lunes, 7 de diciembre de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 5,17-26


Evangelio según San Lucas 5,17-26
Un día, mientras Jesús enseñaba, había entre los presentes algunos fariseos y doctores de la Ley, llegados de todas las regiones de Galilea, de Judea y de Jerusalén. La fuerza del Señor le daba poder para curar.

Llegaron entonces unas personas transportando a un paralítico sobre una camilla y buscaban el modo de entrar, para llevarlo ante Jesús.

Como no sabían por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron a la terraza y, desde el techo, lo bajaron con su camilla en medio de la concurrencia y lo pusieron delante de Jesús.

Al ver su fe, Jesús le dijo: "Hombre, tus pecados te son perdonados".

Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: "¿Quién es este que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?".

Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "¿Qué es lo que están pensando?

¿Qué es más fácil decir: 'Tus pecados están perdonados', o 'Levántate y camina'?.

Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vuelve a tu casa".

Inmediatamente se levantó a la vista de todos, tomó su camilla y se fue a su casa alabando a Dios.

Todos quedaron llenos de asombro y glorificaban a Dios, diciendo con gran temor: "Hoy hemos visto cosas maravillosas".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

El Jesús de este pasaje evangélico afianza las rodillas vacilantes (el paralítico se incorpora y camina), despega los ojos de “los ciegos” (escribas y fariseos pasan del escándalo al asombro y a la glorificación de Dios), y hace que para todos acontezca un verdadero Adviento: la alegría de percibir que Dios está presente y cumple, por medio de Jesús, sus promesas de redención. Jesús pone gozo y alegría en el lugar de la pena y aflicción. Con su nacimiento viene Dios “en persona”, como prometía la profecía, y el creyente queda renovado, tanto que, por donde él se mueve, no hay “nada impuro”, pues es capaz de transfigurar cuanto toca. Con la llegada del Señor renacemos y renace el universo.

El texto del segundo Isaías anunciaba entusiasta el regreso a su patria de los israelitas deportados en Babilonia. Según Ezequiel, profeta contemporáneo del anterior, el pueblo había perdido toda esperanza de resurgir y sobrevivir, de reconstruir el templo y volver a practicar con libertad el culto a Yahvé; el rey de Babilonia les habría asestado el golpe definitivo… Al parecer, se vieron incluso tentados de abandonar la alianza con Yahvé y dar culto a Marduk, dios de los babilonios, que aparentemente era más fuerte. Pero Dios responde a esta situación de desaliento con la presentación de un panorama grandioso y radiaante: el pueblo renace, sus temores, parálisis y encogimientos quedan atrás, se le allana el camino a la tierra santa, adquiere unos ojos y unos oídos nuevos para escuchar la palabra de su Dios y contemplar su acción… Hasta la aridez del desierto reverdece, regada por abundantes aguas, y desaparece la amenaza de toda bestia feroz. Imágenes robustas de lo que será una humanidad restaurada.

Es ya un tópico mencionar la esperanza que el creyente debe vivir y contagiar a otros en medio de la pandemia que venimos padeciendo. Pero la pandemia no puede ser orillada en un escapismo inconsciente o irresponsable, pues forma parte bien tangible del cúmulo de amenazas, dolores y experiencias de limitación en que habitualmente nos movemos.

Pero Jesús encarnado padeció esas mismas limitaciones; experimentó hambre, sed, dolor, las molestias de la pobreza… y finalmente el rechazo por su pueblo, que había sido tan favorecido por él; sufrió la desconfianza, difamación, y la muerte más cruel y vergonzante. Sin embargo Él, el más creyente de todos los creyentes, nunca olvidó que estaba en manos del Padre, que a veces le conducía por sendas desconcertantes, como conduce a todos sus hijos, pero que nunca equivoca la meta: entrar a participar de su misma gloria, en el momento y por la puerta que él quiera.

Adviento: tiempo de abrir ojos y oídos para ver más claro entender mejor, de ponernos en pie y echar a andar, y de abrirnos gozosamente a ese Dios que, a través de la carne débil de Jesús, “viene en persona”.

Nuestro hermano

Severiano Blanco cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

domingo, 6 de diciembre de 2020

PREPARA EL CAMINO

SEGUNDO
DOMINGO DE ADVIENTO



La primer semana de adviento la hemos dedicado a prepararnos, a purificarnos para recibir al Verbo Encarnado. Hoy, después de haber purificado nuestra alma vamos a adornarla, embellecerla y veremos que este adorno se compone de:

• De los santos afectos para con el misterio de la Encarnación.
• De los actos de la vida cristiana especialmente propios del santo tiempo de Adviento.

DURANTE EL DÍA

Tributemos nuestros respetos al Verbo Encarnado en el seno de María; adorémosle como El Deseado de las naciones; admirémoslo como El Supremo Señor, que el amor redujo a una especie de aniquilamiento; agradezcámosle haberse Encarnado para salvarnos. Y para suplir nuestra imposibilidad de agradecerle como merece, ofrezcámosle los respetos a María, a los ángeles y de todos los santos del cielo y de la tierra. 

PRIMER PUNTO
De tantos afectos para con el Misterio de la Encarnación 

Los santos afectos son el alimento y la vida de piedad. Son el incienso lanzado al fuego; conservando la llama. Son el maná del desierto: se adaptan a todos los gustos, esto es, a todas las necesidades del alma. Son como el sabor de todos los misterios: Exprimen su jugo y su gracia, y lo hacen correr como espontáneamente en el alma que reflexiona. ¿Cómo contemplar el Verbo Encarnado en el seno de María sin hablar de las tres personas divinas y decir a cada una de ellas nuestra admiración y nuestra alabanza por la parte que tomaron en ese Gran Misterio?

Cómo no decir al padre:
“Padre Santísimo, ¡cuánto te felicito por este primer templo cristiano, que construiste para Vos, en el seno de María, y donde recibiste la primera adoración digna de Vos! Cuánto te agradezco habernos dado a Tu Único Hijo y haber sacrificado al inocente para salvar al hombre culpable”

Cómo no decir al Verbo Encarnado:
“Oh Hijo Eterno de Dios, ¡con qué delicias te contemplo en ese tabernáculo vivo en que vienes a recibir nuestros respetos, en ese Trono, en que te complaces en ser adorado y bendecido, en ese lecho de justicia, en que te gusta perdonar, en ese lecho de reposo, en que quieres ser felicitado, en ese paraíso terrestre, en que quieres ser amado!
Delante de ese santuario de amor, yo solo puedo hablarte de amor. Me entrego a Vos para siempre. Te entrego todo lo que soy, para que hagas de mi todo lo que desees. Clamo en mi Tu Espíritu Santo para dirigirme, Tu Corazón para animarme, Tu Santa Vida para que sea mi vida. Te amo, pero haz que te ame siempre más; mucho más amor, Señor, siempre más; porque te debo todo; sin Ti estaba perdido; por Ti seré salvo, si lo quiero”

Y cómo no decir al Espíritu Santo:
“Espíritu Divino, que formaste este cuerpo tan puro, que le uniste un alma tan bella y los uniste ambos al Verbo en unidad de persona, ¡glorificado, alabado, amado seas por causa de este misterio, que es obra Tuya!

Y finalmente, cómo no decir a María:
“Madre de Dios, ¡cuán sublime, cuán admirable eres! En Ti están concentrados todos los esplendores de los santos, todas las perfecciones de los ángeles; participas de toda la santidad de tu Hijo, que vive en Ti, y en quien tú vives. Admiro tu humildad, tu obediencia, tu oración continua. Nada haces sino en Jesús y por Jesús. Madre, ¡cuán feliz soy al contemplar, alabar y bendecir tu santidad!”

Es con estos afectos y otros semejantes, que un alma se prepara dignamente para la fiesta de Navidad. 

Que podamos prepararnos de ese modo.

SEGUNDO PUNTO
Actos de la vida cristiana propios del santo tiempo de Adviento. 

Para conformar nuestra vida con un tiempo tan santo, debemos cuidar y perfeccionar nuestras acciones usuales, estar más vigilantes con nuestras palabras, mas atentos en nuestras oraciones, y principalmente en los actos de virtud que el profeta Isaías indica como medios de preparar el camino del Mesías, que está próximo a venir.

“Enderecen sus caminos”, dice él (Is 40,3); esto es, vayamos a Dios con recta intención, no buscando sino a Dios, no teniendo en vista sino agradar a Dios. “¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies!” (Is 40,4); esto es, ejercitémonos en la humildad, en la simplicidad, en la moderación. Los caminos torcidos se vuelvan caminos rectos; esto es, dejemos los caminos del mundo, que no son sino falsedad y mentiras, para seguir solamente los de Dios, que son verdad y justicia. “Los caminos escarpados se aplanen” (Is 40,3); esto es, corrige la rispidez de tu genio, para ser manso y benévolo para con todos.

La recta intención y la simplicidad, la humildad y la mansedumbre, son, por lo tanto, las virtudes por las cuales debemos preparar el camino de Jesucristo, si queremos que venga a nuestros corazones. Esta preparación nos costará sacrificios; pero Jesús camina en nuestra frente, y fue el primero en hacer mucho más de lo que nos pide; pero el camino no es penoso sino que es penosa la cobardía que vacila; es suave para quien camina resueltamente. La alegría de la buena consciencia hace que ni siquiera se sienta que es duro.

Creamos en los santos, que lo experimentaron.

Tomemos la resoluciones!
 Conservemos el espíritu habitual de contemplar que facilita los piadosos afectos para con Dios;
 Practiquemos los actos de virtud que nos sugiere el Espíritu de Dios.

Nuestro ramillete espiritual será hoy, como ayer, la palabra de Isaías:
“Prepara el camino del Señor” (Isaías 40, 3)



Muévete!


“¡Preparen los caminos para la llegada del Señor!
¡Es hora de aprender las lecciones de la paciencia y de la esperanza!

Juan Bautista hizo exactamente eso: preparó el camino del Señor.
Reconoció que era pequeño delante de Aquel que estaba por llegar. Dijo que no era ni siquiera digno de desatar sus sandalias. Y reconoció que su bautismo era con agua, ¡pero vendría Alguien capaz de bautizar con Espíritu Santo! ¡Y ése Alguien era de su familia, era su primo y era incluso mas joven que él, seis meses! Era su conocido, pasaban la Pascua todos los años juntos en Jerusalén.

Juan Bautista nos enseña a preparar el corazón, la mente, la vida, nuestras casas, nuestras familias para la llegada del Señor.

¿Alcanzas a percibir?
¿Comprendes lo que quiere acontecer en tu vida y en la vida de los tuyos?
¡Despierta!
¡Muévete!

«No soy digno de desatarle las sandalias»

[Jesús fue a Juan para que lo bautizara. Juan dijo: ¡soy yo quien tengo que ser bautizado por ti! (Mt 3,3.14).] En tu presencia, Señor, no me puedo callar, porque «yo soy la voz, y la voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor. Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?» (Mt 3,3.14).

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios (Juan 1,1) ; eres el reflejo resplandeciente de la gloria del Padre, la expresión perfecta del Padre(He 1,3); eres la verdadera luz que ilumina el mundo(Jn 1,9); tú que aunque estabas en el mundo, viniste donde ya estabas; tú que te hiciste carne, pero que habitas en nosotros(Jn 1,14; 14,23) y que te mostraste a tus siervos en condición de siervo(Fil 2,7); tú que uniste la tierra y el cielo con tu santo nombre como puente; ¿Eres tú quien vienes a mi?¿Tú que eres tan poderoso en comparación a mi pobreza? El rey hacia el servidor, el Señor hacia el servidor...

"Yo sé cuál es el abismo entre la tierra y el Creador». Cuál la diferencia entre el barro de la tierra y el que la ha modelado (Gen 2,7). Yo sé que tú eres el sol de justicia mayor que yo, que soy la lámpara de tu gracia (Mt 3,20 y Jn 5,35). Y mientras estás cubierto por la nube de tu cuerpo puro, yo, sin embargo, reconozco mi condición de siervo, que proclama tu gloria. "Yo no soy digno de desatar la correa de tus sandalias." ¿Y cómo me atrevo a tocar tu cabeza? Cómo extenderé la mano sobre ti, »que has extendido los cielos como una tienda de campaña" y que has afianzado «las aguas sobre la tierra" (Salmo 103,2, 135,6) ... ¿Qué oración voy a hacer sobre ti, que acoges las oraciones de aquellos que te ignoran?

Homilía atribuida a San Gregorio Taumaturgo (c. 213-c. 270)
obispo
Homilía sobre la santa Teofanía, 4; PG 10, 1181

Buen día, Espíritu Santo! 06122020

 

COMPRENDIENDO LA PALABRA 061220


«No soy digno de desatarle las sandalias»

[Jesús fue a Juan para que lo bautizara. Juan dijo: ¡soy yo quien tengo que ser bautizado por ti! (Mt 3,3.14).] En tu presencia, Señor, no me puedo callar, porque «yo soy la voz, y la voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor. Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?» (Mt 3,3.14).

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios (Juan 1,1) ; eres el reflejo resplandeciente de la gloria del Padre, la expresión perfecta del Padre(He 1,3); eres la verdadera luz que ilumina el mundo(Jn 1,9); tú que aunque estabas en el mundo, viniste donde ya estabas; tú que te hiciste carne, pero que habitas en nosotros(Jn 1,14; 14,23) y que te mostraste a tus siervos en condición de siervo(Fil 2,7); tú que uniste la tierra y el cielo con tu santo nombre como puente; ¿Eres tú quien vienes a mi?¿Tú que eres tan poderoso en comparación a mi pobreza? El rey hacia el servidor, el Señor hacia el servidor...

"Yo sé cuál es el abismo entre la tierra y el Creador». Cuál la diferencia entre el barro de la tierra y el que la ha modelado (Gen 2,7). Yo sé que tú eres el sol de justicia mayor que yo, que soy la lámpara de tu gracia (Mt 3,20 y Jn 5,35). Y mientras estás cubierto por la nube de tu cuerpo puro, yo, sin embargo, reconozco mi condición de siervo, que proclama tu gloria. "Yo no soy digno de desatar la correa de tus sandalias." ¿Y cómo me atrevo a tocar tu cabeza? Cómo extenderé la mano sobre ti, »que has extendido los cielos como una tienda de campaña" y que has afianzado «las aguas sobre la tierra" (Salmo 103,2, 135,6) ... ¿Qué oración voy a hacer sobre ti, que acoges las oraciones de aquellos que te ignoran?



Homilía atribuida a San Gregorio Taumaturgo (c. 213-c. 270)
obispo
Homilía sobre la santa Teofanía, 4; PG 10, 1181

RESONAR DE L PALABRA - Evangelio según San Marcos 1,1-8


Evangelio según San Marcos 1,1-8
Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.

Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos,

así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:

"Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias.

Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo".


RESONAR DE L PALABRA

UNA PALABRA DE CONSUELO

“Donde está el peligro también crece la salvación” (Friedrich Holderlin)

Isaías es un profeta que vale para todos los tiempos. Su palabra no era simplemente el fruto de un rato de reflexión, sino la expresión viva de su profunda experiencia de Dios. Procuraba mirar la realidad de su tiempo, a la que estaba muy atento, con los ojos y el corazón de Dios. El profeta sabe que la historia es siempre «historia de salvación». Cuando él escribe, su pueblo está bastante perdido, desilusionado, desesperanzado, desconcertado, desanimado, - y todos los "des" que queramos añadir- por la situación política, económica y personal de todos ellos, pues se encuentran "desterrados", no tienen «tierra» bajo sus pies donde sostenerse, donde levantar sus vidas. Están de prestado, exiliados, dispersos, inseguros. La gris niebla envuelve su presente, y les impide ver su futuro. No hay futuro. 

Por su parte, los jefes del pueblo no están a la altura, preocupados -como tantas veces- por sus mezquinos intereses, y dominados por el miedo y la resignación. O «adaptados» a las circunstancias, procurando que les vaya lo mejor posible.

No es una situación muy diferente de la nuestra. No voy a referirme a España (que es desde donde escribo) en atención a los muchos hermanos que nos leen desde fuera. Simplemente apunto algunos hechos, ejemplos, de lo que ocurre aquí, como también en otros lugares, con distinta incidencia. 

Leo (en encuestas y estudios) que a los jóvenes les preocupa la situación económica y laboral. La mayoría de ellos cree que tendrán que trabajar en algo distinto de lo que han estudiado. Bastantes han tenido que regresar a casa de sus padres. Los confinamientos han producido estrés o ansiedad en muchos (jóvenes o no), y las relaciones familiares y personales se han visto a menudo dañadas. Muchos han perdido sus empresas, su trabajo. Hay miedo al contagio (con distinta proporción según edades), pero casi más miedo a contagiar a otros. Muchos mayores se han visto muy solos en residencias y hospitales, y en no pocas ocasiones no han sido debidamente atendidos. Las colas en los bancos de alimentos e instituciones como Cáritas se han multiplicado. Se ha producido una polarización ideológica, y es mucho más difícil dialogar con los que piensan distinto; se percibe no poca agresividad en el trato con los otros. Echamos mucho de menos los momentos de encuentro «no virtuales», los besos, los abrazos, las presencias... Muchos no han podido despedirse debidamente de sus difuntos. Y algunos estudios detectan un alejamiento de la Iglesia y de la fe en muchos (mejor no dar cifras) que hasta hace poco se consideraban tradicionalmente católicos, como consecuencia de lo vivido en los últimos meses.

Por supuesto que también han ocurrido cosas bellas, emocionantes, generosas, solidarias... pero estas apuntadas indican un ambiente de «desánimo», nerviosismo, miedo y desesperanza en no pocos hermanos.

Pues en aquellos tiempos de Isaías -y cada vez que se repiten circunstancias semejantes- Dios tiene una palabra que decir a través de los que tienen un corazón "bien lleno de Dios". Suele servirse de oráculos, de portavoces, de mediadores... para hacerse presente. En este caso Dios lanza un deseo, una petición, casi una orden a quienes puedan y quieran escucharle: "Consolad a mi pueblo y habladle al corazón".

Nunca está de más una palabra de consuelo, y siempre llega más una palabra que hable al corazón que a la cabeza. No cualquier palabra: estamos saturados de palabras vacías y de mensajes de «autoayuda» que no ayudan en nada.

Consolar significa estar con el que se siente solo, con el que sufre, con el que se encuentra en dificultades y aliviar su carga, calmar la inquietud, fortalecer su fragilidad, suavizar la angustia... de modo que pueda vivir más sosegadamente, más esperanzadamente, con más confianza. El consuelo no elimina el dolor, y tampoco lo «relativiza» (al menos no siempre) pero sí ensancha la esperanza y fortalece el coraje para afrontarlo.

 En el Evangelio de hoy escuchamos: «Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor». Desierto es una palabra inquietante en nuestros días. Casi el 33% de la superficie terrestre está ocupada por desierto. Y la proporción va en vertiginoso aumento. Leo, por ejemplo, que el ritmo de deforestación en Brasil ha aumentado a unos 4.430 campos de fútbol por día y que entre agosto de 2019 y julio de 2020, 11.088 kilómetros cuadrados de selva haya sido talados en la región. Cada año cientos de miles de hectáreas de terreno cultivable se convierten en desierto. Y millones de personas, se han visto obligadas a dejar atrás sus tierras, por el desierto que avanza.

Pero existe otro desierto: no fuera, sino en medio de nosotros; no en zonas remotas del planeta, sino dentro de nuestras propios ciudades: Es el «secarral» de las relaciones humanas, la soledad, la indiferencia, el aislamiento, el anonimato. El desierto es ese lugar donde si gritas nadie te oye, si yaces en tierra acabado nadie se te acerca, si una feroz bestia te asalta nadie te defiende, si experimentas un gran gozo o una gran pena no tienes con quien compartirla. ¿Y no es esto lo que ocurre en muchas en nuestras ciudades? Nuestro agitarnos yendo y viniendo y quejándonos, ¿no es también un gritar en el desierto?

Y también hay un desierto, quizá más peligroso: el que cada uno de nosotros lleva dentro. Justamente el corazón puede transformarse en un desierto: árido, apagado, sin afectos, sin esperanza, infecundo. ¿Por qué muchos no logran despegarse del trabajo, apagar el móvil, la radio, la tele, el WhatsApp, los auriculares...? Tienen miedo de reconocerse en ese desierto. La naturaleza, dicen, tiene «horror del vacío», y también el hombre rehuye el vacío. Si nos examinamos honestamente, veremos cuántas cosas hacemos para evitar encontrarnos solos, cara a cara con nosotros mismos y frente a la realidad. Cuanto más crecen los medios de comunicación y las redes sociales, más disminuye la verdadera comunicación. Tenemos la sensación de que este mundo es como un desierto sin sendas. Donde los gritos de auxilio no son acogidos, no obtienen respuesta tapados por nuestros ruidos, y engañados por los espejismos y oasis que nos ayudan a olvidarnos de todo...

Ante esa situación de desolación del pueblo de Israel, Dios toma partido de una vez para siempre. Se coloca al frente del rebaño como un pastor amoroso. Pero no se queda en simples palabras: su consuelo va acompañado de acciones. El texto nos lo describe muy bien: los montes se abajan, los valles se levantan y Dios mismo se pone al frente. Las acciones orientan y abren caminos. El consuelo nos habla al oído en el presente y nos infunde una esperanza que nos hace encarar el futuro desde la seguridad y la confianza de saber que no nos encontramos solos en medio del “desierto” de nuestros miedos y dudas.

El apóstol Pedro nos dice que los cristianos "ESPERAMOS UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA DONDE HABITE LA JUSTICIA". Pero ¿es un sueño al estilo Walt Disney? Pues no: ese sueño tiene mucho que ver con las palabras de Juan Bautista: "PREPARADLE EL CAMINO AL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS". 

El cristiano es un eterno inconformista, y está convencido de que hay muchos obstáculos que remover. Su esperanza no es una ilusión evasiva de la realidad, ya que somos seguidores de Alguien que se dejó el pellejo en la cruz por luchar a favor de ese Mundo Nuevo. Y además contamos con la fuerza y el discernimiento del Espíritu. Cuando escuchamos hoy: "AQUÍ ESTÁ VUESTRO DIOS", es la señal de salida para ponernos manos a la obra, empezando por nosotros mismos. Dios sale al encuentro de quien se pone a remover obstáculos: siempre podemos tender puentes a aquellos que se han alejado de nosotros por tener opiniones o criterios distintos; siempre podemos revisar nuestro consumismo desenfrenado; siempre podemos poner más ternura en las relaciones humanas; siempre podemos buscar espacios de silencio y oración para dejar que Dios nos hable al corazón y nos ayude a encontrar sendas en cualquiera de nuestros desiertos; siempre podemos ayudar a alguien a ser más feliz, a sufrir menos... y podemos porque Cristo pudo, y ser discípulo suyo es creernos que ese mundo nuevo es posible, y la lucha por él es la que da sentido a nuestro caminar. La única batalla que se pierde es aquella en la que dejamos de luchar. Nunca rendirnos ni conformarnos ni acostumbrarnos. Nunca renunciar a seguirlo intentando. Nunca perder nuestra dignidad humana y nuestra confianza en nosotros mismos y en Dios: Él es la fuerza de nuestra fuerza.

Este segundo domingo de Adviento quiere consolarnos, sacarnos de nuestra desesperanza y modorra, de modo que no nos venzan las cosas malas que nos envuelven, para no dejar que nada ni nadie nos quite la paz del corazón y nuestros deseos de ser mejores y hacer un mundo siquiera un poquito mejor. Para eso vino Dios a la tierra, y sigue viniendo y no se cansa de venir. Hasta que todo esto sea realmente UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA donde habite la justicia. Y la paz. Y la fraternidad.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

sábado, 5 de diciembre de 2020

“Proclamad por los caminos que el Reino de los cielos está cerca”

“Proclamad
por los caminos
que el Reino de los cielos
está cerca”

La Iglesia, a la que todos estamos llamados en Cristo Jesús y en la cual conseguimos la santidad por la gracia de Dios, no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas (cf. Hch 3, 21) y cuando, junto con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovada en Cristo (cf. Ef 1, 10; Col1,20; 2 P 3, 10-13).

Así que la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en Cristo, es impulsada con la misión del Espíritu Santo y por El continúa en la Iglesia, en la cual por la fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida temporal, mientras que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos encomendó en el mundo y labramos nuestra salvación (cf. Flp 2, 12).

La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, a nosotros (cf. 1 Co 10, 11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y en cierta manera se anticipa realmente en este siglo, pues la Iglesia, ya aquí en la tierra, está adornada de verdadera santidad, aunque todavía imperfecta. Pero mientras no lleguen los cielos nuevos y la tierra nueva, donde mora la justicia (cf. 2 P 3, 13), la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, pertenecientes a este tiempo, la imagen de este siglo que pasa, y ella misma vive entre las criaturas, que gimen con dolores de parto al presente en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 19-22).

Concilio Vaticano II
Constitución sobre la Iglesia “Lumen gentium”, § 48 (trad. © Libreria Editrice Vaticana)

Buen día, Espíritu Santo! 05122020


 

COMPRENDIENDO LA PALABRA 051220


“Proclamad por los caminos que el Reino de los cielos está cerca”

La Iglesia, a la que todos estamos llamados en Cristo Jesús y en la cual conseguimos la santidad por la gracia de Dios, no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas (cf. Hch 3, 21) y cuando, junto con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovada en Cristo (cf. Ef 1, 10; Col1,20; 2 P 3, 10-13).

Así que la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en Cristo, es impulsada con la misión del Espíritu Santo y por El continúa en la Iglesia, en la cual por la fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida temporal, mientras que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos encomendó en el mundo y labramos nuestra salvación (cf. Flp 2, 12). 

La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, a nosotros (cf. 1 Co 10, 11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y en cierta manera se anticipa realmente en este siglo, pues la Iglesia, ya aquí en la tierra, está adornada de verdadera santidad, aunque todavía imperfecta. Pero mientras no lleguen los cielos nuevos y la tierra nueva, donde mora la justicia (cf. 2 P 3, 13), la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, pertenecientes a este tiempo, la imagen de este siglo que pasa, y ella misma vive entre las criaturas, que gimen con dolores de parto al presente en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 19-22).


Concilio Vaticano II
Constitución sobre la Iglesia “Lumen gentium”, § 48 (trad. © Libreria Editrice Vaticana)  

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 9,35-38.10,1.5a.6-8


Evangelio según San Mateo 9,35-38.10,1.5a.6-8
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.

Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:

"Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.

Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.

Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente."


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

Si las lecturas de ayer nos descubrían como ciegos deseosos de luz y de cambios en nuestra vida y en el mundo, hoy la Palabra nos devuelve ese mismo deseo en modo de envío y misión: Jesús en persona nos ruega que nos unamos a su proyecto, a su vida, y por eso nos regala poder para expulsar espíritus inmundos y curar toda dolencia. ¿Acaso podemos imaginar un encargo mejor y más provechoso?

Y eso no lo hacemos por nuestra propia fuerza, sino porque, realmente, el reino de Dios ya ha llegado. A nosotros sólo se nos pide que lo saquemos a la luz, que lo pongamos en valor, que lo convirtamos en salud y en vida para todos. Gratis lo hemos recibido, démoslo gratis. Porque el verdadero hacedor de Vida no descansa: venda los corazones destrozados, reconstruye, sostiene.

Nosotros nos equivocaremos muchas veces, no importa. La cuestión es qué hacemos y a quién acudimos cuando eso pasa: “Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: Éste es el camino, camina por él. Te dará lluvia para la semilla que siembras”.

Y si nos ayuda escucharlo con música y en un lenguaje distinto, no dejéis de conmoveros con esta bellísima canción de Laura Pausini como banda sonora de la película “La vida por delante”. Si podéis, merece la pena verla. Si no, al menos escuchad la canción en el italiano original o en la versión española.

Me permito copiar la letra. Cada uno sabrá ponerle voz y rostro y recibirlas como tal, como luz y lluvia y calor, como Palabra de vida para tantos momentos que nos sentimos como ovejas sin pastor:

Cuando más te faltan las palabras
Yo estoy, yo estoy.
Cuando no valoras lo que logras,
Yo estoy, yo estoy.
Cuando aprendes a permanecer al borde de tus límites
Si nadie te ve, yo sí.
¿Dónde irás tú si se apaga la luz? No te irás, lograrás resistir. Si nadie te siente, yo sí.


Cuando tú no encuentras el camino
Yo estoy, yo estoy.
Desconfías o lanzas desafíos
Yo estoy, yo estoy.
Cuando quieres desaparecer, te rindes antes de perder
Si nadie te ve, yo sí.
¿Dónde irás tú si se apaga la luz? Lo verás, lograrás resistir. Si nadie lo ve, yo sí.

Quien se ama lo hará entre encanto y verdad
A veces basta solo sentir, aún queda la vida ante sí.
¿Dónde irás tú si se apaga la luz? Lo verás, lograrás resistir
Si nadie lo ve, yo sí.
Y nadie lo cree, mas yo sí.


Nuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

viernes, 4 de diciembre de 2020

Quiero ver!


Meditación: Mateo 9, 27-31
Lo siguieron dos ciegos.
Mateo 9, 27

¿Ves lo que yo veo? Según una canción popular, el viento le hizo esta pregunta al corderito en la noche en que Jesús nació. El viento vio a la estrella danzar en el cielo nocturno, celebrando el milagro de Belén. Es una escena de entusiasmo y asombro, una visión celestial que ve algo más que solamente otra estrella.

Posiblemente puedas imaginar a los ciegos del Evangelio de hoy diciendo algo similar. ¿Ves lo que yo veo? Desde luego, ellos sabían que todos los que estaban a su alrededor eran capaces de ver la belleza de la creación. Pero imagina a estos dos hombres hablando sobre una visión celestial, preguntándose: ¿Ves al Mesías? ¿Aquel que proclama la misericordia de Dios y que ofrece sanidad adonde quiera que vayas? ¿Puedes ver con los ojos de tu corazón?

Fácilmente ves con una visión terrenal a tu familia, vecinos y compañeros de trabajo, incluso tus obligaciones y dificultades. Pero en Navidad, Dios te ayuda a ver las cosas que tus “ojos terrenales” nunca pueden percibir. Te muestra un bebé que es Dios, una mujer embarazada que es una virgen sin pecado original y una estrella que es una señal de salvación. Te ayuda a verte a ti mismo y a quienes te rodean de forma distinta: como hijos amados por los que Jesús considera que vale la pena morir y que son templos de su Espíritu Santo.

¿Cómo podemos agudizar nuestra visión espiritual? Imitando a estos dos hombres ciegos. Cuando escucharon hablar sobre Jesús, creyeron que él los podía sanar, siguieron a Jesús, gritando hasta que él se detuvo y se volvió a ellos. Entonces, cuando les preguntó si creían que él podía sanarlos, ellos con confianza respondieron que sí. Y con eso, sus ojos se abrieron.

Podemos seguir a Jesús con la misma clase de fe, y perseverar en pedirle que abra nuestros ojos. Solo necesitamos dedicar tiempo a la oración diaria y a la lectura de la Palabra. Podemos ser vigilantes arrepintiéndonos de todos los pecados que nos nublan la consciencia. Y podemos esforzarnos por tratar a las personas que nos rodean con el amor y el respeto que ellos merecen. Esta fórmula simple abrirá tus ojos y te hará preguntar a otros: “¿Ves lo que yo veo?”


“Señor, abre los ojos de mi corazón, ¡quiero verte!”

Isaías 29, 17-24
Salmo 27 (26), 1. 4. 13-14

'Busca mi rostro...'

«Oigo en mi corazón:
'Busca mi rostro...'
No me escondas tu rostro
(Sl 26,8)

Habla, corazón mío; ábrete todo entero y dirígete a Dios: «Busco tu rostro; sí, Señor es tu rostro que busco» (Sl 26,8). Y tú, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón cómo y dónde he de buscarte; cómo y dónde he de encontrarte, Señor. Señor, si tú no estás aquí, si estás ausente ¿dónde buscarte? Y si es que estás presente en todas partes ¿por qué yo no puedo verte? Ciertamente, tú habitas en una luz inaccesible. . Pero ¿dónde está esta luz inaccesible? ¿Quién me conducirá hasta ella y me introducirá en ella para que yo pueda verte? Y luego, ¿bajo qué signos, bajo qué figura podré descubrirte? No te he visto jamás, Señor Dios mío, y no conozco tu rostro. Altísimo Señor, ¿qué puedo hacer, qué hará este desterrado lejos de ti? ¿Qué puede hacer tu siervo, ansioso de tu amor y alejado de tu rostro? Aspira a contemplarte y tu rostro se le oculta enteramente. Desea reunirse contigo, pero tu mansión es inaccesible. Ansía encontrarte, pero no sabe dónde habitas. Emprende tu búsqueda, pero desconoce tu rostro.

Señor, tú eres mi Dios, tú mi Maestro, y sin embargo yo no te he visto. Tú me has creado y me has redimido, tú me has dado todos mis bienes, y sin embargo no te conozco aún. Me has hecho con la única finalidad de que te vea, y sin embargo yo no he realizado aún mi destino. Miserable condición la del hombre que ha perdido aquello para lo que fue creado... Te encontraré al amarte y te amaré mientras te encuentro.

San Anselmo (1033-1109)
benedictino, arzobispo de Canterbury, doctor de la Iglesia
Proslogion, 1
imagen Iknuitsin

Buen día, Espíritu Santo! 04122020

 

COMPRENDIENDO LA PALABRA 041220


«Oigo en mi corazón: 'Busca mi rostro...' No me escondas tu rostro (Sl 26,8)

Habla, corazón mío; ábrete todo entero y dirígete a Dios: «Busco tu rostro; sí, Señor es tu rostro que busco» (Sl 26,8). Y tú, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón cómo y dónde he de buscarte; cómo y dónde he de encontrarte, Señor. Señor, si tú no estás aquí, si estás ausente ¿dónde buscarte? Y si es que estás presente en todas partes ¿por qué yo no puedo verte? Ciertamente, tú habitas en una luz inaccesible. . Pero ¿dónde está esta luz inaccesible? ¿Quién me conducirá hasta ella y me introducirá en ella para que yo pueda verte? Y luego, ¿bajo qué signos, bajo qué figura podré descubrirte? No te he visto jamás, Señor Dios mío, y no conozco tu rostro. Altísimo Señor, ¿qué puedo hacer, qué hará este desterrado lejos de ti? ¿Qué puede hacer tu siervo, ansioso de tu amor y alejado de tu rostro? Aspira a contemplarte y tu rostro se le oculta enteramente. Desea reunirse contigo, pero tu mansión es inaccesible. Ansía encontrarte, pero no sabe dónde habitas. Emprende tu búsqueda, pero desconoce tu rostro.

Señor, tú eres mi Dios, tú mi Maestro, y sin embargo yo no te he visto. Tú me has creado y me has redimido, tú me has dado todos mis bienes, y sin embargo no te conozco aún. Me has hecho con la única finalidad de que te vea, y sin embargo yo no he realizado aún mi destino. Miserable condición la del hombre que ha perdido aquello para lo que fue creado... Te encontraré al amarte y te amaré mientras te encuentro.

San Anselmo (1033-1109)
benedictino, arzobispo de Canterbury, doctor de la Iglesia
Proslogion, 1

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 9,27-31


Evangelio según San Mateo 9,27-31
Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: "Ten piedad de nosotros, Hijo de David".

Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron y él les preguntó: "¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?". Ellos le respondieron: "Sí, Señor".

Jesús les tocó los ojos, diciendo: "Que suceda como ustedes han creído".

Y se les abrieron sus ojos. Entonces Jesús los conminó: "¡Cuidado! Que nadie lo sepa".

Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

Quizá el secreto de que el tiempo de adviento nos resulte tan entrañable es el continuo mensaje de paz y esperanza que nos propone. Desde los profetas, en Adviento no dejamos de escuchar en la Palabra que las cosas pueden cambiar: ¡van a cambiar! ¿A quién no le consuela esto? ¿Quién no se emociona pensando en un mundo donde los ciegos ven, los sordos oyen, los desiertos son vergeles y se hace justicia con los cínicos, los violentos, las malas personas?

Adviento es el tiempo de cuantos ansiamos que las cosas cambien y sobre todo, es el tiempo de los pequeños, de los que ya ahora se sitúan del lado de la concordia, del diálogo, de la mirada limpia, del gesto fraterno.

Y, sin embargo, la realidad se empeña tozudamente en recordarnos que las cosas no cambian tanto como querríamos. Ni siquiera nosotros mejoramos tanto como nos gustaría. Somos ciegos a los que Jesús toca en medio del camino y nos pregunta: ¿creéis que puedo hacerlo? La respuesta está en cada uno. La ceguera también. Quizá la clave sea no olvidar que también en nosotros está la luz y la salvación, al menos en germen. Porque nos habita el Señor, la defensa de nuestra vida.

Nuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

jueves, 3 de diciembre de 2020

DIOS TE BENDIGA

 

«Si todos nosotros hiciéramos así, seguramente no existirían las guerras. Este mundo necesita bendición y nosotros podemos dar la bendición y recibir la bendición. El Padre nos ama. Y a nosotros nos queda tan solo la alegría de bendecirlo y la alegría de darle gracias, y de aprender de Él a no maldecir, sino bendecir. Y aquí solamente una palabra para la gente que está acostumbrada a maldecir, la gente que tiene siempre en la boca, también en el corazón, una palabra fea, una maldición. Cada uno de nosotros puede pensar: ¿yo tengo esta costumbre de maldecir así? Y pedir al Señor la gracia de cambiar esta costumbre para que nosotros tengamos un corazón bendecido y de un corazón bendecido no puede salir una maldición. Que el Señor nos enseñe a no maldecir nunca sino a bendecir»


Francisco

Audiencia General 

02-12-2020 




COMPRENDIENDO LA PALABRA 031220


La fe, fundamento de nuestra vida interior

La fe es una virtud fundamental. (…) La fe es en nosotros el comienzo, el fundamento, la raíz de nuestra vida de hijos de Dios. (…) Si la fe es necesaria para despertar la vida sobrenatural, es necesaria también para asegurar su crecimiento y desarrollo. La fe es realmente el fundamento y raíz de la vida interior.

¿Cuál es la razón de ser de los cimientos, en una construcción? No sólo permiten empezar la construcción, sino que depende de ellos la estabilidad, el equilibrio, mismo la duración del edificio. Así ocurre con la fe en toda existencia cristiana. La base sólida de los creyentes afirma la esperanza y permite a la oración subir hacia Dios. En el momento de la prueba, como en el curso normal de la existencia, ¿de dónde viene el apoyo constante, de dónde recibimos los motivos de acción de gracias más eficaces sino de la fe? Por eso, san Pablo pedía a los Colosenses permanecer “fundados sobre la fe” (Col 1,23). (…) Tal es la importancia primordial de las certezas de la fe. Su influencia no cesa de ejercerse: ennoblecen la existencia y fortifican el alma. Gracias a ella el cristiano (…), aún bajo el peso de las fuerzas del mal, no duda jamás de la victoria (cf. 1 Jn 5,4).

San Pablo pudo sintetizar en una muy breve fórmula esta doctrina que tanto estimaba: “El justo vivirá por la fe” (cf. Rom 1,17; Gal 3,2). Retengamos el aspecto eminentemente práctico. Más nuestra fe será firme, más nuestra vida entera será regenerada y por ella se estrecharán los lazos de nuestra adopción divina.


Beato Columba Marmion (1858-1923)
abad
Vivir por la fe (Le Christ idéal du prêtre, Maredsous, 1951), trad. sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 7,21.24-27


Evangelio según San Mateo 7,21.24-27
Jesús dijo a sus discípulos:

"No son los que me dicen: 'Señor, Señor', los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca.

Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena.

Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

Cuando Isaías describe al pueblo justo dice: “que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en Dios”. Sería bonito que nuestro mundo nos identificara también porque somos gente de ánimo firme, que no se viene abajo con cualquier contratiempo y que hacemos todo lo que está en nuestras manos para mantener la paz. A veces me pregunto si no es así porque nuestra confianza en el Señor, a pesar de todo, no es tan fuerte.

O en palabras del evangelio de hoy, se trataría de ser gente que no se queda en palabras bonitas (¡Señor, Señor!) sino que cumple la voluntad de Dios, que expresa su fe con gestos concretos, con hechos. En definitiva, que nuestra vida se va construyendo sobre roca y no sobre arena.

San Francisco Javier, a quien celebramos, como testigo de vida y ejemplo misionero, puede ser otra enorme ayuda para nosotros. Todo su proceso vital es el retrato de alguien que, ciertamente, se fio de Dios, construyó su casa sobre roca y por eso tuvo la libertad suficiente para ir cambiando el rumbo según soplaba el Espíritu en la vida de cada día. Sin estar preso en apariencias o en grandilocuentes hazañas. Su modo de morir lo expresa muy bien.

Al parecer, un 21 de noviembre, la fiebre comenzó a minar su salud. Tuvo que abandonar el barco en que se hallaba y un comerciante le condujo a una pobre cabaña de palos, donde fue debilitándose, hasta morir un 3 de diciembre. Tenía 46 años. Toda la pompa y reconocimiento a sus andanzas misioneras se tradujeron en un entierro con su amigo Antonio, un portugués y dos esclavos. ¿Qué más señales necesitamos para seguir confiando en quien realmente nos da la vida?, ¿qué más necesitamos para desconfiar de grandes fachadas y aparentes éxitos como garantía de fidelidad a Dios?

Nuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

miércoles, 2 de diciembre de 2020

LLAMADOS PARA ALABAR A DIOS


¡Llamados para alabar a Dios!

Dios mío, ¡qué bueno es en llamarnos para alabarlo! ¡Nada más agradable que alabar al bien-amado! (…) ¡Alabemos a Dios!

Dios mismo nos da el precepto y el ejemplo. ¡Cuántos salmos son salmos de alabanza! “¡Qué todos los seres vivientes alaben al Señor!” (Sal 150,6), “¡Alaben al Señor todas las naciones, glorifíquenlo todos los pueblos!” (Sal 117(116),1)…Muchas veces el Señor proclama “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…” (cf. Lc 10,21). Muchas veces le da nombres de alabanza: “Padre santo…Padre justo…” (c f. Jn 17,11.25). ¿Qué nos enseña a decir cuando nos enseña a rezar? “Padre nuestro que estás en el cielo, que tu nombre sea santificado” (Mt 6,9). Es decir, sea glorificado tanto por las palabras cómo por los pensamientos de todos los hombres. (…)

La alabanza además es una necesidad del amor. Si Dios no nos daba ni el precepto ni el ejemplo de alabarlo, sería para nosotros obligatorio hacerlo, sólo porque nos dice: “El primer mandamiento es amarme”. La admiración es parte fundamental de todo amor verdadero: es el fundamento, la causa. El motivo del verdadero amor es el bien, la perfección en el amado. Este bien, esta perfección, excitan la admiración y, poco distinta de ella, llega el amor. La alabanza es la expresión de la admiración y se encuentra (…) dónde se haya el amor verdadero.

Alabemos entonces a Dios. Interiormente, con la silenciosa alabanza de una amorosa contemplación. Exteriormente, con palabras de admiración que la admiración de sus perfecciones pondrá en nuestros labios.



Beato Carlos de Foucauld (1858-1916)
ermitaño y misionero en el Sahara
Salmo 46 (Méditations sur les psaumes, Nouvelle Cité, 2002), trad. sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 15,29-37


Evangelio según San Mateo 15,29-37
Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó.

Una gran multitud acudió a él, llevando paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a sus pies y él los curó.

La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel.

Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino".

Los discípulos le dijeron: "¿Y dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado bastante cantidad de pan para saciar a tanta gente?".

Jesús les dijo: "¿Cuántos panes tienen?". Ellos respondieron: "Siete y unos pocos pescados".

El ordenó a la multitud que se sentara en el suelo;

después, tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y los dio a los discípulos. Y ellos los distribuyeron entre la multitud.

Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que sobraron se llenaron siete canastas.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

Este adviento confinado que vivimos (en mayor o menor medida, en unos lugares u otros) nos impide organizar comidas y banquetes que siempre han sido tan habituales en estas fechas: cenas de trabajo, encuentros con amigos, comidas familiares… La pandemia nos obliga a repensar el modo de encontrarnos, de festejar, de querernos y recibir el cariño que todos necesitamos. La Palabra y la tradición bíblica tiene claro que de lo más parecido al Reino de Dios y al encuentro final con Él es un banquete. Y un banquete de ricos manjares significa muy poco si no hay gente con quien compartirlo. Por eso conmueve saber que el Señor en persona sigue preparando la mesa para nosotros. Sigue cuidando todos los detalles. Hace sitio para todos y rebosan nuestras copas, nuestros platos de plan multiplicado. ¡Nada nos faltará!

También imagino hoy a Jesús mirándonos con compasión “porque llevamos muchos meses sin comer, sin poder abrazarnos, sin bailar juntos, sin visitar a los abuelos con calma, sin organizar encuentros familiares, sin viajar para estar con amigos… Y Jesús no quiere despedirnos en ayunas, no sea que desfallezcamos por el camino”.

-¿Cuántos panes tenéis?, ¿qué tienes que pueda servir para hacer más llevadero este tiempo de dolor en toda la humanidad?, ¿qué puedes aportar para que los que además del covid soportan la pobreza, las muertes en cayucos del mediterráneo, las inundaciones criminales en Centroamérica,…? ¿Cuántos panes tenéis?, ¡compartirlo, inventad modos nuevos de sentiros acompañados y alimentados unos por otros!

Quizá así comeremos hasta saciarnos y sobrarán canastos llenos. Levantaremos la mirada y diremos como Isaías: “Esperábamos en Dios y nos ha salvado. Celebremos y gocemos con su salvación”.

Nuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

martes, 1 de diciembre de 2020

LLAMADOS PARA ALABAR A DIOS


¡Llamados para alabar a Dios!

Dios mío, ¡qué bueno es en llamarnos para alabarlo! ¡Nada más agradable que alabar al bien-amado! (…) ¡Alabemos a Dios!

Dios mismo nos da el precepto y el ejemplo. ¡Cuántos salmos son salmos de alabanza! “¡Qué todos los seres vivientes alaben al Señor!” (Sal 150,6), “¡Alaben al Señor todas las naciones, glorifíquenlo todos los pueblos!” (Sal 117(116),1)…Muchas veces el Señor proclama “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…” (cf. Lc 10,21). Muchas veces le da nombres de alabanza: “Padre santo…Padre justo…” (c f. Jn 17,11.25). ¿Qué nos enseña a decir cuando nos enseña a rezar? “Padre nuestro que estás en el cielo, que tu nombre sea santificado” (Mt 6,9). Es decir, sea glorificado tanto por las palabras cómo por los pensamientos de todos los hombres. (…)

La alabanza además es una necesidad del amor. Si Dios no nos daba ni el precepto ni el ejemplo de alabarlo, sería para nosotros obligatorio hacerlo, sólo porque nos dice: “El primer mandamiento es amarme”. La admiración es parte fundamental de todo amor verdadero: es el fundamento, la causa. El motivo del verdadero amor es el bien, la perfección en el amado. Este bien, esta perfección, excitan la admiración y, poco distinta de ella, llega el amor. La alabanza es la expresión de la admiración y se encuentra (…) dónde se haya el amor verdadero.

Alabemos entonces a Dios. Interiormente, con la silenciosa alabanza de una amorosa contemplación. Exteriormente, con palabras de admiración que la admiración de sus perfecciones pondrá en nuestros labios.


Beato Carlos de Foucauld (1858-1916)
ermitaño y misionero en el Sahara
Salmo 46 (Méditations sur les psaumes, Nouvelle Cité, 2002), trad. sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 10,21-24


Evangelio según San Lucas 10,21-24
En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo:

"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".

Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: "¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!

¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

Las lecturas de hoy ponen en el centro de la escena al Espíritu Santo. O mejor aún, los efectos de vivir bajo su sombra.

Por un lado, para Isaías es la señal del Mesías: “sobre él se posará el Espíritu del Señor”. ¿Cómo lo notaremos?: por su sabiduría y ciencia (no acumulación de datos), entendimiento (no soberbia intelectual), consejo (no maledicencias), fortaleza (no cobardíaa)…

Los que viven a la sombra del Espíritu, dejándose llevar por él, no juzgan por apariencias ni colaboran en habladurías de oídas. Quizá por eso son personas justas, rectas en sus decisiones y nada tibias con los violentos y abusadores. Da gusto vivir cerca de gente así, a no ser que nosotros mismos andemos enredados en deslealtades, mentiras o ansias de notoriedad y poder.

Si nos molesta alguna persona llena de Espíritu Santo, preguntémonos si acaso no estamos yéndonos al otro lado. Porque los que viven desde la sabiduría de lo pequeño y simple, se alegran profundamente y sólo pueden dar gracias. Como Jesús en el Evangelio.

¡Dichosos nosotros si nos sentimos más cómodos, libres y seguros con aquellos que han elegido vivir según el Espíritu de Dios y, por eso, generan conflicto y rechazo a su alrededor!, ¡dichosos nosotros si los vemos y oímos y no nos ponemos en guardia, sino que sentimos que se nos esponja el alma y sólo deseamos dar gracias a Dios por mantenernos a su lado!

Nuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

lunes, 30 de noviembre de 2020

UN DIOS CERCANO

 

«Dios no está lejos, siempre está con nosotros, hasta el punto que muchas veces llama a las puertas de nuestro corazón. Dios camina a nuestro lado para sostenernos. El Señor no nos abandona; nos acompaña en nuestros eventos existenciales para ayudarnos a descubrir el sentido del camino, el significado del cotidiano, para infundirnos valentía en las pruebas y en el dolor. En medio de las tempestades de la vida, Dios siempre nos tiende la mano y nos libra de las amenazas. ¡Esto es bonito! En el libro del Deuteronomio hay un pasaje muy bonito, que el profeta dice al pueblo: “Pensad, ¿qué pueblo tiene a sus dioses cerca de sí como tú me tienes a mí cerca?”. Ninguno, solamente nosotros tenemos esta gracia de tener a Dios cerca de nosotros. Nosotros esperamos a Dios, esperamos que se manifieste, ¡pero también Él espera que nosotros nos manifestemos a Él»


Francisco

Ángelus

29-11-2020