sábado, 2 de febrero de 2019

«Luz para alumbrar a las naciones»

Beato Guerrico de Igny, abad cisterciense
«Luz para alumbrar a las naciones»

Te bendigo y te glorifico, o Llena de gracia (Lc 1,28); has traído al mundo la misericordia que ha venido a nosotros. Tú has preparado el cirio que tengo hoy entre mis manos (en la liturgia de esta fiesta). Tú has aportado la cera para esta llama… cuando tú, Madre inmaculada, has vestido de carne inmaculada al Verbo inmaculado, tú su Madre inmaculada.

¡Ea, hermanos! Hoy este cirio arde en las manos de Simeón. Venid a recibir la luz, venid y encended vuestros cirios, quiero decir vuestras lámparas que el Señor quiere ver en vuestras manos (Lc 12,35). “Mirad hacia Él y quedaréis radiantes” (Sal 33,6). No tanto para llevar en vuestras manos una antorcha sino para ser vosotros mismos antorcha que brilla por dentro y por fuera, para vuestro bien y bien de los hermanos:…Jesús iluminará vuestra fe, os hará brillar por vuestro ejemplo, os sugerirá buenas palabras, inflamará vuestra oración, purificará vuestra intención…

Y tú, que posees tantas lámparas interiores que te iluminan, cuando se apague la lámpara de esta vida, brillará la luz de la vida que no se apagará jamás. Será para ti como la aparición del esplendor del mediodía en pleno atardecer. En el momento en que piensas que vas a extinguirte, te levantarás como la estrella de la mañana (Jb 11,17), y tus tinieblas se transformarán en luz de mediodía (Is 38,10). No habrá sol durante el día y la luz de la luna no te iluminará más, pero el Señor será tu luz perpetua (Is 60,19), porque la antorcha de la nueva Jerusalén es el Cordero (Ap 21, 23). ¡A él gloria y honor por los siglos sempiternos! Amén.

Sermón:
Primer sermón para la Purificación, 3-5; SC 166.
«Luz para alumbrar a las naciones» (Lc ,).

Cristo tomó la condición de esclavo

San Cirilo de Alejandría, obispo
Al asumir la condición de esclavo, Cristo, en cierto modo, fue contado entre los siervos

Acabamos de ver al Emmanuel acostado en un pesebre como un niño recién nacido, envuelto en pañales según la humana costumbre, pero divinamente celebrado por el santo ejército de los ángeles. Estos serán los encargados de anunciar a los pastores su nacimiento. Pues Dios Padre otorgó a los celestes espíritus este altísimo privilegio: ser los primeros en predicar a Cristo. Acabamos de ver también hoy cómo Cristo se somete a las leyes mosaicas; más aún, hemos visto cómo Dios, el legislador, se sometía, como un hombre cualquiera, a sus propias leyes. Esta es la razón por la que el sapientísimo Pablo nos da esta lección: Cuando éramos menores estábamos esclavizados por lo elemental del mundo. Pero, cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley.

Así pues, Cristo rescató de la maldición de la ley a los que estaban bajo la ley, pero no a los que eran observantes de la ley. Y ¿cómo los rescató? Cumpliéndola. O dicho de otro modo, mostrándose morigerado y obediente en todo a Dios Padre, a fin de reparar los pecados de prevaricación cometidos en Adán. Pues está escrito que así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos. Por tanto, sometió como nosotros la cerviz al yugo de la ley, y lo hizo por razones de justicia.

Convenía, en efecto, que él cumpliera toda la justicia. Pues al asumir realmente la condición de siervo, quedaba, por su humanidad, inscrito en el número de los súbditos: pagó, como uno de tantos, a los que cobraban el impuesto de las dos dracmas, aun cuando por su calidad de Hijo era naturalmente libre y exento del tributo.

Ahora bien, al verle observar la ley, cuidado no te escandalices ni lo catalogues entre los siervos, a él que es libre; esfuérzate más bien en penetrar la profundidad del plan divino. Al cumplirse, pues, los ocho días, en cuya fecha y por prescripción de la ley, era costumbre practicar la circuncisión de la carne, le impusieron un nombre, y precisamente el nombre de Jesús, que significa Salvación del pueblo.

Tal fue, en efecto, el nombre que Dios Padre eligió para su Hijo, nacido de mujer según la carne. Pues fue ciertamente en ese momento cuando de manera muy especial se llevó a cabo la salvación del pueblo: y no de un solo pueblo, sino de muchos, mejor, de todas las naciones y de la universalidad de la tierra. A un mismo tiempo fue circuncidado y se le impuso el nombre, convirtiéndose efectivamente Cristo en luz que alumbra a las naciones y, a la vez, en gloria de Israel. Y si bien hubo en Israel algunos injustos, obstinados e insensatos, no obstante un resto fue salvado y glorificado por Cristo. Las primicias fueron los discípulos del Señor, cuya gloria resplandece en todo el mundo. Otra gloria de Israel es que Cristo, según la carne, procede de su raza, si bien, en cuanto Dios, está sobre todos y es bendito por los siglos. Amén.

Nos presta, pues un buen servicio el sapientísimo evangelista al relatarnos todo lo que por nosotros y para nosotros soportó el Hijo hecho carne, sin desdeñarse en asumir nuestra pobreza, a fin de que le glorifiquemos como Redentor, como Señor, como Salvador y como Dios, porque a él y, con él a Dios Padre, le es debida la gloria y el poder, juntamente con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

San Cirilo de Alejandría, obispo
Homilía: Cristo tomó la condición de esclavo
Homilía 12: PG 77, 1042.1047.1050 – – Liturgia de las Horas

Viene con poder

Adán de Perseigne, abad cisterciense
«He aquí el Señor Dios que viene con poder;
viene para iluminar nuestra mirada» (Is 35,4-5).

El Padre de la luz (Jc 1,17) invita a los hijos de la luz (Lc 16,18) a celebrar esta fiesta de luz: ” Acercaos y sed inundados de claridad “, dice el salmo (33,6). De hecho, ” el que habita una luz inaccesible ” (1Tm 6,16) se dignó hacerse accesible; él descendió en la desnudez de la carne para que lo débil y lo pequeño puedan subir hasta él. ¡Qué descenso de misericordia! “Inclinó los cielos “, es decir las cumbres de la divinidad, ” y descendió ” haciéndose presente en la carne, ” y una nube oscura estaba bajo sus pies ” (Sal. 17,10)…

¡Oscuridad necesaria para devolvernos la luz! La luz verdadera se escondió bajo la nube de la carne, (cf Ex 13,21) nube oscura por su semejanza con “nuestra condición humana de pecadores” (Rm 8,3)… Ya que la verdadera Luz hizo de la carne su escondite, ¡Que los mortales nos acerquemos hoy al Verbo hecho carne para dejar atrás las obras de la carne y aprender a pasar, poco a poco, a las obras del Espíritu! Que nos acerquemos pues, hoy, ya que un nuevo sol brilla en el firmamento. Hasta este momento encerrado en el pueblo de Belén, en la estrechez de un pesebre y conocido por un pequeño número de personas, hoy viene a Jerusalén, al templo del Señor. Está presente ante varias personas. Hasta ahora, tú Belén, te alegrabas, tú sola, de la luz que nos ha sido dada a todos. Orgullosa de tal privilegio de novedad inaudita, podías compararte con el mismo Oriente por tu luz. Mejor aún, cosa increíble, había dentro de ti, en un pesebre más luz que en el mismo sol cuando se levanta el día…Pero hoy, este sol se dispone a irradiar en todo el mundo. Hoy es ofrecido en el templo de Jerusalén, el Señor del templo.

¡Ojalá mi alma pudiera arder en el deseo que inflamaba a Simeón, para que merezca ser el portador de una luz tan grande! Pero si el alma primero no ha sido purificada de sus faltas, no podrá ir ” al encuentro de Cristo sobre los nubarrones ” de la verdadera libertad (1T 4,17)… sólo entonces podrá gozar con Simeón de la luz verdadera y, como él, irse a paz.

Adán de Perseigne, abad cisterciense
Sermón 4 para la Purificación.

Presentación

San Bernardo, abad
«Los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor» (Lc ,).

Ofrece a tu hijo, Virgen santa, y presenta al Señor el fruto bendito de tu vientre (Lc 1,42). Ofrece para nuestra reconciliación a la víctima santa que le agrada a Dios. Dios aceptará sin duda alguna esta ofrenda nueva, esta víctima de gran precio, sobre quien él mismo dijo: “éste es mi Hijo amado; en quien me complazco” (Mt 3,17). Pero esta ofrenda, hermanos, parece bastante dulce: es solamente presentada al Señor, rescatada por palomas y recuperada en seguida. Vendrá el día en que este Hijo no será ofrecido más en el Templo, ni en los brazos de Simeón, sino fuera de la ciudad, en los brazos de la cruz. Vendrá el día en que no será rescatado por la sangre de una víctima, sino donde él mismo rescatará a otros por su propia sangre… Será el sacrificio de la tarde.

Éste es el sacrificio de mañana: es alegre. Pero ése será más total, ofrecido no en el momento de su nacimiento sino en la plenitud de la edad. Al uno y al otro se puede aplicar lo que había predicho el profeta: “se ofreció, porque él mismo lo quiso” (Is 53,10). Hoy en efecto, se ofreció no porque necesitaba hacerlo, ni porque fuera sujeto de la Ley, sino porque él mismo lo quiso. Y sobre la cruz lo mismo, se ofrecerá no porque mereciera la muerte, ni porque sus enemigos tuvieran poder sobre él, sino porque él mismo lo quiso.

Entonces “te ofreceré un sacrificio voluntario”, Señor (Sal. 53,8), porque voluntariamente te ofreciste por mi salvación… Nosotros también, hermanos, ofrezcámosle lo mejor que tenemos, es decir a nosotros mismos. Él se ofreció a sí mismo, y tú, ¿quién eres para vacilar en ofrecerte por completo?

San Bernardo, abad
Homilía:
Sermón para la Presentación, n. 2.

«Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios»

Beato Guerrico de Igny, abad cisterciense
«Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios»

«Tened en las manos las lámparas encendidas» (Lc 12,35). A través de este signo visible, demos muestras del gozo que compartimos con Simeón llevando en sus manos la luz del mundo… Seamos ardorosos por nuestra devoción y resplandecientes por nuestras obras, y junto con Simeón llevaremos a Cristo en nuestras manos… La Iglesia tiene hoy la costumbre tan bella de hacernos llevar cirios… ¿Quién es que hoy, teniendo en su mano la antorcha encendida no se acuerda del bienaventurado anciano? En este día tomó a Jesús en sus brazos, el Verbo presente en la carne, como lo es la luz en el cirio, dando testimonio de que era «la luz destinada para iluminar a las naciones». Ciertamente que el mismo Simeón era «una lámpara ardiente y luminosa» dando testimonio de la luz (Jn 5,35; 1,7). Es para eso que, conducido por el Espíritu Santo del que estaba lleno, fue al Templo «para recibir, oh Dios, tu misericordia en medio de tu Templo» (Sal 47,10) y proclamar que ella era la misericordia y la luz de tu pueblo.

Oh anciano irradiando paz, no sólo llevabas la luz en tus manos sino que estabas penetrado de ella. Estabas tan iluminado por Cristo que veías por adelantado cómo él iluminaría a las naciones…, cómo estallaría hoy el resplandor de nuestra fe. Alégrate ahora, santo anciano; hoy ves lo que tú habías previsto: las tinieblas del mundo se han disipado; «las naciones caminan a su luz»; «toda la tierra está llena de tu gloria» (Is 60,3; 6,3).

Beato Guerrico de Igny, abad cisterciense
Sermón 1º para la Purificación.

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 2,22-40.


Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.
También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él
y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,
Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
"Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".
Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos:

La fiesta de la Presentación del Señor viene a recordarnos la Navidad, unas semanas después del Bautismo del Señor. Fiesta de la luz, que viene a iluminar toda oscuridad.

En el relato del Evangelio, se da un encuentro entre los ancianos y los jóvenes. Algo que el Papa Francisco está recordando frecuentemente que siempre puede ser fructífero. La juventud extrema de Jesús, y de su madre María, contrasta con la ancianidad de Samuel y de Ana. Estos dos ancianos tienen la sabiduría que dan los años para reconocer la luz, para decir una palabra adecuada, para confiar y confiarse a Dios. Para agradecer de corazón. Para llevar a otros la Buena Noticia.

La ancianidad puede considerarse hoy en algunos lugares como una edad sin valor. Frente a la fuerza de los jóvenes y a la capacidad de trabajo de los adultos, los ancianos parecerían un estorbo, sin fuerza ni mucha capacidad de acción. Y sin embargo, la Palabra de Dios nos ofrece varios ejemplos de personas ancianas que abren camino a la Luz: Abraham y Sara, que confían en medio de la adversidad, y se ponen en camino; Job, que se mantienen fiel en la desgracia; Isabel, que concibe una nueva vida cuando ya tenía muchos años…

Para acoger el Reino y ser cauce de la luz de Cristo no hay límite de edad. Lo pueden ser los jóvenes, con su fuerza, y también los ancianos, con su experiencia.

Si eres mayor, puedes agradecer al Señor todo lo recibo, que te hacen tener una experiencia acumulada con la que acompañar y alentar a los más jóvenes.

Si eres joven, escucha a los mayores, respétales y aprende de su experiencia, a la vez que aportas tu fuerza y tu juventud.

En la fiesta de la Presentación del Señor, jóvenes y mayores tienen su lugar. Que también en nuestro mundo los más jóvenes y los más mayores podamos tener nuestro lugar y nuestra aportación a la vida.

Nuestro hermano en la fe: 
Luis Manuel Suárez CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

MIS OJOS HAN VISTO A TU SALVADOR


«Mis ojos han visto a tu Salvador»

Ahí tenéis, hermanos míos, entre las manos de Simeón, un cirio encendido. También vosotros, encended en esta lámpara vuestros cirios, quiero decir estas lámparas que el Señor os ordena tener en vuestras manos (Lc 12,35). «Acercaos a él y quedaréis iluminados» (Sl 33,6) de manera que vosotros mismos seáis más que portadores de unas lámparas: unas luces que alumbren vuestro interior y también al exterior de vosotros mismos y a vuestros prójimos.
¡Que tengáis una lámpara en vuestro corazón, en vuestra mano, en vuestra boca! Que la lámpara que tenéis en vuestro corazón brille para vosotros mismos, que la lámpara que tenéis en vuestra mano y en vuestra boca brille para vuestro prójimo. La lámpara de vuestro corazón es la devoción que inspira la fe; la lámpara de vuestra mano, el ejemplo de las buenas obras; la lámpara de vuestra boca, la palabra que edifica. Porque no debemos contentarnos con ser unas luces a los ojos de los hombres gracias a nuestros actos y a nuestras palabras, sino que nos es necesario brillar incluso delante de los ángeles por nuestra oración, y delante de Dios por nuestra intención. Nuestra lámpara delante de los ángeles es la pureza de nuestra devoción que nos impulsa a cantar recogidamente o a orar con fervor en su presencia. Nuestra lámpara delante de Dios, es la sincera resolución de dar gusto únicamente a aquel ante el cual hemos encontrado gracia...
A fin de que brillen todas estas lámparas, dejaos iluminar, hermanos míos, acercándoos al que es la fuente de la luz, quiero decir a Jesús que brilla en las manos de Simeón. Él quiere, ciertamente, iluminar vuestra fe, hacer que resplandezcan vuestras obras, inspiraros la palabra justa para decir a los hombres, llenar de fervor vuestra oración y purificar vuestra intención... Y cuando la lámpara de esta vida se apagará..., veréis la luz de la vida que no se apagará jamás elevarse y subir por la tarde como si fuera en pleno esplendor de mediodía.


Beato Guerrico de Igny (c. 1080-1157)
abad cisterciense
1er sermón para la Purificación de la Virgen María, 2.3.5; PL 185, 64-65

viernes, 1 de febrero de 2019

DON BOSCO, EDÚCANOS PARA LA SANTIDAD


Don Bosco tuvo sueños proféticos. Uno de ellos fue así: vio la barca de la Iglesia en medio de una gran tempestad: olas encrespadas, un viento terrible. Al frente de la barca de la Iglesia estaba el Papa, con los brazos abiertos, conduciéndola. Detrás de él estaba la cristiandad enfrentando toda aquella tempestad.
Entonces, Don Bosco observó que el Papa estaba conduciendo la barca hacia una dirección. Y vio dos columnas. En la cima de la columna más pequeña estaba la imagen de Nuestra Señor; y, en la columna más alta estaba la Eucaristía. Cuando la barca de la Iglesia se colocó en medio de aquellas dos grandes columnas, ¡todo el mar se calmó! Lo que Jesús afirmó sucedió:
"Y yo te declaro: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella "(Mateo 16, 18).
¡Ese sueño es profético! Si la barca de la Iglesia hoy está en la tormenta, es porque la familia está en la tormenta! La Iglesia está formada por las "Iglesias domésticas" que son nuestras familias. Y el Papa está conduciendo la barca de la Iglesia, la barca de nuestras familias, hacia María y la Eucaristía.
Nunca hubo un Santo Padre que insistiera tanto en este tema como el anhelado Juan Pablo II. Él (así como todos los Papas que existieron) condujo y ahora el Papa Francisco continúa conduciendo a la familia, en medio de esa tempestad, en la dirección correcta. ¡Es necesario que estemos con el Papa, el sucesor de Pedro y el representante de Jesucristo en la tierra!
Al celebrar el día de Don Bosco, pidamos su intercesión para ser santos como él.
Repite conmigo: "¡Don Bosco, edúcanos a la Santidad! 


Tu hermano,
Monseñor Jonas Abib
Fundador de la comunidad canción nueva
Adaptación del original en portugués


Para abrirnos a la gracia en viernes

Decía el Santo Padre en Panamá a los consagrados: “es relativamente fácil para nuestra imaginación, compulsivamente productivista, contemplar y entrar en comunión con la actividad del Señor, pero no siempre sabemos o podemos contemplar y acompañar las fatigas del Señor, como si esto no fuera cosa de Dios". Por el contrario – prosiguió – “el Señor se fatigó y en esa fatiga encuentran espacio tantos cansancios de nuestros pueblos y de nuestra gente, de nuestras comunidades y de todos los que están cansados y agobiados”.
Ofrezcamos en este viernes, en el marco de nuestra preparación a la asunción del nuevo párroco que "todos nuestros cansancios descansen en Él". Pidamos esa misma gracia para el p. Nicolas y el p. Leonardo.

Nuestro presente


Enamórense

“aquello que los enamore será lo que los haga levantarse por la mañana y los impulse en las horas de cansancio, lo que les rompa el corazón y lo que les haga llenarse de asombro, alegría y gratitud. Sientan que tienen una misión y enamórense, que eso lo decidirá todo. ¡Dejemos que el Señor nos enamore!”

Santo Padre Francisco
JMJ - Panamá 2019

El poder del milagro

Cree en el poder de la semilla; después de sembrar duerme tranquilo y espera el milagro del brote. No depende de ti hacer germinar una semilla, tu obligación es apenas preparar la tierra, después colocar la semilla y cuidar con agua, con abono. Pero germinar depende de un misterioso milagro que sucede allá adentro de la semilla. Lo mismo sucede con los hijos, sucede con los alumnos, con los amigos. No depende de nosotros educar, apenas crear las circunstancias externas para que surja el milagro que existe dentro de cada uno.

p. Joaozinho scj
Cfr. Mc 4, 26-34

Meditación: Marcos 4, 26-34

A sus discípulos les explicaba todo en privado. 
Marcos 4, 34

Cuando nos enteramos de todos los problemas que hay actualmente en la sociedad, a veces nos preguntamos si Dios sigue gobernando el universo. Estas dudas quedan disipadas cuando leemos la parábola de la semilla de mostaza, en la cual Jesús dice que la semilla brota y crece aunque el sembrador esté durmiendo. El Reino de Dios está escondido en medio del mundo; Dios lo hace presente de un modo misterioso e invisible; la mano de Dios trabaja y su Reino vendrá a ser un lugar de reposo y amor para muchos (Marcos 4, 30-32).

El labrador confía en que después de preparar el terreno y sembrar (Marcos 4, 4-8), la semilla producirá una cosecha “aunque el hombre no sabe cómo” (Marcos 4, 27). El Señor se limita a hacer su parte y esperar que la naturaleza haga el resto. Del mismo modo, podemos confiar en que el Reino de Dios está creciendo en nuestro medio. Hacemos lo que podemos para prepararnos para él (Marcos 4, 14-19) y con el tiempo, Dios lo hará fructificar. Si somos obedientes, él nos usará como instrumentos para cumplir su obra. El Reino crece a medida que Dios lo hace crecer, tal como la semilla brota sin la ayuda del labrador.

Por eso hay que meditar sobre las parábolas de Jesús. La parábola del sembrador representa la vida de la Iglesia, porque al tratar de vivir santamente y difundir el evangelio, estamos sembrando, regando y dando de comer. Dios mismos ve nuestro trabajo y bendecirá el esfuerzo que hagamos; así, tal como sucede con la semilla de mostaza, la fidelidad al Señor producirá abundante fruto, es decir que el Señor bendecirá la fe de su pueblo para que la Iglesia crezca hasta transformarse en un lugar al cual muchos vendrán buscando descanso y consuelo del vacío y del pecado del mundo (Marcos 4, 32). La Iglesia será un refugio para los necesitados: pobres, solitarios, enfermos, presos, oprimidos y todos los que proclaman la palabra de vida.

La obra de Dios siempre se reconoce en la cosecha, pero también hay que reconocerla antes; no es el trabajo nuestro el que edifica la Iglesia, sino un trabajo que es impulsado y guiado por el Espíritu Santo.
“Padre celestial, enséñanos a confiar en ti como Señor de la Iglesia. Danos la gracia de hacer tu voluntad, y confiar que tu amor perfecto producirá el Reino prometido.”
Hebreos 10, 32-39
Salmo 37, 3-6. 23-24. 39-40
fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Por la mañana... 01022019

Un nuevo día te regala el Señor.
Acógelo con amor y ofrécelo especialmente por tantos hermanos que necesitan nuestra acogida generosa, que son víctimas de la trata de personas, de la prostitución forzada y de la violencia, como nos pide el Papa. Iniciamos así, un nuevo itinerario y los hermanos de la Red de Oración de Argentina nos hacen llegar las oraciones.
“Señor que seamos fecundos ofreciendo nuestro corazón abierto a quienes buscan refugio y consuelo”.
“La tierra da el fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga” (Mc 4, 26-34).
Padrenuestro...

Dios cumple su promesa

John Henry Newman
«Cuando el grano está a punto, se mete la hoz,
porque ha llegado la siega» (Mc 4,29)

Tal es el Reino escondido por Dios: lo mismo que ahora está escondido, así será revelado en el momento deseado. Los hombres creen que ellos son los dueños del mundo y que ellos pueden hacer lo que quieren. Actualmente, en apariencia «todo permanece igual que en el comienzo», y los sátiros reclaman: «¿dónde está pues la promesa de su venida?» (2Pe 3,4) Pero en el tiempo marcado, habrá una «manifestación de los hijos de Dios», y los justos «resplandecerán como el sol en el reino de su Padre» (Rm 8,19; Mt 13,43).

Cuando los ángeles se aparecieron a los pastores, fue una aparición súbita. La noche parecía igual a cualquier otra noche, como la noche en que Jacob tuvo su visión que también parecía igual a otra noche (Gn 28,11s). Los pastores velaban sobre sus rebaños, contemplaban cómo fluía la noche, las estrellas seguían su carrera, era medianoche; no pensaban en una cosa igual cuándo el ángel se les apareció. Tales son el poder y la virtud escondidas en lo visible; son manifestadas cuando Dios lo quiere.

¿Quién podría pensar, dos o tres meses antes de la primavera, que la cara de la naturaleza que parecía muerta pueda volver a ser tan espléndida y tan variada?. Lo mismo ocurre para esta primavera eterna que esperan todos los cristianos; vendrá, aunque tarde. Esperémoslo, porque «ciertamente vendrá, no tardará en venir» (He 10,37). Por eso decimos cada día: «que venga tu reino», lo que quiere decir: «Señor, muéstrate, manifiéstate, tú que estás sentado en medio de los querubines. Resplandece; despierta tu poder y ven a salvarnos» (Sal 79,2- 3). La tierra que vemos no nos satisface; es sólo un comienzo, es sólo una promesa de un más allá. Hasta en su máximo esplendor, cubierta por todas sus flores, cuando muestra de modo más sorprendente lo que esconde, esto no nos basta. Sabemos que hay en ella más cosas que no vemos. Lo que vemos es sólo la corteza exterior de un reino eterno. Sobre este reino es donde fijamos los ojos de nuestra fe.

John Henry Newman
Sermones: Dios cumple su promesa
«Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega» (Mc 4,29)
Las parábolas del Reino, El Mundo Invisible: PPS, vol. 4, Sermón 13

Cristo sembrado en tierra

Ambrosio de Milán
«Después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas» (Mc 4,32)

¿A qué es semejante el reino de Dios y a qué lo com­pararé? Es semejante a un grano de mostaza que toma un hom­bre y lo arroja en el huerto, y crece y se convierte en un árbol y las aves del cielo anidan en sus ramas. La presente lectura nos enseña que en las comparaciones hemos de atender a la natura­leza y no a la apariencia. Veamos, pues, por qué el sublime reino de los cielos se compara a un grano de mostaza; pues recuerdo que también el grano de mostaza es comparado, en otro pasaje, a la fe, cuando dice el Señor : Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: arrójate al mar (Mt 12,20). Y, realmente, no es mezquina, sino verdaderamente grande esa fe que tiene tal potencia, que es capaz de imperar a un monte para que cambie de lugar; el Señor tampoco exige una fe mediocre a sus apóstoles, porque sabe que ellos deben combatir contra la po­tencia y soberbia del espíritu del mal. ¿Quieres saber por qué hace falta una gran fe? Lee lo que dice el Apóstol: Y si yo tuviera una fe tal que fuera capaz de trasladar los montes (1 Cor 13,2).

Luego, si tanto al reino de los cielos como a la fe se les compara al grano de mostaza, no se puede dudar que la fe es el reino de los cielos, y el reino de los cielos es una realidad que en nada difiere de la fe. Por tanto, quien tiene la fe posee el reino de los cielos, reino que está dentro de nosotros como está dentro de nosotros la fe; y así leemos: El reino de Dios está dentro de vosotros (Mc 11,22), y en otra parte: Guardad la fe en vuestro interior (Mt 16,19). Y por eso Pedro, que tanta fe tuvo, recibió las llaves del reino de los cielos y poder de abrir este reino también a los otros.

Ahora, a través de la naturaleza de la mostaza, exami­nemos el contenido de esta comparación. No hay duda de que su grano es algo vil y pequeñísimo; y solamente cuando se le tritura es cuando esparce su fuerza. También la fe parece al prin­cipio algo simple, pero, una vez puesta a prueba por la adversi­dad, expande la gracia de su valor, hasta tal punto que con su perfume embriaga a todos los que oyen o leen algo sobre ella. Grano de mostaza son nuestros mártires Félix, Nabor y Víctor, los cuales, aunque lo tenían oculto, llevaban en sí mismos el buen olor de la fe. Pero con la venida de la persecución depu­sieron sus armas, ofrecieron sus cuellos y, una vez muertos por la espada, derramaron por los confines de todo el mundo la belleza de su martirio; y por eso se dice con toda razón: Su eco se ha propagado por toda la tierra (Sal 18,5).

Pero la fe unas veces es triturada, otras oprimida y otras sembrada. El mismo Señor es también un grano de mostaza. Él estaba lejos de cualquier clase de falta, pero, al igual que en el ejemplo del grano de mostaza, el pueblo, por no conocerlo, no tuvo contacto con El. Y prefirió ser triturado, con el fin de que pudiéramos decir: Nosotros somos delante de Dios el buen olor de Cristo (2 Cor 2,15); prefirió también ser opri­mido, y por eso dijo Pedro: Las turbas te oprimen (Lc 8,45); y, finalmente, prefirió ser sembrado como el grano que un hom­bre toma y lo arroja en su huerto. Y así fue, en efecto: Cristo fue apresado y sepultado en un huerto, en un huerto creció, y en un huerto resucitó y se hizo árbol, como está escrito: Como un manzano entre los árboles silvestres es mi amado entre los mancebos (Cant 2,3).

Por tanto, siembra tú también en tu huerto a Cristo —la realidad de un huerto no es otra que un lugar pletórico de gran variedad de flores y frutos—, en el cual florezca la belleza de tus obras y se respire el multiforme olor de las diversas vir­tudes. Y por eso, que allí donde haya algún fruto, esté presente Cristo. Siembra al Señor Jesús: Él es grano cuando es apresado, y en el momento de resucitar se convierte en ese árbol que da sombra al mundo; cuando es sepultado, es también grano, que se hace árbol cuando sube al cielo.

Coge también con Cristo la fe y siémbrala en ti. Siempre que creemos en Cristo crucificado, hemos cogido la fe. Pablo cogió cuando dijo: Y yo, hermanos, llegué a anunciaros el testimonio de Dios no con sublimidad de elocuencia o de sabi­duría; ya que nunca entre vosotros me precié de saber cosa al­guna sino a Cristo, y éste crucificado (1 Cor 2,1ss). Y porque él aprendió a apresar la fe, aprendió también a elevarse, y así dijo: porque a Cristo crucificado ya no le conocemos (2 Cor 5,16).

Y, finalmente, sembramos la fe, cuando, a través de la lectura del Evangelio y de los escritos apostólicos y proféticos, creemos en la pasión del Señor. Sembramos, pues, la fe, cuando la sepul­tamos en la tierra abonada y preparada de la carne del Señor, para que esta fe, con el espíritu y la dulce opresión de su cuerpo divino, se propague por su propia virtud. Y así todo el que crea que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, creerá que murió y resucitó por nosotros. Yo, pues, siembro la fe cuando la en­tierro dentro de mí.

¿Quieres saber mejor por qué Cristo es como un grano y por qué fue sembrado? Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará consigo mucho fruto (Jn 12,24). Luego no nos hemos equivocado al decir que esto era algo que El mismo había dicho. Él es, a la vez un grano de trigo, porque fortalece el corazón del hombre (Sal 103,15), y de mostaza, porque infunde calor en el corazón del mismo hombre. Y aunque ambas especies de grano parecen cuadrar plenamente, sin embargo, resulta más exacto el grano de trigo cuando se trata de su resurrección; porque Él es el pan de Dios que ha bajado del cielo (Jn 6,33), y por eso, la palabra de Dios y la realidad de la resurrección alimenta las mentes, agudiza la esperanza, e intensifica el amor; mientras que el grano de mos­taza, por ser más amargo y áspero, se aplica mejor a la pasión del Señor, puesto que ese amargor invita a las lágrimas y esa aspe­reza a la compasión. Así, cuando leemos u oímos que el Señor ayunó, que tuvo hambre, que lloró, que fue flagelado y .que en el momento de su pasión dijo: Vigilad y orad para no caer en la tentación (Mt 26,4), agarrándonos, por así decirlo, al amargo sabor de su palabra y con su ayuda, lograremos renunciar aun a los más agradables placeres del cuerpo. Luego el que siembra el grano de mostaza, siembra el reino de los cielos.

Y no desprecies este grano de mostaza; es cierto que es el más pequeño de todos los granos, pero, cuando crece, llega a ser la mayor de todas las plantas. Si este grano de mostaza es Cristo, ¿cómo puede ser este Cristo el menor o estar sujeto a crecimiento? Realmente por naturaleza no puede crecer, pero lo hace según la apariencia. ¿Quieres saber en qué sentido es el más pequeño? Atiende: Le hemos visto y no tenía apariencia ni be­lleza (Is 53,2). Y mira ahora cómo es el mayor: Eres el más hermoso de los hijos de los hombres (Sal 44,3). En efecto, Aquel que no tenía apariencia ni belleza, ha venido a ser superior a los ángeles (Hebr 1,4), sobrepasando a toda la gloria de los pro­fetas, a los que Israel, por estar enfermo, había comido como ver­duras; y es que unos no creyeron y otros no recibieron ese pan que fortalece los corazones.

Y Cristo es semilla, puesto que es descendiente de Abrahán; pues las promesas fueron hechas a Abrahán y a su descendencia. No dijo a sus descendencias, como hablando de mu­chas, sino de una sola. Y a tu descendencia que es Cristo (Gal 116). Pero no solamente Cristo es semilla, sino también la más pequeña entre todas, porque no vino con poder temporal, ni entre riquezas, ni poseyendo la sabiduría de este mundo. No obs­tante, pronto consiguió, como si se tratara de un árbol, la más elevada cima de poder, para que pudiéramos decir: A su sombra he anhelado sentarme (Cant 2,3). Y son muchas veces, al parecer, las que El aparece al mismo tiempo como grano y como árbol. El grano, cuando decían de El: ¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero? (Mt 13,55; Lc 4,22). Pero pronto creció entre estas palabras, siendo testigos los mismos judíos, aun­que no podían comprender las ramas de un árbol de tal altura, y por eso decían: ¿De dónde le viene esta sabiduría? (Mt 13,54).

Por eso el grano es como un símbolo, mientras que el árbol representa a la sabiduría, en cuyas frondosas ramas ha encontrado su morada segura no sólo el ave nocturna que ya tenía su nido, y el pájaro solitario que vivía en el tejado (Sal 101,7), sino también el que fue arrebatado al paraíso (2 Cor 12,4) y el que será transportado sobre el aire y las nubes (1 Tes 4,16). Allí también descansan las potestades, y los ángeles del cielo y todos los que merecieron subir por haber sometido su conducta a las normas del espíritu. Allí descansó Juan, cuando se recostó sobre el pecho de Jesús; y aún mejor es decir que aquél brotó como una rama alimentada con la savia de este árbol. Otra rama es Pedro y otra Pablo, que, olvidando lo que ya quedó atrás, se lanza en persecución de lo que tiene delante (Flp 3,13). Nosotros que nos hemos sentido angustiados durante tanto tiempo en el vacío de este mundo, por la tempestad y la agitación del espíritu del mal, una vez congregados de todas las naciones y después de tomar las alas de la virtud, nos hemos levantado hasta el propósito de cumplir no sólo lo esencial, sino también lo accidental de la predicación apostólica, de la que antes estuvimos tan lejos, y esto para que la sombra de los santos nos defienda del calor asfixiante de este mundo, y así, ya habitemos en la tranquilidad de una morada segura.

Y una vez que esa alma nuestra, encorvada antes, como aquella mujer, bajo el peso de los pecados, al sentirse libre ahora, como el pájaro que ha sido liberado de la red de los cazadores (Sal 123,7), podrá levantar su vuelo hacia las ramas y los montes del Señor (cf. Ps 10,1). Así, pues, antes estábamos cautivos de las superfluas observancias de la vanidad y la ligereza del vicio, pero ahora, por el contrario, desatadas nuestras manos por la fe de Cristo y libres de las cadenas de la ley del sábado, nos es­forzamos por hacer buenas obras, por lo cual, aun en los mis­mos banquetes, respetamos nuestra libertad y evitamos la intem­perancia, para que, ya que estamos libres de la ley, no seamos esclavos de los placeres. Porque es cierto que la Ley nos ligó a ella para que no ambicionásemos los placeres. Pero la gracia que suprime una esclavitud menor, ordena cosas mucho más arduas: Todo me es lícito, pero no todo conviene (1 Cor 6,12); pues re­sulta verdaderamente bochornoso usar del poder para volver a ser esclavo suyo. Deja, por tanto, de ser súbdito de la Ley para que, por medio de la virtud, puedas estar por encima de la Ley.

El Espíritu hace crecer y dar fruto

Francisco de Sales
«¿A qué compararemos el Reino de Dios?
Es semejante al grano de mostaza...» (Mc 4,30- 31)

[...] Nuestras obras, como el granito de mostaza, no son comparables a la grandeza del árbol de gloria que producen, pero tienen, sin embargo, el vigor y la virtud de operar esa gloria, pues proceden del Espíritu Santo, el cual, por una admirable infusión de gracia en nuestros corazones, hace suyas nuestras obras, y, al mismo tiempo, deja que sigan siendo nuestras, pues somos miembros de una Cabeza, de la cual Él es el Espíritu y estamos injertados en un árbol del cual Él es la savia divina. 

Nuestras obras son, ciertamente, extremadamente pequeñas y nada comparables a la gloria, pero el Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones por la caridad, las hace en nosotros, por nosotros y para nosotros, con un arte tan exquisito que esas mismas obras que son todas nuestras, son más aún suyas, pues como Él las produce en nosotros, nosotros las producimos recíprocamente en Él; como Él las hace para nosotros, nosotros las hacemos para Él, y como Él obra con nosotros, nosotros cooperamos también con Él. 

Y como de esta forma Él obra en nosotros y en nuestras obras y, en cierta forma, nosotros obramos y cooperamos en su acción; Él deja para nosotros todo el mérito y el provecho de nuestras buenas obras y nosotros dejamos, para Él, todo el honor y toda la alabanza, reconociendo que el principio, el progreso y el fin de todo el bien que hacemos depende de su misericordia, por la cual ha venido a nosotros y nos ha asistido; ha venido a nosotros y nos ha conducido, acabando así lo que había comenzado. 

¡Dios mío, Teótimo, qué bondad tan misericordiosa con nosotros es darnos esta participación! 

Nosotros le damos la gloria de nuestras alabanzas: y Él nos da la gloria de disfrutarla. En suma, por unos ligeros y pasajeros trabajos, adquirimos bienes para toda la eternidad.

«Si tuvierais fe como un grano de mostaza...» Mt 17, 20 

Como los que están expuestos al sol de mediodía, que nada más ver su claridad ya notan su calor, así la luz de la fe, en cuanto lanza el esplendor de sus verdades al entendimiento, inmediatamente nuestra voluntad se siente con el calor del amor celestial. La fe nos hace conocer, con infalible certeza, que Dios es, que es infinito en bondad, que puede comunicarse a nosotros y que no sólo puede sino que quiere; y que, por su inefable bondad, ha puesto, a nuestra disposición, todos los medios necesarios para que lleguemos a la felicidad de la gloria inmortal. 

Nosotros tenemos una inclinación natural hacia el soberano Bien y, como consecuencia, nuestro corazón siente una íntima urgencia y una continua inquietud que nunca acaba de calmar y no cesa de demostrar que le falta la perfecta satisfacción y el sólido contento. Pero, cuando la fe representa a nuestro espíritu, el bello objeto de su inclinación natural, oh Teótimo, ¡qué bienestar, qué delicia, qué estremecimiento universal en toda nuestra alma! Y ésta, llena de sorpresa ante esa excelente belleza, exclama: ¡Oh, qué hermoso eres, Amado mío!. 

... Así, mi querido Teótimo, nuestro corazón, que ha llevado por tan largo tiempo esa inclinación hacia su soberano bien, no sabía a dónde tender; pero, en cuanto la fe lo ilumina y se lo muestra, ve claro que eso era lo que anhelaba su alma, lo que su espíritu buscaba y lo que su imaginación veía, pues el corazón, por un profundo y secreto instinto, tiende, en todas sus acciones, y pretende la felicidad y la va buscando por doquier, como a tientas, sin saber dónde reside ni en qué consiste, hasta que la fe se la muestra y le describe sus maravillas infinitas; y entonces, de repente, la voluntad concibe un extremo deleite en ese objeto divino. 

Y lo mismo que el pájaro al que el halconero le quita la caperuza y ve volar la presa, se lanza en rápido vuelo. Y si se ve sujeto, aún por la brida, se debate con gran ardor, así cuando la fe nos ha quitado el velo de la ignorancia y nos muestra el soberano Bien, lo deseamos con un deseo creciente siempre, y exclamamos: ¿cuándo veremos tu rostro, oh Dios Todopoderoso?.

Francisco de Sales
Tratado del Amor de Dios: El Espíritu hace crecer y dar fruto
«¿A qué compararemos el Reino de Dios? Es semejante al grano de mostaza...» (Mc 4,30- 31)
XXI, 6. Tomo V, 256

¿Cuál es el término de nuestro caminar?

Gregorio de Nisa
«Primero la hierba, después la espiga,
y finalmente el trigo lleno de espigas»
(Mc 4,28)

La vida presente es un camino que conduce al término de nuestra esperanza tal como vemos sobre las yemas el fruto que comienza a salir de la flor y que, gracias a ella, llega a término como fruto, aunque la flor no sea el fruto. Igualmente, la cosecha que nace de las semillas no aparece inmediatamente con su espiga, sino que lo primero que crece es la hierba; después, muerta la hierba, surge el tallo del trigo y de esta manera sale el fruto maduro en la espiga. 

Nuestro Creador no nos ha destinado a una vida embrionaria; el fin de la naturaleza no es la vida de los recién nacidos. Tampoco apunta a las edades sucesivas que con el transcurso del tiempo reviste a través del proceso de crecimiento que cambia su forma, ni la disolución del cuerpo que sobreviene con la muerte. Todos estos estados son etapas en el camino sobre el que avanzamos. El fin y término del camino, a través de estas etapas, es la semejanza con el Divino; el término que la vida aguarda es la beatitud. Pero hoy, todo esto que concierne al cuerpo –la muerte, la vejez, la juventud, la infancia y la formación del embrión- todos estos estados, como otras hierbas, tallos y espigas, forman un camino, una sucesión y un potencial que permite la maduración esperada.

Gregorio de Nisa
Sermones: ¿Cuál es el término de nuestro caminar?
«Primero la hierba, después la espiga, y finalmente el trigo lleno de espigas» (Mc 4,28)
Sobre los difuntos [fr]

Cristo es el grano que ha disipado las tinieblas y ha renovado la Iglesia

Juan Crisóstomo
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?»
(Mc 4,30)

¿Hay algo más grande que el reino de los cielos y más pequeño que un grano de mostaza? ¿Cómo ha podido Cristo comparar la inmensidad del reino de los cielos con esta pequeñísima semilla tan fácil de medir? Pero si examinamos bien las propiedades del grano de mostaza, hallaremos que el parangón es perfecto y muy apropiado.

¿Qué es el reino de los cielos sino Cristo en persona? En efecto, Cristo dice refiriéndose a sí mismo: Mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros. Y ¿hay algo más grande que Cristo según su divinidad, hasta el punto de que hemos de oír al profeta que dice: Él es nuestro Dios y no hay otro frente a él: investigó el camino del saber y se lo dio a su hijo Jacob, a su amado, Israel. Después apareció en el mundo y vivió entre los hombres?

Pero, asimismo, ¿hay algo más pequeño que Cristo según la economía de la encarnación, que se hizo inferior a los ángeles y a los hombres? Escucha a David explicar en qué se hizo menor que los ángeles: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles. Y que David dijo esto de Cristo, te lo interpreta Pablo, cuando dice: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte.

¿Cómo se ha hecho al mismo tiempo reino de los cielos y grano? ¿Cómo pueden ser lo mismo el pequeño y el grande? Pues porque en virtud de su inmensa misericordia para con su criatura, se puso al servicio de todos, para ganarlos a todos. Por su propia naturaleza era Dios, lo es y lo será, y se ha hecho hombre por nuestra salvación. ¡Oh grano por quien fue hecho el mundo, por quien fueron disipadas las tinieblas y renovada la Iglesia! Este grano, suspendido de la cruz, tuvo tal eficacia que, aun cuando él mismo estaba clavado, con sola su palabra raptó al ladrón del madero y lo trasladó a las delicias del paraíso; este grano, herido por la lanza en el costado, destiló para los sedientos una bebida de inmortalidad; este grano de mostaza, bajado del madero y depositado en el huerto, cubrió toda la tierra con sus ramas; este grano, depositado en el huerto, hincó sus raíces hasta el infierno, y tomando consigo las almas que allí yacían, en tres días se las llevó al cielo.

Por tanto, el reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre tomó y lo sembró en su huerto. Siembra este grano de mostaza en el huerto de tu alma. Si tuvieres este grano de mostaza en el huerto de tu alma, te dirá también a ti el profeta: Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña.

Y si quisiéramos discutir más a fondo este tema, descubriríamos que la parábola le compete al mismo Salvador. En efecto, él es pequeño en apariencia, de una breve vida en este mundo, pero grande en el cielo. El es el Hijo del hombre y Dios, por cuanto es Hijo de Dios; supera todo cálculo: es eterno, invisible, celestial, que es comido únicamente por los creyentes; fue triturado y, después de su pasión, se volvió tan blanco como la leche; éste es más alto que todas las hortalizas; él es el indivisible Verbo del Padre; éste es en quien los pájaros del cielo, es decir, los profetas, los apóstoles y cuantos han sido llamados pueden cobijarse; éste es quien con su propio calor cura los males de nuestra alma; bajo este árbol somos cubiertos de rocío y protegidos de los ardores de este mundo; éste es el que al morir fue sembrado en la tierra y allí fructificó; y al tercer día resucitó a los santos sacándolos de los sepulcros; éste es el que por su resurrección apareció como el más grande de todos los profetas; éste es el que conserva todas las cosas mediante el Aliento que procede del Padre; éste es el que sembrado en la tierra creció hasta el cielo, el que sembrado en su propio campo, es decir, en el mundo, ofreció al Padre todos cuantos creían en él.

¡Oh semilla de vida sembrada en la tierra por Dios Padre! ¡Oh germen de inmortalidad que reconcilias con Dios a los mismos que tú alimentas! Diviértete bajo este árbol y danza con los ángeles, glorificando al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Juan Crisóstomo
Homilía: Cristo es el grano que ha disipado las tinieblas y ha renovado la Iglesia
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?» (Mc 4,30)
Homilía 7, (atribuida): PG 64, 21-26

El monte donde fue sepultado el Señor

Agustín de Hipona
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?» (Mc 4,30)

Estamos celebrando la fiesta solemne de la humildad del Señor, que se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Ese es el motivo por el que nosotros humillamos esta noche nuestras almas mediante el ayuno, la vigilia y la oración, sin que el fervor presente desdiga de esa humildad. ¿Qué es, en efecto, el grano de mostaza sino el fervor de la humildad? Mediante este grano han sido trasladados al corazón del mar los montes; es decir, los grandes predicadores del Evangelio, los apóstoles santos fueron trasladados de Judea a la tierra de los gentiles; y hasta del corazón del mundo, esto es, de los pensamientos del mundo, se hicieron dueños los montes de quienes se dijo: Tu justicia es como los montes de Dios; y también: Alumbrando tú de forma maravillosa desde los montes eternos.

Esos mismos montes iluminados, abrasados en sus cumbres, se trasladaron a sí mismos al corazón del mar, es decir, a la fe de los gentiles, y consigo llevaron también la luz que alumbra a todo hombre, cual monte de montes, rey de reyes y santo de santos, para que se cumpliese en ellos lo predicho por el profeta: En los últimos días será manifiesto el monte del Señor, dispuesto en la cima de los montes; y lo que él mismo había dicho: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: «Apártate y arrójate al mar», y lo haría.

Estos montes hicieron sagrada para nosotros esta noche, en la que el Señor resucitó del sepulcro para que el grano de mostaza enterrado no apareciese en su humillación, sino que, brotando, creciendo y extendiendo sus ramos por doquier, superase a todos los demás e invitase a los soberbios de corazón, cual si fueran aves, a buscar refugio y descanso en sí. Habite también en vuestro corazón este monte, pues no sufrirá estrechez donde la caridad le ha dispuesto un lugar amplísimo.

Agustín de Hipona
Sermón: El monte donde fue sepultado el Señor
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?» (Mc 4,30)
Sermón 223 H (Wilmart 14): PLS 2, 739

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 4,26-34.


Evangelio según San Marcos 4,26-34.

Y decía: "El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra:
sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.
La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga.
Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha".
También decía: "¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo?
Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra,
pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra".
Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender.
No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos:

Estamos acostumbrados, pero no deja de ser un milagro. Que una semilla enterrada, si tiene buena tierra y recibe agua, vaya creciendo, desarrollándose… Que crezca de noche y de día. La ciencia nos podrá explicar cómo. Pero no deja de ser algo asombroso. El milagro de la vida.

Así es el Reino de Dios, nos dice Jesús. El milagro de la Vida de Dios en el mundo, una Vida que quiere hacerse presente en cada rincón y en cada corazón, y que será plena al final de la historia. Una fuerza silenciosa que de día y de noche quiere hacer del mundo la casa de Dios. Un Espíritu que alienta en tantas personas palabras y obras que construyen, edifican, ensanchan la vida.

Estamos acostumbrados, pero no deja de ser una maravilla. Que de una de las semillas más pequeñas llegue a salir un árbol, que sirve de cobijo a los pájaros del cielo. De lo pequeño surge lo grande. Como el ser humano, originado a partir de dos pequeñas células que al unirse y crecer, forman nuestra vida.

Así es el Reino de Dios, nos dice Jesús. Algo pequeño, que quiere crecer para dar cobijo y vida. Algo discreto que quiere hacerse presente. Sin imponer, sino proponiendo.

Venga a nosotros tu Reino, Señor.
Un Reino que es regalo.
Como la semilla que, día y noche, crece.
Como el grano que se hace árbol.
Venga tu Reino, y que comience por conquistar nuestros corazones,
a veces tan vacíos y secos, a veces tan llenos y autosuficientes.
Venga, Señor, tu Reino,
Y que lo acojamos con la ingenuidad de un niño
y con la responsabilidad de un adulto.
Venga a nosotros tu Reino, Señor.

Nuestro hermano en la fe: 
Luis Manuel Suárez CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

CRISTO SEMBRANDO LA TIERRA


Cristo sembrado en tierra

En un jardín Cristo fue arrestado y sepultado; creció en este jardín, y en el mismo resucitó. Y así llegó a ser un árbol... Entonces, sembrad a Cristo en vuestro jardín... Con Cristo, muele la semilla de mostaza, apriétela y siembre la fe. La fe se prensa cuando creemos en Cristo crucificado. Pablo prensó la fe cuando decía: "No he venido a anunciar el misterio de Dios con el prestigio del lenguaje humano o de la sabiduría."
«Entre vosotros, no he querido conocer a otro más que a Jesucristo, el Mesías crucificado " (1Co 2,1-2)... Entonces sembramos la fe, cuando según el Evangelio o las lecturas de los apóstoles y de los profetas creemos en la Pasión del Señor; sembramos la fe cuando la cubrimos, en cierto modo, de terreno arado y mullido, de la carne del Señor... Quienquiera que crea que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, crea que murió por nosotros y crea que ha resucitado por nosotros. Siembro pues la fe, cuando planto la sepultura de Cristo en medio de mi jardín.
¿Sabéis que Cristo es una semilla y que es Él quién es sembrado? "Mientras el grano de trigo no caiga en tierra y muera, permanece infecundo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12,24)... Es Cristo mismo el que lo dice. Pues es a la vez grano de trigo, porque Él "fortifica el corazón del hombre" (Sal. 103,15), y semilla de mostaza, porque reanima el corazón del hombre... Es grano de trigo en cuanto a su resurrección, porque la palabra de Dios y la prueba de su resurrección alimentan las almas, aumentan la esperanza, consolidan el amor - porque Cristo es "el pan de Dios bajado por el cielo" (Jn 6,33). Y es semilla de mostaza, porque qué hay más amargo y agrio que hablar de la Pasión del Señor.


San Ambrosio (c. 340-397)
obispo de Milán y doctor de la Iglesia
Comentario al evangelio de Lucas, VII, 179-182; SC 52