sábado, 14 de noviembre de 2015

Lucas 18, 1-8

Fue al juez a pedirle justicia contra su adversario
Lucas 18, 3

Probablemente, al escuchar esta historia, algunos se imaginan a una anciana encorvada de áspera voz y de una gran cualidad de fastidio, como una uña encarnada. Pero sería mejor mirarla en forma positiva, como un modelo de confianza, esperanza y persistencia.

Podemos imaginarnos que insistía en su petición al juez tal como lo hacía con sus oraciones a Dios. Aunque no sepamos por qué Dios a veces se tarda en responder, todos podemos aprender a ser pacientes y rezar continuamente, no por desesperación, sino con verdadera esperanza y confianza. Una oración como ésta apacigua el corazón y nos enseña que, en la oración y la obediencia en todo lo que podamos, estamos haciendo lo que Dios nos pide. El resto depende del Señor y él responderá según su sabiduría infinita.

Finalmente, piense en la valentía de esta viuda. Cuando las cosas no suceden como uno espera o desea, se requiere la fortaleza y la persistencia de un soldado y a veces, cedemos a la tentación de perder la esperanza cuando no recibimos contestación a lo que pedimos. Pero el desánimo no es buen consejero, ya que nos lleva a perder la confianza en Dios y suponer que él no se interesa por uno. En realidad, hay que tener cierto coraje para seguirle recordando a Dios omnipotente cuáles son las necesidades que uno tiene (aunque él las conoce mejor que nosotros mismos), y parece que esta mujer tenía ese coraje.
Jesús terminó su parábola preguntando si, cuando él volviera, encontraría fe en la tierra. Esta no fue una pregunta que se le ocurrió de repente, sino que se refiere a la clase de fe que él espera que todos tengamos: una fe persistente y confiada, como la de la viuda.

Si tenemos una fe como esa, nuestras peticiones no serán una lista de súplicas quejumbrosas, sino una manifestación tranquila de confianza en la bondad y el poder de Dios, y de una fe esperanzada en su amor de Padre. Así pues, hermano o hermana, no dudes en presentarle al Señor, con fe y confianza, tus necesidades y las de tus seres queridos.
“Señor, enséñame a confiar más en tu bondad y dejar que todo suceda conforme a tu voluntad. Concédeme coraje para persistir en mis oraciones y saber que tú harás lo que más me convenga.”
fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

El Amor está soplando

"Vive ilusionado y consuela tu corazón,
aparta lejos de ti la tristeza"
Ecl 30,23




¿Entristecido el corazón por tantos dolores?
¿Nublada la razón por tantos sinsabores de la vida?
¿Atormentado el espíritu por las tribulaciones del presente?
¡En todo vencemos fácilmente por el Poder del Cordero de Dios!

El próximo jueves 19 de noviembre, a las 20 horas
la tercera noche del "soplo de Amor" estará aconteciendo en San Miguel.

Te esperamos para compartir y celebrar el Amor Salvador de Jesús
en una nueva Noche de oración por enfermos y afligidos,
participando de la "Santa Eucaristía por nuestros enfermos y afligidos"

Oramos particularmente por quienes están padeciendo trastornos de ansiedad, depresión, angustias. Por quienes son dependientes de psicofármacos...
Es tiempo de escuchar la Voz de Dios que vuelve a repetir:
"Vive ilusionado y consuela tu corazón,
aparta lejos de ti la tristeza,
porque la tristeza es la perdición de muchos y no se saca de ella ningún provecho"
Eclesiástico 30,23

OFICIO DE LECTURA - 14 NOV 2015

De la Homilía de un autor del siglo segundo
(Cap. 18, 1--20, 5: Funk 1, 167-171)

PRACTIQUEMOS EL BIEN, PARA QUE AL FIN NOS SALVEMOS

Seamos también nosotros de los que alaban y sirven a Dios, y no de los impíos, que serán condenados en el juicio. Yo mismo, a pesar de que soy un gran pecador y de que no he logrado todavía superar la tentación ni las insidias del diablo, me esfuerzo en practicar el bien y, por temor al juicio futuro, trato al menos de irme acercando a la perfección.

Por esto, hermanos y hermanas, después de haber escuchado la palabra del Dios de verdad, os leo esta exhortación, para que, atendiendo a lo que está escrito, nos salvemos todos, tanto vosotros como el que lee entre vosotros; os pido por favor que os arrepintáis de todo corazón, con lo que obtendréis la salvación y la vida. Obrando así serviremos de modelo a todos aquellos jóvenes que quieren consagrarse a la bondad y al amor de Dios. No tomemos a mal ni nos enfademos tontamente cuando alguien nos corrija con el fin de retornarnos al buen camino, porque a veces obramos el mal sin darnos cuenta, por nuestra doblez de alma y por la incredulidad que hay en nuestro interior, y porque tenemos sumergido el pensamiento en las tinieblas a causa de nuestras malas tendencias.

Practiquemos, pues, el bien, para que al fin nos salvemos. Dichosos los que obedecen estos preceptos; aunque por un poco de tiempo hayan de sufrir en este mundo, cosecharán el fruto de la resurrección incorruptible. Por esto, no ha de entristecerse el justo, si en el tiempo presente sufre contrariedades; le aguarda un tiempo feliz; volverá a la vida junto con sus antecesores y gozará de una felicidad sin fin y sin mezcla de tristeza.

Tampoco ha de hacernos vacilar el ver que los malos se enriquecen mientras los siervos de Dios viven en la estrechez. Confiemos, hermanos y hermanas: sostenemos el combate del Dios vivo y lo ejercitamos en esta vida presente, con miras a obtener la corona en la vida futura. Ningún justo consigue en seguida la paga de sus esfuerzos, sino que tiene que esperarla pacientemente. Si Dios premiase en seguida a los justos, la piedad se convertiría en un negocio; daríamos la impresión de que queremos ser justos por amor al lucro y no por amor a la piedad. Por esto los juicios divinos a veces nos hacen dudar y entorpecen nuestro espíritu, porque no vemos aún las cosas con claridad.

Al solo Dios invisible, Padre de la verdad, que nos ha enviado al Salvador y Autor de nuestra incorruptibilidad, por el cual nos ha dado también a conocer la verdad y la vida celestial, a él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

ORAR CON CONSTANCIA Y CON CONFIANZA

Santo Tomás de Aquino (1225-1274), dominico, teólogo, doctor de la Iglesia 
Compendium theologiae, parte segunda, cap. 1
    Hay una diferencia que distingue la petición hecha a Dios de aquella que se hace a una persona humana. La petición hecha a un hombre necesita de antemano una cierta familiaridad para tener acceso a la persona a quien se pide algo. Mientras que la oración dirigida a Dios nos convierte por ella misma en familia de Dios. Nuestra alma se eleva hacia él, conversa llena de afecto con él y lo adora en espíritu y en verdad.
    Esta intimidad nacida de la oración conduce al hombre a entregarse, lleno de confianza a la práctica de la oración. Por esto nos dice el salmista: ”Yo te invoco, oh Dios, porque tú me respondes” (Sl 16,6). Acogido en la intimidad de Dios por una primera oración, el salmista ora luego con una confianza crecida. Así, en la oración a Dios, la asiduidad o la insistencia  en la petición no es una actitud importuna, antes al contrario, es agradable a Dios. Porque hay que orar sin cesar, dice el evangelio; y en otro lugar el Señor nos invita a pedir: “Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad, y os abrirán” (Mt 7,7).

RESONAR DE LA PALABRA - 14 NOV 2015

Evangelio según San Lucas 18,1-8. 
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: "En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: 'Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario'. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: 'Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme'". Y el Señor dijo: "Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?". 




RESONAR DE LA PALABRAFernando Torres Pérez, cmf
El sentido de lo que es justo o injusto parece que está inscrito en nuestro corazón. Es algo que se sitúa más allá de las leyes y más allá de los jueces. Los jueces generalmente no hacen más que aplicar las leyes escritas. Pero nosotros sabemos que, demasiadas veces, las leyes escritas no son justas. Y su aplicación no realiza la justicia sino la injusticia porque sirven a los intereses de unos pocos. Son muchas veces las que nos sale del alma decir “No es justo”, “No hay derecho”.

Sin duda que Jesús tuvo una experiencia parecida. Quizá incluso más que nosotros porque en aquellos tiempos los poderosos estaban todavía menos sujetos por las leyes que en los tiempos actuales y eso de la democracia brillaba más bien por su ausencia. La pobreza era rampante y la opresión de los ricos y poderosos estaba al orden del día. Aquel mundo se parecía, más incluso que el nuestro, a un “sálvese quien pueda”. Jesús, casi con toda seguridad, siendo de la pobre y marginal Galilea, siendo un artesano que pertenecía a la clase baja, tuvo que experimentar la arbitrariedad con que gobernaban los poderosos, tanto los romanos como los judíos de clase alta. Vio y padeció la injusticia, en sus propias carnes y en las de sus amigos, familiares y conciudadanos.

Pero su confianza en Dios, en su Padre, en su “Abbá”, iba más allá de toda duda. Mucho más allá, por supuesto, de lo que era su experiencia de vida. Quizá fue esa misma experiencia de la injusticia lo que le hizo confiar más aún en Dios. ¡No era posible que el Padre dejase abandonados a sus hijos e hijas! Si así fuese, si los dejase tirados y abandonados a la vera del camino, no habría que llamarle Padre ni Dios ni nada parecido. Dios, por serlo, tiene que estar necesariamente del lado de los que sufren, de los que padecen injusticia, de los que les ha tocado la peor suerte en este mundo. Las Bienaventuranzas –conviene leerlas de vez en cuando– van de eso precisamente, de que Dios no va a dejar a sus hijos tirados. No es cuestión de recordar aquí las muchas parábolas y abundantes milagros de Jesús en los que se ejemplifica la realidad del Dios que salva, levanta, integra y hace justicia a los que sufren injustamente. Desde la parábola del buen samaritano hasta el milagro del ciego de nacimiento, sentado y abandonado a la vera del camino.

Mantengamos esta fe. Nuestro Dios es así, justo por que sí. Aunque a veces nos parezca que su justicia es muy lenta, que nos ha abandonado, que no nos hace caso. Él es nuestra única esperanza. Y la fuerza y motivación y gracia y amor necesarios para seguir luchando, para mantener bien alta la cabeza y gritar a los poderosos: “No hay derecho” y dar la mano al que sufre para levantarlo. Como haría Jesús.

fuente Ciudad Redonda - noviembre 2015

DON DE SANACIÓN

El don de la fe lleva, en sus engranajes, el don de la sanación y de los milagros. Más allá de la cura física –algo muy bello!-, la fe promueve la sanación interior, la sanación del corazón, del alma, de los sentimientos. ¡Ni imaginamos cuánto la vida nos hiere! Por eso lindo que exista “sanación interior” de las personas.

Puede que pienses: “Pero, ¿cómo debo orar?” Pidiendo por las personas, rogando por ellas.


Quien se siente llamado al ministerio de sanación del corazón sabe de su importancia.
A mucha gente le gustaría progresar en la vida espiritual, pero no consigue por causa de los traumas, de los bloqueos, de las heridas y marcas del propio pasado.

Ábrete a ese don, dispónete a orar por la sanación interior de tus hermanos.
No esperes hacer en los inicios grandes oraciones; apenas reza y, si vienen las palabras, ora de acuerdo con ellas.
Llénate de coraje y comienza a orar.
Verás cuántas cosas el Señor va a hacer por intermedio de ti.


Tu hermano,
Mons. Jonas Abib
fuente: Mensaje del día portal Canção Nova

¡Madre, acompáñanos!

Bajo Tu amparo
nos acogemos, Santa Madre de Dios!

Buen día, Espíritu Santo!

Señor y Rey de nuestras vidas,
si a dar la batalla salimos,
si fortalecido es nuestro andar
sólo es posible porque Tú te haces presente.
Tú que eres el Eternamente Fiel,
Libera de toda cautividad,
abre nuestros ojos,
endereza lo torcido,
guárdanos de todo mal;
Haz justicia con el justo,
levanta al que se ha caído.
y envíanos la Lluvia de Gracia,

que Consuela, que Santifica y todo renueva,
¡envíanos Tu Espíritu Santo!




viernes, 13 de noviembre de 2015

Lucas 17, 26-37

Suponga que usted se acaba de casar con la mujer o el hombre de sus sueños. Poco después, tiene que hacer un largo viaje de negocios. A usted le encanta su trabajo y espera con entusiasmo las reuniones que tendrá con sus clientes. Su compañía le envía a un lugar agradable y usted supone que podrá hacer alguna excursión turística en su tiempo libre. Se queda en un hotel cómodo con un buen restaurante. Pero, a pesar de que disfruta del viaje, no halla las horas de volver a casa para estar con su flamante esposa o marido.
Esta analogía nos ayuda a entender lo que Jesús dijo sobre su venida final. Todos estamos lejos en una especie de viaje de negocios, trabajando para ayudar a construir el Reino de Dios. El trabajo es bueno y muy provechoso, ¡pero usted no halla las horas de llegar a casa y estar con el Señor, el lugar donde más nos corresponde estar!
La única diferencia en esta comparación es el elemento de sorpresa, porque no sabemos el día ni la hora cuando terminará nuestro viaje de negocios. Y cuando lo haga, ¡no tendremos tiempo de preparar maletas extras! Así que, aun reconociendo el gran valor que tiene el trabajo para el Señor, siempre deberíamos estar preparados para recibirlo y saludarlo con gozo cuando regrese.
Entonces, ¿cómo podemos tener a Cristo presente mientras desempeñamos nuestro trabajo aquí en la tierra? Se trata de un asunto de actitud. Si nos pasamos el día trabajando en una obra de construcción, enseñando en una escuela o atendiendo a clientes en una tienda, podemos glorificar al Señor en todo lo que hacemos.
Aquí proponemos un modo de tener una buena actitud: Haga todo lo posible por recordar que, sea cual sea su trabajo, usted no está haciendo sólo una tarea; usted está cooperando con Dios en la obra de preparar al mundo para el regreso del Señor. Usted gana el sustento de su familia; da a sus compañeros de trabajo un testimonio de una vida entregada a Cristo. ¡Usted está glorificando a Dios, no sólo ganándose la paga! Y aparte de todo eso, la recompensa que nos espera en nuestro hogar celestial es indescriptiblemente gloriosa y abundante, porque nuestro Padre es muy generoso.
“Señor mío Jesucristo, quiero contemplar la hermosura de tu faz, pero mientras estoy aquí en la tierra, ayúdame a verte y amarte en todas las personas que vea hoy día.”
fuente La Palabra con nosotros Devocionario Católico

Comprendiendo La Palabra

San Romano el Melódico (?-c. 560), compositor de himnos 
Himno de Noé
Dios espera el tiempo de nuestra conversión

    Cuando contemplo la amenaza sobre los culpables en tiempo de Noé, tiemblo, yo que también soy culpable de abominables pecados... A los hombres de entonces, el Creador los advirtió de la amenaza, porque esperaba el tiempo de su conversión. También para nosotros llegará la hora final, desconocida por nosotros e incluso por los ángeles (Mt 24,36). En este día, Cristo, el Señor desde todos los siglos, vendrá cabalgando sobre las nubes para juzgar a la tierra, tal como lo vio Daniel (7,13). Antes de que esta hora última no caiga sobre nosotros, supliquemos a Cristo clamándole: «Por el amor que tú nos tienes, salva a todos los hombres de la cólera, Redentor del universo»...

    El Amigo de los hombres, viendo la maldad que reinaba en aquel entonces, dijo a Noé: ««He decidido acabar con toda carne (Gn 6,13), porque la tierra está llena de violencias por culpa de ellos. Tú eres el único justo que he visto en esta generación (Gn 7,1)... Hazte un arca de maderas resinosas...; como una matriz llevará las simientes de las especies futuras. La harás como una casa, a imagen de la Iglesia... En elle te cobijaré, a ti que con tanta fe me gritas: 'Por el amor que me tienes salva a todos los hombres de la cólera, Redentor del universo'.»

    El elegido llevó a cabo su obra, inteligentemente..., y gritaba con fe a los hombres sin fe: «¡Daos prisa, salid de vuestro pecado, rechazad toda maldad, arrepentíos! Lavad con lágrimas la suciedad de vuestras almas, y a través de la fe, conciliaos con el poder de nuestro Dios...» Pero estos hijos de rebeldía no se convirtieron. Añadieron a su perversidad, su endurecimiento de corazón. Desde entonces Noé impetro a Dios con lágrimas: «En otro tiempo me hiciste salir del seno de mi madre; ¡sálvame ahora en esta arca caritativa! Porque voy a encerrarme en esta especie de tumba, pero cuando me llamarás, ¡saldré de ella por tu poder! Desde ahora voy a prefigurar en ella la resurrección de todos los hombres, cuando salvarás a tus justos del fuego, tal como me salvarás de las olas del mal arrancándome de en medio de los impíos, a mi que con fe te grito a ti, Juez compasivo: 'Por el amor que nos tienes, salva a todos los hombres de la cólera, Redentor del universo.'»

RESONAR DE LA PALABRA - 13 NOV 2015

Evangelio según San Lucas 17,26-37. 
Jesús dijo a sus discípulos: "En los días del Hijo del hombre sucederá como en tiempos de Noé. La gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca y llegó el diluvio, que los hizo morir a todos. Sucederá como en tiempos de Lot: se comía y se bebía, se compraba y se vendía, se plantaba y se construía. Pero el día en que Lot salió de Sodoma, cayó del cielo una lluvia de fuego y de azufre que los hizo morir a todos. Lo mismo sucederá el Día en que se manifieste el Hijo del hombre. En ese Día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en la casa, no baje a buscarlas. Igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que la pierda, la conservará. Les aseguro que en esa noche, de dos hombres que estén comiendo juntos, uno será llevado y el otro dejado; de dos mujeres que estén moliendo juntas, una será llevada y la otra dejada". Entonces le preguntaron: «¿Dónde sucederá esto, Señor?»Jesús les respondió: "Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres". 


RESONAR DE LA PALABRA
Fernando Torres Pérez, cmf
fuente CIUDAD REDONDA - Noviembre 2015

      La vida es una pura sorpresa. Nadie, absolutamente nadie, puede predecir el futuro. Ni siquiera lo que pasará mañana. Para bien o para mal. Todo puede pegar un bandazo inusitado que nos deje temblando y sin saber por donde nos viene el aire. Puede ser una enfermedad o el encuentro gozoso con esa persona con la que se percibe y entiende que se puede construir un proyecto de vida juntos, para siempre y para todo. O un accidente o una guerra. O la lotería. La vida es muy irracional a la hora de repartir sus cartas. Ni siquiera es verdad eso de que el que la hace la paga. Ni mucho menos. A veces los que merecerían un castigo, pasan sin pena ni gloria o con más pena que gloria. La verdad, la mera verdad, es que nadie controla el futuro, el mañana.

      Es que lo único que tenemos es este presente continuo en el que vivimos, en el que nos relacionamos. Este tiempo que se nos escapa de entre las manos sin sentirlo, que cuando somos jóvenes nos parece eterno y que, según nos vamos haciendo mayores, se nos pasa más y más rápido, casi sin sentirlo. Este tiempo, este ahora, es el gran regalo de Dios. Es nuestro tiempo, es lo que somos y lo que vivimos. No sabemos lo que nos pasará mañana pero sabemos lo que nos está pasando ahora mismo. Vivir, disfrutar de este don, es la primera forma de agradecer al Creador y Dador de la Vida.

      Jesús en el texto evangélico de hoy no trata de amenazarnos con catástrofes futuras. ¿Para qué? Lo que nos dice es que más que dolernos por lo que nos pueda pasar en el futuro, lo que vale verdaderamente la pena es vivir el presente. Y vivirlo de la única forma que vale la pena: vivirlo compartiendo lo que tenemos, creando fraternidad, regalando vida. El que pretende guardarse en un cofre los minutos de su vida presente, no vive sino que está muerto. Sólo vive el que comparte lo que tiene y lo que es. El que regala la vida es el que la recobra multiplicada cien veces en gozo y alegría y esperanza. Ese es el que vive el presente a tope, el que disfruta y goza. Ese es la alegría del Dios de la Vida, que no la creó sino para que viviésemos en fraternidad y alegría.

      El Reino es compartir. El Reino es vida. El Reino es regalar lo que se tiene. El Reino es vivir como Dios quiere, como hijos e hijas suyos

Buen día, Espíritu Santo!

Con la certeza que Tu Amor
Todo lo llena, todo lo penetra,
Todo lo cambia, decimos confiados:
¡Buen día, Espíritu Santo!
¡Llénanos de Ti! 
Mira la disposición de nuestros corazones,
Bendice el inicio de éste día,
Bendice con Paz y Esperanza.
Despiértanos de todo letargo.
Danos la gracia de ser hombres y mujeres
emprendedores, creativos, osados.
Quita los miedos que paralizan nuestras capacidades y dones.
Arrasa con el flagelo de la indecisión.
Otórganos entendimiento, discernimiento y sabiduría y,
Llenos de Ti, danos elegir aquello que nos conduce a Tu encuentro.
Amén.



jueves, 12 de noviembre de 2015

Comprendiendo La Palabra

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), carmelita descalza, doctora de la Iglesia 
Manuscrito A, 83 vº

“El Reino de Dios está en medio de vosotros.”

    Lo que me sostiene en la oración es, por encima de todo, el evangelio; hallo en él todo lo que necesita mi pobrecita alma. Siempre descubro en él luces nuevas, sentidos ocultos y misteriosos...

    Comprendo y sé por experiencia, que el reino de Dios está dentro de nosotros. Jesús no tiene necesidad de libros ni de doctores para instruir a las almas; él, el doctoro de los doctores, enseña sin ruido de palabras...Nunca le he oído hablar, pero sé que está dentro de mí. Me guía y me inspira a cada instante lo que debo decir o hacer. Descubro, justamente en el momento en que las necesito, luces que hasta entonces no había visto. Y las más de las veces estas ilustraciones no son más abundantes precisamente en la oración, sino más bien en medio de las ocupaciones del día...

RESONAR DE LA PALABRA - 12 NOV 2015

Evangelio según San Lucas 17,20-25. 
Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. El les respondió: "El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: 'Está aquí' o 'Está allí'. Porque el Reino de Dios está entre ustedes". Jesús dijo después a sus discípulos: "Vendrá el tiempo en que ustedes desearán ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo verán. Les dirán: 'Está aquí' o 'Está allí', pero no corran a buscarlo. Como el relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre cuando llegue su Día. Pero antes tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta generación." 


RESONAR DE LA PALABRA
Fernando Torres Pérez, cmf
fuente CIUDAD REDONDA - Noviembre de 2015

      No podía ser de otra manera. Algunos quieren imaginarse la venida del reino de Dios con luces y fanfarrias, bandas de música y entradas triunfales, multitudes aclamando y... Nada de eso. No puede ser que el reino de Dios venga de una manera diferente a como lo hizo el hijo de Dios. 

      Hay que recordar el nacimiento de Jesús. Desde la concepción con la colaboración de una humilde doncella nazarena hasta el nacimiento en una cueva donde se guardaban los animales en el invierno. Nada de lo que rodea el nacimiento de Jesús tiene aires grandiosos ni triunfales. Nazaret, de donde era o donde vivía María, era un pequeño pueblo, mísera aldea de la época, de Galilea, aquel territorio fronterizo que no era del todo judío ni del todo pagano. Sus habitantes, como siempre pasa con los habitantes de la frontera no eran ni de un lado ni del otro. Ni de ninguno. ¿Y que cosa menos triunfal que el nacimiento de Jesús? ¿Han pensado en la cueva? Porque en nuestros belenes todo es muy romántico pero la realidad debió ser mucho menos glamurosa. Empezando por el olor. Ni de lejos el mejor de los sitios para dar a luz al hijo de Dios. 

      Es que Dios quiso entrar en este mundo sin hacer ruido. Se hizo uno de nosotros de verdad, de los normales, de los de a pie. No nació en un gran palacio ni nada parecido. Luego su vida circuló por lugares parecidos. Lo suyo fueron los caminos entre Jerusalén y Galilea. Lo suyo fueron los pueblecitos, las calles, la gente sencilla, los leprosos, los marginados. Ahí estuvo todo el tiempo. 

      Por eso el reino tampoco hace ruido ni llama la atención. Se hace presente en el corazón de las personas que son capaces de amar, de perdonar, de ejercer la misericordia. El reino está allá donde una persona siente los dolores y penas del otro como suyos. Cuando, como el buen samaritano, recoge del camino al hombre herido y apaleado, lo cuida y luego cuando se va, le dice al posadero: “CuídaMElo”. Se lo dijo porque sentía verdaderamente que el herido era suyo, era carne de su carne. Pues bien, cada vez que sentimos así al hermano o a la hermana que sufre, el reino se hace presente en nuestro corazón. Es como una chispa que se enciende y que poco a poco va incendiando el mundo con el amor de Dios. Porque esa y no otra es la manera de ser de Dios, de nuestro Padre Dios.

Buen día, Espíritu Santo

Señor y Dios Nuestro,
Tú eres la Roca, la única roca-
Tú eres el Fundamento,
Sobre Ti está cimentado lo que soy,
sobre Ti descansa mi ser, la obra de Tus manos.
En esas misma manos me pongo en ésta mañana.
Porque no confío en mis fuerzas,
sino en Tu Amor,
Porque sé que mi debilidad es grande,
sólo confío en Tu Amor;
Porque estoy necesitado de Tu Gracia,
sólo confío en Tu Amor.
Lléname con Tu Espíritu;
Visítame con Tu Unción, con Tu Poder.
Siembra alegría en mi corazón,
hazme crecer en humildad,
despierta y potencia mis capacidades dormidas,
dame serenidad y paciencia para enfrentar lo cotidiano,
lo que se vuelve rutina, lo que no comprendo ni deseo.
Y Aliméntame.
Con Tu Cuerpo, que es Vida.
con Tu Palabra, que es Salvación.
Amén.



miércoles, 11 de noviembre de 2015

¿Qué te impide perdonar?

No siempre es fácil perdonar, pero el perdón es un camino seguro para la sanación

Perdón es decisión, y a pesar de que nuestro corazón esté herido, necesitamos perdonar, porque la falta de perdón puede estar matándote.
Aunque hayas sido herido por tu hijo, tu corazón es de padre, de madre; muchas veces este hijo te trajo desgracias y eso está acabando contigo espiritual y psicológicamente. Es como soda cáustica puesta en la boca: luego empieza a corroer. Dios te está dando la gracia de perdonar, y yo te pido, en nombre de Dios, perdona.

Perdonar no es sentimiento, sino un acto de voluntad.
Desea perdonar, agarra esta gracia del perdón y di desde el fondo de tu corazón:
“Yo perdono”. Aunque hayas perdido las esperanzas de que las actitudes de aquellos que te hirieron cambien, perdona.

Tu hermano,
Monseñor Jonas Abib
Fundador de la Comunidad Canción Nueva
fuente Portal Canción Nueva en español

Los maleficios de la falta de perdón

Los maleficios de la falta de perdón2La falta del perdón y el resentimiento es como el herrumbre



Tenemos el perdón como una carga, como algo imposible de vivir. Es el propio enemigo que eleva este pensamiento en nuestra mente. Él nos hace guardar rabia, resentimiento…. Esta es la táctica que él utiliza para acabar con nuestra familia, nuestro grupo y nuestra comunidad.

No somos capaces de imaginar el mal que la falta de perdón genera. Por desgracia, acabamos guardando dentro de nosotros el mal que las personas nos hacen.

El resentimiento la falta de perdón es como el herrumbre que nos va a corroer lentamente  y, cuando damos cuenta, ya fuimos tomados por ella. Además, cuando perdonamos, Dios mismo llena nuestro corazón con Su amor y pasamos a experimentar la paz que muchos sueñan.

San Pablo nos enseña en su carta: “Si se enojan, no se dejen arrastrar al pecado ni permitan que la noche los sorprenda enojados” (Ef 4,26).

¡Somos todos frágiles!
Si reconocemos y admitimos nuestras limitaciones, sería más fácil perdonar el hermano y comprender sus debilidades. Por lo tanto, no tengas miedo de hablar a Jesús y admitir que eres capaz de cometer los mismos errores y las mismas fallas que los demás. El Señor conoce tu corazón, pero espera que tu hables y admitas tus dificultades. Tenemos que ser verdaderos con Dios.

Tu hermano
Monseñor Jonas Abib
Fundador de la Comunidad Canción Nueva
fuente: Portal Canción Nueva en español

De vaso lleno y corazón vacío


De vaso lleno y corazón vacío“De vaso lleno y corazón vacío” es una metáfora que se usa para decir que hay una búsqueda de llenarse de cosas a fin de postergar el encuentro con uno mismo.

Estaba en una fiesta con amigos y, entre tantas músicas que sonaban, escuche una cuyo estribillo decía: “De vaso siempre lleno y corazón vacío, me estoy volviendo una persona solitaria y fría”. Hasta entonces, nada fuera de lo común; una música ampliamente conocida en el escenario nacional como tantas otras que habían sonado y otras que se iban a escuchar. Sin embargo, en un posterior momento de observación, pude notar que la letra era muy cantada, con propiedad, por las personas que estaban allí e inclusive por mí, tal vez por el gran suceso que la música mencionada tiene. ¿Pero será que es solo eso?

De vaso lleno y corazón vacío
Analizando con un poco más de profundidad, no es difícil concluir que, en algunos aspectos, esa música refleja la realidad de muchos que, de verdad, se encuentran de “vaso lleno y corazón vacío”. No quiero reducir tal reflexión a una cuestión meramente afectivo-emocional, como sugiere la canción, sería muy poco ante todo lo que realmente podemos cuestionar.

Para el inicio de esta conversación, por medio de la metáfora de “vaso lleno”, me gustaría hacer alusión a todo lo que nos quita tiempo, energía, emoción, atención, “desvaciando nuestro corazón”. Agendas, cabezas y vidas llenas ¿y por qué no el vaso literalmente lleno? Muchos problemas, compromisos, proyectos, promesas, desilusiones y expectativas acaban por robarnos de quienes somos realmente. El barullo y el tamaño movimiento de una vida llena son un buen escondite para quien huy del encuentro consigo mismo; de ahí que se vuelve común llenarse de cosas, a fin de postergar ese encuentro. Se ostentan rutinas agitadas, vidas sociales, bailes, lujos, currículum, influencia, cuerpos esculturales y notoriedad, pero ¿cómo está el corazón? ¡Esa es la cuestión! ¿Quién es y cómo está la personas por detrás de todo eso?

En tiempos de total exposición de nuestras vidas en las diversas redes sociales, en las cuales hacemos nada más y nada menos que autopromoción de nuestra persona, me pregunto: ¿Somos quienes realmente ostentamos? Parafraseando a Antoine de Saint-Exupéry en el “Principito”, que dice “lo esencial es invisible a los ojos”, levanto el interrogante: ¿Qué es esencial para nosotros? ¿Qué determina, de verdad, la esencia de quienes somos? ¿Lo que presentamos es nuestra verdad o un personaje de fácil aceptación general?

En la condición de hijos de Dios, somos creados a imagen y semejando del Amor y para Él vivimos. Nos encontramos en su búsqueda desde el momento en que nos entendemos como personas. Cada uno buscando a su manera, con su forma de ser, usando el libre albedrío concedido para alcanzar esa meta, lo que me lleva a la conclusión de que nuestro corazón se llena en la medida que nos aproximamos de aquellos que nos “devuelven” a nosotros mismos y, consecuentemente, nos acercan a Dios.

En mi opinión, la verdadera ostentación es tener a nuestro lado personas que nos aceptan, acogen y nos aman por quienes somos verdaderamente, que están presentes en las tempestades, cuando el “vaso” esta rebosando; personas que, aún delante de nuestros defectos, llenan nuestro corazón y nuestra vida. La verdadera ostentación es tener a nuestro lado alguien que nos conduce a Dios.

Por el internauta Higor Brito
publicado originalmente en Destrave.com
reproducido en portal Canción Nueva en español.

Martín, pobre y humilde - Oficio de Lecturas




De las Cartas de Sulpicio Severo
(Carta 3, 6. 9-10, 11. 14-17, 21: SC 133, 336-344)

MARTÍN, POBRE Y HUMILDE

Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en aquella Iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino, movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste un buen colofón a su vida.

Permaneció por un tiempo en aquella población o comunidad, donde había establecido su morada. Una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a decirle entre lágrimas:

«¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas».

Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre de entrañas de misericordia en el Señor, se cuenta que lloró también; y, vuelto al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus hermanos:

«Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo; hágase tu voluntad».
¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo:

«Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor».

Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo:

«¿Por que estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de acogerme». Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezas.

Comprendiendo La Palabra

«Se tiró, rostro en tierra, a los pies de Jesús, dándole gracias»

Cristo está junto a mí:
me acerco a él y me abraza.
Yo no hubiera sabido amar al Señor
si él mismo no me hubiera amado primero.
¿Quién puede comprender el amor
si no es el que ama?

Estrecho al amado y mi alma le acoge
y allí donde él descansa, allí permanezco.
Ya no seré un extraño para él,
porque el Señor no conoce el odio.
Estoy unido a él como la amada
que ha encontrado a aquel que ama.

Porque amo al Hijo,
llegaré a ser hijo.
Sí, el que se adhiere a aquél que no muere jamás,
tampoco él morirá.
El que encuentra su complacencia en el que es la Vida,
también él vivirá.
Así es el Espíritu del Señor sin mentira
que enseña a los hombres a conocer sus caminos.

Odas de Salomón (texto cristiano hebraico de principio del siglo II) 
Nº 2

RESONAR DE LA PALABRA - 11 NOV 2015

Evangelio según San Lucas 17,11-19. 
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!". Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?". Y agregó: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado". 



RESONAR DE LA PALABRA
Fernando Torres Pérez, cmf
fuente Ciudad Redonda - Noviembre 2015

      Hace muchos años, cuando estaba en el seminario, mi formador hablaba un día conmigo y me explicaba cómo había que aceptar siempre la corrección que nos pudiesen hacer los demás. Y que, además, hacer esa corrección era algo normal. Me ponía la comparación de una tela. Al observar el lienzo de tela, lo normal es que esté bien hecha. Por eso, los ojos, casi sin querer, se van al defecto que se ve en un determinado lugar. Y se señala. El resto está bien. “Pero es que lo normal es que esté bien”, me decía. 

      A veces tengo la impresión de que hacemos lo mismo con la vida, con nuestra vida. No miramos más que lo malo, el defecto, lo que nos falta, la tara. Y se nos pasa mirar todo lo que está bien, que es la mayor parte. Por eso, se nos va la vida en quejarnos y quejarnos. Porque algo de eso, de queja continua, tiene la oración de petición. Sobre todo, cuando no está equilibrada con la acción de gracias. 

      Es que hay mucho más por lo que dar gracias que por lo que quejarnos. ¿No es un milagro que estemos vivos? ¿No es eso ya un don enorme de Dios que nos permite apreciar la vida, que nos invita y llama a ser libres, a experimentar el amor, la relación? ¿No es cada minuto de nuestra vida una posibilidad para ser felices y para hacer felices a los demás, para vivir la fraternidad y sentirnos parte de ese inmenso torrente de vida y amor que es nuestro Dios?

      En el Evangelio de hoy se ve a diez leprosos que imploran la misericordia de Jesús. Quieren quedar limpios. Jesús los cura. Pero es no es lo sorprendente. Lo que llama la atención es, en primer lugar, que sólo uno de ellos vuelve a dar las gracias. De los otros nueve no sabemos ya nada más. Uno es el agradecido. Uno es el que se da cuenta de que ha recibido un don gratuito, de que la misericordia de Dios se ha posado sobre él. 

      Pero hay otra cosa que llama la atención. Es que Jesús dice de éste que viene a darle gracias que se puede ir en paz porque “tu fe te ha salvado”. Los otros están curados. Éste se ha salvado. Es algo diferente. Es que el leproso curado y agradecido ha entrado en una dinámica diferente. Desde el agradecimiento ha comprendido que la vida es gratuidad, don regalado. Es fácil que los otros al cabo de un tiempo se volvieran a quejar (un catarro, un accidente, cualquier cosa puede ser motivo para quejarse). Éste ha experimentado la gratuidad. Ahora vive agradecido. Y seguro que su agradecimiento fue expansivo y comenzó a relacionarse con sus familiares, con sus amigos, con sus vecinos, de otra manera. No sólo estaba curado, su fe le había salvado.

Buen día, Espíritu Santo!

Señor y Padre mío, en la mañana declaro y asumo
que sólo Tú tienes el primer lugar.
Te coloco por encima de todo,
Dame la gracia de no "eclipsarte",
de dejarte ser Dios y Señor de mi vida,
Sólo Contigo podré avanzar en medio de luchas y desafíos,
Camina conmigo, condúceme!
Dame la certeza que Contigo llegaré,
triunfaré, conoceré la Buena Meta,
porque eres mi Dios,
porque me amas,
porque con brazos en cruz me compraste,
y con tu Sangre Preciosa sellaste la alianza.


martes, 10 de noviembre de 2015

Oración para pedir BUEN HUMOR

Consejos y oración para evitar la tristeza y tener buen humor

Consejos y oración2

La alegría es un fruto del Espíritu Santo (cfr Gálatas 5,22), pero hay días que todo sucede para que estemos de mal humor. Hay días en que nos despertamos ya de mal humor y llenos de mala disposición. Ahí vienen las noticias, los acontecimientos, los problemas, la salud, pero es necesario decidir luchar contra todo mal humor y buscar la verdadera alegría. En días como esos, sin querer lastimamos a las personas que más nos aman y que se acercan para ayudar. Las grandes enfermedades comienzan pequeñas, por eso, no dejes que la tristeza ni el mal humor invadan tu corazón, lucha, reza y vence por la gracia de Dios todos los motivos para estar triste.

“El corazón alegre es remedio eficiente, pero el espíritu triste (abatido) hace secar hasta los huesos” (Pr 17,22). El otro día estaba tan angustiado, preocupado y triste que no podía rezar. Entonces, para no esparcir mi tristeza e irritación decidí ir a la capilla para conversar con mi Señor. Encontré una foto del San Juan Pablo II, jugando a la pelota con un niño y atrás de esa foto hice una oración inmediatamente, recordando la orden de Jesús; pide al Padre y Él te dará el Espíritu Santo: “Pues si ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11,13).

Esta es la oración:
ORACIÓN PARA PEDIR BUEN HUMOR
Señor, dame la salud del cuerpo y el buen humor necesario para mantenerla. Dame Señor, un alma sencilla que sepa aprovechar todo aquello que es bueno y que nunca se asuste ante el mal, sino al contrario, que encuentre siempre una manera de poner cada cosa en su lugar. Dame un alma que no conozca el tedio, el reclamo y las lamentaciones, y no permitas que me preocupe excesivamente con aquellas cosas complicadas de más que se llaman “yo”. Dame Señor, el sentido del buen humor. Concédeme la gracia de apreciar todo lo que es divertido para descubrir en la vida un poco de alegría y también para compartirla con otros. Amén

Padre Luizinho
Sacerdote de la Comunidad Canción Nueva
fuente CANCIÓN NUEVA portal en español.

UNA AMISTAD A TODA PRUEBA

La bendición de la lealtad en tiempos de tribulación

Fuente: Portal Devocionario Católico La Palabra con nosotros.

Alberto y Pepe eran grandes amigos y compañeros de trabajo desde hacía muchos años. Alberto era jefe de contabilidad y Pepe uno de los gerentes de mercadeo. Los dos eran católicos devotos y practicantes y ambos realizaban algún servicio en sus respectivas parroquias. Además, tenían la costumbre de reunirse en la oficina para rezar juntos una o dos veces a la semana.

Alberto tenía una excelente reputación y había ganado premios por su trabajo en la compañía; muchos de sus subalternos estaban muy contentos de tenerlo como jefe. La carrera de Pepe, por su parte, aunque no tan destacada, también era muy prestigiosa. Aspiraba a un ascenso y pensaba que estaba consiguiendo el reconocimiento que merecía. Su amistad con Alberto era naturalmente un punto a su favor en este aspecto.

Pero sucedió que, pese al respeto de que gozaba Alberto, hubo algunos en la empresa que comenzaron a difundir rumores de que estaba cometiendo malversación de fondos en la compañía. Ante tan descabelladas y falsas acusaciones, se inició una investigación en el departamento de contabilidad, pero conforme la calumnia iba creciendo, algunos empezaron a distanciarse de Alberto por si los rumores resultaban ser ciertos. Nunca pudieron probarle nada incorrecto, pero las falsas acusaciones, junto con la traición de algunos compañeros, comenzaron a resultarle imposibles de aceptar. Como pensaba que ya no podía confiar en nadie, Alberto se fue encerrando en una especie de “coraza” de desaliento, depresión y lástima de sí mismo. Finalmente, renunció al trabajo y se fue a otra compañía.

Los problemas de Alberto también resultaron ser un dilema para Pepe. Sabía que Alberto era inocente, pero también sabía que si se ponía de su lado su propio ascenso corría peligro. Después de mucho rezar y meditar en lo que hacen los buenos amigos, finalmente decidió solidarizar con Alberto y defenderlo cuando otros lo criticaban. Estaba consciente de que podía arriesgar su propia carrera en la compañía, pero también sabía que su amistad con Alberto era más importante para él.

Finalmente, aunque no logró conseguir el ascenso que deseaba, Pepe pudo comprobar que su lealtad había sido valiosa para su querido amigo. Con el tiempo, y en gran parte debido a la solidaridad y el apoyo de Pepe, Alberto logró recuperarse emocionalmente y ponerse de pie una vez más. Jamás olvidó la lealtad ni la bondad de Pepe, y los dos siguen siendo muy buenos amigos hasta el día de hoy.
Un Amigo divino y un enemigo común. En los trastornos y angustias que sufrió Alberto en su trabajo y en su vida personal, se ve cómo la envidia y la murmuración pueden dañar gravemente a una persona y destruir las amistades. Presenciando los conflictos étnicos y raciales que se suscitan en el mundo, los conflictos entre las sociedades comerciales o al interior de ellas, e incluso la división y hostilidad dentro de las familias, todos sabemos perfectamente que las amistades y las relaciones personales son a veces frágiles y vulnerables.

Muchos hemos pasado por situaciones de conflicto, a veces graves, con algún amigo o pariente, como resultado de lo cual una relación estuvo probablemente a punto de destruirse, y sabemos lo dolorosas que pueden ser estas situaciones. Entonces, ¿cómo discernir si nuestras amistades pueden resistir los conflictos y las pruebas?

Los cristianos sabemos que la respuesta radica en nuestra relación con Jesucristo, el Amigo más fiel que podemos tener. El Señor se deleita en que seamos amigos suyos y le complace derramar su gracia y sus bendiciones sobre nuestros amigos. Además, lo que más quiere es enseñarnos a amarnos los unos a los otros y siempre está dispuesto a concedernos su gracia para ayudarnos a superar cualquier obstáculo en este sentido. Lo más importante es que Cristo está siempre con nosotros. Lo estuvo cuando estábamos perdidos en el pecado y nos promete estar con nosotros “hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).

Cuando pensamos en lo que es la amistad, conviene reconocer la dimensión espiritual que es parte integrante de toda relación personal. ¿Qué otra señal más clara del amor de Dios podemos ver que el testimonio de personas que se protegen mutuamente y comparten su vida, tanto en épocas de adversidad como en tiempos de bonanza? Recuerde lo que Jesús les prometió a los Doce: “Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos” (Juan 13, 35).

En efecto, el Espíritu Santo está actuando en nosotros ayudándonos a amar, perdonar y apoyarnos mutuamente. Pero, al mismo tiempo, el demonio también trabaja incansablemente sembrando semillas de celos, falsedades, resentimiento y desconfianza, porque sabe que si puede destruir las amistades, logrará debilitar el Cuerpo de Cristo. También sabe que si saca a la vista las divisiones y la animosidad entre los fieles, puede convencer a otras personas de que el cristianismo no da buenos frutos: “Mira lo envidiosos que son esos cristianos” o “Mira las peleas, las murmuraciones y los celos que se tienen. ¿Cómo va a estar Dios con ellos?” Lo trágico es que, por lo general, no reconocemos esta dimensión espiritual, y eso nos hace vulnerables a las artimañas y engaños con que Satanás quiere dividirnos y debilitarnos.

¿Amigos sólo cuando conviene? En la Escritura leemos muchas enseñanzas y consejos que pueden aplicarse a las amistades, pero una de las más asombrosas la encontramos en el Libro de Job. Ahí leemos que Job era un fiel seguidor de Dios, que tomaba en serio el mandamiento de amar a Dios y al prójimo. Cuando Satanás se enteró de la fidelidad de Job, trató de convencer a Dios de que aquél era fiel nada más porque le iba bien en todo: “Tú no dejas que nadie lo toque, ni a él ni a su familia… Pero quítale lo que tiene y verás cómo te maldice en tu propia cara” (Job 1, 10.11). Así fue que Dios permitió que el diablo pusiera a prueba a Job, y éste perdió sus posesiones, su salud, su reputación, su casa y hasta sus hijos. Pero aun así “Job no pecó ni dijo nada malo contra Dios” (1, 22).

Cuando los amigos íntimos de Job supieron de su infortunio, vinieron a consolarle, pero al comprobar que la situación de Job era realmente desgraciada, no pudieron hacer nada más que sentarse y acompañarlo en silencio. Incluso se pasaron una semana entera tratando de entender qué era lo que había puesto a Job en una situación tan desesperada.

Finalmente, Job rompió el silencio y comenzó a lamentarse: ¿Por qué me suceden estas cosas? ¿Por qué me pasan a mí? La única respuesta que sus amigos pudieron sugerirle, cada vez con mayor insistencia, era que seguramente Dios lo estaba castigando por algún pecado secreto. Mientras su conversación con Job se prolongaba, aquello que había comenzado como expresiones de comprensión y compasión, empezó a sonar más como sutiles susurros del diablo.

Los amigos de Job pensaban que Dios era un juez severo que premia y castiga a la gente según lo que haya hecho, y no podían darse cuenta de que se estaba librando una batalla espiritual ante sus propios ojos, ni que Dios estaba actuando en la vida de Job para llevarlo a una confianza y entrega más profundas. Por el contrario, optaron por expresar juicios negativos y críticas, con lo que se debilitaba su amistad con él. Al final, no era sólo Satanás que estaba acusando a Job; ¡también logró convencer a los amigos para que se pusieran en contra de él y lo juzgaran!

La historia termina con que Dios justifica y defiende a Job y le dice que rece por sus amigos. Tal vez de esta forma le estaba ayudando a Job a perdonarlos por las críticas y sus juicios precipitados. Quizás lo hizo para que los amigos de Job vieran más claramente la dimensión espiritual de su amistad. Sea como haya sido, la buena disposición de Job para interceder por ellos muestra una lealtad, que quizás sus amigos no merecían, una lealtad que es un claro testimonio de la calidad humana que este hombre tenía.

Amistad en tiempos de prueba. Tanto la historia de Job como el caso de Alberto y Pepe nos ayudan a meditar y analizar la condición de nuestras amistades; nos ayudan a darnos cuenta de cómo nos ha estado bendiciendo el Espíritu Santo, y también a reconocer que en muchas situaciones el diablo ha estado sembrando semillas de desconfianza, división o resentimiento entre nosotros.

Todos sabemos lo difícil que resulta mantener las buenas amistades, especialmente cuando uno o el otro experimenta pruebas y dificultades. También sabemos lo muy provechoso que es conservar “en las buenas y en las malas” las amistades que hemos tenido por mucho tiempo. ¡Qué alentador es saber que Dios es parte de nuestras amistades, y qué bendición es saber que el Señor quiere fortalecer la fraternidad y el afecto mutuo en nuestras relaciones personales! Cuando las amistades son auténticas y han resistido las pruebas, pueden llegar a ser un reflejo del amor que Dios le tiene a su pueblo.

Fuente: Portal Devocionario Católico La Palabra con nosotros
publicado NOVIEMBRE 2015

SIMPLES SERVIDORES

San Ambrosio (c. 340-397), obispo de Milán y doctor de la Iglesia 
Sobre el Evangelio de San Lucas 8, 31-32
«Somos unos servidores sin importancia»
    Que nadie se gloríe de lo que hace, puesto que es, en la más simple justicia, que debemos al Señor nuestro servicio... Mientras vivimos, debemos trabajar para  el Señor. Reconoce, pues, que eres un servidor dedicado a muchos servicios. No te pavonees de ser llamado «hijo de Dios» (1Jn 3,1): reconozcamos esta gracia, pero no olvidemos nunca nuestra naturaleza. No te envanezcas de haber servido bien, porque no has hecho más que lo que debías hacer. El sol cumple su función, la luna obedece, los ángeles hacen su servicio. San Pablo, «instrumento escogido por Dios para los paganos» (Hch 9,15), escribe: «No merezco ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios» (1Co 15,9). Y si en otra parte muestra que no tiene conciencia de falta alguna, añade seguidamente: «Pero no por eso quedo absuelto» (1 Co 4,4). Tampoco nosotros no pretendamos ser alabados por nosotros mismos, no adelantemos el juicio de Dios.

¿Dónde hemos puesto el corazón?

Domingo 32 del tiempo ordinario. Ciclo B:
Re 17, 10-16 / Sal 145 / Hb 9, 24-28 / Marcos 12, 38-44
7 de noviembre de 2015.- ( P. José María Prats / Camino Católico)

En el evangelio Jesús alaba a una viuda pobre que echó en el tesoro del Templo todo lo que tenía para vivir. ¿Nos pide entonces Jesús que demos a la Iglesia incluso aquello que necesitamos para vivir? Evidentemente que no: sería absurdo darlo todo y a continuación tener que acudir a nuestros familiares y amigos, o a la misma Iglesia, para que socorrieran nuestras necesidades.

Lo que Jesús nos plantea con el ejemplo de la viuda pobre es otra cosa: es la cuestión fundamental de dónde hemos puesto nuestro corazón, si en la construcción de nuestro propio reino o en la del Reino de Dios. Nuestros afanes, esfuerzos y desvelos ¿están encaminados a realizar nuestros sueños y asegurar nuestro bienestar o aspiran a construir un mundo más justo, solidario y fraterno, conforme al designio de Dios?

El testimonio de la viuda pobre del Evangelio es un ejemplo elocuente de esta opción radical por el Reino de Dios: el Templo de Jerusalén representaba para ella la presencia y la gloria de Dios en medio de su pueblo, y su ofrenda era un acto de alabanza, una manifestación de su entrega total al servicio del Reino de Dios.

En cambio, los escribas, que buscaban bienes, reverencias, ocupar los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, son ejemplos penosos del olvido del Reino de Dios para construir su propio reino, un reino de insolidaridad y vanidad.


No es difícil encontrar ejemplos más actuales y cercanos, como el de algunos novios que vienen a casarse a la iglesia y al acercarse a la sacristía tras la celebración para firmar el acta matrimonial dicen que traerán al día siguiente el donativo que tenían preparado y se les ha olvidado y no vuelven a aparecer nunca más. Las motivaciones son evidentes. Lo que prima es la construcción de su propio reino: el banquete para quedar bien con familiares y amigos, el traje de novia para lucir, los muebles del piso que hay que acabar de pagar... ¿Dónde queda la construcción de la comunidad cristiana que los ha acogido? ¿Dónde queda la gloria y el temor del Dios vivo a quien han venido a implorar la bendición de su matrimonio?

Un poema de R. Tagore en el que un mendigo cuenta su historia dice así:
«Había estado mendigando de puerta en puerta por toda la aldea, cuando apareció a lo lejos una carroza de oro. Era la carroza del hijo del rey. Yo pensé: “Es la oportunidad de mi vida”. Me senté abriendo mi alforja de par en par, esperando que se me daría la limosna sin tener que pedirla siquiera; más aún, que las riquezas lloverían al suelo a mi alrededor. Pero cuál fue mi sorpresa cuando, al llegar junto a mí, la carroza se paró, el hijo del rey bajó y, tendiendo la mano derecha, me dijo: “¿Qué tienes para darme?”. ¿Qué clase de gesto real era ese de tenderle la mano a un mendigo? Confuso e indeciso, saqué de mi alforja un grano de arroz, sólo uno, el más pequeño, y se lo di. Pero qué tristeza sentí por la noche cuando, hurgando en mi alforja, encontré un pequeño grano de oro, sólo uno. Lloré amargamente por no haber tenido el valor de dárselo todo».

Este es el secreto que conocía la viuda pobre: que todo lo que se ofrece para la construcción del Reino de Dios se convierte en oro: en frutos de vida eterna.

P. José María Prats

Evangelio
En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía:
«¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa».
Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero; muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo:
«Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Marcos 12, 38-44

RESONAR DE LA PALABRA - 10 NOV 2015

Evangelio según San Lucas 17,7-10. 
El Señor dijó: «Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: 'Ven pronto y siéntate a la mesa'? ¿No le dirá más bien: 'Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después'? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: 'Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber'.» 

RESONAR DE LA PALABRA
Fernando Torres Pérez, cmf
fuente: CIUDAD REDONDA - Noviembre 2015

      Dicen los clásicos que la vida es obedecer. Y tiene mucho de verdad. Cuando no nos toca obedecer a otros (en el trabajo, por ejemplo, sin ir más lejos), nos toca obedecer a las normas que nos imponemos a nosotros mismos (es eso que se llama el sentido del deber, la honestidad, la moral o la ética). El problema fundamental es, por tanto, a quién obedecemos. ¿Quién es nuestro señor? ¿Qué normas nos impone?

      Porque no basta con obedecer para estar seguros de hacer el bien. Al terminar la segunda guerra mundial, muchos oficiales alemanes declararon que habían hecho lo que habían hecho sencillamente porque se lo habían mandado. Por eso habían matado a gitanos y judíos y... Por eso vino el horror que supuso aquella guerra.

      Hoy Jesús en el Evangelio nos viene a decir, a los que queremos seguirle, a sus discípulos, que somos siervos y que nos toca hacer lo que él nos manda. Pero igual que en cualquier otro caso, nos tenemos que plantear quién es el que nos manda y qué nos manda.

      El que nos manda es Jesús, el Hijo del Dios de la Vida, el que nos ha creado con amor y por amor. El que nos manda es Jesús, el hombre libre, que entrega su vida por nuestra libertad. “Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud.” (Gal 5,1).

      Lo que nos manda es extender el Reino, la buena nueva de que todos somos hijos e hijas de Dios, lo que nos manda es realizar la justicia, la fraternidad, el amor generoso y gratuito, el perdón, la misericordia, procurar antes el bien del hermano que el propio. Y nos dice que en esa vivencia es donde se hace presente él mismo y su padre Dios. La Eucaristía es el signo máximo de esa fraternidad, donde se aúnan en torno a la misma mesa los hijos e hijas con su Padre, todos igualados por el amor. Y ahí, en esa entrega por el bien del otro es donde encontraremos nuestra propia felicidad y salvación.

      Conclusión: no hace falta ser muy inteligentes para ver que vale la pena servir a este señor que nos llama a la libertad y a la fraternidad, en definitiva, a la Vida con mayúscula.

Buen día, Espíritu Santo

Señor, en tus manos está nuestro día,
en Tu Corazón nuestras vidas.
Otórganos la gracia de abrirnos a Tu acción,
la gracia de abrirnos a Tu Amor
que todo lo cura, todo lo sana, todo lo restaura.
Derrama Tu Espíritu y danos Sabiduría.
Derrama Tu Paz y danos paciencia,
para construir en unidad,
para construir en fraternidad,
Abre nuestros ojos para descubrirte velado en el sufriente;
nuestros oídos para escucharte silencioso en el doliente,
y si la prueba toca nuestra puerta,
si el desaliento intenta robar lo sembrado,
danos el proclamar con fe: ¡Tu Gracia me basta!



lunes, 9 de noviembre de 2015

Templos de Dios - Del Oficio de lecturas

De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo.
(Sermón 229, 1-3: CCL 104, 905-908)

TODOS, POR EL BAUTISMO,
HEMOS SIDO HECHOS TEMPLOS DE DIOS.

Hoy, hermanos muy amados, celebramos con gozo y alegría, por la benignidad de Cristo, la dedicación de este templo; pero nosotros debemos ser el templo vivo y verdadero de Dios. Con razón, sin embargo, celebran los pueblos cristianos la solemnidad de la Iglesia madre, ya que son conscientes de que por ella han renacido espiritualmente. En efecto, nosotros, que por nuestro primer nacimiento fuimos objeto de la ira de Dios, por el segundo hemos llegado a ser objeto de su misericordia. El primer nacimiento fue para muerte; el segundo nos restituyó a la vida.

Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo fuimos lugar en donde habitaba el demonio; después del bautismo nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de Dios. Dios habita no sólo en templos levantados por los hombres ni en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por él mismo, que es su arquitecto. Por esto dice el apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

Y, ya que Cristo, con su venida, arrojó de nuestros corazones al demonio para prepararse un templo en nosotros, esforcémonos al máximo, con su ayuda, para que Cristo no sea deshonrado en nosotros por nuestras malas obras. Porque todo el que obra mal deshonra a Cristo. Como antes he dicho, antes de que Cristo nos redimiera éramos casa del demonio; después hemos llegado a ser casa de Dios, ya que Dios se ha dignado hacer de nosotros una casa para sí.

Por esto, nosotros, carísimos, si queremos celebrar con alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras malas obras, el templo vivo de Dios. Lo diré de una manera inteligible para todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la iglesia cuando venimos a ella.

¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos.

Comprendiendo la Palabra

“El templo del que hablaba Jesús era su propio cuerpo.”
Jn 2,21

    El Señor dice: “He elegido a Sión, he deseado vivir en ella. Está será mi morada para siempre, en ella quiero residir” (cf Sal 131). Pero Sión y su templo fueron destruidos. ¿Dónde estará el trono eterno de Dios, dónde su reposo para siempre? ¿Dónde será su templo para habitar? El apóstol Pablo nos responde: “ El templo de Dios sois vosotros; en vosotros habita el Espíritu de Dios” (1Cor 3,16). Esta es la casa y el templo de Dios, llenos de su doctrina y de su poder. Son el lugar donde reside su santidad.

    Dios mismo es el que edifica esta morada. Si fuera construida por mano humana no duraría para siempre; tampoco si fuera edificada sobre doctrinas humanas. Nuestras inquietudes y nuestros esfuerzos vanos no serían capaces de protegerla. El Señor, en cambio, lo realiza. No la ha fundado sobre arena movediza sino sobre los profetas y los apóstoles (cf Ef 2,20). Es construida sin cesar con piedras vivas (1Pe 2,5). Se desarrolla hasta las últimas dimensiones del cuerpo de Cristo. Sin cesar se realiza su edificación; en su entorno se construyen numerosas casas que se juntan para formar una ciudad grande y pacífica(Sal 121,3).

San Hilario (c. 315-367), obispo de Poitiers y doctor de la Iglesia 
Tratado sobre el salmo 64; PL 9, 416ss