martes, 28 de junio de 2016

RESONAR DE LA PALABRA - 28062016

Evangelio según San Mateo 8,23-27. 
Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía. Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: "¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!". El les respondió: "¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?". Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma. Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?". 

RESONAR DE LA PALABRA
Querido amigo/a:

¿Vives cerca del mar? ¿Lo has visto al menos alguna vez? ¿Has navegado sobre él en alguna embarcación?

El mar forma parte de las cosas fascinantes de nuestro mundo. Inmenso, amplio, inabarcable... Medio de comunicación, origen de la brisa, fuente de alimento, manadero de inspiración.

Pero el mar también es tremendo cuando las olas se encrespan, cuando inunda la tierra, cuando no da pescado, cuando devora a los navegantes.

El mar es símbolo de la vida, tan fascinante y tan tremenda. Los discípulos van sobre el mar, por la vida. Y Jesús con ellos, en la misma barca. El mar se encrespa –como la vida, tantas veces- y parece que no hay salida: “Señor, sálvanos, que nos hundimos”. Él va tranquilo. Parece que duerme. Pero escucha la voz de los suyos, de su pueblo, de los que le interpelan. Y el mar se calma. Y la vida. Tan sólo es cuestión de fe. Porque “todo es posible para el que cree”.

Señor, te hablo desde la vida.
Yo sé que Tú vas con nosotros, en la misma barca.
Y Tú sabes que muchas veces la barca se mueve,
y pensamos que nos vamos a hundir.
Por eso, en esos momentos,
recuérdame –recuérdanos-
que basta tener fe.
Que ese momento, más que nunca,
es momento de seguir remando.
Porque contigo en la barca
llegaremos a puerto.
Gracias, Señor.
Amén.

fuente Ciudad Redonda

lunes, 27 de junio de 2016

Mini-Sermón de Francisco 27062016

«No los cálculos ni los intereses, sino el amor humilde y generoso atrae la misericordia del Padre, la bendición de Cristo y la abundancia del Espíritu Santo. Rezando y «amándonos intensamente unos a otros con corazón puro» (cf. 1 P 1, 22), con humildad y apertura de ánimo, dispongámonos a recibir el don de la unidad. Sigamos nuestro camino con determinación, más aún corramos hacia la plena comunión entre nosotros»


Liturgia Viva 270616


Pastoral de la Encarnación 270616


La Adoración Eucarística

La Adoración Eucarística

Jesús presente en el Santísimo Sacramento


Cristo es la vid, plantada en la viña elegida, que es el Pueblo de Dios, la Iglesia. Por el misterio del Pan eucarístico el Señor puede decirnos a cada uno: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (Juan 6, 56).


Su vida pasa a nosotros así como la savia vivificante de la vid pasa a los sarmientos para que estén vivos y produzcan frutos. Sin una verdadera unión con Cristo —en quien creemos y de quien nos alimentamos— no puede haber vida sobrenatural en nosotros ni frutos fecundos.

El misterio. Es importante que vivamos y enseñemos a vivir el misterio total de la Eucaristía: Sacramento del Sacrificio, del Banquete y de la Presencia permanente de Jesucristo Salvador. Y sabéis bien que las varias formas de culto a la Santísima Eucaristía son prolongación y, a su vez, preparación del Sacrificio y de la Comunión.

Es verdad que la reserva del Sacramento se hizo, desde el principio, para poderlo llevar en Comunión a los enfermos y ausentes de la celebración. Pero, como dice la Iglesia, “por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1379).

“Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20). Son palabras de Cristo Resucitado antes de subir al cielo el día de su Ascensión. Jesucristo es verdaderamente el Emmanuel, Dios–con–nosotros, desde su Encarnación hasta el fin de los tiempos. Y lo es de modo especialmente intenso y cercano en el misterio de su presencia permanente en la Eucaristía. ¡Qué fuerza, qué consuelo, qué firme esperanza produce la contemplación del misterio eucarístico! ¡Es Dios con nosotros que nos hace partícipes de su vida y nos lanza al mundo para evangelizarlo, para santificarlo!

Eucaristía y Evangelización ha sido el tema del XLV Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla. Sobre ello habéis reflexionado intensamente en estos días y durante su larga preparación. La Eucaristía es verdaderamente “fuente y culmen de toda evangelización” (Presbyterorum ordinis, 5); es horizonte y meta de toda la proclamación del Evangelio de Cristo. Hacia ella somos encaminados siempre por la palabra de la Verdad, por la proclamación del mensaje de salvación.

Por lo tanto, toda celebración litúrgica de la Eucaristía, vivida según el espíritu y las normas de la Iglesia, tiene una gran fuerza evangelizadora. En efecto, la celebración eucarística desarrolla una esencial y eficaz enseñanza del misterio cristiano: la comunidad creyente es convocada y reunida como familia y Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo; es alimentada en la doble mesa de la Palabra y del Banquete sacrificial eucarístico; es enviada como instrumento de salvación en medio del mundo. Todo ello para alabanza y acción de gracias al Padre.

Pedid conmigo a Jesucristo, el Señor, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación, que toda la Iglesia salga fortalecida para la nueva evangelización que el mundo entero necesita: nueva, también por la referencia explícita y profunda a la Eucaristía, como centro y raíz de la vida cristiana, como siembra y exigencia de fraternidad, de justicia, de servicio a todos los hombres, empezando por los más necesitados en su cuerpo y en su espíritu. Evangelización para la Eucaristía, en la Eucaristía y desde la Eucaristía: son tres aspectos inseparables de cómo la Iglesia vive el misterio de Cristo y cumple su misión de comunicarlo a todos los hombres.

Adoración y vocaciones. Quiera Dios que de la intimidad con Cristo Eucaristía surjan muchas vocaciones de apóstoles, de misioneros, para llevar este evangelio de salvación hasta los confines del mundo. Hoy toda la Iglesia está reclamando un nuevo esfuerzo misionero, un vibrante espíritu de evangelización “nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones”.

“Se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad” (Juan 4, 23), había dicho Jesús a la samaritana junto al pozo de Sicar. La adoración de la Eucaristía “es la contemplación y reconocimiento de la presencia real de Cristo, en las sagradas especies, fuera de la celebración de la Misa… Es un verdadero encuentro dialogal por el que… nos abrimos a la experiencia de Dios… Es igualmente un gesto de solidaridad con las necesidades y los necesitados del mundo entero” (Documento base, 25). Y esta adoración eucarística, por su propia dinámica espiritual, debe llevar al servicio de amor y de justicia para con los hermanos.

Ante la presencia real y misteriosa de Cristo en la Eucaristía —presencia “velada”, pues no se ve sino con los ojos de la fe— entendemos con nueva luz la palabra del Apóstol Juan, que tanto sabía del amor de Cristo: “Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Juan 4, 20).

Tengo la firme esperanza de que el afán evangelizador suscite en los cristianos una sincera coherencia entre fe y vida, y lleve a un mayor compromiso de justicia y caridad, a la promoción de unas relaciones más equitativas entre los hombres y entre los pueblos… un fortalecimiento de la vida cristiana, sobre la base de una renovada educación en la fe.

¡Qué importante es, en medio del actual ambiente social progresivamente secularizado, promover la renovación de la celebración eucarística dominical y de la vivencia cristiana del domingo! La conmemoración de la Resurrección del Señor y la celebración de la Eucaristía deben llenar el domingo de contenido religioso, verdaderamente humanizador. El descanso laboral dominical, el cuidado de la familia, el cultivo de los valores espirituales, la participación en la vida de la comunidad cristiana, contribuirán a hacer un mundo mejor, más rico en valores morales, más solidario y menos consumista.

Anhelo del corazón papal. Quiera el Señor, Luz de los pueblos —que estos días está sembrando a manos llenas la semilla de la Verdad en tantos corazones— multiplicar con su fecundidad divina los frutos de este Congreso. Y uno de ellos, quizá el más importante, será el resurgir de vocaciones.

Pidamos al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies (Mateo 9, 38): hacen falta muchas vocaciones sacerdotales y religiosas. Y cada uno de nosotros, con su palabra y con su ejemplo de entrega generosa, debe convertirse en un “apóstol de apóstoles”, en un promotor de vocaciones. Desde la Eucaristía, Cristo llama hoy insistentemente a muchos jóvenes: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres” (4, 19): sed vosotras y vosotros, sacerdotes, religiosos y religiosas, los portavoces, gozosos y convincentes, de esa llamada del Señor.

Que la Virgen María nos impulse y guíe al encuentro con su Hijo en el misterio eucarístico. Ella, que fue la verdadera Arca de la Nueva Alianza, Sagrario vivo del Dios Encarnado, nos enseñe a tratar con pureza, humildad y devoción ferviente a Jesucristo, su Hijo, presente en el Tabernáculo. Ella, que es la “Estrella de la Evangelización”, nos sostenga en nuestra peregrinación de fe para llevar la Luz de Cristo a todos los hombres, a todos los pueblos.

Alocución pronunciada el sábado 12 de junio de 1993, en el 45º Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Sevilla, España. © Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana

La presencia real de Jesucristo

La presencia real de Jesucristo

La Eucaristía: El don que comunica la vida


En el Evangelio de San Juan vemos que la Sagrada Eucaristía (Juan 6, 53-34) es el don más sublime que Dios haya concedido al ser humano, ya que cuantos lo recibimos con fe y amor podemos llenarnos de Aquel que nuestra alma anhela: Jesucristo, nuestro Señor.

En la Sagrada Escritura encontramos varias ideas y principios que nos pueden llevar a entender mejor el valor y el significado del don del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y también lo podemos hacer contemplando a Jesús a través de la gracia de la revelación que recibimos en la Santa Misa.

Jesús nos atrae. Así como el Altísimo quiere alimentarnos con su sabiduría y su gracia, también ha deseado, desde los albores de la creación, revelarse a sus hijos a fin de iluminar nuestra mente y comunicarnos su poder.

Ciertos pasajes de la Escritura demuestran lo mucho que Dios nos ama, y nos permiten ver que el Señor está constantemente trabajando en nuestro favor, inspirándonos pensamientos de amor, esperanza y fe. En efecto, no pasa un día que Dios no esté actuando para favorecernos en algo.

Hacia el final de su ministerio, Jesús dijo a sus discípulos: “Pero cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo” (Juan 12, 32). En un sentido, esta promesa se cumple cada vez que recibimos la Sagrada Eucaristía. Cuando comemos el Pan de Vida, Dios Padre nos lleva junto a su Hijo, abre nuestros ojos espirituales y nos concede su gracia.

Dios está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para recibirnos en su presencia, incluso nos “carga” en sus brazos cuando nos sentimos demasiado débiles o dolidos para caminar por nuestros propios medios. ¡Así tanto es lo mucho que nos ama el Señor! Y ¿cómo nos atrae Jesús a su lado? Comunicándonos su amor incondicional, su misericordia infinita y su sabiduría celestial.

El momento de la revelación. Por el camino de Emaús, Jesús se unió a los dos discípulos que iban dialogando, pero lo hizo en forma velada, y no fue sino hasta que partieron el pan juntos que él se dio a conocer (Lucas 24, 30-31). Al principio, estaba realmente presente allí con los discípulos, pero ellos no lo reconocieron porque permanecía en forma oculta. Esto es algo que también comprobamos muchas veces. Queremos ver a Jesús, pero no lo distinguimos; lo buscamos, pero no lo podemos encontrar; anhelamos escuchar su voz, pero no llegamos a oírla.

Los discípulos tenían dudas respecto de la resurrección, y el Señor empezó a disipar esas dudas. Empezando por Moisés, utilizó la Escritura para explicarles que todo lo que estaba escrito acerca del Mesías debía efectivamente suceder y así, a medida que les enseñaba, los iba atrayendo hacia sí mismo, al punto de que ellos pudieron verlo, tocarlo y escucharlo, mientras les ardía el corazón al percibir la cercanía de la divinidad de Cristo. Pero lo sorprendente es que sólo se les abrieron los ojos cuando el Señor bendijo el pan y lo partió.

Por medio del Espíritu Santo, el Señor desea tomar todo aquello que les enseñó a los apóstoles y comunicarlo a nosotros también; quiere darnos la sabiduría secreta de Dios para que podamos adquirir “la mente de Cristo” (1 Corintios 2, 16). En efecto, tan asombroso como nos parece hoy el relato de los discípulos de Emaús, así de asombroso es que hoy se nos puedan abrir los ojos de la fe cuando vemos que un pan ordinario se transforma en el Cuerpo de Cristo y se parte a la vista de todos.

Impulsados a trabajar para Dios. Anochecía y los dos discípulos llegaban cansados del agotador viaje en el que habían conversado animadamente de cosas sorprendentes y reveladoras. Pero después de que Jesús se reveló ante ellos, no se fueron a casa a descansar; regresaron corriendo a Jerusalén para contarles a Pedro y los demás que el Señor había caminado con ellos, les había enseñado y ellos lo habían reconocido recién cuando él partió el pan en su presencia.

Este viaje nocturno de los dos discípulos ilustra una de las acciones más importantes de la Sagrada Eucaristía: Cuantos la reciben se sienten impulsados a servir a Jesús. Estos dos discípulos se llenaron de tanto gozo que no se podían guardar para sí lo que habían experimentado. ¡Tenían que ir a contarles a los apóstoles lo que acababa de suceder! En efecto, Jesús quiere convencer a todos sus fieles que él es el Señor resucitado, especialmente cuando recibimos la Santa Comunión. Cuando se nos abren los ojos y vemos a Cristo en su verdadera identidad y dimensión, también nos sentimos impulsados a servirlo, contarlo a los demás y vivir para él.

Después de la resurrección del Señor, algunos de los apóstoles regresaban de haber salido a pescar pero sin resultado alguno, cuando vieron a un hombre a la orilla del lago. Era Jesús, pero ellos no lo reconocieron. Les dijo que echaran de nuevo las redes y que así encontrarían peces (Juan 21, 6). Cuando lo hicieron, recogieron las redes tan llenas que casi se rompían. Uno de los discípulos reconoció que el que estaba en la playa era Jesús y cuando llegaron a su lado vieron que él les había preparado el desayuno.

Pero antes de comer, el Señor partió el pan y se los dio (Juan 21, 13). Con este pequeño gesto, Jesús les estaba diciendo: “Sepan que el que está aquí con ustedes soy yo, y quiero ayudarles en su trabajo y darles de comer mientras ustedes alimentan a mis ovejas” (v. 21, 15-17).

Hay un simple modelo que se repite en la Escritura y en este relato también: Cuando tomamos y comemos lo que Jesús nos da, el Espíritu Santo nos mueve a salir y compartirlo con los demás. El Señor quiere que llevemos su mensaje a todo tipo de gente: pobres y ricos, educados y sin educación, jóvenes y viejos, y los invitemos a venir a Cristo, seguros de que él siempre estará guiándonos y fortaleciéndonos hasta el fin de los tiempos (v. Mateo 28, 19-20).

Si bien es obvio que este pasaje del evangelio según San Juan se refiere al servicio y la evangelización, también se puede decir que Jesús quiere ayudarnos en el trabajo que realizamos en el mundo. Supuestamente, los apóstoles salieron a pescar para ganarse el sustento, pero cuando se les apareció Jesús, les ofreció ayudarles en su labor.

De la misma manera, el Señor también quiere bendecir todo lo que hacemos nosotros en el trabajo; quiere ayudarnos, no para que nos hagamos ricos o famosos, sino para que lleguemos a ser testigos de su amor dondequiera que trabajemos. Desea ayudarnos a proveer para nuestras familias y darnos lo suficiente para que seamos generosos con los pobres y los necesitados. También quiere que nuestros empleos sean oportunidades para desarrollar los dones y talentos que él nos ha dado.

Manténganse alertas. Los dos discípulos que se dirigían a Emaús vieron al Señor y lo invitaron a caminar a su lado, pero ¿qué habría pasado si cuando él empezó a explicarles la Escritura, ellos hubieran perdido el interés de escucharle por las razones que fueran? Se habrían perdido la revelación personal y directa de Cristo resucitado y tal vez no se habrían transformado en creyentes fieles ni ellos ni sus familias y su vida habría continuado siendo la misma de antes.

Queridos hermanos, si no escuchamos con atención la Palabra de Dios, no veremos a Cristo. No lo reconoceremos ni siquiera después de haber comido el Pan de Vida. Y si no recibimos la revelación del Señor, ¿cómo vamos a saber cuándo y dónde debemos echar las redes? Si no ponemos atención, la mente se nos llena de los razonamientos, preocupaciones y tentaciones de este mundo, y ponemos límites a lo que el Señor quiere hacer entre nosotros y a través nuestro, porque no nos ha parecido importante saber de qué manera su Cuerpo y su Sangre pueden transformarnos.

Pero esto no sucedió con los discípulos de Emaús, y tampoco con los apóstoles que iban en la barca. Ellos estaban atentos a lo que Jesús les decía y por eso obedecieron. El Señor quiere hacer lo mismo en cada uno de sus fieles: Darse a conocer de una nueva manera cuando comemos el Pan de Vida, para que nosotros, a nuestra vez, demos a los demás aquello que él nos ha dado.

fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

El Pan del Cielo

El Pan del Cielo

Alimento y fortaleza del cristiano


Desde los primeros días en que Dios creó el universo, el Señor quiso que todos los seres humanos nos congregáramos bajo la luz de su divina presencia para recibir la gracia, la sabiduría y la fortaleza esenciales para la vida en el maravilloso mundo que él acababa de crear.

El Libro del Génesis nos dice que en el Jardín del Edén había dos árboles muy importantes: el árbol de la vida, que contenía todos los tesoros del plan divino de Dios, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. Hoy los fieles podemos encontrar el árbol de la vida cada vez que comemos el Cuerpo de Cristo y bebemos la Sangre de Cristo en la Santa Comunión. Estos valiosísimos dones divinos tienen el propósito de sustentarnos, renovar nuestras fuerzas y prepararnos para recibir la vida de Dios.

La Sagrada Eucaristía es el alimento espiritual por excelencia, por lo cual instamos a nuestros lectores a que mediten en su significado, disponiendo el corazón para recibir la gracia del Espíritu Santo, y tengan presentes estas ideas y figuras cuando estén en Misa, de manera que al recibir a Cristo en la Comunión empiecen a experimentar la gracia del Señor de una manera nueva y poderosa.

El pan del Mesías. Trasladémonos con la imaginación al desierto de Sinaí, allá por el siglo XII antes de Cristo. Los israelitas habían salido de la esclavitud en Egipto y se dirigían hacia la Tierra Prometida. La caminata era ardua e interminable y muchas veces escaseaban el alimento y el agua. Sin embargo, allí, en aquellos parajes tan inhóspitos y desolados, Dios les dio agua de una roca para beber y pan del cielo, el “maná”, para comer.

Después de esta tortuosa peregrinación por el desierto, unos 1250 años más tarde, Jesús de Nazaret dio de comer a miles de personas aunque sólo tenía cinco panes y dos pescados (Juan 6, 1-15). San Juan señala de modo muy puntual que este milagro de la multiplicación de los panes sucedió justo antes de la fiesta de la Pascua judía, con lo que al parecer quería presentar este hecho milagroso como un mensaje profético, una señal por la cual sus lectores (y nosotros) pudieran hacer una conexión con el pasado, apuntando hacia algo mucho más grande e importante. Juan vio que este milagro señalaba una nueva Pascua, no basada en la liberación de una esclavitud física, sino de una peor esclavitud, la impuesta por el pecado y la muerte.

Los judíos contemporáneos de Cristo creían que, en una era venidera, se repetiría el milagro del maná y quien lo realizaría sería el Mesías prometido, que reemplazaría a Moisés como nuevo redentor de Israel (Juan 6, 14; Deuteronomio 18, 15). Teniendo en cuenta esta creencia popular, y ampliando sus esperanzas un poco más, Jesús les anunció que el pan que él les daría les traería la vida eterna, mientras que el maná del desierto solamente podía nutrirlos y sostenerlos en su vida mortal (Juan 6, 32-33). Se ve que el hecho de comer el Cuerpo de Cristo era asunto de vida o muerte, es decir, de consecuencias eternas.

El Pan del sacrificio. En este relato hay dos dimensiones proféticas que vale la pena examinar con más atención: Primero, que Jesús sería un sacrificio sin defecto ni mancha, como el Cordero de la Pascua y, segundo, que cuando dio de comer a los cinco mil justo antes de la Pascua, el Señor estaba indicando que su sacrificio en la cruz se manifestaría al pueblo en forma de pan. En el gesto profético de dar de comer milagrosamente a miles de personas, Jesús estaba vinculando la figura del pan a un alimento espiritual basado en su propio sacrificio.

Las palabras que Jesús pronunció en ese momento —“El pan que yo daré es mi propio cuerpo. Lo daré por la vida del mundo” (Juan 6, 51)— tuvieron el fin de enfocar la atención de los fieles en la Última Cena, cuando explicó a los Doce: “Esto es mi cuerpo, entregado a muerte en favor de ustedes” (Lucas 22, 19). En ambas ocasiones, estaba diciendo que él era el verdadero Mesías y que él mismo era el Pan del cielo, el alimento eterno de Dios incomparablemente superior al maná del desierto.

Cuantos le escuchaban sabían que se refería a un alimento espiritual y no a comida física. Percibían que este rabino, que acababa de alimentar a miles de personas, estaba ahora hablando de sí mismo como de un sacrificio vivo. No se trataba de que no entendieran el mensaje, sino que no lo aceptaban ni a él ni sus palabras, porque les parecía demasiado extraño o radical como para ser cierto (Juan 6, 52).

Precisamente por no creer en lo que el Señor les decía acerca de comer su Cuerpo y beber su Sangre, muchos dejaron de seguirlo (Juan 6, 66), pero él exhortó a sus apóstoles a confiar en su Persona y no alejarse de su lado. Allí fue que Pedro, tal vez inseguro de las razones por las cuales Jesús había presentado esa enseñanza tan difícil de aceptar, seguramente pensó para sí mismo: “Si no es él, ¿a quién voy a ir? ¿Hay otro cuyo mensaje me llegue al corazón? ¿Hay otro que realice estos portentos tan milagrosos? ¿Quién más puede ofrecerme la vida eterna? ¡No! Él tiene que ser el Santo de Dios” (v. 6, 69).

Gusten y vean. Cuando los apóstoles estaban con Jesús, lo vieron con sus propios ojos, escucharon su enseñanza con sus propios oídos y lo tocaron con sus propias manos (1 Juan 1, 1-2). Para nosotros también, los sentidos físicos son los canales por los que percibimos lo que sucede a nuestro derredor.

Si describimos de esta manera la experiencia de los apóstoles según la primera carta de San Juan, falta uno de los sentidos vitales: el del gusto. Los apóstoles vieron, oyeron y tocaron a Jesús. Con sus sentidos llegaron a amarlo y a considerar valiosas sus palabras. Todo lo que recibieron a través de sus sentidos les hizo creer que Jesús era realmente el Mesías, el Santo de Dios. Pero todavía no habían llegado a entender lo que significaba “comer el Cuerpo de Cristo” como Pan de Vida.

En la Última Cena, cuando los apóstoles comieron y bebieron con Jesús, vieron que ante sus ojos se abría una nueva dimensión, que les permitía comprender interiormente y con un nuevo sentido todo lo que habían experimentado en el tiempo que habían pasado con el Señor. Dado que el hecho de comer el Cuerpo y beber la Sangre de Cristo implica mucho más que ver, oír y tocar al Hijo de Dios, ahora adquirían una experiencia nueva y más profunda de la Persona de Jesús y de lo que su misión significaba. En la Última Cena, los apóstoles llegaron a experimentar una comunión con Jesús mucho más vital y profunda que antes.

¿A quién podemos ir? Desde el comienzo mismo de la creación, Dios ha querido tener una familia de hijos que se congregue bajo su majestad y que él pueda alimentar y proteger. En la Última Cena este anhelo de Dios finalmente se hizo realidad. En cada Misa que celebramos, Jesús se hace presente para sus fieles de una manera vivificante y nos invita a experimentar una transformación espiritual comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre.

Cuando usted reciba al Señor esta semana en la Santa Comunión, trate de imitar a San Pedro. Tal vez tenga ciertas dudas o aspectos de resistencia en su interior, pero al final de cuentas, todos podemos hacernos eco de la declaración de fe y entrega que hizo el apóstol: “Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna. Nosotros ya hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Juan 6, 68-69). Confíe, pues, que cuando usted coma el Pan de Vida, Jesús cumplirá su promesa y lo resucitará en el último día.

Recuerde lo siguiente: Hay muchos que se dicen católicos y van a Misa, pero viven como si no fueran cristianos. Reciben la misma Comunión que el resto, pero su conducta no refleja un cambio de pensamiento, ni de conducta ni de corazón. Por lo tanto, queda claro que el poder transformador de la Eucaristía depende, en cierto grado, de la manera en que uno se entrega para recibir el regalo divino que se nos ofrece. Aun tratándose de un milagro patente, el Cuerpo y la Sangre de Cristo son un alimento divino para los corazones dóciles a la voluntad de Dios, no para los rebeldes, indiferentes o incrédulos.

Por eso, cada vez que usted reciba la Sagrada Eucaristía, atesore este alimento espiritual del cielo con toda su alma. Cerciórese de estar en gracia de Dios y comprométase a recibir sin reparos todo lo que el Señor quiera decirle y hacer en su corazón. Acérquese a Cristo con un corazón puro y humilde y así descubrirá que el Señor lo eleva a la presencia de Dios y lo transforma. Así es como usted puede dejar que el manjar sabroso y nutritivo del alimento celestial sacie y sane por completo todo su ser.

fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

REFUNDAR EN LA UNIDAD

26 de junio de 2016.- (Popular TV R. Murcia / Radio Vaticano / Camino Católico) “Que el Espíritu Santo haga de los creyentes un solo corazón y una sola alma; que venga a refundarnos en la unidad”, lo dijo el Papa Francisco es un su saludo durante la Divina Liturgia celebrada el último domingo de junio, en la Plaza de San Tiridate de Echmiadzin, sede del catholicós de Armenia. “Que la Iglesia Armenia camine en paz y la comunión entre nosotros sea plena”, aseguró.

El Obispo de Roma comenzó su discurso agradeciendo al Señor por esta visita que ha sido “inolvidable”y que tanto había “deseado tanto”.Así mismo agradeció a Karekim II por haberle abierto las puertas de su casa estos días. “Nos hemos encontrado, nos hemos abrazado fraternalmente, hemos rezado juntos y compartido los dones, las esperanzas y las preocupaciones de la Iglesia de Cristo, cuyo corazón oímos latir al unísono, y en la que creemos y sentimos como una”.

Una emocionante y solemne ceremonia, en la que el Papa Francisco pidió que “tengamos el oído abierto a las jóvenes generaciones, que anhelan un futuro libre de las divisiones del pasado”. Y en este contexto exhortó a que se difunda de nuevo una luz radiante; la de la fe, una la luz del amor que perdona y reconcilia.

Finalmente Papa Francisco pidió a Karekim II, patriarca Supremo y catholicós de todos los armenios, que bendijera –en nombre de Dios- a él, a toda la Iglesia Católica y a la andadura hacia la unidad plena. En el vídeo superiorse visualiza y escucha el saludo del Papa en la Divina liturgia traducido al español, cuyo texto completo es el siguiente:

Santidad,
Queridos Obispos,
Hermanos y hermanas

Al coronar esta visita, que tanto he deseado, y para mí ya inolvidable, deseo elevar mi agradecimiento al Señor, junto con el gran himno de alabanza y de acción de gracias que sube de este altar. Vuestra Santidad me ha abierto en estos días las puertas de su casa y hemos experimentado «qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos (Sal 133,1). Nos hemos encontrado, nos hemos abrazado fraternalmente, hemos rezado juntos y compartido los dones, las esperanzas y las preocupaciones de la Iglesia de Cristo, cuyo corazón oímos latir al unísono, y en la que creemos y sentimos como una. «Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza [...]. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos» (Ef 4,4-6): con gozo podemos hacer verdaderamente nuestras estas palabras del apóstol Pablo. Nos hemos encontrado precisamente en el signo de los santos Apóstoles. Los santos Bartolomé y Tadeo, que proclamaron por primera vez el Evangelio en estas tierras, y los santos Pedro y Pablo, que dieron su vida por el Señor en Roma, y que ahora reinan con Cristo en el cielo, se alegran ciertamente al ver nuestro afecto y nuestra aspiración concreta a la plena comunión. Por todo esto doy gracias al Señor, por vosotros y con vosotros: ¡Park astutsò! (¡Gloria a Dios!).

En esta Divina Liturgia, el solemne canto del trisagio se ha elevado al cielo, ensalzando la santidad de Dios; que descienda copiosamente la bendición del Altísimo sobre la tierra por intercesión de la Madre de Dios, de los grandes santos y doctores, de los mártires, sobre todo de tantos mártires que en este lugar habéis canonizados el año pasado. «El Unigénito que vino aquí» bendiga vuestro camino. Que el Espíritu Santo haga de los creyentes un solo corazón y una sola alma; que venga a refundarnos en la unidad. Por eso quisiera invocarlo nuevamente, tomando algunas espléndidas palabras que han entrado en vuestra Liturgia. Ven, Espíritu, Tú, «que con gemidos incesantes eres nuestro intercesor ante el Padre misericordioso, Tú, que velas por los santos y purificas a los pecadores»; infunde en nosotros tu fuego de amor y unidad, y «que este fuego diluya los motivos de nuestro escándalo» (Gregorio de Narek, Libro de las Lamentaciones, 33, 5), ante todo, la falta de unidad entre los discípulos de Cristo.

Que la Iglesia Armenia camine en paz, y la comunión entre nosotros sea plena. Que brote en todos un fuerte anhelo de unidad, una unidad que no debe ser «ni sumisión del uno al otro, ni absorción, sino más bien la aceptación de todos los dones que Dios ha dado a cada uno, para manifestar a todo el mundo el gran misterio de la salvación llevada a cabo por Cristo, el Señor, por medio del Espíritu Santo» (Palabras al final de la Divina Liturgia, Iglesia patriarcal de San Jorge, Estambul, 30 noviembre 2014).

Acojamos la llamada de los santos, escuchemos la voz de los humildes y los pobres, de tantas víctimas del odio que sufrieron y sacrificaron sus vidas a causa de su fe; tengamos el oído abierto a las jóvenes generaciones, que anhelan un futuro libre de las divisiones del pasado. Que desde este lugar santo se difunda de nuevo una luz radiante; la de la fe, que desde san Gregorio, vuestro padre según el Evangelio, ha iluminado estas tierras, y a ella se una la luz del amor que perdona y reconcilia.

Así como los Apóstoles en la mañana de Pascua, no obstante las dudas e incertidumbres, corrieron hasta el lugar de la resurrección atraídos por el amanecer feliz de una nueva esperanza (cf. Jn 20,3-4), así también sigamos nosotros en este santo domingo la llamada de Dios a la comunión plena y apresuremos el paso hacia ella.

Y ahora, Santidad, en nombre de Dios te pido que me bendigas, a mí y a la Iglesia Católica, que bendigas esta nuestra andadura hacia la unidad plena.

Francisco

Oficio de Lectura

De los Sermones de san Agustín, obispo.
(Sermón 47, Sobre las ovejas, 1. 2. 3. 6: CCL 41, 572-573. 575-576)



EL SEÑOR ES NUESTRO DIOS, Y NOSOTROS SU PUEBLO, EL REBAÑO QUE ÉL GUÍA

Las palabras que hemos cantado expresan nuestra convicción de que somos rebaño de Dios: Él es nuestro Dios, creador nuestro. El es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Los pastores humanos tienen unas ovejas que no han hecho ellos, apacientan un rebaño que no han creado ellos. En cambio, nuestro Dios y Señor, porque es Dios y creador, se hizo él mismo las ovejas que tiene y apacienta. No fue otro quien las creó y él las apacienta, ni es otro quien apacienta las que él creó.

Por tanto, ya que hemos reconocido en este cántico que somos sus ovejas, su pueblo y el rebaño que él guía, oigamos qué es lo que nos dice a nosotros, sus ovejas. Antes hablaba a los pastores, ahora a las ovejas. Por eso nosotros lo escuchábamos, antes, con temor, vosotros, en cambio, seguros. ¿Cómo lo escucharemos en estas palabras de hoy? ¿Quizás al revés, nosotros seguros y vosotros con temor? No, ciertamente. En primer lugar porque, aunque somos pastores, el pastor no sólo escucha con temor lo que se dice a los pastores, sino también lo que se dice a las ovejas. Si escucha seguro lo que se dice a las ovejas, es porque no se preocupa por las ovejas. Además, ya os dijimos entonces que en nosotros hay que considerar dos cosas: una, que somos cristianos, otra, que somos guardianes. Nuestra condición de guardianes nos coloca entre los pastores, con tal de que seamos buenos. Por nuestra condición de cristianos, somos ovejas igual que vosotros. Por lo cual, tanto si el Señor habla a los pastores como si habla a las ovejas, tenemos que escuchar siempre con temor y con ánimo atento.

Oigamos, pues, hermanos, en qué reprende el Señor a las ovejas descarriadas y qué es lo que promete a sus ovejas. Y vosotras -dice-, mis ovejas. En primer lugar, si consideramos, hermanos, qué gran felicidad es ser rebaño de Dios, experimentaremos una gran alegría, aun en medio de estas lágrimas y tribulaciones. Del mismo de quien se dice: Pastor de Israel, se dice también: No duerme ni reposa el guardián de Israel. El vela, pues, sobre nosotros, tanto si estamos despiertos como dormidos. Por esto, si un rebaño humano está seguro bajo la vigilancia de un pastor humano, cuán grande no ha de ser nuestra seguridad, teniendo a Dios por pastor, no sólo porque nos apacienta, sino también porque es nuestro creador.

Y vosotras -dice-, mis ovejas, así dice el Señor Dios: Yo mismo juzgaré entre oveja y oveja y entre carneros y machos cabríos. ¿A qué vienen aquí los machos cabríos en el rebaño de Dios? En los mismos pastos, en las mismas fuentes, andan mezclados los machos cabríos, destinados a la izquierda, con las ovejas, destinadas a la derecha, y son tolerados los que luego serán separados. Con ello se ejercita la paciencia de las ovejas, a imitación de la paciencia de Dios. El es quien separará después, unos a la izquierda, otros a la derecha.

Liturgia Viva O Colecta 270616

Dejen que los muertos entierren a sus muertos”. Aunque implicando una renuncia total, al estilo de los rabinos judíos, Jesús acentúa más el realizar un nuevo comienzo, desarraigándose del pasado y rompiendo con él. Por ejemplo: no permaneciendo en casa hasta que el padre muera, y aceptando la inseguridad de seguir a Jesús y vivir la fe sinceramente, con firmeza y entusiasmo. ¿Nos mostramos firmes y consistentes? ¿Somos radicales en el sentido exigido por Jesús? 


Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

Icono oriental antiguo de origen desconocido.
Fiesta: 27 de junio.

Patrona de los Padres Redentoristas y de Haití.
El icono original está en el altar mayor de la Iglesia de San Alfonso, muy cerca de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma.

El icono de la Virgen, pintado sobre madera, de 21 por 17 pulgadas, muestra a la Madre con el Niño Jesús. El Niño observa a dos ángeles que le muestran los instrumentos de su futura pasión. Se agarra fuerte con las dos manos de su Madre Santísima quien lo sostiene en sus brazos. El cuadro nos recuerda la maternidad divina de la Virgen y su cuidado por Jesús desde su concepción hasta su muerte. Hoy la Virgen cuida de todos sus hijos que a ella acuden con plena confianza.

Historia

En el siglo XV un comerciante acaudalado de la isla de Creta (en el Mar Mediterráneo) tenía la bella pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Era un hombre muy piadoso y devoto de la Virgen María. Cómo habrá llegado a sus manos dicha pintura, no se sabe. ¿Se le habría confiado por razones de seguridad, para protegerla de los sarracenos? Lo cierto es que el mercader estaba resuelto a impedir que el cuadro de la Virgen se destruyera como tantos otros que ya habían corrido con esa suerte. 

Por protección, el mercader decidió llevar la pintura a Italia. Empacó sus pertenencias, arregló su negocio y abordó un navío dirigiéndose a Roma. En ruta se desató una violenta tormenta y todos a bordo esperaban lo peor. El comerciante tomó el cuadro de Nuestra Señora, lo sostuvo en lo alto, y pidió socorro. La Santísima Virgen respondió a su oración con un milagro. El mar se calmó y la embarcación llegó a salvo al puerto de Roma.

Cae la pintura en manos de una familia

Tenía el mercader un amigo muy querido en la ciudad de Roma así que decidió pasar un rato con él antes de seguir adelante. Con gran alegría le mostró el cuadro y le dijo que algún día el mundo entero le rendiría homenaje a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Pasado un tiempo, el mercader se enfermó de gravedad. Al sentir que sus días estaban contados, llamó a su amigo a su lecho y le rogó que le prometiera que, después de su muerte, colocaría la pintura de la Virgen en una iglesia digna o ilustre para que fuera venerada públicamente. El amigo accedió a la promesa pero no la llegó a cumplir por complacer a su esposa que se había encariñado con la imagen. 

Pero la Divina Providencia no había llevado la pintura a Roma para que fuese propiedad de una familia sino para que fuera venerada por todo el mundo, tal y como había profetizado el mercader. Nuestra Señora se le apareció al hombre en tres ocasiones, diciéndole que debía poner la pintura en una iglesia, de lo contrario, algo terrible sucedería. El hombre discutió con su esposa para cumplir con la Virgen, pero ella se le burló, diciéndole que era un visionario. El hombre temió disgustar a su esposa, por lo que las cosas quedaron igual. Nuestra Señora, por fin, se le volvió a aparecer y le dijo que, para que su pintura saliera de esa casa, él tendría que irse primero. De repente el hombre se puso gravemente enfermo y en pocos días murió. La esposa estaba muy apegada a la pintura y trató de convencerse a sí misma de que estaría más protegida en su propia casa. Así, día a día, fue aplazando el deshacerse de la imagen. Un día, su hijita de seis años vino hacia ella apresurada con la noticia de que una hermosa y resplandeciente Señora se le había aparecido mientras estaba mirando la pintura. La Señora le había dicho que le dijera a su madre y a su abuelo que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro deseaba ser puesta en una iglesia; y, que si no, todos los de la casa morirían.

La mamá de la niñita estaba espantada y prometió obedecer a la Señora. Una amiga, que vivía cerca, oyó lo de la aparición. Fue entonces a ver a la señora y ridiculizó todo lo ocurrido. Trató de persuadir a su amiga de que se quedara con el cuadro, diciéndole que si fuera ella, no haría caso de sueños y visiones. Apenas había terminado de hablar, cuando comenzó a sentir unos dolores tan terribles, que creyó que se iba a morir. Llena de dolor, comenzó a invocar a Nuestra Señora para que la perdonara y la ayudara. La Virgen escuchó su oración. La vecina tocó la pintura, con corazón contrito, y fue sanada instantáneamente. Entonces procedió a suplicarle a la viuda para que obedeciera a Nuestra Señora de una vez por todas.

Accede la viuda a entregar la pintura

Se encontraba la viuda preguntándose en qué iglesia debería poner la pintura, cuando el cielo mismo le respondió. Volvió a aparecérsele la Virgen a la niña y le dijo que le dijera a su madre que quería que la pintura fuera colocada en la iglesia que queda entre la basílica de Sta. María la Mayor y la de S. Juan de Letrán. Esa iglesia era la de S. Mateo, el Apóstol.

La señora se apresuró a entrevistarse con el superior de los Agustinos quienes eran los encargados de la iglesia. Ella le informó acerca de todas las circunstancias relacionadas con el cuadro. La pintura fue llevada a la iglesia en procesión solemne el 27 de marzo de 1499. En el camino de la residencia de la viuda hacia la iglesia, un hombre tocó la pintura y le fue devuelto el uso de un brazo que tenía paralizado. Colgaron la pintura sobre el altar mayor de la iglesia, en donde permaneció casi trescientos años. Amado y venerado por todos los de Roma como una pintura verdaderamente milagrosa, sirvió como medio de incontables milagros, curaciones y gracias.

En 1798, Napoleón y su ejército francés tomaron la ciudad de Roma. Sus atropellos fueron incontables y su soberbia, satánica. Exilió al Papa Pío VII y, con el pretexto de fortalecer las defensas de Roma, destruyó treinta iglesias, entre ellas la de San Mateo, la cual quedó completamente arrasada. Junto con la iglesia, se perdieron muchas reliquias y estatuas venerables. Uno de los Padres Agustinos, justo a tiempo, había logrado llevarse secretamente el cuadro. 

Cuando el Papa, que había sido prisionero de Napoleón, regresó a Roma, le dio a los agustinos el monasterio de S. Eusebio y después la casa y la iglesia de Sta. María en Posterula. Una pintura famosa de Nuestra Señora de la Gracia estaba ya colocada en dicha iglesia por lo que la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fue puesta en la capilla privada de los Padres Agustinos, en Posterula. Allí permaneció sesenta y cuatro años, casi olvidada.

Hallazgo de un sacerdote Redentorista

Mientras tanto, a instancias del Papa, el Superior General de los Redentoristas, estableció su cede principal en Roma donde construyeron un monasterio y la iglesia de San Alfonso. Uno de los Padres, el historiador de la casa, realizó un estudio acerca del sector de Roma en que vivían. En sus investigaciones, se encontró con múltiples referencias a la vieja Iglesia de San Mateo y a la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. 

Un día decidió contarle a sus hermanos sacerdotes sobre sus investigaciones: La iglesia actual de San Alfonso estaba construida sobre las ruinas de la de San Mateo en la que, durante siglos, había sido venerada, públicamente, una pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Entre los que escuchaban, se encontraba el Padre Michael Marchi, el cual se acordaba de haber servido muchas veces en la Misa de la capilla de los Agustinos de Posterula cuando era niño. Ahí en la capilla, había visto la pintura milagrosa. Un viejo hermano lego que había vivido en San Mateo, y a quien había visitado a menudo, le había contado muchas veces relatos acerca de los milagros de Nuestra Señora y solía añadir: "Ten presente, Michael, que Nuestra Señora de San Mateo es la de la capilla privada. No lo olvides". El Padre Michael les relató todo lo que había oído de aquel hermano lego. 

Por medio de este incidente los Redentoristas supieron de la existencia de la pintura, no obstante, ignoraban su historia y el deseo expreso de la Virgen de ser honrada públicamente en la iglesia.

Ese mismo año, a través del sermón inspirado de un jesuita acerca de la antigua pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, conocieron los Redentoristas la historia de la pintura y del deseo de la Virgen de que esta imagen suya fuera venerada entre la Iglesia de Sta. María la Mayor y la de S. Juan de Letrán. El santo Jesuita había lamentado el hecho de que el cuadro, que había sido tan famoso por milagros y curaciones, hubiera desaparecido sin revelar ninguna señal sobrenatural durante los últimos sesenta años. A él le pareció que se debía a que ya no estaba expuesto públicamente para ser venerado por los fieles. Les imploró a sus oyentes que, si alguno sabía dónde se hallaba la pintura, le informaran dueño lo que deseaba la Virgen.

Los Padres Redentoristas soñaban con ver que el milagroso cuadro fuera nuevamente expuesto a la veneración pública y que, de ser posible, sucediera en su propia Iglesia de San Alfonso. Así que instaron a su Superior General para que tratara de conseguir el famoso cuadro para su Iglesia. Después de un tiempo de reflexión, decidió solicitarle la pintura al Santo Padre, el Papa Pío IX. Le narró la historia de la milagrosa imagen y sometió su petición.

El Santo Padre escuchó con atención. Él amaba dulcemente a la Santísima Virgen y le alegraba que fuera honrada. Sacó su pluma y escribió su deseo de que el cuadro milagroso de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera devuelto a la Iglesia entre Sta. María la Mayor y S. Juan de Letrán. También encargó a los Redentoristas de que hicieran que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera conocida en todas partes.

Aparece y se venera, por fin, el cuadro de Nuestra Señora 

Ninguno de los Agustinos de ese tiempo había conocido la Iglesia de San Mateo. Una vez que supieron la historia y el deseo del Santo Padre, gustosos complacieron a Nuestra Señora. Habían sido sus custodios y ahora se la devolverían al mundo bajo la tutela de otros custodios. Todo había sido planeado por la Divina Providencia en una forma verdaderamente extraordinaria. 

A petición del Santo Padre, los Redentoristas obsequiaron a los Agustinos una linda pintura que serviría para reemplazar a la milagrosa.

La imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fue llevado en procesión solemne a lo largo de las vistosas y alegres calles de Roma antes de ser colocado sobre el altar, construido especialmente para su veneración en la Iglesia de San Alfonso. La dicha del pueblo romano era evidente. El entusiasmo de las veinte mil personas que se agolparon en las calles llenas de flores para la procesión dio testimonio de la profunda devoción hacia la Madre de Dios

A toda hora del día, se podía ver un número de personas de toda clase delante de la pintura, implorándole a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro que escuchara sus oraciones y que les alcanzara misericordia. Se reportaron diariamente muchos milagros y gracias.

Hoy en día, la devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro se ha difundido por todo el mundo. Se han construido iglesias y santuarios en su honor, y se han establecido archicofradías. Su retrato es conocido y amado en todas partes.

Signos de la imagen de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro
(conocida en el Oriente bizantino como el icono de la Madre de Dios de la Pasión)

Aunque su origen es incierto, se estima que el retrato fue pintado durante el decimotercero o decimocuarto siglo. El icono parece ser copia de una famosa pintura de Nuestra Señora que fuera, según la tradición, pintada por el mismo San Lucas. La original se veneraba en Constantinopla por siglos como una pintura milagrosa pero fue destruida en 1453 por los Turcos cuando capturaron la ciudad.

Fue pintado en un estilo plano característico de iconos y tiene una calidad primitiva. Todas las letras son griegas. Las iniciales al lado de la corona de la Madre la identifican como la “Madre de Dios”. Las iniciales al lado del Niño “ICXC” significan “Jesucristo”. Las letras griegas en la aureola del Niño: owu significan “El que es”, mientras las tres estrellas sobre la cabeza y los hombros de María santísima indican su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto.

Las letras más pequeñas identifican al ángel a la izquierda como “San Miguel Arcángel”; el arcángel sostiene la lanza y la caña con la esponja empapada de vinagre, instrumentos de la pasión de Cristo. El ángel a la derecha es identificado como “San Gabriel Arcángel”, sostiene la cruz y los clavos. Nótese que los ángeles no tocan los instrumentos de la pasión con las manos, sino con el paño que los cubre.

Cuando este retrato fue pintado, no era común pintar aureolas. Por esta razón el artista redondeó la cabeza y el velo de la Madre para indicar su santidad. Las halos y coronas doradas fueron añadidas mucho después. El fondo dorado, símbolo de la luz eterna da realce a los colores más bien vivos de las vestiduras. Para la Virgen el maforion (velo-manto) es de color púrpura, signo de la divinidad a la que ella se ha unido excepcionalmente, mientras que el traje es azul, indicación de su humanidad. En este retrato la Madona está fuera de proporción con el tamaño de su Hijo porque es -María- a quien el artista quiso enfatizar.

Los encantos del retrato son muchos, desde la ingenuidad del artista, quien quiso asegurarse que la identidad de cada uno de los sujetos se conociera, hasta la sandalia que cuelga del pie del Niño. El Niño divino, siempre con esa expresión de madurez que conviene a un Dios eterno en su pequeño rostro, está vestido como solían hacerlo en la antigüedad los nobles y filósofos: túnica ceñida por un cinturón y manto echado al hombro. El pequeño Jesús tiene en el rostro una expresión de temor y con las dos manitas aprieta la derecha de su Madre, que mira ante sí con actitud recogida y pensativa, como si estuviera recordando en su corazón la dolorosa profecía que le hiciera Simeón, el misterioso plan de la redención, cuyo siervo sufriente ya había presentado Isaías.

En su doble denominación, esta bella imagen de la Virgen nos recuerda el centralismo salvífico de la pasión de Cristo y de María y al mismo tiempo la socorredora bondad de la Madre de Dios y nuestra.

“El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.”

Beato Carlos de Foucauld (1858-1916), ermitaño y misionero en el Sahara 
Retiro en Nazaret. Escritos espirituales
“El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.”

    ¡Oh, Señor mío, Jesús, he aquí esta divina pobreza! ¡Con qué razón es necesario que tú mismo me instruyas! ¡Tú querías tanto la pobreza!... En tu vida mortal era tu fiel compañera. La has dejado como heredad a tus santos, a todos aquellos que quieren seguirte, a todos los que quieren ser discípulos tuyos. La has enseñado con los ejemplos de toda tu vida. La has glorificado, declarado bienaventurada, necesaria. Has elegido como padres a unos pobres trabajadores. Has nacido en una cueva que servía de establo. Has sido pobre en las peripecias de tu infancia. Tus primeros adoradores eran los pastores. En tu presentación en el templo fueron ofrecidos dos pichones, el don de los pobres. Has vivido treinta años como pobre trabajador, en este Nazaret que tengo la dicha poder conocer, donde tengo el gozo...de recoger estiércol.

    Luego, durante tu vida pública, has vivido de limosna en medio de unos pescadores pobres que te habías escogido como compañeros. “Sin una piedra donde reclinar la cabeza”. En el Calvario, fuiste despojado de todos tus vestidos, tu única posesión, y los soldados echaron la suerte sobre ellos, a ver a quien tocaba. Moriste desnudo y fuiste sepultado por limosna, por unos extranjeros. “Dichosos los pobres”. (Mt 5,3)

¡Señor mío, Jesús, aquel que te ama de todo corazón, no queriendo ser más rico que tú, su bien-amado, llegará muy pronto a ser pobre!

Comprendiendo La Palabra 27062016

“El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.”

    ¡Oh, Señor mío, Jesús, he aquí esta divina pobreza! ¡Con qué razón es necesario que tú mismo me instruyas! ¡Tú querías tanto la pobreza!... En tu vida mortal era tu fiel compañera. La has dejado como heredad a tus santos, a todos aquellos que quieren seguirte, a todos los que quieren ser discípulos tuyos. La has enseñado con los ejemplos de toda tu vida. La has glorificado, declarado bienaventurada, necesaria. Has elegido como padres a unos pobres trabajadores. Has nacido en una cueva que servía de establo. Has sido pobre en las peripecias de tu infancia. Tus primeros adoradores eran los pastores. En tu presentación en el templo fueron ofrecidos dos pichones, el don de los pobres. Has vivido treinta años como pobre trabajador, en este Nazaret que tengo la dicha poder conocer, donde tengo el gozo...de recoger estiércol. 

    Luego, durante tu vida pública, has vivido de limosna en medio de unos pescadores pobres que te habías escogido como compañeros. “Sin una piedra donde reclinar la cabeza”. En el Calvario, fuiste despojado de todos tus vestidos, tu única posesión, y los soldados echaron la suerte sobre ellos, a ver a quien tocaba. Moriste desnudo y fuiste sepultado por limosna, por unos extranjeros. “Dichosos los pobres”. (Mt 5,3) 

¡Señor mío, Jesús, aquel que te ama de todo corazón, no queriendo ser más rico que tú, su bien-amado, llegará muy pronto a ser pobre!

Beato Carlos de Foucauld (1858-1916), ermitaño y misionero en el Sahara
Retiro en Nazaret. Escritos espirituales

RESONAR DE LA PALABRA - 27062016

Evangelio según San Mateo 8,18-22. 
Al verse rodeado de tanta gente, Jesús mandó a sus discípulos que cruzaran a la otra orilla. Entonces se aproximó un escriba y le dijo: "Maestro, te seguiré adonde vayas". Jesús le respondió: "Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza". Otro de sus discípulos le dijo: "Señor, permíteme que vaya antes a enterrar a mi padre". Pero Jesús le respondió: "Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos". 

RESONAR DE LA PALABRA
Querido amigo:

A veces la Palabra de Dios resulta sencilla, clara, transparente. Pero otras tiene frases que resultan difíciles de comprender. Una de ellas es la que nos cuenta el evangelio de hoy: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”.

¿Es que Jesús no era sensible a la familia? ¿Cómo Él, que se compadecía de todos y con todos fue paciente, no es capaz de esperar a que aquél discípulo fuera a hacer algo tan “sagrado” como enterrar a su padre?
Como siempre, la Palabra de Dios necesita ser interpretada, para no hacerle decir aquello que no quiere. ¿Qué significan estas palabras provocativas?

Jesús, como buen hijo de su pueblo, conocía la historia de cuando Elías llamó a Eliseo. Éste le pidió que le dejara ir a despedirse de sus padres antes de seguirle. Y Elías le dejó. En cambio, ahora Jesús dice que lo suyo, el anuncio del Reino, es tan urgente que ya no hay que entretenerse en lo que queda atrás, aunque parezca muy importante. “Tú, sígueme”.

“Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Bien interpretado, es un buen lema de vida. Invita al seguimiento, a la decisión, a ponerse ya en camino, sin entretenerse ni dar disculpas. Invita también a dejar atrás lo que ya está muerto, lo pasado, aunque haya sido muy importante, y a mirar a lo que está por delante. Invita a no vivir de lo antiguo, a no quedarnos fijados mirando para atrás –como la mujer de Lot-, sino a lanzarnos a lo que está por delante... detrás de Jesús. Porque Él vivió todo esto. Sin tener dónde reclinar la cabeza. A la intemperie.

fuente: Ciudad Redonda

domingo, 26 de junio de 2016

Liturgia Viva 260616


El grito de Bartimeo

ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y SEMINARISTAS
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Coliseo del colegio Don Bosco, Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)
Jueves 9 de julio de 2015

Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes

Estoy contento con este encuentro con ustedes para compartir la alegría que llena el corazón y la vida entera de los discípulos misioneros de Jesús. Así lo han manifestado las palabras de saludo de Mons. Roberto Bordi, y los testimonios del Padre Miguel, de la hermana Gabriela y del seminarista Damián. Muchas gracias por compartir la propia experiencia vocacional.

Y en el relato del Evangelio de Marcos hemos escuchado también la experiencia de otro discípulo Bartimeo, que se unió al grupo de los seguidores de Jesús. Fue un discípulo de última hora. Era el último viaje, que el Señor hacía de Jericó a Jerusalén, adonde iba a ser entregado. Ciego y mendigo, Bartimeo estaba al borde del camino –¡más exclusión imposible!–, marginado, y cuando se enteró del paso de Jesús, comenzó a gritar, se hizo sentir, como esa buena hermanita que con la batería se hacía sentir y decía: “Aquí estoy”. Te felicito, tocás bien.

En torno a Jesús iban los apóstoles, los discípulos, las mujeres que lo seguían habitualmente, con quienes recorrió durante su vida los caminos de Palestina para anunciar el Reino de Dios y una gran muchedumbre. Si traducimos esto forzando el lenguaje, en torno a Jesús iban los obispos, los curas, las monjas, los seminaristas, los laicos comprometidos, todos los que lo seguían, escuchando a Jesús, y el pueblo fiel de Dios.

Dos realidades aparecen con fuerza, se nos imponen. Por un lado, el grito, el grito del mendigo y, por otro, las distintas reacciones de los discípulos. Pensemos las distintas reacciones de los obispos, los curas, las monjas, los seminaristas a los gritos que vamos sintiendo o no sintiendo. Parece como que el evangelista nos quisiera mostrar cuál es el tipo de eco que encuentra el grito de Bartimeo en la vida de la gente, en la vida de los seguidores de Jesús; cómo reaccionan frente al dolor de aquél que está al borde del camino, que nadie le hace caso –no más le dan una limosna– de aquel que está sentado sobre su dolor, que no entra en ese círculo que está siguiendo al Señor.

Son tres las respuestas frente a los gritos del ciego, y hoy también estas tres respuestas tienen actualidad. Podríamos decirlo con las palabras del propio Evangelio: “pasar”, “calláte”, “ánimo, levantáte”.

1. “Pasar”. Pasar de largo, y algunos porque ya no escuchan. Estaban con Jesús, miraban a Jesús, querían oír a Jesús. No escuchaban. Pasar es el eco de la indiferencia, de pasar al lado de los problemas y que éstos no nos toquen. No es mi problema. No los escuchamos, no los reconocemos. Sordera. Es la tentación de naturalizar el dolor, de acostumbrarse a la injusticia. Y sí, hay gente así: Yo estoy acá con Dios, con mi vida consagrada, elegido por Jesús para el ministerio y, sí, es natural que haya enfermos, que haya pobres, que haya gente que sufre, entonces ya es tan natural que no me llama la atención un grito, un pedido de auxilio. Acostumbrarse. Y nos decimos: Es normal, siempre fue así, mientras a mí no me toque, –pero eso entre paréntesis–. Es el eco que nace en un corazón blindado, en un corazón cerrado, que ha perdido la capacidad de asombro y, por lo tanto, la posibilidad de cambio. ¿Cuántos seguidores de Jesús corremos este peligro de perder nuestra capacidad de asombro, incluso con el Señor? Ese estupor del primer encuentro como que se va degradando, y eso le puede pasar a cualquiera, le pasó al primer Papa: “¿Adónde vamos a ir Señor si tú tienes palabras de vida eterna?”. Y después lo traicionan, lo niega, el estupor se le degradó. Es todo un proceso de acostumbramiento. Corazón blindado. Se trata de un corazón que se ha acostumbrado a pasar sin dejarse tocar, una existencia que, pasando de aquí para allá, no logra enraizarse en la vida de su pueblo simplemente porque está en esa elite que sigue al Señor.

Podríamos llamarlo, la espiritualidad del zapping. Pasa y pasa, pasa y pasa, pero nada queda. Son quienes van atrás de la última novedad, del último bestseller pero no logran tener contacto, no logran relacionarse, no logran involucrarse incluso con el Señor al que están siguiendo, porque la sordera avanza.

Ustedes me podrán decir: «Pero esa gente estaba siguiendo al Maestro estaba atenta a las palabras del Maestro. Lo estaba escuchando a él». Creo que eso es de lo más desafiante de la espiritualidad cristiana, como el evangelista Juan nos lo recuerda: ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? (1 Jn 4, 20b). Ellos creían que escuchaban al Maestro, pero también traducían, y las palabras del Maestro pasaban por el alambique de su corazón blindado. Dividir esta unidad –entre escuchar a Dios y escuchar al hermano– es una de las grandes tentaciones que nos acompañan a lo largo de todo el camino de los que seguimos a Jesús. Y tenemos que ser conscientes de esto. De la misma forma que escuchamos a nuestro Padre es como escuchamos al Pueblo fiel de Dios. Si no lo hacemos con los mismos oídos, con la misma capacidad de escuchar, con el mismo corazón, algo se quebró.

Pasar sin escuchar el dolor de nuestra gente, sin enraizarnos en sus vidas, en su tierra, es como escuchar la Palabra de Dios sin dejar que eche raíces en nuestro interior y sea fecunda. Una planta, una historia sin raíces es una vida seca.

2. Segunda palabra: “Calláte”. Es la segunda actitud frente al grito de Bartimeo. “Calláte, no molestes, no disturbes, que estamos haciendo oración comunitaria, que estamos en una espiritualidad de profunda elevación. No molestes, no disturbes”. A diferencia de la actitud anterior, ésta escucha ésta reconoce, toma contacto con el grito del otro. Sabe que está y reacciona de una forma muy simple, reprendiendo. Son los obispos, los curas, los monjes, los Papas del dedo así [el dedo en señal amenazadora]. En Argentina decimos de las maestras del dedo así: “Ésta es como la maestra del tiempo de Yrigoyen, que estudiaban la disciplina muy dura”. Y pobre Pueblo fiel de Dios, cuántas veces es retado, por el mal humor o por la situación personal de un seguidor o de una seguidora de Jesús. Es la actitud de quienes, frente al Pueblo de Dios, lo están continuamente reprendiendo, rezongando, mandándolo callar. Dale una caricia, por favor, escuchálo, decíle que Jesús lo quiere. “No, eso no se puede hacer”. “Señora, saque al chico de la iglesia que está llorando y yo estoy predicando”. Como si el llanto de un chico no fuera una sublime predicación.

Es el drama de la conciencia aislada, de aquellos discípulos y discípulas que piensan que la vida de Jesús es sólo para los que se creen aptos. En el fondo hay un profundo desprecio al santo Pueblo fiel de Dios: “Este ciego qué tiene que meterse, que se quede ahí”. Parecería lícito que encuentren espacio solamente los “autorizados”, una “casta de diferentes”, que poco a poco se separa, se diferencia de su Pueblo. Han hecho de la identidad una cuestión de superioridad. Esa identidad que es pertenencia se hace superior, ya no son pastores sino capataces: “Yo llegué hasta acá, ponéte en tu sitio”. Escuchan pero no oyen, ven pero no miran. Me permito un anécdota que viví hace como… año 75, en tu diócesis, en tu arquidiócesis. Yo le había hecho una promesa al Señor del Milagro de ir todos los años a Salta en peregrinación para El Milagro si mandaba 40 novicios. Mandó 41. Bueno, después de una concelebración - porque ahí es como en todo gran santuario, misa tras misa, confesiones y no parás, yo salía hablando con un cura que me acompañaba, que estaba conmigo, había venido conmigo, y se acerca una señora, ya a la salida, con unos santitos, una señora muy sencilla, no sé, sería de Salta o habrá venido de no sé dónde, que a veces tardan días en llegar a la capital para la fiesta de El Milagro: “Padre, me lo bendice” –le dice al cura que me acompañaba–. “Señora usted estuvo en misa”. “Sí, padrecito”. “Bueno, ahí la bendición de Dios, la presencia de Dios bendice todo, todo, las…” “Sí, padrecito, sí, padrecito..”. “Y después la bendición final bendice todo”. “Sí, padrecito, sí, padrecito”. En ese momento sale otro cura amigo de este, pero que no se habían visto. Entonces: “¡Oh!, vos acá”. Se da la vuelta y la señora que no sé cómo se llamaba –digamos la señora ‘sí, padrecito’– me mira y me dice: “Padre, me lo bendice usted”. Los que siempre le ponen barreras al Pueblo de Dios, lo separan. Escuchan pero no oyen, le echan un sermón, ven pero no miran. La necesidad de diferenciarse les ha bloqueado el corazón. La necesidad, consciente o inconsciente, de decirse: “Yo no soy como él, no soy como ellos”, los ha apartado no sólo del grito de su gente, ni de su llanto, sino especialmente de los motivos de la alegría. Reír con los que ríen, llorar con los que lloran, he ahí, parte del misterio del corazón sacerdotal y del corazón consagrado. A veces hay castas que nosotros con esta actitud vamos haciendo y nos separamos. En Ecuador, me permití decirle a los curas que, por favor –también estaban las monjas–, que, por favor, pidieran todos los días la gracia de la memoria de no olvidarse de dónde te sacaron. Te sacaron de detrás del rebaño. No te olvides nunca, no te la creas, no niegues tus raíces, no niegues esa cultura que aprendiste de tu gente porque ahora tenés una cultura más sofisticada, más importante. Hay sacerdotes que les da vergüenza hablar su lengua originaria y entonces se olvidan de su quechua, de su aymara, de su guaraní: “Porque no, no, ahora hablo en fino”. La gracia de no perder la memoria del Pueblo fiel. Y es una gracia. El libro del Deuteronomio, cuántas veces Dios le dice a su Pueblo: “No te olvides, no te olvides, no te olvides”. Y Pablo, a su discípulo predilecto, que él mismo consagró obispo, Timoteo, le dice: “Y acordáte de tu madre y de tu abuela”.

3. La tercera palabra: “Ánimo, levantáte”. Y este es el tercer eco. Un eco que no nace directamente del grito de Bartimeo, sino de la reacción de la gente que mira cómo Jesús actuó ante el clamor del ciego mendicante. Es decir, aquellos que no le daban lugar al reclamo de él, no le daban paso, o alguno que lo hacía callar… Claro, cuando ve que Jesús reacciona así, cambia: “Levantáte, te llama”.

Es un grito que se transforma en Palabra, en invitación, en cambio, en propuestas de novedad frente a nuestras formas de reaccionar ante el santo Pueblo fiel de Dios.

A diferencia de los otros, que pasaban, el Evangelio dice que Jesús se detuvo y preguntó: ¿Qué pasa? ¿Quién toca la batería?”. Se detiene frente al clamor de una persona. Sale del anonimato de la muchedumbre para identificarlo y de esa forma se compromete con él. Se enraíza en su vida. Y lejos de mandarlo callar, le pregunta: Decíme, “qué puedo hacer por vos”. No necesita diferenciarse, no necesita separarse, no le echa un sermón, no lo clasifica y le pregunta si está autorizado o no para hablar. Tan solo le pregunta, lo identifica queriendo ser parte de la vida de ese hombre, queriendo asumir su misma suerte. Así le restituye paulatinamente la dignidad que tenía perdida, al borde del camino y ciego. Lo incluye. Y lejos de verlo desde fuera, se anima a identificarse con los problemas y así manifestar la fuerza transformadora de la misericordia. No existe una compasión, una compasión, no una lástima, –no existe una compasión que no se detenga. Si no te detenés, no padecés con, no tenés la divina compasión. No existe una compasión que no escuche. No existe una compasión que no se solidarice con el otro. La compasión no es zapping, no es silenciar el dolor, por el contrario, es la lógica propia del amor, el padecer con. Es la lógica que no se centra en el miedo sino en la libertad que nace de amar y pone el bien del otro por sobre todas las cosas. Es la lógica que nace de no tener miedo de acercarse al dolor de nuestra gente. Aunque muchas veces no sea más que para estar a su lado y hacer de ese momento una oportunidad de oración.

Y esta es la lógica del discipulado, esto es lo que hace el Espíritu Santo con nosotros y en nosotros. De esto somos testigos. Un día Jesús nos vio al borde del camino, sentados sobre nuestros dolores, sobre nuestras miserias, sobre nuestras indiferencias. Cada uno conoce su historia antigua. No acalló nuestros gritos, por el contrario se detuvo, se acercó y nos preguntó qué podía hacer por nosotros. Y gracias a tantos testigos que nos dijeron “ánimo, levantáte”, paulatinamente fuimos tocando ese amor misericordioso, ese amor transformador, que nos permitió ver la luz. No somos testigos de una ideología, no somos testigos de una receta, o de una manera de hacer teología. No somos testigos de eso. Somos testigos del amor sanador y misericordioso de Jesús. Somos testigos de su actuar en la vida de nuestras comunidades.

Y esta es la pedagogía del Maestro, esta es la pedagogía de Dios con su Pueblo. Pasar de la indiferencia del zapping al «ánimo, levántate, el Maestro te llama» (Mc 10,49). No porque seamos especiales, no porque seamos mejores, no porque seamos los funcionarios de Dios, sino tan solo porque somos testigos agradecidos de la misericordia que nos transforma. Y, cuando se vive así, hay gozo y alegría, y podemos adherirnos al testimonio de la hermana, que en su vida hizo suyo el consejo de San Agustín: “Canta y camina”. Esa alegría que viene del testigo de la misericordia que transforma.

No estamos solos en este camino. Nos ayudamos con el ejemplo y la oración los unos a los otros. Tenemos a nuestro alrededor una nube de testigos (cf. Hb 12,1). Recordemos a la beata Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús, que dedicó su vida al anuncio del Reino de Dios en la atención a los ancianos, con la «olla del pobre» para quienes no tenían qué comer, abriendo asilos para niños huérfanos, hospitales para heridos de la guerra, e incluso creando un sindicato femenino para la promoción de la mujer. Recordemos también a la venerable Virginia Blanco Tardío, entregada totalmente a la evangelización y al cuidado de las personas pobres y enfermas. Ellas y tantos otros anónimos, del montón, de los que seguimos a Jesús, son estímulo para nuestro camino. ¡Esa nube de testigos! Vayamos adelante con la ayuda de Dios y colaboración de todos. El Señor se vale de nosotros para que su luz llegue a todos los rincones de la tierra. Y adelante, canta y camina. Y, mientras cantan y caminan, por favor, recen por mí, que lo necesito. Gracias.

Liturgia Viva - Oración Colecta 26062016

Cuando oímos las exigencias radicales que Jesús impone a quienes quieren seguirle, quizás pensamos que éstas son para gente con vocación especial en la Iglesia, como sacerdotes, religiosos y misioneros. Pero se supone que esas exigencias son para todos y cada uno de los discípulos. Una vez que decidimos seguirle, tenemos que ser consistentes. Tenemos que amar, aun cuando el amor imponga sacrificios. Tenemos que amar incluso a los enemigos. Tenemos que ser honestos hasta la médula. ---Pero si logramos hacer esto, nos percataremos de lo felices y libres que nos sentimos. Pedimos ahora al Señor que sepamos seguirle siempre, fielmente.


Buen día, Espíritu Santo! 26062016

¡Buen día, Espíritu Santo!
La gracia me ha hecho descansar en el Corazón del Hijo,
la gracia me pone ante Ti para implorarte ¡Ven, lléname!
Aunque nunca te hallas marchado,
aunque siempre te estés derramando... ¡Ven!
Tú eres mi único Consolador.
Tú eres el único que me conduce a la Verdad.
Tú eres quien revela al Padre y al Hijo.
Ven y equilibra mis sentires cuando lo confuso quiere ganar terreno.
Ven como viento impetuoso que barre toda escoria.
Sopla tu Aliento y llena de vitalidad todo mi ser.
Gracias porque mi horfandad en Ti se vuelve riqueza,
y mis miserias tu gracia las envuelve de misericordia.
Hágase en mi,
en nosotros,
en todos... la Voluntad Amorosa del Padre.
¡Amén!


Comprendiendo La Palabra 26062016

San León Magno (¿-c. 461), papa y doctor de la Iglesia 
Sermón 71, para la resurrección del señor; PL 54, 388
«El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios»

     Amados míos, Pablo, el apóstol de los paganos no contradice en nada nuestra fe cuando dice: «Aunque alguna vez hayamos conocido a Cristo según la carne, ahora ya no es así» (2C 5,16). La resurrección del Señor no ha puesto fin a su carne, sino que la ha transformado. El aumento de su poder no ha destruido su sustancia; la calidad ha cambiado; la naturaleza no ha sido anonadada. Clavaron su cuerpo en la cruz: se volvió inaccesible al sufrimiento. Fue condenado a muerte: se volvió eterno. Lo mataron: se volvió incorruptible. Y se puede muy bien decir que la carne de Cristo ya no es la misma que conocimos; porque ya no queda en ella ningún rastro de sufrimiento o debilidad. Permanece la misma en su sustancia, pero ya no es la misma desde el punto de vista de la gloria. ¿Por qué sorprenderse, por otra parte, de que san Pablo se exprese así a propósito del cuerpo de Jesucristo cuando, hablando a todos los cristianos que viven según el espíritu, les dice: «Desde ahora ya no conocemos a nadie según la carne»?

     Con ello quiere decir que nuestra resurrección ha comenzado en Jesucristo. En él, que murió por todos, nuestra esperanza ha adquirido consistencia. Ninguna duda ni reticencia en nosotros, ninguna decepción en la espera: las promesas se han comenzado a cumplir ya, y con los ojos de la fe, vemos las gracias de las que mañana seremos saciados. Nuestra naturaleza ha sido elevada; entonces, con gozo, poseemos ya el objeto de nuestra fe...

     Que el pueblo de Dios tome conciencia que es «una nueva creación en Cristo» (2C 5,17). Que comprenda bien quién le ha escogido, y a quién el mismo ha escogido. Que el ser renovado no vuelva a la inestabilidad de su antiguo estado. Que el que «ha  echado mano al arado» no cese de trabajar, que vele sobre el grano que ha sembrado, y que no se gire a mirar lo que ha abandonado. Este es el camino de salvación; esta es la manera de imitar la resurrección en Cristo.