martes, 19 de marzo de 2024

La vocación de San José


A pesar de su dolor, José decide abandonar secretamente a María para no dañar su fama; es entonces cuando el Señor, por medio del ángel, le da a conocer su vocación.

Siendo como era justo, y no queriendo infamarla, deliberó dejarla secretamente. (Mt 1, 19)


EL SUEÑO DE JOSÉ

I

Ha pasado muchas noches de insomnio. Y ésta ha sido de sueño difícil: le ha costado mucho dormirse. Con frecuencia se ha despertado presa de una idea que le persigue: soñaba que los hombres de la plaza se reían de él.

Ahora ha logrado conciliar el sueño sobre su humilde lecho, después de pensar y pensar.

Ocurre que José está ante una tremenda disyuntiva: sabe que María va a ser madre, no lopuede dudar; y sabe también que es pura y sin mancha, no lo puede dudar. Y José ha suspendido el juicio.

María permanece silenciosa. Heroica, prefiere sufrir la sospecha y la deshonra antes que descubrir el secreto.

Él sabe con certeza que su esposa va a ser madre, se lo dijeron las amigas al principio, cuando vinieron a felicitarlo y él quedó con una amarga espina clavada en el corazón. Se lo dice la gente del pueblo, que lo comenta. Se lo dicen sus ojos. Calla también, sufre... y no juzga mal.

Está seguro de la pureza inmaculada de la Niña Virgen, se lo dicen sus ojos limpios, su bondad, su dulzura, su recia personalidad. Hay algo en ella que se impone, tan fuerte, tan decisivo, tan sobrenatural, que detiene la conclusión de la verdad que los ojos enseñan. Para los dos es una gran prueba.

Pavorosa lucha interior que las gentes no advierten. Angustiosas tormentas que los hombres vulgares no comprenden. Pelea por mantenerse fiel cuando todas las razones empujan a lo contrario. La santidad exige la prueba.

Todos creen que él es el padre. Y él sabe que no. Sufre ante el misterio, y respeta la situación.

La ley manda apedrear a las mujeres adúlteras. ¡Es tan grande el pecado! Pero ella no puede estar en ese caso. Sin embargo, José no se lo explica. Y su espíritu lucha entre esos dos extremos que lo ahogan: la pureza de María que se impone, y el hecho de que va a ser madre. Y José suspende el juicio.

II

Lo hace así porque es justo, aunque él sólo tenga razones para sentirse gravemente ofendido. Y no aplica el recurso legal de darle el acta del divorcio, que traería consigo la reprobación pública de la repudiada, sino que sigue la insinuación de la caridad, prefiriendo dejarla secretamente, para no dañar su fama.

Y nosotros, tan veloces en concluir... condenando. Preferimos pensar mal para no engañarnos; pero es mejor engañarse muchas veces pensando bien de hombres malos, que equivocarse alguna vez teniendo mal concepto de una persona buena, pues en este caso hay injuria, cosa que no ocurre en el primero.

Es preciso saber detener el juicio, y más aún la lengua, aunque sea su conclusión lo más lógico, lo más natural. Muchas veces son inocentes aquellos contra los que se dirigen nuestras pruebas, pues en todo caso ignoraremos motivos personales de su actuación, que pueden justificarles plenamente.

Pensar bien trae consigo, además, una gran paz del alma y nos ahorra muchas amarguras.

José detiene el juicio respecto a María, aunque le asaltan clarísimas razones, aunque esa situación le produce honda herida.

III

Decide hacer lo que cree que es mejor. Es el juicio que formula respecto a su personal conducta ante aquella situación. Ya tiene su propio criterio, después de pensar y pensar. Y su juicio es un juicio santo.

Un ángel del Señor se le aparece:

-José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María, tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo...

Le ordena el nombre que le ha de poner, y le comunica su misión. José cae en la cuenta de que esos hechos cumplen la profecía.

A veces se nos pide, además, el rendimiento del propio juicio, aunque haya sido formulado con toda rectitud.

José había amasado su decisión con lágrimas, caridad y justicia. Llegó a esa conclusión por un camino penoso y Santo. Ahora le piden que rinda su criterio, que lo someta. Su juicio es lo mejor que se puede hacer humanamente, pero no es lo mejor para los planes de Dios.

Rendir el juicio, hazaña propia de los mejores. ¡Es que mi idea está elaborada con toda rectitud y cuidado! ¡Es que no es ni vulgar ni imprudente! Te contesto: Tampoco lo era la de José.

¡Es que a él le avisó un ángel! El ángel también es una criatura, y Dios tiene muchos medios de avisar, para enseñarnos que nuestras razones no tienen razón. José rindió su juicio sin dilación, y, al despertarse, hizo lo que le mandó el ángel del Señor.

"Caminando con Jesús", J.A. González Lobato, Ediciones RIALP

Buen día, Espíritu Santo! 19032024

 

SAN JOSE, esposo de María

Nada conocemos de sus primeros días, de su infancia, de su adolescencia, de sus ensueños. Ignoramos hasta el lugar de su nacimiento. El mutismo de los sagrados textos es aquí total. Podemos, sin embargo, pensar que, aun oriundo de Belén la real, su cuna se meció en Nazaret.


Lo que sí sabemos con certeza, a través de la genealogía de Jesús, puntualizada por San Mateo y San Lucas el nombre de nuestro Santo. Procedía del linaje de David, como la Virgen, y, al igual que el patriarca del Antiguo Testamento, figura suya, se llamó José, nombre que anunciaba con acento misterioso un creciente brote de virtudes y de dones en el Niño que acababa de nacer.

Pasan después los años, muchos años, alrededor de cuarenta, sin referencia alguna, en la mayor oscuridad. Pero como el gusano en su capullo, la paloma preparaba ya sus alas. Llega, por fin, el día en que San José se incorpora a la historia y le vemos pasar cumpliendo su misión excelsa en camino o en reposo, en oración o en trabajo, siempre junto al Niño, siempre al lado de la Esposa, siempre humilde, callado siempre, dándonos una lección perenne de amable, de acogedora santidad.

Su vida se desenvuelve desde ahora en la verdeante Nazaret, entre canciones de aguas y olores de pinos, en una región de viñas y terebintos, al amparo de aquella pequeña aldea que, muy en su punto, se adornaba con un nombre tan fragante. Allí trabajaba el descendiente de reyes en su modesto oficio de carpintero. Allí se desposó con la flor más bella a quien rendían acatamiento todas las azucenas del mundo. Difícil sería enumerar los merecimientos de aquella virginal doncella.

Más limpia que el rayo de luna, más blanca que la nieve incontaminada de las cumbres, María era un reino de dulzura, de humildad, de ensimismamiento. Los ángeles la servían y aprendían de ella mientras meditaba el misterio de la Encarnación, absorta al contemplar dentro de sí aquel Niño, futuro Enmanuel, anunciado por el arcángel.

San José se miraba en aquella mirada que tenía la insondable serenidad de un lago. Leía el libro de la perfección en aquellos ojos. Era feliz.

Fue entonces cuando experimentó la primera y no esperada congoja. Es que Dios prueba a sus amigos en fuego de tribulación hasta darles el mejor temple. Y a excepción de Nuestra Señora, ¿quién más preparado que José para gustar estos sabrosos sinsabores? El que iba a ser padre nutricio de un Niño después crucificado necesitaba probar de antemano el acíbar del Calvario.

¿Cómo analizar la magnitud de aquel sufrimiento? ¿Cómo medir la grandeza de esa aflicción? El Eterno sabe acendrar hasta el último cuadrante el alma de sus santos. Por el dolor se sube al amor. Por el fuego del infortunio se asciende a la llama clarificada de la visión divina.

Sufría la Virgen. Sufría José. Pero ambos pusieron en Dios su confianza, la delicadeza y el silencio fue la norma de su conducta y no tardó en llegar la hora del íntimo gozo, la hora del blanco mensaje. Un ángel trajo el anuncio: "No temas recibir a María... porque lo que en ella ha nacido viene del Espíritu Santo". La faz de San José se iluminó con arrobo, su alma se llenó de gratitudes.

A partir de este momento la vida de San José adquiere rasgos cada vez más definidos y se afirma y se pule con una espiritualidad que tiene el hontanar en el fondo de su alma. Una triple misión se le asigna: la de ser imagen del Padre, custodio de la Sagrada Familia y artesano diligente en su taller. ¡Y con qué decisión lo cumple entre gozos y congojas que le perfeccionan!

Leer las jornadas de su peregrinación es como abrir un libro sabio en enseñanzas. Sufre el dolor humilde del pesebre, la aflicción de la sangre vertida, la amargura de la profecía, los temores de la huida, las tribulaciones del Niño no encontrado en tres días.

Y en otro aspecto, ¿quién podrá medir la altura y la profundidad de sus gozos? Alegría celeste, mensajes angélicos, voces y cánticos de pastores, presencia del Niño, candor de la Madre y amor divino fueron su acompañamiento glorioso. junto al olor, la felicidad de una mirada con destellos de la eterna hermosura. Así se forjan las grandes almas.

Para ganar el premio es preciso merecerlo. Y San José se llenó de merecimientos. En su vida se equilibraron la acción y la contemplación. Parco en palabras, fue largo en obras. Le contemplamos en tensión de camino, en tensión de trabajo. Cuando Augusto César dispone el empadronamiento, camina. Cuando Herodes busca a Jesús para matarle, camina.

Cuando el ángel le anuncia que retorne, camina. Cuando el Niño se queda en el templo, camina también. Una decisión, un vigor inquebrantable nimba su vida. Siempre alerta en Belén, en Egipto, en la apacible Nazaret, vive cumpliendo su misión de padre adoptivo.

¡Cuántas veces en el silencio de las noches, a la sombra de las palmeras o en las montañas de la verde Galilea, le animaría una voz inefable que le hablaba desde la excelsitud de su reino

¿Y qué decir de la fatiga amarillenta del desierto? Mientras avanzaba entre arenales, con peligro de fieras y de bandidos, huyendo de los lazos de una persecución cruenta, nuevos méritos de incalculable trascendencia se engarzaban en la corona del heroico Patriarca.

El desierto que le circundaba tenía su réplica en el desierto interior de los temores de su alma atenta a defender de enemigos la dulce familia que caminaba bajo su tutela. Se ha dicho que no pueden entrar fácilmente en el cielo los que no caminan por este desierto.

Muy cerca de la patria eterna debía de sentirse entonces San José. El desierto era la desolación y la congoja. Pero también el impulso y el gozo de la misión bien llevada. En medio de las arenas, a su lado, caminaban dos tesoros. El Santo se veía como rey de una creación nueva.

Ante esta contemplación el desierto se le transformaba en un paraíso y los rumores temibles de la noche se le convertían en gorjeos. ¡Qué prodigiosamente sabe Dios llenar de bienaventuranzas las almas que suben por la tribulación hasta los umbrales de su trono!

La leyenda vino a añadir nuevas tintas al cuadro. La imaginación popular, los apócrifos, la devoción de todos los siglos no se limitó a seguir la sencillez de las escenas evangélicas, antes al contrario, acumuló efectos sorprendentes cuyo contenido no hemos de puntualizar.

Baste decir que allí donde la Sagrada Familia pasa, el perfume de la leyenda deja su rastro. El naranjo, la palmera, el trigo, el salteador, se humanizan, guardan al Niño, lo defienden en presencia de San José. Los pájaros se enternecen. El agua recibe una virtud nueva. Es el tributo de las criaturas, que quieren, a su modo, agradecer. Al fin y al cabo las más bellas leyendas nacen del amor.

Llegan los últimos años. La vida de San José se desliza en Nazaret con la levedad de una poesía a lo divino, callada, oculta, sin rumores exteriores. Le vimos aparecer en el silencio. Le veremos marcharse en el silencio. ¿Cuándo? Debió de morir antes que Jesús comenzara su predicación, quizá a la edad de setenta años.

No vuelve a sonar su nombre ni en Caná, ni en Siquem ni en Cafarnaúm. Tampoco en el Calvario. Probablemente el Hijo quiso llevarse antes de esas horas a su anciano Padre adoptivo, para evitarle el último dolor. Su misión era la de acompañar, sustentar, defender a la Sagrada Familia en los años niños y formativos y la llenó de manera inigualada.

Cumplida su obra, sólo le quedaba morir. Morir para nacer. Morir para recibir cuanto antes la palma del triunfo eterno; para inundar de luz sus ojos con la visión beatífica, para anegarse en la divina Sabiduría cuyos celajes había columbrado en la mirada del Niño.

¿Resucitó, como admiten Suárez y San Francisco de Sales, el mismo día que el Salvador? ¿Subió al cielo en cuerpo y alma? Es posible. Pero lo cierto es que, guiado por la sonrisa del Hijo, por la misericordia de la Madre, nos mira, nos alienta, nos guarda como un ángel y nos prepara el gran día en que nuestra alma sabrá definitivamente lo que es nacer.

¡Qué sobreabundancia de caridad, de primores, de cuidado puso Dios al moldear el alma de San José, al crear su cuerpo, al formar aquellas manos de artesano que le iban a sustentar, aquellos brazos que se extremarían en delicadezas al dormirle, aquel corazón que se adelgazaba como una llama en el amor del Niño más hermoso! Dios rodeó con sus misericordias el espíritu y la vida de José.


Cuando labraba su alma, cuando tallaba su cuerpo, cuando infundía la luz en la mirada de su nueva criatura, la misericordia velaba allí. Cuando preveía ab aeterno las virtudes del futuro Santo, la misericordia extremaba su obra. Y cuando lo soñaba para esposo de María, para padre adoptivo de su propio Hijo, para guardián de la Sagrada Familia, la misericordia envolvía en luminosidad esta creación portentosa.

Era una luz que reflejaba los esplendores de la luz eterna. El Señor le concedió particulares privilegios que bastarían para llenar de admiración el cielo y la tierra. ¿Cómo no acercarnos a él? Como escribe bellamente fray Bernardino de Laredo, las armas de su genealogía son el Niño y la Virgen. Jamás un blasón semejante se había dado ni se podía dar en el mundo.

El Santo Patriarca tiene la gracia de la flor que sabe entregarnos con caridad su aroma. A su lado florece la bondad, arraiga la dulzura, fructifica el sosiego. No es el santo de una época ni de un siglo. Es el Patriarca de todos los milenios, de ayer y de mañana, de hoy y de siembre.

Pasa enseñando el valor de la vida remansada. Nos invita a contemplar la belleza de los seres humildes. A su lado nos sentiremos más niños y oiremos de nuevo dentro de nosotros la callada resonancia de un lenguaje aprendido la noche de Belén.

LUÍS MORALES OLIVER
para el portal Patrística - Primeros cristianos

viernes, 15 de marzo de 2024

CUARTO SERMON DE CUARESMA 2024

YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA
15 de Marzo de 2024



En nuestro comentario sobre los solemnes “Yo Soy” de Cristo en el Evangelio de Juan, hemos llegado al capítulo 11 que está enteramente ocupado por el episodio de la resurrección de Lázaro. La enseñanza que Juan quiso transmitir a la Iglesia con la sabia composición del capítulo se puede resumir en tres puntos:

Primer punto: Jesús resucita a su amigo Lázaro (Jn 11, 1-44).

Segundo punto: La resurrección de Lázaro provoca que Jesús sea condenado a muerte (11, 47-50):

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».

Tercer punto: La muerte de Jesús provocará la resurrección de todos los que creen en él (11, 51-53). De hecho, el evangelista comenta:

Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte.

En resumen, la resurrección de Lázaro provoca la muerte de Jesús; ¡La muerte de Jesús provoca la resurrección de todos los que creen en él!

* * *

Ahora podemos centrarnos en la palabra de autorrevelación contenida en el contexto:

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 23-25).

“¡Yo soy la resurrección!” Nos preguntamos: ¿de qué resurrección habla Jesús aquí? Marta piensa en la resurrección final. Jesús no niega esta resurrección “en el último día”, que él mismo promete en otro lugar (Jn 6,54), pero aquí anuncia algo nuevo: que la resurrección comienza ahora para quienes creen en él. San Agustín comenta: “El Señor nos ha indicado una resurrección de los muertos que precede a la resurrección final. Y no es una resurrección como la de Lázaro o el hijo de la viuda de Naín… que fueron resucitados para morir una vez más, sino en el sentido que aquí dice: “… tiene vida eterna”.

Como podemos ver, la idea de una resurrección “espiritual” y existencial, que ya se produce en esta vida gracias a la fe, no era desconocida en la tradición cristiana. La novedad se produjo cuando quisieron convertirlo en el único significado de la palabra de Jesús. La posición de Bultmann es bien conocida, hoy en gran medida obsoleta, pero que hacía furor cuando yo estudiaba teología. Según él, la resurrección de la que habla Jesús es una resurrección existencial, un despertar de la conciencia, basado en la fe. Estamos en la línea de la vaga “llamada a la decisión” y del “decidirse por Dios”, a la que se reduce casi todo el mensaje del Evangelio.

Pero Juan dedica dos capítulos enteros de su Evangelio a la resurrección corporal y real de Jesús, proporcionando algunas de las informaciones más detalladas al respecto. Para él, por tanto, no es sólo “la causa de Jesús”, es decir, su mensaje, que ha resucitado de entre los muertos -como alguien ha escrito- , ¡sino su misma persona!

La resurrección actual no reemplaza la resurrección final del cuerpo, sino que es su garantía. No anula ni inutiliza la resurrección de Cristo del sepulcro, sino que se basa precisamente en ella. Jesús puede decir “Yo soy la resurrección”, porque él es el Resucitado. La dimensión existencial depende de la real, no la reemplaza.

Antes de Juan, fue el apóstol Pablo quien afirmó el vínculo inseparable entre la fe cristiana y la resurrección real de Cristo. Siempre es útil y saludable recordar sus vehementes palabras a los Corintios:

Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado… si es que los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados (1Co 15, 14-17).

El mismo Jesús había señalado su resurrección como el signo por excelencia de la autenticidad de su misión. A sus adversarios que le pedían una señal, les dio una respuesta que difícilmente puede atribuirse a nadie más que al mismo Jesús:

Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. (Mt 12, 39-40).

Sus oponentes sabían bien que Jonás no había permanecido para siempre en el vientre de la ballena, sino que después de tres días había salido de él.

Hablé, en una meditación anterior, del prejuicio presente en los no creyentes hacia la fe, que es nada menos que lo que reprochan a los creyentes. De hecho, reprochan a los creyentes no poder ser objetivos, ya que la fe les impone, desde el principio, la conclusión a la que deben llegar, sin darse cuenta de que entre ellos sucede lo mismo. Si se parte del supuesto de que Dios no existe, que lo sobrenatural no existe y que los milagros no son posibles, la conclusión a la que se llega también está dada desde el principio y es, por tanto, literalmente, un pre-juicio.

La resurrección de Cristo constituye el caso más ejemplar de esto. Ningún acontecimiento de la antigüedad está avalado por tantos testimonios de primera mano como éste. Algunos de ellos se remontan a personalidades del calibre intelectual de Saulo de Tarso, que anteriormente habían luchado ferozmente contra esta creencia. El proporciona una lista detallada de testigos, algunos de los cuales aún estaban vivos, que fácilmente podrían haberlo desmentido (1Cor 15, 6-9).

Se explotan las discrepancias respecto a los lugares y tiempos de las apariciones, sin darse cuenta de que esta coincidencia no planificada sobre el hecho central es una prueba de la verdad histórica del mismo, más que una objeción. ¡En este caso no hubo ninguna “armonía preestablecida”! Antes de ser escritos, los acontecimientos de la vida de Jesús se transmitieron oralmente durante décadas, y las variaciones y adaptaciones marginales son típicas de cada relato que una comunidad viva y en expansión hace de sus orígenes, según los lugares y las circunstancias. Ésta es la conclusión a la que llegan las investigaciones críticas más recientes y acreditadas sobre los Evangelios.

De otro lado, no hay sólo las apariciones. San Juan Crisóstomo tiene, a este respecto, una página famosa, de la que toda investigación crítica moderna no ha quitado nada de su fuerza de convicción. Dijo, por tanto, en una homilía al pueblo:

¿Cómo se les ocurrió a doce hombres pobres, y además ignorantes, que habían pasado su vida en lagos y ríos, emprender semejante trabajo? Ellos, que tal vez nunca habían puesto un pie en una ciudad o en una plaza, ¿cómo podrían pensar en enfrentarse a toda la tierra? […] Más bien, no deberían haber dicho: ¿Y ahora qué? El no pudo salvarse a sí mismo, ¿cómo podrá defendernos? ¿En vida no logró conquistar una sola nación y nosotros, solo con su nombre, deberíamos conquistar el mundo entero? ¿No sería una locura emprender tal empresa, o incluso simplemente pensar en ello? Es, pues, evidente que si no lo hubieran visto resucitado y no hubieran tenido pruebas irrefutables de su poder, nunca se habrían expuesto a tal riesgo.

A todas estas pruebas el no creyente sólo puede oponer la creencia de que la resurrección de entre los muertos es algo sobrenatural y lo sobrenatural no existe. ¿Y qué es esto sino, precisamente, un prejuicio y un “a priori”?

Fides christianorum resurrectio Christi est, san Agustín escribió: “La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo. Todos creen que Jesús murió, incluso los réprobos lo creen, pero no todos creen que resucitó y uno no es cristiano quien no cree esto.” Este es el verdadero artículo según el cual “la Iglesia permanece o cae”. En los Hechos de los Apóstoles, estos son definidos simplemente como “testigos de su resurrección” (Hechos, 1,22; 2,32). Por esto merecía la pena refrescar nuestra fe en ella, antes de celebrarla litúrgicamente dentro de algunas semanas.

* * *

Sólo ahora, después de haber asegurado el hecho histórico de la Resurrección de Cristo, podemos dedicar nuestra atención al significado existencial de las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrection y la vida”.

Al comentar el episodio de los muertos resucitados y aparecidos en Jerusalén en el momento de la muerte de Cristo (Mt 27, 52-53), San León Magno escribe: “Que los signos de la futura resurrección aparezcan ya ahora en la Ciudad Santa [es decir, en la Iglesia] y lo que un día debe realizarse en los cuerpos, se realice ahora en los corazones”. En otras palabras, hay dos tipos de resurrección: ¡hay una resurrección del cuerpo que ocurrirá el último día y hay una resurrección del corazón que debe ocurrir cada día!

La mejor manera de descubrir qué se entiende por resurrección del corazón es observar lo que la resurrección física de Jesús produjo espiritualmente en la vida de los Apóstoles. Pedro comienza su Primera Carta con estas elevadas palabras: «Por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible» (1 Pe 1,3-4).

La resurrección del corazón es, por tanto, el renacimiento de la esperanza. La palabra ‘esperanza’ —cosa sorprendente— está ausente de la predicación de Jesús. Los Evangelios refieren muchos de sus dichos sobre la fe y sobre la caridad, pero ninguno sobre la esperanza, aunque toda su predicación anuncia que existe una resurrección de la muerte y una vida eterna. Por otro lado, después de la Pascua, vemos explotar literalmente en la predicación de los apóstoles la idea y el sentimiento de la esperanza. La explicación de la ausencia de dichos sobre la esperanza en el Evangelio es sencilla: Jesús tenía primero que morir y resucitar. Al resucitar, ha abierto la fuente misma de la esperanza; ha inaugurado el objeto de la esperanza que es una vida con Dios más allá de la muerte.

Intentemos ver qué podría producir un renacimiento de la esperanza en nuestra vida espiritual. Los Hechos de los Apóstoles cuentan lo que sucedió un día frente a la puerta del templo de Jerusalén llamada “la Puerta Hermosa”. Cerca de ella yacía un lisiado pidiendo limosna. Un día pasaron Pedro y Juan y sabemos lo que pasó. El lisiado, sanado, saltó y finalmente, después de quién sabe cuántos años yacía allí abandonado, él también cruzó esa puerta y entró en el templo “saltando y alabando a Dios” (Hechos 3:1-9).

Algo parecido nos podría pasar también a nosotros gracias a la esperanza. También nosotros nos encontramos con frecuencia, espiritualmente, en la posición del lisiado en el umbral del templo: inertes, tibios, paralizados ante las dificultades. Pero he aquí que la divina esperanza pasa junto a nosotros, traída por la palabra de Dios, y nos dice también a nosotros, como Pedro dijo al lisiado y como Jesús dijo al paralizado: «¡Levántate y anda!» (Mc 2,11), y nosotros nos ponemos en pie de un salto y entramos por fin dentro, en el corazón de la Iglesia, dispuestos a asumir, de nuevo gozosamente, tareas y responsabilidades. Son los milagros cotidianos de la esperanza. Ella es realmente una gran taumaturga, una gran realizadora de milagros; vuelve a poner en pie a miles de lisiados, miles de veces.

Lo más extraordinario con respecto a la esperanza es que su presencia lo cambia todo, incluso cuando exteriormente… no cambia nada. En mi vida tengo un pequeño ejemplo de ello. Soy una persona que sufre el frío mucho más que el calor. En Italia, en el mes de marzo, al principio de la primavera, la temperatura es más o menos la misma que a finales de octubre o comienzos de noviembre. Y sin embargo notaba que el frío de marzo me producía menos problema que el frío de noviembre. Me preguntaba por qué y descubrí la respuesta: el frío de noviembre es un frío sin esperanza, porque nos encaminamos hacia el invierno; el frío de marzo es un frío con esperanza porque vamos hacia el verano.

* * *

La Carta a los Hebreos compara la esperanza con “un ancla segura y firme» (Heb 6,19). Segura y firme porque ha sido arrojada no en la tierra sino en el cielo, no en el tiempo sino en la eternidad, «más allá de la cortina del santuario». Esta imagen de la esperanza se ha vuelto clásica. Pero tenemos también otra imagen de la esperanza, en cierto sentido opuesta a la anterior: la vela. Si el ancla es lo que da seguridad a la barca y la mantiene firme en medio del oleaje del mar, la vela es en cambio lo que la hace caminar y avanzar ligera sobre las olas.

La esperanza hace ambas cosas con la barca de la Iglesia. Ella es realmente como una vela que recoge el viento y, sin ruido de motores, lo transforma en fuerza motriz que lleva a la barca mar adentro. Igual que la vela en las manos de un buen marinero consigue utilizar cualquier viento, independientemente de la dirección en la que sople, para hacer avanzar la barca en la dirección deseada, lo mismo hace la esperanza.

Ante todo, la esperanza viene en nuestra ayuda en nuestro camino personal de santificación. En quien la ejercita, ella se convierte en el principio mismo del progreso espiritual. De hecho está en guardia para descubrir siempre nuevas «posibilidades de bien», siempre algo que se puede hacer. No permite por ello acomodarse en la tibieza ni en la acedia. La esperanza es todo lo contrario de lo que a veces se cree, es decir, una bella y poética disposición interior que ayuda a soñar, a construirse mundos imaginarios. Por el contrario, ella es extremadamente concreta y práctica; pasa el tiempo poniéndote delante de los ojos tareas que realizar.

Cuando no hubiese absolutamente nada que hacer en una situación – escribe el filosofo Kierkegaard, in uno de sus discursos cristianos -, entonces sí que sería la parálisis y la desesperación. Pero la esperanza que mira a lo eterno encuentra que siempre hay algo que se puede hacer para mejorar la situación: trabajar más, ser más obedientes, más humildes, más mortificados…

Cuando te ves tentado de decirte a ti mismo: «Ya no hay nada que hacer» (es todavía Kierkegaard que nos habla), la esperanza da un paso adelante y te dice: «¡Reza!». Tú respondes: «¡Pero ya he rezado!», y ella: «¡Reza otra vez!». E incluso cuando la situación se volviese extremadamente dura y pareciera que ya no hay realmente nada que hacer, la esperanza te indica todavía una tarea: soportar hasta el final y no perder la paciencia.

Estos objetivos enfatizados por el filósofo creyente son exigentes, incluso heroicos. Está claro que no son posibles gracias a nuestros esfuerzos, sino sólo por la gracia de Dios que viene en nuestro auxilio y nunca nos deja solos.

La esperanza tiene una relación privilegiada con la paciencia. Es lo contrario de la impaciencia, de la precipitación, del «todo, ya». Es el antídoto al desánimo. Mantiene vivo el deseo. Es también una gran pedagoga, en el sentido de que no indica de una vez lo que hay que hacer, o lo que se puede hacer, sino que cada vez pone delante una posibilidad, da solo el pan de cada día. Distribuye la fatiga y así hace posible llevarla a término.

La Escritura saca continuamente a la luz esta verdad: que la tribulación no elimina la esperanza, sino que la acrecienta: «La tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza» (Rom 5,3-4). La esperanza necesita de la tribulación, como la llama necesita del viento para fortalecerse. Hace falta que mueran las razones humanas para esperar, una detrás de la otra, para que emerja el verdadero motivo inquebrantable que es Dios. Sucede como en la botadura de un barco: hace falta quitar todo el armazón que mantenía a la nave en pie artificialmente, mientras estaba en construcción; es necesario que sean apartados uno tras otro todos los puntales para que pueda hacerse a la mar y flotar por sí misma sobre el agua.

La tribulación le quita al hombre cualquier «punto de apoyo» y lo induce a esperar solo en Dios. La tribulación lleva a ese estado de perfección de la esperanza que consiste en esperar «contra toda esperanza» (Rom 4,18), apoyándose únicamente en la Palabra pronunciada una vez por Dios, incluso cuando ya han desaparecido todos los motivos humanos para esperar. Esta fue la esperanza de María a los pies de la cruz. La piedad popular no se equivoca cuando invoca a María con el título de Mater spei, madre de la esperanza.

* * *

El poder transformador de la esperanza se describe maravillosamente en un hermoso pasaje de Isaías:

Se cansan los muchachos, se fatigan,
los jóvenes tropiezan y vacilan;
pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas,
echan alas como las águilas,
corren y no se fatigan,
caminan y no se cansan (Is 40,30-31).

El oráculo es la respuesta a la queja del pueblo que dice: «Al Señor no le importa mi destino». Dios no promete eliminar los motivos de cansancio y de fatiga, pero da esperanza. La situación sigue siendo la que era, pero la esperanza da la fuerza para elevarse por encima de ella. Es realmente como tener alas.

En el Apocalipsis se lee que «cuando vio el dragón que había sido precipitado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Y le fueron dadas a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volara al desierto» (Ap 12,13-14). Si la imagen de las alas del águila se inspira, como parece claro, en el texto de Isaías, se está queriendo decir que a la Iglesia entera se le han dado las grandes alas de la esperanza para que con ellas pueda, cada vez, huir de los ataques del mal y superar con fuerza las dificultades. Hoy como entonces!

Terminamos escuchando, como si fuera hecha para nosotros, la invocación que el apóstol Pablo hace en favor de los fieles de Roma al final de su Carta dirigida ellos: «Que el Dios de la esperanza os colme de alegría y de paz viviendo vuestra fe, para que desbordéis de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rom 15,13).

Fray Cantalamessa

1.Agustín, Sobre el Evangelio de Juan, 19,9.
2.W. Marxsen, La risurrezione di Gesú di Nazareth, Bologna 1970 (ed. Ingl. The Resurrection of Jesus of Nazareth, London 1970).
3.Cf. J.D.G. Dunn, Gli albori del Cristianesimo, 3 voll, Paideia, Brescia 2006, resumido en su Cambiare prospettiva su Gesú, Paideia, Brescia 2011
4.Juan Crisostomo, Homilías sobre la Primera Carta a los corintios, 4, 4 (PG 61, 35 s.).
5.Agustín, Enarr. in Psaslmos, 120,6.
6.León Magno, Sermo 66, 3 (PL 54, 366).
7.Søren Kierkegaard, Los actos del amor, Parte II, nr. 3.

jueves, 14 de marzo de 2024

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“El Padre que me envió ha dado testimonio de mí” (Jn 5,37)

Que su alma reciba el dogma fundamental que concierne a Dios: hay un solo Dios, uno sólo, sin nacimiento, sin comienzo, sin cambios ni mutaciones. No fue engendrado por otro, no hay otro ser para tomar la sucesión de su vida. No empezó a vivir en el tiempo, no existe fecha en la que tenga fin. Es a la vez bueno y justo. (…) Único es el autor del cielo y de la tierra, el creador de los ángeles y los arcángeles. Es el autor de una multitud de criaturas, el Padre de uno sólo antes de los siglos, uno sólo que es el Hijo Único, nuestro Señor Jesucristo, con el que ha hecho todas las cosas, las visibles y las invisibles.

Este Padre de nuestro Señor Jesucristo no está circunscrito en un lugar cualquiera, más pequeño que el cielo. Los cielos son la obra de sus manos, su mano abarca toda la tierra. Está en todas las cosas y más allá de todas las cosas. No te imagines que el sol sea más brillante o igual que él, ya que el que ha creado al sol es, sin comparación, mucho más grande y brillante que él. Sabe por anticipado lo que debe existir, es más fuerte que todos los seres, los conoce a todos, realiza lo que desea. No está sumido a las vicisitudes de las cosas, ni al nacimiento, tampoco a la fortuna o a lo ineluctable. Es perfecto desde todo punto de vista y posee todo tipo de virtud. No sufre disminución ni crecimiento, está siempre en el mismo estado, es absolutamente idéntico a sí mismo. Preparó una sanción a los pecadores y a los justos una corona.

Muchas personas, de diversas maneras, se perdieron lejos de este Dios único. (…) Establece primero sólidamente en tu alma este dogma de la piedad por medio de la fe.


San Gregorio Magno (c. 540-604)
papa y doctor de la Iglesia
Morales sobre Job, XIII (SC 212, Morales sur Job, Cerf, 1974), trad. sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 5,31-47


Evangelio según San Juan 5,31-47
Jesús dijo a los judíos:

Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría.

Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.

Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.

No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.

Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz.

Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.

Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro,

y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió.

Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí,

y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida.

Mi gloria no viene de los hombres.

Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes.

He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir.

¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?

No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza.

Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí.

Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿cómo creerán lo que yo les digo?".


RESONAR DE LA PALABRA


Quisisteis gozar un instante de su luz

Hay alegrías muy verdaderas, pero efímeras: las comidas familiares, una celebración de cumpleaños, un concierto, un éxito. Y quizá, también, como la gente del tiempo de Jesús, una palabra que parece definitiva; una buena predicación, una conferencia o clase maravillosa. Y queda el recuerdo, quizá algo nostálgico, del momento. No es que todos esos momentos, como el testimonio de Juan, sean falsos. Es que son un instante que “quisimos gozar”. Pero hay una verdad, un testimonio que no pasa, y es el ver el rostro de Dios en la persona de Cristo.

El testimonio de Cristo es más grande que el de Juan. Juan mismo lo había reconocido: “no soy digno de atar la correa de su sandalia”. Entonces, si la alegría de la luz que se encuentra en momentos concretos es proporcional a la fuerza del testimonio, Cristo ofrece no un instante, sino una eternidad de gloria y alegría. ¿Cómo ver esa luz y esa gloria?

Está claro: en primer lugar, leer las Escrituras y reconocer hacia quién está orientado todo el Antiguo Testamento y de quién habla todo el Nuevo. Ver al enviado, al que anunciaron los profetas.

Y ¿qué hacemos en términos concretos?

Está claro: mirar las acciones del Ungido. A veces son acciones espectaculares: milagros, convocatoria de miles de personas, actos y palabras magníficas. Y otras veces son acciones tan sencillas como beber agua del pozo de una mujer a la que llama a la reconciliación y a la verdad; o como comer en casa de un recaudador de impuestos que entrega lo que ha defraudado y la mitad de sus bienes; o escribir en el suelo algo misterioso y liberar a una mujer no solo de las piedras, sino de su pecado. Quizá los milagros que Dios opere por nuestro medio no sean milagros espectaculares; seguramente no tendremos una fuerza de convocatoria tan grande que reúna a multitudes y les dé de comer milagrosamente. Pero los pequeños actos, las acciones más sencillas, pueden dejar traslucir la luz de Dios. Si es así, si no es la propia luz sino la que apunta a Cristo, la alegría de la que se podrá gozar no será un instante, sino toda una eternidad.

Cármen Aguinaco

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

martes, 12 de marzo de 2024

COMPRENDIENDO LA PALABRA

"¿Quieres curarte?": la cuaresma conduce a los catecúmenos a la piscina del bautismo

El número cuarenta, carísimos hermanos, tiene un valor simbólico, ligado al misterio de nuestra salvación. En efecto, cuando en los primeros tiempos, la maldad de los hombres hubo invadido la superficie de la tierra, durante cuarenta días Dios hizo salirse las aguas del cielo e inundó la tierra entera bajo las lluvias del diluvio (Gn 7). Desde esta época, la historia de la salvación fue anunciada simbólicamente: durante cuarenta días, la lluvia cayó para purificar el mundo. Ahora, durante los cuarenta días de la cuaresma, es ofrecida la misericordia a los hombres para que se purifiquen...

Sí, el diluvio es el símbolo del bautismo; lo que se produjo entonces todavía se cumple hoy... Cuando los pecados de toda la tierra desaparecieron, ahogados en el fondo del abismo, la santidad pudo elevarse muy cerca del cielo; he aquí lo que se realiza ahora también en la Iglesia del Cristo... Llevada por el agua del bautismo, se eleva cerca del cielo; las supersticiones y los ídolos son engullidos, y sobre tierra se difunde la fe, brotada del arca del Salvador... Por cierto, nosotros mismos somos pecadores, y este mundo será destruido. Sólo escaparán de la ruina, aquellos a los que el arca llevará encerrados en su seno. Esta arca, es la Iglesia... Sí, os lo anunciamos, este mundo naufragará; por eso os exhortamos, a vosotros, a todos los hombres, a refugiarse en este santuario.



San Máximo de Turín (¿-c. 420)
obispo
Sermón para la Cuaresma

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 5,1-16


Evangelio según San Juan 5,1-16
Se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.

Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsata, que tiene cinco pórticos.

Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua.

[Porque el Angel del Señor descendía cada tanto a la piscina y movía el agua. El primero que entraba en la piscina, después que el agua se agitaba, quedaba curado, cualquiera fuera su mal.]

Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años.

Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: "¿Quieres curarte?".

El respondió: "Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes".

Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y camina".

En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado,

y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: "Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla".

El les respondió: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y camina'".

Ellos le preguntaron: "¿Quién es ese hombre que te dijo: 'Toma tu camilla y camina?'".

Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí.

Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: "Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía".

El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado.
Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.


RESONAR DE LA PALABRA

La soledad que impide la curación

Después de la pandemia se ha hablado mucho de una enfermedad que parece muy moderna, o que se ha agudizado en tiempos modernos, pero que tiene miles de años de antigüedad: la soledad. La soledad es un mal provocado por el abandono de otros o por la pasividad propia. O por la falta de reconocimiento de quien está cerca: el Cristo vivo que nunca abandona. A veces son trágicamente inevitables, pero a otras veces se pueden evitar. Diversos estudios aseguran que una de las claves para vivir más y tener más salud es tener buenas relaciones.

Es la soledad la que impide al paralítico curarse. Una soledad persistente, de treinta y ocho años, que le lleva a la más total pasividad. “Ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado…” ¿Nunca buscó ayuda? ¿Nadie se solidarizó con él? ¿Pasó totalmente desapercibido? El hombre tenía una parálisis que llegaba mucho más allá de su estado físico. Era la parálisis de la soledad, de la falta de iniciativa, de la pasividad. Una resignación enfermiza.

Jesús le pregunta si quiere curarse. Parece una pregunta retórica, pero, después de 38 años de parálisis total, interna y externa, es la pregunta más lógica. ¿Es que no quieres? ¿Por qué no puedes? La respuesta que da el paralítico es que está solo, que no tiene a nadie… Jesús podría haber seguido preguntando si la respuesta tiene una causa real, o si responde a un victimismo buscado. Porque la soledad y las soledades pueden ser trágicamente reales… ¿ni un gesto de solidaridad en 38 años? consciente o inconscientemente buscadas. Un aislamiento que puede comenzar por un rechazo y que se convierte en la parálisis de la autocompasión.

Jesús no le remueve el agua, ni le ayuda a entrar… simplemente le dice que levante su camilla y ande. Quizás nuestras parálisis causadas por la soledad, por el temor, el rechazo o el aislamiento procurado o no, puedan curarse simplemente con la escucha y obediencia a la llamada a levantarse y andar. Salir a buscar quién pueda ayudarnos a zambullirnos en el agua que cura. Salir a buscar a quién ayudar a salir de sus parálisis. Salir a acompañar y sentirse acompañados. Escuchar la voz que nunca abandona. Pero hay que responder a la pregunta: ¿quieres…? Y, si quieres, también puedes sanar otras soledades porque, como el paralítico, puedes ir hablando de Quien te dijo que tomaras la camilla. Puedes ir hablando de curación a otros.

Cármen Aguinaco

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

5 actitudes de los primeros cristianos

El ejemplo de los primeros cristianos ilumina a los católicos de todo tiempo, incluidos los contemporáneos.

Gabriel Larrauri, explica que aunque las personas y circunstancias cambia a lo largo de los siglos, aquellos que confiaron en las palabras de Jesús y en la transmisión de su mensaje a través de los Apóstoles, “vivieron una situación parecida a la actual y afrontaron con toda naturalidad sus riesgos”.

Larrauri resume  cinco actitudes que, aunque originales en la experiencia de las primeras comunidades cristianas, siguen de plena actualidad para los católicos.


1. Ejemplo de entrega

Para el autor, los primeros seguidores del mensaje evangélico “son la prueba de cómo se puede transformar el mundo”.

Ellos fueron “gente normal que supo ser heroica, hombres y mujeres que con su vida ordinaria consiguieron cosas extraordinarias y que han dejado una huella profunda en la historia de la humanidad”.

Tanto es así, que tiene una “extraordinaria vigencia cultural” en Occidente. “Ellos son las raíces cristianas de Europa”, enfatiza.

2. Coherencia y valentía

Para Larrauri, quienes formaron las primeras comunidades de seguidores de Cristo “son como luces que vienen de lejos y que nos iluminan hoy”. En concreto, “considerar su coherencia, su valentía, puede ayudarnos mucho”, “su ejemplo para transformar el mundo desde dentro, sin aislarse, autoexcluirse o evadirse de la realidad diaria de la sociedad en la que viven”.

Al igual que hoy en algunos contextos, los primeros cristianos eran pocos, carecían de medios humanos y no contaban, al menos durante un largo tiempo, con grandes pensadores o personas de relevancia pública, explica el autor del libro.

La coherencia y la valentía son la clave para comprender cómo “no se amedrentaron” en medio de un ambiente social marcado por el “indeferentismo” y la carencia de valores, “semejante en muchos aspectos al que nos toca ahora afrontar”.

3. Vivir a contracorriente

La tercera actitud de los primeros cristianos es la capacidad de afrontar las persecuciones. “La Iglesia defiende un estilo de vida que es preciso vivir a contracorriente”, por lo que “ser cristiano hoy puede calificarse de arriesgado”.

No en vano, según Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN, por sus siglas en inglés) el cristianismo “es la religión más perseguida del mundo”. Por ello “tener la referencia de los primeros cristianos nos ayuda a afrontar esas circunstancias”.

Conocer su ejemplo, “llegando incluso a entregar su vida por mantenerse firmes a su fe, nos puede llenar de fortaleza a la vez que nos mueve a procurar defender la libertad de esas personas”.

4. La Eucaristía

Desde el principio, la celebración de la Eucaristía “tuvo un papel central” en la vida de los grupos iniciales de cristianos. “Maravilla ver la fe y el cariño con el que los primeros cristianos tratan a Jesús en el Pan eucarístico”.

Por otro lado, “emociona comprobar cómo seguimos celebrando la misma Misa que se celebraba en el siglo I”.

5. Amar a los demás

A ello se suman el amor mutuo, la fraternidad y el cuidado de los unos por los otros. Para Larrauri “quizá la nota más característica de la vida de los primeros cristianos era cómo sabían quererse entre sí. Esta será la señal por la que serán reconocidos por los paganos”.

Amarse los unos a los otros como hizo Jesucristo “es la herencia que nos han dejado y la que nosotros debemos transmitir. No se trata de filantropía o humanitarismo sin más: están dispuestos -como dice Tertuliano- a dar la vida por los demás”.

Publicada originalmente el 8 de marzo de 2023.

¿Qué nos dicen los primeros cristianos a los cristianos de hoy?


El ejemplo de los primeros cristianos ¿Qué nos dicen a los cristianos de hoy?

Hombres y mujeres que con su vida ordinaria han conseguido cosas extraordinarias. La vida de los primeros cristianos interesa. Nos atrae. Posiblemente porque nos hace pensar en los comienzos, cuando todo era nuevo, la iglesia era joven y todo estaba estrenándose.

El cristiano necesita conocer los orígenes de su fe y de la Iglesia. No podemos perder ese tesoro maravilloso, nuestras señas de identidad. Si somos cristianos hoy, se lo debemos a ellos. El ejemplo de su vida: ahí estuvo el secreto de su éxito. No se dedicaron a predicar, no tenían una estrategia de actuación sociológica. Vivían con naturalidad la fe en cada minuto y eso hizo que sus vidas atrajeran como un imán.

La fuerza del buen ejemplo es tal que, si de verdad fuéramos coherentes los cristianos, nuestra vida llevaría a los demás a convertirse. Los textos de los padres de la Iglesia (Patrística)  buscan dar a conocer la vida de los primeros cristianos: hacer presente el espíritu que vivieron, tal como ellos mismos lo han contado.


lunes, 11 de marzo de 2024

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“Si no veis signos y prodigios sois incapaces de creer.”

«Todo el que invoca el nombre del Señor

se salvará» (Jl 3,5; Rm 19,13).

En cuanto a mi no sólo le invoco,

sino que ante todo creo en su grandeza.

No es por lo que me da

que persevero en mis súplicas,

sino porque es la Vida verdadera

y es en él que respiro;

sin él no hay movimiento ni progreso.

No es tanto por los lazos de la esperanza

que soy atraído sino por los lazos del amor.

No es de los dones

sino del Dador que siempre tengo nostalgia.

No aspiro a la gloria,

sino que quiero abrazarme al Señor de la gloria.

No es la sed de la vida la que siempre me consume,

sino el recuerdo de aquel que da la vida.

No es por el deseo de felicidad que suspiro,

que desde lo más profundo de mi corazón rompo en sollozos,

sino por el deseo de aquel que lo prepara.

No es el descanso lo que busco,

sino el rostro de aquel que pacificará mi corazón suplicante.

No es por el festín nupcial que languidezco,

sino del deseo del Esposo.

En la espera cierta de su poder

a pesar de la carga de mis pecados,

creo con una esperanza inquebrantable

y me pongo confiadamente en la mano del Todopoderoso,

de quien no solamente obtendré el perdón

sino que le veré a él mismo en persona,

gracias a su misericordia y a su compasión

y, aunque merezco perfectamente ser proscrito,

heredaré el cielo.



San Gregorio de Narek (c. 944-c. 1010)
monje y poeta armenio
El libro de las oraciones 12,1

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 4,43-54


Evangelio según San Juan 4,43-54
Jesús partió hacia Galilea.

El mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo.

Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta.

Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún.

Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo.

Jesús le dijo: "Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen".

El funcionario le respondió: "Señor, baja antes que mi hijo se muera".

"Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.

Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y le anunciaron que su hijo vivía.

El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le respondieron.

El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia.

Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.


RESONAR DE LA PALABRA

No le hizo falta nada más

Pedir con prisa y con insistencia es bueno, pero quizá no se vea o se toque un efecto inmediato y entonces parece que Dios no escucha. Pero hay tres palabras en el texto del evangelio de hoy que dan las mejores claves para la oración:

Insistió. Dios sabe muy bien lo que necesitamos y deseamos, pero parece que le gusta la insistencia, no porque él no sepa, sino porque quizás seamos nosotros los que no sabemos y necesitamos repetírnoslo a nosotros mismos. Insistir es una actividad virtuosa, porque nos ejercita en la perseverancia y la confianza. Y el fruto está claro: después de la insistencia, Jesús no necesita siquiera acudir físicamente. Puede responder a todas las peticiones simplemente con otra palabra:

Vete. ¿Y no sería mejor quedarse y seguir insistiendo? ¿O resignarse a que no se puede hacer nada ya? ¿Marchar con la cabeza gacha y el sabor del fracaso en los labios? El funcionario, sin embargo, “creyó y se puso en camino”. La insistencia había creado en él la virtud de la confianza. Creer y ponerse en camino sin ninguna prueba puede ser casi prácticamente imposible para muchos de nosotros. Creer a ciegas. El funcionario se pone en camino de regreso, aparentemente sin conseguir nada, porque confía.

Reconoció. Hacer la relación entre necesidad y respuesta, entre obediencia y fruto quizá no sea tan fácil para la mayoría de nosotros, porque a veces respuesta o fruto no son tan evidentes. Pero el funcionario podría haber pensado que había sido todo una casualidad. Y sin embargo, reconoce. Reconoce el tiempo, reconoce la causa y el efecto.

Seguramente todos tenemos cerca a alguien que está enfermo, física o espiritualmente, por quien hay que pedir insistentemente. Y quizá la confianza no sea tan fácil, y mucho menos el reconocer el fruto que, a menudo, no es lo que esperábamos.

Dice san Agustín que la oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios. Y este pasaje lo expresa de manera elocuente. Y al mismo tiempo, la oración débil, pero confiada de la persona, es lo que muestra la fuerza de Dios. “Esta fue la segunda señal…”

Cármen Aguinaco

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

domingo, 10 de marzo de 2024

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17)

[Santa Catalina escuchó a Dios decirle:] Abre, hija mía, los ojos de tu inteligencia. Descubrirás a los ciegos y a los ignorantes, verás también a los imperfectos y a los perfectos, los que realmente me siguen. Experimentarás así el dolor por la perdición de los ignorantes y la alegría por la perfección de mis hijos amados. Descubrirás también cómo se comportan los que caminan en mi luz y cómo los que van en las tinieblas.

Pero antes quiero que mires el Puente que les he construido en mi Hijo único, que contemples su grandeza, que va del cielo a la tierra. La grandeza de la Divinidad está unida a la tierra de la humanidad de ustedes. Por eso te digo que va del cielo a la tierra, por la unión que hizo con el hombre. Eso fue necesario para reconstruir la vía que había sido rota y permitir atravesar la amargura del mundo, para llegar a la vida. Partiendo de la tierra no se podía realizar un puente de una talla suficiente como para pasar el río e incorporarse a la vida eterna. La tierra de la naturaleza humana era incapaz por sí misma, habiendo satisfecho al pecado, de destruir la mancha del pecado de Adán, que corrompió e infectó toda la raza humana. Era entonces necesario unirla a la grandeza de mi naturaleza - Deidad eterna- para que pudiera satisfacer a toda la raza humana. Era necesario que la naturaleza humana experimentara la pena y que la naturaleza divina, unida con la naturaleza humana, aceptase el sacrificio que mi Hijo me ofrecía, para destruir la muerte y rendirles la vida.

Así, la Grandeza se abajó hasta la tierra de la humanidad. Uniéndose a ella, edificó un puente y restableció la ruta. ¿Por qué de este modo? Para que realmente el hombre viniera a alegrarse con la naturaleza angélica. Pero para obtener la vida, no alcanza que mi Hijo haya devenido el puente: es necesario que ustedes pasen por ese puente.



Santa Catalina de Siena (1347-1380)
terciaria dominica, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa
El Diálogo. El don del Verbo encarnado VI, 22 (Le dialogue, Téqui, 1976), trad. sc©evangelizo.org