lunes, 24 de julio de 2017

¿Cómo trabajar el sentimiento de culpa?

El sentimiento consiste en hacerme sentir culpable cuando muchas veces no lo soy
Aquí, no quiero hablar de la culpa, sino del sentimiento de culpa. Si tengo pecado, tengo que decir: “Pequé, soy un pecador”. Las culpas son realidades que no deben desanimarnos, sino hacer que nos arrojemos más en las manos de Dios; ¡realidad que debe hacernos encontrar con Cristo Salvador!


El mayor problema, en los días de hoy, es sostener que no necesitamos de un Cristo Salvador, porque podemos salvarnos solos. Esta es todo teoría, o filosofía – pueden llamarlo como quieran – de la Nueva Era, pues dicen no necesitar más del Salvador: “¡El Salvador soy yo, el Cristo que está en mí!” No se refieren, naturalmente, al Cristo que vive en mí, el Cristo personal, sino a aquella fuerza, aquella energía que está en mí; yo la descubro en mí pero sale también de mí. Por lo tanto, me transformo en Dios de mí mismo, me transformo en Cristo.

Como podemos ver, aquí tenemos algo que, realmente, está distorsionado y que destruye toda nuestra vida espiritual. Para ellos, la vida espiritual consiste en las experiencias hechas por ellos mismos. Permaneciendo una hora frente a un árbol, por ejemplo, reciben la energía del árbol. Eso para ellos es una experiencia espiritual. Estamos por caminos totalmente diferentes, por lo tanto, podemos decir que la espiritualidad de la Nueva Era es, probablemente, el enemigo más sutil y más serio de la espiritualidad cristiana en nuestro día.

De esta forma, no me refiero a las culpas, sino a los sentimientos de culpa. La realidad del sentimiento de culpa es que hace que San Pablo diga: “En mí existe una ley que no me dejar hacer el bien que quiere, sino que me lleva al mal”. ¡Esa es la culpa!

Los sentimientos de culpa, al contrario, consisten en hacer que me sienta culpable, cuando, en realidad, no soy; me digo a mí mismo: “Dios perdona mi pecado, pero yo todavía lo vivo”. Aquí tenemos una gran herida psicológica. Encontramos muchos fieles con estos sentimientos de culpa que pueden transformarse en escrúpulos o tal vez en depresión, en obsesión. Muchas veces, nos fijamos en una idea. Fijamos nuestra atención sobre un punto que es prácticamente irreal, porque, si Dios me perdona, yo no soy más culpable. El diablo festeja cuando descubre una debilidad de este tipo en el hombre. El diablo tienta y logra, con cierta facilidad, convencernos de que Dios no nos ama.

“¡Dios me ama!” Todo comienza aquí, la caminata para la sanación comienza aquí. No comienza al decir: “¡Soy pecador!”, sino al decir: “Dios me ama, Él perdona mi pecado”.

Una vez que el Señor me ama, intento no pecar más, porque el amor debe ser respondido con amor. Por lo tanto, el inicio de la caminata está aquí: “¡Dios me ama!” ¿Dios no es amor? ¡Así lo define San Juan! Cuando existe culpa es más fácil que el enemigo entre de forma muy sutil para atraparme y hacer que me detenga en mi caminata.

Fray Elia Vella, OFM
Extraído del libro “Sanación del Mal y Liberación del Maligno”

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