lunes, 20 de marzo de 2023

¿COMO SOMOS CON LOS DEMÁS?

 

«¿Testimoniamos a Jesús o difundimos críticas y sospechas? ¿Somos libres frente a los prejuicios o nos asociamos a los que difunden negatividad y chismes? ¿Estamos felices de decir que Jesús nos ama, que nos salva o, como los padres del ciego de nacimiento, nos dejamos enjaular por temor a lo que pensará la gente? Los tibios de corazón que no aceptan la verdad y no tienen la valentía de decir: “No, esto es así”. Y también, ¿cómo acogemos las dificultades y la indiferencia de los demás? ¿Cómo acogemos a las personas que tienen tantas limitaciones en la vida, ya sean físicas, como este ciego; o sociales, como los mendigos que encontramos por la calle? ¿Y esto lo acogemos como una maldición o como ocasión para hacernos cercanos a ellos con amor?


Francisco

Ángelus

19-03-2023 




COMPRENDIENDO LA PALABRA

La primacía de la vida interior de San José

El clima de silencio que acompaña todo lo que se refiere a San José se extiende también a su trabajo como carpintero en la casa de Nazaret. Con todo, es un silencio que revela de una manera especial el perfil interior de esta figura. Los evangelios hablan exclusivamente de lo que “hizo” José. Pero dan pie para descubrir en sus acciones, envueltas en silencio, un clima de profunda contemplación. José estaba en contacto diario con el misterio “escondido desde siglos” (cf Col 1,26) y que “plantó su tienda” (Jn 1,14) bajo el techo de José. Esto explica porqué, p. e. Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo, fue una promotora de la renovación del culto a San José en la cristiandad occidental.

El sacrificio absoluto de José de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías en su casa, encuentra su justo motivo “en la insondable vida interior, de donde le vienen las órdenes y las ayudas del todo particulares y de donde emanan para él la lógico y la fuerza, propias de las almas simples y transparentes, de las grandes decisiones, como la de poner a disposición divina su libertad, su vocación humana legítima, su felicidad conyugal, aceptando la condición, la responsabilidad y la carga de la familia, renunciando, en aras de un amor virginal incomparable, al amor conyugal natural que constituye a la familia y la alimenta” (Pablo VI).

Esta sumisión a Dios que es prontitud de la voluntad para consagrarse del todo al servicio de Dios, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción que constituye una de las expresiones de la virtud de la religión, según Santo Tomás.



San Juan Pablo II (1920-2005)
papa
Redemptoris custos, 25-26

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 1,16.18-21.24a


Evangelio según San Mateo 1,16.18-21.24a
Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.

Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados".

Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos

Aunque es el 20 de marzo, como ayer fue domingo, la fiesta de San José se ha trasladado al día de hoy. Son incontables los grupos, congregaciones, movimientos, instituciones... que lo tienen por patrón o especial protector. En definitiva, referencia sencilla y clara para vivir nuestra fe y para acercarnos cada vez más a Dios.

Podemos encontrar en las lecturas de hoy dos claves para celebrar el día de hoy:

FE Y ESPERANZA: dos rasgos claramente presentes en él. De hecho se asocia a los grandes creyentes de la historia, a Abraham, a su confianza plena en Dios, esperando contra toda esperanza y convirtiéndose así en “padre de muchos pueblos”. José es padre de muchos porque supo ser padre de Jesús, porque supo vivir cotidianamente la misión que Dios le encomendó. No buscó otras grandezas ni anheló otros proyectos. Fue fiel en lo que se le pidió, más allá de que entrase en sus planes, le gustase o no le gustase... Se fió y esperó.

CALLA, ESCUCHA Y HACE: el evangelio no nos ha transmitido ni una sola palabra de él. Decide en secreto viendo lo que sucede con María. Calla pero no guarda rencor ni sigue maquinando en su interior. Es un silencio real, por fuera y por dentro. El silencio de quien sabe callar. El silencio de quien sabe escuchar y por eso, oye, comprende, es capaz de descubrir a Dios en lo que le está pasando: “la criatura que hay en María viene del Espíritu Santo”. Calla y escucha de tal manera que lo que tiene que hacer viene sólo, con toda naturalidad. Nada hay en él que se resista, que se pregunte, que huya. Simplemente, se despierta y hace lo que el Señor le ha mandado.

No es poco para nosotros en estos días. Podemos quedarnos con una imagen ambigua de José, llena de tonos apastelados, con nardos o azucenas blancas, alejado de la realidad, arrinconado mientras –aparentemente- la historia de salvación sigue su curso con María y Jesús. O podemos pedir a Dios que nos ayude a parecernos a este hombre santo y fiel. Quizá de su mano, cambie también nuestra Cuaresma.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

domingo, 19 de marzo de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“Antes yo era ciego y ahora veo” (Jn 9,25)

El alma pobre en espíritu es la que reconoce sus heridas y la oscuridad de las pasiones que la envuelven. Busca continuamente la liberación de parte del Señor, soporta las penas y no se regocija de ningún bien que esté sobre la tierra. Busca al único buen médico y sólo se entrega a sus cuidados.

Entonces, ¿cómo hará esta alma para ser hermosa, graciosa y adecuada para unir su vida a Cristo? ¿De qué modo lo hará, si no reencontrando su antigua creación y reconociendo claramente sus propias heridas y pobreza? Si el alma no se complace en sus propias heridas y magulladuras de pasiones, si no defiende sus faltas, el Señor no le imputa la causa del mal. Viene a cuidarla, sanarla, restablecer en ella una belleza impasible e incorruptible.

Pero ella no debe elegir permanecer ligada lo que ha hecho o cómo lo ha hecho. Que no se complazca en las pasiones suscitadas en ella, sino que de toda su fuerza llame al Señor para que con su Espíritu bueno la libere de las pasiones. Tal alma es bienaventurada.

Desdichada el alma que no siente sus heridas y llevada por un gran vicio y enorme endurecimiento, no cree que tenga cierta maldad en ella. El buen Médico no la sana porque ella no lo busca ni se preocupa por sus heridas, ya que considera que se encuentra bien y está sana. Está dicho que “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Mt 9,12).


Homilía atribuida a San Macario de Egipto (¿-390)
monje
Filocalia, Paráfrasis de Simeón Metafrasto (Paraphrase de Syméon le Métaphraste sur les Discours de saint Macaire l’Égyptien, Philocalie des Pères neptiques, II, DDB-Lattès, 1995), trad.sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 9,1-41


Evangelio según San Juan 9,1-41
Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?".

"Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.

Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo".

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,

diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?".

Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". El decía: "Soy realmente yo".

Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?".

El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi".

Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé".

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.

Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.

Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo".

Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos.

Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta".

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres

y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?".

Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,

pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta".

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.

Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él".

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador".

"Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo".

Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?".

El les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?".

Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés!

Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este".

El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.

Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad.

Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.

Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada".

Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?".

El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?".

Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando".

Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él.

Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven".

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?".

Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece".


RESONAR DE LA PALABRA


«Como decís «vemos»... vuestro pecado permanece»

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.
Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío. (Liturgia de las Horas)

 La ceguera suele ser una gran desgracia o desventaja para la mayoría de los que la padecen, aunque a menudo desarrollen otras dimensiones y capacidades que al resto nos faltan.
Estar ciego significa caminar a tientas, tropezar más fácilmente, tiene mayores riesgos.
Significa desconocer lo que hay alrededor, a una cierta distancia: No poder disfrutar de un paisaje, no reconocer un rostro que se acerca, no distinguir los colores.
No poder hacerse una idea acertada de lo que es un mar, un cielo, una montaña elevada...
No distinguir el día de la noche...
No poder apreciar la mirada cálida de un amigo o de una madre...
Significa tener que pedir ayuda y depender con frecuencia de otros...

 Los que tenemos la suerte de «ver» podemos intuir un poco estas dificultades cuando nos toca estar puntualmente a oscuras en esta cultura de la luz y de las luces, en la que tantas cosas nos entran por los ojos (¡de esto sabe tanto la publicidad...!).

El cuarto evangelista ha aprovechado la curación de un ciego de nacimiento, para hacer una reflexión sobre Jesús como luz, y sobre otro tipo de ceguera que, siendo grave, nos cuesta más reconocer: la ceguera interior. Eran las últimas palabras de este Evangelio: ¿También nosotros estamos ciegos?... Como decís que veis, vuestro pecado persiste.

Aquel grupo de fariseos que la emprende con Jesús, usando al ciego como excusa, representa una ceguera, una manera de plantearse la vida y la fe... que Jesús considera sin solución. Son los que, ante un problema y una necesidad humana concreta, se dedican a teorizar, a buscar culpables, a aplicar leyes y principios excluyentes, a sacudir con sus creencias y planteamientos religiosos a los que no encajan en sus esquemas (que en este caso son precisamente los esquemas oficiales de la Ley judía), y que dejan al que sufre en su situación desesperada, despojándole de su dignidad, sin intentar siquiera comprenderlo ni ayudarlo. Están llenos de prejuicios: ¿Cómo puede un pecador hacer signos? Es decir: de cierta gente (la que no nos gusta, no son de los nuestros) no se puede esperar nada bueno. Reconocer el bien que hacen otros les cuesta infinito.
Por otro lado se dedican a mentir, negando la realidad (ya empezaban entonces los "bulos" que ahora tanto abundan): «No era realmente ciego». Y a insultarte, y despreciarle. Por fin terminan por expulsarlo de la sinagoga, le «excomulgan». La «inclusión», la acogida, el encuentro no son para ellos una Buena Noticia. No saben ni quieren «escuchar» como tanto nos pide el Papa para construir una Iglesia de todos y para todos.
Estos vecinos y fariseos tienen tan claras sus ideas, las leyes, las normas, los principios morales... que son incapaces de adaptarse para acoger el sufrimiento y el dolor de los otros, ponerse en su lugar. Ni se les ocurre sospechar por un momento que pudieran estar equivocados, o que debieran adaptarlos o corregirlos. Saben muy bien lo que dijo e hizo Dios, lo que dijeron los profetas antiguos... pero son incapaces de reconocer lo que Dios dice hoy, ni al profeta que tienen delante. Estos auto-nombrados portavoces de Dios y especialistas de la Ley de Moisés, de una manera tan estrecha e intransigente, terminan por condenar y rechazar la felicidad del hombre. ¡Qué terrible! Lo mismo harán con Jesús, un poco más adelante, llevándole a la cruz. ¡Y lo harán en el nombre de Dios!

El problema (creo yo) es que esto que parece tan tan claro en el Evangelio... no lo vemos en nosotros mismos. Miramos la realidad del otro desde nuestras ideas políticas, desde nuestra propia cultura, desde nuestra formación religiosa, desde nuestra posición social y económica, desde nuestra propia historia personal (lo cual es absolutamente normal)... pero sin que se nos ocurra relativizar, cuestionar, ponerlo todo un poco entre paréntesis para acercarnos al dolor, la necesidad a la realidad del otro, comprendiendo, empatizando, acogiendo, apoyando... ¡Uffff bien difícil, pero necesario!

Yo siento, después de meditar este Evangelio, una fuerte llamada a reconocer y reconocerme mis propias cegueras:

• Porque levantarme cada día sin proponerme nada, sin metas, conformado con "lo que me dan", sin esforzarme siquiera un poco en crecer y mejorar en algo, dejando pasar mis días años sin llenarlos de vida... es caminar a ciegas.

• Porque una mirada superficial, rápida, irreflexiva, o mis muchos pre-juicios pueden hacer que Cristo esté pasando a mi lado una y otra vez, y yo no lo vea. Es como estar ciego. No reconocer sus signos, sus palabras, sus propuestas, o reducir su mensaje a historias del pasado, a simples enseñanzas morales desencarnadas (como les pasaba a los vecinos y fariseos del Evangelio de hoy) es estar ciego.

 • Porque quedarse en las apariencias, en lo primero que se percibe, en los tópicos y las etiquetas al relacionarme con los demás, el menospreciar al otro por ser distinto... es ver muy a medias. El Señor ve el corazón. ¡Cuánto le costó entenderlo a Samuel, cuando buscaba al futuro rey de Israel! Y ¡cuánto me cuesta entenderlo y aplicarlo a mí!

• Porque no atreverme a mirar el propio interior (o no hacerlo con frecuencia), procurando conocerme mejor, y detectar las tinieblas que se adueñan de mí es lo mismo que no ver. Como dice el libro del Apocalipsis, necesito un colirio para los ojos, de modo que descubra mi pobreza, mi ceguera, mi fragilidad... ¡mi verdad.!

• Porque si digo que Jesús es la luz del mundo, que el Señor me ha salvado... tendré que aprender vivir -como dice la 2 Lectura-, como hijo de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Se trata de mirar el mundo con los ojos de Dios, aprender a mirar la vida, a las personas y a mí mismo con la luz de Jesús, es decir: con profundidad, con esperanza, con atención, con bondad, con justicia, con verdad...

«Reconocer» que yo estoy ciego y que Jesús es Luz me lleva (como el ciego sanado) a postrarme ante él, para decirle: «Creo, Señor», aquí estoy, a tu servicio, pídeme lo que quieras... y dejar que sea el Señor de mi vida. Y ya que Él mismo dijo: El Espíritu de Dios está sobre mí porque él me ha enviado a dar la vista a los ciegos, le daré la oportunidad de que me cure, de que me salve.

Que no tenga que decir de mí, de ninguno de nosotros: "Como dices que ves"... no tienes curación, estás lejos de Dios, no puedo hacer nada por ti.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf,

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

sábado, 18 de marzo de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lc 18,14)

Vean al fariseo: es un hombre convencido de su importancia, seguro y lleno de sí mismo. El “yo” de este hombre se nota en las palabras, en la actitud. (…) El fariseo tiene el “corazón doble”, como dice el Salmista (Sal 11,3), su desprecio hacia el publicano muestra que se cree mucho más perfecto. Es a él mismo que reserva una gloria que en apariencia da a Dios. (…) No pide nada a Dios, porque considera que no necesita nada, se basta a él mismo. Sólo expone su conducta a la aprobación de Dios. (…) En el fondo, el personaje está prácticamente persuadido que toda su perfección viene de él mismo. (…)

En cuanto al otro actor de la escena, el publicano, ¿qué hace? Se tiene a distancia no osando ni levantar los ojos ya que se siente miserable. ¿Piensa que tiene títulos que pueda hacer valer ante Dios? Ninguno. Tiene conciencia de aportar sólo sus pecados (…) Se fía únicamente de la misericordia divina. No espera nada que no sea de ella. Toda su confianza, toda su esperanza, están en Dios. (…)

¿Cómo reacciona Dios con esos dos hombres? Diversamente. Expresa: “Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero” (Lc 18,14). Cristo Jesús finaliza la parábola estableciendo la ley fundamental que rige nuestra relación con Dios y ofrece la lección que tenemos que aprender: “Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lc 18,14). Vean hasta qué punto el orgullo es el enemigo de la unión del alma con Dios. (…) Y como Dios es el principio de toda gracia, el orgullo es para el alma el más terrible de todos los peligros. En cambio, la humildad es la vía más segura para alcanzar la santidad y encontrar a Dios.



Beato Columba Marmion (1858-1923)
abad
La humildad (Le Christ Idéal du Moine, DDB, 1936), trad.sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 18,9-14


Evangelio según San Lucas 18,9-14
Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:

"Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano.

El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.

Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'.

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos

En el famoso cuadro de Rembrandt, “El regreso del hijo pródigo”, que se encuentra en el Museo Ermitage de San Petersburgo, además de la impresionante representación de esta no menos impresionante parábola de Jesús, hay, según algunos, un cita del texto del Evangelio de hoy: el hijo mayor situado a la derecha del cuadro, de pie y fuera del foco de luz (que expresa su “estar fuera” de la fiesta), con rostro severo y sombrío, aunque iluminado por esa luz (lo que indica la invitación del padre a participar de la alegría por el hermano recuperado); y tras él, en penumbra, un personaje sentado, con los atuendos de un administrador de la época, y que se golpea el pecho con el puño.

En efecto, en la parábola del hijo pródigo el hijo mayor representa a los fariseos, que se tienen por justos; y Rembrandt lo dice precisamente con la cita de la parábola del fariseo y el publicano. Al escuchar de labios de Jesús esta parábola nos posicionamos inmediatamente de parte del publicano humilde y contra el fariseo soberbio. Pero Jesús nos ha contado esta parábola para que nos examinemos, tratando de identificar de qué lado estamos realmente nosotros. Nosotros, el que escribe estas líneas, los que leemos esta página, somos, probablemente, buena gente, personas honestas, cristianos que se esfuerzan por hacer el bien. Es claro que nadie, tampoco Jesús, nos va a criticar por esto.

Pero, al escuchar esta parábola, podemos entender dos peligros que nos amenazan de cerca: el primero es el de despreciar, amparados en nuestra justicia, a borrachos, drogadictos, pedigüenos y otros marginales, a los que consideramos tal vez “pecadores oficiales”. El segundo peligro es el de considerar que son nuestras buenas obras las que nos justifican ante Dios. Es Dios el que nos justifica: por eso tenemos que reconocer humildemente nuestros pecados, que los tenemos, para que Dios nos levante y justifique, y para que, de esta manera, podamos evitar el pecado más grave y difícil de reconocer: el pecado de soberbia, que nos separa de los demás y le cierra a Dios la puerta para nuestra justificación.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

viernes, 17 de marzo de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“Amarás de todo tu corazón”

No sabemos suficientemente lo que Dios quiere de nuestro corazón. No hemos aprendido bastante de Jesús en el Evangelio. Dios no rechaza el corazón que ha creado, Dios quiere y puede convertir nuestro corazón, Dios quiere que lo amemos con todo nuestro corazón, la caridad desborda y sobrepasa nuestro corazón pero es en nuestro corazón que ella “se hace carne” en nosotros. Jesús no vino para arrancar nuestro corazón malvado y hacer de nosotros hombres sin corazón, sino para darnos un corazón capaz de devenir semejante al suyo. El Evangelio de una punta a la otra nos enseña, nos muestra, nos propone, la conversión del corazón.

Para vivir hay que amar. El Sagrado Corazón, el corazón de Cristo, nos muestra cómo somos cuando hemos resucitado del pecado y vivimos de la vida eterna. Ese corazón que tenemos que copiar, reproducir, prolongar en la vida, no es sólo un corazón de un justo. Para asemejarnos, no basta poner de nuevo nuestro corazón en la buena vía, verificarlo, rectificarlo, hacer un examen de conciencia y ejercicios de perfección.

Para ser un corazón del hombre nuevo, es necesario que ese corazón sea un corazón de hijo de Dios, que acepta ser invadido, dinamizado, poseído por el amor de Dios, del Dios que es Amor. Ese corazón nuevo, ese corazón injertado en la vida nueva, debe aceptar filialmente, libremente, que el amor de Dios devenga en él pasión por el hombre. Pasión por entregar a Dios, por el mundo, sin cesar y toda entera, la vida que nos entrega Dios.


Venerable Madeleine Delbrêl (1904-1964)
laica, misionera en la ciudad.
Enraizamiento evangélico (Communautés selon l’Évangile, Seuil, 1973), trad. sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 12,28b-34


Evangelio según San Marcos 12,28b-34
Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».

Jesús respondió: "El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor;

y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas.

El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos".

El escriba le dijo: "Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él,

y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios".

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: "Tú no estás lejos del Reino de Dios". Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos

El mandamiento del amor no es una “norma” moral. La pregunta del escriba refleja una inquietud “técnica”, común entre los especialistas de la ley de tiempos de Jesús: la maraña de normas y prescripciones producía contradicciones y conflictos que requerían una especial competencia jurídica. Pero Jesús no responde “técnicamente”. Su respuesta, que empieza citando el “escucha Israel” de Ex 6, 4-5, tiene el carácter de una revelación: Dios nos revela quién es Él, y quién es para su pueblo. Esa revelación implica una participación en la misma vida divina: si Dios se nos da y nos salva por puro amor, nuestra respuesta significa vivir y participar de la misma vida de Dios y esto no puede no reflejarse en las relaciones con los demás.

La aparente simplificación que Jesús hace de toda la antigua ley y sus prescripciones completa y perfecciona la revelación del Dios único del Antiguo Testamento. Si en él la relación con Dios, objeto de los primeros tres mandamientos, se proyectaba en los otros siete en el deber de hacer el bien a los más próximos (padre y familiares, el cuarto mandamiento) y el de abstenerse de hacer el mal a todos los demás (los restantes mandamientos), ahora resulta que los próximos no son sólo los familiares y más allegados, sino todos los seres humanos sin excepción, pues todos somos hijos de un Dios que en Jesucristo se nos revela como Padre. Jesús reafirma el amor a Dios como el fundamento de toda la ley, y universaliza el cuarto mandamiento, pues todos somos hermanos y miembros de una misma familia, en torno al Hijo, Jesús. La respuesta del escriba expresa la sorpresa del que ha descubierto por fin una verdad que, pese a haberle sido tan cercana, había estado como oculta para él: es la reacción del que, en efecto, ha acogido una revelación de lo alto, del que, por fin, ha escuchado lo que Dios dice por boca de Jesús. Al menos por esta vez, el fariseo se convierte para nosotros en ejemplo de apertura: no podemos considerar que ya “nos sabemos” el Evangelio. Cada vez que suena la Palabra de Dios tiene lugar una revelación a la que tenemos que estar abiertos, dejándonos sorprender por la perenne novedad de Jesucristo, por la inesperada cercanía del Reino.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

jueves, 16 de marzo de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

Las armas del cristiano contra el demonio

Un cristiano que hace un santo uso de la oración y los sacramentos, es tan temible para el demonio, como lo sería un dragón a caballo -con ojos brillosos, armado con coraza, sable y pistolas- frente a su enemigo desarmado. Su sola presencia lo derriba y lo pone en fuga. Pero, si desciende de su caballo y deja sus armas, su enemigo le cae encima, lo pisotea y se convierte en amo. En cambio, cuando porta armas, su sola presencia parecería anular al enemigo. Imagen adecuada de un cristiano que porta las armas de la oración y los sacramentos. Si, si, un cristiano que reza y frecuenta los sacramentos con las disposiciones necesarias, es más temible al demonio que ese dragón del que les hablé. (…)

¿Por qué? Porque los sacramentos nos dan fuerza para perseverar en la gracia de Dios. Nunca se ha visto un santo alejarse de los sacramentos y perseverar en la amistad con Dios. En los sacramentos han encontrado toda la fuerza para no dejarse vencer por el demonio. Cuando rezamos, Dios nos da amigos, nos envía un santo o un ángel para consolarnos (…), nos hace sentir su gracia abundantemente para fortificarnos y animarnos. En los sacramentos no es un santo o un ángel que viene, sino Dios mismo con sus rayos para aniquilar nuestro enemigo. El demonio, viéndolo en nuestro corazón, se precipita como un desesperado en los abismos. Por eso, el demonio hace lo posible para que nos alejemos y profanemos. Si, mis hermanos, el demonio pierde toda su fuerza cuando una persona frecuenta los sacramentos.


San Juan María Vianney (1786-1859)
presbítero, párroco de Ars
Sermón para el II Domingo de Pascua (Sermons de Saint Jean Baptiste Marie Vianney, Curé d'Ars, Ste Jeanne d'Arc, 1982), trad. sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 11,14-23


Evangelio según San Lucas 11,14-23
Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar. La muchedumbre quedó admirada,

pero algunos de ellos decían: "Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios".

Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo.

Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: "Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra.

Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul.

Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces.

Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.

Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras,

pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.

El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos,

El oído, el habla, la vista, el tacto… la concentración de los sentidos en la Palabra de Dios hoy es impresionante. La escucha de la Palabra es la condición para caminar según la voluntad de Dios, como pueblo suyo. Pero si nos cerramos a la Palabra y nos volvemos sordos a ella, nos volvemos también ciegos, incapaces de ver la presencia de Dios actuando entre nosotros. Jesús toca con el dedo de Dios, cura, devuelve la palabra y ahuyenta al demonio; pero los que se han vuelto incapaces de escuchar la voz de Dios, no sólo no ven tampoco su acción benéfica, sino que la interpretan torcidamente, volviéndola del revés, viendo ahí la acción del príncipe de los demonios. Cumplen así lo que denuncia con dramatismo el profeta Isaías: “¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad” (Is 5,20). Y, puesto que se han vuelto ciegos para la acción de Dios en la tierra, quieren todavía evadirse exigiendo ver señales del cielo.

El evangelio de hoy es una seria advertencia para todos nosotros, que podemos ser sordos a la Palabra y ciegos al bien que Dios hace por medio de nuestros hermanos, intepretándolos perversamente. Jesús nos hace ver la absurda contradicción que supone esa crítica, y nos advierte de la gravedad de rechazarlo: si el mismo Mesías e Hijo de Dios actúa con el poder de Belzebú, ¡qué fuerzas diabólicas no desatarán los hijos de quienes lo han rechazado! Pero Jesús aprovecha también la ocasión para exhortarnos a abrir los ojos, y a que nos dejemos tocar por el dedo de Dios que nos puede liberar, nos invita a ingresar en el Reino de Dios que él mismo ha hecho presente. Jesús es el hombre más fuerte que ha vencido al que parecía invencible, el que nos reparte el botín de la victoria sobre el mal, el que nos invita a estar de su parte. Esto significa, en primer lugar, escuchar su voz, en segundo, dejarse tocar por él para que nos cure, sólo así podremos hablar, dar testimonio de aquello que, una vez curados, somos capaces de ver: la presencia en nuestro mundo del Dios encarnado que, pese a todas las apariencias, ya ha vencido al maligno.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

miércoles, 15 de marzo de 2023

VOCACIÓN

 

«¿Quién tiene más dignidad en la Iglesia: el obispo, el sacerdote? No… todos somos cristianos al servicio de los demás. ¿Quién es más importante en la Iglesia: la monja o la persona común, bautizada, el niño, el obispo…? Todos son iguales, somos iguales y cuando una de las partes se cree más importante que los otros y levanta un poco la barbilla, se equivoca. Eso no es la vocación de Jesús. La vocación que Jesús da, a todos —también a aquellos que parecen estar en lugares más altos—, es el servicio, servir a los otros, humillarte. Si tú encuentras una persona que en la Iglesia tiene una vocación más alta y tú la ves vanidosa, tú dirás: “Pobrecillo”; reza por él porque no ha entendido qué es la vocación de Dios. La vocación de Dios es adoración al Padre, amor a la comunidad y servicio. Esto es ser apóstoles, este es el testimonio de los apóstoles»


Francisco

Audiencia General

15-03-2023 




COMPRENDIENDO LA PALABRA

“Para que se cumplan las Escrituras hasta la última letra” (Jn 19,28)

“No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”… En efecto, en aquel tiempo el Señor ejerció todo su poder para que en su persona se cumplieran todos los misterios que la Ley anunciaba refiriéndose a él. Porque en su Pasión llevo a término todas las profecías. Cuando, según la profecía del bienaventurado David (Sl 68,22), se le ofreció una esponja empapada en vinagre para calmar su sed, la aceptó diciendo: “Todo se ha cumplido”. Después, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30).

Jesús, no sólo realizó personalmente lo que había dicho, sino que llegó a confiarnos sus mandatos, para que los practicáramos. Aunque los antiguos no habían podido observar los mandamientos más elementales de la Ley (Hch 15,10), a nosotros nos prescribió de guardar los más difíciles gracias a la gracia y del poder que vienen de la cruz.


Epifanio de Bénévent (siglos V – VI)
obispo
Comentario sobre los cuatro evangelios, PLS 3, 852

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 5,17-19


Evangelio según San Mateo 5,17-19
Jesús dijo a sus discípulos:

«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.

Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos,

La perfección y plenitud que Jesús da a la Ley y los profetas no consiste en un cumplimiento escrupuloso y puntilloso de los preceptos legales. No en vano Jesús habla no sólo de la Ley, sino de la Ley y los profetas. Y es sabido que los profetas se distinguen por criticar el legalismo huero y formal, que se olvida del espíritu de la ley, de la justicia, que consiste en la solícita preocupación por los pobres y desvalidos. El versículo 20 de este mismo capítulo lo aclara meridianamente: “Porque os digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.”

Las palabras de Jesús no pueden entenderse, pues, en sentido legalista. Al contrario, el contexto del Sermón de la montaña nos ayuda a comprender que la plenitud de la Ley y los profetas se encuentra en el mandamiento del amor. Y el amor no es una filantropía genérica que hace el bien “a la humanidad”, a bulto, sino una actitud personal que, sin renunciar desde luego a los grandes proyectos, repara en las situaciones concretas, menudas, que parecen “menos importantes”, pero que dan la medida del verdadero amor personal. Jesús habla a las multitudes, pero entra en casa de hombres y mujeres con nombre y con rostro, a los que lleva también la salvación en persona; da de comer a las masas hambrientas, pero toca y se deja tocar para sanar a ese hombre o mujer de carne y hueso, “menos importante”, y sin cuya sanación, según nos puede parecer, la historia hubiera seguido adelante son cambios significativos. A Jesús, como vemos, no le parece así.

Cuando nos habla hoy de la plenitud de la ley y de la importancia de sus preceptos menos importantes, nos está diciendo que los pequeños detalles tienen mucha importancia, si de lo que hablamos es del amor: el que Dios nos tiene (para Él nadie es “menos importante”), y el que nosotros debemos vivir en nuestra vida diaria. Y es que la vida se compone de detalles menores, de momentos en apariencia poco significativos; no podemos reservarnos para los grandes acontecimientos, que pueden no llegar nunca. Es en el día a día de las pequeñas fidelidades, los gestos en apariencia insignificantes y las situaciones menudas en las que nos jugamos la autenticidad de nuestra vida cristiana, de nuestro seguimiento de Cristo, del mandamiento del amor, que lleva a plenitud y perfección la Ley y los profetas, es decir, los principios, las normas y los carismas. Como dice Jesús, usando el contraste tan típico de la sabiduría bíblica, para ser grande en el reino de los cielos hay que estar atento a lo pequeño aquí en la tierra, vivirlo y enseñarlo.

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

martes, 14 de marzo de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

“¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?” (Mt 18,33)

La compasión, por un lado, y el juicio por simple equidad por otro, si permanecen en el mismo corazón son como un hombre que adora a Dios y los ídolos en una misma casa. La compasión es el contrario del juicio por simple justicia. El juicio estrictamente de justicia de equidad implica la misma repartición de una medida semejante para todos. Da a cada uno lo que merece, no más. No se excede ni por un lado ni por otro, no discierne en la retribución. Pero la compasión nace de la gracia, se inclina hacia todos los seres con un mismo afecto, se distancia de la pena equitativa para los que son dignos de castigo y colma más allá de toda medida a los que son dignos del bien.

La compasión es, pues, compañera de la justicia, el juicio sólo está de parte del mal...Como un grano de arena no pesa tanto como el oro, la justicia equitativa de Dios no pesa tanto como su compasión. Como un puñado de arena que cae en el océano son las faltas de todo ser humano en comparación con la providencia y la piedad de Dios. Así como una fuente que mana con abundancia no podría ser restañada por un puñado de polvo, así la compasión del Creador no puede ser vencida por la malicia de las criaturas. El que guarda resentimiento cuando ora es como un hombre que siembra en el mar y espera la cosecha.


Isaac el Sirio (siglo VII)
monje cercano a Mossoul
Discursos espirituales, primera serie, Nº 58

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 18,21-35

 Evangelio según San Mateo 18,21-35


Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".

Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.

Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.

Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".

El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.

El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.

Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.

Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.

¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.

E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos hermanos:

En el Antiguo Testamento el número siete tiene una estrecha relación con el castigo (cf. Gn 4, 15. 24; Lev 28, 18-28), pero también con el arrepentimiento (cf. Prov 24, 16: “siete veces cae el justo pero vuelve a levantarse”). Es muy explicable que, en el contexto de la predicación de Jesús, y del nuevo universo religioso que se abría con ella ante los discípulos, el número siete haga acto de aparición, pero en relación con el perdón de los hermanos. En este sentido, la pregunta de Pedro va bien encaminada: se vuelve por activa, es decir, en la dirección de la misericordia, lo que antes se conjugaba por pasiva, en relación con el castigo, o, todo lo más, con el propósito personal de la propia enmienda. Sin embargo, la medida usada por Pedro resulta no ser adecuada, se queda corta.

Con el evangelio de Jesús no sólo cambia la dirección: del castigo al pecado; y del esfuerzo por la justicia, al perdón gratuito de las ofensas. Cambia también la medida: “setenta veces siete” significa un perdón sin medida, sin límites, sin ese “hasta aquí hemos llegado” tan nuestro, tan “humano”. ¿Es esa exigencia realista y, sobre todo, posible? Jesús, con la parábola del siervo perdonado y despiadado, nos invita a mirar, más allá de las ofensas recibidas, al Padre misericordioso. Al hacerlo así comprendemos la desproporción absoluta entre el perdón ilimitado, sobreabundante y exagerado de Dios, y lo que nosotros tenemos que perdonar en nuestras cuitas cotidianas. Los diez mil talentos perdonados al siervo significaban una cifra desorbitada, una cantidad de dinero que posiblemente nadie poseía en aquel tiempo. Mientras que los cien denarios eran una cifra bastante realista: con 200 denarios se podía comprar algo de pan, pero no para muchos (cf. Mc 6, 37); con trescientos, se podía comprar un buen perfume (cf. Mc 14, 5).

Los diez mil talentos representan el precio que Dios ha pagado por nosotros: la pasión y muerte de su Hijo Jesucristo, con cuya sangre hemos recibido la gracia del perdón, de la salvación, de la resurrección y la vida eterna. Los cien denarios son el precio que nosotros tenemos que pagar para ser dignos de esa herencia: cien denarios en forma de capacidad de perdón, de paciencia y misericordia, de comprensión, incluso de disposición a sufrir algo por nuestros hermanos. A veces los cien denarios nos parecen mucho, demasiado, setenta veces siete, y no estamos dispuestos a perdonarlos, amparándonos incluso en actitudes justicieras: exigimos, al fin y al cabo, lo que realmente nos deben; pero, si lo comparamos con lo que Dios nos ha regalado y perdonado en Jesucristo (diez mil talentos, bienes que superan toda medida, y que pregustamos ya en la comunidad, la Iglesia, los sacramentos, el amor fraterno), comprendemos que no es demasiado lo que se nos pide. Al fin y al cabo, sabemos que Dios nos perdona siempre, también cuando repetimos una y otra vez el mismo pecado; ¿no hemos de reflejar en nosotros mismos, siquiera a pequeña escala (cien denarios) esa desmesura (diez mil talentos) de misericordia?

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

lunes, 13 de marzo de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

La fe de la viuda de Sarepta, que acoge al que Dios le envía

En el tiempo en que el hambre azotaba a la tierra entera ¿por qué Elías fue enviado a casa de una viuda? Una gracia singular se concede a dos mujeres: un ángel a una virgen; un profeta a una viuda. A aquélla Gabriel; a ésta Elías. ¡Han sido escogidos los más eminentes de entre los ángeles y de entre los profetas! Pero la viudedad no merece ninguna alabanza por sí misma a no ser que se le junte la virtud. En la historia no faltan viudas; y, sin embargo hay una que se distingue de entre todas y que las alienta con su ejemplo... Dios es particularmente sensible a la hospitalidad: en el Evangelio, por un vaso de agua fresca promete recompensas eternas (Mt 10,42); aquí, por un poco de harina o de aceite, una profusión infinita de riquezas...

¿Por qué nos creemos dueños de los frutos de la tierra siendo así que la tierra es una perpetua ofrenda?... Hacemos recaer en provecho nuestro el sentido de una mandamiento universal: “todos los árboles frutales que engendran semilla os servirán de alimento; y a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra” (Gn 1,29-30); recogiendo para nosotros no encontramos más que vació y necesidad. ¿Cómo podríamos esperar en la promesa si no aceptamos la voluntad de Dios? Actuando sanamente, obedeciendo el precepto de la hospitalidad y haciendo honor a nuestros huéspedes: ¿acaso nosotros no somos huéspedes aquí abajo?

¡Cuán perfecta es esta viuda! Abatida por una gran hambre continuaba, sin embargo, venerando a Dios. Sus provisiones no las guardaba para ella sola; las compartía con su hijo. ¡Un bello ejemplo de ternura, y un ejemplo aún más bello de fe! Seguro que prefería a su hijo antes que a cualquier otra persona: y pone al profeta de Dios por encima de su propia vida. Creed que, ciertamente, no sólo le ha dado un poco de su alimento, sino toda su sustancia; no ha guardado nada para ella; así como su hospitalidad la ha llevado a una donación total, su fe la ha conducido a una confianza total.


San Ambrosio (c. 340-397)
obispo de Milán y doctor de la Iglesia
Dos viudas; PL 16,247-276

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 4,24-30


Evangelio según San Lucas 4,24-30
Cuando Jesús llegó a Nazaret, dijo a la multitud en la sinagoga: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.

Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país.

Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.

También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio".

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron

y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos:

La palabra de Dios de esta tercera semana de Cuaresma insiste en la actitud de la conversión y en sus implicaciones: el perdón, la observancia en los pequeños detalles de la vida, la apertura a los signos de la presencia de Dios y, como síntesis de todas ellas, la centralidad del amor. La conversión, en lo que tiene de arrepentimiento, implica un movimiento hacia dentro de sí, pero no puede quedarse ahí, sino que acto seguido tiene que volverse hacia Dios, hacia Jesús y, como consecuencia necesaria, hacia los demás.

No podemos contorsionar sobre nosotros mismos para encerrarnos en nuestro interior. Este es un peligro que debe ser evitado. Y este peligro no se da sólo en el nivel personal, sino también en el colectivo: como pueblo, como grupo social, también como Iglesia. Jesús recuerda a sus paisanos que la gracia y la salvación de Dios no son asunto exclusivo de Israel, y lo hace poniendo como ejemplos de la acción salvífica a personajes, como Amán, el sirio, o la viuda de Sarepta, es decir, gentes que pertenecían a pueblos ajenos a las promesas, incluso tradicionalmente enemigos de Israel. También nosotros, cristianos del siglo XXI, hemos de tener en cuenta esta verdad.

Cuando por el camino cuaresmal tratamos de revisar nuestra vida, renovarnos por dentro por medio de la oración y el ayuno, no podemos concentrarnos en nosotros mismos hasta el punto de olvidar al resto del mundo, a los demás, también a aquellos que de un modo u otro, por motivos personales, ideológicos, incluso religiosos, están lejos de nosotros. Jesús nos llama a levantar la cabeza y a mirarlos cara a cara. Dios quiere que también a ellos les llegue la salvación. Y nuestra conversión no puede ser ajena a esa voluntad.

Si nos consideramos miembros del pueblo elegido, de la Iglesia de Cristo, esto no sólo no nos aísla de todos los demás, sino que nos tiene que llevar a abrir los ojos para ver en ellos a destinatarios iguales a nosotros de los favores de Dio; la conversión significa que nosotros somos los profetas y servidores, mediadores para ellos de esos mismos favores. Si no es así, es que nuestra conversión no es verdadera. Estaremos haciendo de nuestra fe un privilegio, algo privado y exclusivo, en vez de un don que es también una responsabilidad. Y, en tal caso, Jesús, al que creemos conocer bien, al que tenemos por alguien nuestro, se convertirá en un extraño; y bien puede suceder, como les sucedió a los celosos e iracundos paisanos de Jesús, que él, abriéndose paso entre nosotros, simplemente se aleje…

CR

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

domingo, 12 de marzo de 2023

AGUA VIVA

 

«El Evangelio de hoy nos ofrece a cada uno de nosotros el agua viva que puede hacer que nos convirtamos en fuente de refrigerio para los demás. Y entonces, como la samaritana, que dejó su ánfora en el pozo y fue a llamar a la gente del pueblo (cf. v. 28), tampoco nosotros pensaremos solo en saciar nuestra sed, nuestra sed material, intelectual o cultural, sino que, con la alegría de haber encontrado al Señor, podremos saciar la sed de los demás: dar sentido a la vida de los demás, no como amos sino como servidores de esta Palabra de Dios que nos ha dado sed, que nos da sed continuamente; podremos entender su sed y compartir el amor que Él nos dio a nosotros»
        

Francisco

Ángelus

12-03-2023




COMPRENDIENDO LA PALABRA

“El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna” (Jn 4,14)

Cuando la santa Escritura nos instruye sobre la realidad vivificante, habla de una profecía divina: “Me abandonaron a mí, la fuente de agua viva” (Jr 2,13). O hace referencia a las palabras del Señor a la Samaritana: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva” (Jn 4,10) y “El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí… El se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él” (Jn 7,37.39). La Escritura designa la naturaleza divina bajo el nombre de agua viva.

El testimonio sin mentira del Verbo atestigua que la Esposa del Cantar (Ct 4,15) es un pozo de agua viva, surgido de una corriente que desciende del Líbano. ¿Algo más paradoxal? Mientras que los pozos contienen un agua aletargada, la Esposa posee en ella un agua que corre. De esta forma, ella tiene la profundidad del pozo al mismo tiempo que la movilidad del río. ¿Quién podrá expresar convenientemente las maravillas indicadas por esta comparación? Parece que ella no puede elevarse más alto, porque en todo se asemeja a la Belleza arquetipo. Con su manantial imita al Manantial, con su vida imita la Vida y con su agua, al Agua.

Vivo está el Verbo de Dios, viva está también el alma que ha recibido al Verbo. Esta agua surge de Dios, según lo que dice el Manantial: “Yo he salido de Dios y vengo de él” (Jn 8,42). Y ella contiene lo que corre en el pozo del alma, siendo así el reservorio de esta agua viva que corre, que fluye del Líbano (cf. Ct 4,15).


San Gregorio de Nisa (c. 335-395)
monje, obispo
El Manantial de Agua Viva (La Colombe et la Ténèbre, Cerf, 1992), trad.sc©evangelizo.org

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 4,5-42


Evangelio según San Juan 4,5-42
Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.

Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.

Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber".

Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.

La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.

Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva".

"Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?

¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?".

Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,

pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna".

"Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla".

Jesús le respondió: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí".

La mujer respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido,

porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad".

La mujer le dijo: "Señor, veo que eres un profeta.

Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar".

Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.

Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.

Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".

La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo".

Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo".

En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: "¿Qué quieres de ella?" o "¿Por qué hablas con ella?".

La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:

"Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?".

Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.

Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: "Come, Maestro".

Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen".

Los discípulos se preguntaban entre sí: "¿Alguien le habrá traído de comer?".

Jesús les respondió: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.

Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.

Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría.

Porque en esto se cumple el proverbio: 'no siembra y otro cosecha'

Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos".

Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: "Me ha dicho todo lo que hice".

Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.

Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.

Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo".


RESONAR DE LA PALABRA


Mi admirada Samaritana:

No sé tu nombre. El evangelista no nos dejó este «detalle».
Seguramente porque hay muchos y muchas que son como tú.
Pero nos cuenta que, como todos los días, con una rutina inconsciente,
sales de casa, haces de lo de siempre, vas donde siempre, caminas como siempre...
Llegas llena de polvo, y sucia de sudor, por ese sol de justicia que todo lo agrieta.
Las calles están vacías, a nadie se le ocurre salir con ese solazo... A ti sí.
A lo mejor es que prefieres no cruzarte con nadie.

Pero ojos escondidos te espían a través de las ventanas
y murmuran de ti, y te juzgan con desprecio, y te condenan:
«Es una cualquiera, se enrolla con todos los que se le ponen a tiro,
¡ya ha tenido cinco maridos!!!».

Lo cierto es que tienes sed, llevas el corazón reseco y agrietado,
dolorido, desengañado de tantos que han jugado contigo, te han usado,
y no te han devuelto ni la mínima parte de lo que tú les has dado.
Te has agotado de intentar encontrar un amor que te llene.
Tarea siempre difícil. Y vacía te has quedado.
Llegas al pozo cansada de buscar y no encontrar nada, como tantos.
Quisieras que tu vida tuviera algún sentido, importarle a alguien,
que te respetaran, que te tuvieran en cuenta,
quisieras ser feliz, poder levantarte con ilusión cada mañana
y triunfar sobre esa rutina que te vence, que te cansa, que te aburre,
que te hace estar harta de todo y de todos,
y no ser menos que otros, encontrar un hombro sobre el que desahogarte
(¡qué duro es tragarse a solas la soledad!),
una sonrisa de comprensión cuando no te salen bien las cosas,
una chispa de esperanza cuando el cielo se vuelve negro.

Ese cántaro vacío que llevas contigo
se parece mucho a tu corazón: nunca se llena del todo, se vacía deprisa.
Acudes siempre a los mismos pozos
y acabas echando dentro cualquier agua, aunque realmente no calme tu sed.
Ningún agua sacia del todo nuestra sed. Volvemos de nuevo a tenerla.
Y al beberla y saborearla... apenas unos sorbitos, nos dejan con ganas de más.

Y hoy, por sorpresa, sin esperarlo ni verlo venir,
bajo ese calor del mediodía, distraída con tus pensamientos... te topas con Jesús.
Tuviste la enorme suerte de encontrarte con él,
aunque no tenías ni idea de quién era, y te pidió de beber.
Pero no le importó que fueras mujer, que estuvieras casada,
que fueras una «hereje» samaritana. No le importó que le vieran charlando contigo.

Tú que andas sedienta, y te piden agua.
Tú que te sientes sola, y te piden un poco de compañía y conversación.
Tú tan necesitada de unas palabras amables y respetuosas... y te las piden a ti.
Lo que necesita ese Desconocido no era nada difícil para ti,
pero tú sueles ponerte a la defensiva con cualquiera que se te acerca.
Hay demasiados prejuicios en tu cabeza (seguramente justificados),
y demasiada desconfianza en el corazón.
¿Otro que intenta aprovecharse de ti?
Sin embargo, también él parece cansado y necesitado, sediento como tú,
y no te juzga, ni te da órdenes. Sóo te invita a mirar hacia dentro de ti,
para que descubras que eres valiosa, que no te conoces bien,
que tu corazón sigue siendo capaz de dar, y de amar,
y que tú mereces algo mejor de lo que hasta ahora has encontrado,
no puedes conformarte con el primero que llega,
por que tienes dentro un manantial inagotable que nace de lo alto,
en el mismo corazón de Dios.

Así que no busques fuera, pues lo que necesitas lo llevas dentro.
Y cuando alguien no se quiere a sí mismo, no se valora lo suficiente
nunca se sentirá querido por nadie, sólo conseguirá que lo usen.
Que dejes de autocompadecerte
y mires a los que puedan necesitar tu humilde cántaro.
Necesitas reconocer tu verdad, tus errores, tu sentimiento de vacío,
y ya va siendo hora de que te abras a Dios.
Ese Dios que te necesita, que te pide, que no te hace reproches ni te juzga,
que comprende tu dolor y te trata con respeto,
que te abre caminos nuevos, que te hace mirarte a ti misma ojos nuevos,
que te llena de esperanza.
Que te invita a quererte a pesar de tu vacío, tu pecado y tu pobreza.
Aquel Desconocido, a cambio de un poco de tu agua... te ha empapado de amor.
¡Qué suerte tuviste, samaritana, y qué valiente por atreverte a abrirte a él!

Samaritana: Dile que también yo necesito su Agua Viva.
Dile que salga a mi encuentro en cualquier recodo del camino,
y me diga sus palabras serenas.
Dile que tenga paciencia si, como tú al principio, parece que le rechazo,
si me muestro autosuficiente, si me las doy de no necesitar nada ni a nadie.
Dile que me ayude también a reconocer mi verdad y sane mis heridas.
Pídele que me ensanche el corazón y me ayuda a descubrir
que dentro de mí hay una Fuente de Vida (el Espíritu) con la que puedo dar a otros de beber.
Yo también quiero que se me acerque, a la hora que él elija, y me hable, y me pida de beber.
Y pídele para mí también, que me haga capaz -como tú-
de ir a contar a otros lo que me ha dicho, lo que ha hecho conmigo
y que yo sepa, como él, acoger, escuchar, comprender y animar
a tantos que necesitan sentirse escuchados y acogidos, acompañados...
Con toda mi admiración y respeto, te saludo.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA