miércoles, 27 de septiembre de 2017

¿Sabes, hijo, cuál es la causa de tanta aflicción en el mundo?

¡No llores, hijo, que pronto vendrá el Señor y lo arreglará todo!








¿Sabes, hijo, por qué las nubes se cierran cuando los campos están sedientos de lluvia, y se abren cuando estos no desean la lluvia? Debes saber que, debido a las maldades de los hombres, la naturaleza se ha perturbado y ha perdido su orden.

¿Sabes, hijo, por qué los huertos dan pobres frutos en primavera, y en verano una mala cosecha? Porque también las hijas de los hombres odian el fruto de sus vientres y lo matan cuando apenas se está formando.

¿Sabes, hijo, por qué los manantiales se secan y los frutos de la tierra ya no tienen el mismo gusto que antes? Debido a los pecados de los hombres, que han terminado debilitando toda la naturaleza.

¿Sabes, hijo, por qué una nación —otrora vencedora— sufre debido a sus propios conflictos internos y enemistades, gustando el amargo pan de las lágrimas y la angustia? Porque se preocupó en vencer a los bárbaros que le rodeaban, pero no a los que tenía dentro.

¿Sabes, hijo, por qué la madre ya no puede saciar a sus hijos? Porque, al amamantarlos, no les tararea el canto del amor, sino el del odio a los vecinos.

¿Sabes, hijo, por qué las personas se han vuelto desagradables y han perdido la belleza de sus ancestros? Porque han renunciado a la imagen de Dios, misma que, desde dentro, desde el alma, hace bello el rostro; en cambio, se llenan de toda clase de carmines terrenales.

¿Sabes, hijo, por qué se han multiplicado las enfermedades y las pestes más terribles? Porque los hombres han empezado a creer que la salud es algo arrebatado a la naturaleza y no otorgado por Dios. Y lo que es tomado a la fuerza, con más fuerza debe ser protegido.

¿Sabes, hijo, por qué los hombres se pelean por la tierra y no se avergüenzan de parecer topos? Porque esa tierra les crece en el corazón, y los ojos ven sólo lo que hay en el corazón. Y porque, hijo mío, el pecado los debilita muchísimo en la lucha por el Cielo.

¡No llores, hijo, que pronto vendrá el Señor y lo arreglará todo!

(Traducido de: Sfântul Nicolae Velimirovici, Inima în Marele Post, Editura Predania, București, 2010, pp. 26-27)
Fuente: Doxologia

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