martes, 24 de marzo de 2020

Santos y santas en tiempos de epidemias: Genoveva de París

Genoveva de París

Dicen los relatos que una Genovesa niña, con apenas seis años, se dedicaba a cuidar el rebaño familiar cuando fue descubierta por San Germán de Auxerre, quien supo ver en ella actitudes de piedad cristiana y posible santidad. Al quedarse huérfana a los quince años, siguió el consejo de Germán y se introdujo en la vida consagrada, pese a que había tenido que soportar la falta de fe de su madre, que cuentan que la golpeó para que no fuera a la iglesia y que, obrándose un hecho milagroso, tras la bofetada perdió la vista. Su hija, compasiva, lavó sus ojos con agua bendita y eso hizo que la mujer recuperara la visión.

Siguiendo una forma de vida especialmente estricta y austera, Genoveva se impuso ella misma la reclusión (que mantenía cada año de la Epifanía al Jueves Santo). Despreciando el consumo, se dice que comía solo los jueves y domingos. Ante el avance de los hunos, parece que convenció a sus vecinos parisinos de no huir, sino quedarse en la ciudad orando, y que finalmente Atila permitió aquello y no destruyó la ciudad. Entre otras intercesiones, Genoveva libró de la muerte a condenados y garantizó el abastecimiento de alimentos durante un asedio. Humilde, luminosa y peregrina, su culto se extendió desde su muerte en el 500. Invocada contra la peste, la lepra, las fiebres… se atribuye la supervivencia de París frente a la peste de 1130 a su obra.

fuente: Religión Digital

Santos y Santas en tiempos de epidemias: COSME Y DAMIÁN, mártires.

Cosme y Damián, mártires

En el 300 d. C., dos hermanos gemelos, Cosme y Damián, empezaron a hacerse célebres por ser médicos anárgiros (en griego, que no aceptaban dinero por su labor). Curando incluso a los animales (hoy, que España enfrenta el aislamiento, de nuevo los animales domésticos se han descubierto aliados contra la soledad de quienes lo afrontan sin nadie en casa), los hermanos no detuvieron sus prácticas hasta la persecución de Diocleciano, cuando fueron cruelmente torturados y al final decapitados. El reconocimiento a su extraordinario poder sanador subió como la espuma, y sus seguidores quisieron repartirse sus reliquias (las partes de su cuerpo), para repartir su intercesión ante las enfermedades. Sin embargo, cuenta la hagiografía que el dromedario que transportaba dichas reliquias habló: “No los separéis en la sepultura, porque no han sido separados en los méritos”.

Enterrados juntos en la actual Siria, su sepulcro se transformó en meta de peregrinaciones cristianas. Sanando incluso al emperador Justiniano, Cosme y Damián empezaron a recibir culto en oratorios y basílicas, como la del Foro Romano o la de Constantinopla. Allí parecía funcionar lo que se llama el “rito de la incubación”: los peregrinos dormían en el suelo, apoyando sus dolencias en el pavimento del oratorio o templo, y a la mañana siguiente amanecían curados, e incluso con marcas de haber sido operados.

A través de esta creencia popular, los hermanos se convirtieron en protectores de los hospitales y todo el personal vinculado a la salud (médicos, cirujanos, ortopédicos, dentistas, farmacéuticos…). Invocados contra cualquier clase de dolor, enfermedades que necesitan cirugía y contagiosas como la peste, son representados portando una caja de ungüentos.

fuente: Religión Digital

Santos y Santas en tiempos de epidemias: San Lazaro de Betania

¿A quiénes invoca la tradición cristiana en tiempos de epidemia?
Hermano de Marta y María y, según la Leyenda áurea, hijo de una familia rica, Lázaro fue aquel amigo al que Jesús de Nazaret resucitó en una de las más poderosas manifestaciones de su divinidad sanadora. O, mejor dicho, de su poder superior al de la propia muerte. Sin embargo, el culto a San Lázaro, igual que su patronazgo, a lo largo de los siglos se ha acabado por confundir con el culto al otro Lázaro, el mendigo, la figura enfrentada al rico Epulón. Como resultado, a Lázaro de Betania se le representa llagado y con ropajes estropeados, cuando no levantándose de la tumba (en la escena que sí que le corresponde).

En cualquier caso, la religiosidad popular le ha invocado desde antiguo en momentos de epidemias como la peste o de enfermedades contagiosas como la lepra. Según esta devoción, protege a los sepultureros (por su relación iconográfica con lo funerario), a los hospitales en general, a los leprosos y a los panaderos, que se consideraban expuestos a contagiarse por su trabajo. Algo que recuerda sin duda cómo están desafiando al coronavirus los trabajadores de la alimentación, que continúan abriendo en estos días, para que la ciudad no se quede sin un suministro tan esencial como el pan, el alimento.

fuente: Religión Digital

MEDITACIÓN PARA HOY: JUAN 4, 43-54

Le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo. (Juan 4, 47)

Hoy volvemos a encontrar a Jesús en Caná de Galilea, donde hace un nuevo milagro: la curación del hijo de un funcionario real. Lo que llama la atención de este nuevo milagro es que Jesús actúa a la distancia, no acude a Cafarnaúm para curar directamente al enfermo, sino que sin moverse de Caná hace posible el restablecimiento: Le dice el funcionario: “Señor, ven antes de que mi muchachito muera.” Jesús le contestó: “Vete, tu hijo ya está sano.” (Juan 4, 49-50).

De esta forma, Cristo demuestra que tiene poder sobre todas las cosas y en cualquier parte. Esto nos recuerda a todos nosotros que podemos hacer mucho bien a distancia, es decir, sin tener que hacernos presentes en el lugar donde se nos solicita nuestra generosidad. Así, por ejemplo, ayudamos al Tercer Mundo colaborando económicamente con nuestros misioneros o con entidades católicas que están allí trabajando. Ayudamos a los pobres de barrios marginales de las grandes ciudades con nuestras aportaciones a instituciones como Caridades Católicas, sin que debamos pisar sus calles. O, incluso, podemos dar una alegría a mucha gente que está muy distante de nosotros con una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico.

Muchas veces nos excusamos de hacer el bien porque no tenemos posibilidades de hacernos físicamente presentes en los lugares en los que hay necesidades urgentes.

La distancia no es ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría San Agustín: “Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra algo que dar.”

Pero el bien que hacemos no ha de limitarse a aportar dinero o bienes materiales; también hemos de rezar por esas personas necesitadas y, si es posible, compartir con ellas la buena noticia de la salvación; es decir, no solo darles ayuda social o económica, sino evangelizarles. Esto es algo que piden, por ejemplo, los habitantes de la Amazonía. Los católicos les dan ayuda social, pero los evangélicos les hablan de Cristo. Nosotros también debemos hacerlo, pues a eso nos mandó el Señor.
“Cristo, Señor y Salvador mío, ayúdame a ser generoso y también compartir la buena nueva de la salvación.”
Isaías 65, 17-21
Salmo 30 (29), 2. 4-6. 11-13
fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Buen día, Espíritu Santo! 24032020


COMPRENDIENDO LA PALABRA 240320


La piscina del bautismo es la que nos sana

Descended, hermanos, a las aguas del bautismo, revestíos del Espíritu Santo; 

uníos a los seres espirituales que sirven a nuestro Dios.

¡Bendito se Aquel que ha instituido el bautismo para el perdón de los hijos de Adan!

Esta agua es el fuego secreto que marca con un signo a su rebaño, 

con los tres nombres espirituales que ahuyentan al Maligno (cf Ap 3,12)…

Juan testifica de nuestro Salvador: “Él os bautizará con Espíritu Santo y con fuego” (Mt 3,11).

He aquí, hermanos, el fuego del Espíritu, en el verdadero bautismo.

Porque el bautismo es más poderoso que el Jordán, ese arroyo; 

con sus oleadas de agua y de aceite lava los pecados de todos los humanos.

Eliseo, haciéndole bañar siete veces, purificó a Naaman de su lepra (2R 5,10); 

el bautismo nos purifica de los pecados escondidos en el alma.

Moisés había bautizado al pueblo en el mar (1C 10,2), 

sin poder lavar, sin embargo, por dentro su corazón, 

ensuciado por el pecado.

Mirad ahora, a un sacerdote, semejante a Moisés, lavando al alma de sus manchas, 

y con el aceite marca con una señal a los nuevos corderos para el Reino… 

Con el agua manada de la roca se calmó la sed del pueblo (Ex 17,1s); 

y ahora, por Cristo y por su fuente, la sed de los pueblos es saciada. (…)

Del costado de Cristo sale una fuente que da vida (Jn 19,34); 

los pueblos sedientos han bebido de ella y han olvidado su pena.

Derrama, Señor, tu rocío sobre mi debilidad; 

por tu sangre perdona mis pecados.

Que mi nombre sea contado entre los santos, a tu derecha.

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 5,1-16


Evangelio según San Juan 5,1-16
Se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.
Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsata, que tiene cinco pórticos.
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua.
[Porque el Angel del Señor descendía cada tanto a la piscina y movía el agua. El primero que entraba en la piscina, después que el agua se agitaba, quedaba curado, cualquiera fuera su mal.]
Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años.
Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: "¿Quieres curarte?".
El respondió: "Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes".
Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y camina".
En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado,
y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: "Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla".
El les respondió: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y camina'".
Ellos le preguntaron: "¿Quién es ese hombre que te dijo: 'Toma tu camilla y camina?'".
Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí.
Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: "Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía".
El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado.
Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos.

Las lecturas de hoy nos ofrecen dos imágenes muy hermosas: el torrente de agua cada vez más abundante que mana del santuario de Dios y que a su paso todo lo transforma en vida, y la piscina de Siloé que cura a los enfermos que pueden sumergirse en ella. Dos imágenes que simbolizan la sobreabundancia de vida que procede Dios y de Jesús, el Hijo de Dios.

El Evangelio nos presenta a un paralítico que es curado treinta y ocho años después por el poder de la Palabra de Jesús y no por haber entrado en la piscina. Este hombre se curó por haber entrado en contacto con el Señor; y le curó de la parálisis y de algo peor “el pecado” que nos desconecta de Dios y de su proyecto, y es causa de otras parálisis personales: el egoísmo, el odio, el rencor, la envidia, la injusticia… que nos destruyen como personas.

Cuando Jesús sale al encuentro del paralítico se interesa primero por su voluntad “¿quieres?”. Después pronuncia su palabra poderosa que le pone en pie. Dios, en Jesús, se ha acercado a los enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, a los deseosos de sanar, de caminar, de anunciar, de cuestionar el mundo que los quiere postrados. El hecho de que Jesús ordene al paralítico curado que cargue con su camilla en sábado lo introduce en un ámbito nuevo, en el que lo importante no es saber qué trabajos puede hacer en sábado, sino liberar a las personas de todo aquello que les paraliza y les impide ser felices y vivir con dignidad y libertad. Por eso Jesús se opone con fuerza y valentía a que el pecado, las críticas o la legislación lo bloqueen en su proyecto de vida, de resurrección y salvación.

Al hombre de hoy, y de siempre, sentado en los límites de la esperanza sin poder comprometerse con la vida, desilusionado de los demás y con frecuencia también de la religión, es al que Cristo viene a buscar allí donde se encuentre, paralizado por el sufrimiento, el pecado o por las distintas circunstancias de la vida. A este hombre Jesús le pregunta sencillamente “¿Quieres curarte? Y si como el paralítico le dice “Señor, no tengo a nadie que me eche una mano”, oirá de Jesús “Levántate y echa a andar”. No son los ritos vacíos o alguna agua milagrosa la que cura, sino el poder de la Palabra de Jesús que recrea, rompe las ataduras que nos aprisionan, y sobre todo nos libera del pecado y sus consecuencias. Jesús en el corazón del hombre es “el surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”, como él mismo le dijo a la Samaritana. La presencia de Jesús transforma el corazón de las personas y las hace vivir con ilusión y esperanza. Por eso el hombre vive en plenitud cuando Dios está en él.

José Luis Latorre
Misionero Claretiano

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

lunes, 23 de marzo de 2020

CONVERTIRSE EN LUZ


«La Cuaresma que estamos viviendo que sea un tiempo oportuno y precioso para acercarnos al Señor, pidiendo su misericordia, en las diferentes formas que la Madre Iglesia nos propone. El ciego curado, que ahora ve con los ojos del cuerpo y con los del alma, es imagen de cada bautizado, que inmerso en la gracia ha sido arrancado de las tinieblas y colocado en luz de la fe. Pero no basta con recibir la luz, hay que convertirse en luz. Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con toda nuestra vida»

Francisco
Ángelus 22-03-2020


MEDITACIÓN PARA HOY: JUAN 4, 43-54

Le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo. (Juan 4, 47)

Hoy volvemos a encontrar a Jesús en Caná de Galilea, donde hace un nuevo milagro: la curación del hijo de un funcionario real. Lo que llama la atención de este nuevo milagro es que Jesús actúa a la distancia, no acude a Cafarnaúm para curar directamente al enfermo, sino que sin moverse de Caná hace posible el restablecimiento: Le dice el funcionario: “Señor, ven antes de que mi muchachito muera.” Jesús le contestó: “Vete, tu hijo ya está sano.” (Juan 4, 49-50).

De esta forma, Cristo demuestra que tiene poder sobre todas las cosas y en cualquier parte. Esto nos recuerda a todos nosotros que podemos hacer mucho bien a distancia, es decir, sin tener que hacernos presentes en el lugar donde se nos solicita nuestra generosidad. Así, por ejemplo, ayudamos al Tercer Mundo colaborando económicamente con nuestros misioneros o con entidades católicas que están allí trabajando. Ayudamos a los pobres de barrios marginales de las grandes ciudades con nuestras aportaciones a instituciones como Caridades Católicas, sin que debamos pisar sus calles. O, incluso, podemos dar una alegría a mucha gente que está muy distante de nosotros con una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico.

Muchas veces nos excusamos de hacer el bien porque no tenemos posibilidades de hacernos físicamente presentes en los lugares en los que hay necesidades urgentes.

La distancia no es ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría San Agustín: “Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra algo que dar.”

Pero el bien que hacemos no ha de limitarse a aportar dinero o bienes materiales; también hemos de rezar por esas personas necesitadas y, si es posible, compartir con ellas la buena noticia de la salvación; es decir, no solo darles ayuda social o económica, sino evangelizarles. Esto es algo que piden, por ejemplo, los habitantes de la Amazonía. Los católicos les dan ayuda social, pero los evangélicos les hablan de Cristo. Nosotros también debemos hacerlo, pues a eso nos mandó el Señor.
“Cristo, Señor y Salvador mío, ayúdame a ser generoso y también compartir la buena nueva de la salvación.”
Isaías 65, 17-21
Salmo 30 (29), 2. 4-6. 11-13
fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Creyó en la Palabra y recibió la vida

«Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino» (Jn 4,50)

«La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo». (Hb 4,12). A través de estas palabras el apóstol enseña a los que buscan a Cristo –Palabra, Fuerza y Sabiduría de Dios- toda la fuerza, toda la sabiduría que contiene la Palabra de Dios. Esta Palabra estaba al principio junto al Padre, eterna como él (Jn 1,1). En su tiempo fue revelada a los apóstoles, anunciada por ellos y humildemente recibida en la fe por el pueblo de los creyentes.

Hay, pues, una Palabra en el Padre, una Palabra en la boca de los apóstoles, una Palabra en el corazón de los creyentes. La Palabra en la boca es expresión de la Palabra que está en el Padre; es también expresión de la Palabra que hay en el corazón del hombre. Cuando se comprende la Palabra, o cuando se la cree, o cuando se la ama, la Palabra en el corazón del hombre se convierte en inteligencia de la Palabra, o en fe en la Palabra, amor en la Palabra. Cuando estas tres se reúnen en un solo corazón, en un momento se comprende, se cree y se ama a Cristo, Palabra de Dios, Palabra del Padre... Cristo habita en esta persona por la fe, y por una admirable condescendencia baja del Padre al corazón del hombre...

Esta Palabra de Dios... es viva: el Padre le ha dado tener la vida en ella misma tal como él tiene la vida en sí mismo (Jn 5,26). Es por eso que no solamente es viva, sino que es Vida, tal como está escrito: «Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida» (Jn 14,6). Y puesto que es la Vida, es viva para ser vivificante, porque «lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere» (Jn 5,21).

Balduino de Cantorbery
Homilía: Creyó en la Palabra y recibió la vida
«Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino» (Jn 4,50)
6 sobre Hebreos 4,12: PL 204, 451-453

Curó al padre enfermo en el espíritu y al hijo enfermo en su cuerpo

«Si no veis signos y prodigios, no creéis» (Lc 4,48)

«Si no veis prodigios y signos, no creéis.» (Jn 4,48) El funcionario real parece no creer que Jesús tenga el poder de resucitar a los muertos. «¡Baja antes que no muera mi hijo!» (Jn 4,49) Parece que cree que Jesús ignora la gravedad de la enfermedad de su hijo. Por esto, Jesús le reprocha su poca fe, para mostrarle que los signos y prodigios se realizan sobre todo para curar a las almas. Así, Jesús cura al padre que está enfermo del espíritu no menos que al hijo que está enfermo en su cuerpo. Así nos enseña que hace falta unirse a él, no a causa de los milagros, sino por su enseñanza confirmada por los milagros. Jesús realiza los prodigios no para los creyentes sino para los incrédulos....

Una vez en casa, «creyó y toda su familia» (Jn 4, 53) Gente que no había visto nunca a Jesús ni oído hablar, creen en él. ¿Qué nos quiere enseñar el evangelio? Hay que creer en él sin exigir prodigios; no hay que exigir a Dios pruebas de su poder. En nuestros días, ¡cuánta gente muestra un amor mayor a Dios después que su hijo o su mujer hayan experimentado alivio en sus enfermedades! Aunque nuestros ruegos no fueran escuchados, hay que perseverar igualmente en la acción de gracias y la alabanza. ¡Quedemos unidos a Dios en la adversidad y en la prosperidad!

Juan Crisóstomo
Sobre el Evangelio de san Juan: Curó al padre enfermo en el espíritu y al hijo enfermo en su cuerpo

Buen día, Espíritu Santo! 23032020


COMPRENDIENDO LA PALABRA 230320


“¿Si no veis signos, no podéis creer?”

“El que escruta la majestad de Dios, se verá abrumado por su gloria” (Pr 25,27 Vulg). Dios no ha dado al hombre la suficiente inteligencia para conocerlo todo…; lo que se te pide es una fe sólida y una vida sencilla, y no un conocimiento de todo. Si no entiendes ni comprendes las cosas más triviales ¿cómo entenderás las que están sobre la esfera de tu alcance? Sujétate a Dios y humilla tu juicio a la fe, y se te dará la luz de la ciencia, según te fuere útil y necesaria. 

Algunos son gravemente tentados contra la fe en el santo sacramento; mas esto no se ha de imputar a ellos sino al enemigo. No tengas cuidado, no disputes con tus pensamientos, ni respondas a las dudas que el diablo te sugiere, sino cree en las palabras de Dios, cree a sus santos y a sus profetas, y huirá de ti el malvado enemigo. Muchas veces es muy conveniente al siervo de Dios el padecer estas tentaciones. Pues no tienta el demonio a los infieles y pecadores a quienes ya tiene seguros; sino que tienta y atormenta de diversas maneras a los fieles y devotos.

Acércate, pues, con una fe firme y sencilla, y llégate al sacramento con suma reverencia; y todo lo que no puedes entender encomiéndalo con seguridad al Dios todopoderoso. Dios no te engaña; el que se engaña es el que se cree a sí mismo con demasía. Dios anda con los sencillos, se descubre a los humildes, y “da entendimiento a los pequeños” (Sal 118, 130), alumbra a las almas puras y esconde su gracia a los curiosos y soberbios. La razón humana es flaca, y puede engañarse; mas la fe verdadera no puede ser engañada.


Imitación de Cristo
tratado espiritual del siglo XV
IV, 18

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 4,43-54


Evangelio según San Juan 4,43-54
Jesús partió hacia Galilea.
El mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo.
Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta.
Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún.
Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo.
Jesús le dijo: "Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen".
El funcionario le respondió: "Señor, baja antes que mi hijo se muera".
"Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.
Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y leanunciaron que su hijo vivía.
El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le respondieron.
El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia.
Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos.

La Cuaresma es el camino que hacemos hacia la Pascua, la fiesta de la luz, de la vida y de la alegría. Pero este año un tanto doloroso para todos por el coronavirus. Y en medio de este caminar difícil el Profeta Isaías nos anuncia con fuerza que Dios va a “crear un nuevo cielo y una nueva tierra”, que se va a producir una transformación y un cambio profundos y que el pueblo lo va a ver y experimentar. Que Dios no nos abandona y que toda esta pandemia va a dar frutos buenos en cada uno y en toda la sociedad. La voz del Profeta es una llamada a los cristianos a no perder la esperanza y la confianza en medio de la prueba y a no olvidarnos que “Dios escribe recto con renglones torcidos”.

Sabemos que este anuncio del Profeta tuvo pleno cumplimiento en Jesús: su Palabra realizó –y realiza hoy- prodigios y maravillas. Pero hay que creer en Él con una fe que no está contaminada por el propio interés o el sentido mágico, sino llena de confianza pues estamos seguros que Jesús actúa siempre o liberándonos de una enfermedad, una pandemia, una situación difícil… o fortaleciéndonos interiormente en la esperanza y el amor, o afianzándonos en nuestras convicciones y valores. La Palabra siempre se cumple.

Juan nos narra la escena del funcionario real que acude a Jesús para pedirle la curación de su hijo gravemente enfermo. A la petición del funcionario Jesús le dice: “Vete, tu hijo vive”. El funcionario creyó en la palabra del Señor y se volvió a su casa. Creyó y obedeció; escuchó a Jesús y puso en práctica lo que le dijo; superó sus temores y dudas y bajó hacia su casa. En este camino de vuelta a su casa le acompañó únicamente la Palabra de Jesús, y esta Palabra también sostuvo cada uno de sus pasos de regreso a casa. Y desde casa los criados le salen al encuentro con la grata certeza y con las mismas palabras que le había dicho Jesús: “tu hijo vive”. La fe que ha caminado en la oscuridad y la incertidumbre encuentra la luz y se convierte en pleno asentimiento: “Y creyó él y todos los suyos”. Los temores y las dudas se disiparon y las certezas de la luz brillaron en su corazón y en de los suyos. Una vez más lo que el funcionario había oído de Jesús se realizaba en su hijo, en él y en los suyos.

Este relato –como todos los que nos cuentan los Evangelios- se cumple también hoy, pues la Palabra de Jesús es viva, eficaz y eterna. Es una Palabra que actúa cuando hay una fe profunda y sincera. En la noche de la prueba y del sufrimiento la Palabra de Jesús es lámpara para nuestros pasos y es oración confiada que encuentra su confirmación luminosa. Cuando todo va bien es como el agua que fecunda nuestro corazón y le hace dar frutos buenos y abundantes. Repite hoy con alegría y convicción: “Tu Palabra me da vida, confío en Ti, Señor; tu Palabra es eterna, en ella esperaré”.

José Luis Latorre
Misionero Claretiano

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 22 de marzo de 2020

MISERICORDIA


«Del Señor aprendemos a ser misericordiosos, pues Él nos precede y nos perdona antes; y al experimentar su perdón en nosotros, somos capaces de perdonar. La misericordia está al centro del cristianismo, y es la meta de todo camino espiritual; es uno de los frutos más bellos de la caridad. Pidamos al Señor que, en este momento particularmente difícil para todos, podamos redescubrir dentro de nosotros su Presencia que nos ama y nos sostiene, y de este modo ser portadores de su ternura a cuantos nos rodean, con obras de cercanía y de bien. Que Dios los bendiga»

Francisco
Audiencia General
18-03-2020 


CAMINO DE CUARESMA día 22


Buen día, Espíritu Santo! 22032020



Cristo no vino a culpar, vino a curar

En estos domingos de Cuaresma, a través de los pasajes del evangelio de san Juan, la liturgia nos hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del «agua viva»; hoy, curando al ciego de nacimiento, se revela como «la luz del mundo»; el domingo próximo, resucitando a su amigo Lázaro, se presentará como «la resurrección y la vida». Agua, luz y vida: son símbolos del bautismo, sacramento que «sumerge» a los creyentes en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, liberándolos de la esclavitud del pecado y dándoles la vida eterna.

Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: «Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: «Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (...) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo» (Jn 9, 4-5).

Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por el soplo de Dios (cf. Gn 2, 7). De hecho, «Adán» significa «suelo», y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así, al final del relato, Jesús y el ciego son «expulsados» por los fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.

Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda cegado por su propio egoísmo.

Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el «gran pecado» (cf. Sal 19, 14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.

Benedicto XVI
IV Domingo de Cuaresma (Año A)
Domingo 02 de marzo del 2008

COMPRENDIENDO LA PALABRA 220320


“Se lavó; cuando volvió, veía”

Dios todopoderoso, Bienhechor, creador del universo 

escucha mis gemidos, que estoy en peligro.

Líbrame del temor y de la angustia; 

líbrame por tu fuerza poderosa, tú que todo lo puedes…

Señor Jesucristo, (...) corta la malla de mi red con la espada de tu cruz victoriosa, el arma de vida.

Por todas partes esta red me envuelve, a mí, cautivo, para hacerme perecer; 

conduce al lugar de tu reposo mis pasos vacilantes y desviados.

Cura la fiebre de mi corazón que me ahoga.

Soy culpable ante ti, quita de mi alma la turbación, fruto de la invención diabólica, 

haz desaparecer la oscuridad de mi alma angustiada…

Renueva en mi alma la imagen de luz de la gloria de tu nombre, grande y poderoso.

Intensifica el resplandor de tu gracia sobre la belleza de mi rostro 

y sobre la efigie de los ojos de mi espíritu, a mi, nacido de tierra (Gn 2,7)

Corrige en mí, restaura más fielmente, la imagen que refleja la tuya (Gn 1,26)

A través de una pureza luminosa, haz desaparecer mis tinieblas, a mí que soy pecador.

Inunda mi alma de tu luz divina, viviente, eterna, celeste, 

para que crezca en mí la semejanza con Dios Trinidad.

Sólo tú, oh Cristo, eres bendito con el Padre 

para la alabanza de tu Espíritu Santo

por los siglos de los siglos. Amén.



San Gregorio de Narek (c. 944-c. 1010)
monje y poeta armenio
Libro de oraciones, nº 40

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 9,1-41


Evangelio según San Juan 9,1-41
Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.
Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?".
"Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.
Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.
Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo".
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,
diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.
Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?".
Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". El decía: "Soy realmente yo".
Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?".
El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi".
Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé".
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.
Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.
Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo".
Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos.
Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta".
Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres
y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?".
Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,
pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta".
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.
Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él".
Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador".
"Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo".
Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?".
El les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?".
Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés!
Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este".
El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.
Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad.
Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.
Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada".
Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?".
El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?".
Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando".
Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él.
Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven".
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?".
Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece".


RESONAR DE LA PALABRA

De la confusión a la luz

El evangelio de hoy cuenta una historia larga y preciosa. Da para hablar y comentar mucho: las actitudes de los diversos personajes, identificarnos con unos y con otros, etc. Pero nos vamos a centrar en la relación entre el ciego y Jesús. Si dejamos de lado todas las discusiones y diálogos posteriores al milagro, el relato del milagro en cuanto tal es brevísimo. Jesús se acerca al ciego –no se dice que el ciego haya solicitado su curación, simplemente estaba allí y Jesús lo vio–, escupe en tierra, hace barro con la saliva, se lo unta en los ojos y le dice que se vaya a lavar. El ciego obedece y recobra la vista. Luego viene toda la discusión entre los conocidos, la familia, los fariseos y el ciego. Jesús prácticamente desaparece del relato. Hasta que al final se encuentra de nuevo con el ciego, expulsado de la sinagoga simplemente por contar lo que le había sucedido, y le invita a creer en él.

Atención al método de curación. Jesús unta barro en los ojos del ciego. Es como si Jesús llevase al ciego a una mayor confusión todavía. En realidad el ciego vivía tranquilo y contento en su situación. No pide a Jesús que le cure. Simplemente está allí cuando Jesús pasa. Podemos pensar que si era ciego de nacimiento, no sentiría ninguna necesidad de ver. ¿Para qué? Su mundo había sido siempre oscuro. No conocía la luz. No sentía necesidad de ella. Quizá ni siquiera tenía conciencia de tener ojos. 

Jesús le hace tomar conciencia de su realidad. El barro en los ojos le tuvo que doler al ciego. Le hizo sentir que tenía ojos. ¿No es verdad que el dolor en una parte del cuerpo nos hace sentir esa parte de una forma especial? Algo así le pasó al ciego. Luego vino la instrucción. “Vete a lavarte”. “Lavarme, ¿qué?”, pensaría el ciego. Pero fue y, al lavarse, descubrió por primera vez lo que era la vista. Descubrió el mundo. Se descubrió a sí mismo. 

Su existencia tranquila se complicó muchísimo. De repente entró en conflicto con sus conocidos, con su mundo. Los fariseos le terminaron expulsando de la sinagoga y sus mismos familiares no querían saber mucho de él. Al final, se encuentra con Jesús y, con su vista recién ganada, reconoce al salvador. “Creo, Señor”. Y se postró ante él.

A mitad de la Cuaresma, el Evangelio nos dice que Jesús es la luz del mundo. Es nuestra luz. Nos hace ver la realidad de nuestra vida. Nos saca de la oscuridad en la que nos sentimos cómodos. Nos descubre lo que nos gustaría dejar oculto. Nos hace enfrentarnos con nuestra realidad. A la vez y sobre todo, nos muestra la luz, nos enseña que más allá de la oscuridad hay un mundo mejor y más bello, hecho de fraternidad y reino. Y nos desafía a dar una respuesta. ¿Quién se anima a abrir así los ojos?

Para la reflexión

¿Cuáles son las partes de nuestra vida, de nuestra familia, de nuestras relaciones, de nuestra sociedad, que preferimos dejar en la oscuridad y no mirarlas? ¿Queremos de verdad que Jesús nos abra los ojos? ¿En qué tendríamos que cambiar si nos decidimos a abrir los ojos? ¿Qué papel juega Jesús en nuestra vida? ¿Es de verdad nuestra luz?
Fernando Torres cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 21 de marzo de 2020

Buen día, Espíritu Santo! 21032020


COMPRENDIENDO LA PALABRA 210320


“Ten piedad de mí que soy un pecador.” (Lc 18,13)

Es importante que insistas en lo que es el fundamento de la santidad y el fundamento de la bondad. Quiero decir la virtud de la que Jesús se presenta explícitamente como modelo: “la humildad. (Mt 11,29) La humildad interior más que exterior. Reconoce que tú eres verdaderamente una nada, miserable, débil, plagado de defectos, capaz de cambiar el bien en el mal, de abandonar el bien por el mal, de atribuirte el bien y justificarte en el mal, y, por amor a este mal menospreciar a Aquel que es el bien supremo.

No te acuestes nunca sin haber hecho previamente un examen de conciencia de cómo has pasado el día. Vuelve hacia el Señor todos tus pensamientos y conságrale tu persona y la de todos los cristianos. Luego, ofrécele tu sueño como alabanza de su gloria, sin olvidar nunca tu buen ángel de la guarda que permanece a tu lado.


San [Padre] Pío de Pietrelcina (1887-1968)

capuchino
“Buona giornata”

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 18,9-14


Evangelio según San Lucas 18,9-14
Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:
"Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano.
El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.
Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'.
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'.
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

Ayer el escriba decía a Jesús que el amor al hermano vale más que todos los sacrificios y holocaustos. Hoy lo recuerda Oseas: “misericordia quiero, no sacrificios”, texto que el primer evangelio transmite hasta dos veces en boca de Jesús (Mt 9,13; 12,7).

Pero hoy el profeta habla sobre todo de sanación y recuperación. Dios ha tenido que afligir pedagógicamente a su pueblo, pero llega el tiempo de la restauración, descrita ya simbólicamente como preludio de la resurrección: “al tercer día”. La cuaresma no es solo ni principalmente un tiempo de mirar los propios pecados, sino ante todo de mirar al Dios dispuesto a acogernos y mostrarnos su amor. En realidad es algo que nos toca experimentar en cada eucaristía, pues en el Credo no confesamos que creemos en nuestros pecados, sino en el perdón de los mismos.

De ese Dios que tiene su gusto en acoger al pecador nos habla el evangelio. Los fariseos no eran mala gente; procuraban ser cumplidores, llegar incluso más allá de lo establecido por la ley religiosa judía; pero esa entrega religiosa, sincera en la mayoría de los casos, quedaba empañaba por el orgullo que producía en ellos y el menosprecio hacia los religiosamente marginados, los recaudadores, llamados “publicanos”.

En los fariseos, en muchos casos, se había llegado a una paradoja casi inimaginable: a fuerza de procurar la máxima fidelidad a Dios, ese Dios había terminado siéndoles superfluo. El fariseísmo se había convertido en un pelagianismo anticipado; quien cree salvarse a sí mismo mediante su actitud de “cumplidor”, su sincera entrega religiosa, sus “méritos”, no necesita que un Dios bueno y compasivo venga a salvarle. ¡Dios se hace superfluo!

Por ello, a pesar de tanta buena voluntad, el choque entre Jesús y algunos fariseos se hizo inevitable. Él anuncia un Dios compasivo, que todo lo da gratis y cuya capacidad para el perdón es inconmensurable. Ese Dios, naturalmente, agrada a los publicanos, a los convencidos de su necesidad de perdón y rehabilitación. Y ellos, quizá más ignorantes que los fariseos, captan sin embargo mucho mejor quién es el Dios anunciado y visualizado por Jesús: el de los pequeños, pobres, pecadores.

Debió de ser impresionante ver a Jesús, con todo su halo de profeta, de “hombre de Dios”, compartiendo mesa y vida con aquellos grupos marginales. Y para ellos tuvo que ser un balón de oxígeno.

Hoy somos nosotros los que nos sentamos a la mesa con Jesús, sin que él haya esperado a que desaparezcan por completo nuestros defectos, manías, malos hábitos; no ha venido a llamar a justos... Captando y agradeciendo esa su compasión, saldremos del templo justificados.

Nuestro hermano
Severiano Blanco cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

viernes, 20 de marzo de 2020

Buen dìa, Espíritu Santo! 20032020


MEDITACIÓN PARA HOY: MARCOS 12, 28-34

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma… (Marcos 12, 30)

El Evangelio de hoy nos enseña que el amor es el corazón y el fundamento de nuestra fe cristiana y es la voluntad de Dios para todo ser humano. Por eso, lo que Jesús enseñó acerca del amor tuvo buena acogida en el corazón del escriba. Jesús vio que, por reconocer la importancia del amor en el plan de Dios, este escriba estaba muy cerca del Reino de los cielos.

Los cristianos hemos escuchado muchas veces el mandamiento de Jesús, pero ¿cómo lo estamos cumpliendo? ¿En qué medida estamos amando al prójimo de obra y en verdad y no solamente hablando del amor? El amor verdadero es costoso. A veces es muy difícil amar, especialmente a nuestros enemigos; pero Jesús puede ablandar nuestro corazón y el Espíritu Santo nos ayuda a amar más allá de nuestra limitada capacidad humana.

El pasaje de hoy nos plantea otro interrogante: ¿Qué nos parecen aquellas personas que sin ser seguidoras de Jesús actúan con amor y bondad? ¿Los miramos con compasión e incluso admiración, aunque no sean cristianos comprometidos? Los que no comparten nuestras creencias religiosas, e incluso los que tienen puntos de vista muy desviados acerca de Dios, pueden acoger en su corazón las enseñanzas de Jesús. Posiblemente ellos, como el escriba, estén muy cerca del Reino de Dios.

Amar a Dios y al prójimo es lo más importante que podemos hacer. Como lo dijo una vez San Juan de la Cruz: “En el crepúsculo de la vida, seremos juzgamos por el amor que hayamos demostrado.” Jesús quiere que nuestra vida esté marcada por un amor que busque el bien de los demás y esté dispuesto a asumir una humilde actitud de servicio. Jesús nos ofrece oportunidades de amar día tras día, y la gracia de aprovechar estas oportunidades. Si amamos con su amor, no tenemos idea de cómo podremos influir en quienes nos rodean. ¿Quién sabe? Posiblemente lo que hagamos por amor al prójimo sirva de aliciente para que otras personas tomen ciertas decisiones que las incorporen más de lleno en el Reino de Dios. Oremos por todos los que tratan sinceramente de amar de verdad y en forma práctica.
“Jesús, Señor mío, infunde en mi corazón una mayor capacidad de amar, y enséñame a amar como tú amas.”
Oseas 14, 2-10
Salmo 81 (80), 6-11. 14. 17

fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros