sábado, 3 de marzo de 2018

Caridad sin fingimiento

2 de marzo de 2018.
El viernes 2 de marzo, en torno a las 9 de la mañana en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico Vaticano, el Padre Raniero Cantalamessa impartió su segunda predicación de Cuaresma, ante el Papa Francisco y la Curia vaticana, inspirada en la llamada universal a la santidad que propone el Concilio Vaticano II, concretamente en Lumen gentium, una de sus constituciones dogmáticas.
El predicador destaca la preocupación general del Concilio por volver a las fuentes bíblicas y patrísticas, superando, también en este campo; el planteamiento escolástico dominante durante siglos. Se trata, por tanto, de tomar conciencia de esta visión renovada de la santidad y hacerla pasar a la práctica de la Iglesia, es decir, a la predicación, a la catequesis, a la formación espiritual de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa.
Y para consolidar esta idea, cita el número 40 de Lumen Gentium: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron».
Asimismo, el padre Cantalamessa explica que una de las mayores diferencias entre la visión bíblica de la santidad y la de la escolástica está en el hecho de que las virtudes no se basan tanto en la «recta razón» (la recta ratio aristotélica), sino en el kerigma; ya que ser santo no significa seguir la razón (¡a menudo implica al contrario!), sino seguir a Cristo. En consecuencia, la santidad cristiana es esencialmente cristológica: consiste en la imitación de Cristo y, en su cumbre —como dice el Concilio—en la «perfecta unión con Cristo». 

«La Caridad no tenga ficciones» - El amor cristiano

1. En las fuentes de la santidad cristiana

Junto con la llamada universal a la santidad, el Concilio Vaticano II ha dado también indicaciones precisas sobre qué se entiende por santidad, en qué consiste. En la Lumen gentium se lee:
«El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12,30) y a amarse mutuamente como Cristo les amó (cf. Jn 13,34; 15,12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» (LG 40).
Todo esto se resume en la fórmula: «La santidad es la perfecta unión con Cristo» (LG 50). Esta visión refleja la preocupación general del Concilio de volver a las fuentes bíblicas y patrísticas, superando, también en este campo, el planteamiento escolástico dominante durante siglos. Ahora se trata de tomar conciencia de esta visión renovada de la santidad y hacerla pasar a la práctica de la Iglesia, es decir, a la predicación, a la catequesis, a la formación espiritual de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa y —¿por qué no?— también a la visión teológica en la que se inspira la praxis de la Congregación de los Santos .

Una de las diferencias mayores entre la visión bíblica de la santidad y la de la escolástica está en el hecho de que las virtudes no se basan tanto en la «recta razón» (la recta ratio aristotélica), cuanto en el kerigma; ser santo no significa seguir la razón (¡a menudo implica al contrario!), sino seguir a Cristo. La santidad cristiana es esencialmente cristológica: consiste en la imitación de Cristo y, en su cumbre —como dice el Concilio— en la «perfecta unión con Cristo».

La síntesis bíblica más completa y más compacta de una santidad basada en el kerigma es la trazada por san Pablo en la parte parenética de la Carta a los Romanos (cap. 12-15). Al comienzo de ella, el Apóstol da una visión recopilatoria del camino de santificación del creyente, de su contenido esencial y de su objetivo:

«Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,1-2).

Hemos meditado la vez pasada en estos versículos. En las próximas meditaciones, partiendo de lo que sigue en el texto paulino y completándolo con lo que el Apóstol dice en otros lugares sobre el mismo tema, intentaremos poner de relieve los rasgos más destacados de la santidad, lo que hoy se llaman las «virtudes cristianas» y que el Nuevo Testamento define como los «frutos del Espíritu», las «obras de la luz», o también «los sentimientos que hubo en Cristo Jesús» (Flp 2,5).

A partir del capítulo 12 de la Carta a los Romanos se enumeran todas las principales virtudes cristianas, o frutos del Espíritu: el servicio, la caridad, la humildad, la obediencia, la pureza. No como virtudes que hay que cultivar por sí mismas, sino como necesarias consecuencias de la obra de Cristo y del bautismo. La sección comienza con una conjunción que, por sí sola, es un tratado: «Os exhorto, pues…». Ese «pues» significa que todo lo que el Apóstol diga desde este momento en adelante no es más que la consecuencia de lo que ha escrito en capítulos anteriores sobre la fe en Cristo y sobre la obra del Espíritu. Reflexionaremos sobre cuatro de estas virtudes: caridad, humildad, obediencia y pureza.

2. Un amor sincero

El ágape, o caridad cristiana, no es una de las virtudes, aunque fuera la primera; es la forma de todas las virtudes, aquella de la que «dependen toda la ley y los profetas» (Mt 22,34; Rom 13,10). Entre los frutos del Espíritu que el Apóstol enumera en Gál 5,22, encontramos en primer lugar el amor: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz…». Y con él, coherentemente, comienza también la parénesis sobre las virtudes en la Carta a los Romanos. Todo el capítulo duodécimo es una sucesión de exhortaciones a la caridad:
«Que vuestro amor no sea fingido [...];amaos cordialmente unos a otros,cada cual estime a los otros más que a sí mismo…» (Rm 12,9ss).
Para captar el alma que unifica todas estas recomendaciones, la idea de fondo, o, mejor dicho, el «sentimiento» que Pablo tiene de la caridad hay que partir de esa palabra inicial: «¡Que vuestro amor no sea fingido!». No es una de tantas exhortaciones, sino la matriz de la que derivan todas las demás. Contiene el secreto de la caridad.

El término original usado por san Pablo y que se traduce «sin fingimiento», es anhypòkritos, es decir, sin hipocresía. Este vocablo es una especie de luz-espía; es, efectivamente, un término raro que encontramos empleado, en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente para definir el amor cristiano. La expresión «amor sincero» (anhypòkritos) vuelve de nuevo en 2 Cor 6, 6 y en 1 Pe 1, 22. Este último texto permite captar, con toda certeza, el significado del término en cuestión, porque lo explica con una perífrasis; el amor sincero —dice— consiste en amarse intensamente «de corazón».

San Pablo, pues, con esa simple afirmación: «¡Que vuestro amor no sea fingido!», lleva el discurso a la raíz misma de la caridad, al corazón. Lo que se requiere del amor es que sea verdadero, auténtico, no fingido. También en esto el Apóstol es el eco fiel del pensamiento de Jesús; en efecto, él había indicado, repetidamente y con fuerza, el corazón, como el «lugar» donde se decide el valor de lo que el hombre hace (Mt 15,19).

Podemos hablar de una intuición paulina, respecto a la caridad; ésta consiste en revelar, detrás del universo visible y exterior de la caridad, hecho de obras y de palabras, otro universo interior, que es, respecto del primero, lo que es el alma para el cuerpo. Encontramos esta intuición en el otro gran texto sobre la caridad, que es 1 Cor 13. Lo que san Pablo dice allí, mirándolo bien, se refiere todo a esta caridad interior, a las disposiciones y a los sentimientos de caridad: la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no se irrita, todo lo cubre, todo lo cree, todo lo espera… Nada que se refiera, en sí y directamente, al hacer el bien, o las obras de caridad, pero todo se reconduce a la raíz del querer bien. La benevolencia viene antes de la beneficencia.

Es el Apóstol mismo quien explicita la diferencia entre las dos esferas de la caridad, diciendo que el mayor acto de caridad exterior (el distribuir a los pobres todas las propias riquezas) no valdría para nada, sin la caridad interior (cf. 1 Cor 13,3). Sería lo opuesto de la caridad «sincera». La caridad hipócrita, en efecto, es precisamente la que hace el bien, sin quererlo, que muestra al exterior algo que no se corresponde con el corazón. En este caso, se tiene una apariencia de caridad, que puede, en última instancia, ocultar egoísmo, búsqueda de sí, instrumentalización del hermano, o incluso simple remordimiento de conciencia.

Sería un error fatal contraponer entre sí caridad del corazón y caridad de los hechos, o refugiarse en la caridad interior, para encontrar en ella una especie de coartada a la falta de caridad activa. Sabemos con cuanto vigor la palabra de Jesús (Mt 25), de Santiago (2,16 s) y de san Juan (1 Jn 3,18) impulsan a la caridad de los hechos. Sabemos de la importancia que san Pablo mismo daba a las colectas en favor de los pobres de Jerusalén.

Por lo demás, decir que, sin la caridad, «de nada me sirve» incluso el dar todo a los pobres, no significa decir que esto no sirve a nadie y que es inútil; significa, más bien, decir que no me sirve «a mí», mientras que puede beneficiar al pobre que lo recibe. No se trata, pues, de atenuar la importancia de las obras de caridad, sino de asegurarlas un fundamento seguro contra el egoísmo y sus infinitas astucias. San Pablo quiere que los cristianos estén «arraigados y fundados en la caridad» (Ef 3,17), es decir, que la caridad sea la raíz y el fundamento de todo.

Cuando amamos «desde el corazón», es el amor mismo de Dios «derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo» (Rom 5,5) el que pasa a través de nosotros. El actuar humano es verdaderamente deificado. Llegar a ser «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4) significa, en efecto, ser partícipes de la acción divina, la acción divina de amar, ¡desde el momento en que Dios es amor!

Nosotros amamos a los hombres no sólo porque Dios les ama, o porque él quiere que nosotros les amemos, sino porque, al darnos su Espíritu, él ha puesto en nuestros corazones su mismo amor hacia ellos. Así se explica por qué el Apóstol afirma inmediatamente después: «No tengáis ninguna deuda con nadie, sino la de un amor recíproco, porque quien ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rom 13,8).

¿Por qué, nos preguntamos, una «deuda»? Porque hemos recibido una medida infinita de amor a distribuir a su tiempo entre los consiervos (cf. Lc 12,42; Mt 24,45 ss.). Si no lo hacemos defraudamos al hermano de algo que le es debido. El hermano que se presenta a tu puerta quizás te pide algo que no eres capaz de darle; pero si no puedes darle lo que te pide ten cuidado de no despedirlo sin lo que le debes, es decir, el amor.

3. Caridad con los de fuera

Después de habernos explicado en qué consiste la verdadera caridad cristiana, el Apóstol, a continuación de su parénesis, muestra cómo este «amor sincero» debe traducirse en acto en las situaciones de vida de la comunidad. Dos son las situaciones en las que el Apóstol se detiene: la primera, se refiere a las relaciones ad extra de la comunidad, es decir, con los de fuera; la segunda, las relaciones ad intra, entre los miembros de la misma comunidad. Escuchemos algunas recomendaciones que se refieren a la primera relación, con el mundo externo:
«Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis [...].Procurad lo bueno ante toda la gente; En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo. No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia [...]. Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber [...]. No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rom 12,14- 21).
Nunca, como en este punto, la moral del Evangelio parece original y diferente de cualquier otro modelo ético, y nunca la parénesis apostólica parece más fiel y en continuidad con la del Evangelio. Lo que hace todo esto particularmente actual para nosotros es la situación y el contexto en el que esta exhortación se dirige a los creyentes. La comunidad cristiana de Roma es un cuerpo extraño en un organismo que —en la medida en que se da cuenta de su presencia— lo rechaza. Es una isla minúscula en el mar hostil de la sociedad pagana. En circunstancias como ésta sabemos lo fuerte que es la tentación de encerrarse en sí mismos, desarrollando el sentimiento elitista e irritable de una minoría de salvados en un mundo de perdidos. Con este sentimiento vivía, en aquel mismo momento histórico, la comunidad esenia de Qumrán.

La situación de la comunidad de Roma descrita por Pablo representa, en miniatura, la situación actual de toda la Iglesia. No hablo de las persecuciones y del martirio al que están expuestos nuestros hermanos de fe en tantas partes del mundo; hablo de la hostilidad, del rechazo y a menudo del profundo desprecio con que no sólo los cristianos, sino todos los creyentes en Dios son vistos en amplias capas de la sociedad, en general los más influyentes y que determinan el sentir común. Ellos son considerados, precisamente, cuerpos extraños en una sociedad evolucionada y emancipada.

La exhortación de Pablo no nos permite perdernos un solo instante en recriminaciones amargas y polémicas estériles. No se excluye naturalmente el dar razón de la esperanza que hay en nosotros «con dulzura y respeto», como recomendaba san Pedro (1 Pe 3,15-16). Se trata de entender cuál es la actitud del corazón que hay que cultivar en relación a una humanidad que, en su conjunto, rechaza a Cristo y vive en las tinieblas en lugar de la luz (cf. Jn 3,19). Dicha actitud es la de una profunda compasión y tristeza espiritual, la de amarlos y sufrir por ellos; hacerse cargo de ellos delante de Dios, como Jesús se hizo cargo de todos nosotros ante el Padre, y no dejar de llorar y rezar por el mundo.

Este es uno de los rasgos más bellos de la santidad de algunos monjes ortodoxos. Pienso en san Silvano del Monte Athos. Él decía:

«Hay hombres que auguran a sus enemigos y a los enemigos de la Iglesia la ruina y los tormentos del fuego de la condenación. Piensan de este modo, porque no fueron instruidos por el Espíritu Santo en el amor de Dios. En cambio, quien verdaderamente lo ha aprendido derrama lágrimas por el mundo entero. Tú dices: “Es malvado y que se queme en el fuego del infierno”. Pero yo te pregunto: “Si Dios te diera un buen lugar en el Paraíso y vieras arrojado en las llamas a quien tú se lo augurabas, quizás ni siquiera entonces te dolerías por él, quienquiera que fuera, aunque fuera enemigo de la Iglesia» .

En la época de este santo monje, los enemigos eran sobre todo los bolcheviques que perseguían a la Iglesia de su amada patria, Rusia. Hoy el frente se ha ampliado y no existe «telón de acero» al respecto. En la medida en que un cristiano descubre la belleza infinita, el amor y la humildad de Cristo, no puede prescindir de sentir una profunda compasión y sufrimiento por quien voluntariamente se priva del bien más grande de la vida. El amor se hace en él más fuerte que cualquier resentimiento. En una situación similar, Pablo llega a decir que está dispuesto a ser él mismo «anatema, separado de Cristo», si esto podía servir para que le aceptaran por los de su pueblo que permanecieron fuera (cf. Rom 9,3)

4. La caridad ad intra

El segundo gran campo de ejercicio de la caridad se refiere, se decía, a las relaciones dentro de la comunidad, en concreto, cómo gestionar los conflictos de opiniones que surgen entre sus diversos componentes. A este tema el Apóstol dedica todo el capítulo 14 de la Carta.

El conflicto entonces en curso en la comunidad romana estaba entre los que el Apóstol llama «los débiles» y los que llama «los fuertes», entre los cuales se pone a sí mismo («Nosotros que somos los fuertes…») (Rom 15,1). Los primeros eran aquellos que se sentían moralmente obligados a observar algunas prescripciones heredadas de la ley o por anteriores creencias paganas, como el no comer carne (en cuanto que existía la sospecha de que hubiera sido sacrificado a los ídolos) y el distinguir los días en prósperos y perniciosos. Los segundos, los fuertes, eran los que, en nombre de la libertad cristiana, habían superado esos tabúes y no distinguían un alimento de otro, o un día de otro. La conclusión del discurso (cf. Rom 15,7-12) nos hace comprender que en el trasfondo está el habitual problema de la relación entre creyentes provenientes del judaísmo y creyentes procedentes de los gentiles.

Las exigencias de la caridad que el Apóstol inculca en este caso nos interesan en grado sumo, porque son las mismas que se imponen en cualquier tipo de conflicto intraeclesial, incluidos los que vivimos hoy, tanto a nivel de la Iglesia universal como de la comunidad en que cada uno vive.

Los criterios que el Apóstol sugiere son tres. El primero es seguir la propia conciencia. Si uno está convencido en conciencia de cometer un pecado haciendo una cierta cosa, no debe hacerla. «De hecho, todo lo que no viene de la conciencia —escribe el Apóstol— es pecado» (Rom 14,23). El segundo criterio es respetar la conciencia ajena y abstenerse de juzgar al hermano:
«Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? […] Dejemos, pues, de juzgarnos unos a otros; cuidad más bien de no poner tropiezo o escándalo al hermano» (Rom 14,10.13).
El tercer criterio afecta principalmente a los «fuertes» y es evitar dar escándalo:

«Sé, y estoy convencido en el Señor Jesús —continúa el Apóstol—, que nada es impuro por sí mismo; lo es para aquel que considera que es impuro. Pero si un hermano sufre por causa de un alimento, tú no actúas ya conforme al amor: no destruyas con tu alimento a alguien por quien murió Cristo [...] procuremos lo que favorece la paz y lo que contribuye a la edificación mutua» (Rom 14,14-19).

Sin embargo, todos estos criterios son particulares y relativos, respecto a otro que, en cambio, es universal y absoluto, el del señorío de Cristo. Escuchemos cómo lo formula el Apóstol:
«El que se preocupa de observar un día, se preocupa por causa del Señor; el que come, come por el Señor, pues da gracias a Dios; y el que no come, no come por el Señor y da gracias a Dios. Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14, 6-9).
Cada uno es invitado a examinarse a sí mismo para ver qué hay en el fondo de su elección: si existe el señorío de Cristo, su gloria, su interés, o en cambio no, más o menos larvadamente, su afirmación, el propio «yo» y su poder; si su elección es de naturaleza verdaderamente espiritual y evangélica, o si depende en cambio de la propia inclinación psicológica, o, peor aún, de la propia opción política. Esto vale en uno y otro sentido, es decir, tanto para los llamados fuertes como para los llamados débiles; hoy diríamos que tanto para quien está de parte de la libertad y la novedad del Espíritu, como para quien está de parte de la continuidad y la tradición.

Hay una cosa que se debe tener en cuenta para no ver, en la actitud de Pablo sobre este tema, una cierta incoherencia respecto a su enseñanza anterior. En la Carta a los Gálatas él parece bastante menos disponible al compromiso y en ocasiones incluso enfadado. (Si hubiera tenido que pasar por el proceso de canonización hoy, Pablo difícilmente habría llegado a ser santo: ¡habría sido difícil demostrar la «heroicidad» de su paciencia! Él, a veces «estalla», pero podía decir: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» [Gal 2,20], y ésta, se ha visto, es la esencia de la santidad cristiana).

En la Carta a los Gálatas Pablo reprocha a Pedro lo que aquí parece recomendar a todos, es decir, que se abstengan de mostrar la propia convicción para no dar escándalo a los simples. Pedro en efecto, en Antioquía, estaba convencido de que comer con los gentiles no contaminaba a un judío (¡ya había estado en casa de Cornelio!), pero se abstiene de hacerlo para no dar escándalo a los judíos presentes (cf. Gál 2,11-14). Pablo mismo, en otras circunstancias, actuará del mismo modo (cf. Hch 16,3; 1 Cor 8,13).

La explicación no está, por supuesto, sólo en el temperamento de Pablo. Sobre todo, el juicio en Antioquía está mucho más claramente vinculado a lo esencial de la fe y la libertad del Evangelio de lo que parece que se tratara en Roma. En segundo lugar —y es el principal motivo—Pablo habla a los gálatas como fundador de la Iglesia, con la autoridad y la responsabilidad del pastor; a los romanos les habla a título de maestro y hermano en la fe: para contribuir, dice, a la común edificación (cf. Rom 1,11-12). Hay diferencia entre el papel del pastor al que se debe obediencia y el del maestro al que sólo se le deben respeto y escucha.

Esto nos hace comprender que a los criterios de discernimiento mencionados se debe añadir otro, es decir, el criterio de la autoridad y de la obediencia. De obediencia, el Apóstol nos hablará, oportunamente, en una de las sucesivas meditaciones con las conocidas palabras: «Que todos se sometan a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios y las que hay han sido constituidas por Dios. De modo que quien se opone a la autoridad resiste a la disposición de Dios; y los que le resisten atraen la condena sobre sí» (Rom 13,1-2).

Entretanto escuchemos como dirigida a la Iglesia de hoy la exhortación final que el Apóstol dirigió a la comunidad de entonces: «Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios» (Rom 15,7).

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap 
©Traducción del original italiano PABLO CERVERA BARRANCO

Deuda de amor

«Nosotros amamos a los hombres no sólo porque Dios les ama, o porque él quiere que nosotros les amemos, sino porque, al darnos su Espíritu, él ha puesto en nuestros corazones su mismo amor hacia ellos. Así se explica por qué el Apóstol afirma inmediatamente después: «No tengáis ninguna deuda con nadie, sino la de un amor recíproco, porque quien ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rom 13,8). ¿Por qué, nos preguntamos, una «deuda»? Porque hemos recibido una medida infinita de amor a distribuir a su tiempo entre los consiervos (cf. Lc 12,42; Mt 24,45 ss.). Si no lo hacemos defraudamos al hermano de algo que le es debido. El hermano que se presenta a tu puerta quizás te pide algo que no eres capaz de darle; pero si no puedes darle lo que te pide ten cuidado de no despedirlo sin lo que le debes, es decir, el amor»
2ª predicación de Cuaresma del P. Raniero Cantalamessa al Papa y a la Curia



CONVERTIRSE EN PAN II

¡Otros, por el contrario, descubren que su alimento es dar a partir de una panera vacía! Es el milagro de la multiplicación de los panes: "Señor, haz que busque no tanto ser consolado, como consolar". A veces me sorprende descubrir que aunque me siento muy vacío en mi interior, soy capaz de dar una palabra de vida, o que estando angustiado, puedo transmitir la paz. Sólo Dios puede hacer tales milagros.
Jean Vanier , La Comunidad, P 210 



Camino cuaresmal

“Por el bautismo somos miembros del Cuerpo de Cristo y, como tales, durante la Cuaresma seguimos a Jesús en su ascensión a Jerusalén para ser purificados por la participación en su sacrificio que se renueva en el Triduo Pascual. Renovaremos así la Alianza nueva y eterna, una alianza que ha hecho de cada uno de nosotros un arca mucho más santa que la del Templo de Jerusalén, pues por ella llevamos en nuestros corazones la Ley de Dios escrita con el fuego del Espíritu Santo”

P. José María Prats


Meditación: Lucas 15, 1-3. 11-32

Padre, he pecado contra el cielo y ante ti…”
Lucas 15, 18





San Ignacio decía que al leer el Evangelio es bueno imaginarse que uno está ahí en medio de la acción. Por eso ahora, leyendo la parábola del hijo pródigo, imagínate que tú estás allí en la casa, cuando el hijo menor le pide al padre que le dé su parte de la herencia. Tú seguramente te escandalizas al ver el gran egoísmo y falta de amor que demuestra el muchacho.

Meses después, también presencias cuando el padre ve que a la distancia viene su hijo de regreso y corre a abrazarlo. Aun cuando el joven se ve andrajoso y huele a establo, el padre llora de alegría al abrazarlo. Tú escuchas que el muchacho comienza a decirle a su padre que ya no merece ser considerado hijo suyo y le pide que lo trate como a uno de sus trabajadores. ¿Cómo reaccionarías tú si el que hubiera hecho todo esto fuera un hijo tuyo? ¿Reprenderías duramente al muchacho y lo castigarías, o te alegrarías de verlo regresar sano y salvo?

Viendo la alegría y el alivio que se dibujan en el rostro del padre, tú te sorprendes. El padre está tan contento que sin pensarlo más dispone hacer fiesta y ordena que preparen un baño para el joven y le traigan ropa limpia.

Luego al salir de la casa, te cruzas con el hermano mayor, que al enterarse de lo que sucede y de que va a haber fiesta, se enoja mucho. Tú comprendes el enfado del joven, pero también comienzas a comprender el perdón del padre, por lo que entras silenciosamente en la casa y le comunicas al padre que su otro hijo está muy molesto allá afuera. El padre sale inmediatamente y abraza a su hijo mayor. ¿Percibes tú el amor que irradia el rostro del padre?

Todos hemos herido el corazón de nuestro Padre celestial cuando nos olvidamos de él o lo ofendemos, como lo hizo el hijo pródigo, y también cuando imitamos al hermano mayor juzgando con dureza a los que han cometido errores o faltas. Ahora bien, la pregunta es: ¿Reconocemos nosotros que en realidad nadie merece el perdón de Dios? Nuestro Padre perdona a todo el que se arrepienta de corazón. Entonces, ¿de quién es la decisión? De uno mismo. Cada cual debe asumir la responsabilidad de sus actos y sus consecuencias. Pero al que se arrepiente y pide perdón, Dios lo perdona.
“Padre celestial, gracias por tu amor incondicional y tu inagotable perdón. Ayúdame a volver a ti y a abandonarme en tus brazos amorosos cada día.”
Miqueas 7, 14-15. 18-20
Salmo 103(102), 1-4. 9-12

Fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

RESONAR DE LA PALABRA Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32.

Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32. 
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola: Jesús dijo también: "Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'. Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. El le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'. El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'. Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'". 


RESONAR DE LA PALABRA 

Carlos Latorre, Misionero Claretiano
Queridos amigos:
Terminamos la segunda semana de Cuaresma con esta bien conocida parábola del padre misericordioso. Es el mensaje más precioso de nuestra religión cristiana: Dios es amor que se transforma en misericordia. Es un amor tan profundo que le brota de las entrañas; no es un amor para quedar bien, o que se reserva sólo para algunos, los más buenos. Y es un amor tan perfecto que se entrega más a fondo con los más perdidos.
El evangelio no nos oculta la cruda realidad que tuvo que enfrentar Jesús cuando contó estas parábolas: la oveja perdida es el pecador, la moneda perdida es el pecador, el hijo que se va de casa es el que amarga la vida de su padre. ¿Cómo puede ser que Dios Padre tenga tanta preocupación por el que se había alejado? Los que se consideraban buenos y justos no aceptaban esa forma de actuar de Dios Padre, por mucho que Jesús les hablara de Él e invitara a todos a imitarle.
Con estas parábolas Jesús revela su experiencia de Dios como Padre, un padre que ama con igual medida tanto a su hijo mayor como al menor; la diferencia de este amor la impone la forma de reaccionar de los dos hijos.
El mayor cree que ha hecho los méritos suficientes para ganarse todo el amor del padre, porque no ha fallado en ninguno de sus mandatos y por tanto tiene que ser recompensado, mientras que la conducta del menor, debe ser castigada. Es incapaz de comprender la debilidad de su hermano y de alegrarse con su regreso. El mayor miraba sólo sus propios derechos y era inflexible ante el pecado de su hermano menor.
Lo escandaloso, lo incomprensible de la parábola es comprobar que el hijo menor es quien acapara el amor del Padre a pesar de todo lo que ha hecho. ¡Y además se va a celebrar en la casa un gran banquete para festejar su regreso!
El hijo mayor no tolera la gratuidad del amor divino, un amor que él exige como «la paga» que se debe dar a una buena conducta. El amor de Dios es gracia, pura benevolencia del Padre, porque Él es bueno de verdad y su “justicia” se llama misericordia.
Yo he visto llorar a un padre de familia al escuchar esta parábola que contó Jesús.
Dijo: “Yo eché a mi hijo de casa porque ya no lo aguantábamos más. Mi vida es todo lo contrario a este padre que besa y abraza al hijo que regresa. Y aguanta la crítica y agresividad del hijo mayor. Estoy lleno de amargura y no hago más que pensar en el hijo que se me fue. Ahora os pido que recéis para que mi hijo vuelva y Dios me dé la fuerza para abrirle de nuevo las puertas de casa y perdone mi pecado”.
Jesús tocó el corazón de este padre de familia y después de dos mil años de haber contado la historia de los dos hijos, un padre se convirtió hoy y abrió su corazón a la compasión. El lunes pasado nos decía el evangelio: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”.

Vuestro hermano en la fe
Carlos Latorre
Misionero Claretiano
carloslatorre@claretianos.es


fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 030318

Isaac de Stella (¿-c. 1171), monje cisterciense 
2º sermón por Todos los Santos § 13-2
« Entonces volviéndose a sí mismo, se dijo...: ' Aquí muero de hambre. Voy a volver a casa de mi padre' »

     «Bienaventurados los que lloran porque serán consolados» (Mt 5,5). Por esta palabra el Señor quiere hacernos comprender que el camino de la alegría es el llanto. Por la desolación se va a la consolación; es perdiendo su vida como la encuentra, rechazándola como se la posee, odiándola como se la ama, despreciándola como se la conserva (cf Lc 9, 23s). Si quieres conocerte a ti mismo y dominarte, entra en ti mismo y no te busques fuera... Entra pues en ti mismo, pecador, entra donde existes verdaderamente: en tu corazón. En el exterior, eres un animal, a imagen del mundo...; dentro, tu eres un hombre, a imagen de Dios (Gn 1,26), y por tanto capaz de ser deificado.

     Por lo tanto, hermanos, ¿el hombre que entra en sí mismo, no se descubrirá lejos, como el hijo pródigo, en una región distinta, en una tierra extranjera, en la que se sienta y llora con el recuerdo de su padre y de su patria?... « Oh Adán, ¿dónde estás? » (Gn 3,9) Quizás todavía en la sombra para no verte: coses juntas hojas de vanidad para cubrir tu vergüenza (Gn 3,7),mirando lo que está alrededor de ti y lo que es tuyo, porque tus ojos están muy abiertos sobre tales cosas. Pero mira dentro, mírate: es allí donde se encuentra el mayor motivo de vergüenza...

     Es evidente, hermanos: vivimos fuera de nosotros mismos... Es por ello que la Sabiduría tiene interés siempre de invitarnos a la casa del duelo más que a la casa del banquete (Eccl 7,3), es decir recordarle en sí mismo al hombre que estaba fuera de sí, diciéndole: « Bienaventurados los que lloran» y en otro pasaje: « Desdichados de vosotros que reís ahora » (Lc 6,25)... Hermanos míos, gimamos en presencia del Señor: que su bondad  le lleve a perdonarnos... Dichosos los que lloran, no porque lloran, sino porque serán consolados. El llanto es el camino; el consuelo es la beatitud.

viernes, 2 de marzo de 2018

JESÚS LIBERA DEL PODER DEL ENEMIGO

Pasos para la sanación y liberación completa
JESÚS LIBERA DEL PODER DEL ENEMIGO 

“Por eso, si el Hijo los libera, ustedes serán realmente libres.” (cfr. Jn 8,36) 



Detrás de las batallas que vemos existen otras que no vemos: el combate espiritual por la liberación: “Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio.” (Ef. 6,12). Al respecto afirmó el Papa Pablo VI: “Una de las principales necesidades de la Iglesia de hoy es la defensa contra el maligno, que se llama demonio. El mal no es mera ausencia de algo, sino un agente efectivo: un ser vivo y espiritual, pervertido, perverso (y pervertidor). Va contra las enseñanzas de la Biblia y de la Iglesia quien se rehúsa a admitir esa realidad”. 

La oración de liberación, a pesar de impresionar a unos y fascinar a otros, hace parte del proceso de sanación establecido por Jesús. Al ordenar a sus discípulos que continuasen su obra, Jesús mandó que liberasen a las personas oprimidas por el diablo. Es por amor que Dios libera a sus hijos. En la oración de liberación actúa el poder de Cristo transformando el sufrimiento en alegría, la aflicción en paz, la enfermedad en salud, librando de la presencia diabólica a aquellos que el demonio había aprisionado, y a todos concediendo una vida llena de alegría y paz. 

Jesús trabó ese combate contra el mal innumerables veces y salió vencedor. La victoria del Hijo de Dios destruyó las obras de todos esos espíritus inmundos y seductores (cf. 1 Jn 3,8; Mt 10,1; Lc 6,18; Hech 8,7) Aunque esa tremenda lucha contra las fuerzas de las tinieblas atraviesa toda la historia de la humanidad y va a continuar hasta el último día, Jesús, por el poder de su cruz, nos arrancó de la dominación del maligno y del pecado, destruyendo su poder y liberando todas las cosas de la influencia diabólica. 

La oración de liberación es la fuerza divina para que hombres y mujeres se libren de las artimañas de Satanás, pues, aunque vencido, él y sus demonios continúan de diversas formas su acción perjudicial y destructiva, tocando personas, cosas y lugares. Jesús venció con su muerte al enemigo homicida, y al resucitar nos arrancó de sus garras, colocándonos bajo su luz y protección. Los espíritus de las tinieblas fueron desarmados por Cristo (cfr. Cl 2,15); por lo tanto, es de manos vacías o con lanzas quebradas que intentan cercarnos, mientras estamos revestidos con la fuerza de lo alto. Así que al revestirnos con la armadura de Dios (cosa que algunos cristianos olvidan hacer) quedaremos fortalecidos, y no seremos derrotados. No se trata apenas de evitar la derrota o simplemente conquistar una victoria, sino de arrancar una victoria aplastante por el poder del Espíritu Santo. 

Eso aconteció con los apóstoles. Fueron enviados con autoridad y poder divino: “Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.” (Mt 10, 7-8) El resultado fue impresionante: “Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre». El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos.” (Lc 10, 17-19). 

Es necesario entender que no se trata solo de expulsar el mal, sino de liberar a nuestros hermanos y hacerles el bien -todo el bien que fuese posible hacer: dejar a Dios actuar, permitir que la gracia del Señor actúe en la persona para salvarla. 

La oración de liberación está en función de la vida nueva traída por Jesús. Pedro muestra que ella hace parte del proceso de la evangelización: “Jesús de Nazareth fue ungido por Dios con el Espíritu Santo y con poder. Por todas partes, el pasó haciendo el bien y curando a todos los que estaban dominados por el diablo; pues Dios estaba con él” (cfr. Hch 10,38) 

El secreto de Jesús es que “Dios estaba con él”. Cuando Dios está con nosotros, quiere hacer lo mismo que hizo con el Señor: ungirnos con el Espíritu Santo y con poder para que hagamos el bien por donde pasemos, curando a los enfermos y liberando a los que están bajo el dominio del diablo. La obra de liberación se da por medio de las personas ungidas por Dios con su Espíritu Santo, y en nombre de Jesús -personas que creen que Dios cuida y es capaz de actuar dentro de nuestra historia si lo invitamos. 

Suplicar por liberación no es un privilegio de unos pocos, y si una misión dada a todos por Jesús, que nos mandó orar: “Padre Nuestro, (…) líbranos del maligno” (cfr. Mt 6,13) Pedimos a Dios que nos libere para que, una vez libres, podamos luchar por la liberación de nuestros hermanos. Muchos quedan impresionados cuando se toca ese asunto, pero no hay que temer – el alarde hecho por el mal no es demostración de poder y sí de fragilidad; es como el rabo cortado de una lagartija que sale golpeando todo antes de morir. Gracias a Jesucristo, el enemigo furioso ahora no pasa de ser un perro acorralado. Sus latidos asustadores son una señal de que el Señor está actuando poderosamente entre nosotros. 

Es importante conocer más sobre esta lucha porque, independientemente de nuestra voluntad, estamos en el medio de ella. Cuando no tenemos conocimiento de lo que sucede a nuestro alrededor, acabamos por sentirnos perdidos y sin saber qué hacer. Por ignorancia podemos caer en dos errores igualmente ruines: o atribuir todo al maligno o no atribuirle nada a él. 

Recurramos entonces a Dios: 

PARA VENCER EL MAL QUE NOS RODEA 

Aún llena de Espíritu Santo, mientras esté en este mundo, la persona no está inmune a la tentación y, por eso, necesita cuidarse, pues el diablo todavía anda dando vueltas como un león rugiente, procurando a quien devorar. (1 Pe 5,8) Es necesario oponerse al maligno con una fe fuerte -estar fortalecidos en el Señor y en la fuerza de su poder- y sostenidos por la Iglesia, que reza para que sus hijos sean libres de toda perturbación. Por la gracia de los sacramentos, especialmente a través de la confesión frecuente, la persona adquiere la fuerza para llegar a la liberación completa (Rom 8,21) 

PARA VENCER EL MAL QUE ASOLA NUESTRO CUERPO 

Existe una acción del maligno que se manifiesta en las cosas y en lo físico. Por ejemplo, barullos en la oscuridad, objetos que se mueven, voces, sensación de ser tocados, ciertas dolencias extrañas que la medicina no explica. 

Una familia del Distrito Federal me pidió que la visitase e hiciese una oración en su casa porque hacía algunos años que acontecían cosas extrañas. Eran sonidos raros, existía una puerta trabada en el sótano que nadie conseguía mover pero que, algunas veces, a la noche, se golpeaba con fuerza sin existir viento alguno, algunas personas veían bultos, oían voces y escuchaban barullos como los de golpes en la pared. El antiguo dueño, por peleas familiares, vivía allí solo y, no soportando los tormentos, se había suicidado. Unidos en oración, invocamos la Sangre de Jesús sobre cada habitación de la casa, rezamos en cada ambiente pidiendo la bendición sobre aquel lugar. 

Al día siguiente, una joven desconocida golpeó la puerta pidiendo ver el lugar donde el padre había fallecido. Ella nunca antes había puesto los pies en aquella casa. Pero por la fuerza de la oración que habíamos hecho el día anterior, en ella algo aconteció. Había sido tocada por Dios mismo estando lejos de nosotros. Y Dios la había traído para consumar la derrota de aquel mal. Fue un momento lindo de liberación y perdón. A partir de aquella hora, cesó todo problema. Todo se dio en un clima de mucha paz y simplicidad, porque para Jesús todo es muy simple y su presencia llena de paz. 

Muchas veces quedamos espantados con nuestros problemas. Encontramos que son grandes y quedamos paralizados al pensar que no tienen solución. Pero para Jesús no hay problemas sin solución, pues Él es Dios para quien nada es imposible (cfr. Mt 19,26). 

SÚPLICA A DIOS POR LA PROTECCIÓN
DE NUESTRA FAMILIA Y NUESTRO LUGAR 

Extiende tu mano en dirección a la puerta de entrada de tu casa y vamos a orar pidiendo al Señor que proteja y selle tu lugar en el mundo contra todo mal: 
Padre amado, en Nombre de Jesús y por el poder del Espíritu Santo, te pido ahora toda protección sobre mi casa y los que en ella viven. Señor, tú eres el verdadero dueño de este lugar. Por tus manos nuestra familia se formó y por tu bondad ella se mantiene. Del mismo modo que ahora me pongo enteramente bajo tu protección, coloco también mi familia, a fin de que ella sea siempre buena, santa y llena de amor por ti. Bendice, Señor, mi casa, pues en Tu Santo Nombre también la bendigo. No permitas jamás que tu bendición se aparte de nosotros por causa de mis pecados y de mi negligencia. 
En el pasado, para que el espíritu de muerte no afligiese al pueblo, Tú Señor mandaste que fuesen sellados los dinteles de las puertas de sus casas con la sangre de corderos. Señor, te suplico en este momento: no con Sangre de corderos, sino con Sangre de Cristo, sella los dinteles de las puertas de mi casa y también de mi corazón, para que ningún mal pase por ahí y lo penetre. Señor, haz que el enemigo o sus emisarios se mantengan distantes y no puedan pasar por ellas -que todo y cualquier mal sea por la sangre de Cristo borrado. 
Señor y Padre nuestro, te suplico que todos aquellos que por esa puerta pasen e ingresen sean bendecidos y purificados por la preciosísima Sangre de Tu amado Hijo Jesús -que permanezcan en el corazón de esas personas solamente las intenciones buenas. Que ellas sean liberadas al entrar. Que sean protegidas y bendecidas al salir. Que al pasar por esas puertas selladas con la Sangre de Cristo, Tu Santo Ángel nos acompañe y guarde allí donde vayamos y siempre nos purifique cuando volvamos, a fin de que los males de las calles no ingresen a nuestra morada. 
Señor, aparta de esta casa y de los que en ella habitan las dolencias, la pobreza y las riquezas peligrosas. Libra este lugar y esta familia de todas las desgracias, males y peligros espirituales y físicos. Concédeles todas aquellas gracias tan necesarias y preciosas para vivir bien, con felicidad, protección y salvación. Concede también aquellas gracias que yo, por no saber orar como conviene, no sé pedir. 
Que en el Nombre de Jesús, el Señor nos defienda y guarde con la fuerza del Espíritu Santo. A ejemplo de lo que hicieron los Israelitas, sello mi familia y mi corazón con la Sangre de Cristo. Afirmo que las puertas de mi casa están cerradas al maligno y abiertas para ti, mi Dios y Señor. 
Amén 

(Como señal de esta entrega a Dios, puedes fijar un pequeño crucifijo en el dintel de la puerta de tu casa) 

Otro testimonio interesante fue el de una mujer. Ella solo podía mover el brazo derecho con mucha dificultad. El Señor la curó en un momento personal de oración de liberación. Estaba envuelta con el ocultismo y traía un gran odio contra una persona, a quien procuraba hacer el mal a través de hechicerías. Por más que intentase orientarla, ella parecía no comprender los males de aquel enredo. Le pregunté qué quería que orásemos por ella y, durante la oración, nos fue dada la Palabra de ciencia de que el Señor la estaba liberando de un espíritu de enfermedad. Entonces proclamamos: “Espíritu de enfermedad, te ordeno en Nombre de Jesús que dejes esta mujer y ve a los pies de la Cruz para que Cristo te ordene que hacer. Te prohíbo volver a esta mujer para perjudicarla, pues ella esta en las manos de Dios y no en las tuyas”. Ella sintió un escalofrío y después un gran calor en el hombro, y desde ese momento comenzó a mover el brazo normalmente. El Señor la había sanado. 

Satanás la estaba atormentado para que viviese amargada, llena de rencor y amarrada por la intención de venganza. Dios, por lo tanto, la liberó, curándola y bendiciéndola de tal manera que no parecía más la misma persona por la alegría que irradiaba. 

Algunas personas encuentran raro que cosas así sucedan, a pesar de que lo que sería realmente extraño es si Dios no cumpliese sus promesas: “Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. 

Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: «¡Aquí estoy!». Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía” (Isaías 58, 8-10)

Marcio Mendes,
“Pasos para la sanación y liberación completa” – Editorial Canción Nueva
Adaptación del original en portugués

Atento a tu voz

"Estoy todavía tan dividido. Verdaderamente quiero seguirte pero también quiero seguir mis propios deseos y prestar atención a las voces que hablan de prestigio, éxito, respeto humano, placer, poder e influencia. Ayúdame a ser sordo a estas voces y a estar más atento a tu voz que me llama a elegir el sendero angosto hacia la vida. 

Sé que la Cuaresma va a ser un tiempo muy difícil para mí. La elección de tu camino debe hacerse en cada momento de mi vida. Tengo que elegir los pensamientos que sean tus pensamientos, las palabras que sean tus palabras y las acciones que sean tus acciones. No hay lugares ni momentos sin elecciones y sé cómo me resisto profundamente a elegirte."

Henri Nouwen


CONVERTIRSE EN PAN

Algunos no ven el alimento que pueden dar o no son conscientes de que pueden convertirse en pan para los demás. No creen que su palabra, su sonrisa, su ser, su oración puedan alimentar a los demás y devolverles su confianza. Jesús nos llama para dar la vida por los que amamos. Comiendo el pan convertido en su Cuerpo, nos convertimos nosotros también en pan para los demás. 
Jean Vanier , La Comunidad, P 210 


Salmo 104 B


No dejes que la tormenta de tentaciones te afecte

Recordemos que las batallas espirituales deben llevar el sello de la honestidad y la humildad.


Cuando seamos tentados, demostremos nuestra paciencia y empecemos a orar. La tentación es un conocedor muy astuto. Es capaz de hacer que las cosas más pequeñas nos parezcan desmesuradamente grandes. Ciertamente, la tentación nos trae desasosiego, tristeza y crea conflictos exteriores. Conoce muchos trucos y, especialmente, llena de dudas al hombre. Por eso es que nos hace naufragar una y otra vez. Pero, cuando nos ataca la tentación, también viene la Gracia de Dios.

En verdad, si al verse sometido a la tentación, el individuo reconoce su debilidad y se humilla, atraerá la Gracia de Dios. Con esto estará impidiendo que la tormenta de las tentaciones le afecte. Es imposible que algo le dañe. Recordemos que las batallas espirituales deben llevar el sello de la honestidad y la humildad. Sólo aquel que porte ese sello no se verá afectado por las cargas de esta vida, las maldades del demonio y la enemistad de quienes le obedecen a éste. 

fuente: Doxo

Meditación: Mateo 21, 33-43. 45-46

Les será quitado a ustedes el Reino de Dios.
Mateo 21, 43

En el Evangelio de hoy, Jesús reprende a los jefes religiosos judíos por su falta de fidelidad a la ley y a la alianza de Dios y les anuncia un juicio: “Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos” (Mateo 21, 43).

La historia ha demostrado que cuando los jefes religiosos faltan a su sagrada vocación, todos sufren en la Iglesia. Sin embargo, tal vez haríamos bien en considerar las dificultades que constantemente enfrentan los que tienen la misión de pastorear la familia cristiana.

Muchas veces, agobiados por el arduo trabajo que han de realizar, seguramente sienten que llevan sobre sus hombros el peso de todo el mundo. Saben que han de escuchar la voz del Espíritu, pero las exigencias de tanta gente y de sus innumerables obligaciones terminan por ahogar la “voz tenue y susurrante” que les habla en la oración y en las palabras de la Escritura.

Si recordamos las presiones y exigencias que conlleva el ejercicio de la autoridad religiosa, posiblemente seamos más dados a orar por ellos y menos proclives a criticar a aquellos que Dios ha llamado a pastorear a su pueblo. Es cierto que algunos obispos y sacerdotes han cometido faltas graves, que no pueden pasarse por alto; pero esto nos debe llevar a orar por su sanación y su recuperación, y pedir por la fortaleza y santidad de todos los ministros consagrados.

Tal vez lo mejor que podemos hacer los laicos para colaborar con quienes dirigen al pueblo de Dios es llevar una vida cristiana lo más auténtica posible. ¡Qué gran bendición sería para los párrocos y los vicarios comprobar que sus fieles están viviendo realmente el Evangelio de Cristo! Esto, más que cualquier otra cosa, les elevaría el espíritu y les daría la seguridad de que su trabajo es valioso y productivo. Así pues, busquemos todos, seamos obispos, sacerdotes o fieles laicos, la santidad y la fidelidad a Cristo, para que la Iglesia sea una luminaria que resplandece en el mundo y atraiga a muchos otros a buscar el amor y el perdón de Dios. En efecto, lo único que puede transformar la vida, tanto del clero como del laicado, es la entrega diaria, humilde y sincera, de cada uno en las manos misericordiosas de Cristo Jesús.
“Padre eterno, te pedimos que protejas a los pastores de tu Iglesia de las dificultades y tentaciones, para que conduzcan a tu pueblo por la senda de la santidad.”
Génesis 37, 3-4. 12-13. 17-28
Salmo 105(104), 16-21
fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

DECILE NO

"Decile no a la violencia en las redes sociales! No compartas contenido ofensivo e irrespetuoso. No participes en grupos de whatsapp o de otras redes sociales que difunden chismes, hagan linchamiento moral y críticas destructivas, llegando incluso a la misma iglesia.
"quien escucha la voz de Jesucristo no alimenta ni reproduce la violencia extendida en la sociedad. Al contrario, contribuye a la paz mediante el respeto y el diálogo, la misericordia y el perdón. Quien escucha la voz de Jesús testifica su palabra "ustedes son todos hermanos", nunca tratando al que piensa diferente como un enemigo a ser combatido, sino como un hermano a ser amado, si es necesario con la corrección fraternal y el perdón. La paz es don de Dios que se comparte en esta cuaresma "
Cardenal Sergio de la roca.
Arzobispo de Brasilia (DF)
Presidente de la conferencia nacional de obispos de Brasil


Salmo 104


Buen día, Espíritu Santo! 02032018


RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 21,33-43.45-46.

Evangelio según San Mateo 21,33-43.45-46. 
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo". Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?». Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.» Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.» Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta. 



RESONAR DE LA PALABRA 

Carlos Latorre,
Misionero Claretiano

Queridos amigos:
El drama familiar que nos presenta la primera lectura de hoy es realmente estremecedor. La envidia y los celos se apoderan de los hijos de Jacob. Y surgen en sus corazones unos sentimientos tan terribles que deciden matar a un pobre inocente, José, el hermano más pequeño. Se dicen entre sí: «Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado. Veremos en qué paran sus sueños». El odio es tan profundo que les ha secado el corazón y no tienen el menor reparo en sentarse a comer como si nada hubiera pasado. En el grupo hay dos hermanos que buscan estratagemas para no quitar la vida a José y lo venden a unos mercaderes como esclavo.
La dramática historia de José se repite en Jesús que también fue vendido por unas pocas monedas y, siendo inocente, condenado a sufrir la muerte en la cruz entre dos malhechores.
Si dramática es la historia anterior, no lo es menos la parábola de los viñadores que nos propone hoy el evangelio. Tal vez nos resulte un poco extraña a nosotros hoy día, pero es la explicación del trágico final de Jesús. A los comienzos las enseñanzas de Jesús se dirigen a todo el pueblo de Israel para comunicarle que ha llegado el momento de llevar la salvación de Dios a todas las naciones. Pero la invitación es rechazada y el hijo del dueño de la viña, Jesús, asesinado violentamente. Pero el plan de Dios no puede fracasar y otros pueblos y naciones darán los frutos que Dios espera de su viña, es decir de la humanidad.
Si hacemos aterrizar todo este gran mensaje de la Palabra de Dios en nuestras vidas nos daremos cuenta enseguida que la palabra de Dios no ha sido escrita para los demás, sino que también yo estoy incluido en los planes de Dios nuestro Padre, porque soy parte de la humanidad. El Señor espera frutos de mi vida. ¿Qué estoy dispuesto a entregarle?
En nuestra tradición cristiana los viernes siempre han sido días penitenciales sobre todo en Cuaresma. ¿Será que se nos pide algo que no somos capaces de realizar? Tampoco se trata de exigirnos algo para salir del paso y “quedar bien con el Jefe”. Se trata sobre todo de dar sentido a nuestra vida; que el tiempo no se me vaya de las manos inútilmente, pues no hay forma de recuperar el tiempo perdido, sino es llenando de sentido el tiempo que se nos regala cada día.
Cuenta el P. Silvio A. Ortiz:
“Satanás reunió a todos sus diablitos para una cumbre mundial de sus secuaces y en el discurso inaugural dijo: -No podemos permitir que los cristianos establezcan una relación íntima con Dios a través de la oración, los sacramentos, lecturas bíblicas, sacrificios y penitencias, pues una vez que se da esta relación entonces los perdemos y será imposible llevarlos al infierno. 

- En las iglesias y en las reuniones de grupo inventemos chismes y dividamos a los cristianos para que salgan de ahí con sus mentes perturbadas.
Uno de los presentes preguntó: ¿Y qué podemos hacer?
Satanás respondió: “Robémosle su tiempo” de manera que no tengan tiempo para Dios. Lo que quiero es que los distraigan durante todo el día.

-¿Y cómo haremos eso? –preguntaron.

Y Satanás respondió:
- Llévenlos al consumismo, es decir, a gastar, gastar y gastar. Y que no haya tiempo para los hijos ni para sus seres queridos”.
Cuánto bien nos pueden hacer estos 40 días de preparación a la Pascua, si intentamos poner en práctica algunos propósitos urgentes que no somos capaces de cumplir a lo largo del año. Hasta el diablo tiene su estrategia para apartarnos del camino que nos puede llevar a Dios. Son las tentaciones modernas.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 020318

San Buenaventura (1221-1274), franciscano, doctor de la Iglesia 
La Viña mística, cap. 3, § 5-10
“Lo cogieron, lo echaron fuera de la vid y lo mataron”

     "Yo soy la vid verdadera" dice a Jesús (Jn 15,1)… Cavamos zanjas alrededor de esta vid, es decir cavamos trampas con astucia. Cuando se conspira para hacer caer a alguien en una trampa, es como si caváramos un hoyo delante de él. Por eso se lamenta diciendo: "Cavaron una fosa delante mío" (Sal. 56,7)… Veamos un ejemplo de estas trampas: "Trajeron a una mujer adúltera "ante el Señor Jesús" diciendo: ' Moisés nos ordenó lapidar a estas mujeres. ¿Y tú, qué dices? ' " (Jn 8,3s)… Y otro: "¿Está permitido, sí o no, pagarle el impuesto al emperador?" (Mt 22,17)…

    Pero descubrieron que estas trampas no perjudicaban la vid; al contrario, cavando estas fosas, ellos mismos cayeron dentro de ellas (Sal. 56,7)… Y siguieron cavando: no sólo las manos y los pies (Sal. 21,17), sino que perforaron su costado con una lanza (Jn 19,34) y pusieron al descubierto el interior de este corazón santo, que había sido herido por la lanza del amor. En el cántico de su amor, el Esposo dijo: "Heriste mi corazón, mi hermana, mi esposa" (Cant 4,9 tipos de Vulg). Señor Jesús, tu corazón ha quedado herido por amor a tu esposa, tu amiga, tu hermana. ¿Era necesario que tus enemigos lo hirieran más? ¿Qué hacéis, enemigos? ¿No sabíais que este corazón del Señor Jesús, golpeado, ya estaba muerto, desgarrado, y no podía padecer más por otro sufrimiento? El corazón del Esposo, del Señor Jesús, ya había recibido la herida del amor, la muerte del amor. ¿Qué otra muerte podría alcanzarlo?... Los mártires también se ríen cuando se les amenaza, se regocijan cuando se les golpea, triunfan cuando se les mata. ¿Por qué? Porque ya murieron por amor en su corazón, "muertos al pecado" (Rm 6,2) y en el mundo…

    El corazón de Jesús fue herido y murió por nosotros; la muerte física triunfó un instante, pero fue vencida para siempre. Ha sido aniquilada cuando Cristo resucitó de entre los muertos, porque "sobre Él la muerte no tiene ningún poder" (Rm 6,9).

jueves, 1 de marzo de 2018

LAS COMIDAS

La comida es una pequeña fiesta cotidiana, donde todos se reúnen alrededor de la misma mesa. Es una realidad maravillosamente humana, el momento donde se entremezcla la alegría del comer y beber, con la alegría del encuentro. Por este motivo, es oportuno evitar a toda costa las discusiones agresivas y las actitudes demasiado serias o pedagógicas en la mesa. La comida es el lugar de esparcimiento del cuerpo y del espíritu. La risa es excelente para la digestión. Los niños sufren graves trastornos si sus comidas no transcurren en una atmósfera de esparcimiento. Por mi parte, sé que las tensiones en la mesa me quitan el apetito y me estropean el hígado. 
Jean Vanier , La Comunidad, P 349 


Si lo buscan, Él se dejará encontrar

La oración es cosa simple, pero es poderosa para cambiar cualquier vida. Acércate en estas 40 horas al Nuestro Buen Señor, vivo en el Santo Sacramento del Altar. Espera mucho, y espera cosas muy buenas, Él se deja encontrar por quienes le buscan.
ZARZA ARDIENTE
Desde las 7 horas del jueves 1 hasta las 24 hs. del viernes 2
Capilla de Adoración.


Nuestro pecado más común

Ron Rolheiser
Trad. Benjamín Elcano, cmf
Lunes, 19 de febrero de 2018
fuente: Ciudad Redonda

Clásicamente, el Cristianismo ha catalogado siete pecados como “mortales”, significando que casi todo lo demás no virtuoso que hacemos toma su raíz, de alguna manera, en una de estas congénitas tendencias. Estos son los odiosos siete pecados: orgullo, codicia, lujuria, envidia, gula, ira y pereza.

En la literatura espiritual, los tres primeros -orgullo, codicia y lujuria- se llevan la mayor parte de la tinta y la atención. El orgullo es presentado como la raíz de todo pecado, el primordial desafío que Lucifer hace a Dios, como repetido por siempre en nuestras propias vidas: ¡No serviré! La codicia es vista como la base para nuestro egoísmo y nuestra ceguera hacia otros; y a la lujuria se le ha dado frecuentemente suma notoriedad, como si el sexto mandamiento fuera el único.

No niego la importancia de estos, pero sospecho que el pecado que más comúnmente nos aflige y no es muy mencionado en la literatura espiritual es la ira, esto es, la cólera y el odio. Me aventuro a decir que la mayoría de nosotros obramos, aunque inconscientemente, por ira, y esto se muestra en nuestro constante criticismo de otros, en nuestro cinismo, en nuestros celos de otros, en nuestra amargura y en nuestra incapacidad de alabar a otros. Y a diferencia de la mayoría de nuestros otros pecados, la ira es fácil camuflarla y racionalizarla como virtud.

A cierto nivel, la ira se racionaliza frecuentemente como indignación justificada sobre las flaquezas, la estupidez, la egolatría, la codicia y las faltas de otros: ¡Cómo no voy a estar furioso con lo que veo todos días! Aquí la ira se muestra en nuestra contante irritación y en nuestra rapidez en corregir, criticar y hacer una cínica advertencia. Por lo contrario, somos muy remisos en alabar y afirmar. Entonces la perfección viene a ser el enemigo de lo bueno; y, ya que nada ni nadie es perfecto, estamos siempre en actitud crítica y vemos esto como una virtud más bien que como lo que de hecho es, a saber, una incipiente ira e infelicidad dentro de nosotros mismos.

Pero nuestro infeliz cinismo no es aquí el problema más gordo. Más seriamente, con demasiada frecuencia se hace gala de la ira como virtud divina, como rectitud, como profecía, como una sana y divinamente inspirada militancia por la verdad, por la causa, por la virtud, por Dios. Y así, nos definimos como “santos guerreros” y “vigilantes defensores de la verdad”, tomando justificación en la popular (aunque falsa) opinión de que los profetas son gente airada, en apasionado fuego por Dios.

Sin embargo, hay una distancia casi infinita entre la verdadera ira profética y la ira de que hoy comúnmente se hace gala como profecía. Daniel Berrigan, en sus criterios con relación a la profecía, expone (y acertadamente) que un profeta es alguien que hace un voto de amor, no de alienación. La profecía se caracteriza por el doliente amor que busca reconexión, no por la agresiva ira que causa separación.

Y el amor no es generalmente lo que más caracteriza a la así llamada ira profética en nuestro mundo de hoy, especialmente por lo que pertenece a Dios, a la religión y la defensa de la verdad. Veis esto en sus peores formas en el extremismo islámico, en el que, en nombre de Dios, se pone el manto de Alá a toda clase de odio, violencia y asesinato al azar. Blaise Pascal capta bien esto en su Pensees, donde escribe: “Los hombres nunca hacen el mal tan completa y alegremente como cuando lo hacen por convicción religiosa”. Se equivoca en una cosa: la mayoría no lo hacemos alegremente, sino airadamente. Uno sólo tiene que leer en nuestros periódicos las cartas al director, escuchar la mayoría de nuestras cadenas de radio o escuchar cualquier debate sobre política, religión o moralidad, para ver que el odio feroz y la ira se justifican en terrenos morales y divinos.

Se da algo así como una sana ira profética, una ardiente respuesta cuando los pobres de Dios, la palabra de Dios o la verdad de Dios es difamada, abusada o descuidada. Hay importantes causas y fronteras que defender. Pero la ira profética es una ira que emana del amor y la empatía, y siempre, sin hacer caso del odio que encuentra, aún muestra amor y empatía, como una amorosa madre ante un hijo beligerante. Jesús, en su debido tiempo, muestra esta clase de ira, pero su ira es antitética a casi todo lo que hoy se disfraza como ira profética, donde el amor y la empatía están tan claramente ausentes.

Alguien dijo una vez que pasamos la primera mitad de la vida luchando con el sexto mandamiento y luego pasamos la segunda mitad de la vida luchando con el quinto mandamiento: ¡No matarás! Vemos esto ilustrado en la famosa parábola del Hijo Pródigo, su hermano mayor y su pródigo padre. El hijo pequeño está fuera de la casa de su padre con todas consecuencias, luchando por entero con las seductoras energías de la juventud. El hermano mayor está también fuera de la casa de su padre con todas consecuencias, no por pecado, sino por luchar con ira.

De niño, fui catequizado para confesar los “malos pensamientos” como pecaminosos, pero entonces los malos pensamientos eran definidos como pensamientos sexuales. Mientras envejecemos -sugiero yo- podríamos continuar confesando “malos pensamientos”, pero ahora esos “malos pensamientos” tienen que ver con la ira.

Un cínico -se dice- es alguien que se ha rendido, ¡pero no se ha callado! Es también alguien que ha confundido uno de los siete pecados mortales, la ira, con la virtud.

Meditación: Lucas 16, 19-31

Un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas.
Lucas 16, 20




En la parábola del rico y Lázaro, Jesús nos muestra cuánto le importan a Dios los pobres de este mundo. Es un relato conmovedor, pero ¿qué relación tiene con nuestra vida hoy? En su doctrina social, la Iglesia nos dice que la alianza de Dios con Israel dependía de la forma como su pueblo trataba a los pobres y marginados, es decir, que no debía haber separación entre sus prácticas religiosas y su relación con los menos privilegiados del pueblo.

Los Obispos de los Estados Unidos, en su carta pastoral “Justicia económica para todos” de 1996, nos dicen: “Como seguidores de Cristo, somos llamados a tomar ‘una opción fundamental por los pobres’ es decir, hablar por los que no tienen voz, defender a los que no tienen defensa, evaluar los modos de vida, las prácticas políticas y las instituciones sociales en términos de su impacto sobre los pobres” (16).

Es un hecho innegable que Dios quiere que trabajemos todos juntos para mejorar la situación de los más débiles de la sociedad, porque al fin de cuentas, la fuerza moral de cualquier comunidad será reconocida por la manera como haya tratado a sus miembros más vulnerables, no por lo que cada uno haya conseguido.




Esta opción preferencial por los pobres nos lleva a preocuparnos de las necesidades de quienes luchan para sobrevivir antes que de las nuestras; y no buscar una gran comodidad, mientras millones de personas siguen subsistiendo en la pobreza extrema. Entonces, ¿qué podemos hacer para aliviar el sufrimiento de quienes carecen de las necesidades básicas de alimento, techo, educación y salud? No se trata solamente de analizar una serie de demandas; sino confiar en que cada uno de nosotros puede ayudar a traer justicia al mundo. ¡Somos más poderosos de lo que pensamos!

Pero, ¿qué significa todo esto para tu vida personal? Quizás podrías pensar en cómo gastas el dinero y qué haces en tu tiempo libre. ¿Por qué no llevas a tu familia a servir a los pobres en un comedor popular? ¿Por qué no donas las mantas y ropa extra que se acumulan en tu closet? Si todos los que lean esta meditación hacen algo para ayudar a los pobres y necesitados, ¡este mundo sería mucho mejor de lo que es!
“Amado Jesús, Señor mío, congrega a los pobres y necesitados en tus brazos protectores. Ayúdame a tratarlos a ellos como tú me tratas a mí.”
Jeremías 17, 5-10
Salmo 1, 1-4. 6

Fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 16,19-31.

Evangelio según San Lucas 16,19-31. 
Jesús dijo a los fariseos: "Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan'. 'Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí'. El rico contestó: 'Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento'. Abraham respondió: 'Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen'. 'No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán'. Pero Abraham respondió: 'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'". 


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos:
El evangelio de hoy nos trae una parábola muy conocida llamada del rico y el pobre Lázaro.
¿Cuál fue el pecado del rico que lo llevó a sufrir la condena en la otra vida? El pecado del rico consistió en haber hecho de las riquezas su dios; y este dios mató su corazón, su sensibilidad y su humanidad, pues a su alrededor ya no existían otras personas más que él. ¿Cómo iba a poder ver a aquel pobre hombre despreciable, Lázaro, tumbado a la puerta de su palacio esperando algunas sobras para comer?

La parábola continúa explicando que esta vida terrena se acaba tanto para los pobres como para los ricos. Y hay un juicio de Dios que nos espera a todos por igual para enfrentar la verdad o la mentira de nuestra vida. El rico descubrió demasiado tarde que había equivocado el camino: no había sitio para él en el cielo que es el reino de la fraternidad y del amor.

En un segundo momento dice el evangelio que el rico se acordó de sus hermanos que llevaban el mismo camino equivocado que él y le pidió a Dios: “que vaya Lázaro a avisarles”. ¿Serviría para algo la palabra de Lázaro siendo como era el pobre lleno de llagas, tumbado a la puerta de la casa y al que sólo los perros se acercaban? Se burlarán de él diciendo: ¡Qué nos puede enseñar un hombre tan miserable! ¡Qué sabrá él de la “otra vida”!

Para cambiar su forma de pensar les bastaría con detenerse a escuchar el Evangelio. Pero muchos leen este texto de hoy y no sienten que deban cambiar nada. Piensan que el dinero que tienen con su esfuerzo se lo han ganado y pueden hacer con él lo que les venga en gana.
Lo que interesa es disfrutar de esta vida y nada más.

En muchas ocasiones el Papa Francisco se ha referido al dinero “que roba el alma”. “Las riquezas son buenas y sirven para hacer muchas cosas buenas, para sacar adelante a la familia: ¡esto es verdad! Pero si las acumulas como un tesoro, ¡te roban el alma!”. “El dinero enferma también el pensamiento, y lo hace ir por otro camino. Algunos incluso llegan a considerar la religión como una fuente de ingresos”. “¡Sí, el dinero lo corrompe todo! ¡No hay salida!”.

Por eso en su mensaje para esta Cuaresma nos escribe: “El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás”.

¿Qué se puede comprar con dinero?:
La mejor cama del mundo, pero no el sueño ni la paz. 
La más rica comida, pero no el apetito.
Un libro, pero no la inteligencia. 
Una casa, pero no un hogar.
El lujo, pero no la belleza. 
La medicina más cara, pero no la salud.
El sexo, pero no el amor. 
La diversión, pero no la felicidad.
Un crucifijo de oro, pero no la Fe. 
Una precioso panteón en el cementerio, pero no el cielo. 
Si tenemos fe en Dios , el dinero no lo es todo en la vida.
No siempre Dios te da lo que le pides, pero siempre te dará lo que de verdad necesitas.

Tu hermano en la fe
Carlos Latorre
Misionero Claretiano

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 010318

San Gregorio Nacianceno (330-390), obispo y doctor de la Iglesia 
Sermón 14 sobre el amor a los pobres, 38.40
“Delante de su puerta había un pobre acostado”

    “Dichosos los misericordiosos, dice el Señor, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5:7). No es, por cierto, la misericordia una de las últimas bienaventuranzas. “Dichoso el que cuida del pobre y desvalido”. Y de nuevo: “Dichoso el que se apiada y presta”. Y en otro lugar: “El justo a diario se compadece y da prestado” (Sl 71:13; 111:5; 36:26). Tratemos de alcanzar la bendición, de merecer que nos llamen dichosos: seamos benignos.

    Que ni siquiera la noche interrumpa tus quehaceres de misericordia. No digas: “Vuelve, que mañana te ayudaré” (Sl 3:28). Que nada se interponga entre tu primera reacción y tu generosidad... “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo” (Is 58:7) y no dejes de hacerlo con agrado y presteza. “Quien reparte limosna, dice San Pablo, que lo haga con agrado” (Rm 12:8). Tu mérito será doble por la presteza en realizarlo. Porque lo que se lleva a cabo con ánimo triste y forzado no merece gratitud ni tiene nobleza. De manera que cuando hacemos el bien, hemos de hacerlo, no tristes, sino con alegría... “Entonces saldrá tu luz como la aurora, te abrirá camino la justicia” (Is 58:8). ¿Hay alguien que no desee la luz y la justicia?...

    Es por eso, servidores de Cristo, sus hermanos y coherederos (Gal 4:7), visitemos a Cristo mientras nos sea posible, curémoslo, no dejemos de alimentarlo o de vestirlo; acojamos y honremos a Cristo (Mt 25:31s), no sólo invitándolo a la mesa, como algunos lo han hecho, o cubriéndole de perfumes, como María Magdalena, o cooperando a su sepultura, como Nicodemo... Ni con oro, incienso y mirra, como los magos... El Señor del universo “quiere misericordia y no sacrificios “ /Mt 9:13), nuestra compasión mucho más que “millares de corderos cebados (Mi 6:7). Presentémosle nuestra misericordia mediante la solicitud para con los pobres y humillados, de modo que, cuando nos vayamos de aquí nos “reciban en las mansiones eternas” (Lc 16:9) en el mismo Cristo , nuestro Señor.