miércoles, 6 de enero de 2016

Un plan de crecimiento espiritual

La oración persistente obtiene resultados

¿Se ha hecho usted algún plan para mejorar su vida durante el Año Nuevo? Si lo ha hecho, le conviene decidir cómo y cuándo pondrá en práctica las nuevas actividades, a fin de que los planes adoptados no se olviden durante el camino.
Los sociólogos y psicólogos coinciden en que aquellas personas que hacen planes concretos y definen objetivos realistas para su vida tienen una mejor probabilidad de ponerlos efectivamente en práctica que aquellos que viven solamente reaccionando frente a las circunstancias que se van sucediendo día a día.
Esto lo vemos, también, en varios episodios del Evangelio, donde vemos a personas que tuvieron experiencias maravillosas porque se habían hecho planes concretos y los cumplieron. Por ejemplo, la mujer enferma que se abrió paso a través de la muchedumbre para tocar el manto de Jesús claramente se hizo el propósito claro de llegar junto al Señor e hizo todo lo que pudo para llevarlo a cabo. Y ¿cuál fue el resultado? ¡Recibió la curación! (Marcos 5, 25-34). Asimismo, la mujer cananea, a cuya hija la acosaba un demonio, también tenía claro lo que quería conseguir, y por eso, pese a la adversidad, siguió presionando a Jesús para que librara a su hija, y ¡lo consiguió! (Mateo 15, 21-28).
El fariseo Nicodemo también tenía un plan. Consciente de que muchos de los jefes religiosos se oponían a Jesús, tomó las precauciones del caso. No quería que lo sorprendieran consultando al Señor en público acerca de sus enseñanzas, por eso planeó ir de noche y en secreto a reunirse con él. Gracias a ello, recibió como recompensa un nuevo entendimiento: que Dios quiere que todos experimentemos un “nuevo nacimiento” (Juan 3, 7).
En muchas ocasiones vemos que la gente se hacía el claro propósito de ir a ver a Jesús costara lo que costara, y para eso caminaban largas distancias, persistían y se abrían paso a través de las multitudes hasta encontrarse con él, y en cada caso esos encuentros eran portadores de un nuevo torrente de gracia: fe más profunda, una curación milagrosa o el perdón de los pecados. La gracia de Cristo purificó y perfeccionó la naturaleza humana.
Un Salvador decidido. Al mismo tiempo, Jesús tenía sus propios planes. No andaba sin rumbo fijo, esperando que la gente le siguiera. No. Él sabía claramente que estaba destinado a ir a Jerusalén, por eso “emprendió con valor su viaje” a la ciudad, preparándose para el trágico desenlace que pronto se produciría (Lucas 9, 51-52). Sabía tan bien lo que debía hacer que envió a mensajeros por delante para anunciar a los pobladores que el Señor pasaría por allí y planeó cómo entraría en la ciudad santa, de un modo que cumpliera la promesa del Antiguo Testamento de que un rey vendría a gobernar al pueblo (Mateo 21, 1-10). Sabía incluso dónde y cómo debían sus discípulos preparar el aposento para celebrar su última cena de Pascua juntos (26, 17-19).
Por supuesto, todos estos episodios encuadran perfectamente dentro del plan general de Dios para la redención del género humano. Todo que Jesús dijo e hizo era parte de este magnífico designio divino. A partir del momento de su bautismo en el Río Jordán hasta el día en que volvió victorioso al cielo, la primera y más importante preocupación de Jesús fue hacer la voluntad de su Padre (Juan 6, 38). En cada curación milagrosa, cada sermón, cada acto de piedad, cada confrontación con sus enemigos, Cristo iba adelantando un poco más el plan de Dios hasta llegar al punto culminante con su muerte y su resurrección.
Y lo mejor es que Dios está todavía cumpliendo sus planes. Desde el día de Pentecostés, cuando el Señor nos dio la Iglesia, hasta hoy, Dios ha estado trabajando deliberadamente, con cuidado, y avanzando la historia estratégicamente hacia aquel día en que Cristo vuelva para inaugurar su Reino eterno. El Señor también está trabajando en la vida de cada persona, ofreciéndole la gracia que necesita para aceptar y hacer suyo el plan divino que él tiene para esa persona, un plan perfecto y generoso, a fin de darle “un futuro lleno de esperanza” (Jeremías 29, 11).
¿Cuál es el plan que usted se ha hecho? Si Dios tiene planes y estrategias, y si todos los santos y evangelistas del Nuevo Testamento tuvieron sus planes, tal vez es buena idea que nosotros también preparemos nuestros propios planes.
El Papa Francisco nos ha dicho repetidamente que la Eucaristía “agranda nuestro corazón”, que abre nuestra mente y corazón para que podamos recibir de la gracia de Dios de mejor manera. Sabiendo esto, hagámonos el propósito de darle a la Sagrada Eucaristía la mejor posibilidad de actuar libre y profundamente en nosotros asistiendo a Misa con un plan definido, un plan para que la gracia de Dios, que viene incorporada en la Sagrada Hostia, magnifique los dones y talentos naturales que Dios nos ha dado.
Para ayudarle a idear un plan para la Misa, le sugerimos dos modos importantes en que Dios derrama su gracia durante la Eucaristía, dos modos que abarcan muchos elementos de la Liturgia y nos pueden ayudar más. El primero es la gracia de “ver” el amor de Jesús más claramente en la Santa Misa; el segundo es la gracia de librarse más y más del pecado y el sentido de culpa.
La gracia de amar. De principio a fin, la Misa es una celebración del amor de Dios. Toda la Liturgia nos invita a enfocar la mirada del corazón en el Padre celestial, que nos amó tanto que envió a su Hijo unigénito al mundo. Nos lleva a enfocar el corazón en el propio Cristo Jesús, que nos amó tanto que nos dio su propio Cuerpo y Sangre en la Eucaristía. Y también nos lleva a enfocar la atención del corazón en el Espíritu Santo, que nos habla en cada pasaje de la Sagrada Escritura y quién nos consagra cuando recibimos la santa Comunión.
Considerando lo muy claro y preciso que es este enfoque, uno pensaría que es fácil recibir esta gracia cada vez que venimos a Misa. Lo triste es que a veces nos parece que conocemos tan bien lo que sucede en la Misa, todas las palabras y gestos, los signos y los símbolos que vemos, que se nos olvida la enorme energía espiritual y la gracia de las cuales está llena la Liturgia. Esta es la razón por la cual nos conviene hacernos un plan para ir a Misa, que conlleve la decisión deliberada de buscar, encontrar y recibir la gracia que allí nos espera.
Cada vez que uno entra en la iglesia, dedique unos momentos a fijar la mirada en el crucifijo. Luego, a medida que avanza la santa Misa, haga que la idea de que Jesús se sacrifica a favor de nosotros sea el punto focal de su pensamiento, y lo más a menudo que pueda, repítase estas palabras: “Dios me ama. Dios nos ama a todos nosotros.”
Cuando pensamos detenidamente en lo que Jesús hizo por toda la humanidad en la cruz, nos hacemos receptivos a su gracia, porque la contemplación del amor de Dios ablanda el corazón, nos “ensancha” el corazón, y nos inspira a tratar a nuestros semejantes con más amor, paciencia y compasión.
Por eso, hermano o hermana, hazte un plan definido para venir a Misa, con la expectativa de que Dios te agrande el corazón. Para esto puedes reflexionar en la pregunta: “¿Cómo puedo recibir el amor de Dios hoy para que su gracia me dé la capacidad de amar más?” Luego, al terminar la Misa, pregúntese: “¿Qué me permitió ver Dios hoy? ¿Qué me pareció que él hacía en mí durante la Misa?” ¡El amor que el Señor quiere prodigarnos es infinito y permanente!
La gracia de la misericordia. ¿Se ha dado cuenta usted de cuántas veces se nos invita a arrepentirnos durante la Misa? Primero, llega el Rito Penitencial, cuando confesamos ante Dios y nuestros hermanos que hemos pecado. Luego, en el Gloria, le decimos al Señor “Tú, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros” y de nuevo, “Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros.” En la Plegaria Eucarística, el sacerdote reza diciendo: “Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios… merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas.” También, al rezar el Padre Nuestro, le pedimos a Dios que perdone nuestras ofensas. También, antes de la Comunión exclamamos: “Cordero de Dios… ten piedad de nosotros” y luego declaramos: “Señor, no soy digno… pero una palabra tuya bastará para sanarme.”
¡Son por lo menos seis ocasiones en que le decimos a Dios que le pedimos perdón por nuestros pecados! Cada una de estas oportunidades nos dispone a recibir su misericordia y su poder sanador; nos pone en contacto con nuestro Padre, que siempre está dispuesto a recibirnos con amor y a ofrecer un banquete en honor nuestro. En todo esto, se nos ofrece la posibilidad de que se nos perdonen todos nuestros pecados veniales (Catecismo de la Iglesia Católica 1393-1395, 1436).
Pero la misericordia no es el paquete completo. En la Misa también recibimos la gracia de resistir la tentación. Cada vez que usted recibe la Comunión, recibe también la fortaleza divina, la gracia y la ayuda necesaria para hacer frente a cada situación difícil que le toque afrontar. ¿Por qué? Porque recibe al propio Jesucristo, nuestro Señor, con toda su santidad, su pureza y su poder. Como lo decía San Ambrosio: “Este pan de cada día lo tomamos como remedio para los males de cada día.” De modo que, cuando usted pronuncie el Rito Penitencial o repita cualquier otra palabra de arrepentimiento, no se limite a recitarlos solamente; dígalas de todo corazón. Sepa que, en ese momento, usted está recibiendo el perdón de sus faltas; que la gracia de Dios está perfeccionando y reforzando su propia naturaleza.
Venga preparado. Es demasiado fácil venir a Misa sin preparación ni un plan definido, y pasar por la liturgia sin esperar que suceda nada significativo. Este año, no deje que esto siga así. Cada vez que vaya a Misa, venga con un plan concebido de antemano. Venga buscando la gracia del amor del Señor y la gracia de su compasión. Venga con el deseo de recibir la gracia de Dios para no ceder a la tentación. En este año que comienza, decida cumplir estos propósitos, y luego observe los cambios que se sucedan en su vida.
fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros. - Publicado en Enero de 2016

Meditación: Marcos 6, 45-52

Creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar.
Marcos 6, 49

¿Por qué nos toca pasar por tantas situaciones de miedo e inseguridad? Incluso los más valientes pasan por ocasiones en las que se sienten prácticamente paralizados por la inseguridad y el peligro; pero Dios quiere que sepamos que el temor viene de un concepto limitado de su amor. Piense en el pasaje de los apóstoles que se llenaron de pánico en medio de la tormenta. Viendo que luchaban contra el oleaje, Jesús se acercó caminando sobre el agua; pero en lugar de llenarse de alegría, los Doce se sintieron aterrorizados. Claramente, no habían entendido quién era Jesús y creían que veían un fantasma.
Nosotros también tenemos temores. ¿Cómo reacciona usted cuando se ve frente a la posibilidad de sufrir dolor, en peligro de muerte o ante una pobreza repentina, la pérdida de seres queridos o el fracaso en sus planes? ¡Y cuántos temen incluso, en lo profundo de su ser, que Dios deje de amarlos por los pecados cometidos y por sus debilidades!
Pero el Espíritu Santo siempre procura fortalecer nuestra fe y darnos a conocer el asombroso y perfecto amor de Dios. En el Señor tenemos plena seguridad y no hay nada que temer. El Padre nos ha dado a su Hijo Jesús para nuestra salvación eterna (1 Juan 4,14), y él permanece en nuestro ser mediante el Espíritu Santo, comunicándonos confianza, alegría y fortaleza frente a las luchas de la vida diaria. El Señor quiere equiparnos con diversos dones espirituales para que estemos dispuestos a realizar con alegría la misión que desea darnos.
Cuando nos asalte el miedo, recordemos que Dios es eterno y perfecto y que su plan se cumplirá y nos concederá paz, esa paz que no es como la frágil tranquilidad que comunica el mundo a fuerza de conseguir poder, riquezas y obras extraordinarias. Dios es digno de nuestra fe y sus designios son magníficos. Deja que la lluvia refrescante de su amor caiga con generosidad sobre tus necesidades físicas y espirituales y aprende a rendir tu corazón a la gracia del Señor.
“Padre eterno, te ruego que me llenes de tu amor. Pongo en tus manos todos mis temores, porque sé que tienes el poder para sanarme por completo. Deposito toda mi confianza en ti y en tu voluntad perfecta.”
Fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Comprendiendo La Palabra

“Postrándose, le rindieron homenaje”
Imitemos, pues, a los magos. Pero también apartémonos con cuidado de las costumbres de los bárbaros, para que podamos ver a Cristo. Porque aún los bárbaros, si no se hubieran alejado mucho de su región, no habrían podido ver a Cristo. Apartémonos de los negocios terrenos. Los magos, estando en Persia veían la estrella; pero salidos de Persia contemplaron al Sol de Justicia. Más aún: ni siquiera habían de continuar viendo la estrella si no salían con ánimo pronto de su país. ¡Ea, pues! También nosotros levantémonos aunque todos se conturben y corramos a la casa del Niño. 
      “Y habiendo entrado en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y de hinojos lo adoraron; y habiendo abierto sus tesoros, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra.” Y ¿qué fue lo que a los magos indujo a que lo adoraran? Porque ni la Virgen tenía resplandor especial, ni la casa era magnífico palacio, ni había cosa alguna que pudiera excitarlos o invitarlos. Y sin embargo, no sólo lo adoran, sino que abren sus arcas y le ofrecen dones, y dones no propios para hombres, sino para Dios. El incienso y la mirra de modo especial simbolizan ser Dios aquel Niño. ¿Qué fue lo que los persuadió? Lo mismo que los excitó para abandonar su casa y emprender el camino: es a saber la estrella y la interior inspiración que Dios les comunicó. Esta los llevó poco a poco hasta un más perfecto conocimiento. Si no hubiera sido por eso, jamás le habrían rendido honor tan grande, cuando todo lo que ahí había no tenía valor. Y nada de lo que los sentidos perciben había ahí grande, sino establo, tugurio, una madre pobre: para que adviertas la excelente virtud de los magos y veas claramente que ellos no visitaron al Niño como a puro hombre, sino como a su Dios bienhechor.
San Juan Crisóstomo (c. 345-407), presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
Homilías sobre San Mateo, 7-8

RESONAR DE LA PALABRA - 06 ENE 2016

Evangelio según San Mateo 2,1-12. 
Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo". Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. "En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel". Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: "Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje". Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino. 


RESONAR DE LA PALABRA
Fernando Torres Pérez cmf

      La fiesta de hoy se mueve entre la universalidad y la amenaza. Me explico. La historia de los magos de Oriente que llegan hasta Belén para adorar al niño siguiendo una estrella misteriosa que les guía hasta el mismo pesebre es la forma que tiene el evangelista de decirnos que el niño recién nacido, Jesús, trae consigo una buena nueva de salvación que no es sólo para los judíos sino para todos los hombres y mujeres del mundo. La tradición ha hecho, con muy buen tino, que cada uno de estos magos sea de una raza diferente. Así se expresa mejor esa universalidad del mensaje cristiano: Dios ama a todos sin distinción. Todos somos hijos suyos (independiente de que lo sepamos, lo creamos o lo aceptemos). Los Magos adorando al niño nos invitan también a nosotros a adorar, a reconocer que lo que nos viene en ese niño nos abre a un futuro mejor para todos, más fraterno, más justo, allí donde nadie quede excluido ni marginado. Los Magos adorando al niño nos invitan a comprometernos en nuestra vida a hacer realidad ese reino, donde los niños –es decir, los más débiles, los más vulnerables– ocuparán el centro y tendrán el primer puesto. 

      Además de la universalidad así expresada, el relato del Evangelio se dedica en buena parte a contarnos el momento de encuentro y diálogo entre los magos y Herodes. Herodes es el rey de los judíos. Herodes no quiere competidores. Como buen rey de la época, está dispuesto a mantenerse en el puesto a sangre y fuego. La noticia de que ha nacido un niño al que se le llama el “Rey de los Judíos” enciende todas las alarmas en el palacio del rey. No lo puede consentir. Hay que hacer algo inmediatamente. Pero Herodes no sabe, como no saben los magos, dónde está ese niño. Utiliza su poder y su astucia. Los sabios del pueblo le pueden informar del lugar. De informarle de los detalles se ocuparán los mismos magos a los que invita a pasar de nuevo por su palacio a la vuelta del encuentro. Así se va fraguando el plan para eliminar al niño. 

      Pero el bien termina triunfando sobre el mal, aunque no sin pasar por momentos difíciles. El poder hace atrocidades a veces para mantenerse. Hace poco hemos celebrado la fiesta de los santos inocentes. Ha habido demasiados inocentes a lo largo de nuestra historia. Demasiadas víctimas ofrecidas en el altar para salvar a los poderosos. La historia nos recuerda que la salvación que nos trae el niño Jesús es para todos sin excepción. Pero que supone compromiso y esfuerzo y lucha para hacer que el bien triunfe sobre el mal, que el poder malo no llegue a ganar la partida.

fuente Ciudad Redonda

Buen día, Espíritu Santo!

¡Buen día, Espíritu Santo!
En el descanso sembraste certezas
y ellas me sostienen.
Así como nada subsiste sin Tu concurso,
así como nada tiene su crecimiento sin Tu cuidado y protección;
Así está mi vida en tus manos!
Por eso a Vos me encomiendo, recurro y clamo:
¡Ven y visítame!
¡Ven y dame Vida en Abundancia!
Abrázame con Tus lazos de Amor.
Abrázame y rodéame fuerte.

Líbrame de toda trampa tendida,
de todo deseo desordenado,
de toda falta de confianza.

Prepárame para las luchas del tiempo presente.
Moldéame para los tiempos de batalla.

En victoria hazme caminar.
Victoria decretada por el Padre,
Victoria obtenida por el Hijo,
Victoria sostenida por Tu Amor.
Amen!


martes, 5 de enero de 2016

Consagra el año nuevo a María

Reza y consagra el nuevo año a la Virgen
Oh Madre de los hombres y de los pueblos, tú que conoces todos sus sufrimientos y esperanzas, tú que sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden el mundo contemporáneo, recibe nuestro clamor que, movido por el Espíritu Santo, elevamos directamente a tu corazón. Abraza, con amor de Madre y de Sierva del Señor, nuestro mundo humano que te confiamos y consagramos, llenos de inquietudes por la suerte terrena y eterna de los hombres y los pueblos.

Virgen María2
Foto Daniel Mafra/cancionnueva.com.es

De modo especial te entregamos y consagramos a aquellos hombres y naciones que tienen necesidad particular de esta entrega y consagración.
Acogemos tu protección, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas que se elevan de nosotros que somos probados.
Nos encontramos hoy, ante Ti, Madre de Cristo, ante tu Inmaculado Corazón, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre: ″Y por ellos yo me santifico, para que ellos también sean santificados en la verdad₺ (Juan 17,19).

Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, el cual, en su Corazón divino, tiene el poder de alcanzar el perdón y la reparación.
En este año santo, bendita seas por encima de todas las criaturas, Sierva del Señor, que obedeciste de manera más plena al llamado divino.
Alabada seas Tú, que estás enteramente unida a la consagración redentora de tu Hijo.
Madre de la Iglesia, ilumina al pueblo de Dios en los caminos de la fe, la esperanza y la caridad. Ilumina, de modo especial, a los pueblos de los cuales esperas nuestra consagración y entrega. Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo entero.
Confiándote, oh Madre, el mundo, todos los hombres y los pueblos, te confiamos también la propia consagración del mundo, depositándolo en tu Corazón materno.
Oh Inmaculado Corazón, ayúdanos a vencer la amenaza del mal que se enraiza tan fácilmente en el corazón de los hombres de hoy y que, en sus efectos inconmensurables, pesa ya sobre la vida presente parece cerrar los caminos del futuro.
Del hambre y la guerra, ¡líbranos Señor!
De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de toda especie de guerra, ¡líbranos Señor!
De los pecados contra la vida del hombre, desde sus primeros instantes, ¡líbranos Señor!
Del odio y la deshonra de la dignidad de los hijos de Dios, ¡líbranos Señor!
De todo tipo de injusticia en la vida social, nacional e internacional, ¡líbranos Señor!
Del intento de ofuscar en los corazones humanos la propia verdad de Dios, ¡líbranos Señor!
De la pérdida de la conciencia del bien y del mal, ¡líbranos Señor!
De los pecados contra el Espíritu Santo, ¡líbranos Señor!
Acoge, oh Madre de Dios, este clamor cargado de sufrimiento de todos los hombres. Cargado de sufrimientos de sociedades enteras.
Ayúdanos con la fuerza del Espíritu Santo a vencer todo pecado: el pecado del hombre y el pecado del mundo, en fin, el pecado en todas sus manifestaciones.
Que se revele una vez más, en la historia del mundo, la fuerza salvífica de la Redención: la fuerza del amor misericordioso. ¡Que detenga el mal! ¡Que transforme toda consecuencia! ¡Que se manifieste para todos, en tu Inmaculado Corazón, la luz de la esperanza!
¡Amén!

La Heramana Lucia, confirmó personalmente que este acto de consagración, solemne y universal, correspondía a aquello que la Virgen María quería: ″Sí, está hecha tal como la Virgen la pidió desde el día 25 de marzo de 1984₺ (carta del 8 de noviembre de 1989) Por eso, cualquier discusión y ulterior petición no tiene fundamento.

publicado por Canción Nueva - portal en español

NOS SACIAREMOS CON LA VISIÓN DEL VERBO

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 194, 3-4: PL 38, 1016-1017)

NOS SACIAREMOS CON LA VISIÓN DEL VERBO

¿Quién puede conocer los tesoros de sabiduría y ciencia ocultos en Cristo y escondidos en la pobreza de su carne? Él, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para que nos enriqueciéramos con su pobreza. Al asumir nuestra condición mortal, destruyendo así la muerte, se mostró en pobreza; pero con ello nos garantizó las riquezas futuras, sin perder las que había dejado.

¡Cuán grande es la bondad que ha reservado para sus fieles, y que comunica a los que esperan en él!

Ahora nuestro conocimiento es parcial, hasta que llegue lo perfecto. Para hacernos capaces de esta perfección futura, él, igual al Padre por su condición de Dios, se hizo semejante a nosotros, tomando la condición de esclavo, para restituirnos nuestra semejanza con Dios; él, Hijo único de Dios, se hizo Hijo del hombre, para convertir en hijos de Dios a todos los hijos de los hombres; tomando la condición visible de esclavo, abolió nuestra condición de esclavos, haciéndonos libres y capaces de contemplar la naturaleza de Dios.

Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Aquellos tesoros de sabiduría y ciencia, aquellas riquezas divinas, son llamados así porque ellos nos bastarán. Y aquella gran bondad es llamada así porque nos saciará. Muéstranos, pues, al Padre, y eso nos bastará.

Y, en uno de los salmos, uno de nosotros, en nosotros y por nosotros, le dice al Señor: Me saciaré cuando aparezca tu gloria. Él y el Padre son una misma cosa, y el que lo ve a él ve también al Padre. Por tanto, el Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria. Cuando se vuelva a nosotros, nos mostrará su rostro; y seremos salvados y quedaremos saciados, y eso nos bastará.

Hasta que llegue este momento, hasta que nos muestre aquello que ha de bastarnos, hasta que podamos beber y saciarnos de aquella fuente de vida que es él mismo, mientras caminamos por la vía de la fe y vivimos en el destierro, lejos de él, mientras tenemos hambre y sed de perfección y santidad y deseamos con ardor inefable contemplar la belleza de Dios, celebremos con humilde devoción su nacimiento en condición de esclavo.

No podemos aún contemplar cómo es engendrado por el Padre antes de la aurora; festejemos su nacimiento de la Virgen en plena noche. Aún no percibimos cómo su nombre es eterno y su fama dura como el sol; reconozcamos que su tienda ha sido puesta en el sol.

Aún no vemos al Unigénito que permanece en el Padre; recordemos al Esposo que sale de su alcoba. Aún no ha llegado el momento de sentarnos a la mesa de nuestro Padre; veneremos el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.

Comprendiendo La Palabra

«Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar»
Señor, a Jacob, el hijo pequeño de Isaac y Rebeca, tú le has llamado tu amado; has cambiado su nombre por el de Israel (Gn 32,29). Le has revelado el futuro al mostrarle la escalera levantada desde la tierra hasta el cielo: en lo más alto de la misma estaba Dios, con la mirada fija sobre el mundo, y los ángeles subían y bajaban por la escalera... Era símbolo del gran misterio como lo han dicho los hombres a los que el Espíritu ha iluminado... 
      Y yo, para el bien, soy también el hijo pequeño. Para el mal, indudablemente soy un hombre maduro, como el primogénito Esaú...: he vendido mi tesoro para satisfacer mis apetencias (Gn 25,33) y he borrado mi nombre del Libro de la Vida en el que, en el cielo, están inscritos los primeros de entre los benditos (Sl 68,29). 
      Te lo suplico, oh Luz que vienes de lo alto, Príncipe de los corazones de fuego. Que también para mí se abran las puertas del cielo, como antiguamente lo fueron para Israel. Por gracia, haz subir a mi alma caída, por la escalera de luz, signo misterioso dado a los hombres de su retorno de la tierra al cielo. La astucia del Maligno me hizo perder la unción perfumada de tu Espíritu; con tu derecha protectora dígnate ungir de nuevo mi cabeza. No lucharé contigo, oh poderoso, en un cuerpo a cuerpo como Jacob (Gn 32,25), porque no soy más que debilidad.

San Nersès Snorhali (1102-1173), patriarca armenio
Jesús, Hijo único del Padre, 85-95

RESONAR DE LA PALABRA - 05 ENE 2016

Epístola I de San Juan 3,11-21. 
Hijos míos: La noticia que oyeron desde el principio es esta: que nos amemos los unos a los otros. No hagamos como Caín, que era del Maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano, en cambio, eran justas. No se extrañen, hermanos, si el mundo los aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida, y ustedes saben que ningún homicida posee la Vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él entregó su vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad, y estaremos tranquilos delante de Dios aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas. Queridos míos, si nuestro corazón no nos hace ningún reproche, podemos acercarnos a Dios con plena confianza.

Evangelio según San Juan 1,43-51. 
Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: "Sígueme". Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: "Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret". Natanael le preguntó: "¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?". "Ven y verás", le dijo Felipe. Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: "Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez". "¿De dónde me conoces?", le preguntó Natanael. Jesús le respondió: "Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera". Natanael le respondió: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel". Jesús continuó: "Porque te dije: 'Te vi debajo de la higuera', crees . Verás cosas más grandes todavía". Y agregó: "Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre." 

RESONAR DE LA PALABRA
Fernando Torres Pérez cmf
      Me van a permitir que por un día me fije sólo en la primera lectura. Es un texto de una carta del apóstol Juan. Nos dicen los estudiosos de la Palabra de Dios que es el mismo que escribió el Evangelio de Juan. Siempre nos ha parecido que era un hombre que andaba por las alturas, subido un poco por las nubes de la mística, con un lenguaje complicado no siempre fácil de entender. No hay más que recordar el prólogo de su Evangelio que hemos leído más de una vez en los días pasados. 
      Pero el texto de la primera lectura de hoy nos habla de que la mística cristiana siempre termina aterrizando en la realidad, en la vida de cada día. No se puede quedar en las alturas. No se queda en la contemplación ni en las horas de profunda oración. Al final el mensaje del Evangelio es, en síntesis, la buena nueva del amor que Dios nos tiene, manifestado en Cristo Jesús. Y eso se concreta en la relación diaria entre las personas. Y si no se concreta ahí es que se queda en mera palabrería inútil. 
      Primero, el apóstol nos deja claro que el amor es lo opuesto a la muerte. Y al odio. Es que el amor tiene mucho que ver con la vida. Es que el amor es vida. Si amamos es signo de que hemos pasado de la muerte a la vida. Y el que no ama está muerto. Así de simple. El que no ama es como un “zombie”, uno de esos muertos vivientes de las películas, que andan por la calle siempre amenazando la vida de los demás. Lo que pasa es que para defendernos de ellos no usamos más arma que el amor. Es el único remedio que puede desactivar esa amenaza. No sólo eso. El amor regalado, entregado generosamente, gratuito, es capaz de transformar a esos muertos vivientes en personas libres, vivas, capaces a su vez de amar. 
      Pero el apóstol Juan añade algo más. Amar no es una palabra sino algo que se hace con obras. Como dice el refrán castellano: “obras son amores que no buenas razones.” Como dice el apóstol, si ves a tu hermano pasando necesidad y le cierras tus entrañas, ¿cómo puedes decir que amas de verdad? 
      Pues lo dicho. Si estamos vivos, amemos a los hermanos. Así venceremos el odio y la muerte. Pongámonos a la obra y concretemos ese amor en la vida diaria, en la relación con los que nos rodean. Ahí está la más alta cota de la mística cristiana.
fuente Ciudad Redonda

Buen día, Espíritu Santo

¡Buen día, Espíritu Santo!
Tú que con Amor diligente,
cuidadoso y paciente has sostenido mi descanso;
Tú que despiertas la naturaleza, mi naturaleza,
sus fuerzas y su belleza,
Tú que eres Luz de los que en Ti creen,
¡Ven! ¡Llena! ¡PERMANECE!
La Marca de Tu Amor la has grabado en todo,
todo habla de Ti,
ni lo mudo, ni lo oscuro, pueden tapar Tu Santidad
Que la tierra se llene de tu Gloria,
que mis entrañas te reconozcan,
que el mundo entero reconozca el esplendor de Tu Gloria.
Otórgame al andar éste día, esta semana,
las fuerzas que necesito para alcanzar mis objetivos,
la Fe que mueve montañas,
la Esperanza que espera contra toda desesperanza,
la Caridad que edifica, perdona y libera ataduras.
¡Y séllame!
Con Tu Sello. Con Tu Fuego Santo.
¡Amén!


lunes, 4 de enero de 2016

Comprendiendo La Palabra

“Jesús le miró y dijo:’Tú te llamarás Cefas (que quiere decir: Piedra)”

“Tú eres Simón, hijo de Juan; desde ahora te llamarás Cefas, es decir Pedro”… Este fue el nombre que Cristo dio a Simón. A Santiago y a su hermano los llamará “hijos del trueno” (Mc 3,17). ¿Por qué estos cambios de nombre? Para mostrar que él, Jesús, es el mismo que había establecido la antigua alianza, que había cambiado el nombre de Abram en Abraham, el de Sarai en Sara, el de Jacob en Israel (Gn 17,5s; 32,29). Y había dado también el nombre a distintas personas ya antes de su nacimiento: Isaac, Sansón, los hijos de Isaías y de Oseas… 

      Hoy día tenemos un nombre muy superior a todos los demás; es el nombre de “cristiano” –el nombre que hace de nosotros hijos de Dios, amigos de Dios, un solo cuerpo con él. ¿Hay algún otro nombre capaz de hacernos ardorosos en la virtud, llenarnos de celo, incentivarnos a  hacer el bien? Guardémonos muy mucho de hacer cualquier cosa indigna de este nombre tan grande y tan bello, unido al nombre de el mismo Jesucristo. Los que llevan el nombre de un gran jefe militar o de un personaje ilustre se consideran honrados y hacen lo que sea para seguir siendo dignos de él. ¡Cuánto más nosotros que llevamos el nombre no de un general o de un príncipe de este mundo, ni tan sólo de un ángel, sino del rey de los ángeles, cuánto más nosotros debemos estar dispuestos a perderlo todo, incluso nuestra vida, por el honor de este nombre!.

San Juan Crisóstomo (c. 345-407), presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
Homilías sobre san Juan, nº 19

RESONAR DE LA PALABRA - 04 ENE 2016

Evangelio según San Juan 1,35-42. 
Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: "Este es el Cordero de Dios". Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: "¿Qué quieren?". Ellos le respondieron: "Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?". "Vengan y lo verán", les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas", que traducido significa Pedro. 

RESONAR DE LA PALABRA
Fernando Torres Pérez cmf

      La lectura del Evangelio de hoy es de las que nos invitan a cerrar los ojos y a dejar volar la imaginación hasta hacernos presentes en aquella escena. Podemos ver a Juan, que está rodeado de sus propios discípulos, de los que le escuchan, de su parroquia. Pero Juan sabe que no es propietario de nada, que es el que anuncia al que tiene que venir. Y, cuando ve pasar a Jesús, se da cuenta de que su tiempo está terminando. Ya no tiene que decir más cosas. No tiene más que enseñar. Sólo tiene que señalar e invitar a los que le rodean a iniciar un nuevo camino, a comenzar de nuevo. Su tiempo ha terminado. No se sitúa en el centro de la historia porque sabe que el centro es el que pasa por delante. Es Jesús. Y le señala a los dos discípulos que le acompañan en ese momento: “Éste es el Cordero de Dios.”

      Volvemos la mirada al otro lado y vemos a Jesús, el señalado, el anunciado, que pasa. No busca nada. No quiere nada. Hace su propio camino. Pero se da cuenta de que dos personas le siguen. Son los dos discípulos de Juan. Escuchamos el diálogo. Es sencillo. “¿Qué buscáis?” “Maestro, ¿dónde vives?” “Venid y lo veréis.” Hay un detalle que habla mucho de que para los discípulos aquel no fue un momento más en su vida sino un encuentro que marcó un antes y un después en sus vidas. Dice el evangelista que “serían las cuatro de la tarde.” 

      Sabemos que los dos discípulos se quedaron con Jesús aquel día. No sabemos de qué hablaron. Pero sí sabemos que Andrés para explicarle a su hermano Simón lo que aquel encuentro había significado para él, le dijo sencillamente “Hemos encontrado al Mesías.”

      Hoy es nuestra oportunidad para recordar si hemos tenido en nuestra vida algún encuentro de este nivel, uno que haya cambiado el sentido de nuestra vida. Los discípulos no se hicieron santos en ese día pero si encontraron la dirección a donde se querían dirigir, el tesoro por el que valía la pena venderlo todo, la perla por la que dejar todo. Y, si no es así, quizá convendría intentar hacernos los encontradizos con él, con Jesús, leyendo y escuchando con el corazón su Palabra, acercándonos a los pobres y marginados, como él se acercaba. Es posible que nuestra vida, como la de los discípulos, cambie y encuentre una nueva dirección que realmente haga que todos nuestros momentos valgan la pena.

fuente Ciudad Redonda

Buen día, Espíritu Santo

Padre Santo,
aquí estoy, de pie, con el deseo de andar el día,
con el deseo en el corazón y en la mente de Bendecir Tu Santo Nombre,
de darte toda Honra y toda Gloria,
a Vos, mi Alfarero. Mi Dios y Señor.
Abro mis labios para decirte:
¡Ven, visítame con Tu Divino Espíritu!
Dame deseo de Tu Presencia.
Deseo de Tu Amor.
¡Ven y muéstrate propicio!
Ven y controla con Tu poder y Tu gracia
lo que en mi aún es descontrol,
las fuerzas y pulsiones de muerte
que el pecado ha sembrado y ha dejado sepultado en mis rincones.
Ven y dame sabiduría, dame nuevas fuerzas,
dame inteligencia, dame voluntad;
Otórgame paciencia renovada,
que lo desgastado por el tiempo sea renovado, 
y dame sobre todo Tu Gracia
para re-construirme desde Tus entrañas.
Tú eres el que edifica y sostiene,
¡eso lo sé!
pero necesitas mi parte,
¡quiero hacer mi parte!
Que mis mares, al pronunciar el Nombre de Tu Hijo,
se aquieten y,ven serena alegría, llegue al buen puerto de Tu Corazón.


domingo, 3 de enero de 2016

Fidelidad y oración

Es necesario fidelidad y oración para conseguir dejarnos guiar por la voluntad de Dios... Sin una y otra, ciertamente estaremos expuestos al Mal que quiere siempre hacernos caer...En tiempos de combate espiritual, el remedio es la oración. De preferencia "escondidos" en una iglesia, frente a Jesús en el sagrario...Y allí dejar que el silencio apaciguador nos hable!



É preciso fidelidade e Oração para que consigamos nos deixar guiar pela vontade de Deus...
Sem uma e outra, certamente estaremos expostos ao Mal que quer sempre nos fazer cair...
Em tempos de combate intenso, o remédio é a Oração. De preferência 'escondido' numa igreja em frente a Jesus no sacrário...
E lá deixar que o silêncio apaziguador nos fale!

fuente: Livres de todo mal
Adaptación del original en português.

Tomó carne de la Virgen María

San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo
Sermón 10, sobre la Natividad del Señor, PL 57,24
«Nacido antes de todos los siglos..., tomó carne de la Virgen María» (Credo)

Leemos, queridos hermanos, que en Cristo hay dos nacimientos; tanto el uno como el otro son expresión de un poder divino que nos sobrepasa absolutamente. Por un lado, Dios engendra a su Hijo a partir de él mismo; por el otro, una virgen lo concibió por intervención de Dios... Por un lado, nace para crear la vida; por el otro, para quitar la muerte. Allí, nace de su Padre; aquí, nace a través de los hombres. Por ser engendrado por el Padre, es el origen del hombre; por su nacimiento humano, libera al hombre. Ni una ni otra forma de nacimiento se pueden expresar propiamente y al mismo tiempo son inseparables...

      Cuando enseñamos que hay dos nacimientos en Cristo, no queremos decir que el Hijo de Dios nace dos veces, sino que afirmamos la dualidad de naturaleza en un solo y único Hijo de Dios. Por una parte, nace lo que ya existía; por otra parte se produce lo que todavía no existía. El bienaventurado evangelista Juan lo afirma con estas palabras: «En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios», y también: «La Palabra se hizo carne».

      Así pues, Dios que estaba junto a Dios salió de él, y la carne de Dios que no estaba en él salió de una mujer. Así el Verbo se hizo carne, no de manera que Dios quede diluido en el hombre, sino para que el hombre sea gloriosamente elevado en Dios. Por eso Dios no nació dos veces, sino que hubo dos géneros de nacimientos – a saber el de Dios y el del hombre- por los cuales el Hijo único del Padre ha querido ser al mismo tiempo Dios y hombre en una sola persona: «¿Quién podría contar su nacimiento?» (Is 53,8 Vulg)

RESONAR DE LA PALABRA - 03 ENE 2016

Evangelio según San Juan 1,1-18. 
Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo". De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre. 

RESONAR DE LA PALABRA
Julio César Rioja, cmf
Queridos hermanos:
Cuando vamos a un país extranjero, aunque no comprendamos la lengua, tenemos muchas cosas que nos dicen quién es ese pueblo: el arte, la música, los campos, los museos, las costumbres… a todo ello lo podríamos considerar palabras salidas de sus hombres. Hablar es sacar algo de sí hacia fuera y una palabra puede expresarse tanto por voces como por gestos o en el silencio. Con ella el hombre puede simbolizar, relacionarse, reflexionar, educar, amar, comunicar. La palabra en definitiva identifica, pone en acción, nos hace personas. ¿Entonces qué significa que el Evangelio de Juan nos diga: qué Jesús es la Palabra?
“Y la Palabra se hizo carne”, por medio de Jesús Dios se comunica con los hombres y revela cuáles son sus criterios, sus valores. Toda la vida de Jesús, palabras, actos, pensamientos, sentimientos, es una inmensa palabra que llena la tierra, es “la luz de los hombres”. Es la palabra auténtica, porque en él los pensamientos van acordes con los actos: perdona, proclama la justicia, habla del amor, vive la pobreza, la sinceridad… y se cumple. Todo él es Palabra de Dios “que acampó entre nosotros”, no es palabra que se la lleva el viento o se olvida, no es una idea o un concepto, es una persona de carne y hueso, que ha salido con su tienda para acampar al lado nuestro.
“Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”, Jesucristo aparece como el mediador de la revelación y la salvación de Dios que puede ser aceptada o rechazada. La frase final de este prologo: “A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”, nos hace la introducción del Evangelio. Todo lo que viene detrás, los hechos, palabras, parábolas, milagros, no son más que la manifestación de Dios, por eso la necesidad de volver siempre al Evangelio, de escuchar la Palabra y hacerla vida en nosotros.
Los que solemos hablar demasiado en la liturgia, la catequesis, los sermones, los sacramentos, la escuela, la casa… podemos preguntarnos: ¿si somos Palabra? Una cosa es decir palabras, que casi nunca nos faltan, y otra es parecernos a la Palabra. Muchas de nuestras palabras están llenas de ruido, no nacen de dentro y es que la verdadera palabra nace del silencio. A medida que caminamos por la vida nos debemos ir haciendo palabra: nuestro cuerpo que crece es palabra, nuestros sentimientos hacia los demás son palabra, los actos concretos que hacemos son palabra.
La palabra nace de la experiencia no es racionalización que justifica nuestras comodidades, por eso se hace denuncia, anuncio, predicación, Buena Noticia. Debemos decir menos palabras y ser más Palabra. Necesitamos revisar el lenguaje de nuestras comunidades parroquiales, de nuestras homilías, de la educación cristiana, de la familia… para ver en qué medida expresan la verdad de la experiencia que vivimos o justifica cosas poco evangélicas. Hoy se nos invita a ser Palabra de Vida, a ser Palabra que ilumina, a ser Palabra que engendra vida.
“Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. Navidad es un buen tiempo para acoger la Palabra hecha niño, para comenzar a hablar un idioma distinto, el lenguaje de la ternura, de la misericordia, de un estilo de vida que sea luz para los hombres. Cuidemos las palabras que usamos con los hermanos más perdidos entre tantas mayúsculas y frases hechas; entre tantos heridos o náufragos de este sistema que controla y quiere una palabra única y políticamente correcta. Digamos palabras pequeñas, que nacen de la experiencia y susurran al oído o lanzan a los cuatro vientos, ecos que suenan a Evangelio. Como diría San Pablo a los Efesios: para eso hemos sido elegidos en la persona de Cristo.
Palabra…, pienso en Dios o en su Hijo.
fuente: Ciudad Redonda

Buen día, Espíritu Santo

Señor, cuando pongo mis pies en marcha,
Cuando todo comienza a despertarse
Cuando descubro la alegría serena de tu visita,
y me recuerdas que lo mejor está por suceder,
mi corazón clama: ¡Ven!
Aún cuando no consiga entender,
Aún cuando siga queriendo todo a mi modo,
Aunque sea todo tan difícil para mí,
Aún así, sé que tus pensamientos son más altos que los míos,
Que tu mirada va más allá de lo que veo,
Y vuelvo a confiar,
Pequeño y quieto,
Sereno, en paz
Vuelvo a confiar en Vos,
Porque sé que vas a cuidar de mi,
Y lo mejor está por suceder.
Me lo anunció la noche, salario de mi pasado,
Me lo grita el día, salario de mi presente.
Dime, Tú que eres íntimo,
Tú que estas aquí soplando sobre mí…
Dime Espíritu Santo, ¿qué podemos hacer juntos hoy?


sábado, 2 de enero de 2016

María, Ícono del perdón

Para nosotros, María se convierte en un icono de cómo la Iglesia debe extender el perdón a cuantos lo piden. La Madre del perdón enseña a la Iglesia que el perdón ofrecido en el Gólgota no conoce límites. No lo puede detener la ley con sus argucias, ni los saberes de este mundo con sus disquisiciones. El perdón de la Iglesia debe tener la misma amplitud que el de Jesús en la Cruz, y el de María a sus pies. No hay alternativa. Y por eso el Espíritu Santo ha hecho que los Apóstoles sean instrumentos eficaces de perdón, para que todo lo que nos ha conseguido la muerte de Jesús pueda llegar a todos los hombres, en cualquier momento y lugar (cf. Jn 20,19-23).

Francisco - 1º de Enero de 2016



Madre del perdón

"María es Madre de Dios que perdona, que da el perdón, y por eso podemos decir que es Madre del perdón. Esta palabra –«perdón»– tan poco comprendida por la mentalidad mundana, indica sin embargo el fruto propio y original de la fe cristiana. El que no sabe perdonar no ha conocido todavía la plenitud del amor. Y sólo quien ama de verdad es capaz de llegar a perdonar, olvidando la ofensa recibida. A los pies de la cruz, María vio a su Hijo ofrecerse totalmente a sí mismo y así dar testimonio de lo que significa amar como Dios ama. En aquel momento escuchó a Jesús pronunciar palabras que probablemente nacían de lo que ella misma le había enseñado desde niño: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). En aquel momento, María se convirtió para todos nosotros en Madre del perdón. Ella misma, siguiendo el ejemplo de Jesús y con su gracia, fue capaz de perdonar a los que estaban matando a su Hijo inocente."

Francisco
1 de Enero de 2016

Oficio de Lectura

COMO SI LOS DOS CUERPOS TUVIERAN UN ALMA EN COMÚN
Nos habíamos encontrado en Atenas, como el curso de un río que, naciendo en una misma patria, se divide luego hacia diversas regiones (a donde habíamos ido por el afán de aprender) y de nuevo, de común acuerdo, por disposición divina, vuelve a reunirse.

Por entonces, no sólo admiraba yo a mi grande y querido Basilio, por la seriedad de sus costumbres y por la madurez y prudencia de sus palabras, sino que inducía también yo mismo a los demás que no lo conocían a que le tuviesen esta misma admiración. Los que conocían su fama y lo habían oído ya lo admiraban.

¿Qué consecuencias tuvo esto? Que él era casi el único que destacaba entre todos los que habían venido a Atenas para estudiar, y que alcanzó honores superiores a los que correspondían a su condición de mero discípulo. Éste fue el principio de nuestra amistad, el pequeño fuego que empezó a unirnos; de este modo, se estableció un mutuo afecto entre nosotros.

Con el correr del tiempo, nos hicimos mutuas confidencias acerca de nuestro común deseo de estudiar la filosofía; ya por entonces se había acentuado nuestra mutua estimación, vivíamos juntos como camaradas, estábamos en todo de acuerdo, teníamos idénticas aspiraciones y nos comunicábamos cada día nuestra común afición por el estudio, con lo que ésta se hacía cada vez más ferviente y decidida.

Teníamos ambos una idéntica aspiración a la cultura, cosa que es la que más se presta a envidias; sin embargo, no existía entre nosotros tal envidia, aunque sí el incentivo de la emulación. Nuestra competición consistía no en obtener cada uno para sí el primer puesto, sino en obtenerlo para el otro, pues cada uno consideraba la gloria de éste como propia.

Era como si los dos cuerpos tuvieran un alma en común. Pues si bien no hay que dar crédito a los que afirman que todas las cosas están en todas partes, en nuestro caso sí podía afirmarse que estábamos el uno en el otro.

Idéntica era nuestra actividad y nuestra afición: aspirar a la virtud, vivir con la esperanza de las cosas futuras y tratar de comportarnos de tal manera que, aun antes de que llegase el momento de salir de esta vida, pudiese decirse que ya habíamos salido de ella. Con estos pensamientos dirigíamos nuestra vida y todas nuestras acciones, esforzándonos en seguir el camino de los mandamientos divinos y estimulándonos el uno al otro a la práctica de la virtud; y, si no pareciese una arrogancia el decirlo, diría que éramos el uno para el otro la norma y regla para discernir el bien del mal.

Y, así como hay algunos que tienen un sobrenombre, ya sea heredado de sus padres, ya sea adquirido por méritos personales, para nosotros el mayor título de gloria era el ser cristianos y ser con tal nombre reconocidos.


De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo
(Disertación 43, en alabanza de Basilio Magno, 15. 16-17. 19.21: PG 36, 514-523)

Buen día, Espíritu Santo

¡Buen día en Cristo Jesús!
Levantamos nuestro corazón al Señor
y pedimos para vos, querido amigo,
una Bendición copiosa, abundante, apretada.
Que todas las luchas y batallas de éste año que hemos comenzado
no puedan robarte lo más precioso que llevas sobre vos:
la Presencia del Dios de las Victorias.
Que revestido del Santo Espíritu,
en el Nombre Santo de Dios,
puedas reconocer que sólo Él da la victoria.
Que nada podrá separarte de Su Amor.
Bendecida jornada!
Bendecido 2016!


RESONAR DE LA PALABRA - 02 DIC 2016

Evangelio según San Juan 1,19-28. 
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: "¿Quién eres tú?". El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: "Yo no soy el Mesías". "¿Quién eres, entonces?", le preguntaron: "¿Eres Elías?". Juan dijo: "No". "¿Eres el Profeta?". "Tampoco", respondió. Ellos insistieron: "¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?". Y él les dijo: "Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías". Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: "¿Por qué bautizas, entonces, si tu no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?". Juan respondió: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia". Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba. 


Resultado de imagen para reading bibleRESONAR DE LA PALABRA
Queridos Hermanos:

La función y el destino de las mediaciones –que a veces son grandiosas- consiste en ser superadas y acabar desapareciendo una vez logrado el objetivo. A veces nos entusiasmamos con un gran “testigo” de la fe, quizá un misionero que vive heroicamente con los más pobres de la tierra, o un obispo que nos cae simpático porque usa un lenguaje que entendemos. Significa que tenemos una sensibilidad sana. Más de una vez hemos oído a miles de jóvenes gritar enardecidos: “esta es la juventud del Papa”. Está bien; puede significar “la juventud que quiere el Papa”. Pero hay que avanzar hasta “esta es la juventud de Jesús”, que es el único Señor.

Juan el Bautista se sintió altamente venerado por un grupo de adeptos; pero no los quiso para sí, sino que les indicó que “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” era Otro, y él se manifestó como indigno de ser su discípulo (los discípulos de escriba calzaban y descalzaban a sus maestros). Lo suyo fue un rotundo “no soy yo”; superó la tentación que podemos padecer catequistas, monitores, sacerdotes… que a veces creamos grupos que no está claro si son para Jesús o para nosotros mismos.

La mediación no siempre es una persona. Incluso la Palabra que nos lleva a la fe es mediación. La primera Carta de Juan habla de “lo que hemos oído”, “lo que sabemos”, “lo que nos enseñaron”... Todo ello es bueno, hay que conservarlo. Pero es camino para alcanzar una realidad muy superior: estar en comunión con el Padre y el Hijo. Es preciso pasar del “saber” al “saborear”, y de un oír humano a un sentir divino.

Los que en la Iglesia desempeñamos tareas de animación tenemos que dejar paso al Gran Animador, al Espíritu (designado en 1Jn como “Unción”). El autor llega a admitir que los creyentes, puesto que poseen el Espíritu, ya “no necesitan que nadie los enseñe”. No menosprecia las mediaciones, consustanciales a la vida eclesial y, en general, a la vida humana; es una advertencia a quien se estanque en ellas, que se parece a aquel a quien señalaban la luna y sólo veía el dedo que apuntaba hacia ella. Quizá sabemos mucho de oídas y leídas; y es bueno, para no sucumbir a discutibles experiencias subjetivas. Pero debemos dar el mismo paso de aquellos que decían a la Samaritana: “no creemos por lo que tú nos has dicho, sino porque hemos oído y sabemos…” (Jn 4,42).

La Carta de Juan toca todavía otro tema de gran interés: “que lo que habéis oído desde el principio permanezca”. El autor no es un reaccionario inmovilista; él mismo, con gran creatividad, ha sabido expresar lo de Jesús en una terminología original, adecuada a la nueva cultura en que se ha implantado el evangelio. Pero no ha sucumbido a modas o ligerezas. Jesús invitaba a edificar sobre roca y no sobre arena (Mt 7,24-27). Y la carta a los Efesios desea que no seamos “llevados a la deriva por cualquier viento de doctrina” (Ef 4,14). Con qué facilidad se dice “eso ya no se lleva”, “eres del concilio de Trento”, “hoy los tiros van por otra parte”… Sí, es preciso captar por dónde van los tiros y las inquietudes, cuál es el lenguaje inteligible, como acercar el evangelio al hombre de hoy. Pero nunca es lícito tratar los contenidos de la fe y vida cristiana con frivolidad o ligereza. Nada es bueno o malo por ser reciente o antiguo, sino por lo que es en sí mismo. Y ciertamente nuestro cimiento, el Jesús del evangelio, no puede ser sustituido por nada.

Tu hermano:
Severiano Blanco, cmf

viernes, 1 de enero de 2016

Del Oficio de Lectura

De las Cartas de san Atanasio, obispo
(Carta a Epicteto, 5-9: PG 26, 1058. 1062-1066)

EL VERBO TOMÓ DE MARÍA UN CUERPO SEMEJANTE AL NUESTRO

El Verbo de Dios tomó la descendencia de Abraham, como dice el Apóstol; por eso debía ser semejante en todo a sus hermanos, asumiendo un cuerpo semejante al nuestro. Por eso María está verdaderamente presente en este misterio, porque de ella el Verbo asumió como propio aquel cuerpo que ofreció por nosotros. La Escritura recuerda este nacimiento, diciendo: Lo envolvió en pañales; alaba los pechos que amamantaron al Señor y habla también del sacrificio ofrecido por el nacimiento de este primogénito. Gabriel había ya predicho esta concepción con palabras muy precisas; no dijo en efecto: «Lo que nacerá en ti», como si se tratara de algo extrínseco, sino de ti, para indicar que el fruto de esta concepción procedía de María.

El Verbo, al recibir nuestra condición humana y al ofrecerla en sacrificio, la asumió en su totalidad, y luego nos revistió a nosotros de lo que era propio de su persona, como lo indica el Apóstol: Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.

Estas cosas no se realizaron de manera ficticia, como algunos pensaron -lo que es inadmisible-, sino que hay que decir que el Salvador se hizo verdaderamente hombre y así consiguió la salvación del hombre íntegro; pues esta nuestra salvación en modo alguno fue algo ficticio ni se limitó a solo el cuerpo, sino que en el Verbo de Dios se realizó la salvación del hombre íntegro, es decir, del cuerpo y del alma.

Por lo tanto, el cuerpo que el Señor asumió de María era un verdadero cuerpo humano, conforme lo atestiguan las Escrituras; verdadero, digo, porque fue un cuerpo igual al nuestro. Pues María es nuestra hermana, ya que como todos nosotros es hija de Adán.

Lo que dice Juan: La Palabra se hizo carne, tiene un sentido parecido a lo que se encuentra en una expresión similar de Pablo, que dice: Cristo se hizo maldición por nosotros. Pues de la unión íntima y estrecha del Verbo con el cuerpo humano se siguió un inmenso bien para el cuerpo de los hombres, porque de mortal que era llegó a ser inmortal, de animal se convirtió en espiritual y, a pesar de que había sido plasmado de tierra, llegó a traspasar las puertas del cielo.

Pero hay que afirmar que la Trinidad, aun después de que el Verbo tomó cuerpo de María, continuó siendo siempre la Trinidad, sin admitir aumento ni disminución; ella continúa siendo siempre perfecta y debe confesarse como un solo Dios en Trinidad, como lo confiesa la Iglesia al proclamar al Dios único, Padre del Verbo.

María, estrella de la mañana, puerta del cielo

San Juan XXIII (1881-1963), papa 
Discursos II, pag. 53
María, estrella de la mañana, puerta del cielo

La Virgen Inmaculada anuncia la aurora del día eterno y nos asiste como guía a lo largo del camino que todavía nos separa de él. Por esta razón, el himno litúrgico “Estrella de la mañana” es una preciosa invocación: “Concédenos, por la fe en Jesús, llegar a gozar de su presencia contigo.” Los anhelos de nuestro corazón y todos nuestros esfuerzos como cristianos tienden a este fin, como coronamiento de una vida de fe y de gracia. Ánimo, pues, hijos, no siempre andaremos en tribulación y trabajos. María “tú eres nuestra fortaleza.” 

      O María, espejo radiante de gracia y de pureza que has disipado las tinieblas de la noche y nos has elevado a los esplendores del cielo, sé propicia a tus hijos. Dispón nuestros pensamientos para la venida del sol de justicia nacido de tus entrañas. Puerta del cielo, haz que nuestros corazones anhelen el paraíso. Espejo de justicia, conserva en nosotros el amor de la gracia divina, para que en la humildad y la alegría realicemos nuestra vocación de cristianos; que podamos gozar de la amistad del Señor en todo momento y recibir tus maternales consuelos.

RESONAR DE LA PALABRA - 01 ENE 2016

Evangelio según San Lucas 2,16-21. 
Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores. Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido. Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción.


RESONAR DE LA PALABRA
Queridos Hermanos:

Hoy se nos amontonan los motivos de reflexión. La Iglesia cambió hace años la denominación de esta fiesta, que ya no de la circuncisión del Señor sino de la maternidad de María.

Poco sabemos acerca de cómo vivió María su sublime misión; en realidad, lo que hoy el evangelista nos dice de ella lo decían o dicen nuestras madres de sí mismas: guardaron en su interior (corazón) nuestras primeras expresiones, travesuras, ocurrencias, y lo que algunas personas decían de nosotros. A todo ello le dieron muchas vueltas, y, cuando nos hicimos mayores, nos lo contaban repetidas veces. Pero el evangelista no quiere decir una obviedad; invita a cada creyente a mirar a Jesús en profundidad, a grabar sus gestos y actitudes, retener sus palabras, asimilar su proyecto. La actitud de María debe ser la actitud de la Iglesia de todos los tiempos.
Junto al evangelista, conviene que escuchemos con atención a San Pablo: el Hijo nació en forma humana (de mujer) para que nosotros participemos en su filiación divina.

Al acoger a Cristo encarnado nos hacemos “parte de él” y podemos invocar al Padre con la expresión inefable, casi intraducible, con que lo hace Él: “Abbá”. Los gálatas no sabían arameo, pero Pablo quiso que conservasen la palabra aramea, como la pronunciaba Jesús. Es otro modo de decirnos lo que leíamos ayer en el prólogo del IV evangelio: “a quienes le acogieron les dio la capacidad de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12). Jesús no vino al mundo para pasearse exhibiendo su grandeza, sino para hacernos partícipes de ella.

La primera lectura nos hace conscientes de estar en un comienzo (“Año Nuevo”), de echar a andar conscientes de la bendición y providente benevolencia de ese Abbá para con nosotros, que en su Hijo nos lo da todo, que a través de él hace brillar su rostro sobre nosotros y nos concede su paz. Esto es exactamente lo que San Pablo afirma de los creyentes en cada una de sus cartas: “gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre”; la mirada del Padre, su “rostro”, produce paz. Hace algunas décadas, el beato Pablo VI declaró el 1 de enero como Día Mundial de la Paz; nuestro echar a andar podría ir guiado por las palabras con que se iniciaban las procesiones: “procedamus in pace”.

En este primer día del año hagamos un pequeño proyecto: el de la contemplación gozosa y habitual de nuestra grandeza, no conquistada sino regalada. Intentemos “guardar estas cosas meditándolas en nuestro corazón”, disfrutar de la paternal mirada de nuestro Dios Abbá, caminar junto a él llenos de la paz que su compañía produce.

Tu hermano
Severiano Blanco cmf
fuente Portal Ciudad Redonda