lunes, 24 de febrero de 2020
VEN Y AYUDA MI POCA FE
«Ven y ayuda mi poca fe»
Aleja la duda de tu alma, y nunca temas dirigir a Dios tu plegaria, diciéndote: «¿Cómo podría yo orar, cómo podría yo ser escuchado, después de haber ofendido tanto a Dios?» No razones de esta manera; sino vuélvete al Señor con todo tu corazón, y órale con plena confianza. Conocerás entonces toda la extensión de su misericordia; verás que, lejos de abandonarte, colmará los deseos de tu corazón. Porque Dios no es como los hombres que se acuerdan del mal; en él no hay ningún resentimiento, sino una tierna compasión hacia sus criaturas. Purifica, pues, tu corazón de todas las vanidades del mundo, del mal y del pecado..., y ora al Señor. Lo alcanzarás todo..., si haces tu oración con total confianza.
Pero si la duda se desliza en tu corazón, ninguna de tus peticiones verás atendida. Los que dudan de Dios son almas dobles; no consiguen nada de lo que piden... Cualquiera que dude, a no ser que se convierta, difícilmente será escuchado y salvado. Purifica, pues, tu alma de la duda, revístete de la fe, porque es poderosa, y cree firmemente que Dios escuchará tus peticiones. Y si ocurre que se retrasa un poco en escuchar tu petición, no caigas en la duda por el mero hecho de no haberlo obtenido todo inmediatamente; este retraso es para hacerte crecer más en la fe. No dejes, pues, de pedir lo que deseas... Aleja de ti la duda; es perniciosa e insensata, quita a muchos la raíz de la fe, incluso a los que estaban muy firmes en ella... La fe es fuerte y poderosa; lo promete todo y tiene éxito en todo; la duda, falta de confianza, fracasa en todo.
El Pastor de Hermas (siglo II)
obra cristiana
El Pastor
RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 9,14-29
Evangelio según San Marcos 9,14-29
Cuando volvieron a donde estaban los otros discípulos, los encontraron en medio de una gran multitud, discutiendo con algunos escribas.
En cuanto la multitud distinguió a Jesús, quedó asombrada y corrieron a saludarlo.
El les preguntó: "¿Sobre qué estaban discutiendo?".
Uno de ellos le dijo: "Maestro, te he traído a mi hijo, que está poseído de un espíritu mudo.
Cuando se apodera de él, lo tira al suelo y le hace echar espuma por la boca; entonces le crujen sus dientes y se queda rígido. Le pedí a tus discípulos que lo expulsaran pero no pudieron".
"Generación incrédula, respondió Jesús, ¿hasta cuando estaré con ustedes? ¿Hasta cuando tendré que soportarlos? Tráiganmelo".
Y ellos se lo trajeron. En cuanto vio a Jesús, el espíritu sacudió violentamente al niño, que cayó al suelo y se revolcaba, echando espuma por la boca.
Jesús le preguntó al padre: "¿Cuánto tiempo hace que está así?". "Desde la infancia, le respondió,
y a menudo lo hace caer en el fuego o en el agua para matarlo. Si puedes hacer algo, ten piedad de nosotros y ayúdanos".
"¡Si puedes...!", respondió Jesús. "Todo es posible para el que cree".
Inmediatamente el padre del niño exclamó: "Creo, ayúdame porque tengo poca fe".
Al ver que llegaba más gente, Jesús increpó al espíritu impuro, diciéndole: "Espíritu mudo y sordo, yo te lo ordeno, sal de él y no vuelvas más".
El demonio gritó, sacudió violentamente al niño y salió de él, dejándolo como muerto, tanto que muchos decían: "Está muerto".
Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó, y el niño se puso de pie.
Cuando entró en la casa y quedaron solos, los discípulos le preguntaron: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?".
El les respondió: "Esta clase de demonios se expulsa sólo con la oración".

RESONAR DE LA PALABRA
Un cordial saludo a todo el que se asoma a estos renglones con el fin de acoger la Palabra en el corazón:
Comenzamos esta semana en el tiempo ordinario y la terminaremos metidos en la cuaresma tras pasar esa puerta peculiar y fronteriza del Miércoles de Ceniza. Entretanto apuramos estos días con otro colorido de la Palabra y la liturgia, aunque dicho sea de paso nos invitan a pensar en las actitudes a cambiar y hasta en los demonios que nos dominan y tenemos que abandonar con la ayuda de Dios.
Qué panorama el que describe hoy el evangelio y qué dolor el de aquel padre que vive en la desesperación de no saber ya cómo atender y procurar el mejor cuidado a su hijo. “Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos”.
Seguro que en tu entorno como en el mío, hay más de un padre o madre con el dolor de un hijo clavado en la propia carne; por una causa u otra: enfermedad, accidente, abandono escolar, dependencia adquirida, fracaso familiar y afectivo… ¡Hay tantos padres y madres para quienes amanecer supone madrugar al dolor del corazón imposible de curar y cada anochecer es un resguardarse en el llanto de la desesperanza…!
La queja, el lamento, el grito…. dirigidos a Dios parecen más que justificados desde el amor. Un amor que reclama la mirada paterna-materna de Dios. Desde la fe aceptamos que Dios se hace solidario en nuestros dolores hasta la cruz, pero hay ocasiones en que la duda pugna con el dolor interior hasta el borde mismo de la desesperanza.
Como discípulos nos surgen muchas preguntas, con frecuencia nos desbordamos en explicaciones y hasta nos atrevemos a ejercer de chamanes de cuidados paliativos, pero el mal y el dolor del corazón de aquellos padres-madres o el del hijo/a que atiende a alguno de sus mayores en situación terminal irreversible, ahí sigue. Seguramente deberíamos arrimar nuestro corazón al suyo y aunar el lamento: “Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos” y puestos a remediar desde la fe sería necesario salir de la farmacopea de nuestra palabrería y darnos al “ayuno y la oración” que nos permitan iluminar el dolor de la cruz en la esperanza del amor del Dios y Padre de la Vida.
Pepe Lillo cmf.
domingo, 23 de febrero de 2020
Amor sin límites
CON MOTIVO DEL ENCUENTRO DE REFLEXIÓN Y ESPIRITUALIDAD
“MEDITERRÁNEO FRONTERA DE PAZ”
VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - SANTA MISA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Bari, 23 de febrero de 2020
Jesús cita la antigua ley: «Ojo por ojo, diente por diente» (cf. Mt 5,38; Ex 21,24). Sabemos lo que significaba: a quien te quita algo, le quitarás lo mismo. En realidad, era un gran progreso, porque evitaba represalias peores: si alguien te ha hecho daño, le pagarás con la misma medida, no podrás hacerle algo peor. Que las controversias terminaran con un empate era ya un paso adelante. Sin embargo, Jesús va más allá, mucho más lejos: «Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia» (Mt 5,39). Pero, ¿cómo, Señor? Si alguien piensa mal de mí, si alguno me lastima, ¿no puedo pagarle con la misma moneda? “No”, dice Jesús. Nada de violencia, ninguna violencia.
Podríamos pensar que esta enseñanza de Jesús esconde una estrategia: al final, el malvado se dará por vencido. Pero no es este el motivo por el que Jesús pide que amemos incluso a los que nos hacen daño. Entonces, ¿cuál es la razón? Que el Padre, nuestro Padre, ama siempre a todos, aun cuando no es correspondido. Él «hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (v. 45). Y hoy, en la primera lectura, nos dice: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2); en otras palabras: “Vivid como yo, buscad lo que yo busco”. Así lo hizo Jesús. No señaló con el dedo a los que lo condenaron injustamente y lo mataron de manera cruel, sino que les abrió los brazos en la cruz. Y perdonó a quienes lo crucificaron (cf. Lc 23,33-34).
Entonces, si queremos ser discípulos de Cristo, si queremos llamarnos cristianos, este es el camino, no hay otro. Amados por Dios, estamos llamados a amar; perdonados, a perdonar; tocados por el amor, a dar amor sin esperar a que comiencen los otros; salvados gratuitamente, a no buscar ningún beneficio en el bien que hacemos. Tú podrías decir: “¡Pero Jesús exagera! Incluso dice: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44); habla así para llamar la atención, aunque tal vez en realidad no quiera decir eso”. En cambio, sí, quiere decir exactamente eso. Jesús aquí no usa paradojas, ni giros de palabras; es directo y claro. Cita la antigua ley y dice solemnemente: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos”. Son palabras intencionadas, palabras precisas.
Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Esta es la novedad cristiana. Es la diferencia cristiana. Rezar y amar: esto es lo que debemos hacer; y no sólo por los que nos aman, por los amigos, por nuestra gente. Porque el amor de Jesús no conoce límites ni barreras. El Señor nos pide la valentía de un amor sin cálculos. Porque la medida de Jesús es el amor sin medida. ¡Cuántas veces hemos descuidado lo que nos pide, actuando como todos los demás! Sin embargo, el mandamiento del amor no es una simple provocación, sino es el espíritu del Evangelio. Sobre el amor hacia todos no aceptamos excusas, no predicamos una cómoda prudencia. El Señor no fue prudente, no hizo concesiones, nos pide el extremismo de la caridad. Este es el único extremismo cristiano lícito: el extremismo del amor.
Amad a vuestros enemigos. Hoy nos haría bien, durante y después de la Misa, repetirnos a nosotros mismos estas palabras y aplicarlas a las personas que nos tratan mal, que nos molestan, que nos cuesta aceptar, que nos quitan la serenidad. Amad a vuestros enemigos. Nos haría bien preguntarnos también: “¿Qué me preocupa en la vida: mis enemigos, quien me aborrece, o amar?”. No te preocupes de la maldad de los demás, o del que piensa mal de ti. En cambio, comienza a transformar tu corazón por amor a Jesús. Porque quien ama a Dios no tiene enemigos en el corazón. El culto a Dios es lo opuesto a la cultura del odio. Y la cultura del odio se combate enfrentando el culto a la lamentación. ¡Cuántas veces nos quejamos por lo que no recibimos, por lo que está mal! Jesús sabe que muchas cosas están mal, que siempre habrá alguien que no nos quiera, e incluso alguien que nos perseguirá. Pero nos pide sólo que recemos y amemos. Esta es la revolución de Jesús, la más grande de la historia: la que pasa del odio al amor por el enemigo, del culto a la lamentación a la cultura del don. ¡Si pertenecemos a Jesús, este es el camino! No hay otro.
Es cierto, aunque podrías objetar: “Sí, comprendo la grandeza del ideal, pero la vida es otra cosa. Si amo y perdono, no sobrevivo en este mundo, donde prevalece la lógica de la fuerza y donde parece que todos piensan sólo en sí mismos”. Pero, entonces, ¿la lógica de Jesús es un fracaso? A los ojos del mundo Él es un perdedor, pero a los ojos de Dios es un ganador. En la segunda lectura, san Pablo nos recordaba: «Que nadie se engañe […]. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios» (1 Co 3,18-19). Dios ve más allá. Él sabe cómo ganar. Sabe que el mal sólo se puede vencer con el bien. Nos salvó así: no con la espada, sino con la cruz. Amar y perdonar es vivir como ganadores. En cambio, perderíamos si defendiéramos la fe con la fuerza. El Señor también nos repetiría a nosotros las palabras que dijo a Pedro en Getsemaní: «Mete la espada en la vaina» (Jn 18,11). En los Getsemaní de hoy, en nuestro mundo indiferente e injusto, donde parecería que se asiste a la agonía de la esperanza, el cristiano no puede comportarse como aquellos discípulos, que primero tomaron la espada y luego huyeron. No, la solución no es desenvainar la espada contra alguien, ni tampoco huir de los tiempos que nos toca vivir. La única solución es el camino de Jesús: el amor activo, el amor humilde, el amor «hasta el extremo» (Jn 13,1).
Queridos hermanos y hermanas: Hoy Jesús, con su amor sin límites, levanta el estandarte de nuestra humanidad. Podríamos preguntarnos, al fin de cuentas: “Y nosotros, ¿lo lograremos?”. Si la meta fuera imposible, el Señor no nos hubiera pedido que la alcanzáramos. Pero, solos es difícil; es una gracia que debemos implorar. Se necesita pedir a Dios la fuerza para amar, decirle: “Señor, ayúdame a amar, enséñame a perdonar. Solo no puedo hacerlo, te necesito”. Y también pedirle la gracia de ver a los demás no como obstáculos y complicaciones, sino como hermanos y hermanas a quienes amar. Con mucha frecuencia le pedimos ayuda y gracias para nosotros mismos, pero qué poco le imploramos para que sepamos amar. No le rogamos lo suficiente para aprender a vivir el espíritu del Evangelio, para ser cristianos de verdad. Sin embargo, «a la tarde te examinarán en el amor» (S. Juan de la Cruz, Dichos de luz y de amor, 60). Elijamos hoy el amor, aunque cueste, aunque vaya contra corriente. No nos dejemos condicionar por lo que piensan los demás, no nos conformemos con medias tintas. Acojamos el desafío de Jesús, el desafío de la caridad. Así seremos verdaderos cristianos y el mundo será más humano.
Santo Padre Francisco
COMPRENDIENDO LA PALABRA 230220
Queridos hermanos y hermanas:
En este séptimo domingo del tiempo ordinario, las lecturas bíblicas nos hablan de la voluntad de Dios de hacer partícipes a los hombres de su vida: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo», se lee en el libro del Levítico (19, 1). Con estas palabras, y los preceptos que se siguen de ellas, el Señor invitaba al pueblo que se había elegido a ser fiel a la alianza con él caminando por sus senderos, y fundaba la legislación social sobre el mandamiento «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19, 18). Y si escuchamos a Jesús, en quien Dios asumió un cuerpo mortal para hacerse cercano a cada hombre y revelar su amor infinito por nosotros, encontramos esa misma llamada, ese mismo objetivo audaz. En efecto, dice el Señor: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). ¿Pero quién podría llegar a ser perfecto? Nuestra perfección es vivir como hijos de Dios cumpliendo concretamente su voluntad. San Cipriano escribía que «a la paternidad de Dios debe corresponder un comportamiento de hijos de Dios, para que Dios sea glorificado y alabado por la buena conducta del hombre» (De zelo et livore, 15: ccl 3a, 83).
¿Cómo podemos imitar a Jesús? Él dice: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial» (Mt 5, 44-45). Quien acoge al Señor en su propia vida y lo ama con todo su corazón es capaz de un nuevo comienzo. Logra cumplir la voluntad de Dios: realizar una nueva forma de vida animada por el amor y destinada a la eternidad. El apóstol san Pablo añade: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Co 3, 16). Si de verdad somos conscientes de esta realidad, y nuestra vida es profundamente plasmada por ella, entonces nuestro testimonio es claro, elocuente y eficaz. Un autor medieval escribió: «Cuando todo el ser del hombre se ha mezclado, por decirlo así, con el amor de Dios, entonces el esplendor de su alma se refleja también en el aspecto exterior» (Juan Clímaco, Scala Paradisi, XXX: pg 88, 1157 B), en la totalidad de su vida. «Gran cosa es el amor —leemos en el libro de la Imitación de Cristo—, y bien sobremanera grande; él solo hace ligero todo lo pesado, y lleva con igualdad todo lo desigual. El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido de ninguna cosa baja. Nace de Dios y sólo en Dios puede encontrar descanso» (III, v, 3).
Benedicto XVI, Papa
Ángelus (20-02-2011): ¿En qué consiste nuestra perfección?
Domingo VII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Domingo 20 de febrero del 2011
RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 5,38-48
Evangelio según San Mateo 5,38-48
Jesús, dijo a sus discípulos:
Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.
Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra.
Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto;
y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.
Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.
Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores;
así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?
Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

RESONAR DE LA PALABRA
Amar es perdonar
En el evangelio de hoy, el Sermón de la Montaña llega a su plenitud, a su culmen. Después de hablar de la ley, de como debemos ir más allá de la letra para cumplirla radicalmente, nos muestra lo que es el centro de la ley: el amor. Lo que Jesús dice de palabra es también la norma de su vida. Y, al vivirlo, nos revela a Dios, su Padre, que no es otra cosa más que amor.
El amor que Jesús nos invita a vivir como la ley fundamental de nuestra vida es universal. Llega a todos sin excepción. A los amigos (¿quién no ama a los amigos?) y a los enemigos (eso ya es un poco más difícil). Es un amor concreto. Jesús pone ejemplos que llegan a nuestra vida diaria. Para empezar, declara inválida aquella norma tantas veces repetida de “ojo por ojo y diente por diente”. Desgraciadamente son muchos los que la siguen aplicando sin temblar. De esa manera, la violencia nunca se detiene. Y todos tienen alguna razón para seguir vengándose de los que les han hecho mal. Es como una espiral que siempre crece. Es lo que venimos haciendo en la humanidad desde hace siglos y lo que único que hemos conseguido ha sido empantanar nuestra historia con sangre y guerras.
Jesús propone una salida para ese laberinto en el que estamos perdidos. Nos dice que amar es perdonar. Ya no caben rencores ni venganzas. Al perdonar se rompe la espiral del odio. El otro, el que nos ha ofendido porque se había sentido ofendido por nosotros, ya no tiene ninguna razón para seguir guardando rencor ni para vengarse porque no ha recibido ninguna respuesta a su rencor ni a su venganza. Es como si Jesús quitará la espoleta a la bomba o como si cortase la mecha que une los petardos que están unidos unos a otros. La mecha se apaga y ya no hay más explosiones. Sin espoleta la bomba ya no explota ni destroza ni mata.
Hay que ser muy fuertes para escuchar el mensaje de Jesús con el corazón abierto y más fuertes todavía para llevarlo a la práctica. Hay que ser muy fuertes para dejar la provocación sin respuesta. Hay que ser mucho más fuertes para hacer eso que para responder con más violencia.
La segunda lectura nos dice que el Espíritu habita en nosotros. Quizá sea esa la fuerza que nos ayude a perdonar como Dios nos perdona, a amar como Dios ama, a no dejar que los rencores nos llenen el corazón de amargura (en el fondo rencores y odios nos hacen tanto o más mal a nosotros que a los que odiamos). El Espíritu de Dios está en nosotros y, si nos dejamos llevar por él, encontraremos la fuerza para amar y perdonar en el día a día de nuestras vidas.
Para la reflexión
¿Tengo algún rencor en el corazón que no haya perdonado todavía? ¿Me doy cuenta de que ese rencor me hace daño a mí y me amarga la vida? ¿Por qué no le pido a Dios la fuerza para perdonar y para amar como él nos perdona y ama?
Fernando Torres cmf
fuente del comentario CIUDAD REDONDA
sábado, 22 de febrero de 2020
COMPRENDIENDO LA PALABRA 220220
“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”
Nada estaba fuera de la sabiduría y el poder de Cristo: los elementos de la naturaleza estaban a su servicio, los espíritus le obedecían, los ángeles le servían… Y, sin embargo, en todo el universo, tan sólo Pedro es escogido para presidir a todos los pueblos llamados, dirigir a todos los apóstoles y a todos los Padres de la Iglesia. De tal manera que aunque haya en el pueblo de Dios muchos presbíteros y muchos pastores, es Pedro en persona quien los gobernaría a todos, ya que Cristo es quien los gobierna por ser la cabeza…
El Señor pregunta a los apóstoles cuál es la opinión que los hombres tienen de él. Y todos, a lo largo del tiempo que exponen las dudas que provienen de la ignorancia humana, dicen lo mismo. Pero cuando el Señor quiere conocer los sentimientos de los mismos discípulos, el primero en confesar al Señor es aquel que es el primero en la dignidad de apóstol. Puesto que dijo: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. Es decir: Dichoso tú porque es mi Padre quien te ha enseñado; la opinión de los hombres no te ha hecho extraviar, sino que te ha instruido una inspiración venida del cielo; no son ni la carne ni la sangre que han permitido me descubrieras, sino aquél de quien yo soy el Hijo único.
“Y yo te digo”, es decir: Igual que mi Padre te ha manifestado mi divinidad, yo te hago conocer tu superioridad. “Tú eres Pedro”, es decir: Yo soy la roca inconmovible, la piedra angular que de dos pueblos hago uno solo, el fundamento fuera del cual nadie puede poner otro (1C 3,11), pero tú también eres piedra, porque eres sólido por mi fuerza, y lo que yo tengo como propio por mi poder, tú lo tienes en común conmigo por el hecho de que tú participas de mi poder. “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Sobre la solidez de este fundamento, dice, edificaré un templo eterno, y mi Iglesia, cuya cumbre debe ser introducida en el cielo, se edificará sobre la firmeza de esta fe.
San León Magno (¿-c. 461)
papa y doctor de la Iglesia
4º sermón para el aniversario de su ordenación, PL 54, 14ª SC 200 (Trad. breviario 22 febrero)
RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 16,13-19
Evangelio según San Mateo 16,13-19
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?".
Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas".
"Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?".
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.
Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.
Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".

RESONAR DE LA PALABRA
Queridos hermanos:
La experiencia de la fe, el encuentro y trato con el Señor nos lleva a la confesión. Claramente.
Hay un dinamismo interior que parte del regalo que ha supuesto haber sido llamados, elegidos, nombrados por el Maestro y que va llenando los huecos del corazón hasta desbordarse para brotar en los labios como confesión sentida.
La Palabra hoy nos acerca a la confesión de Pedro. Ese discípulo de la primera hora al que el Señor envuelve con una bienaventuranza especial: “dichoso tú, Simón”. Ese discípulo, generoso y torpe a la vez; entusiasta y cobarde al mismo tiempo; discípulo que ha sido agraciado con una intuición-revelación que es regalo del Padre: “eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre”.
La confesión de Pedro es el fruto de ese delicado engarce que hace el Espíritu del Señor en la realidad de nuestra humanidad limitada y pecadora, lenta a la gratuidad del don, torpe para llegar a el entendimiento de los “secretos” del Reino y para abrirse a la novedad.
En el itinerario de Pedro lo vemos plasmado y nos sentimos identificados. Siempre discípulos, siempre aprendices en la escuela del Maestro.
La confesión de Pedro es también estímulo para nosotros. En él, el Maestro estaba incluyéndonos; nombrándonos bienaventurados por haber sido alcanzados, atraídos por el Padre hacia Él. Confesar la filiación divina de Cristo viene tras un camino de profundización en la riqueza del ser de Jesús hasta identificarnos con él.
Hoy es un día precioso para agradecer al Señor la fe de aquel pescador de Galilea; para agradecer también nuestra fe, nuestro tesoro; para orar por Francisco, Obispo de Roma, para que siga confesando la fe, confirmándonos en ella y alentando nuestra confesión creyente.
Nuestro hermano.
P. Juan Carlos, cmf
viernes, 21 de febrero de 2020
Meditación: Marcos 8, 34-9, 1
El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. (Marcos 8, 35)
Esto que nos dice Jesús de salvar y perder la vida nos infunde cierto temor, si no pensamos más que en lo mucho que tengamos que sacrificar. Pero eso no es todo. El Señor quiere abrirnos los ojos para que apreciemos el panorama más completo de su magnífico plan de salvación. Jesús no murió solamente para que nos despojáramos de la vida antigua, sino también para que ganáramos la vida resucitada, ¡que es infinitamente mejor! Es decir que podemos contemplar la cruz con un sentido de temerosa admiración y expectativa por todo lo bueno que Dios nos promete, porque precisamente gracias a que Jesús murió en la cruz, nosotros podemos recibir ahora la purificación del corazón y la renovación de la mente.
El Señor nos invita a iniciar esta vida nueva ahora y aquí mismo. Lo cierto es que a veces dedicamos tiempo y dinero a buscar placeres mundanos y las cosas efímeras de esta vida, pero al hacer eso corremos el riesgo de perdernos el tesoro más valioso de la vida verdadera que Dios tiene reservada para sus hijos.
En realidad, Jesús no nos pide privarnos de muchas cosas. ¡No se trata de eso! Lo que quiere es que renunciemos a los impulsos desordenados y pecaminosos que tratan de dominarnos y que, en cambio, nos pongamos de corazón en manos de Dios, para que el Espíritu Santo nos ayude a llevar la vida nueva recibida en el Bautismo. El afán de autosuficiencia e independencia y la irresponsabilidad en lo que hacemos son actitudes que llevan a la infelicidad y al dolor. ¡Estas son las cosas a las que Jesús vino a darles muerte en nosotros!
Sí, en la cruz se pierde algo. ¿Qué cosa? La esclavitud del pecado. ¿Y qué ganamos? Una conciencia limpia, libertad de los hábitos de pecado, comunión con Dios y el descubrimiento de que somos hijos amados del Altísimo. Jesús nos invita a depositar nuestra autosuficiencia, egoísmo y hábitos de pecado a los pies de su cruz para recibir allí el poder del Espíritu Santo e iniciar una vida nueva. ¡De él viene la salud y la liberación! Hermano, ¿quieres tú ser libre y sano?
“Padre celestial, confío plenamente en la promesa de que, si estoy dispuesto a perder esta vida, ganaré la vida verdadera.”Santiago 2, 14-24. 26
Salmo 112 (111), 1-6
fuente Devocionario católico la Palabra con nosotros
COMPRENDIENDO LA PALABRA 210220
El que pierde su vida por mí, la encontrará
¡Oh queridísima Muerte! Tú eres mi felicísimo lote. En ti, pues, encuentre mi alma un nido, oh muerte. ¡Oh Muerte, que produces los frutos de la vida eterna!, que tus flujos de vida me envuelvan entera.
¡Oh Muerte, vida eterna!, que siempre espere bajo tus alas. ¡Oh Muerte saludable!, que en tus excelsos bienes mi alma encuentre su saludable morada. ¡Oh preciosísima Muerte!, tú eres mi queridísima riqueza. Oh, absorbe en ti toda mi vida y anega mi propia muerte.
¡Oh Muerte que vivificas!, ojalá me derrita bajo tus alas. ¡Oh Muerte de donde fluye la vida!, que una dulcísima chispa de tu acción vivificante arda en mí para siempre. ¡Oh Muerte cordialmente amada!, tú eres la confianza espiritual de mi corazón. ¡Oh Muerte amantísima!, en ti están todos los bienes; tómame bajo tu benévola protección, para que al morir descanse dulcemente bajo tu sombra.
¡Oh Muerte misericordiosísima!, tú eres mi vida felicísima. Tú eres mi mejor lote. Tú eres mi redención sobreabundante. Tú eres mi preciosísima heredad. Envuélveme totalmente en ti, esconde toda mi vida en ti y guarda en ti mi misma muerte. ¡Oh Muerte cordialmente amada!, en ese momento guárdame en ti para siempre, en tu amor paternal, como una adquisición y posesión eternas.
Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301)
monja benedictina
Ejercicios Espirituales VII (Soledad Mariana); adapt. sc©evangelizo.org
RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 8,34-38.9,1
Evangelio según San Marcos 8,34-38.9,1
Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?
¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con sus santos ángeles".
Y les decía: "Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de haber visto que el Reino de Dios ha llegado con poder".

RESONAR DE LA PALABRA
Queridos hermanos:
Habla claro nuestro Maestro. Nunca ha sido de los que „doran la píldora“. Y pone las cartas sobre la mesa, sin rodeos.
Negarse. Cargar con la cruz. Perder la vida… Seguirle.
¿Necedad? ¿Locura? ¿Ingenuidad? ¿Absurdo?
Quizá sea bueno comenzar dejando que nos venga, a primer plano de conciencia, lo que las propuestas de Jesús, sus llamadas y sus condiciones han provocado en nosotros. Dejemos que afloren los sentimientos que suscitaron y las argumentaciones que cada uno hemos ido haciendo ante esas condiciones, esas exigencias…
Incomprensión. Resistencias. Explicaciones plausibles. Racionalizaciones, Literalismo. Huídas. Acogida…
Llamados a vivir el Evangelio sin glosa, nos preguntamos dónde está el secreto de esa contra-cultural, alternativa y a contra-corriente propuesta del Maestro.
¿No será que eso que llamamos vida solo es vida cuando se vive desviviéndose por el otro, por los otros, (por el que es la Vida de y para todos)? ¿No será que cuando damos y nos damos, entregamos y nos entregamos, regalamos y nos regalamos es cuando nos vamos haciendo con la consistencia de verdadera humanidad? ¿No será que el antídoto contra la exclusión, la indiferencia y todo tipo de inhumanidad es hacerse cargo, encargarse y cargar con el dolor ajeno, con las lágrimas del otro, con la postración de la mayoría?
Quizá la cosa sea bien sencilla. El que nos hace la propuesta es de fiar. Podemos lanzarnos a vivir a su aire, con su estilo, porque nos ha regalado el Espíritu que transforma desde dentro, que nos otorga una nueva mentalidad: la que contiene la clave con la que fueron creadas todas las cosas, la del sueño originario de Dios para la humanidad y para la entera realidad.
Maestro, contigo y en Ti.
Nuestro hermano.
P. Juan Carlos, cmf
jueves, 20 de febrero de 2020
Satanás nos invita siempre a negar la Cruz
«¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (Mc 8,33)
Pedro considera los sufrimientos y la muerte de Cristo desde el punto de vista puramente natural y humano, y esa muerte le parece indigna de Dios, vergonzosa para su gloria. Cristo le reprende y parece que le dice: «¡No! Los sufrimientos y la muerte no son indignos de mí. Unas ideas a ras de suelo entorpecen y extravían tu juicio. Aleja toda idea humana, escucha mis palabras consideradas desde el punto de vista de los designios de mi Padre y comprenderás que solo esta muerte es la que conviene a mi gloria. ¿Crees que sufrir es para mí una vergüenza? Debes saber que es la voluntad del diablo que yo no lleve a cabo de esta manera el plan de salvación».
Que a nadie le suban los colores a la cara por los signos de nuestra salvación, tan dignos de veneración y adoración; la cruz de Cristo es fuente de todo bien. Es gracias a ella que vivimos, que somos regenerados y salvados. Llevemos, pues, la cruz como una corona de gloria. Ella pone su sello a todo lo que nos conduce a la salvación: cuando somos regenerados por las aguas del bautismo, ella está allí; cuando nos acercamos a la santa mesa para recibir el Cuerpo y la Sangre del Salvador, ella está allí; cuando imponemos las manos sobre los elegidos del Señor, ella está allí. Cualquiera cosa que hagamos, se levanta ella allí, signo de victoria para nosotros. Por eso la ponemos en nuestras casas, en nuestras paredes, en nuestras puertas; la trazamos sobre nuestra frente y nuestro pecho; la llevamos en nuestro corazón. Porque ella es el símbolo de nuestra redención y de nuestra liberación y de la infinita misericordia de nuestro Señor.
Juan Crisóstomo
Sobre el Evangelio de san Mateo: Satanás nos invita siempre a negar la Cruz
«¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (Mc 8,33)
Homilía 54
La pregunta de Cristo se dirige también a ti
«En el camino les preguntó y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.»(Mc 8, 27-29)
[San Francisco de Sales quiere también responder a la pregunta que hace Cristo a los discípulos, y que hace a cada uno de nosotros: «¿Quién soy yo?»]
-Él es Nuestro Salvador y Redentor: Ése es su nombre, pues Jesús quiere decir Salvador. Él nos ha rescatado con su Pasión y muerte. Se ha hecho compañero de nuestra miseria para luego hacernos compañeros de su gloria. Te ruego, Teótimo, que te fijes con cuánto ardor desea Dios que seamos suyos. La Redención ha sido tan copiosa y abundante que nadie ya puede dudar de la misericordia divina
-Nuestro Médico: El excelente Médico de todas nuestras enfermedades. Venid a Mí, nos dice, y seréis curados. Y para el divino Médico es como un honor que le busquen los enfermos, sobre todo si sus enfermedades son incurables.
-Nuestro Maestro: Es el que el Padre ha enviado para enseñarnos lo que tenemos que hacer y desde entonces, debemos ajustar nuestra voluntad a la suya, quedándonos a la espera y en sencilla disposición de recibir todo con amor, sin otro deseo ni pretensión que darle gusto.
-Nuestro Amigo: Aprended de Él lo que tenéis que hacer y no hagáis nada sin su consejo, porque Él es el Amigo fiel que os conducirá y dirigirá y tendrá cuidado de vosotros, como de todo corazón se lo suplico.
-Nuestro Guía: Nos lleva de la mano; estrechádsela fuerte y caminad gozosos. Si os entra miedo, no temáis: vais con Jesús. Él os ayudará y cuando no podáis seguir, Él os llevará en sus brazos. Dios quiera que no nos fijemos mucho en las condiciones del camino sino que tengamos los ojos fijos en Aquel que nos conduce.
Y por fin, nuestro Modelo en todo, y nuestro Dios por los siglos de los siglos.
Francisco de Sales
Sermón: La pregunta de Cristo se dirige también a ti
«En el camino les preguntó y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.»(Mc 8, 27-29)
Sermones, Conversaciones, Tratado del Amor de Dios y cartas
COMPRENDIENDO LA PALABRA 200220
«Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo»
No hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos en ella. Porque «el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los gentiles», mas para nosotros que estamos salvados es fuerza de Dios (1C 1,18-24). Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre. En tiempo de Moisés, el cordero pascual echó bien lejos al exterminador (Ex 12,23); y el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29) ¿no nos iba a librar mucho mejor de nuestros pecados?...
Él no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dice: «Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar (Jn 10,18)... Fue, pues, a la pasión por su libre determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba a obtener, gozoso por la salvación de los hombres. No tuvo vergüenza de la cruz, porque daba la salvación al mundo. El que sufría no era un hombre vil, sino el Dios humanado, que luchaba por el premio a su obediencia...
Que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de persecución has de tener la misma confianza, de lo contrario serías amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias espirituales que te otorga la munificencia de tu rey; cuando sobrevenga la lucha, pelea denodadamente por tu rey. Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti... No eres tú quien le haces un favor a él, ya que tú has recibido primero. Lo que haces es devolverle el favor, saldando la deuda que tienes con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota.
San Cirilo de Jerusalén (313-350)
obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia
Catequesis bautismal nº 13, 3.6.23
RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 8,27-33
Evangelio según San Marcos 8,27-33
Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?".
Ellos le respondieron: "Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas".
"Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?". Pedro respondió: "Tú eres el Mesías".
Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días;
y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.
Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".

RESONAR DE LA PALABRA
Queridos hermanos:
Qué bueno que para nosotros esta reiterada pregunta de Jesús no nos fastidie, ni nos hastíe, ni se nos antoje caduca. Aunque seamos una minoría en esta sociedad nuestra, la persona, la figura y el destino de Jesús nos siguen apasionando. (Y el Maestro lo sabe).
Qué bueno cuando acogemos su pregunta, una vez más, y sentimos que sabe a apertura de relación. Sí. Esa que el Maestro sigue queriendo establecer con nosotros: acercándose a nuestra vida concreta, iniciando diálogos que quieren recorrer caminos de amistad y de comunión, de adhesiones vitales y de respuestas libres.
Al Maestro le importa que le digamos si hoy también se habla de Él; cómo está considerado por la gente que tenemos alrededor… Si se lo figuran como gurú, como influencer, como coach… Si su huella, aunque bastante oculta -según parece-, se puede llegar a intuir en tantos corazones inquietos, insatisfechos, frustrados…
Y al Maestro, por supuesto, le sigue interesando que hoy le digamos quién está siendo El para nosotros. Y que se lo narremos con las fibras del corazón y que se lo cantemos con las melodías del alma; y que le señalemos a dónde se encaminan nuestros pies y a quiénes abrazan nuestras manos, y que le pongamos delante los nombres de aquellos a quienes colmamos de besos en su Nombre, movimos por lo que su presencia viva es y nos supone en el día a día.
Mirad. Vamos a decírselo.
Pero no con ortodoxas afirmaciones formales. No lo hagamos tampoco sin confesarle que, en ocasiones, ese estilo suyo de mesianismo, se nos hace costoso; que también –como a Pedro- nos tienta ser „políticamente correctos“ y funcionar con los criterios de la mundanidad. Así es; pero resulta que seguimos fascinados, cautivados y enamorados de su persona y de su estilo, y eso es lo que nos hace rectificar.
Maestro, ¡es que sin Ti no sabemos vivir!
Nuestro hermano.
P. Juan Carlos, cmf
miércoles, 19 de febrero de 2020
MANSOS DE CORAZÓN
«Los mansos “heredarán la tierra”. No la poseen ni la conquistan, la heredan. Esta tierra es una promesa y un don para el Pueblo de Dios. Esta “tierra” es el Cielo, hacia donde caminamos como discípulos de Cristo, promoviendo la paz, la fraternidad, la confianza y la esperanza»
«También podemos considerar lo contrario de vivir esta bienaventuranza y preguntarnos acerca del pecado de la ira. La ira es lo contrario de la mansedumbre. En un momento de cólera, de ira, se puede destruir todo lo que se ha construido; cuando se pierde el control, se olvida lo realmente importante, y esto puede arruinar la relación con un hermano, muchas veces sin remedio. En cambio, la mansedumbre conquista los corazones, salva las amistades, hace posible que se sanen y reconstruyan los lazos que nos unen con los demás. La «tierra» a conquistar con la mansedumbre es la salvación de aquel hermano del habla el mismo Evangelio de Mateo: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18, 15). No hay tierra más hermosa que el corazón de los demás, no hay territorio más bello que ganar que la paz reencontrada con un hermano»
Francisco
Audiencia General
19-02-2020
La ceguera del amor propio

«Le llevaron un ciego, rogándole que le tocara» (Mc 8,22)
En verdad no hay ceguera más grande que la nuestra. Estando tan repletos de abyección y miseria, queremos sin embargo ser tenidos en algo. Y ¿quién nos ciega de esa manera sino nuestro amor propio, el cual, además de ser ciego de por sí, ciega a aquel en quien mora? Cuando pintan a Cupido, lo hacen con los ojos vendados porque dicen que el amor es ciego. Esto, mejor se debe entender del amor propio, que carece de ojos para ver su abyección y la nada de la que ha salido y ha sido amasado. Es ciertamente una gracia grande cuando nos da Dios su luz para conocer nuestra miseria, es señal de conversión interior. El que se conoce bien, no se enfada cuando ve que le tienen y le tratan por lo que es, pues ha recibido esa luz que le ha dejado libre de su ceguera.
Y ved qué maravilla: Dios propone los misterios de la fe a nuestra alma en medio de oscuridades y tinieblas, de modo que no vemos las verdades sino solamente las entrevemos. Sin embargo el acto de fe consiste en someter nuestro espíritu, que ha recibido la agradable luz de la verdad, en adherirse a ella mediante una dulce, poderosa y sólida seguridad y certidumbre, basada en la autoridad de la revelación que se le hace.
Y por fin, oh Teótimo, esta seguridad que al espíritu humano le dan de las cosas reveladas y de los misterios de la fe, empieza por un sentimiento amoroso, de modo que la fe encierra en sí un principio de amor que experimenta nuestro corazón hacia las cosas divinas.
Francisco de Sales
Tratado del Amor de Dios: La ceguera del amor propio
«Le llevaron un ciego, rogándole que le tocara» (Mc 8,22)
Libro II, Capítulo 14 - IV, 133-135
COMPRENDIENDO LA PALABRA 190220
«Abre mis ojos... y contemplaré las maravillas de tu Ley» (Sl 118,18)
«Jesús le puso saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó si veía algo». El conocimiento es siempre progresivo. (...) Tan sólo después de mucho tiempo y de largo aprendizaje se puede llegar al perfecto conocimiento. Primero se va todo lo sucio, se va la ceguera y entonces viene la luz. La saliva del Señor es una enseñanza perfecta: enseñar de manera perfecta viene de la boca del Señor. La saliva del Señor que, por decirlo de alguna manera, viene de su sustancia, es el conocimiento, tal como su palabra que sale de su boca, es un remedio. (...)
«Veo hombres, me parecen árboles, pero andan»; veo todavía en sombra, no veo del todo la verdad. El sentido de esta parábola es: veo alguna cosa en la Ley, pero todavía no percibo la luz esplendorosa del Evangelio. (...) «Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado, y veía todo con claridad.» Veía, digo, todo lo que nosotros vemos: veía el misterio de la Trinidad, veía todos los sagrados misterios contenidos en el Evangelio. (...) También nosotros los vemos porque creemos en Cristo que es la verdadera luz.
San Jerónimo (347-420)
sacerdote, traductor de la Biblia, doctor de la Iglesia
Homilías sobre el evangelio de Marcos, nº 8, 235
RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 8,22-26
Evangelio según San Marcos 8,22-26
Cuando llegaron a Betsaida, le trajeron a un ciego y le rogaban que lo tocara.
El tomó al ciego de la mano y lo condujo a las afueras del pueblo. Después de ponerle saliva en los ojos e imponerle las manos, Jesús le preguntó: "¿Ves algo?".
El ciego, que comenzaba a ver, le respondió: "Veo hombres, como si fueran árboles que caminan".
Jesús le puso nuevamente las manos sobre los ojos, y el hombre recuperó la vista. Así quedó curado y veía todo con claridad.
Jesús lo mandó a su casa, diciéndole: "Ni siquiera entres en el pueblo".

RESONAR DE LA PALABRA
Queridos hermanos:
¿No os parecen preciosos los encuentros con Jesús que se nos narran en la Palabra? Creo que son joyas para nuestro camino de creyentes.
Encuentro con Jesús. Sin esa realidad no hay fe, no hay seguimiento, no hay vida cristiana.
Encuentros. Cuando el Señor se cruza en nuestra vida… De eso nos habla la Palabra, ¿verdad?
Tu y yo somos ese “uno” que traen hasta el Maestro. Qué bueno poder poner nombre a aquellos que me acercaron a Él. Hoy repasamos con gratitud esos rostros concretos, con nombre y apellido. Y componemos un himno de alabanza por tanto „acercador“ anónimo y sencillo que existe a nuestro alrededor, en nuestras comunidades…
A ti y a mi el Señor nos tocó. Y no todo se dio de golpe. Hubo etapas en ese proceso nuestro de clarificación. Desde la oscuridad de la ceguera, pasando -quizá- por la mediocridad de los tonos en gris, hasta la viveza de claridad cuando la luz de fe es estallido multicolor que baña toda la realidad y todas las cosas del diario vivir...
Proceso de clarificación que es también un progresivo crecimiento en el conocimiento. Sí, porque los encuentros son siempre fuente que mana, regalo de gracia, que anima a seguir, que abre más el apetito…
Esas manos que se han ido posando sobre nuestros ojos… Y resulta que van quedando atrás el no entender nada, el hacerse todo cuesta arriba…
Qué alegría, qué gozo… cuando empezamos a distinguir: que no todo vale, que lo primero es el don, que se trata de corresponder, que a generosidad nunca le daremos alcance…
Necesitamos más encuentros con El. Para seguir distinguiendo, para que llegue un día en que desde la fe lo veamos todo con claridad.
Maestro, vuelve a poner tus manos sobre nuestros ojos. También hoy. Amén.
Nuestro hermano.
P. Juan Carlos, cmf
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