Evangelio de hoyLectura del santo evangelio según san Mateo (20,17-28):
Palabra del Señor
En aquel tiempo, mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará.»Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?»Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»Contestaron: «Lo somos.»Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»
Palabra del Señor
COMENTARIO
por Fernando Torres Pérez, cmf
La Cuaresma es el tiempo de preparación para la celebración de la Pascua de Jesús, su muerte y resurrección. El Evangelio de hoy es un importante hito en esa preparación puesto que nos dice el sentido de esa muerte.
Los cristianos nos hemos fijado muchas veces en lo material de la muerte de Jesús: fue condenado injustamente, le azotaron, murió clavado en la cruz entre atroces sufrimientos. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que lo que nos salva no es la cantidad de sufrimiento padecido por Jesús. Estoy seguro de que a lo largo de la historia ha habido cientos y miles y millones de personas, hombres y mujeres, que han sufrido más que Jesús. Las enfermedades, las torturas, las injusticias padecidas... todo eso ha causado en ellos un nivel de sufrimiento igual o incluso mayor que el sufrido por Jesús. Llegamos a la conclusión de que lo importante no es la cantidad de dolor.
Lo importante está en la motivación con la que Jesús afronta su muerte. Y antes, la motivación con la que Jesús afronta su vida. De alguna manera, podríamos decir que la muerte de Jesús es la conclusión natural de su estilo de vida. Podríamos decir que lo buscó, que se trabajó su muerte desde que empezó a salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y se comenzó a enfrentar, inevitablemente, con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo. Su mensaje de fraternidad era profundamente revolucionario. Por eso, Jesús terminó en la cruz.
Lo importante es que todo eso fue fruto del amor. “El hijo del hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.” Por amor nuestro, Jesús dio cada uno de los pasos de su vida y por amor nuestro pronunció cada una de las palabras que dijo. Y por amor nuestro, por fidelidad a su misión, entregó su vida por nosotros.
No es tiempo para buscar los primeros puestos, como los Zebedeos. No es tiempo para buscar obsesivamente nuestra salvación. Seguir a Jesús es ponerse a servir a nuestros hermanos y hermanas, atenderlos en sus necesidades, anteponer su bien al interés propio. Igual que hizo Jesús.
La Cuaresma es el tiempo de preparación para la celebración de la Pascua de Jesús, su muerte y resurrección. El Evangelio de hoy es un importante hito en esa preparación puesto que nos dice el sentido de esa muerte.
Los cristianos nos hemos fijado muchas veces en lo material de la muerte de Jesús: fue condenado injustamente, le azotaron, murió clavado en la cruz entre atroces sufrimientos. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que lo que nos salva no es la cantidad de sufrimiento padecido por Jesús. Estoy seguro de que a lo largo de la historia ha habido cientos y miles y millones de personas, hombres y mujeres, que han sufrido más que Jesús. Las enfermedades, las torturas, las injusticias padecidas... todo eso ha causado en ellos un nivel de sufrimiento igual o incluso mayor que el sufrido por Jesús. Llegamos a la conclusión de que lo importante no es la cantidad de dolor.
Lo importante está en la motivación con la que Jesús afronta su muerte. Y antes, la motivación con la que Jesús afronta su vida. De alguna manera, podríamos decir que la muerte de Jesús es la conclusión natural de su estilo de vida. Podríamos decir que lo buscó, que se trabajó su muerte desde que empezó a salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y se comenzó a enfrentar, inevitablemente, con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo. Su mensaje de fraternidad era profundamente revolucionario. Por eso, Jesús terminó en la cruz.
Lo importante es que todo eso fue fruto del amor. “El hijo del hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.” Por amor nuestro, Jesús dio cada uno de los pasos de su vida y por amor nuestro pronunció cada una de las palabras que dijo. Y por amor nuestro, por fidelidad a su misión, entregó su vida por nosotros.
No es tiempo para buscar los primeros puestos, como los Zebedeos. No es tiempo para buscar obsesivamente nuestra salvación. Seguir a Jesús es ponerse a servir a nuestros hermanos y hermanas, atenderlos en sus necesidades, anteponer su bien al interés propio. Igual que hizo Jesús.
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