jueves, 9 de julio de 2020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 10,7-15


Evangelio según San Mateo 10,7-15
Jesús dijo a sus apóstoles:
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente."
No lleven encima oro ni plata, ni monedas,
ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento.
Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir.
Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella.
Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes.
Y si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de sus pies.
Les aseguro que, en el día del Juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas menos rigurosamente que esa ciudad.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

Se ha acusado muchas veces al Antiguo Testamento de proyectar la imagen de un Dios castigador, resentido, colérico, rencoroso. Un personaje más cercano a los dioses grecorromanos, abrasados de bajas pasiones, que al Padre bueno a quien Jesús rezaba. Los pasajes que avalarían este juicio son numerosísimos, aunque su interpretación dista de ser tan sencilla como parece, y quizá haya que pensar que todos esos textos hablan más de la torpeza de los hombres que de la naturaleza de Dios. En todo caso, cuando flota en el ambiente la idea generaliza de «un Dios vengador de sus maldades», fragmentos como el del profeta Oseas, que escuchamos hoy en la primera lectura, brillan como el oro entre el lodo. Oseas pone en boca de Yhwh algunas de las expresiones más hermosas de toda la Escritura: «cuando Israel era joven, lo amé», «yo lo enseñé a andar, lo alzaba en brazos», «yo lo curaba», «con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía», «me inclinaba y lo daba de comer», «se me conmueven las entrañas», y esa frase lapidaria con que cierra su cavilación, de una vez para siempre, «que soy Dios, y no hombre; santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta».

El tiempo del Antiguo Testamento no es ya el nuestro y, sin embargo, de cuántas maneras sutiles terminamos relacionándonos con Dios como enemigo a la puerta y no como santo en medio de nosotros... En ocasiones, nos volvemos airados contra Él porque creemos que permite impasible nuestras desdichas. Otras veces, nos escondemos de su mirada por temer que censure nuestras vergüenzas. Tampoco es difícil descubrirse a uno mismo lamiéndose las heridas en una soledad quejosa, con la puerta cerrada a la verdadera compasión divina. Cuando no maldiciendo los muchos sacrificios que hemos hecho para agradar a un Dios que no nos corresponde a nuestro antojo. Al vivir así, instalados en cualquiera de estas posturas, señalamos a Dios como a un adversario siempre al acecho que se alegra en nuestra desgracia. Y le cerramos del todo la entrada a nuestro hogar. Aunque Él venga con su Paz, le despedimos con nuestra guerra, haciendo al mediador culpable de la ruptura. Dios, no obstante, permanece. Dentro o fuera, compartiendo nuestra mesa o esperando en el umbral: santo en medio de todos, aunque solo los pobres lo sepan descubrir.

Fraternalmente:
Adrián de Prado Postigo cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 8 de julio de 2020

COMPRENDIENDO LA PALABRA 080720


«A estos doce los envió Jesús en misión»

La misión divina confiada por Jesús a los apóstoles durará hasta el fin del mundo (Mt 28,20) puesto que el Evangelio que ellos deben propagar es en todo tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia. Por esto los apóstoles se cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada. En efecto, no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio (Hch 6,2-6; 11,30), sino que, a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, dejaron a modo de testamento a sus colaboradores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra comenzada con ellos, encomendándoles que atendieran a toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo los había puesto «para apacentar la Iglesia de Dios» (Hch 20,28). Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio.

Entre los varios ministerios que desde los primeros tiempos se vienen ejerciendo en la Iglesia, según el testimonio de la tradición, ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que, ordenados obispos por una sucesión que se remonta a los mismos orígenes, conservan la semilla apostólica. Así, como atestigua san Ireneo, por medio de aquellos que fueron instituidos por los apóstoles obispos y sucesores suyos hasta nosotros, se manifiesta y se conserva la tradición apostólica en todo el mundo.

Los obispos, pues, recibieron el ministerio de la comunidad con sus colaboradores, los sacerdotes y diáconos, presidiendo en nombre de Dios la grey, de la cual son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno. Y así como permanece el oficio que Dios concedió personalmente a Pedro, príncipe de los apóstoles, para que fuera transmitido a sus sucesores, así también perdura el oficio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ejercer de forma permanente el orden sagrado de los obispos.


Concilio Vaticano II
Constitución dogmática sobre la Iglesia «Lumen Gentium», 20

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 10,1-7


Evangelio según San Mateo 10,1-7
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;
Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo;
Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: "No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos.
"Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

En el corazón de la relación de Dios con su pueblo, que las lecturas de esta semana nos están invitando a contemplar, hay una elección vivificante: Dios nos elige para salvarnos. A veces dicha elección nos sitúa en primera línea de combate, al frente de nuestra familia, de nuestra comunidad; otras, nos deja en un plano más discreto, en el que ir caminando poco a poco con el Señor adonde Él quiera conducirnos. Pero siempre nos llama Dios, estemos donde estemos, para recrear el vínculo de amor que nos une a Él y que nos salva.

Las lecturas de la liturgia de este día dibujan para nosotros dos paisajes distintos con un horizonte común. El evangelio de Mateo relata sucintamente la elección de los Doce, esa mirada singular de Jesús sobre algunos de sus amigos que los convirtió en partícipes de su vida y misión, también en lo referente al pastoreo del pueblo de Dios (en el mejor sentido de esta expresión). Se trata de un momento primaveral y expansivo en la historia del discipulado. La profecía de Oseas, por su parte, describe un panorama muy distinto, mucho más decadente y oscuro. «Israel era una viña frondosa y daba fruto», pero ahora «cardos y abrojos crecen sobre sus altares». ¿Qué hacer cuando el seguimiento del Señor se vuelve amargo, por nuestra propia caída o por las caídas ajenas? ¿Acaso entonces decae la elección de Dios sobre nosotros?

En absoluto. Su llamada nunca se retira, aunque a veces para vivirla haya que retirarse un poco. Esto es precisamente lo que, con una gran belleza y mayor paciencia, Yhwh pide a su pueblo cuando entiende que tiene el corazón dividido y arrasado: «Sembrad justicia y cosecharéis misericordia. Roturad un campo, que es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y llueva sobre vosotros la justicia». A veces, por su gracia, el Señor nos elige para ser, en un momento dado, pregoneros y abanderados de su Reino, como los Doce. Sin embargo, son muchas más las ocasiones en que nos llama sencillamente para sembrar y aguardar, para trabajar y orar, para estar pacientemente a la escucha de su Palabra y a la espera de su misericordia. Sea cual sea hoy nuestro discipulado y nuestra misión, busquemos el rostro amoroso del Señor: que su elección sobre nosotros no sea nunca en vano.

Fraternalmente:
Adrián de Prado Postigo cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 7 de julio de 2020

COMPRENDIENDO LA PALABRA 070720


«Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies»

Un día en el que pensaba qué podía hacer yo para salvar almas, una frase del Evangelio me dio una viva luz. En otro tiempo Jesús dijo a sus discípulos enseñándoles los campos de trigo ya maduro: «Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega». (Jn 4,35), y un poco más adelante: «En verdad, la mies es abundante pero el número de trabajadores es pequeño; pedid pues al señor de la mies que le mande trabajadores». ¡Qué misterio! ¿Acaso Jesús no es todopoderoso? ¿Las criaturas no son de quien las ha hecho? Entonces ¿por qué Jesús dice: «pedid, pues, al señor de la mies que le mande trabajadores»? ¿Por qué? 

¡Ah! Es que Jesús nos tiene un amor tan incomprensible que quiere que tomemos parte con Él en la salvación de las almas. No quiere hacer nada sin nosotros. El creador del universo espera la oración de una pobre y pequeñita alma para salvar a las demás almas rescatadas, como ella, al precio de toda su sangre. Nuestra vocación no es ir a segar en los campos de trigo maduro. Jesús no nos dice: «Bajad los ojos, mirad los campos e id a segarlos». Nuestra misión [como carmelitas] es todavía más sublime. Estas son las palabras de nuestro Jesús: «¡Levantad los ojos y mirad. Mirad cómo en mi cielo hay lugares vacíos, os toca a vosotras el llenarlos; vosotras sois mis Moisés orando sobre el monte (Ex 17,8s). Pedirme obreros y yo os los enviaré, no espero otra cosa que una plegaria, un suspiro de vuestro corazón!»


Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)
carmelita descalza, doctora de la Iglesia
Carta 135

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 9,32-38


Evangelio según San Mateo 9,32-38
En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado.
El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: "Jamás se vio nada igual en Israel".
Pero los fariseos decían: "El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios".
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

Los seres humanos nos hemos relacionado con Dios de muchos modos a lo largo de la historia. Aún hoy son múltiples las maneras de estar y de vivir con Dios o de espaldas a Él. Muchos de estos caminos espirituales convergen en el fondo del misterio: otros tantos, se pierden en bosques enmarañados; algunos, los más oscuros, conducen hacia muros o acantilados. Pero hay algo que todos estos senderos comparten: quienes los recorremos tenemos siempre el peligro de no terminar de entender hacia quién caminamos y, sobre todo, quién es aquel que viene a nuestro encuentro. Empeñados en acertar a la hora de elegir el camino hacia Dios y recorrerlo, a veces tergiversamos el camino de Dios, a Dios mismo.

Las lecturas de hoy ponen en crisis a quienes tantas veces caminamos con autosuficiencia en la vida del Espíritu, pensando que nuestras manos y nuestros pies pueden sostener por sí mismos dicha vida. En ocasiones, nos convertimos en fabricantes de ídolos, que adoran aquello que pueden controlar, lo cual, en último término, es una forma sutil de adorarse a sí mismo («se nombraron reyes en Israel sin contar conmigo», dice Yhwh). Otras veces, nos erigimos en jueces implacables de la experiencia ajena, manifestando suspicacias o sospechas con respecto al bien que los demás procuran o a la verdad que buscan («este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios», murmuran los fariseos). Con demasiada frecuencia, recelamos de lo que no nos complace, desentendiéndonos de quien nos exige una vida esforzada para llegar a ser plena («aunque les dé multitud de leyes, las consideran como de un extraño», lamenta Dios). Y siempre, en todas estas actitudes que se nos cuelan de rondón, nos perdemos a nosotros mismos al perder a Dios, y terminamos vagando errantes como ovejas que no tienen pastor porque han dejado de mirarlo.

Cuando esto ocurre y para que no ocurra, lo fundamental es no dejar de buscar y de agradecer el camino de Dios hacia nosotros. Ese camino que es Jesús, entrañado de divinidad y de humanidad, capaz de hablarnos, de mirarnos, de tocarnos, de oírnos, de olernos, de andar con nosotros hacia Dios. Él sigue «recorriendo todas las ciudades y aldeas, enseñando en nuestras sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias». Porque al ver a las gentes –al vernos–, se compadece de ellas –de nosotros–.

Fraternalmente:
Adrián de Prado Postigo cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

lunes, 6 de julio de 2020

MANSOS Y HUMILDES


«La verdadera sabiduría también viene del corazón, no es solamente entender ideas: la verdadera sabiduría entra también en el corazón. Y si tú sabes muchas cosas pero tienes el corazón cerrado, tú no eres sabio. Jesús dice que los misterios de su Padre han sido revelados a los «pequeños», a los que se abren con confianza a su Palabra de salvación, abren el corazón a la Palabra de salvación, sienten la necesidad de Él y esperan todo de Él. El corazón abierto y confiado hacia el Señor… Y después, Jesús dice que si vamos a Él encontraremos descanso: el «descanso» que Cristo ofrece a los cansados y oprimidos no es un alivio solamente psicológico o una limosna donada, sino la alegría de los pobres de ser evangelizados y constructores de la nueva humanidad. Es un mensaje para todos nosotros, para todos los hombres de buena voluntad, que Jesús dirige todavía hoy en el mundo, que exalta a quien se hace rico y poderoso, no importa con qué medios, y a veces pisando a la persona humana y su dignidad. Y esto lo vemos todos los días, los pobres pisados. Y es un mensaje para la Iglesia, llamada a vivir las obras de misericordia y a evangelizar a los pobres, a ser mansos, humildes. Así el Señor quiere que sea su Iglesia, es decir nosotros»

Francisco
Ángelus
05-07-2020 


TU FE TE HA SALVADO


“Tu fe te ha salvado”

La fe, es lo que hace que creamos desde el fondo del alma... todas las verdades que la religión nos enseña, es decir, el contenido de la Escritura Santa y todas enseñanzas del Evangelio; en fin, todo lo que nos es propuesto por la Iglesia. El justo verdaderamente vive de esta fe (Rm 1,17), porque reemplaza a la inmensa mayoría de los sentidos de la naturaleza. Transforma tanto todas las cosas que apenas los sentidos pueden servirle al alma; por ellos sólo percibe apariencias engañosas; la fe le muestra las realidades.

El ojo le muestra a un pobre; la fe le muestra a Jesús (cf Mt 25,40). El oído le deja oír insultos y persecuciones; la fe le canta: "Regocíjese y gózate de alegría" (cf Mt 5,12). El tacto nos hace sentir los golpes recibidos; la fe nos dice: "alegraos de haber sido considerados dignos de sufrir algo por el nombre Cristo" (cf Hch. 5,41). El gusto nos hace sentir el incienso; la fe nos dice que el incienso verdadero "son las oraciones de los santos" (Ap 8,4). Los sentidos nos seducen por las bellezas creadas; la fe piensa en la belleza increada y tiene lástima de todas las criaturas que son nada y polvo al lado de aquella belleza. A los sentidos les horroriza el dolor; la fe lo bendice como la corona esponsal que se le une a su Amado, como la marcha con su Esposo, la mano en su mano divina. Los sentidos se rebelan contra el insulto; la fe lo bendice: " bendecid a los que os maldicen " Lc 6,28)...; lo encuentra dulce porque es compartir la suerte de Jesús... Los sentidos son curiosos; la fe no quiere conocer nada: tiene sed de sepultarse y querría pasar toda su vida inmóvil al pie del tabernáculo.


Beato Carlos de Foucauld (1858-1916)
ermitaño y misionero en el Sahara
Retiro en Nazaret 1897

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 9,18-26


Evangelio según San Mateo 9,18-26
Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: "Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá".
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto,
pensando: "Con sólo tocar su manto, quedaré curada".
Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: "Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado". Y desde ese instante la mujer quedó curada.
Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo:
"Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme". Y se reían de él.
Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó.
Y esta noticia se divulgó por aquella región.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

Existe siempre una cierta desproporción entre lo que los demás ven de nosotros y lo que nos mueve más profundamente; entre lo que otros piensan que merecemos y lo que Dios nos concede merecer. En ocasiones, dicha desproporción resulta enorme, prácticamente insalvable. De modo diverso, las lecturas de la liturgia de hoy nos hacen conscientes de este contraste para invitarnos a mirar allí donde Dios mira, allí donde Dios nos mira.

Cuando los hombres más lúcidos de Israel contemplaban a su pueblo, les era muy difícil no reparar en esa infidelidad recurrente que parecía transmitirse como una maldición de generación en generación. Era un pueblo al que se le había brindado una experiencia de Dios más profunda que a ningún otro y, sin embargo, andaba errante, volviendo el rostro a Yhwh, como el adúltero que, teniendo el amor en casa, se derrama sin sentido en otros lechos. El profeta Oseas refleja esta visión en su versión más exacerbada, presentando a Israel como una prostituta que, aun habiendo encontrado marido, vuelve continuamente por sus fueros.

Dios no es ajeno al desprecio de su pueblo pero, contra todo pronóstico, lo mira desde otro lugar. De hecho, es Dios mismo quien insta a Oseas a desposar a la ramera y, cuando ella reincide en sus antiguas costumbres, le hace la promesa que escuchamos hoy en la primera lectura. Porque Él ve a su pueblo como una mujer hermosa con la que aún puede alumbrar una relación plena. Y no se cansa: Dios promete llevarla al desierto una y mil veces para declararle allí su pasión, para casarse con ella «en derecho y justicia, en misericordia y compasión, en fidelidad». Nosotros vemos la ruina de un pueblo empecatado; Dios ve el amor siempre posible.

Algo similar ocurre en el fragmento del evangelio de Mateo que hoy se nos ofrece. Donde muchos ven la muerte de la niña y la impureza de la hemorroísa, Jesús ve la vida y la esperanza que engendra la fe. Dice Mateo que los que estaban allí «se reían de él». Los ciegos se mofaban del único que sabía mirar. ¡Qué cruel es a veces esa distancia entre los juicios humanos y la compasión divina! ¡Y cuánto bien nos hace hablar a Dios con humildad cuando la vida nos desborda o cuando el mal nos acecha! Entonces, solo entonces, con Su mirada se nos caen los velos y, en el desierto, «nos penetramos del Señor». 

Fraternalmente:
Adrián de Prado Postigo cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

domingo, 5 de julio de 2020

PENSAMIENTOS


COMPRENDIENDO LA PALABRA 050720


Convertirse en huella del Reino de Dios

Está escrito: “¿Dónde estará el lugar de mi reposo? Hacia quien vuelvo la mirada es hacia el pobre, de espíritu acongojado, que se estremece ante mis palabras” (cf. Is 66,1-2). Está claro que el Reino de Dios Padre pertenece a los humildes y pacientes. Está escrito: “Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia” (Mt 5,5). (…)

La tierra, es el estado y potencia firmes e inmutables, suscitados por la belleza y por la rectitud de los que son pacientes. Ella está siempre con el Señor, lleva una alegría continua, ha conquistado el Reino preparado desde el origen y fue hecha digna del lugar y orden del cielo. Tal es una tierra que situada en medio del universo es razón de virtud. El hombre paciente que está en medio, entre la alabanza y la difamación, permanece impasible: ni vanidoso por la alabanza ni triste por la difamación. Después de haber rechazado el deseo de las cosas de las que ha sido liberada naturalmente, la razón no siente los ataques cuando la molestan: descansa de sus agitaciones y ha transportado la potencia del alma al puerto de la libertad divina, liberada de inquietudes. Es la libertad que el Señor deseaba trasmitir a sus discípulos. Dijo: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11,28-29). Llama “alivio” a la potencia del Reino divino. Esta potencia suscita, en los que son dignos, una majestad libre de todo servilismo.

Si, al estado puro, la potencia indestructible del Reino es dada a los humildes y pacientes, ¿quién tendría tan poco amor y deseo de los bienes divinos, como para no tender al máximo hacia la humildad y paciencia y así convertirse en huella del Reino de Dios, en cuanto es posible al hombre? Entonces, por gracia, lleva en sí lo que le da una forma espiritual semejante a la de Cristo, quien es naturalmente por esencia el gran Rey.


San Máximo el Confesor (c. 580-662)
monje y teólogo
Filocalia, “Interpretación del Padre Nuestro” (Philocalie des Pères neptiques; DDB-Lattès), trad. sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 11,25-30


Evangelio según San Mateo 11,25-30
Jesús dijo:
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar."
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana."


RESONAR DE LA PALABRA

A LA BÚSQUEDA DE LOS CANSADOS Y AGOBIADOS

Se puede decir: «Dime cómo es tu Dios -tu experiencia de Dios-, y te diré cómo es tu comportamiento con los hombres». Si el rostro de Dios que has encontrado es el de un ser exigente, controlador, al margen de tu vida cotidiana, un Dios lleno de normas y obligaciones, un Dios que me pone condiciones y espera mis esfuerzos y sacrificios para hacerme caso... O si es un Dios que siempre me perdona aunque caiga una y otra vez en lo mismo, que se alegra con mis alegrías y me quiere libre y es fuente de mis alegrías y de mi paz, que me ha elegido para transformar el dolor y el mal del mundo, etc... mi conducta humana estará amasada con todos estos rasgos, y mi trato con los demás también.

Pues bien: El rostro de Dios que ha experimentado, del que vive y habla Jesucristo es alguien cercano, a quien, en cualquier momento del día, y en cualquier lugar, en medio de las cosas cotidianas, le dirige espontánea y sencillamente lo que siente y lleva en el corazón. Y este modo de sentir y vivir a Dios, le lleva a descubrirse y actuar como una persona pendiente de «los cansados y agobiados». 

Esa experiencia de libertad interior y de gozo le lleva a buscar, y convocar («venid») a quienes no la tienen para revelársela, para ayudarles a descubrirla. Su Padre se conmueve ante los perdidos y abandonados de la sociedad y de las estructuras religiosas, ante los que no tienen esperanza, ante quienes se ven sobrecargados de preceptos, normas, condiciones, ritos minuciosos, prohibiciones, condenas... incluso «en el nombre de Dios»... Por eso mismo Jesús se siente llamado a ofrecer «otra cosa». Hoy parece como si se le hubiera «escapado» delante de todos, una plegaria fresca, gozosa, agradecida. Y en ella se descubre el rostro de un Dios misericordia, consuelo, descanso, liberación...

Jesús es un profeta sobre todo «acogedor», y que ha formado un grupo de discípulos acogedores, para que salgan a buscar, como él, a quienes se sienten señalados, juzgados, rechazados, marginados, olvidados... Y los acojan con gestos, palabras, actitudes y hechos... A su lado, tienen que sentirse incondicionalmente queridos y aceptados. Por eso hoy la Iglesia -cada bautizado-, tiene que ser capaz de proclamar con mucha fuerza y claridad a los hombres de hoy y de todos los tiempos: «Venid a mí... ven a mí tú que...»



 Ven a mí, tú que estás agobiado con tantas normas y prohibiciones e imposiciones religiosas, con tantas cosas que hay que cumplir para estar en regla. Tú necesitas que te alivien, que te quiten tantos fardos de encima. Sólo una «norma», una carga: la del amor.

 Ven a mí, tú que estás cansado de que quienes tienen el poder saquen tajada, y redacten las leyes que les beneficien, dejando tantas veces desprotegidos a los más débiles, a los más pequeños. Ven, que te voy a enseñar la felicidad que brota de servir y cuidar a los otros, ven que te voy a mostrar quiénes son los favoritos de mi Padre del cielo, y lo que está dispuesto a hacer por ellos, por ti, por vosotros.

 Ven a mí tú que tanto intentas ser mejor, que te esfuerzas en corregir tus fallos y errores sin conseguirlo o con pocos resultados, y te acabas desanimando y cansando de luchar... Ven, que te quiero enseñar a apoyarte en mi Padre, a mirarle más a Él que a ti mismo. Él es la Fuerza de nuestra fuerza.

 Ven a mí tú que te siente agobiado por tu futuro, por tus problemas, porque no te llega el dinero, porque te falta un trabajo digno, por tu salud... Ven, verás que te enseño a vivir todo eso con más paz, porque mi Padre quiere que te preocupes por otras cosas, y dejes éstas en sus manos. Él quiere que mires al cielo, que le mires a Él y descubras que ninguna de esas cosas te puede ni te debe hundir. ¡Yo las he vencido para ti!

 Ven, tú que estás cansado de hacer todos los días lo mismo, que te ves envuelto en la rutina y el aburrimiento, que te faltan ilusiones para vivir, que piensas que ya «no hay nada nuevo bajo el sol», que no encuentras un sentido a tu vivir: Ven, toma mi yugo ligero, sujétate a mí con fuerza, y vamos a recorrer nuevas sendas; ya verás que aún hay mucho que hacer, que siempre hay algo más, algo nuevo que puedes hacer, alguien a quien amar... hasta el día en que descanses definitivamente en los brazos de mi Padre.

 Ven tú que estás «cargado» de convencionalismos sociales, esclavo de las modas, esclavo de tu aspecto físico, esclavo de tu historia personal, esclavo de tus limitaciones y defectos, esclavo del «qué dirán»... Acércate a mí, que te voy a ayudar a liberarte de todo eso, para que seas tú mismo, para que seas como mi Padre ha soñado que seas. Sólo tiene que asumir la carga que yo te dé, una carga ligera, porque la llevaremos juntos; una carga agradable, porque se trata de que te ocupes de tus hermanos, que hagas tuyos sus pesos y sufrimientos, que los alivies, que compartas lo que ellos quieran darte... en la medida de tus fuerzas.

 Ven tú que estás triste porque entre los que se llaman discípulos míos hay «carrerismos», luchas de poder, amiguismos, oscuras alianzas con los poderosos, lejanía de mis ovejas, zancadillas, chismes... Ven tú, porque en mi Iglesia también se encuentran muchos que viven confiando, amando, sirviendo calladamente, humildemente, con sencillez. Ellos serán tu apoyo, como lo soy yo para que la cizaña no ahogue tu trigo.

No ha prometido el Señor que se van a «esfumar» las dificultades o que vamos a tener éxito. No. Ha dicho: «Yo os aliviaré... y encontraréis descanso para vuestras almas...». 

Por eso su Iglesia (cada discípulo, también tú yo) sigue llamando incansablemente: Ven... Ven... Ven... tu sitio está aquí, junto con todos nosotros... Acudamos nosotros a él continuamente para que nos alivie y descanse... y abramos también puertas, corazones, espacios, instituciones... para que tantos más «vengan».

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

sábado, 4 de julio de 2020

COMPRENDIENDO LA PALABRA 040720


La Eucaristía: el don que da Cristo/Esposo a la Iglesia/Esposa

En la Eucaristía se expresa de modo sacramental el acto redentor de Cristo Esposo en relación con la Iglesia Esposa. El Concilio Vaticano II ha renovado en la Iglesia la conciencia de la universalidad del sacerdocio. En la Nueva Alianza hay un solo sacrificio y un solo sacerdote: Cristo. De este único sacerdocio participan todos los bautizados, ya sean hombres o mujeres, en cuanto deben “ofrecerse a sí mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios” (cf. Rom 12, 1), dar en todo lugar testimonio de Cristo y dar razón de su esperanza en la vida eterna (1P 3,15)… Todos los miembros de la iglesia… participan no solamente de la misión sacerdotal, sino también en la misión profética y real de Cristo Mesías.

Esta participación determina, además, la unión orgánica de la Iglesia, como Pueblo de Dios, con Cristo. Con ella se expresa a la vez el “gran misterio” de la Carta a los Efesios (5,32): la Esposa unida a su Esposo; unida, porque vive su vida; unida, porque participa de su triple misión… Unida de tal manera que responda con un “don sincero” de sí al inefable don del amor del Esposo, Redentor del mundo. Esto concierne a todos en la Iglesia, tanto a las mujeres como a los hombres, y concierne obviamente también a aquellos que participan del “sacerdocio ministerial”, que tiene el carácter de servicio. En el ámbito del “gran misterio” de Cristo y de la Iglesia todos están llamados a responder —como una esposa— con el don de la vida al don inefable del amor de Cristo, el cual, como Redentor del mundo, es el único Esposo de la Iglesia.


San Juan Pablo II (1920-2005)
papa
Carta apostólica “Mulieris dignatatem”, §26-27 (trad. © Libreria Editrice Vaticana)

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 9,14-17


Evangelio según San Mateo 9,14-17
Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?".
Jesús les respondió: "¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.
Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!".


RESONAR DE LA PALABRA

“¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?” Llevamos escuchando estas palabras de Jesús desde hace siglos y no termino de entender bien por qué damos por supuesto que nosotros sí podemos guardar luto porque el novio no está con nosotros. Y no termino de entender porque durante tanto tiempo, pasados y presentes, y para tantos y tantas, la vida cristiana (estar invitados a la boda) es algo triste y oscuro, algo que se parece mucho más a un velatorio, a un funeral prolongado, que a una vida, que es la fiesta de la vida, de la alegría. 

No creo estar diciendo nada fuera de lugar. Demasiadas veces me encuentro con gente que, cuando habla de seguir a Jesús, de ser cristiano, subraya casi exclusivamente los aspectos más negativos de todo. Para ellos ser cristiano es vivir de acuerdo con un estricto código moral con muchas normas y todas obligatorias bajo pena de pecado. Ser cristiano es la obligación –siempre la obligación– de ir a misa los domingos. Parece que ser cristiano es como vivir en una cuaresma permanente en la que hay que meditar continuamente en el pecado que cometemos, en lo malos que somos, en lo mucho que sufrió Jesús por nuestros pecados, que parece que son tantos que nunca fue suficiente su sufrimiento para salvarnos y necesitamos seguir dándonos golpes en la espalda. Hasta ahora, envueltos en la pandemia provocada por el covid-19, algunos habrán aprovechado la oportunidad para pensar que es un castigo de Dios o que es la consecuencia de maltratar la naturaleza, que también nos castiga. 

Y digo yo que el novio está con nosotros. Que la resurrección significa esa presencia gozosa de Jesús en medio de nosotros. Y con él, está presente el amor de Dios, y su misericordia, y su abrazo de paz, y el regalo de su esperanza. Lo más importante de la misa –mejor llamarla “eucaristía” (acción de gracias)– no es que sea obligatoria y que si no voy todos los domingos cometo pecado sino que es mi oportunidad para encontrarme con mis hermanos de comunidad, de compartir la fe, de escuchar la Palabra y compartir el Pan, de cantar y agradecer. Porque la eucaristía no es un funeral ni algo triste y aburrido sino una celebración, una fiesta (otra cosa es que los sacerdotes y los fieles estén muchas aconchabados para convertirla en uno de los momentos más aburridos del día). Y que lo del código de normas morales es lo menos importante porque lo más importante para los seguidores de Jesús es amar. Es verdad que amar lleva consigo algunas veces sufrir pero sólo algunas veces porque amar siempre es gozar y disfrutar y vivir en plenitud. 

Estamos en los tiempos nuevos. Para seguir con la imagen del Evangelio, se llevaron al novio pero ya nos lo devolvieron. Y estamos alegres y vivimos llenos de esperanza y nos amamos unos a otros como él nos amó. Lo propio de la vida cristiana es la Pascua, no la Cuaresma. Y la Semana Santa puede estar llena de celebraciones oscuras y dolorosas por lo que se recuerda. Es verdad. Pero no hay que olvidar que sabemos como termina –como terminó de hecho en la historia–: con la resurrección de Jesús. 

Conclusión: vamos a celebrar cada día que Dios nos regale de vida “porque el novio está con nosotros”. Y para siempre.

Fernando Torres cmf

fuente del comentario  CIUDAD REDONDA

viernes, 3 de julio de 2020

COMPRENDIENDO LA PALABRA 030720


¡Santa duda del discípulo Tomás!

Tomás dijo a los discípulos: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré” (Jn 20,25). Tomás significa “abismo”, porque por su duda adquirió un conocimiento más profundo y se volvió más firme en su fe. (…) No fue por azar sino por una disposición divina que Tomás estaba ausente y no quiso creer en lo que había escuchado. ¡Admirable designio! ¡Santa duda del discípulo! 

“Si no veo la marca de los clavos en sus manos”, exclamó Tomás. Quería ver re-edificada la tienda de David que había caído y de la cual Amós había dicho: “Aquel día, yo levantaré la choza derruida de David, repararé sus brechas, restauraré sus ruinas, y la reconstruiré como en los tiempos pasados” (Am 9,11). David designa la divinidad. La tienda, el cuerpo mismo de Cristo, caído, anonadado en la muerte y pasión, en el que estuvo la divinidad, como en una tienda. Las brechas de los muros designan las heridas de las manos, de los pies y del costado. Son heridas que el Señor repara en su Resurrección. De ellas Tomás dijo: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.

El Señor comprensivo no quiso dejar en la duda a su discípulo sincero, que se volvería un vaso de elección. Con un gesto de bondad eliminó de su espíritu el humo de la duda, como quitó a Pablo la ceguera de la infidelidad. Dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,27-28).


San Antonio de Padua (1195-1231)
franciscano, doctor de la Iglesia
Domingo de la octava de Pascua (“Une Parole évangélique”, Franciscaines, 1995), trad. sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 20,24-29


Evangelio según San Juan 20,24-29
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". El les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré".
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe".
Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!".


RESONAR DE LA PALABRA

Celebramos la fiesta de santo Tomás. Fue uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús. Según la tradición terminó llevando la buena nueva de Jesús hasta la lejana India. En el Evangelio figura como el hombre de la poca fe, que no se fía de lo que le dicen los demás apóstoles. Él tiene que ver y tocar para creer. 

¿Han pensado ustedes que la mayoría de los 12 apóstoles permanecen casi en el anonimato? Se sabe poquísimo de ellos. Casi se podría decir que son personajes secundarios en los relatos de los Evangelios. Como los actores secundarios de las películas que apenas sirven para hacer bulto en las escenas y que no tienen más que una frase o dos en dos horas de película. Y a veces no son siquiera frases o actuaciones que nos hablen de lo buenos que eran o de las cualidades que tenían sino más bien lo contrario. 

Pero están ahí. Y su presencia nos dice algo. Lo primero de todo, me recuerda que Jesús no elige a los mejores sino a los que quiere. Me recuerda aquello de Pablo de que “llevamos nuestro tesoro en vasijas de barro” (2 Co 4,7). Lo importante es el mensaje no el mensajero. No conviene que el mensajero se ponga en el centro sino que anuncie el mensaje. ¿Quién mejor para anunciar el mensaje sino personas normales, con sus defectos y limitaciones, tan necesitadas como cualquier otra persona de la misericordia y compasión de Dios? Eso son los apóstoles: personas normales, gente sencilla y pobre, sin demasiados estudios. Pero experimentaron en Jesús la presencia del Dios de Amor, de la Vida, y de eso dieron testimonio. 

En segundo lugar, los apóstoles nos recuerdan que todo en la vida necesita tiempo. No fue un proceso automático el convertirse en testigos. Necesitaron mucho tiempo con Jesús para entender un poco quién era. Algunos de ellos, como es el caso de Tomás, incluso después de la resurrección seguían con sus dudas, sin ver claro. Nosotros también necesitamos tiempo. No podemos pretender ser santos al primero golpe. A lo largo de nuestra vida vamos a meter la pata, a veces gravemente, varias o muchas veces. Eso no es ni bueno ni malo. ¡Somos así de limitados! Lo importante es mantener abierto el diálogo con Jesús y estar dispuestos a aprender de él, a dejar que nos llene con su misericordia, con su amor, con su perdón. Lo importante no es ser santo desde el mismo momento de nuestro nacimiento o de nuestro bautismo o de nuestra confirmación. Lo importante es entrar en un proceso en el que vamos dejando que Jesús nos lleve de la mano, con nuestras dudas, con nuestras limitaciones, hasta el encuentro con el Padre, que es todo Amor y Misericordia. Lo importante es dar testimonio de que ese amor puede llegar a todos, que no es exclusivo de nadie. 

Y, en tercer lugar, se dice en la Iglesia que los obispos son sucesores de los apóstoles. Pues bien, hay que tener mucha paciencia y comprensión y tolerancia con ellos. Como los apóstoles, ellos son gente normal, con sus dudas, con sus limitaciones, con su pecado. Como los apóstoles, necesitan tiempo, están en el proceso. Caminan con nosotros. Pero eso no significa que ellos conozcan el camino mejor que nosotros. Sólo significa que el Señor les ha encomendado esa tarea. Hay que orar por ellos, tenerles mucha paciencia y comprensión y, de vez en cuando, decirles lo que pensamos sin miedo, que eso también les ayudará a ellos a ser mejores apóstoles. Como hizo Jesús con Tomás.

Fernando Torres cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

jueves, 2 de julio de 2020

PENSAMIENTOS


COMPRENDIENDO LA PALABRA 020720


“¡Animo, hijo, tus pecados están perdonados!”

La profesión de fe de los judíos consiste en que sólo Dios puede perdonar los pecados. Pero Jesús, ya antes de perdonar los pecados, ha revelado los secretos de los corazones, mostrando con ello que también él poseía este poder reservado a Dios... Porque está escrito: “Sólo Tú, Señor, conoces los secretos de los humanos” y “el hombre ve las apariencias, Dios ve el corazón” (2Cr 6,30; 1S 16,7)... Jesús revela, pues, su divinidad y su igualdad con el Padre dando a conocer a los escribas lo que hay en el fondo de sus corazones, haciendo públicos los pensamientos que ellos mismos no osaban declarar abiertamente por temor a la muchedumbre. E hizo esto con gran dulzura...

El paralítico hubiera podido manifestar a Cristo su decepción diciéndole: “¡Está bien! Tú has venido para aliviar otra enfermedad y curar otro mal, el pecado. Pero ¿qué prueba tendré yo que me asegure que mis pecados están perdonados?”. Pero no dice nada de eso, sino que se confía a aquel que tiene el poder de curar...

Cristo dijo a los escribas: “¿Qué es más fácil decir: “tus pecados están perdonados” o decir “levántate y anda?» O dicho de otra manera: ¿Qué os parece más fácil: demostrar su poder sobre un cuerpo inerte, o perdonar a un alma sus faltas? Evidentemente que curar a un cuerpo, porque el perdón de los pecados sobrepasa la curación en tanto que el alma es superior al cuerpo. Pero, de la misma manera que una de estas obras es visible y la otra no, yo voy a realizar la obra visible y más pequeña, a fin de dar prueba de la que es más grande e invisible. En este mismo instante Jesús, a través de sus obras, da testimonio de que él es “el que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).



San Juan Crisóstomo (c. 345-407)
presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
Homilía sobre el evangelio de Mateo, nº 29, 2; PG 57, 359

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 9,1-8


Evangelio según San Mateo 9,1-8
Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad.
Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados".
Algunos escribas pensaron: "Este hombre blasfema".
Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: "¿Por qué piensan mal?
¿Qué es más fácil decir: 'Tus pecados te son perdonados', o 'Levántate y camina'?
Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".
El se levantó y se fue a su casa.
Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.


RESONAR DE LA PALABRA

Somos gente pacífica, ya tenemos nuestras costumbres e ideas bien arraigadas y lo de los profetas no nos parece una buena idea. Como mucho, los aceptamos si hacen lo que a nosotros nos parece correcto y propio de un profeta. No queremos profetas de esos que dicen y hacen cosas con las que pretenden que cambiemos nuestra forma de pensar y entender lo que está bien y está mal. 

Las dos lecturas de este día son un ejemplo claro de esto. En la primera, el profeta dice cosas que no le gustan al rey. No tenemos que imaginar que el profeta tuvo una especial iluminación para decir lo que dijo. Posiblemente, le bastó con aplicar el sentido común: dada la forma de gobierno de Jeroboam, aquello no podía terminar de otra manera. Pasó que al rey no le gustó oír lo que el profeta dijo. Lo de que no le gustase se entiende. Lo que no se entiende es la solución que puso en práctica el rey: en lugar de cambiar su forma de gobierno y poner remedio así al desastre, expulsó al profeta y le mandó lejos, donde no pudiera oír su mensaje. 

En el Evangelio pasa algo parecido con Jesús. La gente que rodea a Jesús sabe bien lo que quiere. Quieren curaciones que les faciliten la vida. Y basta. Eso de que venga Jesús diciendo que perdona los pecados, les transtorna su forma de pensar. En su esquema mental eso solo lo puede hacer Dios. Y no quieren cambio ninguno sobre ese tema. Eso que no se lo toquen. Pero un milagrero que cure sus cojeras, cegueras y enfermedades varias, eso les viene bien. Eso están dispuestos a aceptarlo. Pero nada más. 

Termina el evangelio diciendo que la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad. No sabemos si se refiere a la potestad de hacer andar al paralítico o a la de perdonar los pecados. La realidad es que a Jesús lo terminaron matando. Como a lo largo de la historia hemos matado a tantos profetas. Matando o desterrando o alejando. Cualquier cosa antes que escuchar lo que no nos gusta oír, lo que nos cambia nuestros prejuicios, lo que es de sentido común. 

Porque de sentido común era que Jeroboam no podía seguir gobernando de aquella manera. Y de sentido común es que Dios perdona los pecados y acoge y reconcilia. Porque el que es Amor no puede hacer otra cosa que amar. Por mucho que a nosotros nos guste que entre sus funciones, entre las funciones de Dios, estén las de condenar y castigar. Jesús, el gran profeta, el hijo del Hombre, el enviado de Dios no puede hacer otra cosa que perdonar, acoger, amar, reconciliar, sanar. 

Muchas veces queremos que Dios sea como nosotros creemos que es, como nosotros lo imaginamos en vez de abrirnos a la imagen de Dios que se nos muestra en Jesús. Y, por eso, terminamos matando a Jesús. Y, por eso, terminamos, también hoy en día, matando a los profetas.

Fernando Torres cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

miércoles, 1 de julio de 2020

PENSAMIENTOS


COMPRENDIENDO LA PALABRA 010720


"Dos poseídos salieron del cementerio a su encuentro"

"Con él estaré en la tribulación, dice el Señor... lo defenderé, lo glorificaré (Sal. 90,15); mis delicias están con los hijos de los hombres" (Pr 8,31). Le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros (Mt 1,23)... Descendió para ser acogido por aquellos corazones desamparados, para estar con nosotros en nuestra tribulación. Pero vendrá un día en que "seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, para estar con el Señor para siempre " (1Ts 4,17), no obstante si nos esforzamos en tenerle siempre con nosotros como compañero de camino, él nos dará a cambio la patria. Mejor: entonces él mismo será nuestra patria, con tal que ahora sea nuestro camino.

Pues es bueno para mí, Señor, estar atribulado, con tal que tú estés allí conmigo; esto me vale más que reinar sin ti, que regocijarme sin ti, estar sin ti en la gloria. Es mejor para mí estrecharme junto a ti en el desamparo, tenerte conmigo en el crisol, que estar sin ti, hasta en el mismo cielo. En efecto, "¿qué deseo en el cielo y qué deseo sobre la tierra si no a tí?" (Sal. 72,25) "El oro se prueba en el horno, y a las personas justas en la tribulación" (Si 2,5). Tú estás en medio de los que se reúnen en tu nombre, como en otro tiempo con los tres jóvenes en el horno de Babilonia (Dn 3,92)... ¿Por qué pues tememos?... "¿Si Dios está con nosotros, quién estará contra nosotros?" (Rm 8,31) Si Dios nos libera de las manos de nuestros enemigos, quién podrá apartarnos de sus manos?



San Bernardo (1091-1153)
monje cisterciense y doctor de la Iglesia
Sermón 17 sobre el salmo 90, § 4; PL 183, 252

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 8,28-34


Evangelio según San Mateo 8,28-34
Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino.
Y comenzaron a gritar: "¿Que quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?"
A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo.
Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara".
El les dijo: "Vayan". Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.
Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados.
Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

RESONAR DE LA PALABRA

Conviene que nos detengamos por un momento en la primera lectura. No es difícil de comprender como otras lecturas de los profetas. Va directo al centro de la cuestión: “Buscad el bien y no el mal, y viviréis.” Aquí podríamos terminar el comentario porque de golpe hemos entrado en lo más importante de nuestra relación con Dios, con nosotros mismos, con los que nos rodean y hasta con este planeta. “Buscar el bien y no el mal” es la clave para caminar por la vida. Dios no espera de nosotros ni necesita que cantemos a cuatro veces un aleluya permanente. Las nubes de incienso de nuestras celebraciones no llegan al cielo. Se quedan bastante más abajo. Lo que sí llega al cielo es cuando me esfuerzo por hacer el bien y renuncio a hacer el mal, cuando ayudo al hermano o hermana en lugar de quitarle lo poco que tiene, cuando cuido este mundo porque es la casa común que Dios nos ha regalado a todos,, cuando abro las puertas de mi casa y de mi corazón para escuchar y acoger de verdad al que viene cansado y agobiado. Todo eso es hacer el bien. No es tan difícil saber cuando hacemos el bien y cuando no. 

La primera lectura se cierra con una frase que también conviene que guardemos en el corazón. “Retirad de mi presencia el estruendo del canto, no quiero escuchar el son de la cítara; fluya como agua el juicio, la justicia como arroyo perenne.” Conclusión: ser justos y obrar la justicia es la mejor forma de alabar a Dios. Mejor que la cítara y los cantos y los inciensos y los golpes de pecho. 

Claro que a veces obrar la justicia, ayudar al hermano me/nos trae malas consecuencias y dificultades para nuestra vida. ¡Qué le vamos a hacer! No iba a ser tan fácil seguir el camino de Jesús. El Evangelio es un ejemplo claro. Jesús cura al endemoniando. Era un hombre que sufría y eso, para Jesús es suficiente para actuar. Pero al pueblo no le gustó lo que había hecho Jesús. Entre el endemoniado y la piara, no tuvieron muchas dudas: preferían la piara. Ya estaban acostumbrados al sufrimiento de aquel hombre. Lo podían soportar. Pero perder la piara... eso ya era demasiado. Así que rogaron a Jesús que se fuese del país, que dejase de molestar, que estaban tranquilos como estaban antes con su endemoniado y su piara de cerdos. 

A veces nos pasa a nosotros algo parecido. Antes que asumir las incomodidades de hacer el bien preferimos la comodidad de seguir como estábamos. Con nuestros endemoniados pero también con nuestra piara. Pero ese no es el camino de Jesús.

Fernando Torres cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

martes, 30 de junio de 2020

SEÑOR EN TI CONFÍO


¡Señor en ti confío!

No desagrada para nada a Dios que, a veces, se queje suavemente con él. No tema decirle: “¿Por qué te quedas lejos, Señor? (Sal 9,22). Tú sabes que sólo aspiro a tu amor. Por caridad, socórreme, no me abandones”.

Si la desolación se prolonga y su angustia es extrema, una su voz a la de Jesús, Jesús muriendo en la cruz. Dígale, implorando la piedad divina: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Pero aproveche esa prueba. Primero para abajarse más, repitiéndose que no merecemos consuelo cuando hemos ofendido a Dios. Después, para avivar más su confianza, recordando que ya sea lo que haga o permita, Dios sólo tiene en vista su bien y “dispone de todas las cosas para el bien” de su alma (cf. Rom 8,28). Cuanto más la turbación y la falta de coraje lo asalten, más se debe armar de valor y gritar: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 26,1). Sí, Señor, eres tú que me ilumina, eres tú que me salvarás, en ti confío, “Yo me refugio en ti, Señor, ¡que nunca me vea defraudado!” (Sal 30,2).

Establézcase así en la paz, con la certeza que “nadie que confió en el Señor quedó confundido” (Eclo 2,10), no se ha perdido nadie que haya puesto su confianza en Dios.


San Alfonso María de Ligorio (1696-1787)
obispo y doctor de la Iglesia
Conversando con Dios (“Manière de converser avec Dieu”, éd. Le Laurier, 1988), trad. sc©evangelizo.org