sábado, 12 de octubre de 2024

Novena preparatoria canonización Beata Elena Guerra - DÍA 2

 

A- Ritos introductorios
1- Invocación Trinitaria:

+ En el nombre del Padre, + del Hijo + y del Espíritu Santo.
Todos: ¡AMÉN!

• Guía: Dios, ven en nuestro auxilio
• Todos: Señor, socórrenos y sálvanos

• Guía: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
• Todos: Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. ¡Amén!


OREMOS

Dios misericordioso y omnipotente, que concediste a tu hija Elena Guerra la gracia de la beatitud: concédenos, te suplicamos, que por la observancia de sus enseñanzas acerca de la devoción al Espíritu Santo podamos, por la participación en esta Novena, ser conducidos por el Consolador a una mayor comunión con tu Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, por cuya pasión, muerte y resurrección te adoramos y glorificamos. Por el mismo Cristo, nuestro Señor.
Todos: ¡Amén!

B- Propio de cada día
DÍA SEGUNDO

LECTURA ORANTE DE LA PALABRA DE DIOS

Lectura del Evangelio según San Lucas

“Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre ll amado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’. María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: ‘No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás’. María entonces dijo al ángel: ‘¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?’. Contestó el ángel: ‘El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios, nada es imposible’. Dijo María: ‘Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho’. Después la dejó el ángel”. (Lc 1, 26-38)


EL ESPÍRITU SANTO, EN LA ENCARNACIÓN 
(San Juan Pablo II)

“Jesús está relacionado con el Espíritu Santo ya desde el primer instante de su existencia en el tiempo” (…) “El Espíritu Santo —anuncia el ángel Gabriel a María— descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). Y a José el ángel le dice: “Lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 20). (…) Para profundizar en el papel del Espíritu Santo en el acontecimiento de la Encarnación, es importante volver a los datos que nos brinda la palabra de Dios. San Lucas afirma que el Espíritu Santo desciende como fuerza de lo alto sobre María, cubriéndola con su sombra. El Antiguo Testamento muestra que cada vez que Dios decide hacer que brote la vida, actúa a través de la ‘fuerza’ de su espíritu creador: ‘La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos’ (Sal 33, 6). (…) La concepción virginal de Jesús es ‘la obra más grande realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la salvación’. En este acontecimiento de gracia, una virgen es hecha fecunda; una mujer, redimida desde su concepción, engendra al Redentor. Así se prepara una nueva creación y se inicia la alianza nueva y eterna: comienza a vivir un hombre que es el Hijo de Dios. Antes de este evento, nunca se dice que el Espíritu haya descendido directamente sobre una mujer para convertirla en madre. En los nacimientos prodigiosos que se realizaron a lo largo de la historia de Israel, la intervención divina, cuando se alude a ella, se refiere al niño que va a nacer y no a la madre.

(L’Osservatore Romano, n. 22, del 27/05/1998).

OREMOS (Todos):

Espíritu Santo, mi Señor y mi Dios,
de ti vino el consejo de la salvación humana.
Del cielo trajiste a Dios al seno de una Virgen.
Tú eres el amor por el cual Dios se unió a nuestra carne.
Tú construiste para el Hijo de Dios una casa,
levantada sobre siete columnas, que son los siete dones.
De la raíz de Jesé brotó la flor
sobre la cual Tú mismo debías reposar.
Dios, con nuestros propios oídos escuchamos
contar a nuestros padres la obra que hiciste,
cuando como lenguas de fuego,
descendiste del trono divino
para hacer de la tierra el cielo, y de los hombres, hijos.
Desde entonces, nosotros, hijos adoptivos, esparcidos por todo el mundo,
por ti gritamos a Dios: ¡Abba! ¡Padre!
Señor, grandes son tus misericordias.
Con renovada esperanza, te invoco por ellas:
Sello de la fe, abogado de los fieles,
luz, fuego, y fuente de la luz,
escucha quién te llama y ven.
Si eres nuestro guía,
veremos el rostro del Padre y, al mismo tiempo, del Hijo,
y te conoceremos, porque procedes de ambos,
fuente de vida y río de la paz.
(Ruperto de Deutz, Oración al Espíritu Santo, CM 29, pág. 422)


C- ORACIONES FINALES (para todos los días)
ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

“Amado Espíritu de Dios, que fuiste comunicado a la Beata Elena con la abundancia de tus dones, y le confiaste el mensaje del perenne renovarse de tu Pentecostés, por la docilidad y fidelidad a la misión que le fue confiada, te pedimos volverla, aún hoy, testigo de tu amor, atendiendo a nuestra oración por… (intención personal de oración por una gracia) Reaviva, Dios Consolador, nuestra fe y nuestra esperanza, para que podamos caminar con valor sereno rumbo al encuentro definitivo. Amén.”


Guía: Beata Elena Guerra
Todos: Ruega por nosotros.

ACTO DE DESEO Y OFRECIMIENTO (Beata Elena Guerra)

Guía: Dios del bello Amor, Tú nos llamaste cerca de ti, porque tu alegría es estar entre los hijos de los hombres. Nos unimos a Ti como a la fuente de la santidad.
Todos: Espíritu Santo, santifícanos.

Guía: Venimos a ti como ciegos a la luz eterna y al dador de la luz.
Todos: Espíritu Santo, ilumínanos.

Guía: Venimos a ti como mendigos al don supremo y al dador de dones.
Todos: Espíritu Santo, escúchanos.

Guía: Venimos a ti como sedientos a las aguas de la vida.
Todos: Espíritu Santo, sácianos.

Guía: Venimos a ti como pobres al padre de los pobres.
Todos: Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.

Guía:

Ten piedad de nosotros, oh Espíritu Santo y ven a nosotros. He aquí que te ofrecemos nuestro cuerpo con sus sentidos, nuestra alma con sus facultades, nuestro corazón con sus sentimientos. Te entregamos nuestros pensamientos y deseos, palabras y acciones, alegrías y pesares, vida y muerte.
Todos: Espíritu Santo, soy tuyo y tuyo quiero ser ahora y siempre. Amén.


ORACIÓN Y BENDICIÓN FINAL

Guía: Pidamos, hermanos y hermanas, la intercesión de la bienaventurada Virgen María, para que, a ejemplo de ella, acojamos con toda la apertura de nuestro corazón la Persona divina del Espíritu Santo, y busquemos incesantemente su plenitud:

Todos: Dios te salve María, llena eres de gracia….

Todos:
“Oh Dios, que santificaste a tu Iglesia entera
en todos los pueblos y naciones,
derrama por toda la extensión del mundo
los dones del Espíritu Santo
y haz en el corazón de los fieles
las maravillas que obraste
al inicio de la predicación del Evangelio.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
en la unidad del Espíritu Santo. ¡Amén!

Guía: Bendícenos oh Dios Todopoderoso, todo amoroso: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Todos: ¡Amén!

Guía: Alabado sea Jesucristo.
Todos: ¡Por siempre sea alabado!

Novena preparatoria canonización Elena Guerra DÍa 1


A- Ritos introductorios
1- Invocación Trinitaria:

+ En el nombre del Padre, + del Hijo + y del Espíritu Santo.
Todos: ¡AMÉN!

Guía: Dios, ven en nuestro auxilio
Todos: Señor, socórrenos y sálvanos

Guía: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
Todos: Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. ¡Amén!

OREMOS
Dios misericordioso y omnipotente, que concediste a tu hija Elena Guerra la gracia de la beatitud: concédenos, te suplicamos, que por la observancia de sus enseñanzas acerca de la devoción al Espíritu Santo podamos, por la participación en esta Novena, ser conducidos por el Consolador a una mayor comunión con tu Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, por cuya pasión, muerte y resurrección te adoramos y glorificamos. Por el mismo Cristo, nuestro Señor.
Todos: ¡Amén!

B- Propio de cada día
DÍA PRIMERO

LECTURA ORANTE DE LA PALABRA DE DIOS
Lectura del libro del profeta Ezequiel

“Los sacaré de las naciones, los reuniré de entre los pueblos y los traeré de vuelta a su tierra. Los rociaré con un agua pura y quedarán purificados; los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus inmundos ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo.
Quitaré de su carne ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi Espíritu y haré que caminen según mis mandamientos, que observen mis leyes y que las pongan en práctica. Vivirán en el país que di a sus padres, ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”. (Ez 36, 24-28)

ESPÍRITU SANTO, ESPÍRITU CREADOR
(Papa Benedicto XVI)
“Nos preguntamos: ¿quién o qué es el Espíritu Santo? ¿Cómo podemos reconocerlo? ¿Cómo vamos nosotros a Él y Él viene a nosotros? ¿Qué es lo que hace? Una primera respuesta nos la da el gran himno pentecostal de la Iglesia, con el que hemos iniciado las Vísperas: ‘Veni, Creator Spiritus… Ven, Espíritu Creador…’. Este himno alude aquí a los primeros versículos de la Biblia, que presentan, mediante imágenes, la creación del universo. Allí se dice, ante todo, que por encima del caos, por encima de las aguas del abismo, aleteaba el Espíritu de Dios. El mundo en que vivimos es obra del Espíritu Creador. Pentecostés no es sólo el origen de la Iglesia y, por eso, de modo especial, su fiesta; Pentecostés es también una fiesta de la creación. El mundo no existe por sí mismo; proviene del Espíritu Creador de Dios, de la Palabra Creadora de Dios. Por eso refleja también la sabiduría de Dios”.
Benedicto XVI, extracto de su homilía en la Vigilia de Pentecostés, 03/06/2006

OREMOS (Todos):

ESPÍRITU DE DIOS
Espíritu de Dios, tú que hiciste el mundo, ven y visita a tus hijos.
Derrama la gracia celestial en los corazones que creaste.
Consolador te claman tus devotos, Don del Señor.
Fuente de vida, unción de nuestras almas, fuego divino, llama de amor.
Ven hasta nosotros, poder de la diestra de Dios. ¡Envíanos tus siete dones!
Tú, el prometido por el Padre, das la Palabra a los labios mudos.
Enciende en nosotros el fuego de tu amor.
Sana la enfermedad de nuestros cuerpos, infúndenos tu fuerza.
¡Aparta lejos de nosotros al enemigo!, ¡danos la paz!
Líbranos siempre del peligro y de las malas obras.
Gracias a ti conocemos a Dios Padre, Dios Hijo y a ti
Espíritu Santo que procedes de esa unión de amor.
Haz que siempre creamos en Ti.
Gloria a Dios Padre, gloria al Salvador del mundo
que resucitó glorioso de entre los muertos.
Y, al Defensor, eterna gloria.
¡Amén!
(Autor desconocido)

C- ORACIONES FINALES (para todos los días)
ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO
“Amado Espíritu de Dios, que fuiste comunicado a la Beata Elena con la abundancia de tus dones, y le confiaste el mensaje del perenne renovarse de tu Pentecostés, por la docilidad y fidelidad a la misión que le fue confiada, te pedimos volverla, aún hoy, testigo de tu amor, atendiendo a nuestra oración por… (intención personal de oración por una gracia) Reaviva, Dios Consolador, nuestra fe y nuestra esperanza, para que podamos caminar con valor sereno rumbo al encuentro definitivo. Amén.”

Guía: Beata Elena Guerra
Todos: Ruega por nosotros.

ACTO DE DESEO Y OFRECIMIENTO (Beata Elena Guerra)

Guía: Dios del bello Amor, Tú nos llamaste cerca de ti, porque tu alegría es estar entre los hijos de los hombres. Nos unimos a Ti como a la fuente de la santidad.
Todos: Espíritu Santo, santifícanos.

Guía: Venimos a ti como ciegos a la luz eterna y al dador de la luz.
Todos: Espíritu Santo, ilumínanos.

Guía: Venimos a ti como mendigos al don supremo y al dador de dones.
Todos: Espíritu Santo, escúchanos.

Guía: Venimos a ti como sedientos a las aguas de la vida.
Todos: Espíritu Santo, sácianos.

Guía: Venimos a ti como pobres al padre de los pobres.
Todos: Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.

Guía:
Ten piedad de nosotros, oh Espíritu Santo y ven a nosotros. He aquí que te ofrecemos nuestro cuerpo con sus sentidos, nuestra alma con sus facultades, nuestro corazón con sus sentimientos. Te entregamos nuestros pensamientos y deseos, palabras y acciones, alegrías y pesares, vida y muerte.
Todos: Espíritu Santo, soy tuyo y tuyo quiero ser ahora y siempre. Amén.

ORACIÓN Y BENDICIÓN FINAL

Guía: Pidamos, hermanos y hermanas, la intercesión de la bienaventurada Virgen María, para que, a ejemplo de ella, acojamos con toda la apertura de nuestro corazón la Persona divina del Espíritu Santo, y busquemos incesantemente su plenitud:
Todos: Dios te salve María, llena eres de gracia….

Todos:
“Oh Dios, que santificaste a tu Iglesia entera
en todos los pueblos y naciones,
derrama por toda la extensión del mundo
los dones del Espíritu Santo
y haz en el corazón de los fieles
las maravillas que obraste
al inicio de la predicación del Evangelio.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
en la unidad del Espíritu Santo. ¡Amén!

Guía: Bendícenos oh Dios Todopoderoso, todo amoroso: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Todos: ¡Amén!

Guía: Alabado sea Jesucristo.
Todos: ¡Por siempre sea alabado!






jueves, 10 de octubre de 2024

Carismas: ¿Qué son? ¿Para quiénes sirven? ¿Qué enseña la Iglesia?

Carismas: ¿Qué son? ¿Para quiénes sirven? ¿Qué enseña la Iglesia?
Ralph Martin
Redescubriendo la dimensión carismática:
enseñanza magisterial reciente


El Papa Juan Pablo II afirmó que una de las contribuciones más significativas del Concilio Vaticano II fue el “redescubrimiento” de la “dimensión carismática” de la Iglesia.

Durante la fiesta de Pentecostés, en 1998, el Papa pidió a los representantes de todos los movimientos de renovación de la Iglesia que se unieran a él para celebrar esta fiesta. Acudieron más de 500.000 personas de más de 50 movimientos diferentes. Lo que hizo el Papa fue recoger la enseñanza de la Escritura y del Vaticano II sobre los dones carismáticos del Espíritu y proclamarlos con urgencia y pasión. Comienza así:

“La autoconciencia de la Iglesia (se) basa en la certeza de que Jesucristo está vivo, actúa en el presente y cambia la vida… Recientemente, con el Concilio Vaticano II, el Consolador ha dado a la Iglesia ... un renovado Pentecostés, infundiendo un dinamismo nuevo e imprevisto.

Cuando el Espíritu interviene, deja a la gente estupefacta. Realiza acontecimientos de sorprendente novedad, cambia radicalmente a las personas y a la historia. Ésta fue la inolvidable experiencia del Concilio Ecuménico Vaticano II, durante el cual, bajo la guía del mismo Espíritu, la Iglesia redescubrió la dimensión carismática como uno de sus elementos constitutivos: ‘No es sólo mediante los sacramentos y los ministerios de la Iglesia como el Espíritu Santo santifica al pueblo, lo guía y lo enriquece con sus virtudes. “Repartiendo sus dones según su voluntad (cf. 1 Co 12,11), también distribuye gracias especiales entre los fieles de todo rango… Los hace aptos y listos para asumir diversas tareas y oficios para la renovación y edificación de la Iglesia” (Lumen gentium, n. 12)”.

Con estas palabras, el Papa Juan Pablo II reconoció honestamente lo que muchos teólogos, estudiosos de las Sagradas Escrituras e historiadores de la Iglesia habían demostrado en sus estudios, que las obras carismáticas del Espíritu Santo son una realidad esencial y complementaria a la obra del Espíritu en las dimensiones sacramental y jerárquica de la existencia de la Iglesia. El Papa también reconoció honestamente que la dimensión carismática, por importante que fuera, estaba sin embargo en cierto modo olvidada, o eclipsada por quizás un énfasis demasiado exclusivo en lo sacramental y jerárquico, y que se requirió una acción especial del Espíritu Santo en el Concilio Vaticano II para devolver a la Iglesia a la conciencia de la importancia de esta dimensión “constitutiva”.

El Papa en su discurso continuó explicándolo: “Los aspectos institucionales y carismáticos son coesenciales por así decirlo a la constitución de la Iglesia. Contribuyen, aunque de manera diferente, a la vida, renovación y santificación del Pueblo de Dios. Es a partir de este redescubrimiento providencial de la dimensión carismática de la Iglesia que antes y después del Concilio, se ha establecido un notable modelo de crecimiento para los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades… Ustedes, aquí presentes, son la prueba tangible de esta ‘efusión’ del Espíritu”.

Benedicto XVI, en una de las primeras iniciativas de su pontificado, convocó una reunión similar de los movimientos de la Iglesia en 2006 y reafirmó la enseñanza de Juan Pablo II, citando sus comentarios en esa ocasión. Juan Pablo II, al igual que Benedicto XVI, cita el documento fundacional del Vaticano II, la Constitución sobre la Iglesia, 12 (Lumen gentium) como base para esta enseñanza. El contexto de este texto en particular es significativo. Hubo un debate entre los padres del Concilio sobre si la Iglesia todavía necesitaba la “dimension carismática” y, en particular, los dones carismáticos, hoy, o si estaban destinados solo para la Iglesia primitiva para ayudarla a establecerse. El argumento era que estas operaciones del Espíritu eran necesarias para ayudar a que la Iglesia se pusiera en marcha, pero ahora que teníamos sacramentos y jerarquía ya no eran necesarios. Este argumento no se impuso, ya que no hay ninguna base en las Escrituras para creer que esta importante dimensión sólo sea necesaria por un tiempo. De hecho, las Escrituras dan testimonio de todo lo contrario: los dones carismáticos son un acompañamiento importante para la predicación del Evangelio y la salud de la vida interna de la Iglesia. Los padres conciliares votaron abrumadoramente para afirmar esta verdad y aceptar el texto que cita Juan Pablo II.

Esta afirmación conciliar de la importancia de la dimensión carismática fue una manera de afirmar una visión dinámica de la participación de los laicos en la vida de la Iglesia y está estrechamente vinculada a las importantes afirmaciones del “llamado universal a la santidad” y el “llamado universal a la misión”.

Fundamentos bíblicos

Si bien Juan Pablo II citó el texto del Concilio como base para su enseñanza, el texto mismo del Concilio cita la Biblia como fundamento de su enseñanza. ¿Cuál es la enseñanza bíblica sobre la “dimensión carismática” y los “carismas”? El texto particular que cita el Concilio es 1 Cor. 12:11.

“Pero uno y el mismo Espíritu produce todas estas cosas, distribuyéndolas individualmente a cada uno como él quiere”.

El “todo esto” al que hace referencia este texto se menciona en los versículos anteriores:

“En cuanto a los dones espirituales (carismas), no quiero que ignoréis, hermanos... A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para algún beneficio. A uno se le da por medio del Espíritu la expresión de la sabiduría; a otro, la expresión del conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, la fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidades por un solo Espíritu; a otro, milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, interpretación de lenguas.” (1 Cor. 12: 1, 7-10)

Pero esta no es la única lista de carismas que encontramos en el Nuevo Testamento. También hay listas en Romanos 12, 1 Pedro 4 y Efesios 4. Solo tenemos espacio para ver una de estas listas adicionales y será la de Romanos 12.

“Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo e individuamente miembros los unos de los otros. Teniendo dones que difieren, según la gracia que nos es dada, ejercítémoslos: si el de profecía, en proporción a la fe; si el de ministerio, en ministrar; si el de maestro, en enseñar; si el de exhortación, en exhortar; Si alguno colabora, con generosidad; si uno está al servicio de los demás, con diligencia; si uno hace obras de misericordia, con alegría. Que el amor sea sincero; aborrezcan lo malo, aférrense a lo bueno; ámense unos a otros con afecto mutuo; presérvense unos a otros en el honor. No desfallezcan en el celo, sean fervientes en espíritu, sirvan al Señor. Alégrense en la esperanza, sufran en la tribulación, perseveren en la oración. Contribuyan a las necesidades de los santos, practiquen la hospitalidad” (Rm 12: 4-13)

En este texto, como en el texto de 1 Cor. 12, el contexto para la explicación de los carismas es entender a la Iglesia como un “cuerpo” con diferentes miembros, todos desempeñando

papeles diferentes, todos esenciales para el bienestar general del cuerpo. A veces se afirma que Pablo dice claramente que el amor es más importante que los carismas, y eso es ciertamente cierto. El hermoso himno al amor en 1 Cor. 13 está intercalado entre 2 capítulos que contienen enseñanzas importantes sobre los carismas. Pero Pablo no está presentando un “enfoque de cafeteria para el cristianismo”. No está oponiendo los carismas y la caridad entre sí. De hecho, él ve la aceptación y el ejercicio de los dones espirituales como, precisamente, un manera importante de amar. Resume su enseñanza de esta manera: “Seguid el amor, pero esforzaos por alcanzar los dones espirituales, sobre todo que profeticéis” (1 Cor. 14: 1). No se trata de una cosa o la otra, sino de ambas. El amor es ciertamente primordial –más importante que los carismas, si se quiere–, pero los carismas son dados por el Espíritu para ayudarnos a amar y server en formas específicas que son importantes para el bienestar de la Iglesia. El consejo de Pablo es “hacer del amor nuestra meta” y perseguir con entusiasmo los dones espirituales. Vemos la misma armonía entre el amor, la santidad y el ejercicio fiel de los carismas en el pasaje de Romanos citado anteriormente. Los carismas no son dones aislados, sino que están entretejidos con la vida de amor, servicio y misión que caracteriza la naturaleza misma de la Iglesia. Por eso Juan Pablo II llama a la dimensión carismática y a la dimensión institucional “coesenciales” para la constitución de la Iglesia. No son ni los sacramentos y la jerarquía ni los carismas; son ambos. Ambos son esenciales para el funcionamiento saludable de la vida de la Iglesia y cuando estos elementos no están en una relación correcta entre sí, la Iglesia se debilita. El Catecismo de la Iglesia Católica refleja la enseñanza bíblica, conciliar y papal en sus numerosas menciones de los carismas.

“Los carismas, extraordinarios o sencillos y humildes, son gracias del Espíritu Santo que, directa o indirectamente, benefician a la Iglesia, ordenadas a su edificación, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.” (CIC 799)

“Los carismas deben ser acogidos con gratitud por quien los recibe y también por todos los miembros de la Iglesia. Son una gracia maravillosamente rica para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo, con tal que sean realmente auténticos dones del Espíritu Santo y se utilicen en plena conformidad con las mociones auténticas de este mismo Espíritu, es decir, según la caridad, verdadera medida de todos los carismas.” (CIC 800)

¿Qué son los carismas?

Antes de continuar, debemos entender mejor qué son los carismas.

Los carismas no son simplemente “habilidades naturales”, sino dones que el Espíritu distribuye a cada persona como Él quiere. Los carismas a menudo se basan en nuestras personalidades y habilidades naturales y trabajan con ellas, pero no siempre.

Este es claramente el caso de los dones “sobrenaturales” más obvios, como la curación o los milagros. Cuando alguien que ha recibido el carisma de la curación reza con personas que están enfermas, muchas más personas se curan que cuando las personas sin ese don particular rezan por los enfermos. Todos deberíamos rezar por los enfermos, pero algunos que rezan por los enfermos tienen un don especial de curación que actúa a través de ellos. La acción del Espíritu Santo también está presente en los carismas sobrenaturales menos obvios. Estamos agradecidos por todos nuestros predicadores y maestros, pero algunos parecen tener un “don” especial que no es sólo fruto de la elocuencia humana o del estudio diligente, sino que trae consigo un sentido de la presencia de Dios y tiene una capacidad particular para ayudarnos a reconocer que el Señor está presente y nos habla en la predicación o la enseñanza. A veces llamamos a este ejercicio de la Palabra “ungido”. El carisma de la “profecía” en el sentido amplio o el carisma de la enseñanza está entonces en acción. La profecía en este sentido no se trata de predicciones particulares, aunque esto también puede suceder ocasionalmente. Se trata más bien de hablar de la Palabra de Dios inspirada por el Espíritu que hace que el corazón de los oyentes “arda” de manera similar a lo que experimentaron los discípulos en el camino a Emaús cuando Jesús les explicó las Escrituras.

Lo mismo es cierto con el don de aliento o exhortación. Estamos agradecidos por las “personalidades positivas” que elevan las relaciones, pero hay ciertas personas que parecen tener un don particular para decir la palabra correcta en el momento correcto, palabras de aliento, que nos elevan de una manera especial, para que podamos experimentar la impartición de gracia, paz o esperanza que necesitamos.

Lo mismo es cierto con el don de “dar generosamente”. Estamos agradecidos por todos aquellos que dan generosamente para apoyar el trabajo de la Iglesia y sus ministerios – y todos deberíamos estar haciendo esto – pero hay ciertos entre nosotros a quienes Dios ha dotado para poder ganar dinero y poder discernir qué, dónde, cuándo y a quién darlo, de una manera que es verdaderamente notable. Algunos tienen un “don/carisma” de dar generosamente, la cantidad correcta en el momento correcto al destinatario correcto. También parece claro en las Escrituras que a cada miembro del cuerpo se le da algún carisma o carismas, que cada miembro del cuerpo tiene un llamado o vocación, para usar los dones que se le dan para construir el cuerpo y ayudar a llevar a cabo la misión de la iglesia. También parece claro que ninguna de las listas bíblicas de carismas que hemos citado pretende ser exhaustiva en la lista de los posibles carismas. Son más bien indicativas de la rica diversidad de dones que da el Espíritu Santo, de los cuales no todos están enumerados o tal vez nunca podrían estarlo.

Se ha prestado mucha atención al llamado a los laicos a participar “plena, activa y conscientemente” en la Liturgia, pero también se debe prestar atención a la necesidad de que los laicos reconozcan el don o los dones que les está dando el Espíritu y que tienen la responsabilidad de ejercer, en amor, por el bien de la Iglesia. Testimonio de la Tradición

La enseñanza del magisterio contemporáneo no sólo está respaldada por la clara enseñanza bíblica, sino que también está iluminada por la tradición primitiva de la Iglesia. Se ha realizado una gran cantidad de estudios útiles que iluminan la experiencia del Espíritu y los carismas en los primeros siglos de la Iglesia.[i]

Tertuliano, en su obra Sobre el bautismo, escrita a principios del siglo III, se dirige a los recién bautizados que están a punto de entrar en el espacio donde todos celebrarán la Eucaristía:

“Por tanto, vosotros, bienaventurados, a quienes espera la gracia de Dios, cuando salgáis del baño santísimo del nuevo nacimiento, cuando extendáis por primera vez vuestras manos en la casa de vuestra madre (la iglesia) con vuestros hermanos, pedid a vuestro Padre, pedid a vuestro Señor, el don especial de su herencia, la distribución de los carismas, que forman una característica adicional y subyacente (del bautismo). “Pedid, dice, y se os dará. De hecho, habéis buscado y se os ha dado por añadidura”.

Hilario de Poitiers (c. 315-367) escribe sobre la experiencia de los carismas:

“Comenzamos a tener una visión de los misterios de la fe, somos capaces de profetizar y hablar con sabiduría. Nos volvemos firmes en la esperanza y recibimos los dones de curación... Estos dones entran en nosotros como una suave lluvia. Poco a poco dan fruto abundante”.

Cirilo de Jerusalén (c. 315-387) también habla de los carismas en sus lecciones bautismales:

“Grande, omnipotente y admirable es el Espíritu Santo en los carismas”.

Señala que “todos los laicos” tienen carismas.

Tras la exhortación de San Pablo a procurar especialmente profetizar, Cirilo declara:

“Que cada uno se prepare para recibir el don celestial (de profecía)”, y “Dios os conceda que seáis dignos del carisma de la profecía”.

Juan Crisóstomo (c. 347-407), al comentar sobre la liturgia siria en Antioquía, señala que los carismas se manifestaban en relación con la liturgia bautismal y menciona específicamente la sabiduría, la sanación, el hablar en lenguas, la profecía y otras “obras maravillosas”. Incluso señala que “en cada iglesia había muchos que profetizaban”. Montague y McDonnell resumen su investigación con un resumen sorprendente.

“Así, desde Cartago en el norte de África, Poitiers en la Galia, Jerusalén en Palestina, desde Cesarea en Capadocia, desde Constantinopla y desde Antioquía, Apamea, Mabbug y Ciro en Siria, tenemos testigos de la recepción de los carismas dentro del rito de iniciación. Estos son representantes de las tradiciones litúrgicas latinas, griegas y sirias. De Antioquía, Apamea, Mabbug y Ciro en Siria tenemos testimonio de una posterior apropiación experiencial de las gracias del bautismo conferido en la infancia”.[ii]

Sin embargo, Crisóstomo, escribiendo en el siglo V, hace la observación aleccionadora de que “los carismas desaparecieron hace mucho tiempo... La iglesia actual es como una mujer que ha caído de sus prósperos días anteriores. En muchos aspectos, ella conserva sólo las muestras de esa antigua prosperidad”.[iii]

¿Por qué, hacia el siglo V, al menos en grandes partes de la Iglesia, la iglesia sólo conservaba “muestras” de su prosperidad carismática anterior? ¿Fue porque la persecución había cesado y se esperaba que todos fueran cristianos? ¿Se rebajaron los estándares para admitir a nuevos cristianos? ¿Ya no se llevaba a cabo la preparación con cuidado? ¿Los herejes montanistas dieron mala fama a los carismas?

La herejía montanista ilustra la sabiduría de las Escrituras y la enseñanza de la iglesia sobre la importancia de que los carismas estén sujetos al discernimiento de la autoridad pastoral, no para extinguir el Espíritu sino para probarlo, aferrándose a lo que es sano. (1 Tes 5:19-21)

“Es en este sentido que el discernimiento de los carismas es siempre necesario. Ningún carisma está exento de ser referido y sometido a los pastores de la Iglesia... de modo que todos los carismas diversos y complementarios trabajen juntos ‘para el bien común’”. (CIC 801)

Cualesquiera que sean las razones que llevaron a la decadencia a medida que avanzaba la vida de la Iglesia, los carismas se asociaron principalmente con las vidas de personas especialmente santas, los santos, y los carismas se ven regularmente en las vidas de los santos a lo largo de los siglos.

Mientras Juan Pablo II, y ahora Benedicto XVI, continúan liderando la interpretación e implementación adecuadas del Vaticano II, ambos han enfatizado la importancia de redescubrir el llamado universal a la santidad y el llamado universal a la evangelización.

El “redescubrimiento” de la dimensión carismática de la Iglesia se desarrolla en este contexto.

Juan Pablo II en particular nunca se cansó de decir que la santidad es para todos, y que la evangelización es para todos. No es sólo para personas especiales –santos o misioneros–, sino que todos estamos llamados a ser santos y misioneros.[iv]

Este es el redescubrimiento de una verdad bíblica y tradicional que verdaderamente tiene el potencial de traer una extraordinaria “nueva primavera” a una Iglesia que la necesita desesperadamente.

Juan Pablo II deja claro que es muy importante que este notable “redescubrimiento” de la dimensión carismática de la constitución de la Iglesia sea respondido con atención y gratitud

Él sigue gritando desde la casa del Padre: “Hoy quisiera gritar a todos ustedes reunidos aquí en la Plaza de San Pedro y a todos los cristianos: ¡Abrios dócilmente a los dones del Espíritu! ¡Acoged con gratitud y obediencia los carismas que el Espíritu no cesa de concedernos!”[v]

Que así sea


[i]  El padre George Montague y el padre Killian McDonnell han escrito una obra importante que traza la experiencia bíblica e histórica del Espíritu en relación con los sacramentos de la iniciación cristiana. Su obra principal es: Christian Initiation and Baptism in the Holy Spirit (Collegeville: The Liturgical Press, A Michael Glazier Book, 1991). Han escrito un resumen mucho más breve y popular de su trabajo del que se han extraído las citas de este artículo: Fanning the Flame: What does Baptism in the Holy Spirit Have to Do with Christian Initiation? (Collegeville: The Liturgical Press, 1991).

[ii] Avivando la llama, págs. 20-21.

[iii] Todas las citas se han tomado de las referencias originales contenidas en las págs. 16-18 de Avivando la llama.

[iv] “El llamado universal a la santidad está estrechamente vinculado al llamado universal a la misión. Cada miembro de los fieles está llamado a la santidad y a la misión”. Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 1990. VIII, 90.

[v] (L’Observatore Romano, English Language Edition, June 3, 1998; This is the day the Lord has made! Holy Father holds historic meeting with ecclesial movements and new communities; pp. 1-2.)

Traducción del original publicado en https://www.renewalministries.net/wp-content/uploads/2020/04/Charisms-What-are-they-Who-are-they-for-What-does-the-Church-teach.pdf