domingo, 25 de febrero de 2018

SEÑOR, NECESITO AYUDA

SEÑOR, NECESITO AYUDA

“Después le enseñó con una parábola
que era necesario orar siempre sin desanimarse:”.
Lucas 18,1

Al estudiar las Escrituras acabé descubriendo que Dios tiene un lugar especial en su corazón donde Él guarda ciertas cosas. Son cosas que le fueron pedidas en oración y, por algún motivo, que sólo Él conoce, todavía no pudieron ser cumplidas.

Es difícil entender y aceptar que Dios no atienda de inmediato nuestras urgencias. Recuerdo, con pena, a una señora que confidencialmente me contó haber abandonado la iglesia Católica para entrar en una nueva iglesia y decía: “Allá nosotros no pedimos nada a Dios, en vez de eso, con autoridad, determinamos y exigimos que Dios nos obedezca”. No creo que Dios quede molesto con eso. Pienso, inclusive, que Él debe encontrar gracioso (cfr. Sal 2,4) a ese gentío imperando, gritando y dándole órdenes a Él.

Para escucharnos, Dios no se guía por nuestros criterios. El no se inclina ante nuestros caprichos, no se asusta con nuestros gritos ni se intimida con nuestros chantajes emocionales. Lo que conmueve a Dios es que a pesar de todo continuemos esperando sin ceder un paso y sin perder la confianza. ¿Has pedido? Ahora, confía y espera.

Algunas veces, demoramos un buen tiempo en comprender que demora no significa negación, ni rechazo. Demora también puede ser misericordia. Isaías relata que Dios ansía la hora de actuar en nuestra defensa, mientras Él también espera no nos deja desprotegidos:
“A pesar de todo, el Señor espera para apiadarse de ustedes; a pesar de todo, él se levantará para tenerles compasión; porque el Señor es un Dios de justicia. ¡Felices todos los que esperan en él!
Sí, pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, ya no tendrás que llorar: él se apiadará de ti al oír tu clamor; apenas te escuche, te responderá.
Cuando el Señor les haya dado el pan de la angustia y el agua de la aflicción, aquel que te instruye no se ocultará más, sino que verás a tu maestro con tus propios ojos.
Tus oídos escucharán detrás de ti una palabra: «Este es el camino, síganlo, aunque se hayan desviado a la derecha o a la izquierda»
ISAIAS 30, 18-21

Para quien confía en Dios, ninguna espera es por si acaso. Existen propósitos en esa demora sufrida. Existen muchas sorpresas llenas de amor y sabiduría que Dios preparó para aquellos que aprenden a aguardar con fe.

Sufrimos continuamente la tentación de tomar aún verdes los frutos de la misericordia de Dios. Queremos tomar su bondad antes de la hora. Pero Dios quiere que esperemos hasta el tiempo correcto en que el fruto esté maduro. Es por esa razón que “el Señor espera para tener misericordia de ustedes…” (Is 30,18)

Dios esta acompañando atentamente nuestros momentos difíciles, está templando la llama de nuestras tribulaciones para que no nos quememos demasiado. El esta vigilando para no dejarnos pasar por ninguna prueba más allá de lo que somos capaces de aguantar.

Sabemos que El no nos ahorrará de atravesar “la aflicción y la angustia” (Is 30,20) que nos van a purificar y liberar de nuestros apegos, vicios e ilusiones. Pero, luego, en seguida Él vendrá en nuestro auxilio y veremos con nuestros propios ojos a Él actuar en nuestro favor. No le causes ese disgusto de dudar de Su amor por ti

Retoma tu coraje y enfrenta el día de hoy con confianza, pues la ayuda que necesitamos ya está en camino. El vendrá y no tardará. El auxilio de Dios no llega antes ni después de la hora, sino en el momento correcto, en el tiempo propicio.

Tal vez seas probado y tengas que comer el “pan de la angustia” y beber del “agua de la aflicción”. Pero existe aquí la garantía de que en la crisis habrá pan y no racionamiento de agua. Lo necesario Dios dará y no dejará faltar. Ahora, lo mejor es que después de todo eso, Dios se te revelará. Y Él mismo te guiará. Además, Dios usa la crisis para ayudarnos a reconocerlo y a educarnos para oírlo.

Dios oirá nuestro corazón, pero tal vez El no responda dentro del plazo que nosotros estipulamos. Sin dudas, El se revelará a nuestro corazón que lo busca, pero no exactamente en el momento determinado por nuestras expectativas. De ahí la necesidad de la perseverancia, de la insistencia y la súplica.

En la época que para conseguir fuego era necesario frotar una piedra con otra, debías hacerlo innumerables veces, no era fácil. Pero cuando el fuego prendía, ¡que alegría!.

La gente insiste en cosas con tan poca importancia y ¿no vamos a insistir en las cosas de Dios? Pide con fe; pero no dejes de pedir porque Dios se está demorando en responder. Insiste. Frota las piedras de la oración una vez más. Haz saltar las chispas. Haz explotar las llamas. Prepárate porque el fuego se encenderá y no va a demorar.

Cuanto más conozco las escrituras, mas crece en mi una certeza: no existe una solo oración perseverante hecha con amor y espíritu de fe que quede sin respuesta. Mira bien: necesita brotar del amor y necesita ser hecha con fe.

Reza conmigo unos minutos:

Señor, ven en mi auxilio. Ayúdame, mi Dios, a sacar de mi el egoísmo, el orgullo, la fragilidad de la voluntad y la desmotivación. Siento vergüenza a esta altura de la vida de ser tan inmaduro. Lo que me consuela es saber que muchos hombres y mujeres buenos, justos y santos tenían en el pasado exactamente los mismos defectos que yo. Consiguieron liberarse porque recurrieron a ti con humildad, insistieron y no desistieron hasta que tú, Señor, los ayudaste. Haz por mi lo que hiciste con ellos, Señor.

Pongo en tus manos mi salud (si estas enfermo o sintiendo algún dolor habla con Jesús. Pide tu sanación. Haz que fortalezca tu salud y que no te deje dolorido)

Coloco una vez más en tus manos todos mis proyectos y todos mis trabajos así como mis estudios; haz que acontezcan, que sean bendecidos y produzcan buenos resultados Señor.

Sé que Tú me escuchas y quieres atenderme. Tu puedes darme cualquier cosa y sé que me lo darás si fuese para mi bien.

¡Atiéndeme! ¡Ayúdame! Concédeme esta gracia, te suplico. (Dile a Jesús lo que estás necesitando en este día. Cuéntale lo que El puede hacer por ti. ¿Qué esperas del Señor? Dícelo)

Te suplico por mis preocupaciones, por los pensamientos que me perturban, por mis sentimientos agitados y por todo lo que crece dentro de mi volviéndose pesado en mi corazón. (Escucha a Jesús hablándote dentro de tu corazón, conversando contigo y pidiéndote: Ábrete conmigo. Dime lo que te pesa. ¿Qué te está preocupando? Estoy contigo para ayudarte. Entonces, revélame los deseos de tu corazón. Muéstrame lo que hay en tu alma y lo que puedo hacer por ti y por aquellos que tu amas. Dime el nombre de las personas que te preocupan. Háblame sobre aquellas que tu quieres que yo, de manera especial, ayude. Reza por los de tu casa. Los protegeré y bendeciré. Reza por tus amigos y colegas. Dime como te gustaría que los ayudase)

Jesús, coloca tus manos sobre mi cabeza y sobre mi corazón. Tengo tantas cosas para hacer que ni sé por donde comenzar. Muéstrame cual es el próximo paso que debo dar de acuerdo a tu voluntad. Quiero hacer lo que es correcto, bueno, útil y agradable para ti. Te presento especialmente esta situación…… que parece no resolverse. Revélame, Señor, por qué no estoy consiguiendo encontrar una solución a este problema. (Dile a Jesús lo que deseas realizar. Cuéntale como piensas hacer eso. Pide que te muestre los obstáculos que lo están impidiendo y te otorgue fuerzas y medios para superarlos. Ciertas gracias, Dios solo las dá a quienes las piden)

Entra con tu Luz restauradora en mi corazón, cúrame, fortaléceme y reconstrúyeme, Señor Jesús.

Todos los días experimento pequeñas y grandes alegrías, pero con frecuencia sufro también heridas y quedo triste. Lávame de los recuerdos de esa ofensa que sufrí. Te entrego el dolor de esta mi herida. Tu la curarás.

Te entrego a esa persona que me hirió… (Dile el nombre de esa persona al Señor) Desgrana una a una tus tristezas a los pies de Jesús. Llora si fuese necesario. Habla detalladamente al Señor todo lo que está amargando tu alma. Cuéntale quien te hirió, dile quien te faltó el respeto y te humilló. Si alguien te despreció, cuéntale todo al Señor y no guardes más ninguna decepción dentro de tu corazón.

Con el consuelo de tu Espíritu, quiero perdonar todo y olvidar cualquier cosa hecha para herirme o perjudicarme. Deseo en lo más íntimo de mi aquella bendición con la cual recompensas a aquellos que se determinan a perdonar.

Marcio Mendes
30 minutos para cambiar tu día a día.
Adaptación de original en portugués.
Editorial Canción Nueva.

Salmo 115


Meditación: Marcos 9, 2-10

En el Evangelio de hoy, los apóstoles tuvieron el privilegio de ver al Señor con la apariencia que él tendría por toda la eternidad. 

La luz que transformó a Jesús y que encegueció a los apóstoles, no lo iluminaba desde el exterior, sino que venía desde dentro, como una gracia de Dios que transfiguraba el cuerpo humano de Jesús.

El Todopoderoso era la fuente divina de la transfiguración que presenciaron los apóstoles y él quiere “transfigurarnos” a nosotros también mediante la gracia poderosa del Espíritu Santo. Pero casi siempre somos nosotros los que tratamos de forjar nuestra propia transformación buscando en el mundo los medios que consideramos necesarios para la vida espiritual. Pero no los encontraremos allí; solo provienen del Espíritu Santo, que produce la presencia de Jesús glorificado en nosotros.

Ahora bien, la transformación que Dios quiere hacer en nosotros no es solamente para nuestro bienestar; es para que todos los miembros de la Iglesia reflejen su gloria, y de esa forma lleguen a cambiar el mundo. Sí, estamos llamados a buscar la santidad personal, pero también a ser miembros activos del cuerpo de Cristo, de manera que anunciemos la buena nueva de la salvación a todo el mundo, que tanto necesita la gracia del Señor. En la misma medida en que seamos transformados por el Espíritu Santo y recibamos su poder, seremos buenos testigos, para que el mundo se convenza de la verdad de que Jesús es la respuesta a todos los problemas de la humanidad.

El objetivo de la Transfiguración fue preparar a los apóstoles para recibir la salvación que Jesús ganaría para todo el género humano. Nuestra propia transformación, y por consiguiente la de la Iglesia, también puede preparar al mundo de hoy para recibir y aceptar la salvación que Jesús ofrece a todo el que quiera creer. Todos podemos cambiar, si dejamos que el Espíritu Santo se manifieste en nosotros y por nuestro intermedio.
“Señor, permite que cada vez yo me vaya revistiendo más de tu semejanza para que así la Iglesia refleje la gloria de Dios y el mundo entero reciba la bendición.”
Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18
Salmo 116 (115), 10. 15-19
Romanos 8, 31-34
fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Equipados y equilibradoos

Necesitamos estar bien equipados para dirigir, ayudar, pastorear a nuestros hermanos. Parece que debiéramos tener en abundancia los carismas para "construir" la comunidad de la que somos responsables. Si otros menos instruidos, menos conocedores de la Renovación, quizá menos entregados al Señor, tienen uno o varios dones, ¿por qué no quienes han de supervisar, discernir, dirigir a esos mismos favorecidos por el Espíritu? El celo mal orientado, la envidia oculta, el deseo de ser considerado y admirado... pueden hacer presa en nosotros. 
El espíritu del mal no nos tentará abiertamente; lo hará, como a Cristo en las tentaciones del comienzo de su vida pública, a partir de un bien real o aparente. Es preciso que los líderes no se consideren inmunes a estos ataques sutiles. Persuadidos de esta realidad, han de saber conservar la serenidad interior, ser capaces de examinar, discernir en sí mismos las raíces ocultas de lo que aparece, en la superficie, como irreprochable. Sin alteraciones ni congojas, es importante conservar la humildad, la capacidad de ser ayudados, para mantenerse en ese difícil equilibrio que huye de los extremos, en la apreciación, deseo y uso de los carismas en sí y en los demás.
p. Benigno Juanes sj
"Las 11 tentaciones del servidor"


¿EXITOSOS O… FRACASADOS?

En algunos contextos tener éxito es un criterio superlativo para ser aprobado. El éxito, en algunas personas, impregna sus juicios de razón y de verdad, y resulta el principal criterio con el que miden la vida. Por el contrario el fracaso es una realidad no sólo desagradable, sino combatida. Pasan una parte significativa de su tiempo tratando de no fracasar, de que los planes acontezcan y si por ventura no sucede lo planificado se pueda subsanar o disimular para que no se note.

¡Qué desgaste enorme! A nadie pone en duda de que este modo de vivir consume mucha energía y además es, valga la paradoja, un fracaso asegurado pues ninguna persona puede asegurarse el éxito por más planes que realice. El error es parte «necesaria» de la vida de cualquier ser humano. Las personas nos equivocamos y los planes pueden fracasar.

Lo sorprendente es que este modo de vivir ha impregnado contextos diversos, incluso aquellos en los que se predica un modo de vivir más humano, más espiritual, más familiar, más solidario, amistoso y fraterno. La cultura del éxito llega a todos los ambientes. Y es importante estar atentos para saber discernir y no dejarnos engañar por realidades aparentemente buenas.

Las personas son valiosas por ellas mismas, más allá de sus aciertos y sus errores. Es necesario ampliar los criterios para mirar y discernir la realidad. Los logros y el cumplimiento de objetivos es un modo útil pero no puede ser el criterio último de verdad por el que incluir o desechar, por el que aceptar o rechazar.

Si queremos construir contextos familiares, comunitarios, pastorales y laborales sanos hemos de superar el límite que supone mirar y medir a las personas por sus aciertos o sus yerros. Los frutos que Dios recoge en la vida de cada persona no siempre coinciden con lo que el mundo llama logros. Muchas veces el fracaso humano de la cruz, la decepción y las pérdidas de una persona, configuran un acierto para Dios y para toda la comunidad o grupo a la que aquella pertenece.

Aprendamos a mirar con astucia y mansedumbre, y a discernir los signos de los tiempos, para poder acertar en los criterios y en las actitudes frente a cada caso concreto.

Bettina Raed
Abogada
Equipo de Click To Pray
Argentina-Uruguay

Buen día, Espíritu Santo! 25022018


RESONAR DE LA PALABRA Evangelio según San Marcos 9,2-10.

Evangelio según San Marcos 9,2-10. 
Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo". De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría "resucitar de entre los muertos". 

RESONAR DE LA PALABRA 

Fernando Torres cmf
Subir a la montaña
Desde la cima de una montaña todo se ve mejor, lo de abajo y lo de arriba. Por eso, muchas ermitas están situadas en altozanos. Y también muchos templos de otras religiones. Allí parece que Dios está más cerca, alejados de los vaivenes y trabajos del mundo y somos más capaces de ver con claridad el conjunto de nuestra vida. Porque, cuando estamos abajo, los árboles no nos dejan ver el bosque.
En las lecturas de hoy tanto la primera lectura como el Evangelio acontecen en la cima de una montaña. En lo alto del monte Moria Abrahán se encuentra con el ángel del Señor, es decir, el Señor mismo. Le ha pedido la total disponibilidad ante su voluntad. No hay que dejarse llevar por la idea de cómo Dios podía pedir el sacrificio de su hijo. Es el estilo literario, la forma de hablar de la total disponibilidad de Abrahán que el escritor de aquella época eligió para que la gente de su tiempo entendiese el mensaje. Hoy lo habríamos expresado de otra forma. Por tanto, pasemos de la superficie al contenido central del mensaje: Abrahán está totalmente disponible a la voluntad de Dios, confía totalmente en él y, por eso, Dios le da su bendición. Para él, para sus descendientes y, a la larga, para todos los pueblos de la tierra. Y la bendición de Dios no puede significar más que la promesa de la vida.
También en lo alto de una montaña tiene lugar la transfiguración de Jesús ante sus apóstoles. Allí, lejos de las multitudes, quizá en un momento de encuentro y diálogo profundo, fue como los apóstoles fueron capaces de ver con toda claridad quién era Jesús y su relación con las tradiciones judías –de ahí la presencia de Elías y Moisés–. Y eso, cuando lo contaron años más tarde, lo explicaron diciendo que Jesús se había transfigurado ante ellos. Lo habían contemplado iluminado por Dios mismo y habían sentido-escuchado la voz de Dios que les dijo: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.
La experiencia de subir a una montaña fue definitiva. Para Abrahán y para los tres apóstoles que subieron con Jesús. Quizá esta Cuaresma sea nuestra oportunidad para subir también a alguna montaña, para buscar algún momento en el que nos podamos alejar del tráfago diario de la vida. Allí encontraremos, ante todo, silencio. El silencio de Dios que terminará por llegar a nuestro corazón. Allí nos daremos cuenta, quizá, de que nuestra vida no va todo lo bien que debería ir. Allí encontraremos las fuerzas para intentar un cambio, porque contamos con la bendición y la gracia y la fuerza de Dios que no nos abandona nunca. Porque, como dice la segunda lectura, “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”
Para la reflexión

¿Tendremos tiempo en esta Cuaresma para buscar un ratito de silencio todos los días o una vez a la semana? Quizá esa pueda ser nuestra montaña particular en la que nos encontremos con la bendición de Dios y comencemos a escucharle en nuestros caminos.


fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 250218

San Jerónimo (347-420), sacerdote, traductor de la Biblia, doctor de la Iglesia 
«Homilías sobre el Evangelio según San Marcos» (Trad. ©Evangelizo.org)
«El Cristo anunciado por la Ley y los profetas, único Salvador del género humano»

      «Y Pedro respondió a Jesús: Rabbí, está bien que nos quedemos aquí. ». Cuando leo las Escrituras y que comprendo espiritualmente alguna enseñanza sublime, yo tampoco quiero bajar de allí, no quiero bajar a las realidades más humildes: deseo hacer una tienda en mi corazón para Cristo, la Ley y los profetas. Pero Jesús que vino a salvar lo que estaba perdido, que no vino para salvar a los que son santos pero a los que se portan mal, sabe que, si se queda en la montaña, si no vuelve a descender  sobre la tierra, el género humano no será salvado.

      « Al momento miraron en derredor y ya no vieron a nadie ». Cuando leo el Evangelio y que veo testimonios de la Ley y de los profetas, es solamente a Cristo que considero: vi a Moisés, y a los profetas, pero sólo para comprender que hablaban de Cristo. Cuando al fin llego al esplendor de Cristo y que percibo de alguna manera la luz resplandeciente del sol brillante, no puedo ver la luz de una linterna. ¿Si se enciende una linterna en pleno día, puede ésta alumbrar? Si el sol brilla, la luz de una linterna es invisible: de este modo, si ante la  presencia de Cristo, comparamos la Ley y los profetas, éstos son totalmente invisibles. No estoy criticando la Ley y los profetas, antes bien, los venero porque anuncian a Cristo; pero leo la Ley y los profetas sin querer encerrarme en la Ley y los profetas, afín de conseguir, a través de la Ley y los profetas, a Cristo. A Él, con el Padre y el Espíritu Santo, gloria y majestad por los siglos de los siglos. Amén

sábado, 24 de febrero de 2018

Carismanía -I-

El deseo desmedido de los carismas cierra la mano del Señor. No quiere ser forzado. El es libre, y la actitud humilde de disponibilidad es la mejor preparación para que, si entra en sus planes, llegue hasta nosotros la gracia de sus dones.  
No hagamos infructuosa la oración de alabanza por tener clavado el corazón en los dones, hermosos en sí y en los fines a que los orienta el Señor, sino en el Dador por excelencia: el Espíritu Santo. 

p. Benigno Juanes sj
"Las 11 tentaciones del servidor"


Meditación: Mateo 5, 43-48

En el Evangelio de hoy, el Señor explica el verdadero significado de la enseñanza del Antiguo Testamento diciendo: “Han oído que se dijo... Yo en cambio les digo.” 


Esto es algo que también es útil para nuestra propia instrucción. Escuchamos muchas filosofías y opiniones, pero lo que cuenta es lo que Jesucristo enseñó y que podemos leer en la Escritura y el Magisterio de la Iglesia. Si queremos ser hijos de nuestro Padre celestial, debemos amar como él ama: sin condiciones, a todos, todo el tiempo.

Ser perfectos como Dios Padre es perfecto parece una tarea imposible, pero la invitación de Jesús a todos los cristianos es clara y directa. Sus palabras encuentran eco en la enseñanza del Concilio Vaticano II: “El Señor Jesús, divino Maestro y modelo de toda perfección, predicó la santidad de vida… a todos y a cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fuesen” (Lumen Gentium, 40). Una buena medida para saber si hemos crecido en la santidad es analizar la actitud que adoptamos frente a quienes nos critican o nos contradicen. ¿Los amamos con el amor perfecto que San Pablo describe en 1 Corintios 13, 4-8? Jesús nos pide que así lo hagamos. ¿Cómo podemos negarnos a amar a alguien a quien Dios ama tanto?

En la práctica, ¿qué actitud adoptamos frente a este llamamiento? Probablemente alegaremos que no es posible amar a los enemigos, que eso es pedir mucho o que Dios comprenderá que no siempre podemos hacerlo. Pensamientos como éstos revelan una falta de fe en que el Espíritu Santo vive en nosotros y puede movernos a amar perfectamente. En lo íntimo del corazón, debemos decir que, con la gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo, podemos amar a nuestros enemigos, si queremos hacerlo.

Aceptar esta invitación significa no guardar nada contra nadie, tal como Dios no guarda nada contra nosotros. Piensa en las personas que tú no amas, que no puedes perdonar, contra quienes tienes resentimientos o rencores. Arrepiéntete ante el Señor y perdona a esas personas en tu corazón. Si es posible y aconsejable, anda y reconcíliate en persona. Perdonar es maravilloso, pero sólo es posible hacerlo con la fuerza del Espíritu Santo que actúa en nosotros.
“Amado Jesús, Señor y Salvador mío, que me has dado tu propio Espíritu para que yo ame como tú amas, ayúdame a amar y ser perfecto como tu Padre es perfecto.”
Deuteronomio 26, 16-19
Salmo 119(118), 1-2. 4-5. 7-8

fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

LOS DONES DE CADA UNO

Hay quien tiene el don de sentir inmediatamente y vivir el sufrimiento del otro; es el don de la compasión. Otros tienen el don de notar cuando algo va mal y pueden poner enseguida el dedo en la llaga: es el don de discernimiento. Otros tienen el don de la luz y ven claro en todo lo que atañe a las opciones fundamentales de la comunidad. Otros tienen el don de animar y crear una atmósfera propicia a la alegría, el descanso y al crecimiento profundo de cada uno. Otros tienen el don de discernir el bien de las personas y de sostenerlas. Otros tienen el de la acogida. Cada uno tiene su don y debe poder ejercerlo para bien y crecimiento de todos.

Jean Vanier, La Comunidad,  P 65



CEGUERA REPARADORA

Nos cuenta Marcos: “En aquel tiempo, mientras Jesús salía de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí! Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se detuvo y dijo: Llamadle. Llaman al ciego, diciéndole: ¡Animo, levántate! Te llama. Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? El ciego le dijo: Rabbuní, ¡que vea! Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino”.

Este pasaje es muy significativo y tendría muchas aristas para meditar, pero me gustaría invitarte a pensar sobre el llamado desesperado de Bartimeo y sus consecuencias. Muchas veces tocamos fondo y el único y último pedido de auxilio está en clamar a Dios.

Es nuestro último recurso, cuando debió ser el primero, pero nuestra fe miope nos impide verlo.

Dios siempre estuvo y está, somos nosotros, que aferrados a nuestra autosuficiencia no podemos verlo.

Y Dios responde: ¡ánimo, levántate! Pero a la vez nos pide permiso: ¿qué quieres que te haga? Como buscando nuestro consentimiento, nuestra toma de conciencia y compromiso frente al nuevo camino que se abre. Y desde nuestro dolor contestamos: ¡que vea! Es aquí donde nace, por gracia de Dios, la renovación de nuestra fe.

“El amor incondicional de Dios por cada uno de nosotros posibilita un amor generoso y gratuito por nuestra parte. Nos ayuda a sentir la aceptación profunda que todos necesitamos. Nos da la conciencia de no estar solos, porque en la noche más oscura y en el día más radiante Alguien susurra nuestro nombre con acento único…Más que tú mismo, Alguien cree en ti” (Rodriguez Olaizola). Nos volvemos a pensar, no ya autosuficientes, sino como parte de un proyecto que nos abarca e incluye; nos volvemos a meter en el camino, pero desde otra perspectiva y con otro ánimo.

Ahora bien, meterse en el camino significa “arrojar el manto”, esto es, despojarnos de nuestras certezas y reconocernos como criaturas limitadas y dependientes de la misericordia divina.

Alguien dijo por ahí: “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. Él es el único con el poder de trocar lo doloroso en reparador y redundante. 

Te invito a que identifiques tus dolores, añejos o actuales y visualices cómo Dios los fue reparando, siempre que se lo permitiste.

Eduardo Andreani
Filósofo – Equipo Click To Pray 
Argentina-Uruguay

RESONAR DE LA PALABRA Evangelio según San Mateo 5,43-48.

Evangelio según San Mateo 5,43-48. 
Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo. 

RESONAR DE LA PALABRA

Juan Lozano, cmf
Querido amigo/a:
Mirar como Dios mira es la invitación que nos hace Jesús para avanzar en nuestro itinerario cuaresmal: siendo compasivos, no juzgando ni condenando, dando y perdonando… Mirar así es difícil si antes no hay un deseo de ver otra cosa, de buscar con la mirada en las personas que ya tenemos “etiquetadas” o “clasificadas”, aquellas cualidades buenas, que las hacen grandes a los ojos de Dios, porque seguro las tienen aunque no estemos acostumbrados a verlas. No siempre estamos dispuestos a mirar a los más próximos, a los que conviven a nuestro lado de otra manera. Y así no puede haber compasión ni perdón, ni mucho menos amar como nos pide Jesús en el Evangelio de hoy.
Sin compasión ni perdón es prácticamente imposible sentir a Dios a mi lado porque no suele habitar en los corazones rencorosos. De nada valen entonces las prácticas cuaresmales, si no pasan por el entrenamiento o ejercitación de estas virtudes que el mismo Jesús nos propone hoy con toda claridad, sin necesidad de mayores interpretaciones.
Si somos honestos con nosotros mismos, nos daremos cuenta que la falta de amor siempre será una carencia en nuestra vida ¿Entonces qué podemos hacer? Tener la humildad de pedirle a Dios que nos conceda un corazón capaz de detectar su falta y la confianza de que poco a poco nuestro corazón puede moverse en esta dirección aunque no alcance en esta vida la cumbre ética de amar a los enemigos. Lo que ahora se nos propone es curar las parálisis que el paso de los años ha ido entorpeciendo e impidiendo que nuestro corazón sea joven, es decir ágil y decidido para el perdón.
Moisés lo dice bien claro hoy en el libro del Deuteronomio: “Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma”.
Hoy sábado miramos a Virgen María; ella fue capaz de un amor así, sin límites, confiado, que supo esperar y decir sí a la propuesta de Dios. Madre Dios ruega por nosotros en este itinerario cuaresmal.

Vuestro hermano en la fe:
Juan Lozano, cmf.


fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 240218

San Jerónimo (347-420), sacerdote, traductor de la Biblia, doctor de la Iglesia 
«Comentario de la Epístola a los Gálatas» (Trad. ©Evangelizo.org)
«Amor al prójimo: apoyo mutuo y bondad; extraer del manantial de la Bondad divina»

      «Por tanto, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe.» (Ga 6:10). El tiempo presente, el del curso de la vida, es el tiempo de siembra. Durante esta vida, podemos sembrar lo que queramos. Cuando esta vida se acabe, se nos quitará el tiempo de actuar. Es por eso que el Salvador dice: «Trabajen mientras sea de día. La noche vendrá, y nadie podrá trabajar más» (Jn 9:4).

      Que estemos enfermos o en buena salud, que seamos humildes o poderosos, pobres o ricos, que estemos hambrientos o saciados, hagamos todo en el nombre del Señor, con paciencia y ecuanimidad. Entonces se cumplirá en nosotros lo que dice la Escritura: «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8:28). La ira misma, la pasión, la ofensa recibida que exige ser  vengada, se convierten, para mí, si me domino, si conservo el silencio por Dios, si a través cada dolorosa inyección y bajo la presión de los vicios, pienso en Dios que me mira desde arriba, en múltiples ocasiones de triunfo.

      No digamos, cuando hacemos donaciones: esto es para un amigo, a este lo ignoro;  este otro tiene derecho a recibir, este debe ser menospreciado. Imitemos nuestro Padre, «que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5:45). La fuente de su Bondad está abierta a todos. Esclavo u hombre libre, plebeyo o rey, rico y pobre, todos beben igualmente. La lámpara encendida en la casa ilumina a todos sin distinción.

      San Juan el Evangelista al final de su vida, cuando no podía más expresar su pensamiento por medio de un discurso continuo, no decía otras palabras que estas: «Mis niñitos, ámense los unos a los otros» (Jn 13:34). Al final, sus discípulos le dijeron: « ¿Maestro, porque nos dices siempre esto?» Juan respondió por esta sentencia digna de él: «Porque es el precepto del Señor; que solamente lo cumplamos, y eso basta»

viernes, 23 de febrero de 2018

No teman!

22 de febrero de 2018.
El Papa Francisco pide a los jóvenes no tener miedo ante la toma de decisiones importantes en la vida, como puede ser la de la vocación, y los invita a no cerrarse a los demás y permanecer ante las pantallas de los smartphone.

En el Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) que se celebrará a nivel diocesano el próximo 25 de marzo, Domingo de Ramos, el Pontífice también habla de que para los cristianos “el miedo nunca debe tener la última palabra”.

La próxima JMJ internacional tendrá lugar, sin embargo, en enero de 2019 en Panamá, y el mismo Pontífice asegura que este Mensaje es también “un paso más en el proceso de preparación de la Jornada internacional”.

El texto está dividido en 4 puntos: “No temas”, “María”, “Has encontrado gracia ante Dios” y “Valentía ante el presente”, desglosando así el lema de esta Jornada“No temas María, porque has encontrado gracia ante Dios”.

Recordando el Evangelio de la Anunciación, Francisco asegura que Dios “conoce bien los desafíos que tenemos que afrontar en la vida, especialmente cuando nos encontramos ante las decisiones fundamentales de las que depende lo que seremos y lo que haremos en este mundo”. “Y vosotros jóvenes, ¿qué miedos tenéis?, ¿qué es lo que más os preocupa en el fondo?”, pregunta el Papa.

Ante estas dudas, el Obispo de Roma recomienda acudir al “discernimiento” porque“nos permite poner orden en la confusión de nuestros pensamientos y sentimientos, para actuar de una manera justa y prudente”. “En este proceso, lo primero que hay que hacer para superar los miedos es identificarlos con claridad, para no perder tiempo y energías con fantasmas que no tienen rostro ni consistencia.”

El Papa invita entonces a “mirar dentro de vosotros” y “dar un nombre a vuestros miedos”. “Preguntaos: hoy, en mi situación concreta, ¿qué es lo que me angustia?, ¿qué es lo que más temo? ¿Qué es lo que me bloquea y me impide avanzar? ¿Por qué no tengo el valor para tomar las decisiones importantes que debo tomar? No tengáis miedo de mirar con sinceridad vuestros miedos, reconocerlos con realismo y afrontarlos”, afirma.

También señala que la vocación “es una llamada que viene de arriba y el discernimiento consiste sobre todo en abrirse al Otro que llama. Se necesita entonces el silencio de la oración para escuchar la voz de Dios que resuena en la conciencia”.

No obstante, el Santo Padre hace mención a la importancia de “hablar y dialogar con otros, hermanos y hermanas nuestros en la fe, que tienen más experiencia y nos ayudan a ver mejor y a escoger entre las diversas opciones”. “Nunca perdáis el gusto de disfrutar del encuentro, de la amistad, el gusto de soñar juntos, de caminar con los demás” ya que “los cristianos auténticos no tienen miedo de abrirse a los demás, compartir su espacio vital transformándolo en espacio de fraternidad”, manifiesta Francisco.

En definitiva, hace un llamado a que los jóvenes no dejen “que el resplandor de la juventud se apague en la oscuridad de una habitación cerrada en la que la única ventana para ver el mundo sea el ordenador y el Smartphone”. “Abrid las puertas de vuestra vida. Que vuestro ambiente y vuestro tiempo estén ocupados por personas concretas, relaciones profundas, con las que podáis compartir experiencias auténticas y reales en vuestra vida cotidiana”. El texto completo del mensaje del Papa Francisco a los jóvenes es el siguiente:

«No temas, María,
porque has encontrado gracia ante Dios»
Lc 1,30

Queridos jóvenes:

La Jornada Mundial de la Juventud de 2018 es un paso más en el proceso de preparación de la Jornada internacional, que tendrá lugar en Panamá en enero de 2019. Esta nueva etapa de nuestra peregrinación cae en el mismo año en que se ha convocado la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema: Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Es una buena coincidencia. La atención, la oración y la reflexión de la Iglesia estarán puestas en vosotros, los jóvenes, con el deseo de comprender y, sobre todo, de «acoger» el don precioso que representáis para Dios, para la Iglesia y para el mundo.

Como ya sabéis, hemos elegido a María, la joven de Nazaret, a quien Dios escogió como Madre de su Hijo, para que nos acompañe en este viaje con su ejemplo y su intercesión. Ella camina con nosotros hacia el Sínodo y la JMJ de Panamá. Si el año pasado nos sirvieron de guía las palabras de su canto de alabanza: «El Poderoso ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1,49), enseñándonos a hacer memoria del pasado, este año tratamos de escuchar con ella la voz de Dios que infunde valor y da la gracia necesaria para responder a su llamada: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,30). Son las palabras pronunciadas por el mensajero de Dios, el arcángel Gabriel, a María, una sencilla jovencita de un pequeño pueblo de Galilea.

1. No temas

Es comprensible que la repentina aparición del ángel y su misterioso saludo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28) hayan causado una fuerte turbación en María, sorprendida por esta primera revelación de su identidad y de su vocación, desconocida para ella entonces. María, como otros personajes de las Sagradas Escrituras, tiembla ante el misterio de la llamada de Dios, que en un instante la sitúa ante la inmensidad de su propio designio y le hace sentir toda su pequeñez, como una humilde criatura. El ángel, leyendo en lo más profundo de su corazón, le dice: «¡No temas!». Dios también lee en nuestro corazón. Él conoce bien los desafíos que tenemos que afrontar en la vida, especialmente cuando nos encontramos ante las decisiones fundamentales de las que depende lo que seremos y lo que haremos en este mundo. Es la «emoción» que sentimos frente a las decisiones sobre nuestro futuro, nuestro estado de vida, nuestra vocación. En esos momentos nos sentimos turbados y embargados por tantos miedos.

Y vosotros jóvenes, ¿qué miedos tenéis? ¿Qué es lo que más os preocupa en el fondo? En muchos de vosotros existe un miedo de «fondo» que es el de no ser amados, queridos, de no ser aceptados por lo que sois. Hoy en día, muchos jóvenes se sienten obligados a mostrarse distintos de lo que son en realidad, para intentar adecuarse a estándares a menudo artificiales e inalcanzables. Hacen continuos «retoques fotográficos» de su imagen, escondiéndose detrás de máscaras y falsas identidades, hasta casi convertirse ellos mismos en un «fake». Muchos están obsesionados con recibir el mayor número posible de «me gusta». Y este sentido de inadecuación produce muchos temores e incertidumbres. Otros tienen miedo a no ser capaces de encontrar una seguridad afectiva y quedarse solos. Frente a la precariedad del trabajo, muchos tienen miedo a no poder alcanzar una situación profesional satisfactoria, a no ver cumplidos sus sueños. Se trata de temores que están presentes hoy en muchos jóvenes, tanto creyentes como no creyentes. E incluso aquellos que han abrazado el don de la fe y buscan seriamente su vocación tampoco están exentos de temores. Algunos piensan: quizás Dios me pide o me pedirá demasiado; quizás, yendo por el camino que me ha señalado, no seré realmente feliz, o no estaré a la altura de lo que me pide. Otros se preguntan: si sigo el camino que Dios me indica, ¿quién me garantiza que podré llegar hasta el final? ¿Me desanimaré? ¿Perderé el entusiasmo? ¿Seré capaz de perseverar toda mi vida?

En los momentos en que las dudas y los miedos inundan nuestros corazones, resulta imprescindible el discernimiento. Nos permite poner orden en la confusión de nuestros pensamientos y sentimientos, para actuar de una manera justa y prudente. En este proceso, lo primero que hay que hacer para superar los miedos es identificarlos con claridad, para no perder tiempo y energías con fantasmas que no tienen rostro ni consistencia. Por esto, os invito a mirar dentro de vosotros y «dar un nombre» a vuestros miedos. Preguntaos: hoy, en mi situación concreta, ¿qué es lo que me angustia, qué es lo que más temo? ¿Qué es lo que me bloquea y me impide avanzar? ¿Por qué no tengo el valor para tomar las decisiones importantes que debo tomar? No tengáis miedo de mirar con sinceridad vuestros miedos, reconocerlos con realismo y afrontarlos. La Biblia no niega el sentimiento humano del miedo ni sus muchas causas. Abraham tuvo miedo (cf. Gn 12,10s.), Jacob tuvo miedo (cf. Gn 31,31; 32,8), y también Moisés (cf. Ex 2,14; 17,4), Pedro (cf. Mt 26,69ss.) y los Apóstoles (cf. Mc 4,38-40, Mt 26,56). Jesús mismo, aunque en un nivel incomparable, experimentó el temor y la angustia (Mt 26,37, Lc 22,44).

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (Mc 4,40). Este reproche de Jesús a sus discípulos nos permite comprender cómo el obstáculo para la fe no es con frecuencia la incredulidad sino el miedo. Así, el esfuerzo de discernimiento, una vez identificados los miedos, nos debe ayudar a superarlos abriéndonos a la vida y afrontando con serenidad los desafíos que nos presenta. Para los cristianos, en concreto, el miedo nunca debe tener la última palabra, sino que nos da la ocasión para realizar un acto de fe en Dios… y también en la vida. Esto significa creer en la bondad fundamental de la existencia que Dios nos ha dado, confiar en que él nos lleva a un buen final a través también de las circunstancias y vicisitudes que a menudo son misteriosas para nosotros. Si por el contrario alimentamos el temor, tenderemos a encerrarnos en nosotros mismos, a levantar una barricada para defendernos de todo y de todos, quedando paralizados. ¡Debemos reaccionar! ¡Nunca cerrarnos! En las Sagradas Escrituras encontramos 365 veces la expresión «no temas», con todas sus variaciones. Como si quisiera decir que todos los días del año el Señor nos quiere libres del temor.

El discernimiento se vuelve indispensable cuando se trata de encontrar la propia vocación. La mayoría de las veces no está clara o totalmente evidente, pero se comprende poco a poco. El discernimiento, en este caso, no pretende ser un esfuerzo individual de introspección, con el objetivo de aprender más acerca de nuestros mecanismos internos para fortalecernos y lograr un cierto equilibrio. En ese caso, la persona puede llegar a ser más fuerte, pero permanece cerrada en el horizonte limitado de sus posibilidades y de sus puntos de vista. La vocación, en cambio, es una llamada que viene de arriba y el discernimiento consiste sobre todo en abrirse al Otro que llama. Se necesita entonces el silencio de la oración para escuchar la voz de Dios que resuena en la conciencia. Él llama a la puerta de nuestro corazón, como lo hizo con María, con ganas de entablar en amistad con nosotros a través de la oración, de hablarnos a través de las Sagradas Escrituras, de ofrecernos su misericordia en el sacramento de la reconciliación, de ser uno con nosotros en la comunión eucarística.

Pero también es importante hablar y dialogar con otros, hermanos y hermanas nuestros en la fe, que tienen más experiencia y nos ayudan a ver mejor y a escoger entre las diversas opciones. El joven Samuel, cuando oyó la voz del Señor, no lo reconoció inmediatamente y por tres veces fue a Elí, el viejo sacerdote, quien al final le sugirió la respuesta correcta que debería dar a la llamada del Señor: «Si te llama de nuevo, di: “Habla Señor, que tu siervo escucha”» (1 S 3,9). Cuando dudéis, sabed que podéis contar con la Iglesia. Sé que hay buenos sacerdotes, consagrados y consagradas, fieles laicos, muchos de ellos jóvenes a su vez, que pueden acompañaros como hermanos y hermanas mayores en la fe; movidos por el Espíritu Santo, os ayudarán a despejar vuestras dudas y a leer el designio de vuestra vocación personal. El «otro» no es únicamente un guía espiritual, sino también el que nos ayuda a abrirnos a todas las riquezas infinitas de la existencia que Dios nos ha dado. Es necesario que dejemos espacio en nuestras ciudades y comunidades para crecer, soñar, mirar nuevos horizontes. Nunca perdáis el gusto de disfrutar del encuentro, de la amistad, el gusto de soñar juntos, de caminar con los demás. Los cristianos auténticos no tienen miedo de abrirse a los demás, compartir su espacio vital transformándolo en espacio de fraternidad. No dejéis, queridos jóvenes, que el resplandor de la juventud se apague en la oscuridad de una habitación cerrada en la que la única ventana para ver el mundo sea el ordenador y el smartphone. Abrid las puertas de vuestra vida. Que vuestro ambiente y vuestro tiempo estén ocupados por personas concretas, relaciones profundas, con las que podáis compartir experiencias auténticas y reales en vuestra vida cotidiana.

2. María

«Te he llamado por tu nombre» (Is 43,1). El primer motivo para no tener miedo es precisamente el hecho de que Dios nos llama por nuestro nombre. El ángel, mensajero de Dios, llamó a María por su nombre. Poner nombres es propio de Dios. En la obra de la creación, él llama a la existencia a cada criatura por su nombre. Detrás del nombre hay una identidad, algo que es único en cada cosa, en cada persona, esa íntima esencia que sólo Dios conoce en profundidad. Esta prerrogativa divina fue compartida con el hombre, al cual Dios le concedió que diera nombre a los animales, a los pájaros y también a los propios hijos (Gn 2,19-21; 4,1). Muchas culturas comparten esta profunda visión bíblica, reconociendo en el nombre la revelación del misterio más profundo de una vida, el significado de una existencia.

Cuando Dios llama por el nombre a una persona, le revela al mismo tiempo su vocación, su proyecto de santidad y de bien, por el que esa persona llegará a ser alguien único y un don para los demás. Y también cuando el Señor quiere ensanchar los horizontes de una existencia, decide dar a la persona a quien llama un nombre nuevo, como hace con Simón, llamándolo «Pedro». De aquí viene la costumbre de asumir un nuevo nombre cuando se entra en una orden religiosa, para indicar una nueva identidad y una nueva misión. La llamada divina, al ser personal y única, requiere que tengamos el valor de desvincularnos de la presión homogeneizadora de los lugares comunes, para que nuestra vida sea de verdad un don original e irrepetible para Dios, para la Iglesia y para los demás.

Queridos jóvenes: Ser llamados por nuestro nombre es, por lo tanto, signo de la gran dignidad que tenemos a los ojos de Dios, de su predilección por nosotros. Y Dios llama a cada uno de vosotros por vuestro nombre. Vosotros sois el «tú» de Dios, preciosos a sus ojos, dignos de estima y amados (cf. Is 43,4). Acoged con alegría este diálogo que Dios os propone, esta llamada que él os dirige llamándoos por vuestro nombre.

3. Has encontrado gracia ante Dios

El motivo principal por el que María no debe temer es porque ha encontrado gracia ante Dios. La palabra «gracia» nos habla de amor gratuito e inmerecido. Cuánto nos anima saber que no tenemos que conseguir la cercanía y la ayuda de Dios presentando por adelantado un «currículum de excelencia», lleno de méritos y de éxitos. El ángel dice a María que ya ha encontrado gracia ante Dios, no que la conseguirá en el futuro. Y la misma formulación de las palabras del ángel nos da a entender que la gracia divina es continua, no algo pasajero o momentáneo, y por esto nunca faltará. También en el futuro seremos sostenidos siempre por la gracia de Dios, sobre todo en los momentos de prueba y de oscuridad.

La presencia continua de la gracia divina nos anima a abrazar con confianza nuestra vocación, que exige un compromiso de fidelidad que hay que renovar todos los días. De hecho, el camino de la vocación no está libre de cruces: no sólo las dudas iniciales, sino también las frecuentes tentaciones que se encuentran a lo largo del camino. La sensación de no estar a la altura acompaña al discípulo de Cristo hasta el final, pero él sabe que está asistido por la gracia de Dios.

Las palabras del ángel se posan sobre los miedos humanos, disolviéndolos con la fuerza de la buena noticia de la que son portadoras. Nuestra vida no es pura casualidad ni mera lucha por sobrevivir, sino que cada uno de nosotros es una historia amada por Dios. El haber «encontrado gracia ante Dios» significa que el Creador aprecia la belleza única de nuestro ser y tiene un designio extraordinario para nuestra vida. Ser conscientes de esto no resuelve ciertamente todos los problemas y no quita las incertidumbres de la vida, pero tiene el poder de transformarla en profundidad. Lo que el mañana nos deparará, y que no conocemos, no es una amenaza oscura de la que tenemos que sobrevivir, sino que es un tiempo favorable que se nos concede para vivir el carácter único de nuestra vocación personal y compartirlo con nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia y en el mundo.

4. Valentía en el presente

La fuerza para tener valor en el presente nos viene de la convicción de que la gracia de Dios está con nosotros: valor para llevar adelante lo que Dios nos pide aquí y ahora, en cada ámbito de nuestra vida; valor para abrazar la vocación que Dios nos muestra; valor para vivir nuestra fe sin ocultarla o rebajarla.

Sí, cuando nos abrimos a la gracia de Dios, lo imposible se convierte en realidad. «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31). La gracia de Dios toca el hoy de vuestra vida, os «aferra» así como sois, con todos vuestros miedos y límites, pero también revela los maravillosos planes de Dios. Vosotros, jóvenes, tenéis necesidad de sentir que alguien confía realmente en vosotros. Sabed que el Papa confía en vosotros, que la Iglesia confía en vosotros. Y vosotros, ¡confiad en la Iglesia!

A María, joven, se le confió una tarea importante, precisamente porque era joven. Vosotros, jóvenes, tenéis fuerza, atravesáis una fase de la vida en la que sin duda no faltan las energías. Usad esa fuerza y esas energías para mejorar el mundo, empezando por la realidad más cercana a vosotros. Deseo que en la Iglesia se os confíen responsabilidades importantes, que se tenga la valentía de daros espacio; y vosotros, preparaos para asumir esta responsabilidad.

Os invito a seguir contemplando el amor de María: un amor atento, dinámico, concreto. Un amor lleno de audacia y completamente proyectado hacia el don de sí misma. Una Iglesia repleta de estas cualidades marianas será siempre Iglesia en salida, que va más allá de sus límites y confines para hacer que se derrame la gracia recibida. Si nos dejamos contagiar por el ejemplo de María, viviremos de manera concreta la caridad que nos urge a amar a Dios más allá de todo y de nosotros mismos, a amar a las personas con quienes compartimos la vida diaria. Y también podremos amar a quien nos resulta poco simpático. Es un amor que se convierte en servicio y dedicación, especialmente hacia los más débiles y pobres, que transforma nuestros rostros y nos llena de alegría.

Quisiera terminar con las hermosas palabras de san Bernardo en su famosa homilía sobre el misterio de la Anunciación, palabras que expresan la expectativa de toda la humanidad ante la respuesta de María: «Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta. También nosotros esperamos, Señora, esta palabra de misericordia. Por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida. Esto mismo te pide el mundo todo postrado a tus pies. Oh Virgen, da pronto tu respuesta» (Homilía 4, 8-9: Opera Omnia, Ed. Cisterciense, 4 [1966] 53-54).

Queridos jóvenes: el Señor, la Iglesia, el mundo, esperan también vuestra respuesta a esa llamada única que cada uno recibe en esta vida. A medida que se aproxima la JMJ de Panamá, os invito a prepararos para nuestra cita con la alegría y el entusiasmo de quien quiere ser partícipe de una gran aventura. La JMJ es para los valientes, no para jóvenes que sólo buscan comodidad y que retroceden ante las dificultades. ¿Aceptáis el desafío?

Vaticano, 11 de febrero de 2018,
VI Domingo del Tiempo Ordinario,
Memoria de Nuestra Señora de Lourdes
FRANCISCO

Él llama a la puerta de nuestro corazón

«Se necesita el silencio de la oración para escuchar la voz de Dios que resuena en la conciencia. Él llama a la puerta de nuestro corazón, como lo hizo con María, con ganas de entablar en amistad con nosotros a través de la oración, de hablarnos a través de las Sagradas Escrituras, de ofrecernos su misericordia en el sacramento de la reconciliación, de ser uno con nosotros en la comunión eucarística. Pero también es importante hablar y dialogar con otros, hermanos y hermanas nuestros en la fe, que tienen más experiencia y nos ayudan a ver mejor y a escoger entre las diversas opciones. Nunca perdáis el gusto de disfrutar del encuentro, de la amistad, el gusto de soñar juntos, de caminar con los demás. Los cristianos auténticos no tienen miedo de abrirse a los demás, compartir su espacio vital transformándolo en espacio de fraternidad. No dejéis, queridos jóvenes, que el resplandor de la juventud se apague en la oscuridad de una habitación cerrada en la que la única ventana para ver el mundo sea el ordenador y el smartphone. Abrid las puertas de vuestra vida. Que vuestro ambiente y vuestro tiempo estén ocupados por personas concretas, relaciones profundas, con las que podáis compartir experiencias auténticas y reales en vuestra vida cotidiana»

Papa Francisco en el mensaje para la JMJ
Viñeta del Papa: Leonan Faro


CAMINAR LA TRISTEZA

“Mira: hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad,
la muerte y la desdicha…
Elige la vida, y vivirás.”

Deut 30, 15.19




Todos hemos experimentado alguna vez tristeza en el alma. Esa tristeza profunda que tiñe lo que vivimos de pesadez, de antipatía y desde cuya perspectiva, lo que nos rodea, pierde su sentido, su color y su belleza. La tristeza es capaz de hacernos perder la memoria de la vida colorida y alegre que teníamos.

Ha pérdida, una frustración, un fracaso, una ruptura o un distanciamiento. Estas experiencias dejan huella en el alma y a veces tan honda que nos hace ver todo con ese tono vital. La tristeza tiene la fuerza para sumergirnos en la dinámica del olvido de los acontecimientos felices, de las alegrías vividas, de las personas que nos aman, de los aciertos, del bien hecho y recibido. La tristeza nos coloniza y nos hace perder la memoria de las cosas buenas de la vida.

¿Te has sentido así, alguna vez? No se trata de evitar ni de negar la tristeza, pues lo que no se asume no se redime. Jesús también sintió tristeza, «tristeza de muerte» que le presagiaba el fin de su vida, cuando oró a su Padre en el Getsemaní. Cuando estamos tristes necesitamos prestar atención a los tres engaños más comunes. Primero, la tristeza es una parte y no la totalidad de lo que nos ocurre. Presta atención a lo que realmente es valioso en tu vida, y te ayudar a relativizar. Segundo, los momentos difíciles no son permanente, así como llegaron, también pasarán. Tercero, como todo sentimiento trae una noticia, algo intenta decirte. Nuestras emociones son mensajeros que traen novedades, nos informan de algo que necesitamos prestar atención. Y estará allí para que aprendas algo de ese tiempo.

En definitiva, la tristeza es una emoción pasajera, a la que no debemos aferrarnos como algo definitivo, pues su misión es pasar para hablarnos de nuestras pérdidas y aprender de ellas; no debemos permitirle que nos haga perder la memoria de la felicidad y la alegría vividas. Cada persona tiene en sus manos la posibilidad personal de vivir la tristeza como oportunidad de vida o de muerte, de aprendizaje o de desesperanza. Elige la vida y la tristeza será sólo una parte de ella que te ayudará a ayudará a vivir en plenitud.

Bettina Raed
Abogada- Equipo Click To Pray
Argentina-Uruguay

SENTIRSE AMADO POR DIOS II

Somos fruto de nuestra historia, la suma de todo lo que hemos vivido desde nuestra concepción; cada acontecimiento, feliz o desdichado, se ha inscrito en nuestra carne, y aunque nuestra memoria no lo recuerde, nuestro cuerpo sí se acuerda de todo. Él lleva la huella de cada herida, de cada rechazo, de cada gesto o palabra que ha podido darnos la sensación de no ser amados y, por lo tanto, de ser culpables. Es extraño lo profundamente enterrado en nosotros que está ese sentimiento de culpabilidad.
La primera vez que un niño pequeño se siente rechazado, simplemente porque no se le escucha, porque su madre está cansada u ocupada con otro de sus hijos, el niño no comprende, se siente herido, y de la herida nace el sentimiento de que, si no es amado, es porque no es amable, y de que, si es rechazado, es porque es culpable, sin saber bien de qué. Ese sentimiento de culpabilidad le corroe en su interior, mina su confianza, le hace dudar de sí mismo y de los demás, y condiciona muchos de sus actos sin que él se dé cuenta. (...)Así la experiencia del amor de Dios que un día tenemos, como la tuvo esa joven, no cambia nuestra historia ni lo que nos ha modelado, pero nos cambia a nosotros, porque nos revela que Dios nos ama, tal como somos, no tal como habríamos querido ser, no tal como la sociedad o nuestros padres habrían deseado que fuéramos, sino tal como somos hoy, con nuestras debilidades, nuestras heridas, nuestros temores, nuestras cualidades y nuestros defectos. Tal como somos hoy, somos amados por Dios. 
 
 - Jean Vanier, La fuente de las lágrimas, 


Salmo 129 c


Salmo 129 b


Mi amistad conmigo

"¿Somos amigos de nosotros mismos? ¿Nos gusta cómo somos? Son preguntas importantes porque no podemos desarrollar buenas amistades con los demás a menos que seamos buenos amigos de nosotros mismos. 
¿Cómo ser uno, entonces, amigo de uno mismo? Para empezar, es preciso reconocer la verdad sobre nosotros mismos. Somos apuestos pero también limitados, ricos pero también pobres, generosos pero también preocupados por nuestra seguridad. Sin embargo, más allá de todo esto, somos seres con un alma, con destellos de lo divino. Reconocer la verdad de nosotros mismos significa reivindicar el carácter sagrado de nuestro ser, sin entenderlo enteramente. Nuestro ser profundo escapa a nuestra capacidad mental o emocional de comprender las cosas. Pero cuando confiamos en que somos parte integrante de un Dios que nos ama, podemos ser amigos de nosotros mismos y estrechar con los demás relaciones de amor."
Henri Nouewn



Meditación: Mateo 5, 20-26

Todo el que se enoje con su hermano, será llevado ante el tribunal. . .
Mateo 5, 22

¡Qué palabras tan drásticas! Pero su gravedad no hace más que poner de relieve lo mucho que Dios quiere ver que todos sus hijos vivan en armonía, con amor y respeto. Para Jesús, la unidad es una de las virtudes más elevadas y uno de los principios más importantes de la vida.

¿Te acuerdas de alguna ocasión en que la mamá o el papá estaba enfadado? ¿Qué ocurría con el resto de la familia? Probablemente todos se quedaban tensos, incómodos, tristes, o enfadados también. Si así era el clima en el hogar, es lógico suponer que la unidad peligraba y surgía más bien el aislamiento. Pero cuando una familia se propone fomentar el amor y el perdón en su hogar, es más probable que reine y se mantenga la unidad.

Ser discípulo de Jesús significa tratar de imitarlo a él, que siempre miró más allá de las deficiencias de los demás. Él miraba el corazón, y allí era donde los conocía, y por haber visto el corazón de las personas, sus deseos, necesidades, dolores, sueños y esperanzas, pudo conectarse con ellos y llevarlos a Dios. Sus detractores, en cambio, tendían a fijarse en las faltas de la gente y eso sólo creaba barreras entre ellos y Dios.

El Señor quiere brindar unidad al corazón y al hogar de sus fieles, y todo comienza cuando cada uno le pide a Cristo que nos ablande el corazón con su amor. Así estaremos más dispuestos a perdonar y no retener los resentimientos. No es necesario pretender que no hemos sido heridos; y es inútil cavar profundo para averiguar quién tuvo la culpa. Basta con llevarle al Señor nuestros dolores, traumas y sufrimientos y pedir la gracia para perdonar. Dios cambiará las situaciones para que podamos hacerlo.

San Juan de la Cruz dijo una vez que “al anochecer de la vida”, seremos juzgados por el amor. ¡Esto es inconcebible! No seremos juzgados por cuánto dinero hayamos donado, ni por las Misas a las que hayamos asistido, ni por cuánto hayamos trabajado cultivando los jardines de la parroquia; seremos juzgados solamente por cuánto hayamos amado. Y eso es algo que todos podemos hacer con la ayuda de Dios.
“Padre amado, concédeme un corazón dócil y fiel para amarte a ti y a los demás como tú me amas.”
Ezequiel 18, 21-28
Salmo 130(129), 1-8