viernes, 7 de abril de 2023

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 18,1-40.19,1-42


Evangelio según San Juan 18,1-40.19,1-42
Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos.

Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia.

Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas.

Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó: "¿A quién buscan?".

Le respondieron: "A Jesús, el Nazareno". El les dijo: "Soy yo". Judas, el que lo entregaba, estaba con ellos.

Cuando Jesús les dijo: "Soy yo", ellos retrocedieron y cayeron en tierra.

Les preguntó nuevamente: "¿A quién buscan?". Le dijeron: "A Jesús, el Nazareno".

Jesús repitió: "Ya les dije que soy yo. Si es a mí a quien buscan, dejEn que estos se vayan".

Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: "No he perdido a ninguno de los que me confiaste".

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco.

Jesús dijo a Simón Pedro: "Envaina tu espada. ¿ Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?".

El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron.

Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año.

Caifás era el que había aconsejado a los judíos: "Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo".

Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice,

mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro.

La portera dijo entonces a Pedro: "¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?". El le respondió: "No lo soy".

Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego.

El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza.

Jesús le respondió: "He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto.

¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho".

Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole: "¿Así respondes al Sumo Sacerdote?".

Jesús le respondió: "Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?".

Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás.

Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron: "¿No eres tú también uno de sus discípulos?". El lo negó y dijo: "No lo soy".

Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, insistió: "¿Acaso no te vi con él en la huerta?".

Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.

Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua.

Pilato salió a donde estaban ellos y les preguntó: "¿Qué acusación traen contra este hombre?". Ellos respondieron:

"Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado".

Pilato les dijo: "Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la Ley que tienen". Los judíos le dijeron: "A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie".

Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir.

Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?".

Jesús le respondió: "¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?".

Pilato replicó: "¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?".

Jesús respondió: "Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí".

Pilato le dijo: "¿Entonces tú eres rey?". Jesús respondió: "Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz".

Pilato le preguntó: "¿Qué es la verdad?". Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo: "Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo.

Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos?".

Ellos comenzaron a gritar, diciendo: "¡A él no, a Barrabás!". Barrabás era un bandido.

Pilato mandó entonces azotar a Jesús.

Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo,

y acercándose, le decían: "¡Salud, rey de los judíos!", y lo abofeteaban.

Pilato volvió a salir y les dijo: "Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en él ningún motivo de condena".

Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo: "¡Aquí tienen al hombre!".

Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!". Pilato les dijo: "Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo".

Los judíos respondieron: "Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque él pretende ser Hijo de Dios".

Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía.

Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: "¿De dónde eres tú?". Pero Jesús no le respondió nada.

Pilato le dijo: "¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?".

Jesús le respondió: " Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave".

Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban: "Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César".

Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado "el Empedrado", en hebreo, "Gábata".

Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: "Aquí tienen a su rey".

Ellos vociferaban: "¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!". Pilato les dijo: "¿Voy a crucificar a su rey?". Los sumos sacerdotes respondieron: "No tenemos otro rey que el César".

Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron.

Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado "del Cráneo", en hebreo "Gólgota".

Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio.

Pilato redactó una inscripción que decía: "Jesús el Nazareno, rey de los judíos", y la hizo poner sobre la cruz.

Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego.

Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: "No escribas: 'El rey de los judíos', sino: 'Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos'.

Pilato respondió: "Lo escrito, escrito está".

Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo,

se dijeron entre sí: "No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca". Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.

Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".

Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: Tengo sed.

Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca.

Después de beber el vinagre, dijo Jesús: "Todo se ha cumplido". E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.

Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne.

Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús.

Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas,

sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.

Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus huesos.

Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos traspasaron.

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús -pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo.

Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos.

Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.

En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado.

Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

El relato evangélico de la Pasión nos remite a uno de los episodios centrales del camino de Jesús que marcan de manera definitiva nuestra fe cristiana. Tanto es así que los primeros escritos que surgieron del Nuevo Testamento fueron pasajes aislados que recogían los acontecimientos de la pasión, crucifixión y muerte del Señor. Los escritos posteriores, como los del nacimiento, la vida pública y la resurrección, se articularon a partir de este eje y convergen hacia él. Y es que éste crucificado, “escándalo para los judíos y locura para los griegos, es fuerza y sabiduría de Dios para los que creen”; pues, como dice San Pablo: “las locuras de Dios tienen más sabiduría que las de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la debilidad de los hombres” (1º Cor 1, 24-25). En este acontecimiento doloroso, desconcertante y de aparente fracaso Dios hace brillar la luz de su misericordia en la humanidad.

Las autoridades desafían a Jesús en su papel de Mesías, Elegido y Rey. Jesús guarda silencio. En su vida pública testimonió con profusas palabras y acciones en qué consistía su elección, mesianismo y reinado: cercanía de Dios, solidaridad, misericordia desbordada y fraternidad sin límites hacia los pobres y sufridos de Israel. Jesús nunca pensó en “salvarse a sí mismo”, sino en “salir en busca de la oveja perdida”, para sanarla y cargarla sobre sus hombros. Jesús no buscó el poder de un rey terrenal, sino servir desde el amor a aquellos que sufrían. Tal era su misión y fue fiel hasta el último suspiro.

Qué bueno es que busquemos como Jesús el cumplir con todo lo que es justo, es decir, cumplir siempre con la voluntad amorosa del Padre. Que no nos dejemos llevar únicamente por nuestros impulsos y tendencias egoístas. Que pensemos en los sufrimientos y en las necesidades de nuestro prójimo. Que abramos caminos nuevos para la libertad y la salvación a tantas familias que no hallan respuestas. Cambiemos nuestro corazón y unámonos a Jesús en su lucha por la vida. Contagiemos de su alegría a los que hoy ya no tienen esperanza de vivir. La salvación es “hoy”: permitamos que el reinado de Jesús se haga posible en nuestro mundo. Este es el tiempo oportuno.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

martes, 4 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

"Judas salió inmediatamente, era de noche"

Judas había expresado su arrepentimiento:"He pecado entregando sangre inocente" (Mt. 27:4). Pero el diablo, que había entendido estas palabras, comprendió que Judas estaba en el buen camino y esta transformación le asusta. Después reflexionó: Su maestro es benevolente, pensó; en el momento que fue traicionado por él, lloró por su suerte y le ha apelado de mil maneras, sería sorprendente si no lo recibe cuando se arrepiente con toda su alma, se da por vencido para que le ayuden si se levanta y reconoce su culpa. ¿No es por esto por lo qué fue crucificado? Después de estas reflexiones, introdujo una profunda tristeza en la mente de Judas, y lo empujó a una inmensa desesperación, lo desconcertó, y le acosó hasta que él se las arregla para empujarlo al suicidio para privarlo de la vida después de despojarlo de sus sentimientos de arrepentimiento.

No hay duda de que, de haber estado aun vivo se habría salvado: sólo hay que ver el ejemplo de los verdugos. En efecto, si Cristo ha salvado a los que le crucificaron; si, incluso en la cruz, ruega al Padre e intercede por el perdón de sus pecados (Lucas 23:34), ¿cómo no habría acogido al traidor con una benevolencia total, donde se ha demostrado la sinceridad de su conversión? ... Pedro le negó tres veces después de participar en la comunión de los santos misterios, y sus lágrimas le absolvieron (Mt 26,75, Jn 21,15 s). Pablo, el perseguidor, el blasfemo, el presuntuoso, Pablo que no sólo ha perseguido al crucificado sino a todos sus discípulos, se convirtió en apóstol después de su conversión. Dios sólo nos pide una ligera penitencia para concedernos el perdón de nuestros pecados.


San Juan Crisóstomo (c. 345-407)
presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
Homilía sobre la conversión, n°1

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 13,21-33.36-38


Evangelio según San Juan 13,21-33.36-38
Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará".

Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería.

Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús.

Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: "Pregúntale a quién se refiere".

El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: "Señor, ¿quién es?".

Jesús le respondió: "Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato". Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.

En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: "Realiza pronto lo que tienes que hacer".

Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto.

Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: "Compra lo que hace falta para la fiesta", o bien que le mandaba dar algo a los pobres.

Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche.

Después que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él.

Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'.

Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿adónde vas?". Jesús le respondió: "A donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás".

Pedro le preguntó: "¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti".

Jesús le respondió: "¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces".


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

Hoy la liturgia de la Palabra nos ubica en la mesa de la última cena. Mientras comen y celebran la Pascua judía, Jesús, estremecido en lo más profundo, declara ante sus discípulos que uno de ellos lo entregará. El drama de la pasión sobreviene con fuerza en la vida del Maestro. Aquella comunidad de amigos, llamada por Él a ser la nueva familia de los hijos de Dios, padece amargamente la traición de parte de Judas.

En Jesús se cumplen trágicamente las palabras del Eclesiástico: “Hay amigo que se vuelve enemigo, y descubrirá la disputa que te ocasiona oprobio. Hay amigo que comparte tu mesa, y no persevera en el día de tu angustia. Cuando te vaya bien, será como otro tú, y con tus servidores hablará francamente; mas si estás humillado, estará contra ti, y huirá de tu presencia” (Eclo 6, 9-12). Las palabras y los signos de Jesús han provocado a las autoridades; su fuerza profética ante los poderes establecidos no ha pasado desapercibida, y el mal ha tocado a la puerta de sus mismos seguidores. Jesús no es inmune a esta realidad y lo afectará hasta llevarlo a la cruz.

En la mesa, que para los judíos es lugar donde se fortalecen las amistades y se hacen alianzas, se ha fraguado el futuro de Jesús. Pero a Él nadie le quita su vida, Él la entrega por amor a la humanidad. En la cruz brillará la luz del amor que supera todo egoísmo. Es en la cruz donde Jesús llevará a pleno cumplimiento la voluntad del Padre, revelando al mundo que es el amor el que salva y da vida plena.

En esta Semana Mayor somos invitados a dejarnos guiar, como Jesús, por el buen Espíritu. Se trata de conformar nuestra voluntad y nuestro propio yo al deseo de Dios, de romper con aquellos viejos esquemas de pecado que nos desgastan y abrirnos a la experiencia de la Pascua. Revisemos con sencillez y humildad nuestra conciencia en el desierto de la oración y pidamos perdón al Señor por nuestras traiciones. Este es el tiempo oportuno.
 
CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 


 

domingo, 2 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA


¿Cómo ir a tu encuentro Señor?

El santo día de Ramos (…), Gertrudis dijo al Señor: (…) “Usted Señor Dios, mi bien-amado, por mi salvación camina hacia su pasión, ¿cómo podría ir yo a su encuentro de una manera digna de honorarlo?” El Señor respondió: “Dame una montura para sentarme, una multitud yendo alegre delante de mí, una multitud que me siga cantando alabanzas y una multitud para acompañarme y servirme.

“Dame una montura” se explica con la contrición de corazón, confesando que con frecuencia has descuidado seguir la razón y no prestaste más atención que un animal a las cosas que en mi bondad hice por ti sin cesar, en vista de tu salvación. (…) Segundo, dame “una multitud yendo alegre delante de mí”, cuando me recibirás con sentimiento de afecto por todo el universo, en unión al amor que me lleva hoy a Jerusalén por la salvación del mundo, a mí, el Creador y Salvador de todos. (…) Tercero, dame “una multitud que me siga cantando alabanzas”: confiesa que nunca has hecho un esfuerzo suficiente para imitar el ejemplo de mi vida perfecta. Ofréceme una voluntad tan amante, que si pudieras incitar los hombres a imitar perfectamente los ejemplos de mi vida y pasión, lo harías, usando todas tus fuerzas para mi gloria. Ardiendo de deseo, pide recibir la gracia de imitarme, tanto como es posible al hombre, particularmente por una auténtica humildad, paciencia y caridad, virtudes que practiqué aún más durante mi pasión. Cuarto, dame “una multitud para acompañarme y servirme”: confiesa que jamás estuviste junto a mí con la fidelidad requerida, cuando era necesario defender la verdad y la justicia.

Agregó el Señor: “Si alguien, en nombre del universo, se da a mí en esas cuatro formas, sin ninguna duda yo vendré a él con tanta condescendencia que recibirá el fruto de salvación eterna”.


Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301)
monja benedictina
El Heraldo, IV (SC 255, Œuvres spirituelles, Cerf, 1978), trad.sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 26,14-75.27,1-66


Evangelio según San Mateo 26,14-75.27,1-66
Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes

y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle treinta monedas de plata.

Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.

El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?".

El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: 'El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'".

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.

Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce

y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará".

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?".

El respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.

El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!".

Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús.

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella,

porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.

Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre".

Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.

Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea".

Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás".

Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces".

Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos los discípulos dijeron lo mismo.

Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar".

Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse.

Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo".

Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya".

Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora?

Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil".

Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad".

Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño.

Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.

Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.

¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar".

Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.

El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo".

Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo besó.

Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron.

Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.

Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere.

¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles.

Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?".

Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron".

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.

Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.

Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte;

pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos

que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'".

El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?".

Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios".

Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo".

Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia.

¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la muerte".

Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban,

diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó".

Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Galileo".

Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que quieres decir".

Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno".

Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a ese hombre".

Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: "Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona".

Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo,

y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: "Antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Y saliendo, lloró amargamente.

Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús.

Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.

Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos,

diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Ellos respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo".

Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.

Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: "No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre".

Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado "del alfarero", para sepultar a los extranjeros.

Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy "Campo de sangre".

Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas.

Con el dinero se compró el "Campo del alfarero", como el Señor me lo había ordenado.

Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". El respondió: "Tú lo dices".

Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada.

Pilato le dijo: "¿No oyes todo lo que declaran contra ti?".

Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.

En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo.

Había entonces uno famoso, llamado Barrabás.

Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: "¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?".

El sabía bien que lo habían entregado por envidia.

Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: "No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho".

Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: "¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?". Ellos respondieron: "A Barrabás".

Pilato continuó: "¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?". Todos respondieron: "¡Que sea crucificado!".

El insistió: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Que sea crucificado!".

Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes".

Y todo el pueblo respondió: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos".

Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él.

Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.

Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los judíos".

Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.

Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.

Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz.

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa "lugar del Cráneo",

le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.

Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron;

y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.

Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos".

Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,

decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!".

De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:

"¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.

Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios".

También lo insultaban los ladrones crucificados con él.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.

Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: "Elí, Elí, lemá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".

Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías".

En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.

Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene a salvarlo".

Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.

Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron

y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron

y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.

El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!".

Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.

Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.

Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús,

y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran.

Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia

y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue.

María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.

A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato,

diciéndole: "Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: 'A los tres días resucitaré'.

Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: '¡Ha resucitado!'. Este último engaño sería peor que el primero".

Pilato les respondió: "Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente".

Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.


RESONAR DE LA PALABRA

Situarme yo hoy ante el relato de la Pasión

 Cuando nos acercamos a un texto bíblico (por ejemplo la Pasión del Señor), tenemos que hacerlo sabiendo que es Palabra Viva que Dios nos dirige hoy. Y que ha de ayudarnos a cuestionar, reflexionar, interpretar nuestra realidad personal y social. Leerlos sólo como información histórica es insuficiente. Porque los evangelistas quisieron recoger sus vivencias, reflexiones y sentimientos sobre aquellos hechos, y nos los transmitieron para que nosotros los «actualicemos». El Señor sigue hoy siendo «apresado», «juzgado», despreciado, condenado, insultado, ayudado, defendido...etc. Su Pasión, su Pascua, ocurrenhoy, son actuales... con los mismos personajes, si bien, con distintos«actores».
Por eso os invito a que nos traslademos mentalmente, personalmente (tal como estemos ahora), a Jerusalem en aquellos días. Vamos a dar un salto en el tiempo hasta los últimos momentos de la vida de Jesús, y a «meternos» en los hechos, a ser de algún modo protagonistas junto con los discípulos, la gente, las autoridades, etc, tratando de implicarnos, de ocupar «nuestro sitio» en el relato.

¿Y si tuviéramos que repartirnos los «papeles» de la Pasión entre nosotros? ¿Cuál podría ser mi sitio? ¿Qué personajes se parecen más a mí, encajan mejor conmigo (puede que más de uno)? Repasemos algunos de ellos:

Si llevas en tu corazón secretos inconfesables, y los escondes para que nadie se entere; si estás en el grupo de Jesús, pero no te has identificado realmente con él y con su causa, no te has hecho de verdad «discípulo», posiblemente hay un Judas “amigo”, comiendo del mismo plato en su mesa, pero al final acabarás entregándolo.

Si notas que el dinero ha ocupado tu corazón, y te ha hecho romper relaciones familiares o personales, si andas calculando favores y deudas, y procuras sobre todo tu ganancia/beneficio, si tienes otros intereses que se anteponen a los intereses del Reino, y quitas de en medio al Señor cuando te estorba o ya no te interesa... puedes sospechar que dentro de ti hay un Judas.

Si has dicho de palabra que darías tu vida por Cristo y por el Evangelio, si te consideras más fuerte y fiel que los demás ("aunque todos fallen, yo no fallaré"), si crees que lo tienes todo claro y se te va la fuerza por la boca... no dudes que dentro de ti hay un Pedro autosuficiente.

Si sabes de alguien hundido en su tristeza y desesperanza, orando al Padre con angustia, buscando una salida, queriendo saber cuál es su voluntad ("¿Con que no habéis podido estar en vela conmigo ni siquiera una hora?"). Si tú mismo no eres fiel en la oración para enfrentarte a tus tentaciones, tal como te advirtió el Señor ("Velad y orad, para que podáis hacer frente a la tentación")... ten por seguro que eres uno de los discípulos que aquella noche se durmieron o huyeron.

Si te ocurre que alguien te pregunta por tu identidad cristiana, por tus creencias, por tus opciones... y prefieres esconderte en el anonimato, poner excusas y no dar cara para evitarte complicaciones («¡No conozco a ese hombre!»), la cosa está clara, ¡te pareces mucho a Pedro!

Si te encuentras ante una injusticia, o debieras defender al débil, al descartado, al humillado en sus derechos y prefieres mirar para otro lado; si alguien «cae» en tus manos y tienes ocasión de hacerle algún tipo de daño, burlarte, ponerle en aprietos, acusarle falsamente o sin pruebas... y te sientes con el derecho de juzgar y condenar... te vendría muy bien el puesto de Anás y Caifás o Pilato.

 Si te sientes mas cómodo con la religión de las normas, de las obligaciones, de las prohibiciones, de los ritos y cumplimientos... en vez del Evangelio del amor; si te preocupa más la piedad y la perfección personal, que el bien de las personas, o la ayuda a quien está perdido o sin salidas en su vida... Si eres capaz de acusar y atacar y despreciar a alguien porque no piensa como tú, serías un estupendo Anás o Caifás.

Si te cruzas con alguien sufre y camina cargando la cruz de su pobreza, de su marginación, de su dolor... y tú, aunque estás cansado y tienes ganas de llegar a casa y descansar, te das la vuelta y le prestas cualquier tipo de ayuda o alivio..., felicidades, porque el papel del Cireneo es el tuyo.

Si encuentras tiempo para acercarte a la cama del enfermo que suda y sufre, para acompañar al anciano solitario o desmemoriado, si sabes acariciar y limpiar el rostro deteriorado por el dolor y la marginación y enjugar las lágrimas... aunque no te dejen o no puedas hacer nada más... eres como "aquellas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para asistirlo"... Como la Verónica, o la Magdalena o la Madre de Jesús.

Si eres capaz de reconocer tus propias culpas, que en tu vida has andado desnortado, que has eludido la justicia, que te has aprovechado de lo que no era tuyo, y pides humildemente perdón.... podrías ocupar el lugar del «buen ladrón».

Si al mirar el rostro manchado de la Iglesia, sus errores y escándalos, sus incoherencias y pecados, aún eres capaz de reconocer en ella el rostro de Jesús y adorarlo... eres como el Centurión ante el cuerpo destrozado del Señor.

Si te enteras de alguna persona o familia que lo está pasando mal, y te haces cargo de sus necesidades, anónima y calladamente, si pagas alguna de sus facturas, si les echas una mano como sea, si hablas con alguien para aliviar su situación, aunque nadie te lo agradezca.... habremos encontrado a José de Arimatea.

Podría ser éste un buen modo de hacer tu oración en estos días. Me ha parecido más conveniente que hacer un comentario homilético habitual. Puedes hacerlo antes o después de asistir a la celebración, siguiendo la versión de la Pasión de San Mateo. Lo importante es que no pasemos estos días como «espectadores pasivos» de acontecimientos de hace mil años, como si todo aquello fuera «historia» pasada. Que nos dé mucha pena lo que le pasó al Señor Jesús... y nos olvidemos que él continúa su Pasión hoy en el pellejo de tantas víctimas...

Ojalá que nos sintamos «llamados» a parecernos más al Cireneo, al Centurión, a María, al discípulo amado....
Que así sea. Que vivas una Santa Semana Santa y que el Espíritu del Señor haga resucitar algo de tu vida.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

sábado, 1 de abril de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

«A fin de reunir a los hijos de Dios dispersos»

Está escrito: «Nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo y somos miembros unos de otros» (Rm 12,5) y es Cristo quien nos une mediante los vínculos de la caridad: «Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas» (Ef 2,14). Conviene, pues, que tengamos un mismo sentir: que «si un miembro sufre, los demás miembros sufran con él y que, si en miembro es honrado, se alegren todos los demás miembros» (1C 12,26). Por eso dice san Pablo: «Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios» (Rm 15,7). Nos acogemos unos a otros si nos esforzamos a tener un mismo sentir «llevando los unos las cargas de los otros; conservando la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz» (Ef 4,2-3). Así es como nos acogió Dios a nosotros en Cristo; pues no engaña el que dice: «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó su Hijo por nosotros» (Jn 3,16). En efecto, fue entregado como rescate para la vida de todos nosotros, y así fuimos arrancados de la muerte, redimidos de la muerte y del pecado.

San Pablo explica el objetivo de esta realización de los designios de Dios, cuando dice que «Cristo consagró su ministerio al servicio de los judíos, por exigirlo la fidelidad de Dios» (Rm 15,8). Pues, como Dios había prometido a los patriarcas que los bendeciría en su descendencia futura y que los multiplicaría como las estrellas del cielo, por eso apareció en la carne y se hizo hombre el que era Dios y la Palabra en persona, el que conserva toda cosa creada y da a todos la incolumidad, por su condición de Dios. Vino a este mundo en la carne, mas «no para ser servido», sino, al contrario, como dice él mismo, «para servir y entregar su vida por la redención de todos» (Mc 10,45).



San Cirilo de Alejandría (380-444)
obispo y doctor de la Iglesia
Comentario a la carta a los Romanos, 15,7

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 11,45-56


Evangelio según San Juan 11,45-56
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: "¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos.

Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación".

Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: "Ustedes no comprenden nada.

¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?".

No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación,

y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos.

A partir de ese día, resolvieron que debían matar a Jesús.

Por eso él no se mostraba más en público entre los judíos, sino que fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí permaneció con sus discípulos.

Como se acercaba la Pascua de los judíos, mucha gente de la región había subido a Jerusalén para purificarse.

Buscaban a Jesús y se decían unos a otros en el Templo: "¿Qué les parece, vendrá a la fiesta o no?".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos y amigas:

Estamos a las puertas de la Semana Santa y el drama se Jesús entra en su punto álgido de controversia; las autoridades traman su asesinato. En el Evangelio se nos relata cómo la fama de Jesús ha crecido debido a sus signos, en especial por el último realizado, la resurrección de su amigo Lázaro. Su popularidad se ha convertido en su peor amenaza, la gente ha creído en él, y tiene muchos adeptos, cosa que perturba a los jefes judíos, que temen perder de nuevo su templo y la débil paz de Israel.

El sumo sacerdote proclama unas palabras que se convierten, sin pretenderlo, en profecía: “es mejor que muera uno solo por el pueblo, y que no perezca toda la nación” (v.50) Jesús, el Siervo Sufriente, cargará sobre sí el pecado, los sufrimientos y la negatividad del mundo entero. Su entrega generosa y radical será el signo mayor por el cual todos creerán y tendrán vida plena.

Ante el acontecimiento pavoroso de la cruz Jesús siente miedo, el mismo miedo que experimentará en la noche de la agonía de Getsemaní, “por eso ya no andaba públicamente entre los judíos” (v. 54). Sin embargo, será en la cruz donde brillará la luz del amor que supera todo temor. Es en la cruz donde Jesús llevará a pleno cumplimiento la voluntad del Padre, revelando al mundo que es el amor el que salva y da vida verdadera. Esta es la verdad que nos libera. Esta es la verdad que acogerán las naciones como buena noticia.

Hoy estamos invitados a erradicar nuestro egoísmo y unirnos a Jesús en su entrega de amor. El ego se opone a la entrega, a la fidelidad, al servicio desinteresado. La cruz es el camino que nos conduce a la verdadera felicidad. Cuando seamos capaces de renunciar a nosotros mismos, a nuestros propios intereses, y pensar en el bien y la felicidad de los demás, brotará de nuestra vida el torrente inagotable de la fuerza del Señor. Sigamos a Cristo en la hora de su glorificación. Este es el tiempo oportuno.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA