprobó, en particular y en público, de viva voz y por escrito, el uso de las armas, para lo cual publicó un artículo en su periódico en el que rechazaba la violencia y exhortaba a sus feligreses a mantener la calma: “Ni Jesucristo, ni los Apóstoles, ni la Iglesia han empleado la violencia con ese fin, sino el convencimiento y la predicación por medio de la Palabra. La religión ni se propagó ni se ha de conservar por medio de las armas” afirmaba.
A principios de 1927, escribió una carta dirigida a un joven sacerdote y antiguo feligrés suyo, el padre Margarito Ortega, donde le decía: “Mi vida, desde hace ya cuatro meses, ha sido andar por cerros y barrancas, huyendo de la persecución gratuita de nuestros enemigos y de los rebeldes… Sin embargo, miles y miles de habitantes de estos pueblos, que están mirando y nos conocen desde hace muchos años, saben que somos inocentes y que se nos calumnia de manera infame. Se está cumpliendo en nosotros la palabra del Divino Maestro Jesucristo: ‘No es el discípulo más que el maestro; y si a mí me persiguen, también os perseguirán a vosotros.’ Dios les perdone tanta infamia y nos vuelva la deseada paz, para que todos los mexicanos nos veamos como hermanos.”
Arresto y paredón. El 21 de mayo de 1927, un grupo de soldados del ejército federal arrestó al padre Cristóbal, que iba solo por el campo a lomo de mula. Los soldados le preguntaron quién era y él contestó: “Soy Cristóbal Magallanes, párroco de Totatiche.”
El general encargado acusó al párroco de promover la rebelión contra el gobierno en esa comarca y pese a que él demostró lo contrario, el delito que le imputaron no fue conforme a derecho pero sí de amplio alcance: “No habrán tenido parte en el movimiento cristero, pero basta que sean sacerdotes para hacerlos responsables de la rebelión.”
Ese mismo día y casi a la misma hora, en otro lugar habían apresado al joven presbítero padre Agustín Caloca, maestro del Seminario Auxiliar, y ministro del padre Magallanes; ambos compartieron la misma prisión.
En la mañana del 25 de mayo, el padre Magallanes y el padre Caloca fueron conducidos al patio de la Presidencia Municipal de Colotlán para ser ejecutados. Ahí, los colocaron a ambos ante el paredón y sin juicio alguno, ni ordinario, ni sumario, ni militar, dieron la orden de fusilarlos.
El padre Magallanes se hincó para recibir la absolución sacramental del padre Caloca, y éste a su vez la recibió de su párroco. Ante sus verdugos, el padre Cristóbal declaró en voz alta: “Soy y muero inocente; perdono de corazón a los autores de mi muerte. Pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de los mexicanos desunidos.”
Viendo enseguida que su compañero, el joven sacerdote Caloca estaba angustiado, le dijo: “Tranquilízate, padre, Dios necesita mártires; sólo un momento y estaremos en el cielo”. Fueron sus últimas palabras. Se dio la orden de fuego y los dos sacerdotes cayeron fusilados, derramando su sangre.
Otros mártires. Lamentablemente, los padres Cristóbal Magallanes y Agustín Caloca, no fueron los únicos mártires. En aquella época de gran persecución religiosa, determinada por la política del Estado, los sacerdotes y los laicos fusilados solamente por ser católicos fueron en total 25.
Los Mártires de México fueron una de las glorias más grandes de la Iglesia en el siglo XX. El Papa Juan Pablo II canonizó a los 25 sacerdotes y laicos, como primicia de los que esperan la gloria definitiva de los altares. Los mártires mexicanos fueron modelo para tantos otros cientos de miles y miles de cristianos que han sido aplastados en el siglo pasado y en el presente por el odio a los cristianos propugnado por varios regímenes totalitarios, como los de la ideología nazi, socialista o comunista o bien por el extremismo islámico en el Medio Oriente.
Conviene, pues, conocer la persecución religiosa en México, y entender bien la respuesta de aquellos católicos admirables, que con su sangre siguieron escribiendo los Hechos de los Apóstoles en América. Como también lo dice el autor Antonio Montero, en La historia de la persecución religiosa en España, obra de 1961 recientemente reeditada: ‘En toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos.’
Beatificación y canonización. En 1977, el Arzobispo de Guadalajara, Cardenal José Salazar López, en el 50 aniversario del sacrificio de los padres Magallanes y Caloca, había declarado en oración: “En el ejercicio de su ministerio sacerdotal fueron aprehendidos y se les sacrificó solamente por ser sacerdotes. Nuestra oración pide humildemente al Señor que sean glorificados en la Iglesia de Jesucristo quienes dieron con gozo la prueba suprema del amor. Dígnate elevar a tus siervos Cristóbal y Agustín al honor de los altares.”
La oración fue escuchada, pues el Siervo de Dios Cristóbal Magallanes Jara fue beatificado por el entonces Papa Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992, junto con sus 24 compañeros mártires y la Madre María de Jesús Sacramentado Venegas. El 21 de mayo del Año Jubilar 2000, el Beato Cristóbal Magallanes fue canonizado junto a sus 24 compañeros mártires por San Juan Pablo II, entonces nuestro Sumo Pontífice.
Otro mártir mexicano de la misma época fue el padre Miguel Agustín Pro Juárez, que murió, sin juicio alguno ni desahogo de pruebas, junto a su hermano Humberto Pro Juárez, también fusilados en 1927 en la ciudad de México. Fue igualmente beatificado por el papa Juan Pablo II en 1988, entre otras cosas, por no haber sido encontrado culpable de los delitos que se le imputaban.
Elevemos hoy una sentida oración por todos estos mártires cristianos católicos de entonces y también de ahora que siguen derramando su sangre nada más por confesar su fe en Cristo Jesús. Que ahora todos ellos disfruten de la gloria del Reino junto a nuestro Señor.
Datos consultados de diversas fuentes, entre ellas, www.aciprensa.com; www.oremosjuntos.com, www.catholic.net, www.wikipedia.com.
FUENTE Devocionario Católico La Palabra con nosotros