domingo, 10 de marzo de 2024

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 3,14-21


Evangelio según San Juan 3,14-21
Dijo Jesús:

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,

para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.

En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.


RESONAR DE LA PALABRA


Tanto amó Dios al mundo.

Queridos amigos, paz y bien.

Llegamos al cuarto domingo de Cuaresma. Parece que fue ayer Miércoles de Ceniza, y ya estamos en la cuarta semana. Es el domingo “Laetare”, en el que las antífonas del Misal Romano nos invitan a la alegría. “Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos.” La oración colecta y la oración sobre las ofrendas también hacen referencia a la alegría. (“Haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales.” “Señor, al ofrecerte alegres los dones de la eterna salvación, te rogamos nos ayudes a celebrarlos con fe verdadera y a saber ofrecértelos de modo adecuado por la salvación del mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.”) Que no se nos olvide la alegría.

Vayamos con las lecturas. El Libro de las Crónicas intenta explicar por qué Israel, el pueblo elegido fue desterrado, el templo de Jerusalén destruido y la esperanza, perdida. A pesar de los avisos, de las advertencias lanzadas a lo largo de muuuuchos años, por medio de distintos profetas, el pueblo no fue fiel. Se burló de los profetas, los maltrató y se apartó de los caminos de Dios. Con plena conciencia. Ese pueblo se dejó llevar por las costumbres de los gentiles. Qué curioso, se podría decir que como hoy, en nuestros días. Es más fácil hacer caso a lo que dicen en las redes sociales que a lo que dicen en las iglesias. Y hacer lo que hacen todos, vivir como viven todos, es más cómodo que destacar en la masa. Se ve que la tentación viene de antiguo. Los Mandamientos, que meditábamos la semana pasada, nos dan la pauta. No es fácil, pero es posible cumplirlos.

Al alejarse de Dios, al querer vivir a su manera, los israelitas se convirtieron en esclavos de sus propios ídolos. El deseo de ser libres sin Dios los llevó a ser cautivos de sus impulsos. Esa es la mala noticia. La buena, que Dios nunca los abandonó. A pesar de su dura cerviz, de la sequedad de su corazón. Se aproxima el regreso a la Tierra Prometida. El rey Ciro encarga a los supervivientes la reconstrucción del templo, para que el pueblo tenga de nuevo su lugar de culto. No hay situación, por complicada que sea que el Señor no pueda resolver. Todo lo puede. Incluso acabar con odios antiguos y romper con las cadenas del pecado que atan a sus hijos. Basta con confiar y seguir sus mandatos. Responder al amor de Dios con fe.

De lo que supone vivir lejos de Dios y lo que Él ha hecho por nosotros habla la Carta a los Efesios. El pasaje que hemos oído hoy nos recuerda cómo estamos salvados, por pura gracia y no por nuestros méritos. Sin la fe y sin la ayuda de Dios, estaríamos muertos. Aunque viviéramos muy bien. Pero resulta que ya no hay que hacer nada para conseguir la vida eterna. Cristo, muriendo en la cruz, lo hizo todo ya. Parece que la pregunta que hizo el joven rico, en su momento: “¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”, está ya contestada. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que Él nos asignó para que las practicásemos (Ef 2, 10). Démonos prisa en hacer el bien. Responder al amor recibido con amor.

El Evangelio nos trae un fragmento del diálogo entre Jesús y Nicodemo. Los temas centrales son la fe y las obras para conseguir la salvación. Cuando Moisés levantaba la serpiente de bronce en el desierto, era necesario mirarla para ser curado. Ahora, cuando miramos a Cristo en la cruz, es preciso creer en Él, para tener vida y tenerla en abundancia (Jn 10,10). Desde lo alto de la cruz, Jesús nos dice que la persona que ha logrado vivir en plenitud es la que se ha hecho esclava por amor. Amor hasta dar la vida por los hermanos. En el caso de Jesús, literalmente.

Se nos habla del juicio, que tendrá lugar no sólo al final de los tiempos, sino que tiene lugar ya hoy. La luz ya ha venido al mundo, y de cada uno de nosotros depende aceptarla o no. Porque Dios nos ha amado mucho. Hay decisiones que nos acercan a lo que Dios quiere, y otras que llevan a la muerte eterna.

En todo caso, Jesús se ha hecho presente para ser fuente de salvación, reflejo del amor de Dios. Nos extiende su mano, para ser la luz que nos rescata de las tinieblas. Hay libertad para aceptar o no esa luz. Pero si se acepta, hay que actuar conforme a la verdad y a lo que Dios nos inspira. ¿De qué manera? Creyendo. Creyendo en la Luz. En este mundo predominan las sombras. Pero, a pesar de todas las injusticias, a pesar de que los que parecen triunfar son los “malos”, creer que vivimos en un mundo amigo. Aunque muchas veces nos parezca que Dios está muy lejos, que estamos “dejados de la mano de Dios”, aunque estemos pasando un purgatorio, reconocer que Dios, por medio de Cristo, ha preparado todo para que podamos salvarnos. Creer que, a pesar de todo, podemos dormir tranquilos.

Si resulta que vivo en un mundo amigo, si Dios está de mi lado, debo plantearme mi papel en este mundo. En lo que queda de Cuaresma, por ejemplo, me puedo plantear si contribuyo a aumentar la luz del mundo, o hago que las tinieblas se espesen. Puedo también revisar cuánta luz y cuántas sombras hay en mi vida, en mi familia, en mi comunidad, en las organizaciones en las que participo… Como seguidor de Cristo, tengo que ser una luz que ilumine a los que están en tinieblas, sin conocer a la Luz.

No siempre será fácil. En muchos lugares, ser luz implica la posibilidad de perder el prestigio social (defender la vida frente al aborto o la eutanasia, o la fidelidad en el matrimonio entre hombre y mujer, v.gr.), perder el trabajo o, incluso, la vida. Nos lo recuerdan los mártires que cada año mueren, sin ir más lejos, al participar en las celebraciones de Pascua o Navidad en algunos países de Asia o de África. Pero para ellos es mejor morir por Cristo que alejarse de su luz. Que sepamos siempre estar cerca de la Luz. Que no la apartemos de nuestra vida. Que seamos reflejo de esa luz para muchos otros. Aunque nos cueste. Está en juego nuestra vida eterna.

Nuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

viernes, 8 de marzo de 2024

TERCER SERMON DE CUARESMA 2024


Continuamos nuestra reflexión sobre los grandes “Yo Soy” de Cristo en el Evangelio de Juan. Esta vez Jesús no se presenta ante nosotros con símbolos de realidades físicas inanimadas -el pan, la luz-, sino con un carácter humano, el del pastor: “¡Yo – dice – soy el buen pastor!”. Escuchemos la parte del discurso en la que está contenida la autoproclamación de Cristo:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. (Jn 10, 11-15)

La imagen de Cristo “buen pastor” ocupa un lugar privilegiado en el arte y las inscripciones paleocristianas. El buen pastor se presenta, según la forma clásica, en el esplendor de la juventud. Lleva la oveja sobre sus hombros y la retiene firmemente por las patas. La imagen joánica del buen pastor se fusiona ahora para siempre con la sinóptica del pastor que va en busca de la oveja descarriada (Lc 15, 4-7)

El contexto del pasaje sobre el buen pastor es el mismo que el de los dos capítulos anteriores, es decir, la discusión con “los judíos” que tiene lugar en Jerusalén, con motivo de la fiesta de los Tabernáculos. Pero en Juan sabemos que el contexto importa relativamente, porque, a diferencia de los sinópticos, él no se preocupa por darnos un relato histórico y coherente de la vida de Jesús (que parece dar por conocido), sino un conjunto de “signos” y enseñanzas del Maestro. Éstos, sin embargo, nunca aparecen fuera del tiempo y del espacio, como ocurre en los libros de teología, sino que también están situados en lugares y tiempos precisos (a veces más precisos que en los sinópticos) que les confieren un valor “histórico” en lo más profundo sentido del término.

* * *

Tenemos que decirlo: la imagen del buen pastor y las imágenes relacionadas de ovejas y rebaño no están realmente de moda hoy en día. ¿No tiene Jesús miedo de herir nuestra sensibilidad y ofender nuestra dignidad de hombres libres al llamarnos sus ovejas? El hombre de hoy rechaza con desdén el titulo de oveja y la idea de rebaño. Sin embargo, no se da cuenta de cómo vive en realidad la situación que condena en teoría. Uno de los fenómenos más evidentes de nuestra sociedad es la masificación. La prensa, la televisión, Internet, se llaman “medios de comunicación de masas”, mass media, no sólo porque informan a las masas, sino también porque las forman.

Sin darnos cuenta, nos dejamos guiar supinamente por todo tipo de manipulación y persuasión oculta. Otros crean modelos de bienestar y comportamiento, ideales y metas de progreso, y la gente los adopta. Los seguimos, temerosos de perder el ritmo, condicionados y plagiados por la publicidad. Comemos lo que nos dicen, nos vestimos como dicta la moda, hablamos como oímos hablar. Nos divertimos cuando vemos una película avanzando a un ritmo acelerado, con personas moviéndose a tirones, rápidamente, como marionetas; pero es la imagen que tendríamos de nosotros mismos si nos miráramos con ojos menos superficiales.

Para entender en qué sentido Jesús se proclama buen pastor y nos llama ovejas suyas, debemos remontarnos a la historia bíblica. Israel fue, en el principio, un pueblo de pastores nómadas. Los beduinos del desierto nos dan hoy una idea de cómo era entonces la vida de las tribus de Israel. En esta sociedad, la relación entre pastor y rebaño no es sólo económica, basada en el interés. Se desarrolla una relación casi personal entre el pastor y el rebaño. Días y días pasados juntos en lugares solitarios, sin un alma viva alrededor. El pastor acaba sabiendo todo sobre cada oveja; las ovejas reconocen la voz del pastor que muchas veces les habla en voz alta, como si fueran personas. Esto explica por qué, para expresar su relación con la humanidad, Dios utilizó esta imagen, que ahora se ha vuelto ambigua. “Tú, pastor de Israel”, escucha, tú que guías a José como a un rebaño”, dice un salmo (Sal 80, 2).

Con el paso de la situación de tribus nómadas a la de pueblo sedentario, el título de pastor se da, por extensión, también a quienes actúan en nombre de Dios en la tierra: reyes, sacerdotes, líderes en general. Pero en este caso el símbolo se divide: ya no evoca sólo imágenes de protección y seguridad, sino también de explotación y opresión. Junto a la imagen del buen pastor, aparece la del mal pastor.

En el profeta Ezequiel encontramos una terrible acusación contra los malos pastores que se alimentan sólo a sí mismos; se alimentan de leche, se visten de lana, pero no se preocupan en lo más mínimo por las ovejas, a las que tratan “con crueldad y violencia” (cf. Ez 34, 1 ss.). A esta acusación contra los malos pastores le sigue una promesa: Dios mismo algún día cuidará amorosamente de su rebaño: “Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia” (Ez 34,16).

Jesús, en el Evangelio, retoma este esquema del buen y del mal pastor, pero con una novedad: “¡Yo – dice – soy el buen pastor!”. La promesa de Dios se ha hecho realidad, superando todas las expectativas.

* * *

Llegados a este punto, debemos recordar la intención que nos hemos marcado con estas meditaciones: una intención personal, más que “pastoral”, hacer que el Evangelio penetre en nuestras vidas, para luego poder anunciarlo al mundo con más credibilidad.

El discurso de Jesús tiene dos actores: el pastor y el rebaño, es decir, en singular cada oveja. ¿Con cuál de los dos nos identificaremos? San Agustín, en el aniversario de su ordenación episcopal, dijo al pueblo: “¡Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano!”: “Vobis sum episcopus, vobiscum sum christianus”. Y en otra ocasión: “Para con vosotros somos como pastores, pero para con el Príncipe de los Pastores somos ovejas como vosotros” . Olvidemos, por tanto, nuestro papel – ustedes como pastores y yo como predicador – y sintamos por una vez única y exclusivamente ovejas del rebaño. Recordemos la pregunta de Jesús en el diálogo de Cesarea: “Para vosotros, ¿quién soy yo?”. Como si dijera: “Olvidaos por un momento de quién yo soy para la gente y concentraos en vosotros mismos”.

El gran psicólogo Carlo Gustavo Jung define al psiquiatra: “Un sanador herido”, “A wounded healer”. El significado de su teoría es que uno debe conocer las propias heridas psicológicas para sanar las de los demás y que conocer las heridas de los demás ayuda a sanar las propias. La intuición del psicoanalista se aplica también a las heridas espirituales. El pastor de la Iglesia es también un “sanador herido”, un enfermo que debe ayudar a otros a sanar.

Intentemos ver cuál es la principal enfermedad de la que necesitamos curarnos, para curar a los demás. ¿Qué es lo que, desde un extremo de la Biblia, se inculca a las ovejas respecto a Dios Pastor? ¡Es de no tener miedo! Las palabras se agolpan en la memoria, en este punto, empezando por las de Jesús: “No temas, pequeño rebaño” (Lc 12, 32). “Porque tenéis miedo, hombres de poca fe”, dijo a los apóstoles. , después de haber calmado la tormenta” (Mt 8,26). Recordemos también algunas palabras familiares de los salmos, no como meras citas bíblicas, sino haciéndolas nuestras ahora que las escuchamos:

El Señor es mi pastor, nada me falta…
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. (Sal 23,1.4)

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? (Sal 27,1).

Así que hablemos de este “mal oscuro” que es el miedo que tiene tanto poder para robar a hombres y mujeres la alegría de vivir. El miedo es nuestra condición existencial; nos acompaña desde la niñez hasta la muerte. El niño tiene miedo de muchas cosas; los llamamos terrores infantiles; el adolescente tiene a veces miedo del sexo opuesto y se enreda en timidez y complejos de inferioridad. Jesús dio un nombre a nuestros principales miedos como adultos: miedo al mañana –”¿qué comeremos?- (Mt 6, 31)”)), miedo al mundo y a los poderosos, -”a los que matan el cuerpo” ( Mt 10, 28), y sobre cada uno de estos temores pronunció el suyo propio: ¡Nolite timere! No tengas miedo! Esta no es una palabra vacía e impotente; es una palabra eficaz, casi sacramental. Como todas las palabras de Jesús, obra lo que significa; no es como el simple: “¡Ánimo!” que los seres humanos nos decimos unos a otros.

* * *

Pero ¿qué es el miedo? Dejemos de lado la angustia existencial de la que los filósofos vienen discutiendo desde hace un siglo y medio. Hablemos de miedos comunes y familiares. Podemos decir que el miedo es la reacción ante una amenaza a nuestro ser, la respuesta a un peligro real o presunto: desde el mayor peligro de todos que es el de la muerte, hasta peligros particulares que amenazan ya sea la tranquilidad o la seguridad física, o nuestra mundo emocional. El miedo es una manifestación de nuestro instinto básico de auto-conservación. Según se trate de peligros objetivos y reales, o imaginarios, hablamos de miedos justificados e injustificados, o incluso de neurosis: claustrofobia, agorafobia, miedo a enfermedades imaginarias, etc.

La psicología y el psicoanálisis intentan curar los miedos y las neurosis analizándolos y llevándolos del inconsciente al consciente. El Evangelio no distrae de estos medios humanos, pero añade algo que ninguna ciencia puede dar. San Pablo escribe:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Quizás la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rom 8, 35.37).

¡La liberación aquí no está en una idea o una técnica, sino en una persona! El “solvente” de todo temor es Cristo que dijo a sus discípulos: “No temáis, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Desde el ámbito personal, el Apóstol amplía luego su mirada hacia el gran escenario del espacio y del tiempo, desde los pequeños temores individuales pasa a los grandes y universales. El escribe:

Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rom 8, 38-39).

“¡Ni muerte, ni vida!”. Cristo ha vencido lo que más nos asusta en el mundo: la muerte. La Carta a los Hebreos dice de él que murió “para reducir a la impotencia por la muerte a quien tiene el poder de la muerte, es decir, el diablo, y así liberar a los que, por miedo a la muerte, estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida”. ” (Heb 2, 14-15).

“Ni altura ni profundidad”, es decir: ni lo infinitamente grande que es el universo con sus proporciones en constante expansión, ni lo infinitamente pequeño -el átomo- cuyo terrible poder hemos descubierto, bajo nuestro peligro y responsabilidad. Hoy estamos más expuestos que nunca a este tipo de miedos cósmicos. El hombre moderno siente agudamente su vulnerabilidad en un mundo violento y loco. ¿Qué será del futuro de nuestro planeta si, a pesar de los gritos de alarma del Papa y de las personas más responsables de la sociedad, seguimos, con toda rienda, consumiendo y contaminando?

Al final de sus reflexiones filosóficas sobre el peligro de la tecnología para el hombre moderno, Martin Heidegger, casi tirando la toalla, exclamó: “¡Sólo un dios puede salvarnos!” . “Un dios” (¡letra minúscula!) es la forma mítica habitual de hablar de algo que está por encima de nosotros. Eliminamos el artículo indefinido y decimos “¡sólo Dios” (¡y sabemos cuál Dios!) puede salvarnos!”

No se trata de transferir nuestras responsabilidades a Dios, sino de creer que, al final, “todo obra para el bien de quien ama a Dios” [¡y de quien Dios ama!] (cf. Rm 8,28). Cuando se trata de Dios, la medida es la eternidad. Puedes sentirte decepcionado en el tiempo, pero no por la eternidad. Los cristianos tenemos una razón mucho más fuerte que el salmista para repetir, ante los trastornos físicos y morales del mundo:

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. (Sal 46, 2-3).

* * *

¡Pero todavía no hemos tomado en consideración lo más consolador que el Evangelio tiene para decirnos sobre nuestros miedos y ansiedades! Después de haber exhortado de mil maneras a sus discípulos a no temer, él hizo algo más. Nunca se había dicho en la Biblia que el buen pastor da su vida por sus ovejas. Que él las conoce, las guía, las cuida, las defiende: eso sí; pero no que dé su vida por ellas. ¡Jesús prometió hacerlo y lo hizo!

Él tomó sobre sí nuestros miedos. El autor de la Carta a los Hebreos dice: ” Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte.” (Heb 5, 7). El autor alude a lo que le sucedió a Jesús la noche de Getsemaní. El evangelista Marcos dice que en el Huerto de los Olivos Jesús “empezó a sentir espanto y angustia” y dijo a sus Apóstoles: “Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad” (Mc 14, 33-34). Jesús se siente solo, aislado de la sociedad humana; pide a los apóstoles que permanezcan cerca de él. La propia Carta a los Hebreos resalta el mensaje consolador que contiene para nosotros esta misteriosa página del Evangelio:

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno. (He 4,15-16).

Al asumirlos, Jesús también redimió nuestros miedos y ansiedades. “Por sus llagas fuimos curados”, dice de él la Escritura (Is 53,5-6; 1 P 2, 24). Jesús es el verdadero “sanador herido”, del que hablaba el psicólogo, el herido que cura las heridas. Hizo de los miedos y de la angustia oportunidades de crecimiento en la humanidad y en la compasión para los demás.

Pero ni siquiera esto agota lo que el Evangelio tiene que decirnos sobre nuestros miedos. Si todo terminara aquí, nuestro consuelo sería aún incompleto. Tendríamos ante nuestros ojos un ejemplo heroico y conmovedor a seguir, pero no una mano que nos sostenga. Pero he aquí el segundo gran anuncio del Evangelio: el sanador traspasado resucitó de entre los muertos y dijo: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). No sólo nos dio el ejemplo de cómo superar la angustia; nos dio los medios para superarlo: su presencia y su gracia. A Pablo, entristecido por su “aguijón en la carne”, el Resucitado responde: “¡Te basta mi gracia!” (2 Cor 12,9).

Los mártires han hecho de esto (¡y todavía lo hacen!) una experiencia tangible. En las Actas de los mártires cartagineses, asesinados bajo el emperador Septimio Severo en los primeros años del siglo III (¡entre las más confiables históricamente de todas las Actas de los mártires!), leemos que una de ellas, llamada Felicita, estaba embarazada al octavo mes y en los dolores del parto, en la cárcel, gemía de los dolores. Uno de los guardianes le dijo: “Si te quejas ahora, ¿qué harás cuando te arrojen a las fieras en la arena?” Y ella respondió: “¡Ahora soy yo la que sufre, luego otro sufrirá por mí!”

Tenemos un ejemplo más cerca de nosotros. En prisión y en vísperas de ser ahorcado, tras el fallido golpe de estado contra Hitler, el pastor Dietrich Bonhoeffer escribió estos versos que se utilizan a menudo como himno litúrgico:

De fuerzas amigas maravillosamente protegidos
esperamos confiados lo que pueda venir.
Dios está con nosotros por la tarde y de mañana
y con toda certeza en cada nuevo día .

* * *

Nos hemos obligado a no hablar, en estas meditaciones, de lo que debemos hacer por los demás, sino sólo de lo que Jesús es y hace por nosotros: identificarnos con las ovejas, no con el pastor. Pero en esta ocasión debemos hacer una pequeña excepción. A pesar de todas las exhortaciones del Evangelio, no siempre está en nuestras manos liberarnos del miedo y de la angustia. Sin embardo, está en nuestra mano liberar a alguien más (o ayudarlo a liberarse) de ellos.

Pascal escribió en su Memorial: “Jesús está en agonía hasta el fin del mundo y no debemos dormir durante este tiempo”. Continúa agonizando porque, en la dimensión de la eternidad en la que ha entrado, ya no hay un pasado, sino que todo está misteriosamente presente, incluso su noche en Getsemaní. Pero también agoniza de otra manera menos misteriosa. Es así en su cuerpo místico: en aquellos que están oprimidos por la angustia y el miedo por la soledad, la enfermedad, la persecución, el exilio, la guerra. Ahora somos los ojos, la boca y las manos de Cristo. Tratemos de consolar a algunos de ellos y escucharemos a Jesús que nos repite en el corazón: “¡ Conmigo lo hiciste!” (Mt 25, 40). También nosotros, pastores o simples creyentes, debemos ser sanadores heridos, pobres enfermos que curen a otros.

Termino con una anécdota que creo muchos conocen, pero que nos ayuda a grabar en nosotros la imagen de Jesús que nos lleva sobre sus hombros en los momentos difíciles de nuestra vida. Se trata de un hombre que ve toda su vida en un sueño. Doy un breve resumen de la historia:

Camino sobre la arena junto al mar, dejando tras de mí no uno sino dos pares de huellas. Entiendo que el segundo par son las huellas de Jesús quien camina a mi lado y soy feliz. Pero luego, en cierto momento, ese segundo par desaparece y sólo se pueden ver las huellas de dos pies en la arena. Entiendo que esto sucede precisamente en correspondencia con los momentos más oscuros y difíciles de mi vida. Me quejo con él y digo: “¡Señor, me dejaste solo, justo cuando más te necesitaba!” “Hijo – me responde Jesús – ese único par de huellas eran mías. ¡Tú estabas sobre mis hombros!

Fray Cantalamessa

1.Augustin, Sermo 340, 1 (PL 38,1483).
2.Id. Espos. sui Salmi, 126, 3.
3.Martin Heidegger, Antwort. Martin Heidegger im Gespräch, Gesamtausgabe, vol. 16, Frankfurt 1975.
4.Von guten Mächten wunderbar geborgen /erwarten wir getrost, was kommen mag.
Gott ist mit uns am Abend und am Morgen / und ganz gewiss an jedem neue

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (Mc 12,30)

Yo, Señor, sé con certeza que te amo, no tengo dudas de ello.

Heriste mi corazón con tu verbo y te amé…

Pero ¿qué es lo que amo cuando te amo?

No es la hermosura corpórea, ni el encanto transitorio,

ni el resplandor de luz agradable a mis ojos de acá abajo,

no las suaves melodías de cantos de variados modos,

no la delicada fragancia de las flores, perfumes o aromas,

no la dulzura del maná o de la miel,

ni el deleite del cuerpo con abrazos de la carne.

Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios.

Sin embargo, amo cierta luz, cierta armonía,

cierta fragancia, cierto manjar y cierto deleite,

cuando amo a mi Dios.

Él es luz, melodía, fragancia, alimento y deleite

del hombre interior en mi.

En él resplandece como una luz que el espacio no atrapa,

y percibe un sonido que el tiempo no arrebata,

siente una fragancia que el viento no dispersa,

y saborea un manjar que al comer no se consume,

En él se cierra un abrazo que la plenitud no abre.

Esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.



San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Las Confesiones, X,6 (Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d'Orval, 1973), trad. sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 12,28b-34


Evangelio según San Marcos 12,28b-34
Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».

Jesús respondió: "El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor;

y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas.

El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos".

El escriba le dijo: "Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él,

y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios".

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: "Tú no estás lejos del Reino de Dios". Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.


RESONAR DE LA PALABRA

Ayer hablábamos de liberarnos de los prejuicios y hoy llegamos a centrarnos en lo fundamental. Es la pregunta que le hace el escriba a Jesús. Porque en el mundo judío había muchos mandamientos, muchas normas y muchas reglas. Había que tener cuidado para cumplirlas todas en detalle. Pero el mismo escriba entendía que tantas reglas y normas no podían tener todas el mismo nivel. Por eso, le pregunta a Jesús qué es lo más importante, cuál es el mandamiento central y primero.

Jesús le contesta pero va un poco más allá. Porque no se queda sólo en el primero sino que añade el segundo. Y en la respuesta del escriba hay una muy buena nota o añadido que nos ayuda a relativizar cosas que a veces creemos que también son importantes.

Jesús deja claro que el mandamiento más importante es amar a Dios. Él es el centro de todo, el origen de nuestro ser. Todo lo que somos lo hemos recibido de gracia. La vida, el cuerpo, las personas, la fraternidad… todo ha sido fruto del amor creador de Dios. Y la respuesta lógica por nuestra parte es amarle con todo el alma, con toda la mente, con todo lo que somos. Pero Jesús añade un segundo. Prácticamente lo pone al mismo nivel: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Nosotros podemos añadir algo a estas palabras de Jesús. Es una pregunta: ¿Cómo podemos decir que amamos a Dios si no amamos al prójimo. Y si no lo amamos de una forma concreta y práctica. En realidad, el amor al hermano, al prójimo, es la prueba y condición de que nuestro amor a Dios es real y no apenas un discurso vacío, una palabra sin sentido n significado. Así que los dos mandamientos están más juntos de lo que parece.

Para terminar atención al añadido que hace el escriba que tiene su importancia. Porque nos recuerda que estos dos mandamientos valen más que todos los holocaustos y sacrificios. Importante tener esto en cuenta en esta Cuaresma. No es un mensaje nuevo. Se ha repetido muchas veces en las lecturas. Conviene tenerlo presente porque a veces nos resulta más fácil hacer sacrificios, rezos y holocaustos que amar de verdad al prójimo necesitado.

Fernando Torres, cmf

 fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

«Yo soy la luz del mundo» Segundo sermón de Cuaresma

Segundo sermón de Cuaresma, 1 de marzo de 2024
«Yo soy la luz del mundo»
Cardenal Raniero Cantalamessa, Ofm. Cap.

En estos sermones de Cuaresma nos hemos propuesto meditar sobre los solemnes “Yo Soy” (Ego eimi) pronunciados por Jesús en el Evangelio de Juan. Sin embargo, surge una pregunta al respecto: ¿Fueron realmente pronunciados por Jesús, o se deben a la reflexión posterior del evangelista, como muchas partes del Cuarto Evangelio? La respuesta que hoy darían prácticamente todos los exégetas a esta pregunta es la segunda. Estoy convencido, sin embargo, de que estas afirmaciones son “de Jesús” y trato de explicar por qué.


Hay una verdad histórica y una verdad que podemos llamar real u ontológica. Tomemos uno de esos “Yo Soy” de Jesús, por ejemplo el que dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Si a través de algún nuevo descubrimiento improbable se supiera que la frase fue, de hecho e históricamente, pronunciada por el Jesús histórico, esto no es lo que la haría “verdadera”. De hecho, siempre se puede pensar que quien lo pronuncia se engaña a sí mismo. (¡Muchos han creído que eran la luz del mundo, antes y después de él!). Lo que hace la afirmación “verdadera” es el hecho de que – en realidad y por encima de cualquier contingencia histórica – él es el camino, la verdad y la vida.

En este sentido más profundo y más importante, todas y cada una de las afirmaciones que Jesús hace en el Evangelio de Juan son “verdaderas”, incluso aquella en la que dice: “Antes que Abraham existiera, yo soy” (Jn 8,58). La definición clásica de verdad es “correspondencia entre la cosa y la idea que uno tiene de ella” (adaequatio rei et intellectus); la verdad revelada es una correspondencia entre la realidad y la palabra inspirada que la proclama. Las grandes palabras que meditaremos son, por tanto, de Jesús: no del Jesús de la historia, sino de Jesús que – como prometió a los discípulos (Jn 16,12-15) – nos habla con la autoridad del Resucitado, a través de su Espíritu.

De la sinagoga de Cafarnaún en Galilea, pasamos hoy al templo de Jerusalén, en Judea, donde Jesús acudió con motivo de la Fiesta de los Tabernáculos. Aquí tiene lugar el debate con “los judíos”, en el que se inserta la autoproclamación de Jesús que, en esta meditación, queremos recoger:

Yo soy la luz del mundo;
el que me sigue no camina en tinieblas,
sino que tendrá la luz de la vida. (Jn 8,12).

Esta palabra es tan cargada y tan hermosa que los cristianos la eligieron inmediatamente como una de las designaciones favoritas de Cristo. En muchas basílicas antiguas, como en las catedrales de Cefalú y Monreale en Sicilia, en el mosaico del ábside se representa a Jesús como el Pantocrátor, o Señor del universo. Sostiene un libro abierto frente a él y muestra la página donde están escritas esas mismas palabras, en griego y latín: “Egô eimi to phôs tou cosmou – Ego sum lux mundi”.

Para nosotros hoy, Jesús “luz del mundo” se ha convertido en una verdad creída y proclamada, pero hubo un tiempo en el que no era sólo esto; era más bien una experiencia vivida, como nos pasa a veces, cuando, después de un apagón, vuelve de repente la luz, o cuando, por la mañana, al abrir la ventana, te inunda la luz del día. La Primera Carta de Pedro lo define como un paso “de las tinieblas a la luz admirable” (1 P 2, 9; Col 1, 12 ss.). Al recordar el momento de su conversión y bautismo, Tertuliano lo describe con la imagen del niño que emerge del oscuro vientre de su madre y se asusta ante el contacto con el aire y la luz. “Saliendo – escribe – del seno común de la misma ignorancia, temblamos a la luz de la verdad”: ad lucem expavescentes véritatis”[1].

Inmediatamente nos hacemos la pregunta: ¿Qué significa para nosotros, ahora y aquí, esa palabra de Jesús: “Yo soy la luz del mundo”? La expresión “luz del mundo” tiene dos significados fundamentales. El primer significado es que Jesús es la luz del mundo porque él es la revelación suprema y definitiva de Dios a la humanidad. El incipit de la Carta a los Hebreos lo afirma de la manera más clara y solemne:

En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos (Heb 1, 1-2).

La novedad consiste en el hecho único e irrepetible de que el revelador es él mismo la revelación “Yo soy la luz”, no traigo luz al mundo. Los profetas hablaron en tercera persona: “¡Así dice el Señor!”, Jesús habla en primera persona: “¡Yo os digo!”. En 1964 Marshall McLuhan lanzó el famoso eslogan: “El medio es el mensaje”, queriendo decir con ello que el medio por el que se difunde un mensaje condiciona el mensaje mismo. Este dicho se aplica de manera única y trascendente a Cristo. En él el medio de transmisión es verdaderamente el mensaje; ¡El mensajero es él mismo el mensaje!

Éste, decía, es el primer significado de la expresión “luz del mundo”. El segundo significado es que Jesús es la luz del mundo en el sentido de que ilumina al mundo, es decir, revela el mundo a sí mismo; muestra cada cosa en su verdad, tal como es ante Dios. Reflexionemos sobre cada uno de los dos significados, partiendo del primero, es decir, de Jesús como suprema revelación de la verdad de Dios.

Razón y fe
Desde este punto de vista, la luz que es Cristo siempre ha tenido un feroz competidor: la razón humana. Hablamos del asunto no con intención polémica o apologética, es decir, para saber qué responder a los adversarios de la fe (fallaría en mi propósito inicial), sino para confirmarnos en la fe.

Los debates sobre la fe y la razón –sería más exacto decir sobre la razón y la revelación– están afectados, en mi opinión, por una disimetría radical. El creyente comparte la razón con el ateo; el ateo no comparte la fe en la revelación con el creyente. El creyente habla el idioma del interlocutor ateo; este no habla el idioma de su homólogo creyente.

Precisamente por eso, el debate más convincente sobre el tema “fe y razón” es el que se produce dentro de una misma persona, entre su fe y su razón. Tenemos ejemplos famosos de esto en la historia del pensamiento humano, en hombres en los que no se puede dudar de una pasión idéntica por la fe y por la razón: Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Blaise Pascal, Søren Kierkegaard, John Newman, a los que podríamos añadir , con toda razón, Juan Pablo II, Benedicto XVI… La conclusión a la que llegó cada uno de ellos es que el acto supremo de la razón es reconocer que hay algo que la supera. Este es también el acto que más honra a la razón porque indica su capacidad de trascenderse a sí misma. La fe no se opone a la razón, sino que la presupone, exactamente como “la gracia presupone la naturaleza”[2].

Hay también otro malentendido que aclarar respecto del diálogo entre fe y razón. La crítica básica dirigida al creyente es que no puede ser objetivo, ya que su fe le impone, desde el principio, la conclusión a alcanzar y, por tanto, constituye una pre-comprensión y un prejuicio. No se tiene en cuenta que el mismo “prejuicio” actúa, en sentido contrario, también en el científico o filósofo no creyente, y de forma mucho más radical. Si se da por pacífico que Dios no existe, que lo sobrenatural no existe y que los milagros no son posibles, su conclusión sólo puede ser una, y ya dada desde el principio.

He aquí un ejemplo entre muchos. Basándose en su visión de la realidad, ¿podría Freud admitir que el “amor universal” de Francisco de Asís tenía un componente sobrenatural, llamado gracia? Ciertamente no, y de hecho él lo convierte en una “derivación del amor genital”. Francisco de Asís, escribe, “es quien más ha llegado a utilizar el amor en beneficio de su sentimiento interior de felicidad” [3]. Es decir, amaba a Dios, a los hombres, a toda la creación y de manera muy especial a Jesús Crucificado, porque esto le gratificaba, ¡le hacía sentir bien!

El hombre moderno, en lugar de la verdad, pone la búsqueda de la verdad como valor supremo. Lessing escribió: “Si Dios tuviera en su mano derecha toda la verdad y en su mano izquierda sólo la aspiración siempre viva a la verdad, incluso bajo la condición de estar eternamente en el error, y me dijera: ‘¡Elige!’, yo me inclinaría humildemente hacia la izquierda diciendo: ‘¡Esto, Padre! La verdad pura te pertenece sólo a ti.”[4]

La razón de esto es simple. Mientras estamos en la fase de investigación, es él, el hombre, quien dirige el juego, el protagonista, mientras que en presencia de la Verdad reconocida como tal, ya no tiene ninguna posibilidad y debe brindar “la obediencia” de la fe”. La fe plantea lo Absoluto, mientras que la razón quisiera continuar la discusión indefinidamente. Como la bella Sherazade de Las mil y una noches, la razón humana siempre tiene una nueva historia que contar para retrasar su rendición.

Sólo hay dos posibles soluciones a la tensión entre fe y razón: o reducir la fe “dentro de los límites de la razón pura”, como propuso el filósofo Kant, o romper los límites de la razón pura para espaciar en un horizonte ilimitado. Un poco como el Ulises de Dante que, habiendo llegado a las columnas de Hércules, luego considerado entonces el límite de la tierra, decide no detenerse, sino hacer, “de los remos, alas para un loco vuelo”[5].

Debo, sin embargo, ser coherente con la premisa expuesta al principio. La discusión sobre fe y razón, antes de ser un debate entre “nosotros y ellos”, entre creyentes y no creyentes, debe ser un debate “entre nosotros y nosotros”, es decir, entre los propios creyentes. De hecho, el peor tipo de racionalismo no es el externo, sino el interno. San Pablo escribió a los Corintios:

También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1Cor 2,4-5).

Y en otro lugar:
Las armas de nuestro combate no son carnales; es Dios quien les da la capacidad para derribar torreones; deshacemos sofismas y cualquier baluarte que se alce contra el conocimiento de Dios y reducimos los entendimientos a cautiverio para que se sometan a la obediencia de Cristo (2Cor 10, 4-5).

Desafortunadamente, lo que el Apóstol temía ha sucedido muchas veces. La teología, especialmente en Occidente, se ha alejado cada vez más del poder del Espíritu para aprovechar la sabiduría humana. El racionalismo moderno exigía que el cristianismo presentara su mensaje de manera dialéctica, es decir, sometiéndolo completamente a la investigación y a la discusión, para que pudiera encajar en el marco general -también filosóficamente aceptable- de un esfuerzo común y siempre provisional de auto-comprensión del hombre y del universo. Sin embargo, al hacerlo, el anuncio de la salvación sobre Cristo muerto y resucitado quedó subordinado a una instancia diferente y supuestamente superior. Ya no era un kerigma, sino sólo una hipótesis.

El peligro inherente a esta forma de hacer teología es que Dios sea objetivado. Se convierte en un objeto del que hablamos, no en un sujeto con quien (o en cuya presencia) hablamos. Un “él” –o, peor aún, un eso-, nunca un “tú”. Es el contragolpe de haber hecho de la teología una “ciencia”. El primer deber de quien hace ciencia es ser neutral frente al objeto de su investigación; pero ¿se puede ser neutral cuando se trata de Dios? Este fue el motivo principal que me llevó, en cierto momento de mi vida, a abandonar la enseñanza académica de la teología, para dedicarme de tiempo completo a la predicación. La consecuencia de esa manera de hacer teología, de hecho, es que se convierte cada vez más en un diálogo con la élite académica del momento, y cada vez menos en un alimento para la fe del pueblo de Dios.

De esta situación sólo se puede salir acompañando el estudio con la oración, hablando con Dios, no hablando siempre y sólo de Dios. San Agustín alcanzó su teología más duradera, hablando con Dios en las Confesiones. “Si eres teólogo, orarás de verdad y si oras de verdad, serás teólogo”, dijo un antiguo Padre del Desierto [6]. También ayuda la contemplación y la imitación de la Madre de Dios, quien en su vida terrena no tuvo nada que ver con ideas abstractas sobre Dios y su hijo Jesús, más solo con su viviente realidad.

La fe y el mundo
He mencionado anteriormente un segundo significado de la expresión “luz del mundo”, y es a él al que quisiera dedicar la última parte de mi reflexión, también porque es el que nos concierne más de cerca. Se trata, decía, del sentido instrumental, por así decirlo, en el que Jesús es la luz del mundo: es decir, en cuanto ilumina todas las cosas; hace, para con el mundo, lo que el sol hace para con la tierra. El sol no se ilumina a sí mismo, sino que ilumina todas las cosas de la tierra y hace que todo se vea distintamente.

También en este segundo sentido, Jesús y su Evangelio tienen un competidor que es el más peligroso de todos, siendo un competidor interno, un enemigo en casa. La expresión “luz del mundo” cambia completamente de significado dependiendo de si la expresión “del mundo” se toma como genitivo objetivo, o como genitivo subjetivo; dependiendo, es decir, de si el mundo es el objeto iluminado, o más bien el sujeto que ilumina. En este segundo caso, no es el Evangelio, sino el mundo el que nos hace ver todas las cosas con su propia luz. El evangelista Juan exhortaba a sus discípulos con estas palabras:

No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo (1Jn 2, 15-16).

El peligro de conformarse a este mundo –la mundanidad– es el equivalente, en el ámbito religioso y espiritual, de lo que, en el ámbito social, llamamos secularización. Nadie (y menos de todos yo) puede decir que este peligro no se cierne también sobre él o ella. Un dicho atribuido a Jesús en un antiguo escrito no canónico dice: “Si no ayunáis del mundo, no descubriréis el reino de Dios” [7]. He aquí el ayuno más necesario de todos hoy: ¡el ayuno del mundo, nesteuein tô kosmô, según el dicho mencionado!

El mundo del que hablamos y al que no debemos conformarnos no es el mundo creado y amado por Dios, no son los hombres del mundo con quienes, de hecho, debemos encontrarnos siempre, especialmente los pobres, los últimos, los que sufren. “Mezclarse” con este mundo de sufrimiento y marginación es, paradójicamente, la mejor manera de “separarse” del mundo, porque significa ir allí, donde el mundo huye con todas sus fuerzas. Significa separarse del principio mismo que gobierna el mundo, que es el egoísmo.

Antes de las obras, el cambio debe producirse en la forma de pensar. San Pablo exhortaba a los cristianos de Roma con las palabras:

No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,2).

Hay muchas causas en el origen de la mundanidad, pero la principal es la crisis de fe. La fe es el principal campo de batalla entre el cristiano y el mundo. Es por la fe que el cristiano ya no es “del” mundo. Entendido en sentido moral, “mundo” es todo lo que se opone a la fe. “Ésta es la victoria que ha vencido al mundo”, escribe Juan en la Primera Carta, “nuestra fe” (1 Juan 5,4). En la Carta a los Efesios hay, a este respecto, una palabra en la que vale la pena detenerse un poco. Él dice:

También vosotros un tiempo estabais muertos por vuestras culpas y pecados, cuando seguíais el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dio (Eph 2, 1-2).

El exégeta Heinrich Schlier hizo un penetrante análisis de este “espíritu del mundo” considerado por Pablo como antagonista directo del “Espíritu de Dios” (1 Cor 2, 12). La opinión pública juega en ello un papel decisivo. Hoy podemos llamarlo, en sentido literal, “el espíritu que está en el aire”, porque se propaga sobre todo por el aire, a través de medios de comunicación virtuales.

Se determina – escribe Schlier – un espíritu de gran intensidad histórica, del que el individuo difícilmente puede escapar. Nos atenemos al espíritu general, lo consideramos obvio. Actuar o pensar o decir algo en contra se considera un sinsentido o incluso una injusticia o un delito. Entonces ya no nos atrevemos a afrontar las cosas y las situaciones, y sobre todo la vida, de una forma diferente a como ese espíritu nos las presenta… Su característica es interpretar el mundo y la existencia humana a su manera [8].

Esto es lo que llamamos “adaptación al espíritu de los tiempos”. La moraleja del “Così fan tutte” de Mozart. Hoy tenemos una nueva imagen para describir la acción corrosiva del espíritu del mundo, el virus informático. Por lo poco que sé, el virus es un programa de diseño malicioso que penetra en el ordenador por las vías más insospechadas (intercambio de correos electrónicos, páginas web…), y una vez dentro confunde o bloquea el funcionamiento normal, alterando el llamado “sistema operativo”.

El espíritu del mundo actúa de manera similar. Nos penetra por mil canales, como el aire que respiramos, y una vez dentro, cambia nuestros modelos de funcionamiento: sustituye el modelo “Cristo” por el modelo “mundo”. El mundo también tiene su “trinidad”, sus tres dioses o ídolos a los que adorar: el placer, el poder y el dinero. Todos deploramos los desastres que crean en la sociedad, pero ¿estamos seguros de que, a nuestra pequeña escala, somos completamente inmunes a ellos?

Nuestro mayor consuelo, en esta lucha con el mundo que está fuera de nosotros y el que está dentro de nosotros, es saber que Cristo, una vez resucitado, continúa orando al Padre por nosotros con las palabras con las que se despidió de sus Apóstoles:

No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo…. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo… No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos (Jn 17, 15-20).

Y nosotros decimos de todo corazón: ¡Amén!

Cardenal Raniero Cantalamessa OFM Cap.

1.Tertulliano, Apologeticum, 39, 9.
2.Tommaso d’Aquino, S.Th. I, q.2, a.2, ad 1.
3.Sigmund Freud, Il disagio della civiltà, IV.
4.Gotthold Lessing, Eine Duplik, I, in Werke 3, Zürich 1974, p.149.
5.Dante Alighieri, Inferno, XXVI, 125
6.Evagrio Pontico, De oratione, 60 (PG 79, 1180).
7.Cf. Clemente Al., Stromati, 111, 15; A. Resch, Agrapha, 48 (TU, 30, 1906, p. 68).
8.H. Schlier, Demoni e spiriti maligni nel Nuovo Testamento, in Riflessioni sul Nuovo Testamento, Paideia, Brescia 1976, pp. 194 s. (Ed. originale in “Geist und Leben 31 (1958), pp. 173-183.

domingo, 3 de marzo de 2024

COMPRENDIENDO LA PALABRA

Al tercer día resucitaré

Es grande, el misterio de nuestra resurrección, y extremadamente difícil de sondear. Es anunciado en muchos textos de la Escritura, pero sobre todo en Ezequiél: "El Espíritu del Señor me depositó en un valle lleno de huesos humanos...; estaban completamente secos. El Señor me dijo: Hijo de hombre, ¿estos huesos vivirán? Respondí: Señor, tú lo sabes. Me dijo: profetiza sobre estos huesos. Les dirás: Huesos secos, escuchad la palabra del Señor" (Ez 37,1-4)...

Entonces, cuáles son estos huesos a los que les dice: "Escuchad la palabra del Señor" si no el Cuerpo de Cristo, sobre el que el Señor decía: "Todos mis huesos están dislocados" (Sal. 21,15)... Y así como se efectuó la resurrección del cuerpo verdadero y perfecto de Cristo, un día los miembros de Cristo... serán reunidos, hueso con hueso, juntura con juntura. Nadie privado de esta juntura, alcanzará "el hombre perfecto, a la medida del cuerpo de Cristo en su plenitud" (Ef 4,13). Entonces "todos los miembros del cuerpo, aunque muchos, formarán un solo cuerpo" (1Co 12,12)...

Digo esto a propósito del Templo sobre el que el Señor dijo: "El celo por tu casa me devora" (Sal. 68,10), y a propósito de los judíos que le pedían les mostrase un signo, y en fin a propósito de su respuesta:... "Deste Templo, y en tres días lo levantaré". Porque hace falta que sea expulsado de este templo, que es el Cuerpo de Cristo, todo lo que niega la razón y lo que depende del comercio, para que de ahora en adelante este templo no sea más una casa de vendedores.

Hace falta además... que después de su destrucción, por los que niegan la palabra de Dios, sea levantado al tercer día... Gracias a la purificación de Jesús, sus discípulos, habiendo abandonado todo lo que no es razonable y toda forma de comercio y a causa del celo del Verbo, la Palabra de Dios, que está presente en ellos, sus discípulos "serán destruidos" para "ser levantados" por Jesús en tres días... Porque hacen falta tres días enteros para que esta reconstrucción se termine. Por eso, podemos decir de una parte, que la resurrección se efectuó y por otra parte, que tiene que venir: verdaderamente "hemos sido sepultados con Cristo " y " con Él nos levantaremos " (cf Rm 6,4)... «Todos serán vivificados en Cristo, pero cada uno en su puesto: primero, Cristo, como primicia, después, todos los que son de Cristo en su venida" (1Co 15,22s).



Orígenes (c. 185-253)
presbítero y teólogo
Comentario al Evangelio de Juan, 10

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 2,13-25


Evangelio según San Juan 2,13-25
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén

y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas

y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio".

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?".

Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar".

Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?".

Pero él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.

Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos

y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.


RESONAR DE LA PALABRA

Muchos creyeron en su nombre

Queridos hermanos, paz y bien.

Hemos dejado atrás el desierto (las tentaciones, primera semana de Cuaresma) y la montaña (la Transfiguración, segunda semana de Cuaresma). La Liturgia nos pone en suerte hoy los Mandamientos, que, seguramente, conocemos desde pequeñitos. Acostumbrados a estudiarlos de corrido, quizá nos hayamos acostumbrado a tenerlos de fondo, como algo que está bien, pero que no nos afecta demasiado. Total, ni robo, ni mato, ni “nada de nada”, como dicen algunos al confesarse.

Se nos olvida que los Mandamientos hay que entenderlos desde su origen: el recuerdo de la esclavitud en Egipto, la liberación y el deseo de vivir según unas normas que permitan constituir una sociedad distinta a la egipcia. Sin faraón, y con Dios. Sin esclavitud, y con libertad. Sin desigualdades, y con igualdad. Sin muerte, y con vida. La sociedad, el mundo que Dios quiere para todos. No es ya un catálogo de pecados graves a evitar, como piensan muchos.

En realidad, los Mandamientos, aunque algunos opinen de otra manera, siguen estando vigentes. Todos. Jesús, lejos de derogarlos, viene a darles sentido y plenitud. Son una muy buena forma de contrastar nuestro estilo de vida con lo que Dios quiere de nosotros. Los diez. Aquí no hay posibilidad de ir eligiendo, como si del menú de un restaurante se tratara. Éste me gusta, éste no tanto… Todos afectan a todos. Desde el Papa hasta la última de las abuelitas en una parroquia perdida en el fin del mundo.

Esta primera lectura nos recuerda que para Israel sólo debía haber un Dios. Esas palabras del Señor a su pueblo nos las dice hoy también a cada uno de nosotros. Los “diosecillos” que el mundo nos puede ofrecer no pueden ser los que dirijan nuestra vida. Es verdad que parecen muy atractivos, pero ni el dinero ni el placer ni el poder traen la verdadera felicidad. El Dios único, que se manifestó en la persona de Jesucristo, es el que debe dirigir nuestro existir, configurar nuestros valores, dar sentido a nuestra vida. Ésta es la verdadera y eterna alianza que Dios ha hecho con nosotros, sellada con la sangre de su Hijo, para que seamos fieles hasta el final.

Sabemos que Jesús resumió los Diez Mandamientos en dos, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (Mt 22, 33-34.) Quizá por eso sería bueno, antes de aprender – o enseñar – de memoria el Decálogo, aprender a sentir el amor de Dios, hablar de ello y predicarlo más a menudo. Amar, parece, es el resumen de los Mandamientos. Y ese amor nos obliga a abrir nuestra mente, para poder, incluso, amar a los enemigos. Y a perdonar sin límites. Y a compartir nuestro tiempo y nuestros bienes con los hermanos. Incluso, a morir por ellos. De esto no se dice nada expresamente en los Diez Mandamientos, pero es la consecuencia de la ley del Amor, con mayúscula. Si debemos tener un corazón lleno de amor, como el Padre, y si debemos darnos en todo momento, ¿quién va a querer robar, engañar, matar, convertirse en adúltero…? Todo eso va en contra de la Ley del Amor.

Hace muchos años, en un retiro en el monasterio de Santa María, en Buenafuente del Sistal, (Guadalajara, España) el padre Ángel Moreno, capellán del monasterio, me regaló una estampita con el Cristo que preside el presbiterio y una dedicatoria que decía: “El Crucificado es el icono del amor de Dios”. Es lo que nos recuerda hoy san Pablo en la segunda lectura. La cruz no es ya un únicamente un símbolo de muerte, sino el signo del amor que va más allá de la muerte. Mirando la cruz, se ve el amor que Dios nos tiene.

Este misterio de amor no era ni es evidente para todos. Algunos judíos no veían más allá del escándalo de la muerte en cruz, reservada a los bandidos y maleantes. Los griegos, más racionales, no podían entender la muerte del Hijo de Dios para salvar a todos los hombres. E incluso para algunos cristianos existe todavía la tentación de querer explicar con argumentos lo que sólo se puede explicar desde la fe y el amor. A nadie le gusta la cruz, pero fue necesaria para llegar a la luz de la resurrección. Hay mucho que meditar en este misterio de amor.

En el Evangelio, se reflexiona sobre el templo de Jerusalén, durante la Pascua. Seguramente, era la época del año donde todo el mundo “hacía el agosto”, con la gran cantidad de sacrificios, cambios de monedas y visitantes necesitados de alojamiento que llenaban la ciudad. Ante el volumen de negocio, parece que no había nada sagrado. Ni en el interior ni el exterior del templo.

Mientras que para los judíos no pasaba nada, Jesús reacciona de forma poco pacífica. Los discípulos vieron que el celo por la casa de Dios devoraba a Cristo. Él hizo una limpieza en profundidad (los cuatro evangelistas lo recogen, debió de ser algo notable), corrigió todos los excesos, expulsando a los mercaderes a golpes, incluso a los animales y aprovechó para hablar del nuevo templo de su cuerpo. El espacio físico del templo, que era considerado como la garantía de la cercanía de Dios con su pueblo, ya no será más necesario. Se acaba con la necesidad de peregrinar a la ciudad santa para ser un buen judío. El encuentro de Dios con cada uno de nosotros ya no sucederá en un lugar determinado, sino en el nuevo templo del cuerpo de Cristo Resucitado. Ese Jesús que, tras su muerte, resucitará y al que debemos adorar en espíritu y verdad. Que está siempre con nosotros, donde dos o más se reúnen en su nombre (Mt 18, 20).

Si nos podemos encontrar con Cristo en cualquier parte, ¿para qué necesitamos las iglesias, entonces? Pues, por ejemplo, para encontrarnos con la comunidad, cada domingo, cada vez que nos juntamos para la Misa. Para tener un sitio tranquilo donde rezar, celebrar los sacramentos y recordar lo que Dios ha hecho por nosotros. Un lugar especial de referencia para todos.

Muchos creyeron en Él. Nosotros, también. Pero no todos creyeron por los motivos correctos. Algunos, al ver los milagros que hacía, no prestaron atención a nada más. Les bastaba el poder comer de esos panes y de esos peces “milagrosos”. Cuando llegó el momento de la verdad, el de subir a Jerusalén, lo abandonaron. Nosotros también nos llamamos cristianos, seguidores de Cristo. ¿Prestamos atención a su mensaje, o nos quedamos en lo externo? ¿Le seguimos porque nos relaja, o es simplemente una costumbre, o tenemos miedo de que nos pase algo, si no “vamos a misa”? La fe adulta no precisa de signos, amenazas o supersticiones. Al adulto en la fe le vale la Palabra de Jesús, y eso debe llevarle a vivirla con intensidad en el mundo y a anunciarla en medio de los hermanos.

Jesús nos conoce mejor que nosotros mismos. Es un gran privilegio, porque además nos quiere como somos, y espera que seamos mejores. Nuestro corazón es su casa. Podríamos hoy pedir al Señor que purifique nuestras motivaciones para seguir a Jesús. Que no llenemos nuestra casa con imágenes que no representan a Cristo. Que seamos capaces de dar menos importancia a todo aquello que no permite el crecimiento del Reino. Que nos podamos liberar de los ídolos que nos frenan, sean personas, cosas o afectos desordenados, de forma que podamos vivir más como Dios quiere, con más tiempo para el encuentro con Cristo, y menos excusas para no hacer lo que Él nos pide.

Nuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

DESTRUYAN



“Destruyan este templo”, dice provocativamente Jesús en la página del Evangelio de hoy, “y en tres días lo volveré a levantar”. Todos pensaban en el Templo de Jerusalén donde Jesús acababa de hacer el gesto profético de expulsar a los mercaderes con sus negocios mezclados con liturgia y religiosidad, pero el evangelista Juan precisa que se trataba más bien del templo de su cuerpo. De hecho, intentarán seriamente destruirlo, y durante tres días incluso pensarán que lo han logrado, pero Jesús cumple su palabra y les muestra que lo que se basa en el Amor nunca puede ser destruido.

Lo que hay que destruir, en cambio, es la idea errónea que tenemos de Dios, que hemos reducido a Alguien a quien podemos comprar con sacrificios, ofrendas o cualquier otra cosa.

El amor que se compra tiene un nombre específico: prostitución.

Si quieres comprar el amor de Dios entonces estás tratando a Dios como a una prostituta. Pero Dios no se puede comprar, Dios es libre como lo es todo amor verdadero. Toda la obra de Jesús es enseñarnos esta verdad, y no es casualidad que este pasaje se encuentre al comienzo del Evangelio. Debido a esta obra de cambio que Jesús quiere hacer, finalmente será asesinado. El mundo no puede tolerar el hecho de que exista un Dios diferente al que imaginamos. Pero nuestro Dios es el Dios de Jesucristo, el que vino a anunciarnos. Y este Dios no quiere sacrificios porque ha decidido sacrificarse por nosotros. No quiere posesión porque ama el regalo. No quiere condenación, sino perdón. No quiere esclavitud, sino libertad. No quiere sirvientes, sino niños. No quiere la muerte, sino la vida. Es un Dios al revés, pero a diferencia de todas las demás imágenes de Dios que construimos, el Dios de Jesús es vivo y verdadero, y la prueba es precisamente la historia del mismo Jesús. De hecho, el destino de la muerte que enfrenta es predecible, pero su resurrección es inimaginable. Es una prueba de que Dios existe y no era como lo imaginábamos.

Creer también significa aceptar cambiar la imaginación.

La Pascua no se puede celebrar sin este cambio. No puedes entender el Evangelio con una imagen distorsionada de Dios en tu cabeza. “Vino nuevo, en odres nuevos”.

Luigi María Epicoco | 2 de marzo de 2024  


sábado, 2 de marzo de 2024

Rezar y educar en la oración


 

Buen día, Espíritu Santo! 02032024

 

Cántico de Zacarías


Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.
Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.