miércoles, 31 de mayo de 2017

La Madre del Señor está siempre con nosotros

La compasión que mana de los santos, al escuchar nuestras oraciones, puede compararse con el torrente de un río, mientras que la misericordia la Madre del Señor se asemeja al agua del mar o del océano.


La fuerza divina de la Santísima Madre del Señor se manifiesta no sólo en el inigualable valor de sus oraciones, sino también en el incesante efluvio de su altísima misericordia para con nosotros, inseparable de aquel denuedo.
Podemos conocer la grandeza de estas oraciones, si hacemos la siguiente comparación: la compasión que mana de los santos, al escuchar nuestras oraciones, puede compararse con el torrente de un río, mientras que la misericordia la Madre del Señor se asemeja al agua del mar o del océano. ¿Hay alguno entre nosotros que no haya experimentado su protección, después de haber orado con fe y perseverancia? Este auxilio ha sido conocido por los fieles de todos los tiempos, desde que existe la Iglesia Ortodoxa. Esta protección de la Purísima Madre del Señor, este maravilloso manto materno permanecerá sobre nosotros para siempre, hasta el fin de los tiempos, como les prometiera a los apóstoles, después de su Gloriosa Dormición.
¿De dónde brota la fuerza de sus oraciones y su honradísima piedad para nosotros? Desde luego, de su amor de madre para con nosotros. A partir del relato de la vida de San Andrés “el loco por Cristo”, conocemos que ella no siempre se mantiene en los Cielos, sino que constantemente deja la felicidad de los divinos aposentos y desciende a este mundo, para consolarnos en nuestra aflicción. De hecho, ella está con nosotros, en medio de nuestras tribulaciones. Ella está a nuestro lado cuando las penas nos hacen llorar. Ella está allí en donde se elevan oraciones, cuando los sufrimientos parecen no tener solución. Ella está siempre al lado de los hombres, aún a las orillas del peor de los abismos.

(Traducido de: Sfântul Ierarh Serafim (Sobolev) Făcătorul de minuni din Sofia, Predici, Editura Adormirea Maicii Domnului, Bucureşti, 2007, pp. 179-180)

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