martes, 14 de enero de 2020

La autoridad


Mes de la Gentileza día 14


Buen día, Espíritu Santo! 14012020




RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 1,21b-28


Evangelio según San Marcos 1,21b-28
Jesús entró a Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar.
Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar:
"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre".
El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.
Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!".
Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos, paz y bien.

Jesús continúa alternando las palabras sobre el Reino con acciones que demuestran que ese Reino está ya entre nosotros. En ocasiones, se centra en las necesidades materiales de sus oyentes, como en el caso de la multiplicación de los panes y los peces. Alimento para el alma, y alimento para el cuerpo. No fuera a ser que desfallecieran por el camino.

Hoy vemos un paso más en la lucha contra el mal, o, dicho de otra manera, en la propagación de ese Reino de Dios que ha comenzado con Jesús. La liberación de un endemoniado supone demostrar que el poder de Dios es superior a la fuerza del diablo. El Bien vence al mal, aunque a veces no sea tan evidente como en este relato.

Nosotros quizá no podemos liberar demonios, como hacía Jesús. Es tarea de algunos sacerdotes expertos, designados por los obispos, los exorcistas. Pero sí podemos estar cerca de los que sufren, como hacía Él. Y tratar de animar, de iluminar, de ser testigos de la fe, de nuestra fe. Con los extraños, y con los cercanos. Con todos.

Y si no sabes cómo cumplir con esta misión, haz como Ana. Ora, pídele al Señor que te dé lo que necesitas, desahógate ante Él. Que siempre sabe lo que se hace, y te ayudará a encontrar la forma de ser testigo. Que palabras y obras vayan de la mano en nuestra vida. Como lo fueron en la vida de Jesús.

Nuestro amigo en la fe, Alejandro C.M.F.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 140120


"¿Viniste para perdernos?"

Detrás de la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (Sb 2,24). La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. "El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos" (Concilio de Letrán IV, año 1215: DS, 800).

La Escritura habla de un pecado de estos ángeles (2 P 2,4). Esta "caída" consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: "Seréis como dioses" (Gn 3,5). El diablo es "pecador desde el principio" (1 Jn 3,8), "padre de la mentira" (Jn 8,44). Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. "No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte" (San Juan Damasceno, De fide ortodoxa, 2,4: PG 94, 877C).

La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama "homicida desde el principio" (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre ( Mt 4,1-11). "El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo" (1 Jn 3,8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios.

Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios.

Catecismo de la Iglesia Católica
§391-395 (Copyright- Libreria Editorial Vaticana)

lunes, 13 de enero de 2020

SER DISCÍPULO


«Pero el Hijo de Dios vino precisamente para cerrar esa distancia entre el hombre y Dios. Si Jesús está del lado de Dios, también está del lado del hombre y une lo que estaba dividido. Por eso le respondió a Juan: «Déjalo por ahora, porque conviene que cumplamos con toda justicia». El Mesías pide ser bautizado, para que se pueda hacer toda justicia, es decir, para que se realice el plan del Padre que pasa por el camino de la obediencia filial y la solidaridad con el hombre frágil y pecador. Es el camino de la humildad y la total cercanía de Dios a sus hijos»

Francisco
Ángelus
12-01-2020 


Llamada

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. (Marcos 1, 18)

En el Evangelio del hoy leemos que Jesús comenzó su ministerio en Galilea anunciando la buena noticia y diciendo: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Marcos 1, 15). Hemos escuchado tantas veces estas palabras que fácilmente podemos entenderlas en forma superficial, sin realmente detenernos a meditar en su significado profundo. Pero si nos disponemos a comprender, Dios nos revelará los maravillosos misterios de su Reino. Para comenzar, podemos desarrollar el hábito de preguntarle al Señor cosas que no entendemos cuando leemos la Sagrada Escritura y meditar en el significado de su palabra.

Por ejemplo, ¿qué significa que haya llegado el tiempo y que el Reino de Dios esté cerca? Jesús anunció que el Reino de Dios había comenzado con su venida al mundo, porque él mismo es la Buena Noticia de Dios en persona. La Buena Nueva consiste en que Jesucristo, el Hijo de Dios, se hizo hombre para rescatarnos del poder de las tinieblas, del pecado y de la muerte. Él pagó personalmente el precio de nuestra redención muriendo en la cruz y resucitándonos a la vida nueva.

Jesús les dijo a varios de sus discípulos: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres” (Marcos 1, 17). Esta invitación al discipulado debe haber sido muy emocionante, pero a la vez motivo de preocupación, porque Jesús les pedía que dejaran todo lo conocido, como sus trabajos, su vecindario y hasta sus familiares y amigos para seguirlo a él. Y hay que reconocer que la respuesta de estos discípulos fue inmediata y completa. Lo dejaron todo para seguir a Jesús, y ciertamente llegaron a ser pescadores de hombres.

Hoy, Jesús nos llama a cada uno de nosotros y nos invita a ser discípulos suyos. Quizás esto nos cause inquietud también, porque no sabemos a qué tendremos que renunciar, pero Jesús nos ha prometido estar siempre con nosotros (Mateo 28, 20). Todo lo que nos pide es que le digamos “sí” cada día. Así, con la fuerza del Espíritu Santo, también podremos llegar a ser pescadores de hombres.
“Señor Jesús, me entrego a ti y te pido que me sanes. Te recibo en mi corazón y te doy el ‘sí’ a tu invitación a seguirte y a traer a otros para que te conozcan, te amen y te sirvan.”
1 Samuel 1, 1-8
Salmo 116 (115), 12-19
fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Mes de la Gentileza día 13


Buen día, Espíritu Santo! 13012020


RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Marcos 1,14-20


Evangelio según San Marcos 1,14-20
Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:
"El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia".
Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores.
Jesús les dijo: "Síganme, y yo los haré pescadores de hombres".
Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.
Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó,
y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos hermanos, paz y bien.
Con el Bautismo del Señor hemos cerrado el tiempo de Navidad. De contemplar al Recién Nacido, la Palabra hecha carne, pasamos a verlo ya adulto, en permanente salida. De ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, anunciando que el Reino de Dios ha llegado, y la necesidad de convertirse. Porque el plazo se ha cumplido.
Desde el mismo comienzo de su predicación, Jesús estuvo cerca de la gente. ¿Cómo llevó a cabo su misión? Hablando del Reino de Dios, del amor del padre hacia todos, por un lado, y curando a los enfermos por otro. Palabras y hechos. Palabras de apertura a todos, y hechos que confirman esas palabras.
Jesús ve que esa misión debe implicar a otras personas. Porque el Reino no es cosa de unos pocos, sino de todos. Y por ello llama a algunas personas, de esas que se vieron interpeladas por su Palabra, para que le acompañen. “Pescadores de hombres”, les dice. Porque había mucha desorientación, mucha oscuridad. Y la Luz, que se apareció a los hombres en Belén, se extendió por todas partes.
Muchos se vieron convencidos por lo que Jesús decía y hacía. Otros – cada uno es libre – no lo recibieron. Pero por Jesús no queda. Él y sus compañeros se van a lanzar a la aventura que han recibido del Padre.
No solo en los tiempos de Jesús la tarea era difícil. Hoy también. Sigue habiendo desorientación y oscuridad. Siguen haciendo falta muchos obreros para el ancho mundo de Dios. Aunque no sea jueves, podemos rezar por las vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio. Para que siga habiendo personas que anuncien la Palabra. Por todo el mundo. Y tú mismo, en tu condición, puedes hacer tu aporte a la tarea evangelizadora. No lo dejes para mañana.
Alejandro Carbajo Olea, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

JESÚS LES DIJO: SÍGANME


«Jesús les dijo: “Síganme”» (Mc 1,17)

¡“Sígueme”! Jesús dice esas palabras (…) a cada cristiano. Sígueme, desnudo como yo estoy desnudo, libre de todo impedimento como yo soy libre. El libro de Jeremías lo afirma: «Tú me llamarás ‘Mi padre’ y nunca dejarás de ir detrás de mí” (Jer 3,19). Sígueme entonces y deposita las cargas que llevas. Cargado como estás, no puedes seguirme, a mí, que avanzo corriendo. “Yo te busco ardientemente, mi alma tiene sed de ti” (Sal 62,2) dice el salmista sobre mí. Es mi sed por salvar a la humanidad. ¿Hacia dónde corrió él? Hacia la cruz. Corre tú también detrás de él. Como llevó su cruz por ti, toma la tuya, por tu bien. Por eso, estas palabras del evangelio de Lucas: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo” renunciando a su voluntad propia, “que cargue con su cruz” mortificando sus pasiones, “cada día” continuamente, “y me siga” (cf. Lc 9,23). (…)

Jesús se dirige a nosotros como una madre que queriendo enseñar a su hijito a caminar, le muestra un pan o una manzana y le dice: “Ven hacia mí y te la daré”. Y cuando el niño está tan cerca que casi puede tomarla, ella se aleja un poquito mostrándole el objeto y diciéndole siempre “Sígueme si quieres tenerlo”. Ciertos pájaros tiran sus pequeños del nido y volando les enseñan a volar y a seguirlo. Jesús hace lo mismo. Se muestra a sí mismo como ejemplo y nos promete su recompensa en el Reino, para que lo sigamos.

“Sígueme” porque yo conozco el buen camino y te guiaré. Leemos en el libro de Proverbios: “Yo te instruyo sobre el camino de la sabiduría, te encamino por senderos rectos. Cuando camines no se acortará tu paso, y si corres, no tropezarás” (Prov 4,11-12 LXX). (…) Entonces, “sígueme”.



San Antonio de Padua (1195-1231)
franciscano, doctor de la Iglesia
Sermón para la fiesta de san Juan Evangelista («Une Parole évangélique», Franciscaines, 1995); trad. sc©Evangelizo.org

domingo, 12 de enero de 2020

Twit Francisco 12012020


Evangelizar



Bendijo todas las aguas

Fiesta del Bautismo del Señor (Ciclo A)

Jesús no tenía necesidad de ser bautizado, pero los primeros teólogos dicen que, con su cuerpo, con su divinidad, en su bautismo bendijo todas las aguas, para que las aguas tuvieran el poder de dar el Bautismo. Y luego, antes de subir al Cielo, Jesús nos pidió ir por todo el mundo a bautizar. Y desde aquel día hasta el día de hoy, esto ha sido una cadena ininterrumpida: se bautizan a los hijos, y los hijos después a los hijos, y los hijos... Y hoy también esta cadena prosigue.

Estos niños son el eslabón de una cadena. Vosotros padres traéis a bautizar al niño o la niña, pero en algunos años serán ellos los que traerán a bautizar a un niño, o un nietecito... Así es la cadena de la fe. ¿Qué quiere decir esto? Desearía solamente deciros esto: vosotros sois los que transmitís la fe, los transmisores; vosotros tenéis el deber de transmitir la fe a estos niños. Es la más hermosa herencia que vosotros les dejaréis: la fe. Sólo esto. Llevad hoy a casa este pensamiento. Debemos ser transmisores de la fe. Pensad en esto, pensad siempre cómo transmitir la fe a los niños.

Hoy canta el coro, pero el coro más bello es este de los niños, que hacen ruido... Algunos llorarán, porque no están cómodos o porque tienen hambre: si tienen hambre, mamás, dadles de comer, tranquilas, porque ellos son aquí los protagonistas. Y ahora, con esta conciencia de ser transmisores de la fe, continuemos la ceremonia del Bautismo.

Santo Padre Francisco
Homilía (12-01-2014)

LOS CIELOS SE ABRIERON

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor. Esta mañana he bautizado a treinta y dos recién nacidos. Doy gracias con vosotros al Señor por estas criaturas y por cada nueva vida. A mí me gusta bautizar a los niños. ¡Me gusta mucho! Cada niño que nace es un don de alegría y de esperanza, y cada niño que es bautizado es un prodigio de la fe y una fiesta para la familia de Dios.

La página del Evangelio de hoy subraya que, cuando Jesús recibió el bautismo de Juan en el río Jordán, «se abrieron los cielos» (Mt 3, 16). Esto realiza las profecías. En efecto, hay una invocación que la liturgia nos hace repetir en el tiempo de Adviento: «Ojalá rasgases el cielo y descendieses!» (Is 63, 19). Si el cielo permanece cerrado, nuestro horizonte en esta vida terrena es sombrío, sin esperanza. En cambio, celebrando la Navidad, la fe una vez más nos ha dado la certeza de que el cielo se rasgó con la venida de Jesús. Y en el día del bautismo de Cristo contemplamos aún el cielo abierto. La manifestación del Hijo de Dios en la tierra marca el inicio del gran tiempo de la misericordia, después de que el pecado había cerrado el cielo, elevando como una barrera entre el ser humano y su Creador. Con el nacimiento de Jesús, el cielo se abre. Dios nos da en Cristo la garantía de un amor indestructible. Desde que el Verbo se hizo carne es, por lo tanto, posible ver el cielo abierto. Fue posible para los pastores de Belén, para los Magos de Oriente, para el Bautista, para los Apóstoles de Jesús, para san Esteban, el primer mártir, que exclamó: «Veo los cielos abiertos» (Hch 7, 56). Y es posible también para cada uno de nosotros, si nos dejamos invadir por el amor de Dios, que nos es donado por primera vez en el Bautismo. ¡Dejémonos invadir por el amor de Dios! ¡Éste es el gran tiempo de la misericordia! No lo olvidéis: ¡éste es el gran tiempo de la misericordia!

Cuando Jesús recibió el Bautismo de penitencia de Juan el Bautista, solidarizándose con el pueblo penitente —Él sin pecado y sin necesidad de conversión—, Dios Padre hizo oír su voz desde el cielo: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco» (v. 17). Jesús recibió la aprobación del Padre celestial, que lo envió precisamente para que aceptara compartir nuestra condición, nuestra pobreza. Compartir es el auténtico modo de amar. Jesús no se disocia de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros. Así, nos hace hijos, juntamente con Él, de Dios Padre. Ésta es la revelación y la fuente del amor auténtico. Y, ¡este es el gran tiempo de la misericordia!

¿No os parece que en nuestro tiempo se necesita un suplemento de fraternidad y de amor? ¿No os parece que todos necesitamos un suplemento de caridad? No esa caridad que se conforma con la ayuda improvisada que no nos involucra, no nos pone en juego, sino la caridad que comparte, que se hace cargo del malestar y del sufrimiento del hermano. ¡Qué buen sabor adquiere la vida cuando dejamos que la inunde el amor de Dios!

Pidamos a la Virgen Santa que nos sostenga con su intercesión en nuestro compromiso de seguir a Cristo por el camino de la fe y de la caridad, la senda trazada por nuestro Bautismo.

Santo Padre Francisco
Fiesta del Bautismo del Señor (Año A)
Domingo 12 de enero del 2014

UNGIDO CON EL ESPÍRITU SANTO

Fiesta del Bautismo del Señor (Año A)
Domingo 13 de enero del 2008

Queridos hermanos y hermanas:
Con la fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos hoy, se concluye el tiempo litúrgico de Navidad. El Niño, a quien los Magos de Oriente vinieron a adorar en Belén, ofreciéndole sus dones simbólicos, lo encontramos ahora adulto, en el momento en que se hace bautizar en el río Jordán por el gran profeta Juan (cf. Mt 3, 13). El Evangelio narra que cuando Jesús, recibido el bautismo, salió del agua, se abrieron los cielos y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma (cf. Mt 3, 16). Se oyó entonces una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3, 17). Esa fue su primera manifestación pública, después de casi treinta años de vida oculta en Nazaret.

Testigos oculares de ese singular acontecimiento fueron, además del Bautista, sus discípulos, algunos de los cuales se convirtieron desde entonces en seguidores de Cristo (cf. Jn 1, 35-40). Se trató simultáneamente de cristofanía y teofanía: ante todo, Jesús se manifestó como el Cristo, término griego para traducir el hebreo Mesías, que significa "ungido". Jesús no fue ungido con óleo a la manera de los reyes y de los sumos sacerdotes de Israel, sino con el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, junto con el Hijo de Dios aparecieron los signos del Espíritu Santo y del Padre celestial.

¿Cuál es el significado de este acto, que Jesús quiso realizar —venciendo la resistencia del Bautista— para obedecer a la voluntad del Padre? (cf. Mt 3, 14-15). Su sentido profundo se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que "quita" el pecado del mundo (cf. Jn 1, 29). Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su "bautismo" (cf. Lc 12, 50). En efecto, al morir se "sumergió" en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna.

Toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarnos en el Espíritu Santo, para librarnos de la esclavitud de la muerte y "abrirnos el cielo", es decir, el acceso a la vida verdadera y plena, que será "sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría" (Spe salvi, 12).

Es lo que sucedió también a los trece niños a los cuales administré el sacramento del bautismo esta mañana en la capilla Sixtina. Invoquemos sobre ellos y sobre sus familiares la protección materna de María santísima. Y oremos por todos los cristianos, para que comprendan cada vez más el don del bautismo y se comprometan a vivirlo con coherencia, testimoniando el amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Benedicto XVI
Fiesta del Bautismo del Señor (Año A)
Domingo 13 de enero del 2008

Partir para permanecer

El discurso navideño del Papa Francisco a la Curia Romana es una pieza llena de apasionada sinceridad que deberíamos leer con atención en este tiempo en que tantos se entregan a elucubraciones suicidas de ruptura eclesial, por la izquierda y por la derecha. Francisco retoma una afirmación central de la teología de san John Henry Newman en su libro El desarrollo de la doctrina cristiana, sobre la necesidad de que la Iglesia cambie para permanecer fiel a su identidad y vocación. No se trata de cambiar por cambiar, ha dicho Francisco, ni de estar a la moda, sino de una conversión siempre inacabada para vivir y comunicar el acontecimiento de Cristo en cada época: «la historia de la Iglesia está marcada siempre por partidas, desplazamientos, cambios… paradójicamente, se necesita partir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel».

Este discurso es un canto a la «renovación en la continuidad», característica esencial del camino de la Iglesia, un rasgo que siempre predicó con intensidad Benedicto XVI como clave para leer la historia y para afrontar el futuro. Como explica con franqueza Francisco, la percepción de los enormes desafíos que este cambio de época plantea a la misión de la Iglesia no se ha producido de la noche a la mañana. Hay que recordar la sugestiva visión de san Juan Pablo II que acuñó el término «nueva evangelización» (recuperado expresivamente en este discurso) y la profunda convicción de Benedicto XVI de que ya no es posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella. Guiado por esta preocupación instituyó en 2010 el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, orientado a promover una renovada evangelización en países con Iglesias de antigua fundación que están viviendo una progresiva secularización y una especie de «eclipse del sentido de Dios». Como tantas veces dijo el Papa Ratzinger, tenemos que aprender nuevas formas de hacer presente y comprensible la verdad del Evangelio de Cristo, en diálogo con las preocupaciones de nuestros contemporáneos.

Así pues, el impulso reformador que ahora encarna Francisco tiene un largo y fecundo surco en la historia reciente de la Iglesia. Y resulta tan patético acusar a Francisco de ruptura por desarrollar la obra de sus predecesores, como ver en él una especie de revolucionario que está inventando una nueva Iglesia. Este discurso resuena precisamente cuando la plataforma Netflix presenta en su película Los dos papas una exhibición burda y venenosa de la cansina tesis de la contraposición entre Benedicto y Francisco. Personalmente me resulta especialmente injusta y repugnante una reconstrucción de la figura de Joseph Ratzinger tan llena de falsedades, que no ha tenido en cuenta ni uno sólo rasgo de su experiencia humana, de su obra teológica ni de su ministerio pastoral. Una reconstrucción al servicio de la dialéctica más dañina en la vida de la Iglesia, la que busca su división y su ruptura.

Será verdad algo que Joseph Ratzinger observaba ya con nitidez siendo aún muy joven: que a los apóstoles les esté reservado, de una u otra forma, el puesto de la irrisión y del desprecio. Francisco también lo está experimentando ya. Recordemos una vez más a Newman, que de esto tuvo doble ración, para subrayar que el cristiano puede vivir firme en medio del barullo y la confusión, cierto de que en medio de todos los vaivenes se encuentra la estabilidad de Dios, que ha prometido no abandonar jamás a su Iglesia.

José Luis Restán
fuente: Una fe al aire libre - publicado en diciembre 2019

Mi Iglesia



En el ángelus de la fiesta de san Pedro y san Pablo el Papa insistió en uno de los temas nucleares de su magisterio de los últimos meses: el amor a la Iglesia, santa aunque compuesta de pecadores. Su deseo es que cada uno de los bautizados pueda entender y sentir a la Iglesia como suya, no con un sentido de pertenencia exclusiva, ni porque responda a nuestras pretensiones, sino como expresión de un amor dispuesto a sostenerla, porque de ella hemos recibido el tesoro de nuestra vida, Cristo presente. Pedro y Pablo, tan diferentes por historia y temperamento, vivieron así su relación con la Iglesia. Entre ellos hubo choques memorables, pero lo que les unía era infinitamente más grande: una imagen imponente frente a quienes hoy se muerden y devoran para someter a la Iglesia a sus imágenes, por usar la poderosa imagen de la Carta a los Gálatas.

Si hay una figura que condensa ese amor lúcido y apasionado a la Iglesia, es la del cardenal John Henry Newman, cuya canonización se celebrará en Roma el próximo 13 de octubre. Para decir públicamente mi Iglesia, tal como pide Francisco, Newman tuvo que arriesgarlo todo: fama, honra, seguridad y amistades. Y no lo hizo porque le cautivaran las principales figuras eclesiales de su tiempo (algunas le hicieron sufrir hasta el final) ni porque ignorase las debilidades que afligían al cuerpo eclesial, del papado en adelante. Lo hizo, como él mismo confesó a su hermana, «por estricta necesidad», consciente de que solo en la Iglesia católica presidida por el Sucesor de Pedro podía vivir de manera íntegra, segura y estable, la misma fe de los apóstoles.

Ahora va a ser inscrito en el Libro de los Santos, pero el suyo no fue un camino de rosas. Y no me refiero solo a la envidia y la maledicencia que se vertieron contra él, sino al hecho de que hasta el final hubo de atravesar todo tipo de obstáculos humanos para adherirse como un niño al corazón de la Iglesia, a la que supo contemplar con inteligencia suprema en el devenir de los siglos, a través de sus tormentas y fracasos, pero también en su misterioso y continuo resurgir.

De Newman podemos aprender el modo de afrontar las legítimas discrepancias en el debate eclesial, que indican simplemente que la Iglesia está viva. Ni los hombres podemos impedir que existan esas diferencias ni Dios quiere hacerlo, por tanto hay que procurar que sean ejercicio de caridad. Y también su conciencia de que la Iglesia solo puede conservarse explicitando sus riquezas y abandonando ciertas fórmulas superadas, debe reformarse sin cesar para guardar su identidad en el tiempo. Por todo ello su canonización de un inmenso regalo en el momento en que más lo necesitamos.

José Luis Restán
fuente Fe al aire libre - publicado en julio 2019

Este es mi Hijo muy amado

Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias. (Mateo 3, 17)

Hoy vemos que Jesús va al Jordán para ser bautizado por Juan, y nos llenamos de alegría al ver que el Espíritu Santo desciende sobre él y se escucha la voz del Padre, que declara: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.”

¡Qué inefable bendición el ser señalado como alguien que complace al Padre! Porque, ¿no estamos nosotros llamados también a ser, como Jesús, hijos fieles y obedientes que complacen al Padre? Sí, pero ¡es difícil! Recordemos que Cristo comunicó la fuerza regeneradora y purificadora del Espíritu Santo a las aguas del río Jordán, y por extensión a todas las aguas bautismales. Por eso, cuando somos bautizados empezamos a ser verdaderamente hijos de Dios.

Si uno pregunta: “¿Por qué quiso bautizarse Jesús si era santo?” La respuesta es clara: “Cristo se bautiza no para que las aguas lo santifiquen a él, sino para que él santifique las aguas” (San Máximo de Turín).

Pero no basta con la primera regeneración del Bautismo: necesitamos revivir constantemente la gracia bautismal por medio del proceso que llamamos la “conversión continua”.

El Bautismo sacramental es impactante por la manera como se manifiesta su eficacia en la persona bautizada, pero el gran reto es creer aquello que hemos recibido en el sacramento: no solo el perdón de los pecados, sino que llegamos a ser, por el Bautismo, hijos de Dios, que nacemos a la vida espiritual y en nuestro corazón llevamos la presencia del Espíritu Santo y quedamos sellados como pertenecientes al Cuerpo de Cristo.

Esta es una realidad que se cumple de manera efectiva en el Bautismo y se ratifica en la Confirmación. En efecto, todos los bautizados y confirmados hemos sido sellados con la marca indeleble de la pertenencia a Cristo Jesús, nuestro poderoso Salvador, y así pasamos a formar parte de la gran familia humana de Dios, la Iglesia.
“Amado Jesús, gracias por salvarme mediante el Bautismo y darme una vida nueva.”
Isaías 42, 1-4. 6-7
Salmo 29 (28), 1-4. 9-10
Hechos 10, 34-38

fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Mes de la Gentileza día 12


Buen día, Espìritu Santo! 12012020

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 3,13-17


Evangelio según San Mateo 3,13-17
Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
Juan se resistía, diciéndole: "Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!".
Pero Jesús le respondió: "Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo". Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él.
Y se oyó una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección".


RESONAR DE LA PALABRA

¡Descubramos nuestro Bautismo!

Hoy entendemos el Bautismo como un sacramento, un rito que hay que cumplir para entrar a formar parte de la comunidad católica. Pero la fiesta de hoy nos recuerda que el Bautismo es algo mucho más profundo. Y que sería bueno que recuperásemos ese significado en nuestra vida cristiana. 

Lo que hoy es apenas en la mayor parte de las parroquias un echar un poco de agua sobre la cabeza del recién nacido, era al principio de la historia del cristianismo y lo es todavía en algunas parroquias, un sumergirse completamente en el agua. El agua es principio de muerte (en el agua nos ahogamos, no podemos respirar, lo que se echa al agua se disuelve, se deshace, deja de existir) pero también es principio de vida (científicamente se puede afirmar que la vida comenzó en el agua, el feto está envuelto en líquido, del agua se resurge limpio y puro). El Bautismo tiene pues un significado básico: expresa la muerte y la resurrección de una persona. El que se bautiza muere a una vida y al salir del agua comienza una nueva vida. Por eso la tradición cristiana hizo que en el Bautismo se impusiera un nuevo nombre a la persona. La nueva vida requería un nuevo nombre. 

Todo es un signo. Nadie muere de verdad ni resucita de verdad. Pero hay momentos en la vida en que se requiere un signo de ese tipo que rubrique un cambio real de vida en la persona. A veces, aunque no se produzca una muerte física, se dan cambios en la vida de una persona que traen ciertamente un nuevo estilo y una nueva orientación.

Con ese sentido tan profundo se bautizó Jesús. Hasta entonces había vivido como uno más. Quizá se había retirado al desierto y allí había estado con el grupo de Juan Bautista o con otros grupos. Fue allí donde maduró su decisión, donde reconoció su llamada a anunciar la buena nueva del Reino. Por eso se bautizó. Fue una forma de refrendar públicamente su nuevo estilo de vida. El Bautismo de Jesús marca una frontera entre su vida anterior y posterior. Fue de verdad el comienzo de una nueva vida al servicio del Reino de Dios.

Para nosotros el bautismo no tiene ese sentido. La mayoría fuimos bautizados de recién nacidos. No recordamos nada de aquella celebración. No significó un antes y un después en nuestra vida. Más bien nos sentimos inmersos desde el principio en la tradición cristiana. Desde el principio de nuestra vida somos cristianos. Ahora se trata de llevar a la práctica diaria lo que nuestro bautismo celebró y significó. Como Jesús, estamos comprometidos a vivir de acuerdo con el Evangelio. A ser portadores de la buena nueva para todo el mundo. 

Para la reflexión

¿Ha habido algún momento de mi vida en que me haya dado cuenta de verdad de lo que significa ser cristiano y seguir a Jesús? ¿Qué debería hacer para vivir mi bautismo con mayor fidelidad? ¿Trato de vivir como cristiano a lo largo de todo el día y con aquellos con los que me encuentro?
Fernando Torres cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

EL BAUTISMO DE JESÚS


El bautismo de Jesús

“Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él”. El Salvador recibió el bautismo por tres razones. La primera razón, porque nacido de hombre quería cumplir con todas las prescripciones de la Ley. La segunda, porque deseaba suplir con su bautismo al bautismo de Juan. La tercera razón fue que, mientras santificaba las aguas del Jordán, el descenso de la paloma puso en evidencia que el Espíritu Santo desciende en los fieles en el bautismo. 

“Ahora déjame hacer esto”. Dice “ahora”, para mostrar que si Cristo debía ser bautizado en el agua, Juan debía serlo por Cristo en el Espíritu. O bien lo que dijo tenía otro significado: “Ahora déjame hacer esto”, porque tomé la forma de esclavo y quiero llegar a su plena humildad. Pero debes saber que el día del juicio tú deberás ser bautizado con mi bautismo. “Ahora déjame hacer esto”, tengo otro bautismo para ser bautizado, el bautismo de la Pasión (cf. Lc 12,50). Me bautizas en el agua para que yo, por mi, te bautice en tu sangre (cf. Mt 14, 3-12).

“Conviene que así cumplamos todo lo que es justo”. No agregó si se trata de la justicia de la Ley o del orden natural, para que comprendiéramos que eran las dos. Si Dios ha recibido el bautismo de un hombre, que nadie considere indigno de recibirlo de un compañero de servidumbre.

“En ese momento se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él…”. Es el misterio de la Trinidad que se manifiesta en ese bautismo. El Señor es bautizado, el Espíritu Santo desciende bajo el aspecto de una paloma y se escucha la voz del Padre dando testimonio de su Hijo. Los cielos se abren, no que los elementos se separan sino que lo ven así los ojos del espíritu, esos ojos con los que Ezequiel vio también los cielos abiertos, tal como lo decribe al comienzo de su libro (Ez 1,1). La paloma se dirige hacia Jesús, para que entendiéramos que la palabra del Padre no era para Juan sino para Jesús.


San Jerónimo (347-420)
sacerdote, traductor de la Biblia, doctor de la Iglesia
Comentario sobre Mateo 3, 13-16 (Commentaire sur saint Matthieu, I, Paris, Cerf, 1977); trad. sc©Evangelizo.org

sábado, 11 de enero de 2020

La RCC rejuveneciendo a la Iglesia

La hermosísima secuencia de Pentecostés dice que el Espíritu Santo es fuente del mayor consuelo, dulce huésped del Alma, descanso en el esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas. Pero también dice que sin él el hombre queda vacío por dentro.

El Espíritu Santo conforta a quien lo busca, pero no se impone a quien no lo busca, y desde el primer Pentecostés, siempre sorprende, empuja, remueve, rompe, y cambia. Lo cambia todo, lo pone todo patas arriba, para hacer siempre nuevas todas las cosas. Dios es así. Es Él, no se deja hacer, ni encasillar, ni encerrar por nosotros. Como nos dice el Papa Francisco, el Espíritu Santo sopla su aliento como le da la gana, desde donde le da la gana, y hacia donde le da la gana. No lo controla nadie. Es él quién rejuvenece continuamente a la Iglesia.

El Espíritu Santo la “ha armado”, y a lo grande, en este tiempo de la historia de la Iglesia. Nos ha regalado grandes papas santos en los últimos cien años. Nos ha regalado el Concilio Vaticano II para entender al hombre de hoy y para hacernos entender por el hombre de hoy. Nos ha regalado infinidad de nuevos carismas y movimientos. Y nos ha regalado una renovación en el modo de percibirle y de acogerle, también a través de la Renovación Carismática Católica.

Manuel María Bru
fuente Alfa y Omega

Mes de la Gentileza día 11


RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 5,12-16


Evangelio según San Lucas 5,12-16
Mientras Jesús estaba en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, se postró ante él y le rogó: "Señor, si quieres, puedes purificarme".
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado". Y al instante la lepra desapareció.
El le ordenó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: "Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio".
Su fama se extendía cada vez más y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades.
Pero él se retiraba a lugares desiertos para orar.


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos:

En el final de este tiempo de Navidad, en la víspera de la celebración del Bautismo del Señor, la Palabra de Dios nos recuerda lo esencial de este tiempo y nos envía a vivir este espíritu de la Encarnación a lo largo de todo el año.

“ ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? ”. En el Adviento hemos esperado y en la Navidad hemos celebrado al Dios-con-nosotros. En la humildad de una vida humana, la de Jesús, Dios se nos ha manifestado de manera definitiva. Creer en Él nos hace vencer toda apariencia, toda tentación, toda falsedad… vencer al “mundo” en sentido bíblico, como aquello opuesto a Dios y a su Reino.

“Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz”. Desde Belén, desde Nazaret, donde ha prendido la semilla definitiva de la Palabra de Dios, esa Buena Noticia se ha ido extendiendo por la tierra, corriendo veloz… También hoy, más de dos mil años después, ese Evangelio de Jesús y del Reino quiere llegar hasta los confines del mundo.

“Señor, si quieres puedes limpiarme”. La fuerza de ese Evangelio no son las armas ni la violencia. Hoy, como ayer, el Señor sigue estando a la puerta y llama… esperando nuestra respuesta. Por eso, sólo un corazón humilde, que reconoce su miseria a la vez que se confía enteramente a Dios, es capaz de dejar espacio a ese Dios, para que su fuerza se manifieste en la debilidad. Como hizo María. Como tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia.

Señor Jesús, tú eres el Dios con nosotros.
Contigo vencemos la apariencia y la falsedad.
Tú nos invitas a seguirte,
sin méritos, por pura gracia,
para seguir llevando tu mensaje
a una tierra que necesita tu Palabra, tu Vida, tu Salvación.
Cuenta conmigo, Señor.
Vuestro hermano en la fe:

Luis Manuel Suárez CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

JESÚS EXTENDIÓ LA MANO Y LO TOCÓ


Jesús extendió la mano y lo tocó

"Cristo al entrar en el mundo dice: ' no quiero sacrificios, ni ofrendas, pero me has dado un cuerpo. Entonces dije: aquí estoy para hacer tu voluntad ' " (He 10,5-7; Ps 40,7-9 LXX). ¿Es verdad que para salvarnos de nuestra miseria y para conquistar nuestro amor, Dios quiso hacerse hombre? Tan cierto como que es un artículo de fe: "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se hizo a hombre" (credo)...

Sí, esto es lo que Dios hizo para que le amáramos... Es así como quiso manifestarnos el gran amor que nos tiene: "la gracia de Dios nuestro Salvador se manifestó a todos los hombres" (Tt. 2,11). "El hombre no me ama, parece haber dicho el Señor, porque no me ve. Voy a hacerme visible, a conversar con él, de este modo, seguramente me amará": "apareció sobre la tierra, y conversó con los hombres" (Ba 3,38). El amor de Dios por el hombre es inmenso, inmenso desde toda la eternidad: "con amor eterno te amé; por eso prolongué mi misericordia para contigo" (Jr 31,3).

Pero todavía no habíamos visto cuán grande e incomprensible era; cuando el Hijo de Dios se hizo contemplar bajo la forma de un niño acostado sobre paja en un establo, verdaderamente se manifestó: "Dios nuestro Salvador mostró su bondad y su amor para los hombres" (Tt 3,4). " La creación del mundo, observa san Bernardo, hizo resplandecer el poder de Dios, el gobierno del mundo, su sabiduría; pero la encarnación del Verbo hizo estallar su misericordia ante todos los que le miran"... "Despreciando a Dios, dice san Fulgencio, el hombre se había separado de él para siempre; y como el hombre ya no podía regresar a Dios, Dios se dignó venir a encontrarle sobre la tierra". Santo Agustín ya había dicho: "no podíamos ir al médico; por eso el médico tuvo la bondad de venir hasta nosotros".



San Alfonso María de Ligorio (1696-1787)
obispo y doctor de la Iglesia
1er Discurso para la Novena de Navidad

viernes, 10 de enero de 2020

LA ENERGÍA DE LA FE


«El amor es siempre fecundo, el amor a Dios siempre es fecundo y si te dejas tomar por el Señor y recibes los dones del Señor, podrás así darlos a los demás. El amor a Dios va siempre más allá. Pidamos hoy al Señor que nos ayude a vivir cada prueba sostenidos por la energía de la fe; y a ser sensibles con los numerosos náufragos de la historia que llegan a nuestras costas exhaustos, para que también nosotros los recibamos con ese amor fraterno que proviene del encuentro con Jesús. Esto es lo que nos salva del frío de la indiferencia y de la inhumanidad»

Francisco
Audiencia General 
08-01-20


Nacimiento 1 Carta a Tesalonicenses

El evangelio anunciado por Pablo y Silas va a enfrentarse con los intereses y privilegios de la clase dominante, pues es denuncia de una sociedad injusta, y al mismo tiempo anuncio de un mundo nuevo y de una vida mejor para todos. Y esto no sucede sin oposiciones por parte de quienes no están interesados en que las cosas cambien en favor de los intereses del pueblo que sufre. A causa de esta oposición, Pablo y Silas tuvieron que partir para Berea, de noche (Hch 17, 10a). Pero podemos ir más allá de las informaciones que nos da Lucas y llegar más cerca de Pablo y oír latir su corazón. En aquel tiempo, las grandes ciudades del imperio romano, como Tesalónica, por ejemplo, no eran muy diferentes de nuestras metrópolis en cuanto a recetas fáciles para conseguir la felicidad y la realización. Las plazas estaban repletas de personas que anunciaban las más exóticas y atractivas doctrinas que afirmaban tener respuesta para todos los problemas que afligen a las personas y a la humanidad. Y de paso, se ganaban así la vida. Para atraer al mayor número posible de escuchas (y para enriquecerse fácilmente) tenían que poseer todos los requisitos que exige una buena publicidad: buena apariencia del predicador, palabras suaves y cautivadoras para los escuchas, convencerlos de que se encuentran delante de la propuesta insuperable para lograr la felicidad, etc. Pablo y Silas sabían esto muy bien. Haciendo de necesidad virtud, corporalmente heridos y espiritualmente adoloridos, se decidieron anunciar a los tesalonicenses la nueva y definitiva propuesta de felicidad: el evangelio de Jesucristo. 
"Nuestra exhortación no procede del error, ni de la impureza ni con engaño, sino que así como hemos sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el evangelio, así lo predicamos, no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones. Nunca nos presentamos, ustedes bien lo saben, con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia, Dios es testigo, ni buscando gloria humana, ni de ustedes ni de nadie...Ustedes son testigos y Dios también de cuan santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con ustedes, los creyentes" (lTs 2,3-6.10). 
Por extraño que parezca, un buen número de tesalonicenses (cf Hch 17, 4) dio crédito a esos dos predicadores que estaban corporalmente heridos y espiritualmente adoloridos y así nació una comunidad cristiana, llena de valor. En efecto, una vez que Pablo y Silas salieron de Tesalónica, los adversarios intentaron destruir por completo las semillas del evangelio que habían sido sembradas en esa comunidad. Pablo lo había previsto. Y por eso estaba desasosegado. Se encontraba en Atenas, pero su corazón estaba en Tesalónica. Le hubiera gustado poder volver a esa ciudad para completar lo que le faltaba a la fe de la comunidad (cf 3, 10), pero prefirió mandar a Timoteo (que, al parecer, no se había visto envuelto en el conflicto). Pero no pudiendo aguantarse más, él y Silas se quedaron solos en Atenas y enviaron a Timoteo (3, 1: en realidad quien se va solo es Timoteo, mientras que Pablo se queda acompañado de Silas. Pero aunque tenga la compañía de Silas, se siente solo pues se encuentra lejos de la comunidad. Este detalle es importante para entender lo que pasa en el alma de Pablo). Timoteo regresó con magníficas noticias: la comunidad estaba firme, había enfrentado la persecución y la venció; sentía nostalgia de su fundador y tantas otras buenas noticias que provocaron la acción de gracias del equipo misionero. Pablo tuvo la impresión de estar resucitando: "Ahora sí que vivimos, pues ustedes permanecen firmes en el Señor" (3, 8). ¡Entre tantas buenas noticias, qué son las inquietudes y problemas que tenía! Es hora de dar gracias al Señor y de escribir a la comunidad. 

En Corinto, en ese ambiente de alegría y de acción de gracias, nació, sin que Pablo se diera cuenta, el primer escrito del Nuevo Testamento: la Primera carta a los tesalonicenses (fines del año 50 o comienzos del 51 dC).

José Bortolini
Como leer la primera carta a los Tesalonicenses

La victoria también es nuestra


¿Quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios. (1 Juan 5, 1)

¿A qué se refiere San Juan con eso de “vencer al mundo”? No es el tipo de victoria que puede experimentar un oficial militar en el campo de batalla, tampoco se refiere a derrotar a un rival formidable en alguna prueba de ingenio. No, la victoria no se refiere a ningún tipo de dominación por la que podamos doblegar la incredulidad en el mundo. No, Juan nos dice que la victoria viene de la fe.

Pero esta fe no se reduce a una mera lista de afirmaciones teológicas, pues eso no nos infunde la gracia y la convicción que necesitamos para superar las filosofías egocéntricas que circulan por el mundo. Por supuesto, necesitamos comprender bien las verdades de nuestra fe, pero la victoria duradera viene cuando adoptamos estas verdades y dejamos que cambien nuestra manera de pensar y actuar.

Veamos, por ejemplo, la renovación de las promesas bautismales, que todos repetimos en la temporada de Semana Santa:

¿Renuncias a Satanás, y a todas sus obras y a todas sus seducciones? Sí, renuncio. Sé que el maligno usa mentiras y medias verdades para tentarme a pecar. Prometo estar atento a su mala influencia, y recurrir a Jesús cuando sienta que me está acosando.

¿Crees en Dios, Padre Todopoderoso creador del cielo y de la tierra? Sí, creo. Creo que tengo un Padre en el cielo que me creó por amor y que solo quiere lo bueno para mí. Prometo que voy a confiar en él y en sus promesas, aunque el mundo me dice que estoy solo y desamparado.

¿Crees en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre? Sí, creo. Creo que Jesús me ha rescatado del pecado y me ha hecho hijo de Dios. Me quedo pasmado al pensar en el sacrificio que hizo por mí, y prometo estar cerca de él durante el día. Prometo hacer todo lo posible para profundizar mi relación con él y mi confianza en su amor.

Esta es nuestra fe; esta es la fe de la Iglesia. Esta es la fe que nos puede salvar de todas las cosas con que el mundo procura tentarnos. ¿Tienes fe, tú, hermano? Claro que sí, de otro modo no estarías leyendo estas meditaciones. Así que la victoria es tuya también.
“Señor mío Jesucristo, yo creo en ti. Ayúdame a creer más.”
Salmo 147, 12-15. 19-20
Lucas 5, 12-16
fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros