martes, 30 de mayo de 2017

COMPRENDIENDO LA PALABRA 300517

San Ireneo de Lyon (c. 130-c. 208), obispo, teólogo y mártir 
Contra las herejías, IV, 14
«Así... dará la vida eterna a todos los que tú le has dado»

      No es porque Dios tuviera necesidad del hombre que al principio modeló a Adán, sino para tener alguien en quien depositar sus beneficios. Porque no tan sólo antes de Adán, sino incluso antes de la creación, ya el Verbo glorificaba al Padre, permaneciendo en él, y él era glorificado por el Padre, tal como él mismo lo dice: «Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese». No es que primero tuviera necesidad de nuestros servicio por lo que nos mandó seguirle, sino para procurarnos la salvación. Porque seguir al Señor es tener parte en la salvación, igual que seguir la luz es tener parte en la luz.

      Cuando unos hombres están en la luz, no son ellos quienes iluminan a la luz y la hacen brillar, sino que ellos son iluminados por ella y los hace resplandecientes; lejos de añadirle lo que sea, son ellos los que se benefician de la luz y son iluminados por ella. Lo mismo ocurre con el servicio para con Dios; nuestro servicio no añade nada a Dios, porque Dios no tiene necesidad del servicio de los hombres; pero, a los que le sirven y le siguen, Dios les da la vida, la incorruptibilidad y la gloria eterna...

      Si Dios pide el servicio de los hombres, es para poder –porque es misericordioso- conceder sus beneficios a los que perseveran en su servicio. Porque si Dios no tiene necesidad de nada, el hombre sí tiene necesidad de la comunión con Dios. La gloria del hombre es perseverar en el servicio de Dios. Por eso el Señor decía a sus discípulos: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido» (Jn 15,16). Con ello quería indicar que no eran ellos que le glorificaban al seguirle, sino que, por haber seguido al Hijo de Dios, ellos serían glorificados por él. «Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen mi gloria» (Jn 17,24).


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